15.7.13

Cosorristas

Durante los meses de verano, uno comienza a protegerse de cosas diferentes de lo que se protege usualmente. Son preocupación el sol, las altas concentraciones de mercurio en ciertos pescados, la celulitis, la barriga que es inconfundible en bañador, las resacas a mitad de semana, las olas demasiado altas o los comportamientos de "riesgo" dentro del mar que puedan ahogarte...

Era sábado, inicios de julio, en Sant Pol de Mar. En la playa junto al parque, a las seis de la tarde, una familia se bañaba y tomaba el sol. Madre, padre, hija de siete/ocho, hijo de cuatro/cinco. Yo intentaba concentrarme en la lectura de un cuento bajo el sol de la tarde y el viento fresco. Los niños hablaban fuerte. Primero ella: "¡Anda, mamá!... Tú nunca quieres meterte al agua... ¿Alguna vez te metías al agua? ¿Cuando eras niña? ¿Y no querías que tu mamá se metiera contigo, ¿ver?". Escuché el chantaje, pero no la respuesta. Los decibeles de la madre eran mucho más bajos que los de la hija, que después de un rato se cansó y se fue a nadar en el agua transparente.

A veinte metros detrás, los socorristas de la Cruz Roja recogían los bártulos después del día de trabajo. Se escuchaban carcajadas mezcladas con el agua que lavaba el suelo de su chiringuito. El cuento del hombre que pensó que estaba en una playa naturista y fue invitado, correctamente, a ponerse los calzoncillos o a regresarse a su casa. Más risas. Más trajín.

El niño los estuvo mirando. Volvía a su juego de arena y luego los miraba. Se fue a bañar con su hermana y después, cuando los de la Cruz Roja se habían ido, preguntó a su papá - a voz en cuello: "Papá... y ahora que se han ido los cosorristas, ¿qué pasará si a alguien le pasa algo?".

Había duda genuina, pero no preocupación. Al final y al cabo, él estaba con su papá, que todo lo sabe. El hombre contestó, pero tampoco oí la respuesta. Seguí sintiendo el sol de tarde en mi espalda y reímos, pensando en los "cosorristas". En verano, en la vida, a veces, los cosorristas desaparecen. O uno se esconde de ellos: ya sea la ciudad, el móvil, el equipaje que puedes traer a los treintaitantos años. Y es a veces en ese escape cuando te acuerdas de quien eras. Cuando dejas de protegerte, te toca el sol, la brisa, llegan las lágrimas, las risas, el deseo, el olvido. Todo llega, como las olas. Y se va, como las olas.

Y sonríes en lugar de tener miedo.

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