7.12.07

Postales de Avión

Durante mucho tiempo, he sido una fanática irredenta de las películas de amor – cualquiera que sea su época. De vez en cuando salgo del cine con un mohín permanente por haber pagado por ver una porquería. Y hay algunas que, a pesar de mi adicción, me salto – sé desde el cartel que me sentiré indignada por su baja calidad.

El problema de ver películas románticas malas cundo uno se encuentra en un estado de ánimo pobre es que justamente no puede dejar de pensar en ello. Cuesta trabajo de pronto dejar las cosas a un lado, la realidad. No puedes dejar de fantasear que tú también, por un momento, tienes esa pareja perfecta, que está ahí, que se da cuenta de tus necesidades – y no es tu terapeuta. Alguien guapo con quien tener hijos guapos y salir a cenar. Ser perfectos, pues: familia de fotografía para poner en los portarretratos.

Luego te ves a tí misma y descubres que, aunque morena, nunca seras la Zeta-Jones. Y lo más que te puede tocar es un rubio desabrido para comparar al galán de la peli. Y si todo es así, deslucidito, pues igual es que no te toca tener a alguien que esté siempre ahí por tí, pensando en tus muy burguesas necesidades de cariño. Ya me lo habían dicho a mí: el matrimonio es un contrato de conveniencia, no un cuento de hadas. El problema es que todos creemos lo segundo. La teoría entonces será que quizá se deba uno conformar con lo que hay, que por lo menos está ahí. Quién sabe que haya del otro lado.

Lo que más detesto de todo esto es ponerme a llorar. El avión te niega el espacio, la privacía que sí te ofrece, por ejemplo, un café. Aquí los espacios son tan pequeños que el perro de mi compañera de asiento (sí, lleva un perro blanco), tiene horas olisqueándome los zapatos. Y que las lágrimas que me salen levantan sospechas. Hace un par de años ya, en otro avión, una mujer que me vio llorar me dijo cosas. Que tenía que cuidar a mi esposo, que no le llamara marido porque estaría así, como el mar, ido. Que tendría tres hijos, la primera una niña, que quizá no llegaría a nacer por problemas de salud.

No me acuerdo de mucho más. Sólo que la odié por decirme cosas que no quería escuchar. Por inmiscuirse en mis lágrimas. Lo bueno es que el perrito que tengo a los pies es bastante decente y se limita a acercárseme. Quizá se dé cuenta de que lo que estoy es triste.

1 comentario:

Darth Tater dijo...

Bueno, tiene sus desventajas viajar en Primera Clase, no? Porque en turista a duras penas te dejan viajar con niños, ¡mucho menos con mascotas! Y tienes razón, nada hay menos privado que un largo vuelo de avión... ¡me encanta viajar pero odio los aviones!
Nimodo