Era el segundo avión del día, después de casi diez horas de viaje. Antes de aterrizar, desde mi privilegiada ventana, veía la nieve que se había acumulado la semana anterior en Nueva York. Ni pensar en ir a visitar a mis amigos, ni pensar en darme un tiempo. Era un tránsito, otro más. Pasar de un avión a otro para cruzar de un continente al otro.
Al salir del avión, sentí frío pero poco - le ganó el aire acondicionado del aeropuerto. Ya iba yo demasiado complicada con la maleta, la mochila, como para también sacar el abrigo. Pero tocó salir de la terminal y esperar, en el viento pleno, para subir a un autobús atestado que me llevaría a la terminal cuatro.
Fuí la última en subir al autobus. Torpe como soy - más cuando viajo - golpeé a alguien con mi mochila y al final logré acomodarme en un huequito. Un chico delante de mí, alto, moreno, se dió mediavuelta y me preguntó: "¿está todo bien?", después de un frenón del autobús. Le dije que sí y bajé los ojos.
Entonces y sólo entonces, comencé a llorar.
15.2.13
14.2.13
La maleta (2)
Pocas cosas que me
causen más angustia que la noción de que tengo que meter toda o
parte de mi vida en una maleta. Esta vez han sido dos meses,
incluyendo – como bien dijo Alex – Navidad y mi cumpleaños, con
lo cual las cosas que querían irse eran muchas más de las que
habían llegado. Y también se iban otras cosas.
Se quedan los líquidos
pesados y algunos libros. Me llevo lo que necesito para escribir una
tesis: papeles, resúmenes, ánimos, regaños, la incredulidad de los
que creen que eso de hacer una tesis doctoral es unjuegodeniños y que
debí haber terminado hace tiempo. Me llevo las ganas de quedarme y acomodo sobre la cama las ganas de irme (no las encontraba. Salieron hace
un par de horas mientras imaginaba mi casa, la de allá). Me llevo
las bendiciones para que mi vida allá sea buena y dejo las
recriminaciones sobre lo egoísta que es estar tan lejos.
Las maletas pesan. Las
despedidas pesan. Miro mi cama, esta cama, y pienso en la otra, la
mía, la que yo compré, en la que dormiré pasado mañana... porque
mañana será un tránsito – el tránsito de no saber exactamente
quién, dónde o cuando. Pero la certeza. Las ideas. La esperanza de
que mañana.
13.2.13
Del polvo (1)
Han sido días de recuperación de los recuerdos. Aquellos cuidadosamente guardados en el fondo de la memoria que despiertan con un olor, con un sonido. Con un lugar que, aunque insistas, ya no se parece a entonces. Porque el jardín de tu infancia ahora es infinitamente más pequeño. Porque los amigos de entonces ahora son inesperadamente otros. Porque la que te mira desde el espejo se parece, pero duda más que nunca.
Y con parte de la nostalgia, vuelves a los rituales. No sólo a aquellos que conservabas (hacer la cama, cepillarte los dientes, leer hasta quedarte con el libro en la nariz...); sino también los que habías olvidado, casi: llegar a la casa sudorosa con la mochila (ahora bolso) y lavarte las manos antes de sentarte a comer. Entrar a una iglesia, a mediodía, caminar hasta el altar y encontrar un recipiente con ceniza. Dejarte marcar mientras escuchas aquello de: "polvo eres y en polvo te convertirás".
Al salir a la calle, está todo el polvo - el de la ciudad de tu infancia, el de los recuerdos, de la papelería que ya no está, de la vialidad que ha cambiado, de los cines que han desaparecido dejando lugar a iglesias de otras denominaciones. Y tú te acuerdas que había una buena razón por la cual uno hacia una cosa durante 40 días - para ver si lograbas crear o romper un hábito.
* * * * *
N, con sus ojos iguales a los que teníamos cuando estábamos en educación infantil, me pregunta: "¿estás lista para irte?". Nunca se está listo. Y nunca uno deja de irse. Siempre nos estamos yendo. Imagino. Creo.
Y con parte de la nostalgia, vuelves a los rituales. No sólo a aquellos que conservabas (hacer la cama, cepillarte los dientes, leer hasta quedarte con el libro en la nariz...); sino también los que habías olvidado, casi: llegar a la casa sudorosa con la mochila (ahora bolso) y lavarte las manos antes de sentarte a comer. Entrar a una iglesia, a mediodía, caminar hasta el altar y encontrar un recipiente con ceniza. Dejarte marcar mientras escuchas aquello de: "polvo eres y en polvo te convertirás".
Al salir a la calle, está todo el polvo - el de la ciudad de tu infancia, el de los recuerdos, de la papelería que ya no está, de la vialidad que ha cambiado, de los cines que han desaparecido dejando lugar a iglesias de otras denominaciones. Y tú te acuerdas que había una buena razón por la cual uno hacia una cosa durante 40 días - para ver si lograbas crear o romper un hábito.
