4.9.12

Promiscuidad

Vivir en la ciudad más densamente poblada de Europa tiene un pequeño qué cuando se trata de ruidos a través de las paredes u olores que se escurren por las ventanas. Cada edificio tiene por lo menos cinco familias vecinas que, quizá sin conocerse, se telegrafían de un piso al otro todas las noches su tránsito: de la habitación a la sala de baño, de la cocina al pasillo, de las escaleras al dormitorio.
Y a veces, a las horas de cocina, hay un pequeño martirio inflingido de una ventana a otra: en algún sitio huele a ajo y cebolla sofriéndose en aceite de oliva; en otro, al punto de hervor de unas albóndigas en salsa de tomate; más allá, a la salsa de soya u ostras que los vecinos utilizan para condimentar un pescado...
Sabes entonces de los otros lo mismo que ellos saben de tí. Y a veces, de la manera más básica, se despiertan en tí esas pequeñas y casi inofensivas envidias: de la pareja de vecinos que suben a casa riéndose a carcajadas, del equipo de sonido con bajos perfectos, del plato de comida caliente que comerá el de más allá...

2 comentarios:

Ariadna Valdés dijo...

También tiene su lado incómodo que no puedes envidiar: al padre que golpea a su hija de 15 años; el bebé que llora toda la noche; la pareja que pelea a gritos y se avienta cosas...

Yo, sobre todo, envidio las fiestas que hacen los vecinos y a veces los platillos complicados que guisan.

Tita dijo...

Conozco perfectamente la sensación, se me quedó grabado el olor a aceite de oliva que se colaba por los patios internos de los edificios de Madrid, lo invadía todo y daba una sensación extra de calor, fuera la época que fuera. Después, poco a poco se fueron colando los nuevos olores, los exóticos, de la mano de los nuevos vecinos, con sus curris y guisos paquis. Ahora en Buenos Aires, cuando yo apenas voy por el segundo café ya huele todo a bife de vaca en cualquiera de sus manifestaciones, ja ja ja!