16.4.17

Resurrección

Hay milagros tan grandes que pasan casi desapercibidos. Durante años, meses, días, segundos, piensas en tu vida, en lo que te rodea, sin verlos en realidad. Sin verte. Y parece milagroso ese instante en lo que algo te hace mirar una vez más en ese reflejo, en el espejo, en el fondo del armario. Y es un milagro descubrir que sí que tienes un par de zapatos que vayan con ese vestido, que sí que tenías un argumento para ese artículo, que sí que anotaste el dato, que guardaste el boleto de entrada al cine, que reconoces los colores que te trae la primavera. Que lo que te esta pasando, aunque sea la primera vez que te sucede, es reconocible para ti porque es un milagro.

Me pasa con la Pascua. Me pasa que me hace recordar todos esos pequeños milagros de mi infancia que se encadenaban en la semana santa: cuando descubrí la verdadera voz de mi abuelo, cuando comencé a pensar cómo atrapar la luna en un pañuelo, cuando me deshice de mi miedo de leer en público, a conducir sola, a buscar un amor, a abandonar un amor. Algo pasa conmigo que hay ciclos que se abren y se cierran alrededor de la semana santa, de la vigilia pascual.

Quizá sólo sea la necesidad de un rito. O la comodidad de tener uno que es a la vez inamovible y rico en significado. Llega la pascua y es para mi tiempo de encender velas como en la iglesia de mi infancia, cocer huevos como me enseñaron mis hermanos de vida, disfrutar del sol y la compañía como aprendí en casa. Esas cosas son las que hacen la resurrección.

Y hoy, queda citar las escrituras. Las que conocemos como santas y las que se hacen santas a lo largo de la vida. Y acordarse de las palabras registradas por el Evangelio de Mateo, al intentar explicar la manera en cómo se viven los milagros ("Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas"). Y las de Juan, que cuentan la angustia del que ha perdido algo
("Mujer, ¿por qué lloras, a quién buscas?"). Y las de Derek Walcott en Love After Love, que narran la felicidad de encontrar en uno esa cosa que necesitaba resurrección (la traducción, con todos sus tropiezos, es mía):

The time will come /Llegará el tiempo
when, with elation /en que, jubiloso
you will greet yourself arriving /te saludarás al llegar
at your own door, in your own mirror /a tu propia puerta, en tu espejo
and each will smile at the other's welcome, /y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro and say, sit here. Eat. /y dirás siéntate aquí. Come.
You will love again the stranger who was your self./Volverás a amar al extraño que eras tu mismo.
Give wine. Give bread. Give back your heart /Sirve el vino. Sirve el pan. Regresa tu corazón
to itself, to the stranger who has loved you/a si mismo, al extraño, que te ha amado all your life, whom you ignored   / toda tu vida, al que ignoraste
for another, who knows you by heart. / por otro, al que te conoce de corazón.
Take down the love letters from the bookshelf, /Saca las cartas de amor de la biblioteca, the photographs, the desperate notes, / las fotografías, las notas desesperadas,
peel your own image from the mirror. / arranca tu imagen del espejo. Sit. Feast on your life.  / Siéntate. Homenajea tu vida.

22.3.17

Esa cosa que tiene que ser robada

No son cerezos... son narcisos 
que veo todos los días
Hace años, en la sala de una casa en el sur de la ciudad en la que nací, me estaban enseñando a leer el tarot. Y aprendí, entre otras cosas, que el tarot que uno lee no puede ser comprado - debe ser regalado, casi como una ofrenda, casi para asegurar que sea una suerte el que las manos y los ojos de uno se topen con los arcanos y puedan ponerlos en un orden que haga sentido.

Hay otras cosas en la vida que, para que cuenten, tienen que ser regaladas. O robadas. Ayer, por ejemplo, buscando qué postear el día Mundial de la Poesía, me encontré de boca con una cita de Pablo Neruda, de su poema XVI, puesto por mi querida Chinos en su página de Facebook. Y lo robé. Y lo paseé en mi propio estatus de Facebook y de Twitter como si yo me hubiera acordado solita de que existía. Era un hurto bien intencionado: uno que sólo tiene sentido porque al leer la frase encontré la manera para explicar el día. Ese "quiero hacer contigo / lo que la primavera hace con los cerezos". Ese ardiente deseo de cambiarlo todo, de florecerlo todo, de imaginarlo de nuevo. De insuflarle vida. Y aquí estamos, vestidos de primavera, de cerezo. Todo gracias a haber robado con alevosía y nocturnidad.

