11.3.13

Cambio (26)

Por primera vez en semanas, al salir de casa, sentí que el abrigo me sobraba. Ya había bastante con las primeras capas. Y no necesitaba un paraguas, ni unos zapatos más cubridores, ni siquiera el té calientito que llevaba en mi termo. Los rayos de luz lavaban la calle con más energía que cualquiera de los dedicados conserjes de la ciudad.

Ya la luz se había pasado antes por casa para despertarme, para evitarme continuar hundida entre mi fuerte de almohadas. Esa sacudida no agresiva pero que dice: "sal de entre las sábanas. deja el sueño. deja a quien sea que estés abrazando en el sueño. es hora de irse".

Y salí a casa, esperanzada sin saber por qué. Con miedo a la esperanza (los cortazarianos sabrán por qué - por esas esperanzas que nos paralizan y nos hacen quedarnos, atentos, viendo si llegará aquello que sabemos que no podemos esperar), pero igualmente contenta de sentirla correr por mis manos, por mi nariz, como los rayos de luz.

Es ahora la luz que aún se refleja en el edificio de enfrente que dice que quizá debería de irme. Hoy no es temprano. Es la hora en la que, normalmente, naturalmente, se va el sol. Por lo menos a mitad de marzo.

"Afortunadamente llega la primavera... con su sol y espíritu de renovación... eso te ayudará". Ese mensaje en mi móvil ayuda. Eso que se respira en la calle, lo que trae el sol, también.

Here comes the sun...

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