21.1.04

Yo iba a dar mi opinión de todas maneras...

Cuando era niña y hasta bien entrada la adolescencia, algunas vacaciones las pasé en Pihuamo, el pueblito donde creció mi abuela al sur de Jalisco. Los domingos salíamos a pasear junto con nuestros primos y lo más grosero que recibían las muchachas era un largo chiflido a manera de cumplido. Algunas se sonrojaban, otros hermanos se ponían medio violentos, pero no pasaba a más. De los que nos reuniamos ahí pocos veníamos de la ciudad. La mayoría eran trabajadores del campo, que se esforzaban todos los días para ganarse el pan arando la tierra o cuidando ganado.

Tengo la poca fortuna de trabajar en un edificio que está sobre Paseo de la Reforma. Peor aún, el edificio es ocupado por la SEDESOL con excepción del piso en el que estamos nosotros, una agencia de Relaciones Públicas. Mi piso lleva una excelente relación con el personal de vigilancia y, en términos generales, tenemos una vida tranquila con excepción de las manifestaciones y una que otra toma del edificio.

La primera vez que me enojé mucho porque vinieran los manifestantes fue un día que salí del edificio escoltada por hombres con machetes. Por cuestiones de trabajo, mis compañeras y yo tenemos que andar de formales a semi formales todos los días. Ese día, al pasar por la puerta, sentí sus miradas lascivas bajo mi ropa. Muy, muy incómodo. Y muy injusto. Yo tengo derecho de entrar y salir de trabajar sin que nadie me amenacé con un machete y sea grosero al respecto de mi aspecto.

Ayer fue el colmo. El edificio fue tomado alrededor de las 16:00 horas. Como es costumbre, una buena parte de la gente de la Secretaría salió entonces, pero nosotros nos quedamos trabajando. A las 18:15 llegó corriendo muy agitado uno de los guardias de seguridad y pidió que todas las mujeres salieramos rápido, porque ya habían cerrado el edificio y sólo nosotras teníamos autorizado salir.

Sacamos rápido nuestro material, nos despedimos de nuestros compañeros y bajamos por grupos. Yo bajé junto con Paola. Al salir del elevador, uno de los chicos de seguridad nos escoltó casi hasta la puerta trasera, donde cientos de "campesinos" gritaban consignas contra el gobierno y empujaban las puertas. Nos escoltaron hasta donde pudieron. Entonces nos dijeron que teníamos que salir también empujando entre la multitud.

Pude ver a los ojos a una mujer y a un hombre que estaban al frente y les pedí permiso de pasar. Se hicieron a un lado, y lo agradecí. Tomé a Pao de la mano y la jalé. Detrás de los primeros, se cerró el camino. A empujones, y mientras escuchábamos cómo pedían a gritos por respeto para las mujeres del campo, nos abrimos paso. Seguían pidiendo respeto y cientos de manos nos toqueteaban sin parar, sin respeto, sin pudor.

No creo que esto sea justo. No creo que nadie tenga que pasar por eso para ir a trabajar. No es posible que sea legal. Mis compañeros varones se quedaron encerrados arriba, privados de su libertad, esperando que alguien entendiera y los dejara salir. Pudieron hacerlo después de las 22 horas.

Hoy ya están ahí abajo, de nuevo. Yo tengo un día pesado de trabajo, pero ya me amenazaron con que no me van a dejar quedarme aquí si nos desalojan.

En su columna de hoy en Reforma, Germán Dehesa habla sobre la injusticia increíble que se cometió contra la mujer apedreada en Querétaro, justificada bajo el rubro de "usos y costumbres". Además, también dice que miles de mujeres sufrimos de injusticias todos los días en la calle, en el metro... y también en nuestros puestos de trabajo. Pide que las mujeres opinemos al respecto. Yo qué más puedo decir.

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