Si Facebook y otras redes sociales son un éxito es porque cumplen un sueño dorado de todo humano: poder cotillear (chismosear) en la vida de los otros con una limpieza quirúrgica. Sin que nadie los observe feo, ni piensa que pierden demasiado el tiempo en ver qué y cómo hacen los vecinos.
Como en la vida normal, hay gente que va a la suya. Que pasan por las redes sociales con unas ganas locas de cantar lo que les pasa en la cabeza, lo que viven en el día a día. En definitiva, unos egocéntricos que les gusta la idea de tener una audiencia - cautiva o no.
Y lo interesante es ver qué tan cautiva - o no - puede ser, la audiencia. Quién monitorea o no quién comenta tus comentarios, o con quién estás en las fotos, o quién desaparece, de pronto, de tu línea de tiempo. Y si te lo dice o no.
Vamos, que lo que ya sabíamos todos: que en realidad Facebook es el nuevo patio de la escuela y todos, aquellos que hablan y cuchichean desde las esquinas.
26.1.12
25.1.12
Hablando de objetos punzantes
La idea de que pusieran agujas en diversas partes de mi cuerpo nunca, nunca me había hecho demasiada gracia. En general, las odio. La idea de tener que someterme a un análisis de sangre o, peor aún, una donación, durante mucho tiempo ha sido casi incapacitante.
Por lo tanto me sorprendí a mi misma cuando al final tomé hora en una clínica de medicina tradicional china y la respeté. Me subí a un autobús a tiempo, caminé con calma y llegué justo a tiempo. Justo cruzar el umbral sentí miedo. Agujas. Era todo en lo que podía pensar.
Mi terapeuta - mujer maravillosa y amiga querida - me sentó en una silla y comenzó a diagnosticarme un poco como si no me conociera de nada. Fue tirarme de la lengua y el llanto y la voz entrecortada que había guardado durante días y semanas salió. Había una pregunta en mi cabeza antes de llegar: ¿por qué voy? ¿con qué quiero que me ayuden?
La verdad es que no lo sabía (sé). Supongo que con todo.
Hablamos durante un rato grande de mí, de mi historia clínica, de la de mi familia. Después, me hizo acostarme en una cama de masaje y, a través de sus manos, comencé a sentir todos y cada uno de mis dolores. No lloré, pero casi - sentía mi espalda recogida como un caracol, mis manos tensas, mi cintura ligeramente desplazada. No era dolor lo que me pedía el llanto - era la certeza de lo mal que a veces trato a mi cuerpo, que desesperado intenta decirme que hay cosas que no, no estoy haciendo bien.
Después, me pidió que me pusiera boca arriba. Y supe que tocaba que me pusieran las agujas. Pánico. Me da mucho miedo, pero no me gusta que la gente sufra de más cuando tiene que tratarme. Asi que cerré los ojos. Y sentí los pinchacitos en mi frente, en mi cara, en mi pecho, en mis manos, en mi estómago, en mis piernas, en mis pies. Sólo me hizo daño franco uno, que mejoró en cuanto ella lo movió un poco.
Y me dejó ahí - oliendo algo, sintiendo el calor en mi cuerpo y tratando de no moverme. Concentrándome en mi respiración. Sintiendo mi estómago subir y bajar. Descubriendo cómo si bien las agujas no estaban desapareciendo, sí dejaba de percibirlas, de pronto.
Con los ojos cerrados, pensé en mi casa - en las cosas que ya no me gustaban. En su vista espectacular y sus ventanas que cierran mal. En toda la gente que ha compartido conmigo ahí. En los momentos buenos y malos. Comencé a pensar si realmente me gustaría irme de ahí - aunque sé que un día más pronto que tarde quizá tendré que irme. ¿Qué era lo que estaba mal?
Moví un poco la pierna y un calambre me recorrió de un lado a otro. En reflejo, moví la mano opuesta - la derecha - y pasó algo similar. Respiré de nuevo - con los ojos abiertos. No veía nada. Pero me veía cambiando esa casa que tiene mucho que darme aún.
