15.8.18

Uno (y antes)

Se publica esto con retraso... como tantas cosas desde hace casi catorce meses. Con retraso y felicidad de que todo esté en donde está. Y más felicidad de volver a escribir, como después de la lluvia. Y se publica aquí y no en el blog de la mamá porque esto también es de la otra, la de antes.

* * *

Lobito mío:

El primer regalo que le dí a tu papá, seis meses después de conocernos, fue un CD que había comprado para mi. Estoy segura que ya has jugado con él en tus incursiones a las cosas que están en mi estudio. Era un disco de Jorge Drexler - hacía muy poco que lo había descubierto gracias a tu tía Ju. Escuchamos ese disco muchas, muchas veces, en los viajes que hicimos por carretera. Y cuando supe que venías también lo escuché constantemente. Tanto, que quizá tu recuerdas haber dormido conmigo meciéndote por la sala.

Hoy cumples tu primer año. Desde ayer estoy pensando en todas las cosas que nos pasaron antes de que llegaras - en quien era yo cuando estabas en camino. En cómo hemos crecido juntos. Y la primera noche que salimos tu papá y yo después de que llegaras fue, justamente, a un concierto de Jorge Drexler (y con tu tía Ju). Muy pronto en el concierto cantó una canción que dijo que era antigua, pero yo no la conocía. Se llama Antes. Cada vez que la escucho, desde entonces, pienso en nosotros (en tí y en mí). Te la presento, y te cuento por qué.

Antes de mí tu no eras tu
Antes de tí yo no era yo
Antes de ser nosotros dos
No había ninguno de los dos


Antes de ser parte de mí
Antes de darte a conocer
Tú no eras tú y yo no era yo
Parece que fuera antes de ayer
Te cuento que, la verdad, la yo que soy ahora es diferente que la que era cuando no habías llegado.
Con pastel y todo
Ayer me llamaste “mamá”... creo que gracias a la repetición de la palabra por tus abuelos, que están aquí de visita para verte. Y esa persona, la que se llama “mamá”, se estrenó en el mundo contigo, al mismo tiempo. Cuando yo respiré para pujar la última vez y te escuché llorar, apareció. Y es divertido verme/verla a la distancia: ver lo que ha modificado y lo que sigue siendo. Ver que parece que siempre he sido esta cuando en realidad he sido más tiempo la otra. Y aún así el tiempo que tienes aquí parece, al mismo tiempo, tan corto y tan largo.

Antes que nada
Yo quiero aclarar
Que no es que estuviera tampoco pasándolo mal antes

Cuando supimos que venías, estuvimos muy contentos... pero también habíamos pasado una temporada feliz. Después de años de búsqueda, de aventuras por separado, de angustias por separado, tu papá y yo pensamos que igual tendríamos que intentar estar juntos...porque quizá estar juntos nos haría más felices. Y acertamos. Con una paz no esperada, con una tranquilidad no prevista. Pasamos un par de años compartiendo cosas, imaginándonos el futuro con el otro. Yo había encontrado un trabajo. Vivíamos bien en esta ciudad. Viajábamos a ver amigos a diferentes lugares, solos y por separado. Habíamos terminado una casa de adultos - con un sofá blanco y llena de cactus y de cosas que se rompen. Pero nosotros estábamos bien. Así que el que vinieras en camino llegó como una sorpresa dulce y maravillosa en unas vidas que estaban cómodas y acomodadas. 
Pero algo de mí, yo no supe ver
Hasta que no me lo mostró
Algo de tí, que quiero creer
Que no vio nadie antes que yo
Que nadie vio antes que yo
Hay tantas cosas de mi que descubrí cuando estaba esperándote y descubro cada día contigo que no puedes ni imaginarte. Son los regalos que trajiste para mí. Me descubriste que soy mucho más de lo que jamás creí - que mi cuerpo es un mecanismo maravilloso, creador de milagros. Me has vuelto más serena, más sonriente, más paciente en algunas cosas y también más rabiosa en otras. Creo que nunca había dormido tan poco en mi vida, y aprecio mucho más los pequeños placeres como tomar café caliente, el silencio de la mañana durante tu siesta... y eso también me hace más feliz.
Después de todo
Lo que quiero es decir
Que no entiendo como podía vivir antes
No entiendo como podía vivir antes
Y mira, aquí resulta que no estoy de acuerdo. Entiendo y sé cómo podía vivir antes. Pero mira tu por donde, también me gusta, me fascina, me asombra, vivir como vivimos ahora. Felicidades, querido mío, por este año. Y un millón de gracias.

