14.6.13

Chafardero, chismoso

Adjetivo. Dícese de una persona/entidad que cuenta lo que sabe, lo más pronto y claramente posible.

El cuerpo lo sabe. Todo. Incluso lo que tú no quieres saber. O no te has preguntado. Y te lo dice: todos los días, a cada paso. Ese dolor, esa incomodidad, esa sensación de que falta algo. El cuerpo lo sabe. Todo. Y te lo dice.

Ella lo vió, en su cara. Usualmente es mala para escuchar a su cuerpo. Y ese día, poco antes de dar por primera vez una clase nueva, de tres horas, en un grupo distinto, todo parecía mal. No se sentía en su piel. Como si el aire, al entrar por su nariz, no oxigenara su cuerpo. Algo faltaba. Algo sobraba. Pánico. Comenzó a respirar profundo. A explicarse cómo no temer a la audiencia (cómo, si al público se le teme por default). Entonces, apareció la opción de ir a dormir y recuperar fuerzas - de decirle al cuerpo: "sí, te escucho, tranquilo, ya vamos".
Mientras caminaba hacia casa, a la mitad de la calle, enfrente de ella, un amigo de su ex. De ese ex, el que todavía duele. No le había visto desde que aquello terminó. Ella bajó la vista y rezó porque él pasara de largo sin notarla - que fuera solamente una mancha en el panorama. Pero no, sí que la vió. Y en cuanto sus ojos se encontraron  y se reconocieron, él comenzó a hablar sin detenerse:
"Ey, ¡hola! ¿cómo estás? ¿cómo va todo? ¿dónde está él? ¿estará en verano? ¿les apetece pasar unos días de vacaciones con nosotros? ¡hace tanto que no nos vemos! yo lo ví a él hace poco, pero no quedamos en nada. ¿cuándo lo veré?, ¿tú sabes?". 
Ella intentó pensar una respuesta rápida a todo, pero su cerebro iba lento ("Yo no sé nada... ¿que no íbamos ya a dormir un poco?"). Más que nunca, ella no estaba en su cuerpo. No había oxígeno. "No, no sé... pronto, ¿no? Quizá, sí..." "Bueno, me voy corriendo. ¡Hasta luego! ¡Nos vemos todos para comer!". Él desapareció calle abajo. Ella ordenó a un pie que se moviera y luego al otro. Uno, dos. No solo no estaba en su piel: algo pasaba que la hacía sentir que se ahogaba. Más. Se detiene en un cruce, frente a una luz roja. A un lado de ella, en una tienda de ropa, un espejo. Y no reconoció lo que vió: necesitó dar marcha atrás para mirar detenidamente lo que reflejaba el espejo. Una mancha roja, unos granitos incipientes, le salían por toda la cara. Todas esas cosas que había dejado de decir - "no, no sé dónde está. Ya casi no sé nada de él. No estamos juntos ya" - se pintaban, sílaba por sílaba, en su cara. En forma de sarpullido. De color casi púrpura, extendiéndose por las dos mejillas, por el cuello, por debajo de las orejas.

Los traseúntes cruzan. Ha pasado un ciclo de semáforo, pensó. Y también se dió cuenta que su cuerpo, ese que lo sabe todo, ese chafardero que todo lo cuenta, quería decirle algo. Quería decir algo.
Caminó hasta casa y, sin lavarse los dientes ni quitarse la ropa de trabajo, se tiró a la cama. Agotada, se durmió.

Al despertar de la siesta, su cara había vuelto a su color normal. Era, al parecer, tan sólo una advertencia, pero clara. "Dí lo que tengas que decir. O me enfermo". La clase - esa de tres horas, en otro idioma, con un grupo que no conocía - le pareció extrañamente sencilla. Y su cuerpo, es cierto, descansó.

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