D regresó y me quitó las agujitas - ya sin dolor. Hablamos un poco y me dijo que tenía dos posibilidades: que me diera un sueño tremendo o una energía grande por canalizar. Le dije que había resuelto que lo que no me gustaba era mi cama. Quedamos de vernos pronto.
Regresé a casa y, después de comer, entré a mi habitación... y comencé a desarmar la cama. V, mi compañero, fue a ver qué pasaba. "¿Quieres que te ayude o prefieres hacerlo sola?". Quería hacerlo sola. Terminé de romper la cama en mil pedacitos de madera y puse el colchón contra un muro. Cambiamos después los muebles de la sala ahí y lo convertí en un estudio. Esta noche duermo en otra habitación.
Muchas cosas están cambiando: mi alrededor también necesitaba su propia revolución. Quizá acicateado por esos objetos punzantes.
Por lo tanto me sorprendí a mi misma cuando al final tomé hora en una clínica de medicina tradicional china y la respeté. Me subí a un autobús a tiempo, caminé con calma y llegué justo a tiempo. Justo cruzar el umbral sentí miedo. Agujas. Era todo en lo que podía pensar.
Mi terapeuta - mujer maravillosa y amiga querida - me sentó en una silla y comenzó a diagnosticarme un poco como si no me conociera de nada. Fue tirarme de la lengua y el llanto y la voz entrecortada que había guardado durante días y semanas salió. Había una pregunta en mi cabeza antes de llegar: ¿por qué voy? ¿con qué quiero que me ayuden?
La verdad es que no lo sabía (sé). Supongo que con todo.
Hablamos durante un rato grande de mí, de mi historia clínica, de la de mi familia. Después, me hizo acostarme en una cama de masaje y, a través de sus manos, comencé a sentir todos y cada uno de mis dolores. No lloré, pero casi - sentía mi espalda recogida como un caracol, mis manos tensas, mi cintura ligeramente desplazada. No era dolor lo que me pedía el llanto - era la certeza de lo mal que a veces trato a mi cuerpo, que desesperado intenta decirme que hay cosas que no, no estoy haciendo bien.
Después, me pidió que me pusiera boca arriba. Y supe que tocaba que me pusieran las agujas. Pánico. Me da mucho miedo, pero no me gusta que la gente sufra de más cuando tiene que tratarme. Asi que cerré los ojos. Y sentí los pinchacitos en mi frente, en mi cara, en mi pecho, en mis manos, en mi estómago, en mis piernas, en mis pies. Sólo me hizo daño franco uno, que mejoró en cuanto ella lo movió un poco.
Y me dejó ahí - oliendo algo, sintiendo el calor en mi cuerpo y tratando de no moverme. Concentrándome en mi respiración. Sintiendo mi estómago subir y bajar. Descubriendo cómo si bien las agujas no estaban desapareciendo, sí dejaba de percibirlas, de pronto.
Con los ojos cerrados, pensé en mi casa - en las cosas que ya no me gustaban. En su vista espectacular y sus ventanas que cierran mal. En toda la gente que ha compartido conmigo ahí. En los momentos buenos y malos. Comencé a pensar si realmente me gustaría irme de ahí - aunque sé que un día más pronto que tarde quizá tendré que irme. ¿Qué era lo que estaba mal?
Moví un poco la pierna y un calambre me recorrió de un lado a otro. En reflejo, moví la mano opuesta - la derecha - y pasó algo similar. Respiré de nuevo - con los ojos abiertos. No veía nada. Pero me veía cambiando esa casa que tiene mucho que darme aún.
D regresó y me quitó las agujitas - ya sin dolor. Hablamos un poco y me dijo que tenía dos posibilidades: que me diera un sueño tremendo o una energía grande por canalizar. Le dije que había resuelto que lo que no me gustaba era mi cama. Quedamos de vernos pronto.