7.5.18

Adiós, Beatriz

Sin miedo a la tecnología: siempre ahí
Pocas cosas en el mundo la ponían más de malas como que la llamaras abuela. A ella le gustaba el diminutivo. Y siempre fue mi abuelita Bety. Mi papá la llamaba mami - todos sus hijos. Incluso algunas de sus nueras. Mi mamá siempre la llamó Doña Bety. Y justo me contó que hace apenas un par de semanas, cuando volvieron de visitarme, fue a verla y, para sorpresa de todos, habló. Preguntó que dónde andaban. Preguntó por mi. Por mi.

De niña (y a veces también de grande) me sentía un poco menos que los otros, siempre. Menos hábil, menos bonita, menos simpática, menos importante. Pero no a los ojos de mi abuela. Nunca. Y aún de mayor me llenaba un orgullo infantil cuando ella contaba las anécdotas que nos unían a los dos. Ser una de treinta y tantos nietos y ocupar un lugar de su disco duro era importante. La cosa es que sé que todos teníamos esos momentos. Que a todos, de una u otra forma, nos hacía sentir únicos, amados, protegidos. No soy la única a la que salvó de la quiebra sentimental... o incluso económica. Como si supiera, en algún momento, te escurría su manita en el bolsillo del pantalón o la chamarra y dejaba ahí un billetito (como ella decía), envuelto en una servilleta o un pedazo de papel. "Es por tu cumpleaños, es por tu cumpleaños", insistía. Generosa pues, con todo, con todos.

De nosotros, le gustaba contar la historia de un día en que mi mamá le pidió que me cuidara cuando yo tenía como tres años y vivíamos en una casa debajo de la suya. Mi mamá salió temprano al mercado mientras yo dormía. Cuando mi abuelita bajó a verme, un poco después, me encontró con un sartén en la mano, haciendo equilibrios con un huevo entero que tenía encima. "Hijita, ¡pero qué haces!". "Me voy a hacer un huevito, abuelita, porque tengo hambre". Demás está decir que yo no me acuerdo, pero tengo grabado su recuerdo de mi, su manera de narrarme. De esa pícara-sabionda-tragona que al parecer he sido siempre. Y sé - porque me lo contó, porque tengo la certeza - que me llevó con ella a su casa y me dió un desayuno opíparo - de esos que a los que me encantaba auto-invitarme aún dejando en mal a mi mamá enfrente de sus suegros. Por ahí de las diez de la mañana, yo pedía permiso para subir con los abuelos. Y al llegar a la casa de mis abuelos el diálogo "hijita, ¿quieres un taquito?"/"Sí, abuelita"/"¿Pues que no has desayunado?"/"no, abuelita" se repetía sin falta.

A veces me han dicho que yo quiero a través de la comida (cuánto estereotipo a la Como Agua para Chocolate). Es cierto. Y eso, además de mi madre, lo heredé de ella. No siempre lo entendí como tal, pero ahora me queda claro cómo todo era un acto de amor. Tener Quick de chocolate y de fresa para los nietos en el fondo de la alacena. Perseguirte por los pasillos para que te tomaras un licuadito (de leche, fruta, miel y nueces) incluso antes de que te metieras bajo la ducha. Las inagotables sartenes de los mejores frijoles fritos del mundo. Las eternas y divertidas sesiones de torteo para hacer gorditas con los nietos. El agua fresca que había siempre en el refrigerador. El tequilita o el ponche de granada como aperitivo, con cacahuates. La noción clara, irremediable, de que al cruzar la puerta de su casa (en mi mente siempre la veo dándome la bienvenida a través de los cristales ahumados que habían en mi infancia) te iba a ofrecer algo de comer o de beber. Y había que aceptar... pronto. Porque sino ella iba a continuar haciendo ofertas cada vez más complicadas hasta lograr que el vaso de agua inicial se convirtiera en la sugerencia de descongelar pozole o de plano hacerte una cena completa.

