19.9.14

De vuelta

"Qué señorita más seria, ¿no?". Iba caminando por la Plaça de Sant Agustí Vell cuando una voz que, aparentemente, se dirigía hacia mi, me hizo voltear la cabeza. "¿Por qué estás tan seria?". "¿Mande...?" - contesté. "¿Te pasa algo? Es que vas con una cara muy seria", la voz salía del cuerpo de un chico alto, barbado, de quizá un metro ochenta. Entre las sombras, distinguía clara su camisa blanca y sus dientes, que mostraban una sonrisa perfecta, para las sombras. "No, no pasa nada. Todo en orden", dije, y me sorprendí a mi misma sonriendo. "¿Y qué tengo que hacer para saber cómo te llamas?", me preguntó y contesté. "¿Y esos ojos tan bonitos de dónde vienen? ¿De México?". Me sorprendió. "Sí, exacto...", seguí sonriendo. "Claro... el 'mande'... Yo soy Abdel...", me dijo mientras me estrechaba la mano. "¿Podría pedirte un teléfono para tomar una cerveza después". "No, Abdel... no está noche".

Nos despedimos con otra sonrisa y agitando las manos. Las siguientes dos cuadras hasta mi casa recordé cómo, hasta hacía unos minutos, había hablado con Zorana de la importancia que tiene que alguien te ayude a reír  - de cómo la vida hace más sentido rodeado de amigos, de gente, que te sacan una sonrisa o, mejor aún, una carcajada.

Ha pasado casi una semana y no fue hasta esta noche que me sentí de vuelta: de vuelta a lo que me preocupaba antes de irme, a la incomodidad que había conocido, a un día completo de escribir sin estar convencida del resultado, a hablarle a los amigos para salir intempestivamente, a tomarse un gin tonic y luego comer un falafel en la calle y al final regresar a casa con una sonrisa. Y a escribir de nuevo. De vuelta.

21.7.14

Aviso de mudanza temporal

La que aquí suscribe literalmente anda de parranda. Por favor, sígannos en nuestro blog paralelo del #crazylocotour.

Por su atención, gracias.

8.7.14

Última hora

Pedacito de portada
Me desperté realmente una hora después de que comenzara a sonar la alarma. La estuve callando a ratitos, sin darme cuenta del susto que se me vendría encima cuando finalmente abriera los ojos. Y mi primer pensamiento fue para mis queridas amigas de la universidad. "Pobres", pensé. "Qué angustias las hice pasar por terminar todo, siempre, a última hora". Old habits die hard - dicen. Y hoy también, como entonces, me dí cuenta que había pasado la última semana ultimohoreando.

Ya era más tarde de lo que había planificado despertarme. En lugar de encender el ordenador, me arreglé, me vestí y metí todas las cosas necesarias para el día en mi bolso. Tenía una cita para desayunar con mi Italiana, quien me tenía un regalo y distracción y buenos deseos. No podía, no tenía más fuerza, más que para irme allá y pensar en lo bueno que estaría el café con leche.

La fecha de entrega de hoy me la había puesto yo - nadie más. El sábado comienza de lleno el crazylocotour y no había manera de que fuera yo por ahí paseando con la angustiosa tesis. Es demasiado pesada - seguramente me cobrarían sobrepeso en el avión. Además, ya ha ido a demasiadas vacaciones, a demasiados viajes, me ha fastidiado las suficientes noches y sus días.

Pensé en lo diferente que era mi vida la tarde que decidí, frente a Bef y Rebeca, que comenzaría el doctorado. En todas las cosas que se han perdido y se han ganado entre medio. En todos los amigos que he estado a punto de perder por mi mal humor y mis nervios. En las veces que pensé que mejor no, no quería hacer la tesis. Que de nada me servirá. Pensé en que todo eso ya no está.

Y fui al café, y esperé a mi Italiana, y terminé de ordenar el índice del texto. Y luego fui a la biblioteca y escribí un par de párrafos más a las conclusiones y corregí una cosa que no me gustaba de la introducción. Y modifiqué - por enésima vez - el título. Y convertí todo a PDF y junté los archivos e hice una cosa de 180 páginas sinbibliografíanianexos que luego tardó lo que a mi me pareció un millón de años en imprimirse dos veces. Y fui a la papelería a que lo engargolaran y después me fui a entregárselo a mis directores de tesis. El Director A me había invitado a comer - le dejé el texto y me dijo que lo tendría revisado cuando yo volviese del viaje. Después, no hablamos más de eso sino de una investigación sobre el modernismo que tiene una buena pinta. Pero me quedé un poco desconcertada porque yo quería hablar, por una vez, de la tesis. De su incierto pero inexorable futuro. Entonces, antes de meter el otro volumen en el casillero del Director B, me paseé con él por la Universidad, mostrándolo, como mamá recién parida.