Confieso también que no fue  la primera vez en la vida que he robado poesía. Dos de mis libros favoritos - ajadas ya las páginas por los años, las mudanzas, las angustias, los estrujones, los paseos en bolsas, mochilas y maletas -, eran originalmente de alguien más. El de Jaime Sabines, esa poesía completa que está firmada para mi, era de Juan. Y me lo había prestado ese día que vi a Sabines y, sin saber cómo, me pareció que necesitaba usarlo, que necesitaba esgrimirlo como mío, para argumentar cómo entendía y deseaba quedarme junto a esa Tarumba ("¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo y no tengo ganas sino de mirar y mirar?".)y esos Amorosos ("El amor es la prórroga perpetua,siempre el paso siguiente, el otro, el otro."). Juan, querido Juan, nunca me lo reclamó. Entendió en mi angustia a posteriori que necesitaba quedarme con la poesía que venía con el hecho de tomar las manos casi temblorosas del poeta, entonces tan cerca de irse sin saberlo.

Mi otro libro favorito, de José Carlos Becerra, no tuvo tanta suerte. Después de años, meses de estar juntos, cuando B y yo nos desencontramos, el libro se quedó de mi lado, en esa suerte ridícula de ir separando las cosas como si al deshacernos de ellas pudiéramos desatar los lazos, tan claros, que habíamos tejido. Los amigos no se dividen, las vidas no se dividen, los libros no se dividen. Y ese libro me acompañó durante años y con él su Bella Durmiente donde se guardaban las claves de todas las distancias ("Tal vez sólo fue esa costumbre de acariciarnos así, /de imaginarnos así,/ en secreto,/ en aire no compartido,/en respiración por separado,/pasando lentamente la mano por la sospecha de una caricia, como/alguien que mira hacia el mar/viendo desde su cama la pared de su cuarto") que entonces no sabía que tendría que dejar pasar.

Y también está esa poesía que no robé, que me regalaron. En mis ojos todavía suenan las "mareas inmóviles de polvo" que llegaron un día en un librito autoeditado para decirme cosas que no sabíamos aún nombrar...

Confieso mis hurtos de poesía no en busca de perdón, ni de misericordia. Este texto no es ni siquiera un acto de contrición. Es - tan por el contrario - una súplica a la parte de mi que sigue deseando escribir  poesía. Una petición de rodillas para que me robe toda la que vivo en el cotidiano.

14.3.17

Aquí, mañana se vota

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Pic. Dreamstime.doc

Entro tarde a casa la última noche de la campaña electoral. De camino, encontré en los autos estacionados en mi calle, propaganda del Partido Pirata - uno entre las más de dos docenas (¡dos docenas!) que se presentan a las elecciones parlamentarias que se celebran en Holanda mañana. Otra vez, inmigrante perpetua, no puedo votar por la gente que decidirá las políticas económicas y sociales que regirán mi vida en los próximos años. Y con temor, me asomo a las encuestas para saber qué me espera.


Mientras me quito el abrigo - la primavera se presume cercana, pero no instalada aquí aún -, Mr. G. me dice desde el sofá: "paciencia, chica. Es la última noche". Paciencia me pide, porque las últimas tres semanas la televisión de la noche en el país es casi exclusivamente política. Debates, programas de análisis, confrontaciones amables o no tanto entre los cabezas de lista de los partidos con posibilidades de representación. Apenas ayer por la tarde, los dos contrincantes encabezando las encuestas, (Mark Rutte, ministro presidente actual, del Partido Popular para la Democracia y la Libertad/VVD, y Geert Wilders, del Partido de la Libertad/PVV) se enfrentaron en el debate más esperado justamente en el Aula Magna de mi universidad. No entré en parte porque sabía que no iba a entender más allá del 40%, en parte porque había que pedir los boletos en un proceso del que nunca logré aclararme.

Pero el no estar adentro no me lo ahorró (lo vimos en la noche en casa, en diferido), ni me permitió ignorarlo. El Campus estuvo todo el día lleno de medios y de policía. De policía entre otras cosas porque el debate se celebraba el lunes después de una crisis diplomática histórica que tuvo a Róterdam en vilo todo el fin de semana. Erdogan, presidente de Turquía, molesto porque los holandeses no permitieron la entrada de sus ministros para hacer campaña por un referéndum para ampliar sus poderes, ha estado llamando al gobierno del país "facista" y "nazi". El sábado por la noche, en pleno conflicto, comencé a sentirme un poco asustada.

