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13.11.15

Una fotografía para volver

La agenda de los días que estaría allá se veía complicada, pero en cuanto me enteré que Dani tenía un proyecto de tomar fotos de amigos en Barcelona le mandé un mensaje. No era en lo absoluto una acción altruista: aunque me pone muy nerviosa que me tomen fotos (casi tanto como que me saquen sangre), desde el día hace casi un año que comencé a pensar en mudarme de la ciudad que es mi segunda casa pensé que no tengo ninguna (o casi ninguna) fotografía con la ciudad de fondo.
Yo... en casa...

En Barcelona fui turista lo justo: 48 horas en marzo de 2004, con fiebre y compañía extraña para recorrer la ciudad que me hizo decidir, en ese momento, que no era una ciudad que me gustara. Así y entonces sin saber que apenas un semestre después estaría aterrizando con una tremenda maleta para quedarme "nueve meses, en lo que termina el máster" y no a ser turista sino a enamorarme y ver cómo se me metía la ciudad en la piel sin darme cuenta.

Los nueve meses se me convirtieron en once años. El máster se me convirtió en dos másters, un postgrado y un doctorado. Y muchas otras cosas. Y esa ciudad, la que no me gustó, la que recorrí la primera vez bajo la bruma de una fiebre de 38 grados se convirtió en parte literalmente de mi piel.

Dani accedió a tomarme la foto en mi ex barrio. Y, de la misma manera que me pasa con las inyecciones, siempre me doy cuenta es más la manía que les tengo. Se me olvidó el miedo, bajé los hombros y sonreí y en dos clicks - literalmente - la foto estaba hecha. Nos fuimos a tomar un vino y a hablar de los fotos, de los viajes, de ir y volver. Hablamos de su proyecto y me dijo una verdad como una catedral: su reto es terminarlo - es tomar esas 100 fotografías. No quedarse a la mitad - como uno se queda a la mitad con tantos proyectos.

Vuelvo pues a mi ciudad nueva, a mi sala nueva, a mi idioma nuevo, a mi vida nueva. Y la fotografía que me regaló Dani me muestra quién soy aún, ahí: no una visitante, ni una turista - alguien que pertenece a ese paisaje. Y que lo que necesita, también, es volver a acordarse quién era y, por ejemplo, regresar a escribir.

+ + + + +

Para ver más fotos y saber el proyecto de Dani hay que visitar su blog:

23.9.15

Yo sólo quiero bailar (59)

Las redes sociales ahora te recuerdan lo que tienes que recordar: te muestra tus fotos de hace años, las cosas que estabas haciendo, cómo y cuándo, qué pensabas, dónde estabas. Y resulta que al parecer el 23 de septiembre es un día muy movido en mis recuerdos digitales: a través de las redes sociales de pronto me vi en un congreso en Amberes, terminando otro en China, cocinando, visitando Venecia, enamorándome y no...

Este 23 de septiembre volvíamos a estar en casa. En Barcelona como la casa de todos, de la familia internacional, como la llama Vladimir. Todos juntos, celebrando que ahora tenemos casas y responsabilidades y tenemos que terminar las tesis y trabajamos en otros lugares del mundo... pero nos seguimos queriendo igual.

Corrió el cava. Sin límite. Y después decidimos bajar a bailar: bailar como hacía literalmente años que no lo hacíamos. Y me acordé de cómo vamos a bailar nosotros, cómo nos hicimos amigos: bailamos como si nadie nos estuviera viendo, ni nosotros mismos. Como si mañana no existiera. No es una cuestión de alcohol, ni de drogas. Son ganas puras de reirse, de tocarse, de moverse, bailar, estar.

Llegué a casa a las 4:30 de la mañana cansada, con hambre, con la noción de que quizá hoy me dolería el cuerpo y hasta la cabeza. Pero feliz - en la casa, en nuestra casa, con la recuperación de mi vida... no a través de las fotos en las redes sociales, sino a través de reirme y estar con la gente que hace de esta ciudad mi casa.

La tesis: hoy casi me entró la angustia verdadera de querer volver a leerlo todo. Y también pude preveer cómo tendremos una fiesta el día la entrega final. Que llegue por favor, que llegue.

16.9.15

Familia (66)

Todo el día esperando para ir a sentarnos alrededor de una mesa y contar cómo fueron las últimas semanas. Todo el día haciendo las cosas de los días normales - trabajando, escribiendo, atendiendo a los demás... para llegar y acariciar al perro, reírse, abrazarse. Todo el día para tomarse un selfie tan feo que no se lo mostrarías a nadie pero que guardas en tu móvil porque te acordarás de este día. El día de la vuelta. El día de verse después de más de un mes. Y que parece que uno se hubiera visto el día anterior.

