17.2.10

Rojo delator

Hace un par de semanas que colaboro en un programa de radio. Como siempre, me sorprendió que me llamaran - como siempre me sorprende que alguien crea que yo puedo hacer algo para lo que además me entrené. Me gusta, me emociona, me hace pensar. Me da una sensación de vértigo y responsabilidad estar al aire diciendo lo que pienso sobre política internacional.

Lo que nadie ve, lo que nadie percibe, es que atrás del micrófono - o, en el caso de hoy, atrás del teléfono - me pongo roja, roja, roja como un tomate.

Según yo, hace algunos ayeres era un poco más desvergonzada. No me imagino exactamente qué es. Quizá el exceso de conciencia en uno mismo.

14.2.10

Yes, your highness

Podríamos decir que la culpa es de mi curiosidad insana por saber si teníamos a alguien jugándose la vida por el lábaro patrio en Vancouver. Pero no, la culpa no es mía. Lo juro. Que se la echen a cualquier otro.

Primero, visitar la página oficial de las Olimpiadas de Invierno y buscar en la lista de países si había alguien que representara a México. Encontrarme con que sí, había alguien, un esquiador llamado Hubertus von Hohenlohe, nombre mexicano como el que más. Además, con 51 años y como otra profesión: artista, empresario y fotógrafo (¿?). Y claro, un link al Comité Olímpico Mexicano.

En la página de COM (que ruega por el auxilio de alguno de los cientos de programadores desocupados en nuestro país), otro enlace a un perfil del joven Hohenlohe, escrito por quién sabe quién, en el que se describe, en primera línea, al señor como "príncipe". Si uno tiene la paciencia, en la cuarta y última página se dice que uno no puede ser príncipe y mexicano, pero eso tampoco parece ser tan importante...

La verdad es que no sé si reirme o llorar. Espero que el COM no le haya dado ni un peso para ir a Vancouver (que más bien creo que lo que le dieron fue la chance de ir) pero... en serio... ¿es esto necesario? ¡Dice que es cantante pop en Austria y todo!

Creo que empiezo a entender lo que la gente sentía en España cuando mandaban a Eurovisión a personajes cada vez más "pintorescos".

Como diría alguien a quien yo conozco: me quiero volver chango. Y ahora, capaz que gana y todo, para que tenga que tragarme mis rabiosamente republicanas palabras.

Nota al pie: Gracias al querido Marco, nos enteramos también que la semblanza es la misma que aparece en Wikipedia. Y en Youtube lo podemos oir cantar y esquiar al mismo tiempo (no canta mientras esquía, es una pista). Lo mismo, que nos agarren confesados. Me preguntó qué estará pensando Maximiliano allá en su cielo...

10.2.10

Hojuelas de papa (o de patata)

Y en Vancouver, sigue sin nevar. Todos los atletas listos para las Olimpiadas de Invierno y dice al mismísimo señor Invierno que a él, bueno, pues no le da la gana nevar. Que le hagan como puedan. Que, como dice Douglas Coupland, lo rocíen todo con hojuelas de papa (o de patata) como en las películas.

Desperté hoy cortesía de la alarma del reloj. Habían sido pocas horas de sueño... es lo que tienen los vuelos muy baratos. Caminé hasta el comedor para apagar el reloj (que se había quedado en mi bolso) y todavía en la semioscuridad me di cuenta de una cosa: el parque, la calle, el coche... todo estaba blanco.

Primero pensé que era mis ganas de que fuera así. Después saqué la cámara y tomé un par de fotos. Y ví a un vecino salir con un chaleco amarillo y limpiar la nieve de su coche antes de irse. Cuando por fin estuve lista y salí, puse la mano sobre el barandal de la escalera para no resbalarme. Se desmoronó bajo de mí, como si fuera algodón, miedo o algo aún más frágil.

Llegué al Instituto bajo la nieve protectora. Todo el mundo fue magnífico y me dieron un escritorio con una ventana bañada de luz del norte, a través de la que puedo ver además el jardín - blanco, por lo menos hoy.

Cuando regresé a casa, tenía el pelo lleno de pequeños copos blancos. Y me hizo una ilusión tremenda, incluso caminar con cuidado me hizo una ilusión tremenda. Lo que tiene ver nieve por la tercera vez en la vida: no te fastidia, todavía te sorprende.