Regresé a casa y, después de comer, entré a mi habitación... y comencé a desarmar la cama. V, mi compañero, fue a ver qué pasaba. "¿Quieres que te ayude o prefieres hacerlo sola?". Quería hacerlo sola. Terminé de romper la cama en mil pedacitos de madera y puse el colchón contra un muro. Cambiamos después los muebles de la sala ahí y lo convertí en un estudio. Esta noche duermo en otra habitación.
Muchas cosas están cambiando: mi alrededor también necesitaba su propia revolución. Quizá acicateado por esos objetos punzantes.
22.1.12
Pañuelo blanco
Me faltaron los pañuelos de tela blancos. Siempre se me olvidan. Y me quedo en el aeropuerto un poco desconcertada porque necesito encontrar algo que me haga las cosas más sencillas. Afortunadamente hoy, iba con alguien que decidió ponerse a saltar como pelota de basketball mientras agitaba las manos. Yo me sumé con energía, casi con entusiasmo. Pero no realmente.
Existe - lo sabemos quienes vivimos lejos - esa sensación agridulce de reencontrarse con la familia. Por una parte estás feliz y por otra preocupado. Y cuando se van estás tristísimo, pero también agotado, queriendo recuperar la "normalidad" de tu espacio.
Existe - lo sabemos quienes tenemos hermanos - una dualidad infinita entre querer matar a alguien y quererlo tener siempre a tu lado. En el fondo, amas incluso poder pelearte con él. Caminar durante horas viendo escaparates, edificios o exposiciones. Quejarte de las películas que has visto en el último año. Intercambiar listas de música. Confesar con un par de tragos más cosas inconfesables que no te habías dicho ni a tí mismo.
Supongo que justo ahora el avión que se lleva a Diego de Barcelona debe estar preparándose para despegar. Hoy ya no me preocupo si hay algo en la nevera que él pueda cenar y sea medianamente nutritivo. Mañana cuando me vaya a la oficina no le llamaré a ver si se ha levantado ni me sentiré culpable de no estar en casa para comer con él. Y, al mismo tiempo que esas dos cosas me alivian, también lo extraño. Como extraña uno las largas sombras del otoño, o el sabor de ciertas frutas de estación.
Me voy a dormir con un pañuelo de tela blanco. Para despedirlo mientras duermo, para usarlo para pedir una tregua cuando - hasta en sueños - peleamos. Para agradecer - todo esto.
Existe - lo sabemos quienes vivimos lejos - esa sensación agridulce de reencontrarse con la familia. Por una parte estás feliz y por otra preocupado. Y cuando se van estás tristísimo, pero también agotado, queriendo recuperar la "normalidad" de tu espacio.
Existe - lo sabemos quienes tenemos hermanos - una dualidad infinita entre querer matar a alguien y quererlo tener siempre a tu lado. En el fondo, amas incluso poder pelearte con él. Caminar durante horas viendo escaparates, edificios o exposiciones. Quejarte de las películas que has visto en el último año. Intercambiar listas de música. Confesar con un par de tragos más cosas inconfesables que no te habías dicho ni a tí mismo.
Supongo que justo ahora el avión que se lleva a Diego de Barcelona debe estar preparándose para despegar. Hoy ya no me preocupo si hay algo en la nevera que él pueda cenar y sea medianamente nutritivo. Mañana cuando me vaya a la oficina no le llamaré a ver si se ha levantado ni me sentiré culpable de no estar en casa para comer con él. Y, al mismo tiempo que esas dos cosas me alivian, también lo extraño. Como extraña uno las largas sombras del otoño, o el sabor de ciertas frutas de estación.
Me voy a dormir con un pañuelo de tela blanco. Para despedirlo mientras duermo, para usarlo para pedir una tregua cuando - hasta en sueños - peleamos. Para agradecer - todo esto.
Actos de luz
Regresar a jugar billar una noche en una ciudad donde no lo has hecho nunca. Con todas las memorias. Y las esperanzas. Y perder. Perder pensando que sólo puedes ganar. Porque te toca.
