22.4.16

Elegancia casual

Lo de volver al gimnasio es un reto completo: no sólo por el cuerpo, que se ha desacostumbrado a sudar, sino también por entender nuevamente las dinámicas sociales que se dan ahí, lo que puedes y debes hacer y a que hora. A mí, que lo del ir a hacer ejercicio no es necesariamente algo que esté en mi agenda desde siempre, me tocan las horas de la mañana - cuando estoy lo suficientemente dormida para que no me importe mi cara de papa, el sudor y el esfuerzo sobre la máquina.
Pero hace unos días se me hizo tarde. Me quedé en casa escribiendo y sólo salí por la tarde, cerca de las cuatro. Y resulta que mi gimnasio - que tiene unas vistas magníficas a la calle, al cielo, a la lluvia - se convierte en un lugar diferente. Si en la mañana hay algunos atletas dedicados y otros cuantos que estamos intentando mejorar nuestra situación física a cómo de lugar, en la tarde hay una población que se dedica a ser guapa en el gimnasio.
Ya lo había visto alguna vez, en un viaje a la tierra de guapos y los hermosos: cómo el deporte, los entrenamientos se convierten más bien en un pre-ritual de acercamiento. Y ese día, casi no pude concentrarme en mi esfuerzo por ver lo que se gestaba a mi alrededor: las chicas que en el vestidor se maquillaban y se peinaban expresamente para la sala de ejercicios, los chicos que continuamente están frente a un espejo para ver si su musculatura está en el mejor ángulo, las imposibles selfies durante clase de spinning que entran a un concurso que tiene el gimnasio de las mejores fotos en redes sociales.
Estaba tan divertida que, al principio, no me di cuenta de mi misma. Pero al terminar, mientras recogía mis cosas, fui consciente de cómo mis zapatos no combinaban con mi camiseta, cómo mi panza abultada resaltaba en esos fínismos y entallados pantalones, y mi cara era roja, más roja que cualquier tomate.
Y decidí acordarme de esto y continuar yendo en la mañana. Porque creo que me siento más cómoda entre los que, de cualquier manera, encontramos lo de sudar a ritmo constante un asunto más íntimo que atractivo.

18.4.16

Lunes, increíblemente, al sol


Este post casi comparte título con la película Los lunes al sol de Fernando León de Aranoa, que hablaba (entre muchas otras cosas) de aquellos que, al quedarse sin trabajo, pueden dedicarse el primer día de la semana a sentir cómo el calorcito y la luz les tocan la piel, mientras se preocupan, mientras buscan.

Yo busco y me preocupo - sí - también estoy a la búsqueda de la próxima oportunidad, de una vida nueva donde sobre todo escribo y me concentro y sigo eso que digo que es mi voluntad. Y parece que esas angustias llegan con más fuerza al inicio de la semana. El domingo era para descansar pero los lunes son para pensar, para ocuparse, para hacer. Hoy es lunes e, inesperadamente, de este lado del mundo también hay sol. Cada vez que le digo a alguien que vine aquí me preguntan por qué, se preocupan porque me hará falta el sol. Y yo también me preocupo por el sol, porque es una de las formas que toma la añoranza. 

Porque la falta de sol también me recuerda las otras cosas que me faltan, la gente que me falta, lo que quería hacer allá y ahora se quedó en intermedio. Pero sólo es un intermedio. No es el final de nada. Y abrir las ventanas y despertarse al sol es despertarse a las posibilidades... que están incluso donde crees que no las encontrarías.

Yo continúo con las posibilidades y las realidades del lunes - ya menos soleado pero igualmente prometedor. Y dejo por aquí una foto del socio, que también está disfrutando.



17.4.16

Caras familiares

Hay una línea muy delgada entre estar solo y sentirse solo - sobre todo cuando hace relativamente poco que cambiaste de ciudad. Todavía están muy cercanos los rituales de la otra urbe, en la que ya no estás, y si un domingo te encuentras inesperadamente distraída y acompañada sólo por el gato (al que además le caes un poco mal porque la comida que compraste no es la buena) y hace sol... es una buena idea salir. Sacudirte el domingo y salir, caminar, ver, ponerte las gafas, entrar a un mercadillo, no comprar nada, pero curiosear y pensar...

Y seguir caminando y decidirte a entrar al museo como quien entra en la casa de un viejo amigo: mirar por las ventanas, visitar las exposiciones temporales y dar una vuelta a una sala y encontrarte con esa cara familiar y sentir que ella te conoce como la conoces tú. Y mirarla de reojo. Sentarte un poco. Regresar. Volverla a ver. Respirar frente a ella. Descubrir que no te da miedo como te dio la primera vez que la viste: más bien, al encontrarla, recuerdas un poco quien fuiste, quién eres, quién te gustaría ser.

