Hay días que van perfectos y otros que necesitas una razón extra para seguir. Para que todo haga un poco de sentido. Para conservarte en el camino en el que estás o dar el volantazo que te hará cambiar de vía. En el fondo, uno sabe lo que quiere. Pero es difícil decirlo. Es más difícil aceptarlo tú.
Y buscas señales. Algunos en la iglesia, otros en los diarios, otros en la luna. Señales de cualquier tipo. Señales como: "tienes 31 años. Es uno de tus pocos cumpleaños en número primo. Un número indivisible, sólo entre uno y entre si mismo. Es un cumpleaños para tí. Piensa que este tiempo es para tí y hay cosas que tendrás que resolver tu sola".
Como esas, por ejemplo... que te obligan a hacer cálculos y encontrar cuántos cumpleaños primos más te quedan...
12.3.10
10.3.10
Ante el silencio
Imagínese usted que nadie le oye. No es una cuestión de no poder hablar - es de no poder ser escuchado. Ya lo ha intentado con los vecinos, con la gente de casa, con los que suben en el mismo ascensor. Lo más que obtiene es una sonrisita amable y una inclinación de cabeza. Nadie le oye. Está convencido.
Comienza a hablar más fuerte. A gritar. A hablar con las plantas y con los animales. Con los botes de basura. Con la diario. Con el periódico. A intentar dialogar con las otras voces que usted sí que escucha. Pero nadie le oye a usted. Lo que tiene que decir no llega, no traspasa, no parece importar. No parece ni siquiera sonar.
No sabe si no lo escuchan o no lo entienden. Pero aunque diga las cosas más increíbles la gente no reacciona. El médico también sacude comprensivamente la cabeza y lo manda a casa con la misma medicación, aunque a usted ya no le duele el hombro derecho ni la garganta ni tiene subidas de azúcar: lo que le preocupa es que no le oyen. Pero nada: tecitos y antiinflamatorios. Ni el farmaceútico le dice más nada. Su presión está correcta. Ya lo sabe. Pero nadie lo oye.
Tiene cinco días sin hablar y tampoco está tan mal. Es una cuestión de ahorro de energía. Si nadie oye...
Comienza a hablar más fuerte. A gritar. A hablar con las plantas y con los animales. Con los botes de basura. Con la diario. Con el periódico. A intentar dialogar con las otras voces que usted sí que escucha. Pero nadie le oye a usted. Lo que tiene que decir no llega, no traspasa, no parece importar. No parece ni siquiera sonar.
No sabe si no lo escuchan o no lo entienden. Pero aunque diga las cosas más increíbles la gente no reacciona. El médico también sacude comprensivamente la cabeza y lo manda a casa con la misma medicación, aunque a usted ya no le duele el hombro derecho ni la garganta ni tiene subidas de azúcar: lo que le preocupa es que no le oyen. Pero nada: tecitos y antiinflamatorios. Ni el farmaceútico le dice más nada. Su presión está correcta. Ya lo sabe. Pero nadie lo oye.
Tiene cinco días sin hablar y tampoco está tan mal. Es una cuestión de ahorro de energía. Si nadie oye...
8.3.10
Amortiguado
Me asomo por mi ventana y temo por la salud del tejadito de palma que hace un par de veranos mis vecinos de atrás hicieron para proteger la intimidad de su terraza. Había sobrevivido a los temporales de lluvia y viento de los últimos meses pero quizá para esto no estaba del todo preparado: para un manto blanco y consistente que ha caído durante todo el día sobre Barcelona.
En la mañana era normal, en el Tibidabo, en la zona alta. Yo todavía salí a media mañana al médico, que me mandó de regreso a casa, a la cama, a tomar leche caliente con miel e ibuprofenos para las molestias y la inflamación de la garganta y los oídos. Me senté a trabajar. Comencé a ver llover. Luego, a leer los avisos de gente cada vez más cercana al centro que veían nieve - y los copos llegaron al centro de la ciudad. Me quedé mirando a través de la ventana. Tampoco era cosa de salir: la médica que me vio en la mañana me hubiera asesinado y la perspectiva de pasarme otra noche tosiendo no me emociona.
Me acordé de la primera vez que caminé bajo la nieve, hace apenas cosa un mes. Salimos a Rotterdam, al parque, y descubrí que los sonidos eran otros: que no sólo la nieve crujía bajo mis botas sino que también algo crujía en mis oídos. Me lo hicieron notar: los sonidos cambian, se amortiguan con un fondo, una base de nieve. Yo cubría el cuerpo de mi cámara para que no se mojara mucho y entonces aventuré una frase que hubiera hecho las delicias de mi maestra de primero de primaria: "es como si la lluvia se hubiera congelado".
