17.2.13

Lo familiar (5)

A los que viajamos mucho a veces nos pasa que buscamos las coincidencias en las ciudades - supongo que es para sentirnos un poco menos ajenos, un poco más en casa. Estamos cazando aquello que nos recuerda al otro lugar, en otra orilla. En la gente, en las calles, en los platos de comer.

Escuchamos para ver si reconocemos un acento. Y de pronto ayer, en el aeropuerto, escuché a un grupo muy grande de personas que intercalaba inglés con otro idioma que me parecía conocer pero no conocía. Estuve durante todo el vuelo tratando de descifrarlos hasta que pasamos juntos por migración y sacaron sus pasaportes sudafricanos: su afrikaans y el neerlandés de mi memoria lógicamente se hicieron uno.

En el aeropuerto, de una terminal a otra, cientos de personas corrían para atrapar su vuelo, para llegar a tiempo a recoger a alguien o a despedirse de alguien. Una chica lloraba violentamente por los pasillos mientras arrastraba su maleta de mano. Otro estaba sentado en una posición más que extraña para mantener su teléfono conectado y a la mano su ordenador mientras discutía algún asunto de trabajo en pleno domingo londinense. Los que esperábamos el tren nos atiborrábamos en las puertas de la estación y queríamos pasar todos antes; todos, sin importar por el de atrás.

Y eso pasa en todos sitios. Y en todos sitios te bajas del tren en una estación nueva y haces como que conoces el camino porque de niña te enseñaron que hay que caminar segura para estar segura. Y sales a la calle y miras el cielo claro y te acuerdas que, si en todos los sitios pasa lo mismo, es porque estamos cubiertos por el mismo cielo.

Al final, somos familiares y todo.

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