7.8.09

La tocaya y los dramones preadolescentes

Tengo una tocaya com-ple-tí-si-ma. No nada más se llama Cinthya, sino que se llama Cinthya. Sí, sí, sí. La misma grafía. Bien bonito. Nos conocimos hace muchos años en un concursillo por ahí en Hermosillo (y nos reencontramos en Pachuca) y me encanta verla en mis recuerdos con su sonrisota y su buena vibra permanente.

Tiene tanta buena vibra permanente la querida tocaya que aunque la tienen encerrada en un hospital en Glasglow (donde se está recuperando de un accidente horroroso que -gulp- casi me deja sin tocaya) se la pasa escribiendo en un súper blog donde cuenta muchas cosas de lo que ha pensado de la muerte, los accidentes, el hospital de Glasgow, su recuperación y todo.

Total - ayer en su blog contó la historia del día que estaba convencida de que se iba a morir. Se cortó el bracito con un vidrio y se le veía el hueso y le salía harta sangre. Y estaba segura que hasta ahí llegaría todo. A los 11 años.

Yo prometí, en correspondencia, contar mi propio dramón. Tendría, no sé, digamos nueve años - pero creo que eran ocho. Había terminado de leer algo así como mi cuarta novela que, por supuesto, era toda la saga de "Mujercitas" de Louise May Alcott. Sí, claro, en la que Beth muere de fiebre escarlatina. Creo que en ese momento estaba perdida en "Corazón Diario de Un Niño" o alguna otra cursilada similar. Y de pronto empecé mala. Con fiebre. Me sentía mal. Y en las manos tenía como granos internos, algo muy chistoso y muy feo. No me dolía, pero se veía raro.

Como yo nunca pedía ir al médico, mi mamá me llevó corriendo con un doctor amigo que además era jefe de infectología de algún hospital. Me revisaron - temperatura, abatelenguas, reflejos - y me mandaron sentar. El doctor, tan tranquilo, le dijo a mí mamá: "Es un cuadro de fiebre escarlatina... le vas a dar esto y esto...".

Cuando yo escuché "fiebre escarlatina" dejé de oir todo lo demás. En serio, no oía. Estaba sumida en mi drama del "ya se jodió". Ya está todo perdido. Moriré. Intestada. Literalmente, joven y sin haber amado.

Aguanté el tipo hasta que llegamos a casa. Subí corriendo las escaleras después de tomarme la medicina - "qué estupidez, pensaba yo. Vaya manera de extender mi sufrimiento". Lo primero que hice fue buscar un papel bonito para empezar a escribir mi testamento. No quería que el apestoso de mi hermanito se quedara con mi grabadora - era para mi tía Martha, que sí me quería mucho. Total, así seguí un rato hasta que mi valentía dio paso al miedo y me puse a llorar con violentas sacudidas de por medio. Mi mamá me oyó y subió corriendo. Al principio intentó mantenerse seria, pero después no pudo evitar la carcajada cuando yo le dije que estaba segura que me iba a morir, como en la novela.

Tuvo que hablarle al doctor por teléfono para que me asegurara que de fiebre escarlatina no se moría nadie desde hacía décadas. Yo desconfiaba, pero decidí creerles. Y a partir de entonces mi mamá se volvió todavía más cuidadosa de lo que yo leía... con eso de que me lo iba creyendo todo...

3 comentarios:

Mariana M* dijo...

Jo, jo. Yo creo que nos pasa a todos en la infancia, como que no lo sabemos todo y como que creemos fácilmente en las cosas que leemos. Tengo una amiga que quedó traumada por leer La Metamorfosis como a los 9 años, pero también, quién la manda leer semenjante libro. Bonita historia al fin y al cabo.

Gatito Biónico dijo...

JAJAJAJA

Tocaya hermosa. De la risa me duele mi pancita perforada por tornillos!!!

Buenazo el post.

Tocayita Olvidadiza: en Pachuca nos re-encontramos! Nos conocimos en el bello e inolvidable Sonora Norte con chacuas y ojotes... (oh como si fuera ayer en aquella playa)

Abrazos,
Yo, robot

Cin dijo...

Jijiji... supongo que cualquier libro, por inocente que parezca, puede desatar nuestras peores locuras. Mírame a mí, con una telenovela escrita y mi dramón...

Tocayita - ya hice la corrección. Tienes toda la razón: quién nos regresara por un momento a aquella increíble playa de San Carlos. Un besazo.