30.3.14

Cosas que regresan con la lluvia

La primavera en Barcelona siempre pasa por los mismos trámites. Es la más feliz, la más grande, la más seductora de las estaciones. Y se le pone a un lado a un invierno taciturno que, no puede evitarlo, se rebela. Se resiste a irse. Y por lo menos un fin de semana cuando todos estamos listos para salir al sol, a la playa, al campo, a la vida, el invierno regresa por sus fueros. Bufa con lluvia y vientos imposibles. Se instala. Hace como si esta fuera su casa.

La primavera - que sabe que el invierno tendrá que irse, le guste o no - se hace un lado. Deja al invierno que tenga su arrebato, su pataleta profunda.

Los miro enfrentarse desde casa. Escucho mis ventanas que se azotan con el viento. Me hundo en las cobijas. Encuentro que la única norma de etiqueta que se puede seguir estos días es vagar por la casa con un libro, una taza de té y esos comodísimos pantalones de pijama de invierno. Repantingada entre mis mantas, no pienso. Asumo - como la primavera - que esta tormenta que por alguna razón me llueve por dentro pasará. Siempre pasa.

Pero con la lluvia, de pronto, me llega el antojo de una sopa. De oler a verdura recién cocida, a cilantro, a cebolla. Me antojo de mole dulce, de tinga, de tortas ahogadas, de ponche de fruta, de frijoles con queso... Un poco de todo. Y a regañadientes, salgo de los pantalones de pijama y arrastro mis pies por las calles de mi barrio. El humor me cambia frente a los escaparates de fruta y verdura, al saludo amable del carnicero. Llueve fino. Llevo un paraguas, pero debajo del brazo. Compro el diario y las revistas que vienen con el diario. Pan. Un poco de fruta.

Al llegar a casa, no regreso al pantalón de pijama. Pongo manos a la obra y llenan la olla zanahorias, patatas, tomate, calabacín, el pollo, un poco de arroz, cilantro, cebolla. Llueve afuera. Sigo lloviendo, pero no de adentro - ahora lluevo/lloro porque las cebollas tenían tanto tiempo en casa que están más fuertes de lo común. La cocina hace su alquimia. La casa se llena de olores. Limpio la alacena y encuentro aquel sobre de chocolate, aquel cubo de sabor que había olvidado.

La primavera, que me conoce, regresó con la lluvia - y entró a mi casa por la ventana de la cocina.

23.2.14

Golpes de Estado

El 23 de febrero se conmemora en España un golpe de Estado. Hoy, en pleno domingo de desvelo y resaca, en lugar de tomarme un té y una larga ducha caliente, me quedé pegada al televisor y al Twitter viendo un falso documental (que yo no sabía que era falso) y una catarata de reacciones encontradas en las redes sociales. De gente que siempre se ha sentido engañada y por un momento creyó que la entendían. De gente que creyó que había descubierto algo y sintió que la engañaban. De otros que, muertos de envidia por ver a alguien hacer de Orson Welles, no se les ocurre otra cosa que azorillarlo. De los fans de Orson Welles que se sienten en medio de la Guerra de los Mundos...

Y en medio de la idea de una conspiración que había generado un golpe de estado, me acordé del golpe de estado que yo me dí a mi misma. También en un 23 de febrero. Yo, al igual que los que estaban en el poder en España en 1981, sentía que algo se gestaba. Algo, me parecía, en esa vida que yo estaba intentando imaginar como casi buena no iba tan bien. Y tenté el terreno. Intenté encontrar el momento para descargar mis dudas. Y, envalentonada por un par de gintónics, poco después de las tres de la mañana, solté a bocajarro la pregunta aquella de: "¿tú todavía quieres seguir conmigo?".

Lo entiendo como golpe de estado porque era ponerme a mi misma, a eso que quería, contra las cuerdas. Era enfrentarme a algo que ya me parecía que no iba del todo bien. Era anteponer mi creencia de que, después de un error inicial, las cosas deberían ser claras, transparentes, firmes para ambos. Y sabía que la pregunta, al ser violenta, también podía tener consecuencias nefastas.

Las tuvo. Me recuerdo enzarzada en una discusión mientras volvíamos a casa. Me recuerdo llorando por los rincones. Me recuerdo con un dolor de cabeza volcánico a la mañana siguiente, intentando separar la tristeza de la resaca, todo junto. Me recuerdo intentando pegar mis piezas, que sentía que se me escapaban como arena entre las manos.

Ese fue mi 23-F. Mi propio golpe de estado.


Ahora, si lo pensamos bien, el asunto no pasó el 23-F. Fue el 24-F a eso de las 3:30 de la mañana. Tampoco fue un golpe de estado porque no pensaba yo imponer ningún tipo de gobierno militar. Y la memoria que tengo de esos días dista mucho de ser fotográfica - es más bien nebulosa, confusa. Y si me acuerdo de la fecha es, justamente, porque había nevado y porque se habló - en algún momento de la tarde - de ese golpe militar. Resumen: que este post es también un falso documental. Que no sirve para mucho más que para marcarme un hito - otro aniversario de supervivencia. Cosa por la que, sé, debo estar y estoy agradecida.

