17.10.14

10 años (primer inventario)

3650 días. Una súper fiesta programada para hoy. Algunos amigos invitados. Muchos que faltan. Venir de una familia grande y saber que, aunque no tienes marido ni hijos, has hecho una familia aún más grande. Muchos días de viaje. Muchos días en casa. Dos Másters. Casi un Doctorado. La putatesisdeloscojones. Un postgrado (en Coolhunting... whatever that means). Tres universidades. Cientos (literalmente) de alumnos. Tres hombresdemivida. Una vidaparamimisma. Cuatro compañeros de piso. Decenas de estancias de turistas. Muchos jeans rotos en la entrepierna por caminar. Y tenis. Y zapatos normales. Cientos de libros leídos. Un par de libros escritos (que no publicados). Media docena de blogs (unos públicos, otros no). Un embarazo. Un aborto. Dos cirugías. Media docena de pruebas de HIV. Una nariz inútil. Un psiquiatra. Una psicóloga. Una psicoterapeuta. Dos ginecólogos. Tres otorrinos. Un amoroso cardiólogo. Un padre putativo. Una madre putativa. La ilusión de una casa. La desilusión de una casa. La tranquilidad de volver caminando a las cuatro de la mañana. El karma de dar clases en la Universidad. Quedarse encerrada una vez en la biblioteca, un sábado. Muchos, muchos, muchos aviones. Un permiso de conducir. Un montón de kilómetros en auto. Un cruce trasatlántico en barco. Unos besos robados enfrente de un hotel en calle Fontanella. Una estampida de mariposas en el estómago después de un beso erróneo en la Plaça de Sant Pere. Muchos amantes incovenientes. Muchos amigos de adultez. Dos urbanistas serbios. Un montón de visitantes. Una consulta para la independencia. Una decena de juegos del Barça en el Camp Nou. Aprender a andar en bicicleta. Enamorarme de mi instructor para aprender a andar en bicicleta. Ir con él al cine. Desenamorarme. Una hermana holandesa. Una hermana argentina pero uruguaya pero catalana. Una hermana que fue. Una cómplice local. Los éxitos de los otros - ese trabajo nuevo, esa nominación al Grammy Latino, ese anillo de compromiso, esos cuatro embarazos al tiempo. Otros tantos divorcios (de todos nosotros). Una jefa hijadeputa. Un jefe hijodeputa. Un montón de trabajos exóticos. Aprender a cocinar. Enamorar con la cocina. Hacer tinga, mole, carnenesujugo, birria, ceviche, tamales... Entender que amo comer. Bajar cinco kilos. Subir siete. Bajar diez. Subir cinco. Bajar quince. Subir siete. Aprender que el peso se mide por lo feliz que te ves en las fotos. Decidirme a viajar por viajar. Un tatuaje que me hace regresar. Un bar de casa. Desarrollar la habilidad de echar una bronca. Extrañar el tequila y el mezcal (y las tortillas y la cerveza Indio). El cabello más largo de la vida. Mechas rosas. Mechas azules. Mechas verdes. El pelo liso y no saber cómo verme en el espejo. La ilusión de irme. Las ganas de quedarme. La noción de volver.
Un último piropo (en inglés, por correo): "You have a smile that I will always remember, it makes me feel that everything is right in the world as long as you smile and believe."

Pura, absoluta, total fe y gratitud que hacen que después de diez años sepa que soy, de hecho, de aquí. En el fondo, sé que amo a esta ciudad porque cada día hago el esfuerzo de volver a enamorarme de ella - la dejo que sea como es (no puedo cambiarla) pero sé que nos hemos hecho, de alguna manera, a la forma de la otra durante este tiempo.

Y de tanto amor, uno solamente puede estar agradecido.

14.10.14

Otro día

El comercio barcelonés hace años que no está cerrado a cal y canto los domingos, pero hay cosas que todavía hay que comprar los sábados o cualquier día con más movimiento. Conociendo bien el barrio en el que vives, en el último minuto te puedes montar cualquier tipo de fiesta o banquete sin grandes problemas, pero son los ingredientes de especialidad los que se convierten en un reto.

El domingo, con el reto impuesto de cocinar un Pho, me desperté para darme cuenta que no sólo me faltaba la carne, sino también jengibre, limas y pimiento picante. Había pequeños detalles que en mis excursiones de días anteriores no había logrado incluido. Así que salí a las calles, a los rincones donde ya sé que encontraré las cosas, a comprar la carne, las limas, el jengibre... pero el pimiento picante perdido.

