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14.3.17

Aquí, mañana se vota

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Pic. Dreamstime.doc

Entro tarde a casa la última noche de la campaña electoral. De camino, encontré en los autos estacionados en mi calle, propaganda del Partido Pirata - uno entre las más de dos docenas (¡dos docenas!) que se presentan a las elecciones parlamentarias que se celebran en Holanda mañana. Otra vez, inmigrante perpetua, no puedo votar por la gente que decidirá las políticas económicas y sociales que regirán mi vida en los próximos años. Y con temor, me asomo a las encuestas para saber qué me espera.


Mientras me quito el abrigo - la primavera se presume cercana, pero no instalada aquí aún -, Mr. G. me dice desde el sofá: "paciencia, chica. Es la última noche". Paciencia me pide, porque las últimas tres semanas la televisión de la noche en el país es casi exclusivamente política. Debates, programas de análisis, confrontaciones amables o no tanto entre los cabezas de lista de los partidos con posibilidades de representación. Apenas ayer por la tarde, los dos contrincantes encabezando las encuestas, (Mark Rutte, ministro presidente actual, del Partido Popular para la Democracia y la Libertad/VVD, y Geert Wilders, del Partido de la Libertad/PVV) se enfrentaron en el debate más esperado justamente en el Aula Magna de mi universidad. No entré en parte porque sabía que no iba a entender más allá del 40%, en parte porque había que pedir los boletos en un proceso del que nunca logré aclararme.

Pero el no estar adentro no me lo ahorró (lo vimos en la noche en casa, en diferido), ni me permitió ignorarlo. El Campus estuvo todo el día lleno de medios y de policía. De policía entre otras cosas porque el debate se celebraba el lunes después de una crisis diplomática histórica que tuvo a Róterdam en vilo todo el fin de semana. Erdogan, presidente de Turquía, molesto porque los holandeses no permitieron la entrada de sus ministros para hacer campaña por un referéndum para ampliar sus poderes, ha estado llamando al gobierno del país "facista" y "nazi". El sábado por la noche, en pleno conflicto, comencé a sentirme un poco asustada.

Los medios internacionales se han dado vuelo presentando a Geert Wilders, cabeza de lista del Partido de la Libertad (PVV), como el Trump Holandés.  No es sorprendente entre otras cosas porque el señor Wilders incluso llegó a hacer campaña para Trump el año pasado, porque los dos tienen una curiosa percepción de estética (por lo menos en lo que a grandes cabelleras rubiosas se refiere), ambos prefieren Twitter a cualquier otro media (también compartiendo cosas que no son reales), y porque una parte muy importante de su programa, de su discusión se centra en detestar al otro. Y para hacerlo más específicamente aún, identificando al otro como todo aquello que sea musulmán.

Temí desde el fin de semana especialmente durante el conflicto con Turquía porque, si bien no todos los turcos son musulmanes, hay una referencia mental a ellos más o menos directa aquí. Y porque además el argumento principal del señor Wilders es que una de las cosas que hace peligrosos a los turcos/musulmanes no sólo es su afiliación a una creencia religiosa, sino que la aparente relación directa entre esa religión, el terrorismo y una postura en general negativa a lo que sea la cultura occidental - o, en su versión local, la cultura holandesa. La crítica es que los turcos no se integran totalmente y eso es lo que los hace peligrosos para el país. Y el que estuvieran en las calles de Róterdam exigiendo que les permitieran celebrar un rally para un referéndum en Turquía, parecía estarle haciendo la campaña al señor Wilders.

Y mucha gente, desde mi punto de vista, se la ha hecho en esta carrera electoral. Hace un par de meses, muy al inicio de la campaña y queriendo justamente confrontar o ganarle votos, el presidente Rutte y su equipo de campaña decidieron publicar un desplegado que tomaba como leif motiv una frase muy holandesa: "Doe Normaal"- "Pórtate Normal". Básicamente, hacían un llamamiento a que todos los holandeses (sobre todo aquellos con doble nacionalidad, a los que vienen de fuera) se plegaran a la "normalidad" holandesa, a las cosas que son típicas de aquí. Esto era una respuesta directa a la discusión de Wilders de que la gente con doble nacionalidad, los musulmanes que viven en el país, no se comportan como los holandeses.