Y salir, tomar el metro y volver a casa con sensación de que estuviste en casa porque la casa son ellos: no las cuatro paredes que te rodean.

La tesis: sigo con horas largas en la biblioteca. Es maravillosa. Me hace tener vergüenza de estar viendo gatitos y trabajo más. Es lo que sucede.

25.8.15

Cumpleaños extendido (89)

Miss M. cumplió años el domingo pero no lo celebró ese día porque el lunes tenía una entrega en el despacho. Y trabajaron de corrido hasta las cinco de la mañana en reportes, diseños, maquetas y animaciones en tres dimensiones. Con los años, he descubierto que los arquitectos y yo tenemos muy buena relación en parte porque sabemos trabajar muy bien bajo presión: es más, de hecho, necesitamos la presión de la fecha de entrega para entregar.

Los gin-tonic celebratorios
El día en casa transcurrió raro, pero bien. Fueron arreglándose poco a poco los problemas (ya hay agua caliente, ya tengo una nevera que funcione, bajé a comprar un par de cosas al súper mercado, pero siempre puedo comerme algo en el bar de la esquina) y, sorprendentemente, trabajé. Parece que el hecho de que la instalación de Internet esté tardándose no es tan malo: por lo menos me permite concentrarme en la traducción y he avanzando a paso firme, creo. La ventaja de estar traduciendo es que me encuentro los errores de concepto o redacción y puedo irlos cambiando. Es increíble cómo cambia este capítulo al anterior – el tono, mucho más narrativo, me es más natural. Habrá que ver si puede ser tan narrativo el tono de una tesis hecha con entrevistas a profundidad.

En la noche, había planes de salir para celebrar el cumpleaños. Salí con todo el tiempo del mundo, quería ver la ciudad: caminar por el Raval es más como estar en casa y me acordé de la gente que se ha ido y vuelve cómo siempre hablan de esta sensación extraña de que tú ya no eres el mismo y la ciudad parece que se haya quedado igual.

En la celebración de Miss M., con la Cómplice, corrieron las risas, las anécdotas, el gintonic. Se colaron las tesis de las dos y las observamos con la visión descarnada de una fecha de entrega: si nos hubiesen puesto esta fecha límite hace dos años, la tesis estaría entregada hace dos años. Jugamos con el tiempo, con las cosas que podíamos hacer, con todas las demás opciones… y ahora tenemos la angustia de que hay que hacerlo ya. Pero, lo dijo ella y me lo dijo hace años quien fuera mi primer editor: “es una cuestión de que te sientes a escribirlo. Claro que puedes. Te he visto hacer seis o siete notas por día. Sólo siéntate y hazlo”.


La tesis: pues eso, como a la mitad del segundo capítulo, de traducción. Justo ahora espero la reunión con mi director de tesis – le temo, pero me parece que es el primer paso para acabar. O algo.

22.7.15

Descubre Más

Era como el #crazylocotour de nuevo. Mientras me preparaba la comida, recibí un mensaje de Luis, que me decía que estaría en la ciudad por unas horas. "Estamos en un restaurante que se llama Bazaar. ¿Le caes?". Era cuestión de terminar el almuerzo, ducharme y salir para allá. Lo de trabajar en casa a veces desordena las horas normales, por más que estés viviendo en un país con pautas claras en la agenda. "En un ratito llego". Un ratito. Ahorita. Uno sigue siendo mexicano siempre, siempre.

La última vez que vi a Luis fue hace unos diez años en una productora de audio donde ambos habíamos trabajado, en diferentes momentos. Antes de eso, habíamos estudiado juntos el último año de la preparatoria. Teníamos en común horas de discusión en clase, el escándalo del albercazo del último día, el sentimentalismo que le da a uno cuando tiene 18 años y siente que le toca hacerse grande. Gracias a las redes sociales, en los últimos años habíamos estado en contacto. Yo admiro su manera tan clara de hacer comunicación, su timbre de voz increíble haciendo podcast y su ánimo explorador. El año pasado fue desde Ciudad de México hasta la última punta de Alaska en su motocicleta y contó la historia de su recorrido - "Pa'l norte" - en blogs, videos y audios. Me pasó también un contacto para que comenzara (yo) a escribir de nuevo en una revista en línea mexicana. Vamos, que nos íbamos siguiendo la pista en la red... y un día descubrí que estaba metido en un concurso para convertirse en la cara de Harley Davidson dando la vuelta a Europa.

Gracias a su experiencia, su manera de ser, su pasaporte francés, su buen rollo, su manera de contar historias... consiguió el trabajo. Y tiene un par de meses recorriendo todo Europa, encontrándose con riders de Harley Davidson y contando la historia de su viaje, que es maravillosa. Nos encontramos hoy en el "behind the scenes". Sus cámaras no estaban, sólo su primo que había venido durante unos días. Y teníamos una hora para contarnos la vida de los últimos 20 años, más o menos.