Se sonrieron a mi lado y me explicaron, pacientemente, que justamente la nieve era lluvia que se había congelado. Yo lo sabía: lo aprendí en un patio de la escuela donde vimos los cambios del agua, hicimos desbaratar unos cubitos de hielo bajo el sol.
Todo eso volví a pensar hoy mientras miraba por la ventana. Mi benjamín, mi nopal, los restos de flores en la terraza, la mesa, el recogedor, las bolsas de basura: todo estaba cubierto por esa especie de elegantísimo y sedoso abrigo que es la nieve, después de los dos centímetros.
Hace cosa de veinte minutos dejó de nevar. Todavía hay un mantón blanco afuera, pero dudo que me espere a mañana. Gracias a la inflamación de mis oidos, sin embargo, continuo con la sensación esa de amortiguado, de protección, de cambio. Y Barcelona sigue en calma.
En la mañana era normal, en el Tibidabo, en la zona alta. Yo todavía salí a media mañana al médico, que me mandó de regreso a casa, a la cama, a tomar leche caliente con miel e ibuprofenos para las molestias y la inflamación de la garganta y los oídos. Me senté a trabajar. Comencé a ver llover. Luego, a leer los avisos de gente cada vez más cercana al centro que veían nieve - y los copos llegaron al centro de la ciudad. Me quedé mirando a través de la ventana. Tampoco era cosa de salir: la médica que me vio en la mañana me hubiera asesinado y la perspectiva de pasarme otra noche tosiendo no me emociona.
Me acordé de la primera vez que caminé bajo la nieve, hace apenas cosa un mes. Salimos a Rotterdam, al parque, y descubrí que los sonidos eran otros: que no sólo la nieve crujía bajo mis botas sino que también algo crujía en mis oídos. Me lo hicieron notar: los sonidos cambian, se amortiguan con un fondo, una base de nieve. Yo cubría el cuerpo de mi cámara para que no se mojara mucho y entonces aventuré una frase que hubiera hecho las delicias de mi maestra de primero de primaria: "es como si la lluvia se hubiera congelado".
Se sonrieron a mi lado y me explicaron, pacientemente, que justamente la nieve era lluvia que se había congelado. Yo lo sabía: lo aprendí en un patio de la escuela donde vimos los cambios del agua, hicimos desbaratar unos cubitos de hielo bajo el sol.
Todo eso volví a pensar hoy mientras miraba por la ventana. Mi benjamín, mi nopal, los restos de flores en la terraza, la mesa, el recogedor, las bolsas de basura: todo estaba cubierto por esa especie de elegantísimo y sedoso abrigo que es la nieve, después de los dos centímetros.
Hace cosa de veinte minutos dejó de nevar. Todavía hay un mantón blanco afuera, pero dudo que me espere a mañana. Gracias a la inflamación de mis oidos, sin embargo, continuo con la sensación esa de amortiguado, de protección, de cambio. Y Barcelona sigue en calma.
Por las chicas que no viven en Pandora
Hace años que no veo la ceremonia de los Óscares... probablemente desde que me mudé a un huso horario donde resulta totalmente incompatible con la vida normal hacerlo. Pero anoche me fui a la cama con una sola cosa en la cabeza: que sería lindo que una chica ganara esta vez.
No más de cinco nominaciones en la historia de los Óscares a una mujer como mejor directora de una película. Para mayor tensión escénica, la mujer era la ex-esposa de otro "mejor director" - de ese de los millones, de las grandes producciones. Avatar, tengo que decirlo, me gustó. Me entretuvo. Logró aquel cometido del cine de hacerte olvidar todo lo demás y sumirte en un mundo de fantasía. Pero no me pareció excepcional - sólo divertida. Lindísima a momentos, técnicamente relevante. Y ya.
No he visto "The Hurt Locker". Me da un poco de palo, la verdad. No me gustan las películas de guerra. No me gusta ver a la gente que se muera. Menos cuando estoy con gripa (estoy con gripa). Pero iré. Quiero ver... quiero ver qué tan bien está hecha la peli que le gano a Avatar. Confío en que esté mucho mejor hecha.
Porque aunque sea día internacional de la mujer, no juego a ese juego de las cuotas: mejor no darnos por enteradas de eso que se dice como "no alcanzable". Mejor jugar las cartas como si tuviéramos todas las de ganar - ya se irán resolviendo los faltantes en el camino.