4.2.10

En suspenso

Salí de casa a las siete de la mañana. Tampoco era necesaria tanta madrugada pero algo extraño en mi había calculado que lograría ir hasta el Laboratorio, hacer fila, que me sacaran la sangre (sin llorar), salir, tomar el metro, bajar frente al gimnasio, caminar y llegar a mi clase de natación de las ocho. Sí, claarooo... mi fe en mis poderes de teletransportación parece permanecer intacta.

Llegué al laboratorio. Hice fila. Esperé paciente devorándome las últimas páginas de las 800 y pico que tiene el libro que estaba leyendo hasta hace unos minutos. Me llamaron varias veces. Me hicieron jurar que mi nombre se escribe así. Pasó una enfermera rubia y malencarada y me pidió que la siguiera.

Qué miedo. Me quité el abrigo y le dije - siempre aviso - que las agujas me dan pánico. A algunas enfermeras les da lo mismo. Otras, como esta, te miran con un poco de sorna. Me acomodé, me pusieron la liguita, me dijo que mirara al otro lado, que cerrara la mano y sentí el pinchazo. Y unos segundos después su voz: "pero respira. Normal. Como si estuvieras haciendo ejercicio".

Me había quedado en suspenso. Como si no quisiera que pasara el tiempo o esperara que pasara rápido. Como cuando pasas por un sitio que huele mal y aguantas la respiración. Como cuando dejas de escribir en el blog, escudándote de todas las cosas que tienes que hacer (y lo poco que quieres reflexionar sobre lo que has hecho o no).

Total que salí del sitio a las 8h10. Mareada, me equivoqué de calle y no encontraba el metro. Ni siquiera atiné a entrar a un café a tomar algo. Me vine a casa, me serví un desayuno de campeones y terminé el libro de Mulisch. Después de dos meses. Por fin.

Y fue como si volviera a respirar. Como si, en muchos sentidos, hubiera que dar dos pasos adelante y seguir por otro lado. En realidad, no está cambiando nada. Soy yo la que se modifica a voluntad.

14.1.10

Mañana

Será un día cualquiera. Como cualquiera. Pasará otro año para que se vuelva a repetir. Nunca en la misma combinación de números, no. En unos cuantos (si lo consigo) tendré un día capícua. O casi. Pero no mañana. Mañana será como cualquier otro. No estrenaré de mañana un vestido ni tendré un perrito con moño azul ladrando junto a mi cama. No me pondré lápiz labial demasiado rosado ni me preguntaré por los aviones que quedan por irse. No. Me limitaré a caminar por estas calles, comer las cosas que me gustan, ver a mis amigos más queridos que están cerca y que se dejan querer. Soplaré sobre unas velas. Me tomaré una (o dos copas de más). Regresaré a casa. A dormir tranquila. Y pasará. Como pasan todos los días del calendario.

(Me engaño. Mañana ya es hoy. Llega la primera felicitación a tiempo desde Dubai. Y no, la verdad es que no me siento ni un día más sabia. Tampoco más vieja. Ventajas de ser selectivo con la realidad)

13.1.10

En descanso

Me acuerdo de aquellos años en donde jugaba a los militares en la escuela haciendo escoltas para la bandera. Ya sé, a los españoles les debe soñar a chino, pero los mexicanos sabrán la importancia que tenía para una ñoña como yo ser la abanderada o, en el peor de los casos, la comandante de la escolta con la que se paseaba la bandera por la escuela. Era, digamos, emocionante. Me daba una especie de glamour que - es cierto - en realidad no tenía. No contaba ser bonita. Contaba ser lista. Y en esas ligas sí que jugaba yo.

Total que en la escolta había una orden que era "en descanso". Podías relajar tu postura rigída y doblar un poco las rodillas. No parecía tanto, pero la verdad es que en medio de tanta tensión, venía de maravilla. Descansar.