Ahora estoy en casa, respirando. Me puse a escribir esto porque sabía que tenía que escribirlo, contarlo, desde que me levanté. Que tenía que dar las gracias a toda esa gente que ha sido infinitamente paciente conmigo y a la que prometo pagarle todas las cervezas, whiskies y abrazos que le debo.

Yo sabía que eso tenía que entregarse hoy y está entregada. Aún no sabemos cuál será su destino - "¡felicidades, casi-Doctora!", me dijo uno de mis jefes - pero sí sabemos que ya tiene una fecha qué marcar: el día que decidí que había terminado y que esa tesis - la parte que me hace sufrir - no volverá ir conmigo a ningún sitio.

5.7.14

Las cosas dichas

La última conversación se ha mantenido con meses de silencio entre medio. Palabras van y vienen, eléctricas, telefónicas. Pareciera que nada está completamente dicho. Y lo está. Pero, de nuevo, completamente no es definitivamente.

Hay cosas que hemos dicho sin nombrarlas. Y sin embargo, están. Y estos silencios, este escondernos en las rendijas de la tecnología, también tiene que ver con el diálogo. Del saber que estamos sin estar, sin volver, sin irnos, sin despedirnos del todo.

Es sábado de verano y, por un momento, imagino otros veranos. Todas las cosas que se quedaron, entonces, en silencio. Pero que fueron dichas sin palabras de tantas maneras.

No es que nos debamos nada: es que sabemos lo que nos dimos. Y eso basta.

21.6.14

La FIFA, los mexicanos y los niños contestones (y bullies)

Aunque mi mamá hizo hasta lo imposible porque se me quitara, yo era (y sigo siendo) una de esas "niñas contestonas". Sobre todo cuando me regañan cuando hice algo mal. Se me ocurren mil y un motivos para validar mi actuación y decir que no, no es verdad, que lo había hecho bien. Mis profesores saben - ah, el karma que estoy pagando hasta hoy - que era capaz de quedarme después de una clase y discutir sobre papel y en vivo hasta que me dieran la razón. Hasta en clase de matemáticas (que poco hay que discutir).

Confieso también que con el tiempo, los tropezones y quizá horas de terapia, lo que he aprendido es a tratar de elegir mis batallas. Sólo pelear aquellas, contestar, en donde sé que puedo tener una respuesta a mi favor o cuando estoy VERDADERAMENTE CONVENCIDA de tener razón.

Estos días he descubierto que quizá mi cabezonería es de nacimiento. Pareciera que los mexicanos fuéramos incapaces de recibir una amonestación, bajar la cabeza y decir "lo siento". En los últimos días, ha habido una enorme erupción en las redes sociales de indignación porque la FIFA abrió un expediente disciplinario contra los espectadores mexicanos que tienen el hábito de gritar "PUTO" a los contrincantes.

Y la indignación y los memes contra la FIFA me recuerdan ese momento del niño contestón que hizo algo, fue reprendido, e igualmente responde. Porque no le da la gana que le llamen la atención. Porque nadie tiene derecho a decirle que ha hecho algo mal. Porque en el fondo siempre ha sido un bully y eso no se lo quita nadie.

Conforme veo frases en defensa de los fans mexicanos y escucho a gente que conozco defender el "uso y costumbre" de gritar así en los estadios, me voy quedando cada vez más helada. Me recuerda la defensa de "fue sin querer queriendo" del Chavo del Ocho que, por cierto, siempre quería. La pataleta del que sabe que se equivocó y no puede aceptarlo. La insistencia de inocencia del que es encontrado robando galletas a plena luz del día.

Los mexicanos podemos estar - gracias a la televisión, Molotov, la cultura homófoba o lo que sea - más o menos acostumbrados al grito de "PUTO". Lo que no podemos argumentar es que esté bien, que sea aceptable y deseado y que nadie nos puede quitar el derecho de gritarlo a coro. No lo vamos a cambiar de golpe, es cierto. Es, efectivamente, un uso y costumbre: como es uso y costumbre maltratar a las mujeres, a los perros, el derecho de pernada, la apuesta de los seres queridos y otras más "delicias culturales".

En el fondo, creo que lo único que me gustaría es que no estuviésemos convertidos en un país de niños contestones y bullies irreversibles. Nadie ha sacado al Tricolor de la Copa. Tampoco los van a sacar por eso. Pero sí nos acaban de dar un jalón de orejas enfrente de la afición internacional. Y es vergonzoso.

Y a todos los que dicen que (insistimos) es una cuestión de uso y costumbre que no debería de tomarse tan mal, sólo tengo una pregunta: ¿y si el grito fuera contra tu padre, tu hermano, tu hijo... contra ti?. Desafortunadamente me imagino una respuesta: "¿A mí? A ver ponte a los trancazos, cabrón... vamos a ver quién es más...". Y volvemos al principio.