Los medios internacionales se han dado vuelo presentando a Geert Wilders, cabeza de lista del Partido de la Libertad (PVV), como el Trump Holandés.  No es sorprendente entre otras cosas porque el señor Wilders incluso llegó a hacer campaña para Trump el año pasado, porque los dos tienen una curiosa percepción de estética (por lo menos en lo que a grandes cabelleras rubiosas se refiere), ambos prefieren Twitter a cualquier otro media (también compartiendo cosas que no son reales), y porque una parte muy importante de su programa, de su discusión se centra en detestar al otro. Y para hacerlo más específicamente aún, identificando al otro como todo aquello que sea musulmán.

Temí desde el fin de semana especialmente durante el conflicto con Turquía porque, si bien no todos los turcos son musulmanes, hay una referencia mental a ellos más o menos directa aquí. Y porque además el argumento principal del señor Wilders es que una de las cosas que hace peligrosos a los turcos/musulmanes no sólo es su afiliación a una creencia religiosa, sino que la aparente relación directa entre esa religión, el terrorismo y una postura en general negativa a lo que sea la cultura occidental - o, en su versión local, la cultura holandesa. La crítica es que los turcos no se integran totalmente y eso es lo que los hace peligrosos para el país. Y el que estuvieran en las calles de Róterdam exigiendo que les permitieran celebrar un rally para un referéndum en Turquía, parecía estarle haciendo la campaña al señor Wilders.

Y mucha gente, desde mi punto de vista, se la ha hecho en esta carrera electoral. Hace un par de meses, muy al inicio de la campaña y queriendo justamente confrontar o ganarle votos, el presidente Rutte y su equipo de campaña decidieron publicar un desplegado que tomaba como leif motiv una frase muy holandesa: "Doe Normaal"- "Pórtate Normal". Básicamente, hacían un llamamiento a que todos los holandeses (sobre todo aquellos con doble nacionalidad, a los que vienen de fuera) se plegaran a la "normalidad" holandesa, a las cosas que son típicas de aquí. Esto era una respuesta directa a la discusión de Wilders de que la gente con doble nacionalidad, los musulmanes que viven en el país, no se comportan como los holandeses.

Siguiente pregunta, entonces: ¿qué es la holandesidad? ¿Cómo hace uno para portarse normal? Y lo pregunto mientras veo a Wilders agitarse en televisión en vivo en contra de la gente que tiene dos nacionalidades y no elige ser sólo holandés. ¿Cómo elegir, me pregunto yo? ¿Y elegir por qué? ¿No era una cosa muy holandesa lo de ser tolerante? ¿O se trata sólo de un discurso político para ganar votos, lo de la tolerancia?

Como ha pasado en Estados Unidos y podría pasar en otros países, el temor al otro, al vecino, al que viene de fuera, está al orden del día. El temor a lo que cambia, siempre. Porque este mundo cambia mucho, muy intensivamente. Y no todos los holandeses son tan progres como la imagen de Ámsterdam rodeada en una nube de cannabis hace creer. Hay gente que se siente olvidada, en peligro, debilitada frente a nuevas poblaciones. ¿Por qué? No me atrevo a dar un diagnóstico único - quizá la idea de que el cambio no siempre es bueno, que mejor siempre es lo malo por conocido, que lo bueno o aún más malo por conocer.

Sigo viendo el debate mientras escribo esto. Muchos, muchos, muchos hombres blancos de mediana edad como candidatos. Nada de diversidad aquí. Una sola mujer, Marianne Thieme, del Partido para los Animales. Un sólo joven, Jesse Klaver, de Groenlinks (literalmente "Izquierda Verde"), que además es marroquí-holandés, y ha sido relacionado ideológicamente con Bernie Sanders... aunque físicamente con Justin Trudeau. Y faltan tantos. Porque, como empecé diciendo, hay muchas opciones. Tantas, que los holandeses no conocen muchas de las que tienen.