8.2.14

Distancia relativa

Cierro los ojos. La crónica hoy viene desde adentro. Es sábado por la noche. Hace frío. Estoy en casa, con un suéter de lana, porque hace más frío adentro que afuera. Es lo que tienen las casas viejas, de techos altos, de suelos de cerámica. Mi cama está cubierta de papeles que me gritan que hace meses que no organizo todas las cosas que guardo para recordar. No he tenido tiempo de organizar los recuerdos - se agolpan, se encabalgan, se tropiezan, como en aquella casa de los cronopios de Cortázar.

Cierro los ojos. Intento concentrarme en mi respiración. Por mi cabeza pasan un montón de pensamientos, de esos de los que no lo dejan a uno concentrarse cuando está intentando esa cosa imposible que se llama meditar. Pero hago lo que me enseñaron - miro al pensamiento, lo abrazo, lo reconozco, lo dejo ir. Algunos regresan y otra vez se ponen en frente de mis ojos cerrados. "Hazme caso, escúchame, déjame que te inquiete, que te angustie, que te rompa, que te vuelva a pegar". Y lo ves frente a ti, como un niño caprichoso. Como uno de esos recuerdos. Y le tocas la cabeza, lo medio despeinas, le dices que sí, que no vaya a tropezarse... lo dejas ir.

Cierro los ojos. Este año ha empezado lento y rápido. Hoy me doy cuenta que es la primera vez que paso a escribir por aquí - he atendido otros aparadores, pero no este. Y hay, tanto, pero tanto que contar.

Cierro los ojos. Y aquí, mientras el frío me abraza, pienso también en todos los que me abrazan sin estar aquí. Algunos en este ciudad, otros en este país, en este continente... y otros lejos, tan lejos, tan lejos que incluso se han ido de este mundo físico. Pero siguen aquí. Y todos de pronto se meten en las fibras de mi suéter de lana y me abrazan, me pasan la mano por la espalda, me revuelven el cabello y me dicen que corra con cuidado, que no vaya a lastimarme.

La distancia es siempre relativa. La felicidad es siempre momentánea. Y a veces hacen falta que se rompa todo y tardar mucho en construirse de nuevo para darse de cuenta que siempre, siempre, siempre habías tenido aquí lo que querías. Cierro los ojos. Y me doy cuenta que eso que yo era sigue ahí.

Cierro los ojos. Observo. Cosas que le pasan a uno por la mente un frío sábado de febrero.

31.12.13

Los números y las apariencias

2013 me engañó. O, mejor dicho, me engañé yo con respecto a 2013. Desde sus primeros días creí o imaginé que era un número primo. Uno de esos que sólo se dividen entre uno y entre si mismos. De los que viven para sí. Con eso en la cabeza, fui leyendo muchas cosas que estaban pasando a mi alrededor. Así traducí las despedidas, las rupturas, los parones, las graduaciones, los reencuentros, las páginas en blanco, los divorcios, las reconciliaciones, los viajes, cada una de las estaciones, los días de sol y de lluvia. Como algo sólo dividido por uno y por el mismo.

A veces, al ver un número, crees que sabes qué hay detrás de él. Por un momento intuyes que es la combinación perfecta que solventará todos tus problemas económicos en una lotería. Imaginas que es el autobús que te llevará más rápido a tu destino. Conjeturas si es ese el número en que por fin todo lo que deseabas, todos esos proyectos, todos esos deseos, cristalizarían.

En unas horas se va 2013. Si me lo pudiera mirar a la cara tendría que decirle que siento haberlo confundido. Que una búsqueda sencilla en Internet me hubiese confirmado hace meses que tiene muchos otros factores, que se divide entre muchos más. Que simplemente había leído incorrectamente su comportamiento - y que es el que es porque es el que le tocaba haber sido.

Gracias, pues. Y no, a pesar de todo, no me gustaría que hubiese durado ni un día menos. Ni un día más. La cercanía de 2014 me emociona. Sigue el que sigue. Y este año me toca no juzgar a 2014 por sus números sino dejarlo ser y ver qué sorpresas trae para mi.