Y así, salir del museo a las calles de la ciudad y hacerla otra vez un poquito más tuya. Con la fortaleza que da tener una cara familiar por ahí.

(El museo es el maravilloso Boijmans Van Beuningen de la ilustre Rotterdam. Mi amiga, la mujer que vive en De schiettent [La Galería de Tiro], pintada en 1931 por Pyke Koch y retratada por mi en su casa.).

8.4.16

Sobre lo flexible del tiempo

Todo era una locura hace un año, exactamente. Afuera del hospital, todo parecía un poco irreal - pero estaban ahí las cosas, había que resolverlas. Llamar a la gente, contestar las preguntas, ir a casa a buscar ropa (¿y zapatos? ¿Necesitamos zapatos?), lidiar con los asuntos de un entierro. Porque la muerte es una cosa tremendamente normal, en el fondo. Vamos, es anormal pero no puedes detenerte - la vida sigue. Es normal para quien la ve todos los días y te guía por ella como por una carrera en la ciudad en la que has vivido por años, pero que recorres con los ojos cerrados por razones lejanas a ti. El mundo sigue: se multiplican los mensajes, las llamadas, los abrazos, las preocupaciones, y además hay que recoger las cosas que quedan en el hospital, buscar una manera de hacer que todo eso tenga sentido. Incluso lo que no lo tenía.
Hace un año, y es como si hiciera unas horas, un día, un sueño, un suspiro. Desde hace unas semanas en esta casa nueva, en este país nuevo, tengo enfrente de mi escritorio una fotografía en la que aparezco con él y estamos contentos. Era una Navidad. La primera que pasé en su casa. Y estamos tan felices, tan ahí, tan mirando la cámara de Alex que nos retrataba como nadie antes. Tan eternos y tan impermanentes.
Imagino que, como yo, todos los que nos quedamos cuando alguien se muere nos sorprendemos al ver los calendarios. Me acuerdo del desasociego cuando había pasado una semana, un mes, y ahora un año. Sin oírlo. Cómo me falta oírlo. Cómo rasco en lo que todavía se queda en mi memoria de su risa.
Supongo que si me viera llorando por los rincones haría lo que siempre hacía cuando lloraba yo por los rincones: bajaría su cabeza para que no lo viera  preocupado. Me extendería la mano y tocaría mis dedos, para calmarme. Me contaría una historia tonta o me pediría té o un diario o algo para distraerme. Me gusta pensar eso: que si pudiera venir a abrazarme lo haría.
Hoy más que nunca me parece que el tiempo es flexible. Que el que haya pasado un año no significa nada. Quizá como me dijo otro de mis guías el día de la lectura de mi tesis, la gente no se muere mientras los recordemos. Y mientras miro esa fotografía, en la que somos tan felices, sé que si bien extraño su risa, su abrazo, sus locuras y sus desplantes, en el fondo no se ha ido. Me quedan los correos que nos mandamos durante años, los recuerdos que cuelgan de las paredes y las ciudades, y la sospecha - todos los domingos que me levanto tarde - de que en cualquier momento podría sonar el teléfono para despertarme con una carcajada... en ese tiempo flexible en el que él todavía está.