Y eso, en realidad - la noción de un país con una democracia multi-partidista - es lo que me calma en el momento que entro en pequeños pánicos. Porque aunque el señor Wilders ganara mañana la elección (tuviera el mayor número de votos), tiene poquísimas posibilidades de poder conseguir una coalición para gobernar. Y el señor Rutte ayer, en el debate, usó una frase que aún en mi holandés macarrónico pude entender: al preguntarle si haría algún acuerdo de gobierno con Wilders, dijo que "Niet, nooit, niet" ("No, nunca, no").

Entonces: no me preocupo ahora por un inminente gobierno holandés que vaya a comenzar a echar a los inmigrantes - como yo, como otros - fuera del país. No me preocupo porque un rubio con un terrible gusto para peinarse esté como jefe del gobierno. Me preocupo, sin embargo, de que los holandeses que pueden ir a votar mañana no lo hagan y dejen pasar la oportunidad de crear gobiernos y oposiciones más fuertes. De que los holandeses pierdan la fe en que la democracia sirve para algo más que sólo instrumentalizar el odio y o el miedo. De que los holandeses, mis vecinos, se olviden que toda Europa (y el mundo) los mira con un poco de temor a un deja vú, a un Netherlands First (o Second, para reírse), que confirme un giro hacia un mundo en el que preferiríamos no vivir... por lo menos los que hemos decidido que las fronteras son poco justas para lo que pasa en nuestro corazón.

Hoy terminé mi clase con una arenga electoral y mañana haré lo mismo. Con un "vota por mí" como los que promoví en su momento en Cataluña y en España en general. Porque bueno, cosas de académicos o idealistas quizá, yo todavía creo en que el diálogo democrático tiene capacidad de arreglar cosas... aunque justo ahora parece que Rutte y Klaver tampoco pueden hablar de forma tranquila... por lo menos no en este debate.

para Juan Larrosa, que me jaló las orejas y me recordó lo que me gusta escribir de estas cosas. para el que viene, que se enfrentará a lo que nos dejen los votantes mañana.

24.10.16

Un vecino invasor

Lo escuché maullar - me sorprendió porque los gatos que viven en el vecindario rara vez maullan. Ni siquiera cuando está de visita el gato que cuidamos: se pelean, si acaso, a través de las ventanas pero nada de maullar. Y mientras mi cerebro y oídos despertaba de su soponcio, el holandés ya se había levantado del sillón y le había abierto la puerta. "¿Tú quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué pasa?". Ante la puerta abierta y la voz, el vecino entró. Dio cuatro vueltas al salón y nos miró para saber si éramos de confianza. Maulló un poquito más. Comenzó por restregarse contra mis piernas, la pata de la silla, la esquina de una puerta. "Mientras no le demos de comer, todo está bien".
Le gusta el fuego de la chimenea, el calor del suelo. Creo incluso que le gusta el sonido y la luz de la televisión, porque se quedó un rato grande mirando, como si las noticias financieras le dijeran algo. Lo he perseguido para tomarle fotografías y después de un rato, ha posado mirándome. Como si esperara que con eso lo dejara en paz.
Hace un par de minutos subió las escaleras sin ningún tipo de temor hasta encontrar un vaso de agua, donde lo encontré bebiendo. Me acerqué a él e intenté razonar, quitarle el vaso. Sin miramientos, me mostró los dientes y me acorraló.
Escucho a mi holandés intentar razonar con él en holandés para que salga de debajo de nuestra cama - yo le estaba hablando en español, y quizá era eso. Multilingüe no es, pero creo que está convencido de que esta es su casa.
Ahora pienso en tomarme yo una foto enfrente de la televisión, sólo en caso de que un poco más tarde baje a informarme de que ya no soy bienvenida porque los dueños de esta casa tienen que dormir.

3.10.16

Domingo de negativas

Han dicho que no. Que no se olvida. En las calles, en las manifestaciones, en los diarios. Han hablado los que se acuerdan de qué y cómo aquel dos de octubre en Tlatelolco. También los que no saben, los que no se acuerdan, a los que poco les importa. Igual han dicho que no porque en Tlatelolco el dos de octubre un poco huele a pólvora en la memoria y un mucho quizá a desesperanza. Porque a veces sirve recordar la indignación, sólo por hacer uso de un músculo que ha perdido por completo su entereza. Sólo por acordarse que todavía en mi país eso de hablar en voz alta a veces atrae, como un imán, a la violencia.