* * * * *
N, con sus ojos iguales a los que teníamos cuando estábamos en educación infantil, me pregunta: "¿estás lista para irte?". Nunca se está listo. Y nunca uno deja de irse. Siempre nos estamos yendo. Imagino. Creo.
27.1.13
Despertar con música para planchar
Saben los que han vivido conmigo que hay una manera infalible de asegurarse que esté de mal humor todo el tiempo: que me despierten con música a todo volumen y, aún peor, que esta música sea de violines. Hoy, después del trajín de maletas una vez más (todavía no se acaba el periplo) desperté con una grabación en vivo de un croonerwannabe llamado Mijares que se escuchaba mucho en México al inicio de los noventas. Abrí los ojos lentamente - mientras me ubicaba en la ciudad de México, en casa de L, escuché no sólo sus grandeséxitos sino también otros grandeséxitosdelosnoventa en su voz y pensé que, quizá, esta es la peor grabación de la historia. Pero en lugar de estar de mal humor me hizo despertarme pensando en mi casa.
Imaginé que el responsable de tal volumen musical en un domingo a las nueve de la mañana era el señor que cuida y lava los coches en el edificio donde vive L pero no. De pronto, hubo cambio de música, y comenzó a sonar Luz Casal. Con ella, como segunda voz, una de las vecinas del edificio comenzó a gritar casi a gritos, imagino que restregando el sentimiento contra alguna labor casera.
En Barcelona conocí el concepto "música para planchar": básicamente, la música que se pone en casa mientras uno hace quehacer. En mi imaginario, en mi memoria, es muy sencillo definir qué es eso en una imagen: tengo tres años, estoy correteando al perro en casa de mi abuela y del sistema de sonido retumban las canciones en longplay de Juan Gabriel mezcladas con la voz de mi tía que canta, mientras todo se va llenando de un olor inconfundible a limpiador de pino.
No sé a qué huela la casa de la vecina. Sé que hemos pasado de Luz Casal a Chavela Vargas y ni en comparación con esta última la vecina está entonada. Pienso en mis vecinos de Barcelona y en mi costumbre de poner música de Juan Gabriel cuando limpio. Hago una nota mental de nunca empezar en un domingo antes de las diez y media de la mañana. Podría generar un odio irracional a la música para planchar. Sería una lástima.
Imaginé que el responsable de tal volumen musical en un domingo a las nueve de la mañana era el señor que cuida y lava los coches en el edificio donde vive L pero no. De pronto, hubo cambio de música, y comenzó a sonar Luz Casal. Con ella, como segunda voz, una de las vecinas del edificio comenzó a gritar casi a gritos, imagino que restregando el sentimiento contra alguna labor casera.
En Barcelona conocí el concepto "música para planchar": básicamente, la música que se pone en casa mientras uno hace quehacer. En mi imaginario, en mi memoria, es muy sencillo definir qué es eso en una imagen: tengo tres años, estoy correteando al perro en casa de mi abuela y del sistema de sonido retumban las canciones en longplay de Juan Gabriel mezcladas con la voz de mi tía que canta, mientras todo se va llenando de un olor inconfundible a limpiador de pino.
No sé a qué huela la casa de la vecina. Sé que hemos pasado de Luz Casal a Chavela Vargas y ni en comparación con esta última la vecina está entonada. Pienso en mis vecinos de Barcelona y en mi costumbre de poner música de Juan Gabriel cuando limpio. Hago una nota mental de nunca empezar en un domingo antes de las diez y media de la mañana. Podría generar un odio irracional a la música para planchar. Sería una lástima.
2.1.13
Mejor/peor inicio
Después del brindis, la cena, las palabras de mi abuelita, los abrazos; algo en la parte interna de mis rodillas comenzó a quejarse. Y el dolor se extendió después a la espalda baja y al centro de mi frente, También al respirar comencé a sentir el aire frío que alimentaba de alguna forma una especie de bosque interno en medio de mi pecho.
Era un resfriado.
No podía sorprenderme: entre la lluvia, el cambio de clima y los incontables abrazos a primos, amigos, sobrinos y tal que tenían la nariz como una llave que gotea, era normal. Desperté el 1 de enero de 2013 con la boca seca y una tos constante - una nariz, yo también, como llave.
Afuera, a través de la ventana, la lluvia. Guadalajara lloviendo en invierno, las cabañuelas, que las llamaba mi abuelo. Estrictamente, son una buena señal. Si llueve los primeros días del año quiere decir que también lloverá correctamente en junio, julio y agosto (cuando aquí se cae todos los días el cielo).