Ir a verla era ir a refugiarse en su buen humor, en su voluntad de que hubiera una cierta paz. De vez en cuando, acicateada por insistentes comentarios a su alrededor, también comenzaba a criticar algunas elecciones de vida o, válgame, de ropa o de corte de pelo. Y sin embargo, en lo importante, escuchaba con el corazón. Más aún: preservo con especial cuidado en mi memoria sus abrazos sanadores después de esas pérdidas importantes en mi vida (mis rupturas sentimentales, mis abortos, mi divorcio) y su mirada firme, certera, diciéndome que todo estaría bien. Que mis decisiones eran buenas si me servían a mi.

Y sin embargo, no podíamos haber sido más diferentes. Siempre me reclamó que hubiese dejado Guadalajara sin fecha de vuelta (bajita la mano, que dicen). Y nunca entendió lo de mis títulos académicos ("pero hijita... yo no creo que tú necesites estudiar tanto, ¿o sí?). Con todo y todo, nunca me hizo sentir incómoda en mi piel. Era el reclamo amoroso de la mujer que era más feliz cuando estaba en su casa, rodeada de todos sus pollitos. De la que no quería ir a estudiar a Colima porque estaba más feliz ayudando en casa, lavando la ropa de sus hermanos. De la que, ya enferma y cansada, instauró los viernes como open house permanente y preparaba comida, botana y cena para que pasaran por ahí todos, cuando pudieran, todas las veces que quisieran.

Me quedo con las ganas de preguntarle las cosas que siempre me parecieron demasiado íntimas: qué había sentido al casarse tan joven (18) con un hombre 15 años mayor. Cómo había logrado sobrevivir a perder a su primera hija, Lupita, antes de que cumpliera un año. Cómo había superado la tristeza de la partida de mi abuelo, después de vivir con él por más de 60 años. Me quedo con las ganas de escucharla contar, otra vez, las travesuras de mi padre y sus hermanos, las historias de la guerra cristera, la receta de la cuachala, las pacholas y las tortitas de camarón con nopales, que ahora yo hago con ingredientes traidos de Surinam en una ciudad del sur de Holanda. Me parece imposible que ya no esté aquí para abrazarla, para oírla darme su bendición. Se me rompe un pedazo de mi historia.

Desde ayer que me enteré que se fue, tengo un hueco que se hace cada vez más grande en el fondo del pecho. Late, al ritmo de mi corazón. Y hoy durante la cena, G me dijo: "tienes que hablar con tus padres. Necesitas contar los recuerdos que más te gustan de ella". No acabaría, pensé. Pero por algún lado hay que empezar.

16.4.17

Resurrección

Hay milagros tan grandes que pasan casi desapercibidos. Durante años, meses, días, segundos, piensas en tu vida, en lo que te rodea, sin verlos en realidad. Sin verte. Y parece milagroso ese instante en lo que algo te hace mirar una vez más en ese reflejo, en el espejo, en el fondo del armario. Y es un milagro descubrir que sí que tienes un par de zapatos que vayan con ese vestido, que sí que tenías un argumento para ese artículo, que sí que anotaste el dato, que guardaste el boleto de entrada al cine, que reconoces los colores que te trae la primavera. Que lo que te esta pasando, aunque sea la primera vez que te sucede, es reconocible para ti porque es un milagro.

Me pasa con la Pascua. Me pasa que me hace recordar todos esos pequeños milagros de mi infancia que se encadenaban en la semana santa: cuando descubrí la verdadera voz de mi abuelo, cuando comencé a pensar cómo atrapar la luna en un pañuelo, cuando me deshice de mi miedo de leer en público, a conducir sola, a buscar un amor, a abandonar un amor. Algo pasa conmigo que hay ciclos que se abren y se cierran alrededor de la semana santa, de la vigilia pascual.

Quizá sólo sea la necesidad de un rito. O la comodidad de tener uno que es a la vez inamovible y rico en significado. Llega la pascua y es para mi tiempo de encender velas como en la iglesia de mi infancia, cocer huevos como me enseñaron mis hermanos de vida, disfrutar del sol y la compañía como aprendí en casa. Esas cosas son las que hacen la resurrección.

