23.4.04

Remodelación

Pregunta: ¿Alguien me puede decir donde encontrar más templates gratuitos para los blogs? No me gustan los que están.
Saliendo del letargo

Después de nuestro encuentro con Maruja pasaron docemilquinientas cosas. Entre ellas que yo no me pude recuperar de llegar de Europa y dejé de escribir por placer para enrolarme en un divertidísimo caos de reportes, planeaciones y emergencias de comunicación. Cosas de por sí tristes.

Como cientos de miles de personas, ahora vivo en una ciudad tomada. Abajo de edificio hoy no hay campesinos, pero sí máquinas que perforan, destrozan, rompen, arman pisos sin cesar. Reforma es una sucursal de la guerra. ¿Se acuerdan de aquella película buenísima Wag The Dog con Dustin Hoffman? Pues así. Es como si el Peje de Gobierno hubiera decidido crearse un surrealista escenario de caos para denunciar - cual soberano en decadencia - que hay un complot en contra suya.

(Y aquí el único comentario válido es el que haría mi querido James: Se busca desesperadamente a alguien a quien le importe)

Hay algo en la confusión cotidiana que acaba por volverse aburrido. Durante la mañana una idea me parece brillante y conforme pasa la tarde va perdiendo todo color. Incluso pierde las ganas de ser discutida o planteada. Más cuando se lo cuentas a alguien y te dice: "Ah. Eso. Pues no estás descubriendo el hilo negro. Además, no funciona".

Lentitud. Lentitud. Lentitud. Ah, Kundera, Kundera donde estás que no te ¿vea?.

(Definitivamente en el ácido. Tantas horas de masticar chicle deben haber afectado alguna de mis neuronas)

Hoy tuvieron que hacerle un tratamiento intensivo a mi computadora por virus y borraron todas mis ligas de favoritos. Habrá que recuperarlas.

Mañana es Día del Libro. Y tú... ¿qué le vas a regalar?

1.4.04

Primera noche en Madrid - El Metro

Tarde, 13 de marzo. Recorrimos Barajas asombrados por la falta absoluta de controles: nadie nos pidió los boletos que identificaban a nuestras maletas, ni identificación, ni nada. Supongo que la fila enorme que hicimos en el Charles De Gaulle y la mala cara del oficial de migración en París habían pagado algo. Llegamos al metro, compramos un boleto por diez viajes y saqué la hoja donde había impreso los datos de la reserva (así se dice allá, porque "reservación" - me explicaron - es un anglicismo tomado de "reservation") del hotel. Según los datos, teníamos que bajar en la estación Parque de las Avenidas.
Primero subimos a la pulcrísima estación Aeropuerto en la línea 8. Una de las recomendaciones más constantes que escuché desde México fue: "tengan mucho cuidado en el metro de Madrid". Demás está decir que subimos paranoicos, acompañados de decenas de madrileños paranoicos por las recientes explosiones. Después de dos cambios de línea, llegamos. Parque de las Avenidas resultó ser mucho más sucia que la estación Barajas. Salimos del metro y nos dimos cuenta que en el mapa de barrio (que, por cierto, sólo estaba por fuera) no aparecía ninguna de las calles referenciadas sobre el hotel. Miedo.
Preguntamos en la taquilla y nos dijeron que entráramos una vez más, que en realidad nuestra parada era la próxima. Otro paseo en el metro de 1.10 euros. Mucho más corto. En la siguiente estación quisimos revisar antes que estuviéramos cerca, pero resultó que el mapa de nuevo estaba a afuera. Preguntamos a algunos transeúntes. Entonces se acercó Maruja.
Maruja era una española bajita, de andar y hablar afectado, casi andaluz. Tomó con su mano regordeta mi mapa y comenzó a darme instrucciones que se concatenaban mientras agitaba violentamente su melena rubia. El Duque la miraba con horror. Yo, con respeto. La mujer era sumamente amable y conocía el barrio, pero estaba tan nerviosa que sólo acertaba a darme una referencia sobre otra. Medio le entendí.
Al final, me preguntó que de dónde veníamos. Le dijimos que de México. Comenzó entonces a hablar de su hermana, que se llama Guadalupe y que celebra mejor con los mexicanos que con los españoles. El Duque ya estaba nervioso. Yo le agradecí y salimos caminando. Era casi imposible recordar, pero me fui siguiendo sus menciones de marcas. "Y cuando llegues a la esquina, te acuerdas, me dijo Maruja que la esquina cruzara". Y cruzamos. Caminamos hasta el tanatorio - ahora sé que así se llaman las capillas de velación en España. Enfrente, estaba el hotel. Agradecí tanto a Maruja que casi deseé regresar a abrazarla.
Noche sobre un avión

Viernes 12 de marzo. Cuando comencé a estudiar francés como tercer idioma, mucha gente me decía que los franceses eran personas difíciles. Es cierto que Claire, mi primera instructora, no era precisamente una perita en dulce, pero presumí que se trataba a su desagrado perpetuo por estar en México. Bueno pues no. Sí tienen cara de fuchi permanente. Por lo menos, los sobrecargos que trabajan en la aerolínea más importante de ese país.