Me arremolino entre las cobijas. A intervalos regulares, viene mi mamá a revisar que la fiebre no esté muy alta, que no tenga una pierna fuera de la manta, que no me haya puesto a hacer demasiadas cosas. Tengo permitido leer, escribir, bajar a la cocina a comer... aunque ella quisiera traérmelo y convertir la habitación en un centro completo de cuidados.
A decir verdad, me siento mal. Me gustaría salir a tocar las hojas del guayabo, perladas por horas y horas de lluvia, a ver los pájaros que cantan y el cielo plomizo. Me gustaría ir con mi mamá a comprar las tortillas y la fruta siguiendo el mismo camino que cuando era la niña. Me gustaría tener energía para hacer cosas que necesito hacer.
Pero, también a decir verdad, me siento privilegiada. No todos los años puedo comenzar en una cama escuchando a mi sobrina cantar, a mi mamá trajinando por la casa, a mi padre hablar con mis hermanos. Es un buen lugar. Aunque toque quedarse un poco en cama.
Era un resfriado.
No podía sorprenderme: entre la lluvia, el cambio de clima y los incontables abrazos a primos, amigos, sobrinos y tal que tenían la nariz como una llave que gotea, era normal. Desperté el 1 de enero de 2013 con la boca seca y una tos constante - una nariz, yo también, como llave.
Afuera, a través de la ventana, la lluvia. Guadalajara lloviendo en invierno, las cabañuelas, que las llamaba mi abuelo. Estrictamente, son una buena señal. Si llueve los primeros días del año quiere decir que también lloverá correctamente en junio, julio y agosto (cuando aquí se cae todos los días el cielo).
Me arremolino entre las cobijas. A intervalos regulares, viene mi mamá a revisar que la fiebre no esté muy alta, que no tenga una pierna fuera de la manta, que no me haya puesto a hacer demasiadas cosas. Tengo permitido leer, escribir, bajar a la cocina a comer... aunque ella quisiera traérmelo y convertir la habitación en un centro completo de cuidados.
A decir verdad, me siento mal. Me gustaría salir a tocar las hojas del guayabo, perladas por horas y horas de lluvia, a ver los pájaros que cantan y el cielo plomizo. Me gustaría ir con mi mamá a comprar las tortillas y la fruta siguiendo el mismo camino que cuando era la niña. Me gustaría tener energía para hacer cosas que necesito hacer.
Pero, también a decir verdad, me siento privilegiada. No todos los años puedo comenzar en una cama escuchando a mi sobrina cantar, a mi mamá trajinando por la casa, a mi padre hablar con mis hermanos. Es un buen lugar. Aunque toque quedarse un poco en cama.
7.12.12
Sonidos
No la veo... la escucho a través de mi única ventana. Me quejo a veces de que la casa nueva es ruidosa pero ahora no. Sin verla, sé que sonríe. Por las variaciones de su voz, sé que corre de arriba a abajo de la calle. Por el tono de su carcajada, sé que está feliz. Y que su padre, que está con ella, también.
"Papa! Ja has arribat!"
Bienvenidos sean siempre esos sonidos.
"Papa! Ja has arribat!"
Bienvenidos sean siempre esos sonidos.
15.11.12
Huelga
Ayer me desperté arrullada por el incesante revoloteo de un helicóptero sobre mi cabeza. Es lo que tiene vivir en el centro: las huelgas, las manifestaciones, las concentraciones todas están a tu alrededor. Tendí la cama, hice el desayuno, abrí las ventanas y encendí el ordenador - en el supuesto de que trabajo para mi misma, tampoco hacia sentido hacerme huelga. Creo que intento tratarme lo mejor posible y darme los derechos laborales que me corresponden.
Hacia el medio día, salí de casa para comer con otros amigos autoempleados. Salí casi una hora antes y disfrute como muchas otras familias de un paseo. Imposible saber si era huelga o era domingo. Claro, un domingo a miércoles.
Mientras me iba alejando del centro, veía más tiendas abiertas. Poco movimiento, sí, pero un bar aquí y otro allá, una panadería, una carnicería. Empresas pequeñitas que, supongo, querían vender lo que pudieran vender.
Comimos y después volví a caminar un buen trecho de regreso a casa. Comenzaba a animarse la cosa - lo sabía porque el helicóptero pasaba con más frecuencia y porque, en algún momento cerca de las cinco de la tarde, uno de mis vecinos se puso a ensayar a voz en cuello sus consignas antes de salir a la manifestación.
A las seis salí de casa y me fui hacia donde un amigo, con quien tenía que hablar de la huelga y otras cosas menos socialmente trascendentes. Entré a su casa y desde ahí vimos a los mossos cerrar la Gran Vía, a algunos contingentes pequeños. De vez en cuando nos reíamos con las transmisiones del Cuní y las imágenes, las cinco imágenes, que parecían toda la jornada.