Han dicho que no. Bastantes colombianos han dicho que no querían el acuerdo de paz y otros tantos, muchos más, han dicho que no salían a votar. O no lo han dicho pero se han quedado en casa, asustados del huracán que llegaba, o del miedo que tiene muchos años - quizá demasiados - descansando en una esquina de un sofá. Junto con la rabia. Junto con muchas otras cosas que no conozco y no sé nombrar. Junto a lo mejor, otra vez, la indignación esa que me parece que es un animal gelatinoso también en lugar de hacernos mover nos hace quedarnos, y señalar con dedos flamígeros, y tirar la primera piedra como si nunca hubiéramos querido que nos preguntaran nada.

Han dicho que no. Eran menos del 40% de los húngaros llamados a las urnas pero han llegado en masa a decir que no quieren la cuota de refugiados que acordó la Unión Europea. Que no entre ninguno de esos, que no sabemos qué quieren, que no podemos y no nos da la gana abrirles las puertas de nuestro país, ni a los adultos, ni a los niños, ni a los que lloran, ni a los que pudiesen ayudar. Y dice el presidente húngaro que qué importa que el referéndum no sea válido: que a él ese no ya le vale, ya le es victoria política, ya le legitima para actuar en consecuencia.

Ha dicho que no. Luis González de Alba no lo dijo, pero lo pensó y lo hizo: no quería despertar un día más. Preparó todo, escribió hace más de un mes una columna críptica pero llena de sus verdades que se publicaría el domingo a Milenio, hizo un tweet de madrugada para aquel amor de su vida, y apagó el switch de su vida con "el último acto de su salvaje libertad", como lo describió Aguilar Camín.

Y con tanta negativa yo amanecí este lunes un poco escaldada, fría, desconcertada. Con la sensación de metal en la boca que deja masticar tantos dolores acumulados. Pero era lunes y hacia sol y había que seguir. Porque para todos los demás esto sigue y con recuerdos, dolores o temores, a veces hay que decir que sí.

21.6.16

Equinoccio, sentido por sentido


En Guadalajara, los veranos también tienen un poco sensación de monzón. Uno sale de la escuela en medio del calor para encontrarse envuelto en pocos días en tormentas que duran todo el día, toda la tarde, toda la noche. Y es una cosa que se asume como normal, como natural: los niños tapatíos nos volvemos expertos en juegos de mesa, en juegos de interior… a veces, uno podía escaparse de la mano vigilante, del ojo protector de nuestras madres y acabar bailando bajo la lluvia: con el temor al regaño o al resfrió, pero la certeza del gozo del agua corriendo sobre los brazos y las piernas desnudas.

Y ahora en Rotterdam, sin saber que iba a ser así, había pasado demasiados días de monzón. Salgo a caminar sí, pero cuando se va la lluvia. Y cuando llueve ahora prefiero mirar el agua desde el interior, con un libro. Prefiero, como cuando era niña aburrirme: quedarme mirando a un punto en la pared hasta que de la nada brota una historia, un recuerdo, un cuento.

Y esta tarde después de la comida, después de la siesta, después de leer, después de aburrirme… tenía que salir a algo. Al aire. Al verano ese que no se termina de definir como tal. Es el día más largo del año y hay que aprovecharlo.

Salí con un suéter y un abrigo de entretiempo para descubrir que, como en Guadalajara, nublado no significa frío. Pronto mi cuerpo exigió que me quitara el abrigo y siguiera caminando sólo con el suéter de algodón, que era suficiente para cubrirme. Y entonces descubrí que quizá tenía muchas horas en el interior de mi casa – tantas, que mis sentidos estaban medio dormidos.

Estaba despierto el oído, a fuerzas, con los audífonos en un podcast extraordinario sobre el derecho a salir del armario como gordo. Camino sonriendo y la gente, me parece, me sonríe. Hay una cosa en la luz de las tardes lluviosas: es como si tuvieran un filtro de suavidad que hacen todos los colores más nítidos. Y al pasar por el parque, mi nariz, por primera vez en el día, se despierta violentamente. Debe ser el agua, debo ser yo, pero casi siento que podría distinguir el olor del agua sobre cada una de las flores, de los diferentes tipos de césped, del suelo, de la tierra. Y el olor es tan intenso que casi, a ratos, lo puedo probar en la punta de la lengua. Las nubes pasan, rápido, y de pronto la lluvia comienza de nuevo: tan fina como una cortina, la siento en las partes de mi cuerpo que “sobresalen”: mi nariz, las puntas de mis dedos que se mueven, mis pies y mi frente… Intento seguir, ir al mercado, y mientras explico que quiero dos kilos de tomates no dos tomates, se suelta el diluvio universal. Como en un monzón. Y camino con un paraguas hasta un punto de refugio.