No más de cinco nominaciones en la historia de los Óscares a una mujer como mejor directora de una película. Para mayor tensión escénica, la mujer era la ex-esposa de otro "mejor director" - de ese de los millones, de las grandes producciones. Avatar, tengo que decirlo, me gustó. Me entretuvo. Logró aquel cometido del cine de hacerte olvidar todo lo demás y sumirte en un mundo de fantasía. Pero no me pareció excepcional - sólo divertida. Lindísima a momentos, técnicamente relevante. Y ya.
No he visto "The Hurt Locker". Me da un poco de palo, la verdad. No me gustan las películas de guerra. No me gusta ver a la gente que se muera. Menos cuando estoy con gripa (estoy con gripa). Pero iré. Quiero ver... quiero ver qué tan bien está hecha la peli que le gano a Avatar. Confío en que esté mucho mejor hecha.
Porque aunque sea día internacional de la mujer, no juego a ese juego de las cuotas: mejor no darnos por enteradas de eso que se dice como "no alcanzable". Mejor jugar las cartas como si tuviéramos todas las de ganar - ya se irán resolviendo los faltantes en el camino.
3.3.10
Sin lágrimas por Bugs
Creo que lo único que no como en la vida son tortugas y ranas. Las tortugas porque yo fui parte de la generación con lavado de cerebro sobre lo malo que era comérselas - las recuerdo como el único animal en un peligro de extinción real. Y bueno, las ranas, no sé... resulta que no me parece que las ancas sean un manjar de ninguna clase (tienen poca carne), acaban sabiendo a pollo y tengo unos remordimientos muy a lo Jim Henson porque pienso que me estoy comiendo a la rana René (o Gustavo, o Kermit, según la traducción que hayan visto).
Sin embargo, nunca tuve especial predilección por Bugs Bunny - no me parece muy simpático ni nada. Es más bien una suerte de vividor que en lugar de fumar elegantemente como la pantera rosa mastica sin cero gracia cualquier zanahoria triste que se encuentra. Vamos, que no me es muy simpático.
Por eso, y porque en Cataluña he redescubierto lo bueno que está el conejo en muchos guisos, no me lo pienso dos veces cuando se trata de comerlo. Y ahora hasta el NYT hace una larga explicación de las razones por las cuales uno tiene que comerlo...
Así que ya no valdrá la historia del primo de Nueva York que llega a casa de uno y ve el guiso, pregunta qué es y luego dice: "But that IS a domestic animal". Mi chavo... también en su momento lo fueron las gallinas. Así que pierda lo melindroso.
Sin embargo, nunca tuve especial predilección por Bugs Bunny - no me parece muy simpático ni nada. Es más bien una suerte de vividor que en lugar de fumar elegantemente como la pantera rosa mastica sin cero gracia cualquier zanahoria triste que se encuentra. Vamos, que no me es muy simpático.
Por eso, y porque en Cataluña he redescubierto lo bueno que está el conejo en muchos guisos, no me lo pienso dos veces cuando se trata de comerlo. Y ahora hasta el NYT hace una larga explicación de las razones por las cuales uno tiene que comerlo...
Así que ya no valdrá la historia del primo de Nueva York que llega a casa de uno y ve el guiso, pregunta qué es y luego dice: "But that IS a domestic animal". Mi chavo... también en su momento lo fueron las gallinas. Así que pierda lo melindroso.
24.2.10
Diez milagros matutinos mínimos y subvaluados
1. Poder dormir 15 minutos más cuando suena el despertador.
2. Entrar a la ducha y que el agua se caliente pronto.
3. Salir de la ducha y encontrarte el café hecho.
4. Tener ropa limpia y perfume para vestirte.
5. Que alguien recuerde que un sandwich "mexicano" siempre lleva tomate y cebolla (y que te lo prepare así).
6. Que te lleven en coche a la estación.
7. Encontrar a alguien que te ayude a descifrar los mensajes imposibles de las máquinas expendedoras de billetes de tren.
8. Alcanzar el tren e ir en un vagón marcado como "silencioso".
9. Que alguien que no te conozca te diga "salud" cuando estornudas(o para el caso, "Gezondheid!")
10. Llegar a tu destino y pensar que eres un afortunado, en todos los sentidos.
2. Entrar a la ducha y que el agua se caliente pronto.
3. Salir de la ducha y encontrarte el café hecho.
4. Tener ropa limpia y perfume para vestirte.
5. Que alguien recuerde que un sandwich "mexicano" siempre lleva tomate y cebolla (y que te lo prepare así).
6. Que te lleven en coche a la estación.
7. Encontrar a alguien que te ayude a descifrar los mensajes imposibles de las máquinas expendedoras de billetes de tren.