A las ocho salí de ahí, después de preguntarnos quién tendría razón con la asistencia - si los Sindicatos que reclamaban un millón o el conteo oficial de 110,000 personas. En la puerta me encontré con alguien conocido que me dijo: "ve con cuidado. Algo pasó y esto se puso violento".
Fui con cuidado. De pronto comencé a ver gente que corría. A una calle de casa, gente que corría muy rápido. Y ahí, a veinte metros de mi, los antidisturbios.
Supongo que todos sentimos miedo al ver a Robocop. Me repuse y crucé la calle. Me quedaba sólo una manzana por recorrer. Frente a mí, un padre llevaba a su hija dormida en brazos. Quise convencerme de que estábamos fuera de peligro, aunque la verdad es que cada vez iba más rápido.
Mientras recorría esa última calle, me di cuenta que mi callejón había sido lugar de batalla campal: contenedores volteados y tirados por toda la calle y, hacia el final, un vecino con una manguera extinguiendo el fuego que alguien le había prendido al contenedor de papel que está casi justo debajo de mi ventana.
El edificio olía a humo, pero no mi casa. Entré y encendí las noticias y el Twitter y todo, para enterarme. Seguía escuchando los helicópteros. Cerré todo y hablé con mi madre que había visto las noticias y estaba preocupada.
Todo estaba bien.
Esta mañana de camino al trabajo me encontré con varios aparadores rotos y muchos de los cristales del Palau de la Música. Toda la noche escuché cuadrillas de limpieza poniendo en orden mi calle. Había pasado algo. Pero no se sabía muy bien qué. Me dí cuenta que han puesto un cartel de "se alquila" en un negocio de helados en mi calle. Hice memoria: no recuerdo haber visto nunca que entrara un cliente.
Hacia el medio día, salí de casa para comer con otros amigos autoempleados. Salí casi una hora antes y disfrute como muchas otras familias de un paseo. Imposible saber si era huelga o era domingo. Claro, un domingo a miércoles.
Mientras me iba alejando del centro, veía más tiendas abiertas. Poco movimiento, sí, pero un bar aquí y otro allá, una panadería, una carnicería. Empresas pequeñitas que, supongo, querían vender lo que pudieran vender.
Comimos y después volví a caminar un buen trecho de regreso a casa. Comenzaba a animarse la cosa - lo sabía porque el helicóptero pasaba con más frecuencia y porque, en algún momento cerca de las cinco de la tarde, uno de mis vecinos se puso a ensayar a voz en cuello sus consignas antes de salir a la manifestación.
A las seis salí de casa y me fui hacia donde un amigo, con quien tenía que hablar de la huelga y otras cosas menos socialmente trascendentes. Entré a su casa y desde ahí vimos a los mossos cerrar la Gran Vía, a algunos contingentes pequeños. De vez en cuando nos reíamos con las transmisiones del Cuní y las imágenes, las cinco imágenes, que parecían toda la jornada.
A las ocho salí de ahí, después de preguntarnos quién tendría razón con la asistencia - si los Sindicatos que reclamaban un millón o el conteo oficial de 110,000 personas. En la puerta me encontré con alguien conocido que me dijo: "ve con cuidado. Algo pasó y esto se puso violento".
Fui con cuidado. De pronto comencé a ver gente que corría. A una calle de casa, gente que corría muy rápido. Y ahí, a veinte metros de mi, los antidisturbios.
Supongo que todos sentimos miedo al ver a Robocop. Me repuse y crucé la calle. Me quedaba sólo una manzana por recorrer. Frente a mí, un padre llevaba a su hija dormida en brazos. Quise convencerme de que estábamos fuera de peligro, aunque la verdad es que cada vez iba más rápido.
Mientras recorría esa última calle, me di cuenta que mi callejón había sido lugar de batalla campal: contenedores volteados y tirados por toda la calle y, hacia el final, un vecino con una manguera extinguiendo el fuego que alguien le había prendido al contenedor de papel que está casi justo debajo de mi ventana.
El edificio olía a humo, pero no mi casa. Entré y encendí las noticias y el Twitter y todo, para enterarme. Seguía escuchando los helicópteros. Cerré todo y hablé con mi madre que había visto las noticias y estaba preocupada.
Todo estaba bien.
Esta mañana de camino al trabajo me encontré con varios aparadores rotos y muchos de los cristales del Palau de la Música. Toda la noche escuché cuadrillas de limpieza poniendo en orden mi calle. Había pasado algo. Pero no se sabía muy bien qué. Me dí cuenta que han puesto un cartel de "se alquila" en un negocio de helados en mi calle. Hice memoria: no recuerdo haber visto nunca que entrara un cliente.
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