Medio nos contamos la vida pero, sobre todo, nos miramos. Nos miramos con cariño, con el gusto que da encontrarse una cara conocida y saber que, después de todos estos años, ese otro está bien. No se necesita otra cosa, ni siquiera haber sido grandes amigos (nosotros no lo éramos): vale ese momento de conexión - porque te reconecta con quien eras y quien eres.

Discover More. Ese es el slogan de la campaña de HD bajo la que está trabajando Luis... y ha descubierto mucho, me consta. Sentados en un restaurante de la calle más hip de mi nueva ciudad, me hizo consciente que era mi primer visitante en mi nueva ciudad. Y eso, de alguna manera, me hizo sentir más en casa.

Descubrir más también es mirar a las orillas: justo en la esquina del lugar donde nos encontramos, hay un letrero luminoso azul con aquella famosa frase de Andy Warhol: "In the future, everyone will be famous for 15 minutes". Luis será famoso por mucho más de 15 minutos, para mi y para mucha de la gente que se cruzó en su camino. Y estoy segura de que este - que él llama el mejor trabajo del mundo - le traerá muchas más cosas de las que espera.

(Para seguir el recorrido de Luis, hay que ver el blog de Greatest Rides, seguirlo en Twitter y buscarlo por ahí... por ahí estará).

18.4.15

Una en docemil

Soy la única hija de mi madre. Y ayer, a diez mil kilómetros, estaba haciendo hasta lo imposible por descubrir qué era lo que me estaba pasando. A través de la cámara, me pidió que me tomara la temperatura, que le enseñara mi lengua, que le contara mis idas y venidas. No sé quedó del todo tranquila, pero llegó a la conclusión de que lo que tenía era un resfriado y había que esperar a que me pasara.

Sé de muchas madres y padres que todos los días intentan saber, a como dé lugar, qué es lo que les está sucediendo a sus hijos. He visto la angustia en los ojos de algunos que los escuchan llorar por un cólico infinito o no saben muy bien por qué reaccionan sus pequeños como lo hacen ante ciertos ruidos, ante ciertos impulsos. Todos los que han sido padres, los que hemos deseado o imaginado ser padres, sabemos la angustia del no saber, la necesidad de hacer algo.

Judith, una de mis hermanas catalanas, trabaja haciendo una cosa maravillosa: es genetista y todos los días en el Hospital Sant Joan de Dèu, un hospital para niños en Barcelona, intenta saber más sobre una enfermedad rara: el síndrome de Rett. Una en cada doce mil nenas nacerá con este síndrome, una enfermedad neurológica grave de origen genético. Es la segunda causa de retraso mental profundo en niñas después del Síndrome de Down. Judith me ha contado cómo le llegan muestras genéticas de todo el mundo para analizarlas y también me ha contado del camino de madres y padres que hacen todo lo que está a su alcance para saber más de la enfermedad, para poder detectarla y saber que efectivamente es este síndrome el que tienen.

Esto es un anuncio: todos hemos pensado alguna vez en ayudar para algo. Ahora quedan tres días para alcanzar una meta de 15.000 euros que necesitan para seguir investigando el origen genético de la enfermedad. Me imagino a mi madre, que ayer necesitaba saber qué tenía y pienso en los padres de estas nenas, que todavía no tienen la oportunidad. Esta es la posibilidad de ayudarles en el camino.

Para donar a la investigación, haz click en este link. Para saber un poco más, mira este video donde sale Judith explicándolo. Gracias por leer.

17.2.15

Con B

De Búho. De Blues, Banda, Bajo, Bongo y Bandoneón. De Brisa, Bruma y Bullicio. De Barcelona, Bogotá, Brasil, Berlín y Belén. De Blanco, Brazo, Borrego, Buñuelo, Boniato. De Brillante. De Brújula. De Barco, Bravo, Bosque, Bello. De Borbotón, Bólido, Bus, Bulldog, Bollo. De Barrio, Basta, Biombo, Boreal, Barro, Barba, Brazo. De Buceo, Brasa, Beso, Bahía, Bucle, Bambú, Bañera. De Biblia, Bigote, Bocanada, Bejuco, Boleto, Buzo, Brahmán, Bruñido, Barriga, Beligerante, Bicho, Batallón. De Bueno, Bienaventurado, Bendito, Buscado, Bonito, Bebé.

De Bienvenido.

De Bruno.

(Gracias, compadres, por compartir la luz de sus ojitos puros).