6.4.16

La paradoja del tiempo y las ofertas de vuelo

Nunca había tenido tanto tiempo libre en mi vida adulta. Las dos están en itálicas porque me encuentro justamente en uno de esos momentos en los que mi tiempo libre no lo parece y me da la impresión que soy menos adulta que nunca. Terminé la tesis y ahora lo siguiente es establecerme en u nuevo país lo cual me está tomando más tiempo de lo esperado - por lo menos en lo que respecta al asunto del trabajo. Y con mucho tiempo libre y casi ningún ingreso, llego a la paradoja del tiempo.
Como todos los humanos contemporáneos, mi correo electrónico me ayuda a tener la sensación de que estoy ocupada. De una manera que aún no consigo entender, mi inbox está constantemente lleno de mensajes que debería atender lo más pronto posible. Y aquí es donde toco la paradoja: nunca antes en mi vida me había dado cuenta que hubiera tantos vuelos tan baratos a tantos sitios maravillosos del mundo. Y cada día en mi correo hay por lo menos un par de ofertas de cosas que me encantaría hacer si tuviera... dinero. Porque tiempo - tiempo tengo.
La paradoja del tiempo y el dinero dice que hay cosas que uno haría si tuviera cualquiera de las dos, pero por lo general se trata de bienes escasos y mutuamente excluyentes. Es decir: si tienes dinero, no tienes tiempo. Y si tienes tiempo - ejemplo presente -, el dinero no es un recurso del que puedas disponer sin pensar tres veces sobre cómo vas a gestionarlo.
Y no se trata de creer o no creer que  puedes obtener un trabajo - o de encontrarlo. Se trata después del temor de que en cuanto encuentres un trabajo o proyecto nuevo y por lo tanto, tengas dinero, el tiempo se habrá esfumado. Y comienza la búsqueda, pero hacia otro extremo.
No cuento nada que sea desconocido para los autónomos ni para los que dependen de una nómina: parece que siempre estamos todos en el débil equilibrio de cuánto y cuándo...
Por el momento, ya borré por hoy todas las ofertas de vuelo (incluso aquellas ridículamente baratas a Japón). Ahora regreso a seguir escribiendo fuera del blog. Y a hacer uso, pues, de las cosas maravillosas que puede uno hacer cuando, aún sin dinero, tiene tiempo.

26.2.16

Lo tenemos escrito en toda la cara...

Se nos nota. Somos esos. Y la gente, a lo lejos, nos mira con una mezcla de dulzura, fastidio y envidia. Envidia porque somos esos, los que descubrimos lo que ellos ya no pueden ver. Los que en lugar de refugiarnos debajo del paraguas, del gorro, de la puerta más cercana, nos quedamos ahí, en la esquina, en la mitad de la calle. Y vemos con asombro cómo el cielo se convierte en agua se convierte en hielo se convierte en una cosa esponjosa, que no hemos visto nunca - o que si habíamos visto, hemos olvidado a voluntad para redescubrirla. Y es como una pluma, pero más bien es como un susurro o un haz de luz o ese momento donde más bien retienes la respiración porque hay algo en la vida que se te está escapando y quisieras que por un par de segundos más se te quede entre pecho y espalda.

Sabemos, imaginamos, que no durará. En otras latitudes, en otros momentos, el temor podría ser a que esto continúe durante horas. Para nosotros el temor es que los copos que se caen al suelo y se desparecen terminen, de pronto, se acaben.

Los que nos acabamos de mudar a los países del norte llevamos en la cara, todavía, la sorpresa. Sacamos el móvil y tomamos fotografías inútiles. Queremos quedarnos afuera, mirar como por un segundo parece que la ciudad se volverá blanca. Tenemos el asombro escrito en toda la cara: nosotros y los niños, los perros, los que se emocionan fácilmente con las cosas sencillas...

(Al entrar a casa, como era de esperarse, dejó de nevar. Y yo, sin embargo, siento todavía la caricia tan efímera de los copos en mis pestañas y espero que siempre, siempre, me siga sorprendiendo).

19.2.16

Insomnio

No importa con qué frecuencia suceda, una vez que está ahí, instalado junto a ti en la cama, parece que es la peor de todas. Te despiertas y crees que, seguramente, podrás dormirte de nuevo. Porque es lo que usualmente sucede - lo que debería suceder. Pero hay días que no es así. No se puede. Porque en el momento en el que cierras los ojos de nuevo, aparecen frente a ti un millón de posibilidades. De cosas. Y no precisamente los borregos que deberías estar contando para quedarte dormida.

Hay pocas soluciones. Intentar calmar tu mente - pero cuando empiezas con eso, recuerdas que tus intentos con la meditación (y para el caso con el yoga, el jogging, o casi cualquier otra rutina) no han sido muy alentadores. Y escuchas en algún rincón de tu cerebro aquella técnica maravillosa que no falla nunca. Y recuerdas cómo te quedabas frita (o casi) rezando el rosario cuando eras niña. O aquello de que las notas de la clase de biología eran como el más potente somnífero, sobre todo cuando tenías un examen al día siguiente.

Por tu cabeza pasan, sin orden ni concierto, todas esas cosas que te preocupan: todoaquí, que diría Quino en una tira de Mafalda. Viajes, bancos, dietas, carreras, trabajo, falta de trabajo, artículos pendientes, la novela que nunca se escribió, el blog...

Y estás así dos horas en la cama, sin dar vueltas tampoco porque no quieres despertar a quien duerme junto a ti. Hasta que te escurres de la cama y sales de la habitación con una manta y una almohada a cuestas. Y comienzas a escribir. Como si fuera remedio para cualquier cosa.