Siguiente pregunta, entonces: ¿qué es la holandesidad? ¿Cómo hace uno para portarse normal? Y lo pregunto mientras veo a Wilders agitarse en televisión en vivo en contra de la gente que tiene dos nacionalidades y no elige ser sólo holandés. ¿Cómo elegir, me pregunto yo? ¿Y elegir por qué? ¿No era una cosa muy holandesa lo de ser tolerante? ¿O se trata sólo de un discurso político para ganar votos, lo de la tolerancia?

Como ha pasado en Estados Unidos y podría pasar en otros países, el temor al otro, al vecino, al que viene de fuera, está al orden del día. El temor a lo que cambia, siempre. Porque este mundo cambia mucho, muy intensivamente. Y no todos los holandeses son tan progres como la imagen de Ámsterdam rodeada en una nube de cannabis hace creer. Hay gente que se siente olvidada, en peligro, debilitada frente a nuevas poblaciones. ¿Por qué? No me atrevo a dar un diagnóstico único - quizá la idea de que el cambio no siempre es bueno, que mejor siempre es lo malo por conocido, que lo bueno o aún más malo por conocer.

Sigo viendo el debate mientras escribo esto. Muchos, muchos, muchos hombres blancos de mediana edad como candidatos. Nada de diversidad aquí. Una sola mujer, Marianne Thieme, del Partido para los Animales. Un sólo joven, Jesse Klaver, de Groenlinks (literalmente "Izquierda Verde"), que además es marroquí-holandés, y ha sido relacionado ideológicamente con Bernie Sanders... aunque físicamente con Justin Trudeau. Y faltan tantos. Porque, como empecé diciendo, hay muchas opciones. Tantas, que los holandeses no conocen muchas de las que tienen.

Y eso, en realidad - la noción de un país con una democracia multi-partidista - es lo que me calma en el momento que entro en pequeños pánicos. Porque aunque el señor Wilders ganara mañana la elección (tuviera el mayor número de votos), tiene poquísimas posibilidades de poder conseguir una coalición para gobernar. Y el señor Rutte ayer, en el debate, usó una frase que aún en mi holandés macarrónico pude entender: al preguntarle si haría algún acuerdo de gobierno con Wilders, dijo que "Niet, nooit, niet" ("No, nunca, no").

Entonces: no me preocupo ahora por un inminente gobierno holandés que vaya a comenzar a echar a los inmigrantes - como yo, como otros - fuera del país. No me preocupo porque un rubio con un terrible gusto para peinarse esté como jefe del gobierno. Me preocupo, sin embargo, de que los holandeses que pueden ir a votar mañana no lo hagan y dejen pasar la oportunidad de crear gobiernos y oposiciones más fuertes. De que los holandeses pierdan la fe en que la democracia sirve para algo más que sólo instrumentalizar el odio y o el miedo. De que los holandeses, mis vecinos, se olviden que toda Europa (y el mundo) los mira con un poco de temor a un deja vú, a un Netherlands First (o Second, para reírse), que confirme un giro hacia un mundo en el que preferiríamos no vivir... por lo menos los que hemos decidido que las fronteras son poco justas para lo que pasa en nuestro corazón.

Hoy terminé mi clase con una arenga electoral y mañana haré lo mismo. Con un "vota por mí" como los que promoví en su momento en Cataluña y en España en general. Porque bueno, cosas de académicos o idealistas quizá, yo todavía creo en que el diálogo democrático tiene capacidad de arreglar cosas... aunque justo ahora parece que Rutte y Klaver tampoco pueden hablar de forma tranquila... por lo menos no en este debate.

para Juan Larrosa, que me jaló las orejas y me recordó lo que me gusta escribir de estas cosas. para el que viene, que se enfrentará a lo que nos dejen los votantes mañana.