6.11.14

Amsterdam y el sol de noviembre

Hacía sol. Era un poco insólito que un primero de noviembre en Amsterdam fuese tan soleado, pero estábamos por ahí, caminando, sin necesidad ni siquiera de un abrigo y con sendos lentes de sol. No teníamos ninguna intención de simular que no éramos turistas: lo éramos y lucíamos con orgullo nuestros mapas, nuestras cámaras, nuestra sonrisa. Pasaba que también el resto de la ciudad era turista en su ciudad. Era todo tan poco usual, tan de primavera, que todas - absolutamente todas - las terrazas estaban tomadas por los locales. Lo sabíamos por la incesante cantidad de diálogos en holandés y porque la ruta que tomamos había sido diseñada por un local con la intención que nos perdiéramos en la ciudad verdadera, sin perdernos del todo la de cartón piedra.

Casi me atropellan por tomar la foto (una bici, por supuesto)
Mientras caminábamos, varias veces nos encontramos mirando las cosas a través de los lentes de nuestra cámara. En más de una ocasión yo paré en seco para fotografiar aquella pareja enfrente de un canal, la luz que caía entre los árboles, el abuelo que paseaba de la mano de su nieto que lo que quería era salir corriendo. Mis nuevos amigos me esperaban, con paciencia. Sabían que después de mi sería uno de ellos el que se quedaría atrás. Éramos turistas - lo sabíamos. Lo gozábamos.

Cerca del Dam pasamos por una tienda que se anunciaba como "la única tienda de souvenires rusos en la ciudad". Nos miramos con desconcierto... pero luego nos dimos cuenta que, por más que fuéramos vestidos de turistas, no podíamos seguirlo todo igual. Sí, veíamos la ciudad a través del lente, pero estábamos buscando la manera en cómo caían las hojas, cómo el otoño se instalaba en la ciudad a pesar del sol... queríamos conocer un poco más de esos amigos que habíamos hecho así, sin esperarlo, tan pronto. Eramos turistas... o más bien viajeros, disfrazados con la parafernalia de un halloween trasnochado.

Mientras caminaba de regreso al hotel-barco, envuelta en la bruma de una migraña, sufrí una transformación. Metí mi cámara en mi mochila, me ajusté la chaqueta y los lentes de sol, y comencé a actuar como local. Dejé de utilizar mi holandés rudimentario para intentar enterarme de las pláticas y más bien me concentré en el murmullo dentro de mi cabeza que me hablaba de cómo tengo tantos pedazos del corazón escondidos entre las calles de este país. Me olvidé de ver Amsterdam como turista y, justo pasando la Estación Central, me acordé que aquí también sé cómo sentirme en casa. A pesar (y gracias) al sol de noviembre.

11.10.14

Excursión

Anoche, a las dos y pico de la mañana, sabiendo que se me venía encima una especie de gran resaca moral, le mandé un mensaje a la Cómplice. "¿Me acompañas mañana a Sitges?". En pleno festival de cine fantástico, pasaban una versión remasterizada de los Gremlins. Hacía poco más de una semana que me había enterado y, en un arranque de optimismo, compré dos entradas de esas que uno compra esperanzado, ilusionado. Hace un par de días había hablado con la cómplice del plan y le pareció una idea magnífica... Pero yo, que luego hago las cosas demasiado de último momento, no le dije nada hasta anoche. Lo bueno es que la Cómplice es como yo - en tantas y tantas cosas - y no dudó un minuto.

Nos vimos temprano para tomar el tren - la ciudad todavía no estaba inundada de gente mientras caminábamos a la estación. Y fue en la estación donde comenzaron los recuerdos: todos esos meses yendo a Sitges, todos los días, a trabajar. Los años que han pasado desde entonces. La otra persona que iba y venía y que ahora no sé si reconozco aún cuando me miro al espejo.

Desde el tren, vimos los campos de verduras cercanos al Prat, los bañistas en la playa, el mar que todavía sigue vestido de verano a ratos. Hablábamos sin tregua de las sorpresas, de la necesidad de movimiento, de la inminencia de los retornos. A veces me sorprende con la Cómplice que, cuando le digo las cosas - cuando las acomodo en mi cabeza para explicárselas - es cuando las entiendo. Y entonces se me llenan los ojos un poquito de agua, y desbordan. Ella entiende porque también le pasa. Y no paramos, no logramos, parar de hablar.

Le conté cómo me servían esas horas de tren hace años para encontrarme - el tránsito diario, que acabó agotándome, también fue lo que me ayudó a entender quién era, en dónde estaba. Tantos meses yendo y viniendo que me dejé un pedazo del cuerpo ahí... y al llegar al pueblo descubrí que ahí estaba, esperándome. Recorrimos las calles que había visto tantas veces, vimos los bares aquellos, la orilla de aquel mar. Pedimos un café en una terraza llena de modernos, con sus hijos modernitos. Y nos quedamos nosotros también, moderneando. Vimos la película con cientos de personas que también la habían visto en casa, en un video. Nos horrorizamos un poco con las escenas que recordábamos y otro tanto con las que no.

