3.4.12

Visto y no visto

Hay una cosa que siempre he temido perder: el asombro. Esos ojos nuevos en sitios nuevos que te ayudan a maravillarte de las cosas sobre las que no, nunca habías puesto tus pupilas. Hace casi cinco días, desde un avión, reconocía el entramado complejísimo de una ciudad enorme por la que no había caminado nunca. Es verdad que se parecía a mis propias megalópolis en extensión, a aquellas en donde ya he vivido, pero ésta era distinta por un montón de brotes más de verde aquí y allá. También era diferente porque, al no estar el aeropuerto tan en el centro de la ciudad, se tiene una especie de vista más amplia.
Mientras camino, en las esquinas a veces reconozco cosas. Reconozco las calles más o menos limpias no por exceso de limpieza pública, sino porque la gente no tira basura. Reconozco las aceras reventadas por la violencia de las raíces de algún árbol que está convencido de que debió haber nacido en medio de un bosque. Reconozco la sonrisa de buenos días de la gente a la que no has visto nunca. Ciertos sabores. Cierta manera en que tiene la luz de incidir sobre el asfalto. Cierto final de verano en donde, a las cinco de la tarde, mágicamente un cielo que estaba despejado y que tenía un sol inclemente huele, profundamente, a lluvia.
Hay cosas, por otro lado, que no había visto nunca y me maravillan. Sí, ciertamente, cosas tangibles: edificios perfectos y sinuosos, una energía económica, frutas que no había probado nunca antes, sonidos de palabras que más me suenan a murmullo y canción que a discurso de trabajo. Pero las que más me maravillan son las cosas que veo puertas adentro, en las sonrisas de quienes me rodean, en su voz, en su interés continuo para que yo esté bien.
Me siento en casa pero no por lo que reconozco. Por lo nuevo que veo. Por lo que en eso intuyo.

1 comentario:

JULY dijo...

¡Qué bonito! quiero saber más! besos