Y hoy, queda citar las escrituras. Las que conocemos como santas y las que se hacen santas a lo largo de la vida. Y acordarse de las palabras registradas por el Evangelio de Mateo, al intentar explicar la manera en cómo se viven los milagros ("Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas"). Y las de Juan, que cuentan la angustia del que ha perdido algo
("Mujer, ¿por qué lloras, a quién buscas?"). Y las de Derek Walcott en Love After Love, que narran la felicidad de encontrar en uno esa cosa que necesitaba resurrección (la traducción, con todos sus tropiezos, es mía):

The time will come /Llegará el tiempo
when, with elation /en que, jubiloso
you will greet yourself arriving /te saludarás al llegar
at your own door, in your own mirror /a tu propia puerta, en tu espejo
and each will smile at the other's welcome, /y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro and say, sit here. Eat. /y dirás siéntate aquí. Come.
You will love again the stranger who was your self./Volverás a amar al extraño que eras tu mismo.
Give wine. Give bread. Give back your heart /Sirve el vino. Sirve el pan. Regresa tu corazón
to itself, to the stranger who has loved you/a si mismo, al extraño, que te ha amado all your life, whom you ignored   / toda tu vida, al que ignoraste
for another, who knows you by heart. / por otro, al que te conoce de corazón.
Take down the love letters from the bookshelf, /Saca las cartas de amor de la biblioteca, the photographs, the desperate notes, / las fotografías, las notas desesperadas,
peel your own image from the mirror. / arranca tu imagen del espejo. Sit. Feast on your life.  / Siéntate. Homenajea tu vida.

22.3.17

Esa cosa que tiene que ser robada

No son cerezos... son narcisos 
que veo todos los días
Hace años, en la sala de una casa en el sur de la ciudad en la que nací, me estaban enseñando a leer el tarot. Y aprendí, entre otras cosas, que el tarot que uno lee no puede ser comprado - debe ser regalado, casi como una ofrenda, casi para asegurar que sea una suerte el que las manos y los ojos de uno se topen con los arcanos y puedan ponerlos en un orden que haga sentido.

Hay otras cosas en la vida que, para que cuenten, tienen que ser regaladas. O robadas. Ayer, por ejemplo, buscando qué postear el día Mundial de la Poesía, me encontré de boca con una cita de Pablo Neruda, de su poema XVI, puesto por mi querida Chinos en su página de Facebook. Y lo robé. Y lo paseé en mi propio estatus de Facebook y de Twitter como si yo me hubiera acordado solita de que existía. Era un hurto bien intencionado: uno que sólo tiene sentido porque al leer la frase encontré la manera para explicar el día. Ese "quiero hacer contigo / lo que la primavera hace con los cerezos". Ese ardiente deseo de cambiarlo todo, de florecerlo todo, de imaginarlo de nuevo. De insuflarle vida. Y aquí estamos, vestidos de primavera, de cerezo. Todo gracias a haber robado con alevosía y nocturnidad.

Confieso también que no fue  la primera vez en la vida que he robado poesía. Dos de mis libros favoritos - ajadas ya las páginas por los años, las mudanzas, las angustias, los estrujones, los paseos en bolsas, mochilas y maletas -, eran originalmente de alguien más. El de Jaime Sabines, esa poesía completa que está firmada para mi, era de Juan. Y me lo había prestado ese día que vi a Sabines y, sin saber cómo, me pareció que necesitaba usarlo, que necesitaba esgrimirlo como mío, para argumentar cómo entendía y deseaba quedarme junto a esa Tarumba ("¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo y no tengo ganas sino de mirar y mirar?".)y esos Amorosos ("El amor es la prórroga perpetua,siempre el paso siguiente, el otro, el otro."). Juan, querido Juan, nunca me lo reclamó. Entendió en mi angustia a posteriori que necesitaba quedarme con la poesía que venía con el hecho de tomar las manos casi temblorosas del poeta, entonces tan cerca de irse sin saberlo.

Mi otro libro favorito, de José Carlos Becerra, no tuvo tanta suerte. Después de años, meses de estar juntos, cuando B y yo nos desencontramos, el libro se quedó de mi lado, en esa suerte ridícula de ir separando las cosas como si al deshacernos de ellas pudiéramos desatar los lazos, tan claros, que habíamos tejido. Los amigos no se dividen, las vidas no se dividen, los libros no se dividen. Y ese libro me acompañó durante años y con él su Bella Durmiente donde se guardaban las claves de todas las distancias ("Tal vez sólo fue esa costumbre de acariciarnos así, /de imaginarnos así,/ en secreto,/ en aire no compartido,/en respiración por separado,/pasando lentamente la mano por la sospecha de una caricia, como/alguien que mira hacia el mar/viendo desde su cama la pared de su cuarto") que entonces no sabía que tendría que dejar pasar.