Salimos después al pueblo y seguía siendo aquel sitio donde estuve - aunque hubiese cambiado en la forma, permanecía el fondo. Después de dos bares de tapas y una larga plática con mi gran amigo local, regresamos. Y otra vez, mientras mirábamos el mar, no podíamos dejar de hablar - de arreglar, futurear, esperar. Fuimos y volvimos de sol, del verano que se resiste a irse, del futuro que nos mira, aburrido, mientras nosotros decidimos cuándo entrar a él.

(Esta crónica es para la Cómplice, que le gusta ser cronicada. Y para el futuro, que necesita alguien que lo cuente, y hoy me parece un poco más cercano de lo que parecía esta mañana.)

2.10.14

Una cita

La primera vez que lo hicimos, yo no sabía muy bien qué esperar pero estaba confusa casi por todo y agradecía de buen grado cualquier guía. Ella me había ofrecido hacer eso por mi después de una reunión de trabajo a la que, creo, llegué con los ojos hinchados de llorar. Días después, sentadas en el café de un hotel, M. sacó una serie de papeles y comenzó a leerme mi carta astral. Sol en Capricornio, luna en Leo y luego un montón de cosas más que no dejaban de sorprenderme y de las que, la verdad, no puedo acordarme. Guiada por una serie de trazos, me explicó mi relación conmigo misma, con mis padres, con mis parejas, con mis trabajos, la situación en la que estaba, lo que me deparaban los siguientes años. Entonces comenzamos un diálogo - ella me preguntaba cosas y yo encajaba los detalles. Yo preguntaba algo y ella me daba la explicación. A partir de ahí hablamos de un millón de cosas más... y la consulta se extendió toda la tarde y me hizo creer, de otra manera, en el universo.

Durante muchos años antes de ese día yo le tuve miedo a los horóscopos y a la astrología en general porque eso de adivinar el futuro es pecado. Pero conforme fui creciendo y descubriendo que muchas de las cosas que son pecado también son muy divertidas, aflojé mi postura (mi luna en Leo, seguramente, obrando en mi favor). No se trataba de ser necia ni desobediente: descubrí que lo de mirar las estrellas así era otra manera de buscar preguntas... y por supuesto respuestas. Me divertía, pero sabía poco. Me dediqué a leer sobre ello. En algún momento de crisis en la redacción de un periódico, armada de un almanaque lunar, escribí los horóscopos un par de semanas hasta que contratamos a un astrólogo de verdad. Luego recibimos cartas pidiendo los míos: parece que mis "predicciones" eran tremendamente optimistas y eso, bueno, gustaba. Pero lo mío era totalmente amateur: M. sabe, de verdad, con seriedad. Y es magnífico ver en sus ojos lo que descubre.

Hace unos días nos volvimos a ver, corriendo. Habíamos dejado pasar un par de años entre la última consulta y esta vez, por primera vez, no llegué hasta ahí con una angustia. Iba en realidad a verla, a darle un abrazo, a pedirle un contacto de trabajo, a tomarme una taza de café, a hablar de todo lo que ha cambiado desde la última vez que salí de esta ciudad con un plan de viaje de dos meses y pico, a buscar algo que (ahora empiezo a verlo) en realidad llevaba en los bolsillos del pantalón. "Vas a buscar preguntas", dijo mi terapeuta. Y volví con las preguntas, con algunas respuestas, y con unas ganas locas de buscar más preguntas - because that's the name of the game, baby. Según hablábamos, M. me contaba de las cosas que están bien aspectadas y no en los próximos meses: de cómo mi personalidad dual se va a encontrar discutiendo cosas básicas. De cómo ahí mismo también aparece que mi madre estará muy bien y en el futuro, habrá cambios. Muchos cambios. "Lo único que puedo decirte es que veo movimiento... nada fijo, nada estático. Más movimiento. Ya luego tendrás años de calma pero ahora te toca moverte... y reconciliar lo que necesitan tu sol y tu luna".

Como siempre, acabamos riéndonos. "Tú tienes un rollo o un noviete por ahí". "Que no". "Que sí, que aquí hay algo". "Pues es que no". "En tu viaje". "Ah... en el viaje...". Entonces le conté una cosa que fue divertida y probablemente lo menos pensado/reflexionado que he hecho en mi vida - con lo que me reí y disfruté como nunca. "Ves... tu luna en Leo. Eso tiene pinta de lo pasaste muy bien. Y con cosas como esa, con algo así, te lo vas a seguir pasando muy bien". Me sonreí y aún me sonrío al escribirlo. Esté escrita en las estrellas o no, una predicción como esa no puede más que emocionarme.