24.10.16

Un vecino invasor

Lo escuché maullar - me sorprendió porque los gatos que viven en el vecindario rara vez maullan. Ni siquiera cuando está de visita el gato que cuidamos: se pelean, si acaso, a través de las ventanas pero nada de maullar. Y mientras mi cerebro y oídos despertaba de su soponcio, el holandés ya se había levantado del sillón y le había abierto la puerta. "¿Tú quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué pasa?". Ante la puerta abierta y la voz, el vecino entró. Dio cuatro vueltas al salón y nos miró para saber si éramos de confianza. Maulló un poquito más. Comenzó por restregarse contra mis piernas, la pata de la silla, la esquina de una puerta. "Mientras no le demos de comer, todo está bien".
Le gusta el fuego de la chimenea, el calor del suelo. Creo incluso que le gusta el sonido y la luz de la televisión, porque se quedó un rato grande mirando, como si las noticias financieras le dijeran algo. Lo he perseguido para tomarle fotografías y después de un rato, ha posado mirándome. Como si esperara que con eso lo dejara en paz.
Hace un par de minutos subió las escaleras sin ningún tipo de temor hasta encontrar un vaso de agua, donde lo encontré bebiendo. Me acerqué a él e intenté razonar, quitarle el vaso. Sin miramientos, me mostró los dientes y me acorraló.
Escucho a mi holandés intentar razonar con él en holandés para que salga de debajo de nuestra cama - yo le estaba hablando en español, y quizá era eso. Multilingüe no es, pero creo que está convencido de que esta es su casa.
Ahora pienso en tomarme yo una foto enfrente de la televisión, sólo en caso de que un poco más tarde baje a informarme de que ya no soy bienvenida porque los dueños de esta casa tienen que dormir.

21.6.16

Equinoccio, sentido por sentido


En Guadalajara, los veranos también tienen un poco sensación de monzón. Uno sale de la escuela en medio del calor para encontrarse envuelto en pocos días en tormentas que duran todo el día, toda la tarde, toda la noche. Y es una cosa que se asume como normal, como natural: los niños tapatíos nos volvemos expertos en juegos de mesa, en juegos de interior… a veces, uno podía escaparse de la mano vigilante, del ojo protector de nuestras madres y acabar bailando bajo la lluvia: con el temor al regaño o al resfrió, pero la certeza del gozo del agua corriendo sobre los brazos y las piernas desnudas.

Y ahora en Rotterdam, sin saber que iba a ser así, había pasado demasiados días de monzón. Salgo a caminar sí, pero cuando se va la lluvia. Y cuando llueve ahora prefiero mirar el agua desde el interior, con un libro. Prefiero, como cuando era niña aburrirme: quedarme mirando a un punto en la pared hasta que de la nada brota una historia, un recuerdo, un cuento.

Y esta tarde después de la comida, después de la siesta, después de leer, después de aburrirme… tenía que salir a algo. Al aire. Al verano ese que no se termina de definir como tal. Es el día más largo del año y hay que aprovecharlo.

Salí con un suéter y un abrigo de entretiempo para descubrir que, como en Guadalajara, nublado no significa frío. Pronto mi cuerpo exigió que me quitara el abrigo y siguiera caminando sólo con el suéter de algodón, que era suficiente para cubrirme. Y entonces descubrí que quizá tenía muchas horas en el interior de mi casa – tantas, que mis sentidos estaban medio dormidos.

Estaba despierto el oído, a fuerzas, con los audífonos en un podcast extraordinario sobre el derecho a salir del armario como gordo. Camino sonriendo y la gente, me parece, me sonríe. Hay una cosa en la luz de las tardes lluviosas: es como si tuvieran un filtro de suavidad que hacen todos los colores más nítidos. Y al pasar por el parque, mi nariz, por primera vez en el día, se despierta violentamente. Debe ser el agua, debo ser yo, pero casi siento que podría distinguir el olor del agua sobre cada una de las flores, de los diferentes tipos de césped, del suelo, de la tierra. Y el olor es tan intenso que casi, a ratos, lo puedo probar en la punta de la lengua. Las nubes pasan, rápido, y de pronto la lluvia comienza de nuevo: tan fina como una cortina, la siento en las partes de mi cuerpo que “sobresalen”: mi nariz, las puntas de mis dedos que se mueven, mis pies y mi frente… Intento seguir, ir al mercado, y mientras explico que quiero dos kilos de tomates no dos tomates, se suelta el diluvio universal. Como en un monzón. Y camino con un paraguas hasta un punto de refugio.

Estoy sentada en un café, con mis pantalones un poco mojados, mis zapatos y mis pies también. Las puertas están abiertas pero no entra viento, entra fresco. Hay una canción con una percusión estable y dulce que parece hacer contrapunto a la lluvia. La página blanco parece mucho menos terrorífica: a mi alrededor la gente, a pesar de la lluvia, sonríe. Tengo un café con leche a la mitad (la taza manchada con mi pintalabios) y en mi boca todavía permanece un poco la textura de una galleta de chocolate que me dieron para acompañarla. Sentido por sentido, el día más largo del año está completo en este minuto.

