21.4.13

Ratón

Hay cosas que están cantadas en la historia - pero uno no se gana los títulos que tiene de a gratis. Tiene que pasar por experiencias verdaderas que lo conviertan en lo que dicen los demás.

Doñatesis me tiene nerviosa. Por eso, mis semanas se extienden hasta el sábado - ese día, puedo trabajar en la biblioteca con bastante calma. No hay nadie, estoy tranquila, puedo pensar. No digo que avance mucho: pero hay algo que me tranquiliza en estar rodeada de libros y de mis cientos de hojas con notitas y apuntes.

Llego a la biblioteca el sábado, saludo al guardia si está por ahí y me subo a mi oficina en el tercer piso. Me siento enfrente del ordenador y, usualmente, no me muevo más. Me quedo ahí hasta que llega la hora de irme ya sea porque se cierra la biblioteca o porque alguien me ha invitado a comer. La gente que trabaja ahí ya me conoce: por lo general van a buscarme, porque me distraigo. Me quedo leyendo, escribiendo o transcribiendo algo y se me va el tiempo.

Ayer finalmente, pasó lo que estaba cantado. No tenía planes para comer con nadie y seguí trabajando sin parar sobre un texto que debía entregar originalmente el viernes. Escribí, escribí, escribí - miraba el reloj, pero no recordaba la hora de cierre. Seguramente las cuatro, pensé, cuando a las tres nadie había subido a buscarme.

A las tres y veinte terminé el texto que estaba trabajando, lo envíe a alguien más para correcciones y me dió hambre. Apagué el ordenador, me levanté de la silla, me estiré como gato que va a hacer su ronda. Cuando tome mi bolso y salí del despacho, escuché que se desataba la alarma contra robos/incendios. Pensé que quizá estarían haciendo una prueba. Bajé las escaleras entre el escándalo y, cuando llegué a la puerta, me dí cuenta que quien desataba la alarma era yo. Regresé hasta donde no me lastimaba los oídos la alarma y pensé quién podría ayudarme. Un par de llamadas telefónicas y me senté en las escaleras. Si no me movía, se apagaba la alarma. Si me movía, comenzaba a sonar de nuevo. Si no me movía, no me lastimaba los oídos. Si me movía, alguien sabría que estaba ahí encerrada.

Esperé. Dudaba. Y entonces escuché que alguien abría la puerta. Salí mientras el encargado de seguridad (que era nuevo) apagaba la alarma y me miraba con ojos de plato. "¿Pero tú... en dónde estabas?". "Pues en el despacho del tercer piso... me distraje y se me olvidó la hora de salida". El hombre me miró de frente como si fuese un marciano y luego, finalmente, se sonrío. "Anda, vámonos... que no siempre me toca salvar a una dama en problemas".

Salí a la calle y me fuí caminando mientras reía. Alguien en mi Facebook me llamaba "ratón" - ya había avisado a las redes sociales, por supuesto - y otro alguien me ofrecía queso.

Y así fue como gané mi título oficial de Ratón de Biblioteca.

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