8. Alcanzar el tren e ir en un vagón marcado como "silencioso".
9. Que alguien que no te conozca te diga "salud" cuando estornudas(o para el caso, "Gezondheid!")
10. Llegar a tu destino y pensar que eres un afortunado, en todos los sentidos.
23.2.10
Fuego renovador
Tengo la marca de los que no se saben quedar del todo calladitos. Lo sabían mis padres que varias veces tuvieron que reprenderme por no saber dejar las cosas estar. Lo sabían mis profesores. La gente que está a mi alrededor.
Por eso no me sorprendo del todo cuando mi vecina le responde a gritos a lo que le indigna del televisor. Yo veo la televisión, leo los diarios, escucho la radio y navego por Internet sin limite de volumen - vamos, opino de todo, me imagino todo, me quejo y me congratulo de todo.
Hace unas cuantas semanas estaba leyendo la revista dominical de uno de los dos diarios que compro. Me encuentro un reportaje sobre Haití, sobre terremotos históricos, con una nota de salida sobre el terremoto de México. Y lo único que hace, en realidad, es tomar la excusa del terremoto para promocionar un libro de Don Winslow que habla sobre lo profundo que ha entrado el narcotráfico en la sociedad mexicana.
Qué cansada me sentí que todo lo que es sobre México tenga que ver con narcotráfico, violencia y corrupción. Qué ganas me dieron que se hubiese hablado de otras cosas: de las brigadas de vecinos que buscaban con sus perros a los sobrevivientes, del concepto real de solidaridad que se desarrolló ahí, de los cientos de personas que se dieron cuenta de la inútil que resultaba seguir votando por el PRI - o no votando - y que después decidieron cambiar, aunque sea un poquito, el sentido democrático de México...
Pues eso. Me agarra lo contestona. Y que escribo una carta al director del Magazine, contándole un poquito de esto. El lunes recibí un correo de un antiguo profesor de relaciones públicas, felicitándome por mi "premio". Me desconcertó y pedí más información: resulta que la revista da un premio a la mejor carta de la semana o del mes o de no sé qué periodo... y me lo gané yo. Por invocar que en Haití el terremoto también sea una especie de fuego renovador.
Lo curioso es que tengo un nudo curioso en la boca del estómago: por un lado me pone contenta la idea de mi muy fresa bolígrafo nuevo, haber logrado que la reflexión llegará a alguien, volver a ver mi nombre en un periódico (o en la revista de un periódico). Por otro, me parece que la edición de la carta fue un poco desafortunada y que se lee mal... y me da una sensación muy rara ver mi nombre impreso, pero en el área de los lectores.
Es lo que tiene cambiar de trinchera.
Por eso no me sorprendo del todo cuando mi vecina le responde a gritos a lo que le indigna del televisor. Yo veo la televisión, leo los diarios, escucho la radio y navego por Internet sin limite de volumen - vamos, opino de todo, me imagino todo, me quejo y me congratulo de todo.
Hace unas cuantas semanas estaba leyendo la revista dominical de uno de los dos diarios que compro. Me encuentro un reportaje sobre Haití, sobre terremotos históricos, con una nota de salida sobre el terremoto de México. Y lo único que hace, en realidad, es tomar la excusa del terremoto para promocionar un libro de Don Winslow que habla sobre lo profundo que ha entrado el narcotráfico en la sociedad mexicana.
Qué cansada me sentí que todo lo que es sobre México tenga que ver con narcotráfico, violencia y corrupción. Qué ganas me dieron que se hubiese hablado de otras cosas: de las brigadas de vecinos que buscaban con sus perros a los sobrevivientes, del concepto real de solidaridad que se desarrolló ahí, de los cientos de personas que se dieron cuenta de la inútil que resultaba seguir votando por el PRI - o no votando - y que después decidieron cambiar, aunque sea un poquito, el sentido democrático de México...
Pues eso. Me agarra lo contestona. Y que escribo una carta al director del Magazine, contándole un poquito de esto. El lunes recibí un correo de un antiguo profesor de relaciones públicas, felicitándome por mi "premio". Me desconcertó y pedí más información: resulta que la revista da un premio a la mejor carta de la semana o del mes o de no sé qué periodo... y me lo gané yo. Por invocar que en Haití el terremoto también sea una especie de fuego renovador.
Lo curioso es que tengo un nudo curioso en la boca del estómago: por un lado me pone contenta la idea de mi muy fresa bolígrafo nuevo, haber logrado que la reflexión llegará a alguien, volver a ver mi nombre en un periódico (o en la revista de un periódico). Por otro, me parece que la edición de la carta fue un poco desafortunada y que se lee mal... y me da una sensación muy rara ver mi nombre impreso, pero en el área de los lectores.
Es lo que tiene cambiar de trinchera.
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