Ya hecha a la idea de que tendría que utilizar algo que se estaba muriendo en el fondo de mi nevera, regresé sobre mis pasos a una tienda a la que hace meses y meses no me acercaba. Y me encontré a mi antiguo tendero, un señor pakistaní con el que me sonreía todos los días durante años - porque era el único que habría esa tienda en Rec Comtal. Antes de entrar a la tienda ya había visto una caja con los pimientos de marras: tomé cuatro y entré como una exhalación a la tienda, con ellos en la mano.

Sus ojos se abrieron en sorpresa. "Bon día!", me dijo, en esa forma que tenemos los adoptados de Catalunya de saludarnos en catalán porque es nuestro idioma de encuentro. "Bon día", contesté, sonriendo, mientras él organizaba las cosas de otra señora que iba a pagar. "¿Qué llevas? ¿Sólo eso?". Extendí la mano y le mostré los cuatro pimientos mientras asentía con la cabeza. "Déjalo... ya me pagas otro día", me dijo, mientras hacia la seña de que me fuera. Seguramente me veía la prisa. "Y bon día!", otra vez, antes de salir.

Me sonreí yo y la gente que estaba en la tienda. Regresé a casa rápida, haciendo la lista mental de las cosas que tenía que poner en la olla con el jengibre y en los platos con el pimiento. Mientras abría la puerta de casa, pensé en las solicitudes de empleo que ahora envío a un lado y otro del océano. Uno es del lugar que reconoce como suyo por la forma en que detecta incluso las heridas de la calle sin mirarlas. Donde sabes cuál es la forma más rápida de moverte de un sitio a otro, a dónde puedes ir a comprar qué en un día festivo y si hay realmente alguna opción para aquello que se te olvidó. Sabes que eres de ahí porque los demás te lo recuerdan. Sabes que eres de ahí porque aunque te vayas - aunque pasen meses sin ver esas calles, esas tiendas, esas personas - ellos saben que pertenecías (alguna vez) a ese sitio.

11.10.14

Excursión

Anoche, a las dos y pico de la mañana, sabiendo que se me venía encima una especie de gran resaca moral, le mandé un mensaje a la Cómplice. "¿Me acompañas mañana a Sitges?". En pleno festival de cine fantástico, pasaban una versión remasterizada de los Gremlins. Hacía poco más de una semana que me había enterado y, en un arranque de optimismo, compré dos entradas de esas que uno compra esperanzado, ilusionado. Hace un par de días había hablado con la cómplice del plan y le pareció una idea magnífica... Pero yo, que luego hago las cosas demasiado de último momento, no le dije nada hasta anoche. Lo bueno es que la Cómplice es como yo - en tantas y tantas cosas - y no dudó un minuto.

Nos vimos temprano para tomar el tren - la ciudad todavía no estaba inundada de gente mientras caminábamos a la estación. Y fue en la estación donde comenzaron los recuerdos: todos esos meses yendo a Sitges, todos los días, a trabajar. Los años que han pasado desde entonces. La otra persona que iba y venía y que ahora no sé si reconozco aún cuando me miro al espejo.

Desde el tren, vimos los campos de verduras cercanos al Prat, los bañistas en la playa, el mar que todavía sigue vestido de verano a ratos. Hablábamos sin tregua de las sorpresas, de la necesidad de movimiento, de la inminencia de los retornos. A veces me sorprende con la Cómplice que, cuando le digo las cosas - cuando las acomodo en mi cabeza para explicárselas - es cuando las entiendo. Y entonces se me llenan los ojos un poquito de agua, y desbordan. Ella entiende porque también le pasa. Y no paramos, no logramos, parar de hablar.

Le conté cómo me servían esas horas de tren hace años para encontrarme - el tránsito diario, que acabó agotándome, también fue lo que me ayudó a entender quién era, en dónde estaba. Tantos meses yendo y viniendo que me dejé un pedazo del cuerpo ahí... y al llegar al pueblo descubrí que ahí estaba, esperándome. Recorrimos las calles que había visto tantas veces, vimos los bares aquellos, la orilla de aquel mar. Pedimos un café en una terraza llena de modernos, con sus hijos modernitos. Y nos quedamos nosotros también, moderneando. Vimos la película con cientos de personas que también la habían visto en casa, en un video. Nos horrorizamos un poco con las escenas que recordábamos y otro tanto con las que no.

Salimos después al pueblo y seguía siendo aquel sitio donde estuve - aunque hubiese cambiado en la forma, permanecía el fondo. Después de dos bares de tapas y una larga plática con mi gran amigo local, regresamos. Y otra vez, mientras mirábamos el mar, no podíamos dejar de hablar - de arreglar, futurear, esperar. Fuimos y volvimos de sol, del verano que se resiste a irse, del futuro que nos mira, aburrido, mientras nosotros decidimos cuándo entrar a él.

(Esta crónica es para la Cómplice, que le gusta ser cronicada. Y para el futuro, que necesita alguien que lo cuente, y hoy me parece un poco más cercano de lo que parecía esta mañana.)

