26.7.09

Nombres, nombres, nombres

Me fascina aquel lugar común de que "nombre es destino". Me impresiona que la gente a veces te juzgue por tener el nombre que tienes. La semana pasada algún desaprensivo me dijo a gritos: "mira que hay que tener cojones para escribir tu nombre como lo escribes...".

En realidad - y se lo dije - la que los tuvo fue mi mamá. La que se buscó durante noches un nombre que le hiciera sentido para una hija: Cinthya, también conocida como Artemisa, Diosa de la Luna, hermana de Cintio, o Apolo. Las grafías se multiplican. La posición de las i/ys y el uso de la h parecen ser más bien designios de esos personajes oscuros que trabajan en los registros civiles. No en mi caso, no. Mi mamá sabía perfectamente cómo quería que se escribiera.

También sabía que me quería compartir la primera parte de su nombre compuesto, Ana. En mi familia, como en muchas otras latinoamericanas, es costumbre eso de los nombres mixtos - tan irremisiblemente telenoveleros. A mí me ha encantado durante toda mi vida ver cómo mi identidad puede mutar en función de mi nombre: cómo hay quienes me recuerdan por Ana, quienes por Cinthya, por Ana Cinthya, por Cin, por Cindy, por Cinthyana.

Llegado el momento de construir el nombre artístico, creo que me publicaré por ahí como "Ana Cinthya Uribe", como lo hacía en mis años primigenios en el periódico. Parece que soy una persona seria. Parece que soy una persona muy formal y todo.

Sin embargo, tengo que decir que últimamente me encuentro con una sensación muy particular. Mi nombre, como mi estructura física, nunca han llamado especialmente la razón. Cierto es que en México no hay muchísimos Uribe, pero tampoco es difícil de pronunciar o de recordar. Es un nombre, como cualquier otro. Que nunca me ha traído ni más ni menos identificación con ningún territorio. Vamos, nada como lo que cuenta Obama que le sucedió la primera vez que llegó a Kenia: que por primera vez en su vida, nadie se sorprendió ni escribió mal su nombre: "the comfort, the firmness of identity".

Desde que llegué a España, a Barcelona, ha pasado de todo con mi nombre. No sólo que no lo sepan escribir: hay quien directamente me lo catalaniza a un "Cinta Olivè". Pero no, soy "Cinthya Uribe". Lo otro que pasó fue que conocí colombianos y, por primera vez, me encontré con gente que se llamaba como yo de apellido - vamos, que por ahí un amigo es novio de una "Ana Uribe" que no, no soy yo.

Y Ana es quizá el nombre con que menos me identifico. Lo escucho en boca de algunos amigos, de algunos chicos que se quisieron hacer interesantes y llamarme como no me llamaba nadie. Y es el nombre que funcionó hoy como pretexto para que mi madre y yo nos habláramos por teléfono para decirnos que nos queríamos, que felicidades en nuestro día (sí, el 26 de julio es día de Santa Ana) y qué ojalá podamos vernos pronto.

Los nombres siempre sirven para algo. Como por ejemplo, para provocar estos encuentros.

(Este texto está lleno de palabras domingueras. Es lo que pasa por escribir en domingo).

2 comentarios:

Gatito Biónico dijo...

Me encantó el post del nombre. Lo compartí contigo.
Besitos tocayita!

Cin dijo...

Ves, tocayita... ¡más encuentros! Gracias por la visita. Mejórate.