18.12.13

Un pedacito de uno

Ella anunciaba ayer su minuto cero. Yo creí que este año ya había cubierto mi cuota de despedir gente pero resulta que el destino - o lo que sea - pensaba que todavía podía despedir un par más. Y así fue como ayer, entre clase y clase, un poco corriendo llegué a su casa. Las paredes estaban blancas. Los armarios vacíos. Las plantas medias muertas. De pronto, de golpe, me ví llorando en ese sillón, la vi llorando en ese sillón, nos vi reir, compartir sopa de letras, cuchichear, hacer planes, imaginar el futuro... pero ahora el futuro es a diez mil kilómetros de aquí.
No nos dijimos mucho - había poco que decirse. Sabíamos de la otra. Yo intuyo en mi corazón que la veré pronto y sé, como esas cosas se saben, que esa felicidad que está buscando y se había perdido, se asomará. Que regresará a su camino.
Se me estaba haciendo un hueco a la mitad del pecho mientras nos despedíamos cuando ella de pronto se acordó de algo. Subió sin zapatos al sofá y tomó de unas estanterías cuatro libros. "Toma", me dijo. "Son los libros que más quiero pero ya no me caben en las maletas".
Eso recuperó mi ánimo. Le dije que no era un regalo - que me los quedaba en préstamo, es custodia. Los libros que uno más quiere son un pedacito de patria, un trozo de uno mismo.
La abracé una vez más y salí de su casa. Quizá tenía los ojos llorosos, pero no lloraba. Ahí, conmigo, se quedaba un pedazo de ella que me da la certeza de que estamos la una al lado de la otra.

30.11.13

Espera

Era esa hora poco después de la medianoche en la que quedan pocos autobuses de los que vienen del aeropuerto. Hace frío y, a pesar de ello, hay dos o tres figuras que se asoman, expectantes, a las ventanas de los autobuses que se acercan. Por alguna razón - quizá por logística - no se asoman a las puertas de vidrio tintado del aeropuerto. Pero esta es la segunda bienvenida, el segundo sitio donde ver a aquellos que vienen de lejos.
Demasiado llena de música, caminé hasta ahí. Decidí camuflarme entre los que esperaban, a ver si - por arte de magia - llegaba algo para mi. Vi cómo un chico rubio abrazó a una pelirroja a la que hizo saltar por los aires. Vi cómo los turistas leían sin entender los letreros que decían que ya no había más autobuses hasta mañana a las seis de la mañana. Vi cómo una chica, en tacones, no se podía soltar de un chico recién bajado del autobús, que a su vez no quitaba la mano (o la vista) de su maleta en el suelo.
Espié, como si no conociera el fenómeno. Como si no estuviese acostumbrada a esa cabalgata de caballos que comienzan en la parte de abajo del estómago y comienzan a subir por el cuerpo y el cuello mientras intentas reconocer una maleta, una postura, una barba, un gorro, un abrigo, un olor.
Los últimos dos autobuses venían repletos de gente harta de esperar. Casi todos los que esperaban - como yo - encontraron a quien abrazar, a quien darle la bienvenida y con quien comenzar a hacer planes. Sólo una chica de abrigo marrón se quedó esperando hasta que bajó el último de los pasajeros. La ví asomarse, esperar, mandar un par de mensajes en su teléfono. La ví cómo se encogía de hombros, se daba la vuelta y comenzaba a caminar hacia las calles iluminadas de navidad. La ví, en fin, irse.
Cuando se perdió en el horizonte, caminé yo también. Al llegar a casa, seguía llena de música. Las esperas a veces se terminan de la forma menos esperada posible.

20.11.13

Acompañada

La maleta me mira desde la cama. No sé si es muy grande - podría serlo. Siempre, siempre, siempre dudo. Incluso después de tantas idas y vueltas. Saqué y metí cosas. Temo al frío, a la lluvia. Saqué dos libros - no los necesito. Sólo uno. Y me siento a escribir cuando lo que debería hacer es irme.

Pero necesito hacer algo: contar que lo que no saco de la maleta es a ella. La llevo conmigo. Hace ocho años  - tantos y tan poquitos - por primera vez comencé el primer viaje hacia Venecia pensando que la vería ahí. Nos encontramos y, de su mano, recorrí la Biennale, entendí algunos recovecos del arte moderno y pasee por otros sin querer entenderlos. Me acuerdo de haberme reido mucho, llorado un poco, de haber estado con ella. Me acuerdo que nos prometimos intentar volver siempre, cada dos años.

Hoy, Corinne no viene conmigo. Pero yo me voy por las dos a alcanzar por los pelos la Biennale. Dejo aquí un montón de exámenes por calificar, clases por preparar, páginas de tesis por escribir - sin contar un millón de preguntas sobre quién soy, a dónde voy y esas cosas. Pero por un par de días, eso no importa. Por un par de días, me voy acompañada de mi amiga a ver, explorar, aprender.

No me pasa sólo con Corinne. A veces, cuando muero de ganas de unas patatas bravas y me voy y me siento con un libro en la esquina de Tallers y Valdonzella, sé que Esther está ahí, hablándome suavecito, riéndose conmigo. Dándole la vuelta a un millón de cosas y luego volviendo al centro, al mundo, a este mundo.

Así, todos los días. Así en el súper con mi madre, conectando aparatos electrónicos con mi padre, en los paseos con mis hermanos, en el frente marítimo con esas personas a las que aún quiero. Y todos esos, los que leen, saben que me acompañan. Saben cuándo. Y dónde. Y que les estoy, por esa y todas las compañías, muy agradecida.