19.6.14

Ese animal moribundo

"Intenta imaginar la tesis. ¿Puedes ponerle un cara? ¿Puedes verla? ¿Qué es? ¿Cómo se ve?".

Mi primera impresión es que la tesis se ve como una especie de bloque de papel malencarado sentado en una silla, con brazos y piernas de palo. Mira con mala cara... con ojos de "me estoy riendo de ti". Pero no es eso: eso es sólo el disfraz de halloween de la tesis que es otra cosa muy distinta.

Todo parece indicar que, en mi subconsciente, hay un zoológico. Cada vez que hago ejercicios de visualización, me encuentro hablando con gatos, gorilas, pájaros de colores... y ahora un perro. Un perro que gruñe mucho.

"¿Por qué gruñe?"

Está asustado. Sabe que algo le va a pasar cuando se enfrente a un tribunal, a la gente, a las cosas. Y se esconde. Y gruñe. Y me hace pasarlo mal porque no puedo ayudarlo... porque me siento un poco atada de pies y manos. Temo que me muerda o que muerda a alguien más y lo dejo ahí, gruñendo, triste y adolorido.

De pronto me queda claro que es un animal moribundo - no nos queda demasiado tiempo, no iremos a ningún sitio juntos más allá de aquellos en donde ya hemos estado. Alguna vez estuvimos en un trance de dolor y se acuerda... y me lo reclama. Aún le quedan energías para gruñir, para darme batalla, para perseguirme en las noches que trato de dormir con él a mi lado. Y en lugar de enfrentarlo y llevarlo al médico, ponerle una inyección, cualquier cosa... lo dejo gruñir.

"¿Y qué puedes hacer por él? ¿Puedes dejarlo ahí? ¿Quieres dejarlo?".

La cosa es que quizá, en el supuesto, podría abandonarlo. Podría llamar a la perrera y pedir que pasen por él, que alguien más se haga cargo. Encerrarlo en el patio y dejarlo medio morir. No alimentarlo más. No hacerle caso. Pero no sería yo - continuaría escuchando, aún del otro lado del mundo, su gruñir incesante.

Toca llevarlo al médico, ponerme los guantes y sacarlo a la calle, darle algo para el dolor. Necesito hacerle entender que no quiero que le duela más - que me interesa más que a nadie que esté tranquilo.

Pero cómo. Cómo le dices eso a un perro que se alimenta de estadísticas, datos e interminables textos. Cómo le haces entender que lo quieres, por sobre toda las cosas, es que esté tranquilo. Para quedarte tranquila tú, de una buena vez.

16.6.14

A mi padre

Hoy yo también, todo el día, estuve acordándome de mi padre: mientras veía los cables de teléfono que sobresalen por todas las casas de Sofia, recorría museos imposibles o me petrificaba delante de los imponentes edificios en decadencia. Y me acordé de él cuando casi me perdí - otra vez, en una ciudad en la que esta vez ni siquiera sé leer el alfabeto. Me acordé porque supe que iba a llegar a mi destino: "tienes una brújula integrada", siempre dice de mi. "Aunque no sepas leer los mapas".

Recordé con claridad una vez que me llevó con él a lavar el coche. Cuando me dejó ir con el grupo de los niños al rancho y aprender a ordeñar. Las veces que me pidió que leyera en voz alta en la cocina, mientras sostenía un lápiz entre los dientes. Y una vez en Florida, cuando me dio unas monedas y me dejó llamar con mi inglés titubeante a pedir una pizza. Cuando salíamos a carretera y me dejaba mirar el mapa y darle vueltas y vueltas y vueltas... y me hacía responsable de dar las indicaciones. O de bajarme del coche a mitad de la noche a preguntar si había habitaciones en tal o cual hotel en pleno sureste mexicano. O cuando estuvo conmigo hora tras hora afuera de la casa enseñándome a estacionar el coche.

Recordé alguna vez que me mandó citar en su oficina, para decirle a la adolescente que era un par de verdades. Su cara de confusión cuando se dio cuenta que me había matriculado en una licenciatura en comunicaciones, no en una ingeniería. Su orgullo al verme con mi título en las manos. Su manera de conducir, sereno y orgulloso y guapo en su traje de lino, llevándome vestida de novia por las calles de Puerto Vallarta. Su abrazo sereno y comprensivo cuando le dije que se me acababa el matrimonio. Su emoción contenida en los aeropuertos cuando llego, cuando me voy. La absoluta certeza, la absoluta confianza con la que me dijo: "sí, es el momento, hazlo", cuando le conté de una aventura por comenzar.

Y me sentí muy, muy, muy, muy afortunada. Como me siento siempre. Pero a veces, como nos suele pasar, se nos olvida decirlo. Y hoy (ayer, mañana) toca.

Gracias, ingeniero. Lo quiero como ir a la luna, dar mil vueltas y regresar.