18.4.16

Lunes, increíblemente, al sol


Este post casi comparte título con la película Los lunes al sol de Fernando León de Aranoa, que hablaba (entre muchas otras cosas) de aquellos que, al quedarse sin trabajo, pueden dedicarse el primer día de la semana a sentir cómo el calorcito y la luz les tocan la piel, mientras se preocupan, mientras buscan.

Yo busco y me preocupo - sí - también estoy a la búsqueda de la próxima oportunidad, de una vida nueva donde sobre todo escribo y me concentro y sigo eso que digo que es mi voluntad. Y parece que esas angustias llegan con más fuerza al inicio de la semana. El domingo era para descansar pero los lunes son para pensar, para ocuparse, para hacer. Hoy es lunes e, inesperadamente, de este lado del mundo también hay sol. Cada vez que le digo a alguien que vine aquí me preguntan por qué, se preocupan porque me hará falta el sol. Y yo también me preocupo por el sol, porque es una de las formas que toma la añoranza. 

Porque la falta de sol también me recuerda las otras cosas que me faltan, la gente que me falta, lo que quería hacer allá y ahora se quedó en intermedio. Pero sólo es un intermedio. No es el final de nada. Y abrir las ventanas y despertarse al sol es despertarse a las posibilidades... que están incluso donde crees que no las encontrarías.

Yo continúo con las posibilidades y las realidades del lunes - ya menos soleado pero igualmente prometedor. Y dejo por aquí una foto del socio, que también está disfrutando.



17.4.16

Caras familiares

Hay una línea muy delgada entre estar solo y sentirse solo - sobre todo cuando hace relativamente poco que cambiaste de ciudad. Todavía están muy cercanos los rituales de la otra urbe, en la que ya no estás, y si un domingo te encuentras inesperadamente distraída y acompañada sólo por el gato (al que además le caes un poco mal porque la comida que compraste no es la buena) y hace sol... es una buena idea salir. Sacudirte el domingo y salir, caminar, ver, ponerte las gafas, entrar a un mercadillo, no comprar nada, pero curiosear y pensar...

Y seguir caminando y decidirte a entrar al museo como quien entra en la casa de un viejo amigo: mirar por las ventanas, visitar las exposiciones temporales y dar una vuelta a una sala y encontrarte con esa cara familiar y sentir que ella te conoce como la conoces tú. Y mirarla de reojo. Sentarte un poco. Regresar. Volverla a ver. Respirar frente a ella. Descubrir que no te da miedo como te dio la primera vez que la viste: más bien, al encontrarla, recuerdas un poco quien fuiste, quién eres, quién te gustaría ser.

Y así, salir del museo a las calles de la ciudad y hacerla otra vez un poquito más tuya. Con la fortaleza que da tener una cara familiar por ahí.

(El museo es el maravilloso Boijmans Van Beuningen de la ilustre Rotterdam. Mi amiga, la mujer que vive en De schiettent [La Galería de Tiro], pintada en 1931 por Pyke Koch y retratada por mi en su casa.).

26.2.16

Lo tenemos escrito en toda la cara...

Se nos nota. Somos esos. Y la gente, a lo lejos, nos mira con una mezcla de dulzura, fastidio y envidia. Envidia porque somos esos, los que descubrimos lo que ellos ya no pueden ver. Los que en lugar de refugiarnos debajo del paraguas, del gorro, de la puerta más cercana, nos quedamos ahí, en la esquina, en la mitad de la calle. Y vemos con asombro cómo el cielo se convierte en agua se convierte en hielo se convierte en una cosa esponjosa, que no hemos visto nunca - o que si habíamos visto, hemos olvidado a voluntad para redescubrirla. Y es como una pluma, pero más bien es como un susurro o un haz de luz o ese momento donde más bien retienes la respiración porque hay algo en la vida que se te está escapando y quisieras que por un par de segundos más se te quede entre pecho y espalda.

Sabemos, imaginamos, que no durará. En otras latitudes, en otros momentos, el temor podría ser a que esto continúe durante horas. Para nosotros el temor es que los copos que se caen al suelo y se desparecen terminen, de pronto, se acaben.

Los que nos acabamos de mudar a los países del norte llevamos en la cara, todavía, la sorpresa. Sacamos el móvil y tomamos fotografías inútiles. Queremos quedarnos afuera, mirar como por un segundo parece que la ciudad se volverá blanca. Tenemos el asombro escrito en toda la cara: nosotros y los niños, los perros, los que se emocionan fácilmente con las cosas sencillas...