Y también está esa poesía que no robé, que me regalaron. En mis ojos todavía suenan las "mareas inmóviles de polvo" que llegaron un día en un librito autoeditado para decirme cosas que no sabíamos aún nombrar...

Confieso mis hurtos de poesía no en busca de perdón, ni de misericordia. Este texto no es ni siquiera un acto de contrición. Es - tan por el contrario - una súplica a la parte de mi que sigue deseando escribir  poesía. Una petición de rodillas para que me robe toda la que vivo en el cotidiano.

14.3.17

Aquí, mañana se vota

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Pic. Dreamstime.doc

Entro tarde a casa la última noche de la campaña electoral. De camino, encontré en los autos estacionados en mi calle, propaganda del Partido Pirata - uno entre las más de dos docenas (¡dos docenas!) que se presentan a las elecciones parlamentarias que se celebran en Holanda mañana. Otra vez, inmigrante perpetua, no puedo votar por la gente que decidirá las políticas económicas y sociales que regirán mi vida en los próximos años. Y con temor, me asomo a las encuestas para saber qué me espera.


Mientras me quito el abrigo - la primavera se presume cercana, pero no instalada aquí aún -, Mr. G. me dice desde el sofá: "paciencia, chica. Es la última noche". Paciencia me pide, porque las últimas tres semanas la televisión de la noche en el país es casi exclusivamente política. Debates, programas de análisis, confrontaciones amables o no tanto entre los cabezas de lista de los partidos con posibilidades de representación. Apenas ayer por la tarde, los dos contrincantes encabezando las encuestas, (Mark Rutte, ministro presidente actual, del Partido Popular para la Democracia y la Libertad/VVD, y Geert Wilders, del Partido de la Libertad/PVV) se enfrentaron en el debate más esperado justamente en el Aula Magna de mi universidad. No entré en parte porque sabía que no iba a entender más allá del 40%, en parte porque había que pedir los boletos en un proceso del que nunca logré aclararme.

Pero el no estar adentro no me lo ahorró (lo vimos en la noche en casa, en diferido), ni me permitió ignorarlo. El Campus estuvo todo el día lleno de medios y de policía. De policía entre otras cosas porque el debate se celebraba el lunes después de una crisis diplomática histórica que tuvo a Róterdam en vilo todo el fin de semana. Erdogan, presidente de Turquía, molesto porque los holandeses no permitieron la entrada de sus ministros para hacer campaña por un referéndum para ampliar sus poderes, ha estado llamando al gobierno del país "facista" y "nazi". El sábado por la noche, en pleno conflicto, comencé a sentirme un poco asustada.

Los medios internacionales se han dado vuelo presentando a Geert Wilders, cabeza de lista del Partido de la Libertad (PVV), como el Trump Holandés.  No es sorprendente entre otras cosas porque el señor Wilders incluso llegó a hacer campaña para Trump el año pasado, porque los dos tienen una curiosa percepción de estética (por lo menos en lo que a grandes cabelleras rubiosas se refiere), ambos prefieren Twitter a cualquier otro media (también compartiendo cosas que no son reales), y porque una parte muy importante de su programa, de su discusión se centra en detestar al otro. Y para hacerlo más específicamente aún, identificando al otro como todo aquello que sea musulmán.

Temí desde el fin de semana especialmente durante el conflicto con Turquía porque, si bien no todos los turcos son musulmanes, hay una referencia mental a ellos más o menos directa aquí. Y porque además el argumento principal del señor Wilders es que una de las cosas que hace peligrosos a los turcos/musulmanes no sólo es su afiliación a una creencia religiosa, sino que la aparente relación directa entre esa religión, el terrorismo y una postura en general negativa a lo que sea la cultura occidental - o, en su versión local, la cultura holandesa. La crítica es que los turcos no se integran totalmente y eso es lo que los hace peligrosos para el país. Y el que estuvieran en las calles de Róterdam exigiendo que les permitieran celebrar un rally para un referéndum en Turquía, parecía estarle haciendo la campaña al señor Wilders.

