La foto es de Isaac Meier / Nació Digital |
El día del homenaje (que se puede ver completa en video aquí) me tocó honrar entonces la vida familiar. Y, citando a Voltaire, desde que se fue le debemos ya no respeto, sino la verdad. La verdad es que nos falta cada día y es difícil explicarnos que no esté. La mejor explicación sin duda la tiene uno de sus nieto y además ahijado, David, que una noche semanas después de la muerte de Xavi declaró: "¡Mamá! ¡Ya sé por qué Xavi no puede venir! Se fue con la silla de ruedas a las estrellas y las estrellas esas no tienen rampa... por eso se quedó allá".
Y es que Xavi estaba con nosotros en la vida cotidiana. Nos falta su risa, su silla, todo él. Malena, otra nieta, me envió horas antes del homenaje este poema (la traducción es mía) que explica cómo se siente.
Xavier quan tu vas morir Xavier cuando moriste
no va a ser el millor moment per mi. no fue el mejor momento para mi.
Sé que em vas a estimar Sé que tú me quisiste
però el teu cor me'l vaig quedar. y tu corazón me lo he quedado yo.
El teu cotxe vermell Tu coche rojo
jo sempre el tindré. siempre lo tendré.
I a tu, el Xavier Vinader Y a ti, Xavier Vinader
sempre et recordaré. siempre te recordaré.
Quizá con esas dos imágenes, dadas por los niños, quedaba claro lo que estábamos sintiendo los adultos. Pero yo me había preparado también algo que reproduzco aquí - y se queda aquí, como Xavi se quedará igual.
* * *
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Entre las muchas
cosas que perdimos el día que Xavi se fue está nuestra casa. Y digo nuestra
casa porque ese piso de Plaça Tetúan era suyo, pero también lo más cercano a un
hogar común para muchos de nosotros. Hace apenas un par de semanas, leyendo la columna de Francesc Viadel que marcaba un año de ausencia, me di cuenta una vez
más cómo somos muchos los que tenemos un recuerdo compartido y no sólo una
pérdida común. Al leer sus palabras imaginaba que muchos, al hacer un esfuerzo
y cerrar los ojos, podríamos ver con claridad de nuevo la última imagen que
tenemos de este lugar: franquear la pesada puerta de la entrada, contar el
número de escaleras hasta el tercer piso o escuchar el lento quejido del
ascensor, trazar los pasos que hay de la puerta de entrada a la puerta de la
biblioteca, observar la sombra que dibujaba el ficus sobre el salón o la
galería, saludar a los héroes de guerra de papel de chocolatina que colgaban de
las paredes del comedor, escuchar la tetera crepitar sobre el fuego o sentir el
olor de la menta mezclada con el té… Entrar a esa casa era como traspasar las
fronteras hacia una especie de tierra de
todos (nunca
tierra de nadie) donde todo era posible: un espacio donde igual se resolvían
conflictos internacionales; entraban ladrones y policías; se fraguaban planes
para banquetes pantagruélicos o se planificaba con cuidado y alto sigilo la
ruta que tendrían que seguir Papa Noel o los Reyes la próxima navidad.
Ahí, entre todos
esos libros, cartas, archivadores y discos compactos también estábamos todos: clasificados
en medio de ese caos aparente del que nadie tenía ni idea, nadie más que él.
Porque además de papeles y objetos varios, Xavi se había rodeado de un banco de
referencia viva, cambiante, intensa. Algunos visitantes eran documentos de
referencia de uso puntual y otros, por voluntad o por sorpresa, nos quedamos
ahí, como una especie de inventario fijo. Y así como los libros de Xavi o sus archivos
tienen sentido como una colección, como un todo, así nosotros tenemos sentido
reunidos entorno a él y a su memoria. No es que sin él no podamos existir, es
que sin él no nos hubiésemos encontrado. Sin sus oficios, sin su interés por casi
todo y en todos sitios, no se hubieran creado alianzas imposibles que podían
tanto delinear una exclusiva periodística como resolver un caso policial o
sanar un corazón roto. Porque en esa casa, detrás de esas puertas, podía pasar
cualquier cosa.
Y entrar a la
vida de Xavi era un poco como entrar a su casa, por estancias. Primero en los
espacios del trabajo, después en las cenas, en el Xampu Xampany, en las
tertulias con los amigos compartidos. Nos une en torno a él el asombro
compartido ante un hombre que tenía una mirada y unas preguntas más efectivas
que cualquier suero de la verdad. Nos une en torno a él su capacidad de
encontrar gente que supiera contar una historia, o tener una historia o ser una
historia: humanos que ejercieran de humanos, con contradicciones, miedos,
logros, esperanzas. Con secretos por descubrir.
A Xavi le
encantaban los secretos – las balas en la recámara, que decía. Su casa era un paraíso
de escondites y sorpresas: lo saben mis sobrinos que encontraron algún día
debajo de su escritorio los chocolates
buenos, lo sé yo que encontré ahí la familia que me faltaba. Lo saben los
muros, que deben de haber escuchado más historias de viva voz que las que
esconden los libros que se recargan sobre ellos.
Me invitaron hoy
a participar en este homenaje como parte de la familia extendida, elegida que
tenía Xavi. Cuando me escribió Toni Travería para que le explicara mi
vinculación con él, me quedé un poco muda. Y me dio por reír porque me gustaría
preguntarle a Vinader. En sus palabras, yo he sido su exalumna, la encargada de
telefonía, audiovisuales y nuevas tecnologías, la delegada de cocina mexicana,
una zascandila que debería dejar de
hacerse la loca con la vida académica y la crónica de vida cotidiana para
comenzar a hacer periodismo del de verdad;
e incluso su hija, en una broma que luego se convirtió en leyenda urbana. Y me
gusta pensar que era un poco su hija – la que llegó crecida del otro lado del
mar para discutir con él, enseñarle slang
y cocina mexicana y buscarle libros y películas del Santo. Y me siento un poco
su hija porque tuve la fortuna de que las estancias de la vida de Xavier, como
la casa de Bailén, se me abrieran una tras otra. Tuve la extraordinaria suerte
de que le hiciera gracia adoptar a una mexicana autoexiliada a la que le hacían
falta rituales familiares. No sólo me dio un lugar donde pasar los domingos y
festivos, sino una familia completa: madre, dos hermanas, sobrinos, una
cantidad extraordinaria de amigos y conocidos y una sensación de segunda patria
a la que volver. Porque, él lo sabía, si Barcelona era mi casa mucho tenía que
ver con la posibilidad de dejarme caer frente a él en el sillón cuando sentía
que me faltaban las fuerzas, o debatir hasta resolver algún asunto que no
parecía tener final.
Y hablando de
cosas que parecen no tener final, acabo - sólo me falta reclamarle a Vinader
haberme ganado hasta la última discusión: hace años, para hacerme rabiar,
apostó a que él no vería que yo terminara la tesis doctoral, y que nunca me
iría de Barcelona. La tesis doctoral la defendí en enero y me hizo mucha falta,
como nunca antes. Y, aunque ahora no vivo en Barcelona, le concedo esto: cuando
miro a los balcones del piso de Bailén o los recuerdo en la distancia, estoy
convencida de que esta ciudad siempre será parte de mi historia. Que esa casa,
la suya, siempre será la mía: aunque la conserve solamente en mi memoria.
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