Viajamos hacia Europa en un Boeing 747. El avión es tan grande, que me tocó la plaza 47. Enorme. Yo, la verdad, esperaba que fuera mucho, mucho más bonito. Es grande, sí, pero el pitch – nombre fresa para el espacio entre asientos – es menor que el de un ADO. Un poco incómodo para hacer viajes de más de doce horas.

El primer problema fue el abordaje. Entre una cierta desorganización del personal, las fallas de energía eléctrica del aeropuerto del DF y los viajeros que quieren-pasar-primero a como dé lugar, la sala 27 estaba convertida en el reino del caos. Sentada en un sillón, intenté destrabar mi cámara que no recorría el carrete. Estaba molesta, porque a medio día en lugar de ir a comer fui a comprar baterías y media docena de rollos de película. En el momento es que anunciaron que mi fila podía abordar, cedió el carrete. Completamente. Lo había roto.

Antes de subir al túnel de abordaje, me hicieron abrir de nuevo mi mochila. Un policía malencarado me hizo dejarle un fijador que ya me habían dicho que sí podía pasar en dos filtros anteriores. Me enojé, mucho.

Durante el vuelo, los sobrecargos no me permitieron intentar comunicarme en mi francés mocho. Simplemente, no tenían ganas de esforzarse. Preferían hablarme en su inglés extraño. Me sentí mal, y entonces el Duque me dijo algo que me curó de todos los males: “¿Ves a la sobrecargo rubia? Tiene la cara prototípica de la francesa: perdonándote la vida, condescendiente por tu falta de cultura y belleza. Así, convencida de que el mundo le debe reverencia”.

Fue un buen diagnóstico. Todos los franceses que conocí en el vuelo fueron exactamente iguales. Pude preguntar algo en francés y me entendieron, y con eso tuve suficiente. Bajamos en el aeropuerto Charles de Gaulle y corrimos de un lado al otro para pasar por migración y alcanzar nuestra conexión a Madrid. Seguimos durmiendo. Sentí un enorme alivio al dejar atrás el avión francés y saber que, hasta por lo menos una semana más, no tendría que tratar con más franceses.
Poquito a poco

Siempre que me pongo a hacer narraciones mínimas de mis viajes, acabo debiéndole a mucha gente. Al llegar a la oficina, por supuesto, me recibieron dos semanas de retraso en correos electrónicos, reportes y demás. Cansado.

Sin embargo, prometo que poquito a poco se verán las narraciones. Hasta ahora, el primer día y medio, para que no se nos olvide.

8.3.04

Ya ganó

Como buena presumida que soy, presumo que gané el concurso de minificciones-homenaje a Julio Cortázar de Fatal Espejo.

(Estoy que me muero de contento, je)

Les presento ahora el tepzto ganador. Se recibirán comentarios con harto gusto.

Instrucciones para contar un cuento

Acuéstese sobre una cama cómoda que pueda convertirse en barco. Arme barricadas de almohadas en todas las esquinas. Ponga la cabeza en la piecera y comience a mecerse, pasando de la calma a la violencia. Deténgase. Colóquese sobre el ojo derecho o izquierdo (a discreción) un parche y, en el costado inverso, una espada en bandolera. Saque su catalejo y busque a las huestes enemigas.

4.3.04

La primera jacaranda

Hace varias semanas, de regreso de una junta en Cuautitlán Izcalli, vi una jacaranda florida. En medio del calor, del cansacio por la reunión y lo que venía, me sentí un poco más viva. Más yo. Fue feliz.

La semana pasada, quizá el lunes, me levanté de mal humor (como es mi costumbre). Mientras el Duque y yo bajábamos las escaleras del Castillo de Chuchurumbel, completamente modorros, hacia el brioso Alien, la ví: una flor tirada en el piso de mi edificio. Estaba declarado el inicio de la temporada.

Uno de mis colores predilectos es el morado o lila. Siempre me ha parecido magnífico, festivo, lleno de gracia. Durante mi adolescencia y temprana juventud (je) la lluvia continua de jacarandas que se replica en cada calle de Guadalajara me hizo amar profundamente mi ciudad y los recuerdos que me trae.

Cada día hay más flores moradas en el suelo. No tantas como las que se acumulan en Avenida La Paz, o en la Colonia Americana en general, pero muchas. Siempre es lindo compartir parte de la emoción colorida, tener la oportunidad de revivir el momento. Siempre es lindo.