(Al entrar a casa, como era de esperarse, dejó de nevar. Y yo, sin embargo, siento todavía la caricia tan efímera de los copos en mis pestañas y espero que siempre, siempre, me siga sorprendiendo).

3.2.16

IFFR: Martes de búsqueda

Cinco películas en un día son maravillosas pero difíciles de repetir. Desde ayer, algo me decía que el martes no sería tan pleno. Comienzo últimamente los días como quien abre un cuaderno en blanco para escribir: con un cierto pánico y una enorme emoción de no saber cómo terminarán.

Tuve una de esas mañanas de hacer cosas en casa, en pijama, hasta que ves a la vecina muy bien arreglada con visitas en su jardín. Lo de vivir en casas con grandes ventanales es lo que tiene - subir, ducharse,y seguir en el trabajo hasta que llega la hora de la primera... no, la segunda película que quería ver. Me distraje y perdí una de Ripstein, que anda por ahí. Intuí anoche mirando la programación que quizá sería mi día de México. Algo relacionado a las raíces. Después de todo, es día de la Candelaria (y de mi Martha querida).

Con un tamal en el estómago me fui a ver Yo (Matías Meyer, México, 2015). Sólo duraba 80 minutos y tenía muy buenas perspectivas: basada en un cuento de Le Clèzio, con un actor principal muy mencionado y muchos, muchos apoyos internacionales a la producción. Hay cosas en las que está muy bien: vi México, con sus restaurantes de carretera, con sus pollos frescos (que me parece más plausible que se maten como muestran aquí que como mostraba Babel), con su gente trabajadora a pesar de los pesares. Pero luego me hizo pensar en esta cosa loca que hay de mostrar a México siempre de una cierta manera: tengo que reconocer que me alivió no ver al narco por ningún lado, pero sí a la violencia, al maltrato, a la sospecha. Iba buscando demasiadas cosas en la película y encontré algunas sí, pero no se convirtió en mi favorita.

Me iba a casa - otra vez con lo mismo - pero en quince minutos más empezaba en el mismo cine algo que se llamaba Notes on Blindness (Peter Middleton, James Spinney; Reino Unido/Francia, 2016) y que no me puedo quitar de la cabeza. La película tenía un storyboard sonoro antes de comenzar: está basada en las grabaciones que hizo el teólogo y escritor John Hull para explicarse a sí mismo su ceguera. Los directores decidieron recrear las cosas que describe, con actores y un despliegue de imágenes exquisitas. No quiero olvidarme nunca, por ejemplo, de la escena en la que describen (y muestran) las bondades de la lluvia como traductora de la imagen. No estaba aquí, pero la película se acompaña de una experiencia de realidad virtual a fin de entender cómo los sonidos nos traen imágenes.

Mis dos películas del día hablaban de vivir diferente - de literalmente ver el mundo de otra manera que algunos llamarían limitado. En la pausa de la tarde, antes de llegar a casa, paseé por el centro pensando en lo que nos limita a los que no tenemos limitación física "oficial" - cómo a veces descuidamos el cuerpo y la mente también.

Después de la cena, quería todavía ver otra película. Le dije a aquel que si quería acompañarme, pero quería trabajar un rato más. Mis opciones eran una película mexicana y otra sueca: "Ve por la sueca. Con las mexicanas siempre eres más crítica", me dijo. La sueca resultó una película de coming of age (una más), bordada alrededor de la identidad sexual pero con un contexto de magia-ficción. Girls Lost (Alexandra-Therese Keining, Suecia/Finlandia, 2015) está basada en un libro juvenil que ha tenido muy buena recepción y me parecía, durante un rato, que era perfecta candidata para un remake americano. Podía imaginarme las hordas asistiendo a una película donde las chicas maltratadas de clase pasan por un cambio de sexo mágico... pero luego pensé que es demasiado postpostmo. Todo. El planteamiento y la forma en la que la directora no quiere que quieras a los personajes: quiere que los veas, así de complejos como son. Y eso, me temo, no es muy hollywoodesco.

Me senté a escribir esto bordeando la media noche - la disciplina no es lo mío en estos días, pero hay que buscarla. Buscarla como se busca el sentido de los sueños, de nuestra ceguera (a veces tan imperceptible), de nuestros cambios que no siempre logramos entender. Creo que antes iba al cine a escaparme un poco: ahora, cada película que veo, me regresa mejor digerido un pedacito de lo que me preocupa en general. No deja de ser una actividad lúdica, pero a veces uno necesita explicarse las cosas desde la ficción para entenderlas mejor.