20.1.12
El peor aparador
A pesar de que haya venido muchas veces desde que yo vivo acá, Diego tiene ojos nuevos para la ciudad. La ve diferente, la observa de una manera en la que yo nunca. Puede ser por nuestra no tan ligera diferencia en alturas - por los años que hemos pasado en la escuela enfocándonos en otra cosa o porque, aunque somos hermanos, no somos afortunadamente iguales.
Era noche y veníamos cargados de compras para mi mamá, de anécdotas del día. Habíamos estado cenando cerca de la Estación de Francia y, de regreso a casa, veíamos aparadores. "Ven", me dijo. "Te voy a mostrar el peor aparador de la ciudad".
Comenzó a caminar hacia una tienda de muebles y por mi cabeza pasaron todas las ideas posibles - la que me parecía más plausible, es que estaba siendo irónico y en realidad le parecía el mejor de la ciudad. "Párate aquí", me dijo, mientras nos iluminaba la luz dirigida a esas sillas imposiblemente caras. Yo, seguía sin ver qué había detrás de esas rejas que fuera tan interesante, tan único, tan... feo, si tenía que ser feo.
Y me acerqué con curiosidad. Escuché un ruido sordo y sentí que en mi frente, especialmente en el lado izquierdo, una parte de la piel me latía. Lo siguiente que escuché fue una carcajada.
"¡Ay, no! Yo lo que quería mostrarte es que este aparador está tan mal diseñado que toda la gente se golpea... si miras por aquí te das cuenta de la cantidad de marcas de grasa de la frente de la gente que se ha estampado..,".
No pude más que reirme yo también. A carcajadas. Me dolía, pero mientras más lo escuchaba a él, más risa me daba. Y a contraluz podía ver perfectamente por lo menos ocho errores similares al mío, gente que se había estampado contra el cristal: niños y adultos, latinos y nórdicos (lo asumo por las alturas), gente con piel mixta y otros muy grasa.
Mientras caminábamos a casa, entre risas, pensé que me hará falta que esté aquí para que me ayude a leer las señales - o a darme cuenta, aun a posteriori, que incluso mis pequeños ridículos cotidianos no lo son tanto.
Era noche y veníamos cargados de compras para mi mamá, de anécdotas del día. Habíamos estado cenando cerca de la Estación de Francia y, de regreso a casa, veíamos aparadores. "Ven", me dijo. "Te voy a mostrar el peor aparador de la ciudad".
Comenzó a caminar hacia una tienda de muebles y por mi cabeza pasaron todas las ideas posibles - la que me parecía más plausible, es que estaba siendo irónico y en realidad le parecía el mejor de la ciudad. "Párate aquí", me dijo, mientras nos iluminaba la luz dirigida a esas sillas imposiblemente caras. Yo, seguía sin ver qué había detrás de esas rejas que fuera tan interesante, tan único, tan... feo, si tenía que ser feo.
Y me acerqué con curiosidad. Escuché un ruido sordo y sentí que en mi frente, especialmente en el lado izquierdo, una parte de la piel me latía. Lo siguiente que escuché fue una carcajada.
"¡Ay, no! Yo lo que quería mostrarte es que este aparador está tan mal diseñado que toda la gente se golpea... si miras por aquí te das cuenta de la cantidad de marcas de grasa de la frente de la gente que se ha estampado..,".
No pude más que reirme yo también. A carcajadas. Me dolía, pero mientras más lo escuchaba a él, más risa me daba. Y a contraluz podía ver perfectamente por lo menos ocho errores similares al mío, gente que se había estampado contra el cristal: niños y adultos, latinos y nórdicos (lo asumo por las alturas), gente con piel mixta y otros muy grasa.
Mientras caminábamos a casa, entre risas, pensé que me hará falta que esté aquí para que me ayude a leer las señales - o a darme cuenta, aun a posteriori, que incluso mis pequeños ridículos cotidianos no lo son tanto.