Estoy sentada en un café, con mis pantalones un poco mojados, mis zapatos y mis pies también. Las puertas están abiertas pero no entra viento, entra fresco. Hay una canción con una percusión estable y dulce que parece hacer contrapunto a la lluvia. La página blanco parece mucho menos terrorífica: a mi alrededor la gente, a pesar de la lluvia, sonríe. Tengo un café con leche a la mitad (la taza manchada con mi pintalabios) y en mi boca todavía permanece un poco la textura de una galleta de chocolate que me dieron para acompañarla. Sentido por sentido, el día más largo del año está completo en este minuto.

10.5.16

Ma-ma-mayo

En España, el día de la madre se celebró este año el 1 de mayo - sí, el día del trabajo. Nada extraño porque, según la mayoría de las madres que conozco, es el trabajo más intenso al que se puede acceder. Entonces he tenido diez días - hasta el 10 de mayo que es el día de las madres en México - para reflexionar sobre el hecho de la maternidad, los instintos maternales y todos los colaterales.
Al ser una mujer de treintaymuchos recibo con bastante frecuencia la pregunta de cuándo y cómo voy a ser mamá. Si quiero ser mamá. Si me lo planteo. Desde mi ginecólogo hasta mi familia, pasando por gente a la que es la primera vez que veo en mi vida y, sospechosamente, siente que tiene tanto derecho a preguntarme si quiero o voy a ser madre como si tomo agua con o sin gas.
Últimamente mi respuesta estándar es no lo sé. Y a partir de entonces cierro las orejas porque sé que una buena parte de la población comenzará con el pero tienes que apurarte porque ya tienes una edad o es una cosa que tienes que saber pronto. No lo sé.
Me pasa la pregunta por la cabeza todos los días cuando miro a través de la ventana y veo a mis vecinos jugando con sus familias en el jardín. También cada vez que veo a mis hermanos con sus hijos, a mis primos, a mis amigos del alma. Cuando tomo en brazos a alguno de los bebés cercanos a mi. Cuando leo algún artículo elegido para mi por Facebook o veo a los personajes de la televisión o la literatura preguntándose si quieren o no hijos. No lo sé.
Quizá es una cuestión de prudencia. Conforme va pasando el tiempo soy más consciente - si se puede - de la responsabilidad tan grande que implica ser mamá. Y cómo es una cosa para toda la vida, todo el tiempo, siempre-siempre. Quizá entonces no es prudencia. Es simple y sencillo miedo o cobardía.
Mis mamacitas: mi madre y la suya, posando
Me gusta ver a las familias de las que me he rodeado, tan dedicadas a su maternidad/paternidad moderna, comprometida, preocupada. Me gusta ver a través de sus ojos las alegrías que representan los pequeños avances, grandes logros. Tengo una fortuna: tener muchas madres a mi alrededor que están encantadas, felices, realizadas con su opción de tener hijos.
Pero no es a lo que les pasa a todas: también he visto, veo, madres amigas que aunque aman con locura a sus vástagos están cada vez más cansadas, más fastidiadas, menos ellas, más tristes. Las veo diluirse con todo y angustias en las agendas de los niños, de las múltiples obligaciones educativas, formativas, lúdicas. La vida nunca será la misma una vez que tengas un hijo: me dicen una y otra vez... y no sé si es una promesa o una amenaza.
El camino de las madres pues, no es fácil. Las no-madres lo sabemos y quizá por eso preferimos mirar desde la lejanía. No temo a la ausencia de instinto materno sino quizá la sobresaturación de mi instinto filial: para ser hija me he estado entrenando toda la vida, encima, con una mamá protectora y un poco bruja que sabe llamarme exactamente cuando algo no va del todo bien. Así las cosas, es difícil ponerse a pensar en lo de ser madre: sobre todo cuando estás rodeada de tantas que lo hacen tan bien. Felicidades pues a todas las que saben, han sabido, han elegido ser madres. Las abrazo con todo mi corazón y admiración, aún sin saber si voy a unirme o no a ese club .