Y mucha gente, desde mi punto de vista, se la ha hecho en esta carrera electoral. Hace un par de meses, muy al inicio de la campaña y queriendo justamente confrontar o ganarle votos, el presidente Rutte y su equipo de campaña decidieron publicar un desplegado que tomaba como leif motiv una frase muy holandesa: "Doe Normaal"- "Pórtate Normal". Básicamente, hacían un llamamiento a que todos los holandeses (sobre todo aquellos con doble nacionalidad, a los que vienen de fuera) se plegaran a la "normalidad" holandesa, a las cosas que son típicas de aquí. Esto era una respuesta directa a la discusión de Wilders de que la gente con doble nacionalidad, los musulmanes que viven en el país, no se comportan como los holandeses.

Siguiente pregunta, entonces: ¿qué es la holandesidad? ¿Cómo hace uno para portarse normal? Y lo pregunto mientras veo a Wilders agitarse en televisión en vivo en contra de la gente que tiene dos nacionalidades y no elige ser sólo holandés. ¿Cómo elegir, me pregunto yo? ¿Y elegir por qué? ¿No era una cosa muy holandesa lo de ser tolerante? ¿O se trata sólo de un discurso político para ganar votos, lo de la tolerancia?

Como ha pasado en Estados Unidos y podría pasar en otros países, el temor al otro, al vecino, al que viene de fuera, está al orden del día. El temor a lo que cambia, siempre. Porque este mundo cambia mucho, muy intensivamente. Y no todos los holandeses son tan progres como la imagen de Ámsterdam rodeada en una nube de cannabis hace creer. Hay gente que se siente olvidada, en peligro, debilitada frente a nuevas poblaciones. ¿Por qué? No me atrevo a dar un diagnóstico único - quizá la idea de que el cambio no siempre es bueno, que mejor siempre es lo malo por conocido, que lo bueno o aún más malo por conocer.

Sigo viendo el debate mientras escribo esto. Muchos, muchos, muchos hombres blancos de mediana edad como candidatos. Nada de diversidad aquí. Una sola mujer, Marianne Thieme, del Partido para los Animales. Un sólo joven, Jesse Klaver, de Groenlinks (literalmente "Izquierda Verde"), que además es marroquí-holandés, y ha sido relacionado ideológicamente con Bernie Sanders... aunque físicamente con Justin Trudeau. Y faltan tantos. Porque, como empecé diciendo, hay muchas opciones. Tantas, que los holandeses no conocen muchas de las que tienen.

Y eso, en realidad - la noción de un país con una democracia multi-partidista - es lo que me calma en el momento que entro en pequeños pánicos. Porque aunque el señor Wilders ganara mañana la elección (tuviera el mayor número de votos), tiene poquísimas posibilidades de poder conseguir una coalición para gobernar. Y el señor Rutte ayer, en el debate, usó una frase que aún en mi holandés macarrónico pude entender: al preguntarle si haría algún acuerdo de gobierno con Wilders, dijo que "Niet, nooit, niet" ("No, nunca, no").

Entonces: no me preocupo ahora por un inminente gobierno holandés que vaya a comenzar a echar a los inmigrantes - como yo, como otros - fuera del país. No me preocupo porque un rubio con un terrible gusto para peinarse esté como jefe del gobierno. Me preocupo, sin embargo, de que los holandeses que pueden ir a votar mañana no lo hagan y dejen pasar la oportunidad de crear gobiernos y oposiciones más fuertes. De que los holandeses pierdan la fe en que la democracia sirve para algo más que sólo instrumentalizar el odio y o el miedo. De que los holandeses, mis vecinos, se olviden que toda Europa (y el mundo) los mira con un poco de temor a un deja vú, a un Netherlands First (o Second, para reírse), que confirme un giro hacia un mundo en el que preferiríamos no vivir... por lo menos los que hemos decidido que las fronteras son poco justas para lo que pasa en nuestro corazón.

Hoy terminé mi clase con una arenga electoral y mañana haré lo mismo. Con un "vota por mí" como los que promoví en su momento en Cataluña y en España en general. Porque bueno, cosas de académicos o idealistas quizá, yo todavía creo en que el diálogo democrático tiene capacidad de arreglar cosas... aunque justo ahora parece que Rutte y Klaver tampoco pueden hablar de forma tranquila... por lo menos no en este debate.

para Juan Larrosa, que me jaló las orejas y me recordó lo que me gusta escribir de estas cosas. para el que viene, que se enfrentará a lo que nos dejen los votantes mañana.