25.1.12

Hablando de objetos punzantes

La idea de que pusieran agujas en diversas partes de mi cuerpo nunca, nunca me había hecho demasiada gracia. En general, las odio. La idea de tener que someterme a un análisis de sangre o, peor aún, una donación, durante mucho tiempo ha sido casi incapacitante.
Por lo tanto me sorprendí a mi misma cuando al final tomé hora en una clínica de medicina tradicional china y la respeté. Me subí a un autobús a tiempo, caminé con calma y llegué justo a tiempo. Justo cruzar el umbral sentí miedo. Agujas. Era todo en lo que podía pensar.
Mi terapeuta - mujer maravillosa y amiga querida - me sentó en una silla y comenzó a diagnosticarme un poco como si no me conociera de nada. Fue tirarme de la lengua y el llanto y la voz entrecortada que había guardado durante días y semanas salió. Había una pregunta en mi cabeza antes de llegar: ¿por qué voy? ¿con qué quiero que me ayuden?
La verdad es que no lo sabía (sé). Supongo que con todo.
Hablamos durante un rato grande de mí, de mi historia clínica, de la de mi familia. Después, me hizo acostarme en una cama de masaje y, a través de sus manos, comencé a sentir todos y cada uno de mis dolores. No lloré, pero casi - sentía mi espalda recogida como un caracol, mis manos tensas, mi cintura ligeramente desplazada. No era dolor lo que me pedía el llanto - era la certeza de lo mal que a veces trato a mi cuerpo, que desesperado intenta decirme que hay cosas que no, no estoy haciendo bien.
Después, me pidió que me pusiera boca arriba. Y supe que tocaba que me pusieran las agujas. Pánico. Me da mucho miedo, pero no me gusta que la gente sufra de más cuando tiene que tratarme. Asi que cerré los ojos. Y sentí los pinchacitos en mi frente, en mi cara, en mi pecho, en mis manos, en mi estómago, en mis piernas, en mis pies. Sólo me hizo daño franco uno, que mejoró en cuanto ella lo movió un poco.
Y me dejó ahí - oliendo algo, sintiendo el calor en mi cuerpo y tratando de no moverme. Concentrándome en mi respiración. Sintiendo mi estómago subir y bajar. Descubriendo cómo si bien las agujas no estaban desapareciendo, sí dejaba de percibirlas, de pronto.
Con los ojos cerrados, pensé en mi casa - en las cosas que ya no me gustaban. En su vista espectacular y sus ventanas que cierran mal. En toda la gente que ha compartido conmigo ahí. En los momentos buenos y malos. Comencé a pensar si realmente me gustaría irme de ahí - aunque sé que un día más pronto que tarde quizá tendré que irme. ¿Qué era lo que estaba mal?
Moví un poco la pierna y un calambre me recorrió de un lado a otro. En reflejo, moví la mano opuesta - la derecha - y pasó algo similar. Respiré de nuevo - con los ojos abiertos. No veía nada. Pero me veía cambiando esa casa que tiene mucho que darme aún.
D regresó y me quitó las agujitas - ya sin dolor. Hablamos un poco y me dijo que tenía dos posibilidades: que me diera un sueño tremendo o una energía grande por canalizar. Le dije que había resuelto que lo que no me gustaba era mi cama. Quedamos de vernos pronto.
Regresé a casa y, después de comer, entré a mi habitación... y comencé a desarmar la cama. V, mi compañero, fue a ver qué pasaba. "¿Quieres que te ayude o prefieres hacerlo sola?". Quería hacerlo sola. Terminé de romper la cama en mil pedacitos de madera y puse el colchón contra un muro. Cambiamos después los muebles de la sala ahí y lo convertí en un estudio. Esta noche duermo en otra habitación.
Muchas cosas están cambiando: mi alrededor también necesitaba su propia revolución. Quizá acicateado por esos objetos punzantes.

29.9.11

Lo mismo, pero no

Entré a la función de las 18:00, de las 19:30 y de las 22:20. La segunda película la alcancé ya comenzando. Entre la segunda y la tercera tuve una hora para pasearme por el centro comercial sin saber qué comer que no afectara el régimen, luego entré al super mercado y me fui caminando hasta la orilla del mar. Ahí cené mi cena de supermercado - con el fondo del sonido del oleaje y la voz de mis amigos, a los que llamé para contarles que había ido a tres sesiones de cine seguidas.

Mientras regresaba - en un taxi, sola también - me dí cuenta de por qué los había llamado si esto antes para mí era normal: necesitaba hablar con alguien, contarle todas las ideas y las cosas y las imágenes que me habían generado en la mente las otras imágenes en la pantalla.Yo antes hacia esto, pero siempre con los amigos de la universidad, con algún novio... tres sesiones en solitario pueden ocasionar un grave cacao mental.