2.10.14

Una cita

La primera vez que lo hicimos, yo no sabía muy bien qué esperar pero estaba confusa casi por todo y agradecía de buen grado cualquier guía. Ella me había ofrecido hacer eso por mi después de una reunión de trabajo a la que, creo, llegué con los ojos hinchados de llorar. Días después, sentadas en el café de un hotel, M. sacó una serie de papeles y comenzó a leerme mi carta astral. Sol en Capricornio, luna en Leo y luego un montón de cosas más que no dejaban de sorprenderme y de las que, la verdad, no puedo acordarme. Guiada por una serie de trazos, me explicó mi relación conmigo misma, con mis padres, con mis parejas, con mis trabajos, la situación en la que estaba, lo que me deparaban los siguientes años. Entonces comenzamos un diálogo - ella me preguntaba cosas y yo encajaba los detalles. Yo preguntaba algo y ella me daba la explicación. A partir de ahí hablamos de un millón de cosas más... y la consulta se extendió toda la tarde y me hizo creer, de otra manera, en el universo.

Durante muchos años antes de ese día yo le tuve miedo a los horóscopos y a la astrología en general porque eso de adivinar el futuro es pecado. Pero conforme fui creciendo y descubriendo que muchas de las cosas que son pecado también son muy divertidas, aflojé mi postura (mi luna en Leo, seguramente, obrando en mi favor). No se trataba de ser necia ni desobediente: descubrí que lo de mirar las estrellas así era otra manera de buscar preguntas... y por supuesto respuestas. Me divertía, pero sabía poco. Me dediqué a leer sobre ello. En algún momento de crisis en la redacción de un periódico, armada de un almanaque lunar, escribí los horóscopos un par de semanas hasta que contratamos a un astrólogo de verdad. Luego recibimos cartas pidiendo los míos: parece que mis "predicciones" eran tremendamente optimistas y eso, bueno, gustaba. Pero lo mío era totalmente amateur: M. sabe, de verdad, con seriedad. Y es magnífico ver en sus ojos lo que descubre.

Hace unos días nos volvimos a ver, corriendo. Habíamos dejado pasar un par de años entre la última consulta y esta vez, por primera vez, no llegué hasta ahí con una angustia. Iba en realidad a verla, a darle un abrazo, a pedirle un contacto de trabajo, a tomarme una taza de café, a hablar de todo lo que ha cambiado desde la última vez que salí de esta ciudad con un plan de viaje de dos meses y pico, a buscar algo que (ahora empiezo a verlo) en realidad llevaba en los bolsillos del pantalón. "Vas a buscar preguntas", dijo mi terapeuta. Y volví con las preguntas, con algunas respuestas, y con unas ganas locas de buscar más preguntas - because that's the name of the game, baby. Según hablábamos, M. me contaba de las cosas que están bien aspectadas y no en los próximos meses: de cómo mi personalidad dual se va a encontrar discutiendo cosas básicas. De cómo ahí mismo también aparece que mi madre estará muy bien y en el futuro, habrá cambios. Muchos cambios. "Lo único que puedo decirte es que veo movimiento... nada fijo, nada estático. Más movimiento. Ya luego tendrás años de calma pero ahora te toca moverte... y reconciliar lo que necesitan tu sol y tu luna".

Como siempre, acabamos riéndonos. "Tú tienes un rollo o un noviete por ahí". "Que no". "Que sí, que aquí hay algo". "Pues es que no". "En tu viaje". "Ah... en el viaje...". Entonces le conté una cosa que fue divertida y probablemente lo menos pensado/reflexionado que he hecho en mi vida - con lo que me reí y disfruté como nunca. "Ves... tu luna en Leo. Eso tiene pinta de lo pasaste muy bien. Y con cosas como esa, con algo así, te lo vas a seguir pasando muy bien". Me sonreí y aún me sonrío al escribirlo. Esté escrita en las estrellas o no, una predicción como esa no puede más que emocionarme.

19.9.14

De vuelta

"Qué señorita más seria, ¿no?". Iba caminando por la Plaça de Sant Agustí Vell cuando una voz que, aparentemente, se dirigía hacia mi, me hizo voltear la cabeza. "¿Por qué estás tan seria?". "¿Mande...?" - contesté. "¿Te pasa algo? Es que vas con una cara muy seria", la voz salía del cuerpo de un chico alto, barbado, de quizá un metro ochenta. Entre las sombras, distinguía clara su camisa blanca y sus dientes, que mostraban una sonrisa perfecta, para las sombras. "No, no pasa nada. Todo en orden", dije, y me sorprendí a mi misma sonriendo. "¿Y qué tengo que hacer para saber cómo te llamas?", me preguntó y contesté. "¿Y esos ojos tan bonitos de dónde vienen? ¿De México?". Me sorprendió. "Sí, exacto...", seguí sonriendo. "Claro... el 'mande'... Yo soy Abdel...", me dijo mientras me estrechaba la mano. "¿Podría pedirte un teléfono para tomar una cerveza después". "No, Abdel... no está noche".

