5.8.15

Síndrome del impostor

Sale de algún sitio a la mitad de la noche. Se sienta con cuidado a tu lado en la cama y te da algo que parece un beso. Una caricia helada que se presiona contra tu frente, o tus mejillas, o la parte baja de tu espalda. Te despierta. Y entonces lo ves, claramente: no puedes. Eso que se supone que tienes que hacer es casi imposible - es tan claro que es imposible que nadie, más que tú, se ha dado cuenta.

Te giras en la cama, con cuidado de no despertar a quien duerme junto a ti. Pero el otro, el recién llegado, se mete entre tus brazos plegados y la almohada. Te respira encima y te recuerda que hace días que no escribes ni una línea,  que seguramente eso que escribiste antes no le importa a nadie, que lo que estás diciendo no tiene relevancia alguna, que no se entiende, que no sirve. No, no, no, nunca.

Piensas que son las ganas de ir al baño o de tomar agua. Sales de la cama, te pones la bata, sales al salón. El ruido de la calle es mínimo: a veces un auto, un borracho, una posible sirena lejos. Y este que se susurra, incansablemente, que eres un fracaso. Que no puedes. Que no tiene ni pies ni cabeza.

Te sientas enfrente de la pantalla del ordenador. Son las cuatro de la mañana pero lo conoces y te tiene harta, otra vez. Mientras tu abres tus archivos él se para sobre tus dedos y los hace más pesados, te esconde los papeles, te hace que te olvides del nombre de aquel artículo en el que habías pensado apenas antes de meterte a la cama.

Lo miras con cuidado y comienzas a reconocer sus rasgos: es de la misma familia del que te empuja a subirte a la báscula día sí y día no y recriminarte por lo que comes, por lo lenta que corres, por lo poco que te cuidas. Es de los mismos del que te susurra cosas al oído mientras te vistes y  no encuentras nada que te siente bien. De esos que te hacen revisar constantemente si no hueles mal, si no tienes halitosis, si tu cabello no es un desastre. Es de la misma calaña que el que te recrimina que seas feliz - como si lo merecieras, como si fuera una cosa para ti. Y se ríe de tu felicidad como si tuviera que acabarse pronto.

Esa risa, que se parece al odio, es lo que te despierta. Y te hace escribir. Algo.

No tienes porque fallar. No tienes porque creerle. Simplemente está ahí porque tú lo dejaste entrar a tu cabeza, a tu habitación, a tu cama, a tu vida.

Él es el impostor. Y tienes que decírselo. O simplemente, dejar de escucharlo.

Algo así pasa en tus noches de insomnio.

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