Sigue gustándome ir al cine sola. Pero creo que para tanto estímulo necesito un sparring. Alguien a quien contarle lo que ví. Como al que lee este blog.

7.8.09

La tocaya y los dramones preadolescentes

Tengo una tocaya com-ple-tí-si-ma. No nada más se llama Cinthya, sino que se llama Cinthya. Sí, sí, sí. La misma grafía. Bien bonito. Nos conocimos hace muchos años en un concursillo por ahí en Hermosillo (y nos reencontramos en Pachuca) y me encanta verla en mis recuerdos con su sonrisota y su buena vibra permanente.

Tiene tanta buena vibra permanente la querida tocaya que aunque la tienen encerrada en un hospital en Glasglow (donde se está recuperando de un accidente horroroso que -gulp- casi me deja sin tocaya) se la pasa escribiendo en un súper blog donde cuenta muchas cosas de lo que ha pensado de la muerte, los accidentes, el hospital de Glasgow, su recuperación y todo.

Total - ayer en su blog contó la historia del día que estaba convencida de que se iba a morir. Se cortó el bracito con un vidrio y se le veía el hueso y le salía harta sangre. Y estaba segura que hasta ahí llegaría todo. A los 11 años.

Yo prometí, en correspondencia, contar mi propio dramón. Tendría, no sé, digamos nueve años - pero creo que eran ocho. Había terminado de leer algo así como mi cuarta novela que, por supuesto, era toda la saga de "Mujercitas" de Louise May Alcott. Sí, claro, en la que Beth muere de fiebre escarlatina. Creo que en ese momento estaba perdida en "Corazón Diario de Un Niño" o alguna otra cursilada similar. Y de pronto empecé mala. Con fiebre. Me sentía mal. Y en las manos tenía como granos internos, algo muy chistoso y muy feo. No me dolía, pero se veía raro.

Como yo nunca pedía ir al médico, mi mamá me llevó corriendo con un doctor amigo que además era jefe de infectología de algún hospital. Me revisaron - temperatura, abatelenguas, reflejos - y me mandaron sentar. El doctor, tan tranquilo, le dijo a mí mamá: "Es un cuadro de fiebre escarlatina... le vas a dar esto y esto...".

Cuando yo escuché "fiebre escarlatina" dejé de oir todo lo demás. En serio, no oía. Estaba sumida en mi drama del "ya se jodió". Ya está todo perdido. Moriré. Intestada. Literalmente, joven y sin haber amado.

Aguanté el tipo hasta que llegamos a casa. Subí corriendo las escaleras después de tomarme la medicina - "qué estupidez, pensaba yo. Vaya manera de extender mi sufrimiento". Lo primero que hice fue buscar un papel bonito para empezar a escribir mi testamento. No quería que el apestoso de mi hermanito se quedara con mi grabadora - era para mi tía Martha, que sí me quería mucho. Total, así seguí un rato hasta que mi valentía dio paso al miedo y me puse a llorar con violentas sacudidas de por medio. Mi mamá me oyó y subió corriendo. Al principio intentó mantenerse seria, pero después no pudo evitar la carcajada cuando yo le dije que estaba segura que me iba a morir, como en la novela.

Tuvo que hablarle al doctor por teléfono para que me asegurara que de fiebre escarlatina no se moría nadie desde hacía décadas. Yo desconfiaba, pero decidí creerles. Y a partir de entonces mi mamá se volvió todavía más cuidadosa de lo que yo leía... con eso de que me lo iba creyendo todo...

9.5.09

Nota intermedia sobre Judith


Esta mañana fuimos a dejarte al aeropuerto. Fue caótico, raro, como ha sido todo en el viaje. Te tomaron la temperatura y te pusieron una etiquetita como si fuera campaña electoral. Y también nos reímos de eso hasta las lágrimas.

Qué lindo fue tenerte aquí. Que te adoptaras a mi familia, a mi tierra, a mi gente, a mi comida, a mis miedos y mis añoranzas. Qué lindo que quisieras verlo todo, probarlo todo. Que me ofrecieras apoyo para no tener miedo. Que te rieras conmigo de las contingencias y las mamás muy nerviosas que nos querían súper cuidadas. Que te tomaras todos mis remedios caseros. Que bailaras conmigo en esa boda. Que compartieras. Dicen mis papás que tienen una hija nueva, adoptiva. Yo ya te presentaba como mi hermana. Ahora por partida doble.

PD. Si nos dejamos de lado con los sentimentalismos, estaría lindo que comenzaras a prepararme una fiesta de bienvenida, je. ;).

La foto: Ju, con tapabocas y la torre latino de fondo.

6.5.09

Nota intermedia sobre Rigo


Me llamaron para informarme que te habías ido. Así. Como si tuvieras permiso. Como si ya nos hubiéramos visto, según lo que acordamos hace semanas por correo electrónico. Como si al fin hubiéramos tenido tiempo de ponerlos al día.