Nos despedimos con otra sonrisa y agitando las manos. Las siguientes dos cuadras hasta mi casa recordé cómo, hasta hacía unos minutos, había hablado con Zorana de la importancia que tiene que alguien te ayude a reír  - de cómo la vida hace más sentido rodeado de amigos, de gente, que te sacan una sonrisa o, mejor aún, una carcajada.

Ha pasado casi una semana y no fue hasta esta noche que me sentí de vuelta: de vuelta a lo que me preocupaba antes de irme, a la incomodidad que había conocido, a un día completo de escribir sin estar convencida del resultado, a hablarle a los amigos para salir intempestivamente, a tomarse un gin tonic y luego comer un falafel en la calle y al final regresar a casa con una sonrisa. Y a escribir de nuevo. De vuelta.

21.7.14

Aviso de mudanza temporal

La que aquí suscribe literalmente anda de parranda. Por favor, sígannos en nuestro blog paralelo del #crazylocotour.

Por su atención, gracias.

8.7.14

Última hora

Pedacito de portada
Me desperté realmente una hora después de que comenzara a sonar la alarma. La estuve callando a ratitos, sin darme cuenta del susto que se me vendría encima cuando finalmente abriera los ojos. Y mi primer pensamiento fue para mis queridas amigas de la universidad. "Pobres", pensé. "Qué angustias las hice pasar por terminar todo, siempre, a última hora". Old habits die hard - dicen. Y hoy también, como entonces, me dí cuenta que había pasado la última semana ultimohoreando.

Ya era más tarde de lo que había planificado despertarme. En lugar de encender el ordenador, me arreglé, me vestí y metí todas las cosas necesarias para el día en mi bolso. Tenía una cita para desayunar con mi Italiana, quien me tenía un regalo y distracción y buenos deseos. No podía, no tenía más fuerza, más que para irme allá y pensar en lo bueno que estaría el café con leche.

La fecha de entrega de hoy me la había puesto yo - nadie más. El sábado comienza de lleno el crazylocotour y no había manera de que fuera yo por ahí paseando con la angustiosa tesis. Es demasiado pesada - seguramente me cobrarían sobrepeso en el avión. Además, ya ha ido a demasiadas vacaciones, a demasiados viajes, me ha fastidiado las suficientes noches y sus días.

Pensé en lo diferente que era mi vida la tarde que decidí, frente a Bef y Rebeca, que comenzaría el doctorado. En todas las cosas que se han perdido y se han ganado entre medio. En todos los amigos que he estado a punto de perder por mi mal humor y mis nervios. En las veces que pensé que mejor no, no quería hacer la tesis. Que de nada me servirá. Pensé en que todo eso ya no está.

Y fui al café, y esperé a mi Italiana, y terminé de ordenar el índice del texto. Y luego fui a la biblioteca y escribí un par de párrafos más a las conclusiones y corregí una cosa que no me gustaba de la introducción. Y modifiqué - por enésima vez - el título. Y convertí todo a PDF y junté los archivos e hice una cosa de 180 páginas sinbibliografíanianexos que luego tardó lo que a mi me pareció un millón de años en imprimirse dos veces. Y fui a la papelería a que lo engargolaran y después me fui a entregárselo a mis directores de tesis. El Director A me había invitado a comer - le dejé el texto y me dijo que lo tendría revisado cuando yo volviese del viaje. Después, no hablamos más de eso sino de una investigación sobre el modernismo que tiene una buena pinta. Pero me quedé un poco desconcertada porque yo quería hablar, por una vez, de la tesis. De su incierto pero inexorable futuro. Entonces, antes de meter el otro volumen en el casillero del Director B, me paseé con él por la Universidad, mostrándolo, como mamá recién parida.

Ahora estoy en casa, respirando. Me puse a escribir esto porque sabía que tenía que escribirlo, contarlo, desde que me levanté. Que tenía que dar las gracias a toda esa gente que ha sido infinitamente paciente conmigo y a la que prometo pagarle todas las cervezas, whiskies y abrazos que le debo.

Yo sabía que eso tenía que entregarse hoy y está entregada. Aún no sabemos cuál será su destino - "¡felicidades, casi-Doctora!", me dijo uno de mis jefes - pero sí sabemos que ya tiene una fecha qué marcar: el día que decidí que había terminado y que esa tesis - la parte que me hace sufrir - no volverá ir conmigo a ningún sitio.