No he escrito básicamente porque parece que mi cerebro está "en descanso". Veo cosas y me apetece narrarlas (como los "hidden treasures" de la clase de economía de ayer, la historia de la tesina copiada que casi saca la misma calificación de la mía - no copiada -; el cuento de la niña que me encontré esta mañana en un alto, abrazando a su ardilla de peluche, envolviéndola con cuidado en una mantita para que no tuviese frío). Veo cosas y me apetece tomarles fotos, pero tengo a la súpercámara guardada en mi habitación (a pesar de que las nubes abigarradas y los monstruos cubiertos de imposibles telas y abrigos se abalancen sobre mí a cada momento en la ciudad). Pero estoy en este in pace anual que hay entre las fiestas y mi cumpleaños. En ese que me hace pensar lo que quiero de mi vida, a dónde voy, de dónde vengo, para qué, qué sabor de pizza me gusta más y si debería cortarme otra vez el cabello a lo Sinead O'Connor.

Pero, tranquilidad: el cumpleaños es el viernes y entonces sí, después, empieza el año. Y seguramente podré concentrarme en otras cosas - no sólo en la ropa que hay que lavar, la novela por terminar (de leer, de escribir) o las historias aquellas que quedaron inconclusas.

3.1.10

Sin poner los pies en el suelo

El avión tenía retraso. Lo sabíamos desde siempre. Pero me dí cuenta que era grave cuando estaban cerrando la única tienda abierta - que tenía que cerrar a las 22h30 - y nosotros seguíamos sin abordar. Me acerqué a la puerta, sólo para intentar confirmar de que mi asiento no era ese que no se reclina. "No te preocupes", me dijo la chica que iba a abordar, "el avión va casi vacío, así que te podrás acomodar donde quieras".

60 pasajeros en un vuelo que debía ser, por lo menos, para 170. El panorama podría ser desolador, pero no. Subí, acomodé mis cosas y estaba muy conforme con quedarme con dos asientos cuando un chico me pidió pasar a la ventana a un lado de mí. Humpf. Me puse de pie. Me dí cuenta que éramos muchos los que estábamos esperando que cerraran las puertas para lanzarnos a la casa del hueco más adecuado para dormir. Entonces me acordé que habían dicho que éramos 60. Me dí cuenta que estaban pasando gente a primera clase. Hice cuentas rápidas: todos podíamos tener un banco completo si lo queríamos.

En cuando afirmaron que las puertas estaban cerradas me despedí del chico y me fui unos asientos más atrás. Me iba a sentar en uno de los de ventana (dos asientos), pero pensando en que era un vuelo de noche y todo decidí mejor tomar uno de centro, con los tres asientos.

Despegamos. A través de la ventana, las interminables lucecitas de la ciudad de México. Supongo que eran ya casi las once. No lo sé - eran mis vacaciones, así que no traje reloj todo el viaje. Me quedé viendo unas revistas y después saqué mi libro de vacaciones - un ladrillo de esos de 800 páginas para los que conviene tener una mesita. Ya estabilizado el avión, abrí la mesa de servicio y comencé a leer. Ví que comenzaba una película y me puse los audífonos. El sonido era poco claro. Pero, por alguna razón que se me escapa, no me los quité. Audífonos puestos y ojos fijos en la novela. Llegó la cena. Pedí pasta, agua con gas y vino blanco. Abrí la mesita de al lado y puse ahí mi libro. Seguí cenando. A la mitad del plato, el capitán interrumpió la película. "Estimados pasajeros, sólo queríamos avisarles que en un minuto será 2010". Continuó con un brindis más bien soso. Quisiera decir que estaba esperando la copa de champagne, pero la verdad es que no quitaba los ojos de la novela. Al terminar su mensaje el capitán, la jefa de sobrecargos hizo una cuenta hacia atrás y dijeron feliz año nuevo. Se escucharon aplausos adelante. Seguramente en Primera, donde sí les dieron champagne, pensé.

Ni siquiera besé a un desconocido: no había euforia y todos habíamos evitado la promiscuidad usual del avión poniendo pasillos de por medio. El chico que iba en el 19A - ajá, como el casi terrorista - levantó su vaso hacia mí y dijo, sin hablar, feliz año. Yo tenía la boca llena, así que levanté también mi vaso y sonreí.

Así empezó 2010. Lo mejor, como dijo Kike, fue empezarlo sin poner los pies en el suelo. Quizá quiera decir que el próximo año podré pasarlo de viaje o sin hacer ningún sentido. Ya veremos.