Ahora que deshago cajas de mi pasado, me encuentro con una libreta con notas de aquella entrevista casi fallida que te hice hace años. Estás en muchas de mis agendas. Y en mi memoria. Y en la portada del periódico. Y en este desasociego que me hace caminar de un lado a otro, nunca mejor dicho, como león enjaulado.

Me quedan muchas cosas de tí. El recuerdo de tu sonrisa, de tu buen humor, de un abrazo alguna vez que lloraba por los rincones. Las fotos que tomé de tus gatos con mi cámara réflex en tu casa de López Cotilla - sí, ahí, enfrente del chino. Me quedan también las ganas de verte, Rigo. Es una pena que te hayas adelantado.

22.3.09

Temporada de bodas

Arranca la primavera y, con ella, las bodas. Hace sol, se pueden hacer fiestas fuera, las flores, yo qué sé. A la gente le da por casarse en primavera. De hecho, una de las primeras bodas que recuerdo con emoción - la de la hermana más pequeña de mi madre - fue el 21 de marzo: justo en el día de inicio de la estación. Llevé mi primer vestido con escote "palabra de honor", ja, aunque no tenía con qué sujetarlo. Tuvimos que agregarle unos tirantitos.

De eso hace como, por lo menos, unos 15 años. Ayer también fui a una boda. Y me puse unos jeans, tenis, camiseta y un chaleco polar. Fue en una casa de campo donde se hacen estancias para escuelas. El menú era una paella que tenía como dos metros de diámetro, cava, patatas y refrescos.

La organización de la boda estuvo a cargo de mis primeros amigos catalanes. Se casó la mujer que a menos de una semana de llegada a esta ciudad me confió mi primer trabajo y después me recomendó para el que me ayudaría a quedarme. En los últimos casi cinco años, han estado presentes ella y su pareja todo el tiempo, en cada cosa rara que ha pasado. Yo, por mi parte, los he visto cambiar de trabajo, de casa, embarazarse, tener un bebé y luego decidir que se querían casar. La ceremonia fue hace algunas semanas, sólo con la familia, pero querían reunir a los amigos aparte. Decidieron entonces organizar una especie de comida familiar en esta casa, donde hay mesas larguísimas de madera, una vaca, dos caballos, ocas y gallos y gallinas.

Creo que desde que llegué acá yo nunca había visto juntos a tantos niños con excepción de a la salida de las escuelas. Entre ocho y recién nacidos había tranquilamente unos 30 chicos y chicas que corrían, jugaban futbol, comían macarrones con queso, se peleaban, se tomaban fotos con las vacas, le aventaban pedazos de galleta a las ocas y se dejaban caer en el campo y en la arena para jugar. Yo ejercí de tía de Roger (el de los novios), y de Mar y Marina, que han nacido también de otras parejas amigas durante mi tiempo de estancia aquí.

Después del aperitivo bajo unos cerezos en flor, entramos a los comedores para niños y, sentados en los bancos, comimos la paella y ensalada y brindamos con vasos de plástico con los novios. Arreglamos el mundo, dimos por terminada la crisis, me contaron todos los dramas que es conseguir una escuela correcta, les hablé de mi vida de "soltera", me intentaron hacer confesar la existencia del novio que imaginan, me preguntaron si los niños tendrían algún día un primito aunque fuera parcialmente mexicano... todas esas cosas que hacen los amigos que te quieren.

Los novios iban de aquí para allá encontrándose también con gente que hacía años que no veían. No había la rigidez de los vestidos ni la impostura de las bodas. No había rituales qué cumplir. Las flores las había traido la primavera y el cava un amigo de los novios. La música era un disco que se repetía en el fondo, pero al que nadie hacíamos el mayor caso.

La invitación al "matri" enviada por el novio por email semanas antes empezaba con: "Nos casamos. Si a alguien le parece precipitado quiero recordarles que tenemos ocho años juntos y un niño de dos". En la misma invitación, pronosticaba que nos iríamos cuando empezara a hacer frío. Que fue lo que sucedió. Cuando los niños empezaron a cabecear y todos estábamos ya con los abrigos puestos, empezó la desbandada. Yo, privilegiada que me había ido con los novios, pude volverme también con ellos y con Roger y hacer el recuento de los incidentes divertidos mientras esperábamos en un embotellamiento cortesía de las obras en la carretera a Vic.

Con todo y que fue una fiesta de boda perfecta, lo que más me gustó fue el deseo que les hicimos: no era un augurio aventurado, ese "que sean muy felices". Era mejor, más aterrizado: "que sigan muy felices". Tan cotidiano como un buen plato de paella y un vaso de cava.