23.8.15

Domingo de volver (91)

Despiertos con el sol, o las campanas de la iglesia, a veces el domingo se abre frente a uno como una posibilidad infinita: desde ir al gimnasio hasta quedarse en cama hasta que duela la espalda. Pero no siempre quedarse en cama es lo más apetecible: cuando hay cosas por hacer, cuando el sol brilla – cosas de vivir pendiente de la lluvia – siempre es una buena idea comenzar con los pendientes de la semana: el ejercicio, el jardín, un paseo.  Y los domingos también son para experimentar: para ponerle helado al batido de la mañana, para escuchar música que no se escucha siempre, para intentar hacer una maleta que tienes una semana evitando hacer.

¿Qué hay en Barcelona y por qué me da tanto miedo regresar? Esa es la pregunta que me he estado haciendo todo el día. Y ahora, en el aeropuerto, viendo el cielo caerse a pedacitos (comenzó a llover, finalmente) creo que me siento capaz de hacer una lista que me venía a la cabeza mientras metía cosas en la maleta. Empieza con decir que en Barcelona ya no hay ciertas cosas: este año hay alguien que se me ha ido para siempre y regresar es como invocarlo sin éxito. Además, después de mucho darle vueltas por fin dejé hace un par de meses el barrio en el que había vivido siempre: y entonces regresar a Barcelona es regresar a una cosa que aún no conozco, que no sé cómo será.

Cosas que sí hay: amigos, los sobrinos, la comida, el sol, el resto de mis cosas y mis libros (que tampoco sé dónde terminarán su recorrido). Está la universidad y mi director de tesis y todos los temores al respecto de lo que podría pasar. Ayer leí en una cosa en Internet que decía que el peor enemigo de los Capricornios somos nosotros mismos y nuestra auto-exigencia, nuestro miedo a fracasar. Yo, encima, tengo a la academia a la que le temo, en parte por mi, en parte por lo que escucho con frecuencia de otras fuentes oficiales.

Ya en el aeropuerto, viendo mi avión, me queda sólo respirar profundamente. Ir a redescubrir mi efímera casa nueva, a reencontrarme con mis cosas, a hacer más maletas. Saber que, como cuando voy a Guadalajara, es ir a un sitio que siempre será mi casa pero ya nunca será el mismo. Y concentrarme en lograr en dos semanas cerrar parte de esta tesis que es, sin lugar a dudas, una manera de no despedirse, una especie de ancla que debo levantar.


La tesis: Escribí exactamente tres párrafos. Me imprimieron la introducción y el primer capítulo, con tapas de plástico transparente y anillos de metal, para releerla y corregirla de la forma más cómoda posible. Sentí un pequeño espanto cuando me di cuenta lo poco que parecen 50 páginas impresas a dos caras. En fin.

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