24.10.16

Un vecino invasor

Lo escuché maullar - me sorprendió porque los gatos que viven en el vecindario rara vez maullan. Ni siquiera cuando está de visita el gato que cuidamos: se pelean, si acaso, a través de las ventanas pero nada de maullar. Y mientras mi cerebro y oídos despertaba de su soponcio, el holandés ya se había levantado del sillón y le había abierto la puerta. "¿Tú quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué pasa?". Ante la puerta abierta y la voz, el vecino entró. Dio cuatro vueltas al salón y nos miró para saber si éramos de confianza. Maulló un poquito más. Comenzó por restregarse contra mis piernas, la pata de la silla, la esquina de una puerta. "Mientras no le demos de comer, todo está bien".
Le gusta el fuego de la chimenea, el calor del suelo. Creo incluso que le gusta el sonido y la luz de la televisión, porque se quedó un rato grande mirando, como si las noticias financieras le dijeran algo. Lo he perseguido para tomarle fotografías y después de un rato, ha posado mirándome. Como si esperara que con eso lo dejara en paz.
Hace un par de minutos subió las escaleras sin ningún tipo de temor hasta encontrar un vaso de agua, donde lo encontré bebiendo. Me acerqué a él e intenté razonar, quitarle el vaso. Sin miramientos, me mostró los dientes y me acorraló.
Escucho a mi holandés intentar razonar con él en holandés para que salga de debajo de nuestra cama - yo le estaba hablando en español, y quizá era eso. Multilingüe no es, pero creo que está convencido de que esta es su casa.
Ahora pienso en tomarme yo una foto enfrente de la televisión, sólo en caso de que un poco más tarde baje a informarme de que ya no soy bienvenida porque los dueños de esta casa tienen que dormir.

3.10.16

Domingo de negativas

Han dicho que no. Que no se olvida. En las calles, en las manifestaciones, en los diarios. Han hablado los que se acuerdan de qué y cómo aquel dos de octubre en Tlatelolco. También los que no saben, los que no se acuerdan, a los que poco les importa. Igual han dicho que no porque en Tlatelolco el dos de octubre un poco huele a pólvora en la memoria y un mucho quizá a desesperanza. Porque a veces sirve recordar la indignación, sólo por hacer uso de un músculo que ha perdido por completo su entereza. Sólo por acordarse que todavía en mi país eso de hablar en voz alta a veces atrae, como un imán, a la violencia.

Han dicho que no. Bastantes colombianos han dicho que no querían el acuerdo de paz y otros tantos, muchos más, han dicho que no salían a votar. O no lo han dicho pero se han quedado en casa, asustados del huracán que llegaba, o del miedo que tiene muchos años - quizá demasiados - descansando en una esquina de un sofá. Junto con la rabia. Junto con muchas otras cosas que no conozco y no sé nombrar. Junto a lo mejor, otra vez, la indignación esa que me parece que es un animal gelatinoso también en lugar de hacernos mover nos hace quedarnos, y señalar con dedos flamígeros, y tirar la primera piedra como si nunca hubiéramos querido que nos preguntaran nada.

Han dicho que no. Eran menos del 40% de los húngaros llamados a las urnas pero han llegado en masa a decir que no quieren la cuota de refugiados que acordó la Unión Europea. Que no entre ninguno de esos, que no sabemos qué quieren, que no podemos y no nos da la gana abrirles las puertas de nuestro país, ni a los adultos, ni a los niños, ni a los que lloran, ni a los que pudiesen ayudar. Y dice el presidente húngaro que qué importa que el referéndum no sea válido: que a él ese no ya le vale, ya le es victoria política, ya le legitima para actuar en consecuencia.

Ha dicho que no. Luis González de Alba no lo dijo, pero lo pensó y lo hizo: no quería despertar un día más. Preparó todo, escribió hace más de un mes una columna críptica pero llena de sus verdades que se publicaría el domingo a Milenio, hizo un tweet de madrugada para aquel amor de su vida, y apagó el switch de su vida con "el último acto de su salvaje libertad", como lo describió Aguilar Camín.

Y con tanta negativa yo amanecí este lunes un poco escaldada, fría, desconcertada. Con la sensación de metal en la boca que deja masticar tantos dolores acumulados. Pero era lunes y hacia sol y había que seguir. Porque para todos los demás esto sigue y con recuerdos, dolores o temores, a veces hay que decir que sí.