2.6.09

San Domingo

Habíamos salido de casa a mediodía sólo a hacernos de algo de comer y de los diarios. Yo me instalé en mi sillón lila con dos kilos de periódicos a ver qué más había pasado en el mundo que no fuese el Barça. Después de un rato, saqué la hoja del Sudoku Samurai y me recosté sobre los cojines verdes. Como gato, o perro, o animal de compañía, me arremoliné hasta que mis rodillas quedaron en una posición cómoda para recargar el pedazo de diario y el bolígrafo. Curiosamente, era la misma posición en la que me podía quedar profundamente dormida.

Primero sentí algo en el hombro. Pensé que era un mosquito y que ya se iría. Pero era un mosquito insistente, que trazaba además su movimiento. Me despertó del todo su carcajada ante mis ojos de alarma al ver una flor de tinta negra dibujada entre mis lunares. "Es un tatoo", respondió a mis ojos de reclamo.

Esta mañana, antes de despedirnos, tomé un baño. Y no es hasta ahora que encuentro a faltar profundamente esa flor - esas flores, que se despiden de pronto, como si no hubieran hecho mucho mejor nuestro domingo sólo por un momento.