19.1.12
Ojos cerrados
En algún lugar, en algún parque, alguien corre. Lleva puestos los auriculares - escucha una canción que no le recuerda a nada pero le recuerda a todo en particular. Cada golpe de sus plantas, de su pie derecho y de su pie izquierdo, es un pequeño avance en el camino. En la construcción de aquel puente. Del que cruza las distancias. Del que disminuye los olvidos. Del que imagina los futuros. Del que resume y recuerda lo que no fue, lo que pudo ser, lo que se quedó en algún sitio, en pausa.
No se detiene. Sigue corriendo. Y sigue la música. Y el universo, la distancia, todo es relativo.
(Leerse con el fondo de Sweet Disposition de The Temper Trap)
No se detiene. Sigue corriendo. Y sigue la música. Y el universo, la distancia, todo es relativo.
(Leerse con el fondo de Sweet Disposition de The Temper Trap)
15.1.12
Doble-tres
Supongo que algo tiene de mística heredada: que el hecho de que a mi mamá le emocionen los cumpleaños y les guste celebrarlos (más los de otros que los suyos, he de decir) se me tenía que pegar por algún lado. También tiene que ver que para mí, insegura crónica, era importante que existiera un día que "por derecho" me tocaba que la gente se acordara de que yo existía en el mundo.
No siempre ha sido una buena idea tener tan en alto la importancia de mi cumpleaños: me ha costado dinero, paz mental, relaciones y hasta buena digestión. Entre otros.
Al pasar el tiempo me doy cuenta que, en el fondo, todo se resume a un enorme deseo de agradecer. El salto es importante - de un número a otro. Tan fácil pensar que las cosas duran para siempre, incluso uno. Tan difícil que es durar para siempre, tan frágil que es lo que construyes, tan pequeñito que en realidad es tu cuerpo.
Entonces despertarme con la voz eléctrica de mis padres al otro lado del mundo (que cumplen a su vez 33 años de ser padres), darme el lujo de ser antisocial y saltarme una fiesta para irme al cine a ver una película muda, con uno de mis hermanos y una hermana de adopción en lugar de una fiesta, comer un bocadillo de jamón y espárragos y luego un gintonic con regaliz me parece un poco increíble. Sin contar que, a pesar de ser nacida en invierno, todo parece indicar que habrá sol y que podremos hacer un picnic en el parque. Sin contar con que, a pesar de los pesares, me siguen llegando mensajes de felicitación justo a la hora, con cariño y sin rencores. Sin contar con que, a pesar de los océanos, las distancias parece que se acortan... o que definitivamente no existen.
Me gusta decirlo: tengo mucha suerte y una vida buena. Y 33 años.
No siempre ha sido una buena idea tener tan en alto la importancia de mi cumpleaños: me ha costado dinero, paz mental, relaciones y hasta buena digestión. Entre otros.
Al pasar el tiempo me doy cuenta que, en el fondo, todo se resume a un enorme deseo de agradecer. El salto es importante - de un número a otro. Tan fácil pensar que las cosas duran para siempre, incluso uno. Tan difícil que es durar para siempre, tan frágil que es lo que construyes, tan pequeñito que en realidad es tu cuerpo.
Entonces despertarme con la voz eléctrica de mis padres al otro lado del mundo (que cumplen a su vez 33 años de ser padres), darme el lujo de ser antisocial y saltarme una fiesta para irme al cine a ver una película muda, con uno de mis hermanos y una hermana de adopción en lugar de una fiesta, comer un bocadillo de jamón y espárragos y luego un gintonic con regaliz me parece un poco increíble. Sin contar que, a pesar de ser nacida en invierno, todo parece indicar que habrá sol y que podremos hacer un picnic en el parque. Sin contar con que, a pesar de los pesares, me siguen llegando mensajes de felicitación justo a la hora, con cariño y sin rencores. Sin contar con que, a pesar de los océanos, las distancias parece que se acortan... o que definitivamente no existen.
Me gusta decirlo: tengo mucha suerte y una vida buena. Y 33 años.
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