2.2.16

IFFR - De domingo a lunes: de estar aquí, de ser mujer

Los caminos de la adaptación son insondables: hoy, mientras caminaba luchando contra el viento, recordé que cuando me fui a vivir a la ciudad de México fue cuando aprendí que sola o acompañada, las salas de cine me hacen sentir en casa. Ese lugar oscuro, esa especie de útero, donde podía descansar de todas mis ansías clavando mis ojos en la pantalla y mis esperanzas en las de los personajes. Ahí, en la oscuridad, me sentía acompañada: por el abrazo aterciopelado de las butacas, por el sonido surround, por quienes se tomaban el tiempo para ir conmigo al cine o por los que, como yo, iban solos y se sentían aún así, parte de algo.

Hoy comenzó una vida diferente en Rotterdam. Después de casi dos meses de visitas, una mudanza aún inconclusa, una graduación y un cumpleaños, ayer que les dijimos adiós a los compadres y a B, me dí cuenta que esto comenzaba, de nuevo. Que afuera había unas ráfagas de viento imposibles y también un festival de cine esperándome. A mi la idea de que una docena de las salas me queden a diez minutos caminando me mata de la emoción. Pero bueno... una persona sin trabajo y con cosas que escribir no puede comprar boletos así como así... pero puede aprovechar el 50% del lastminute.

La cosa es así: el IFFR- Festival Internacional de Cine de Rotterdam cumple 45 años y tiene programadas una cantidad tremenda de pelis buenísimas. Uno puede ser parte del festival y tener una identificación - o puede aprovecharse de que 40 minutos antes de cualquier función, si hay boletos disponibles, los rebajan al 50%. Y así, se pueden ver más pelis. Decidí entonces, dejarme hacer la programación por los boletos baratos disponibles en películas que pueda entender*.

La primera película la vi en domingo y la pagué completa: A Woman, A Part (Elisabeth Subrin, USA, 2016), sobre una actriz en sus cuarenta que duda sobre si quiere continuar actuando y se enfrenta de paso a algunos errores del pasado por acción o por omisión. La encontré fantástica y angustiante: a mi también me desconcierta que me llamen señora. A mi también me pasa que no sé si puedo seguir haciendo lo que he hecho toda la vida (i.e. escribir) pero cuando me pongo me doy cuenta que me es casi tan fácil como respirar. Yo también quiero encontrar el punto de quiebre.

El tema femenino se quedó conmigo el lunes: nos despertamos tempranísimo para hablar con el pintor sobre cosas que aún quedan pendientes y después me quedé yo recogiendo aún restos de las visitas - lavando sábanas, doblando camas inflables, guardando los medicamentos que me dejó mi mamá, organizando armarios. Hay mucho que hacer en la casa - y a ratos no quiero hacerlo o me siento rara por estar haciéndolo en lugar de dedicarme a cosas importantes. Pero era mediodía cuando sentí que podía irme al cine, corriendo, a ver una película que se llamaba Paradise (Sina Ataeian Dena, Alemania/Irán, 2015). Filmada en Irán sin permiso, la descripción era que trataba de los problemas que enfrentan las mujeres en el país. La película me gustaba visualmente: me recordaba una vez más lo mucho que se parecen algunas partes de México a esos países que no conozco. Pero por más que lo intentaba me fue imposible relacionarme con el personaje principal cuya cara de aburrimiento absoluto pudo conmigo.

Al terminar, salí corriendo porque había visto que en otro cine cercano daban Las Lindas (Argentina, 2016), otra ópera prima pero esta vez de una argentina, Marisa Liebenthal. También ahí se discutían los permisos: de los papás para salir, para vestirse de alguna manera, de los amigos para proyectar los vídeos que hemos hecho de ellos durante el tiempo. Pensé en las veces que he querido escribir algo y me he detenido a pensar qué pensarían las personas que se reconocerían vagamenteonotanto en mis textos. Es una peli jovencita, un poco cruda, pero me gustó - como el sabor de un mango verde, que podría ser mejor pero es sabroso tal cual está.

Otra vez salir corriendo para "hacer las compras" y mirar entonces que está por comenzar el estreno de una adaptación de Jane Austen en otro cine. Y hacer de tripas corazón e ir hacia el teatro más bonito de la ciudad para ver la première europea de Love & Friendship (Whit Stillman, Irlanda/Francia/Países Bajos, 2016) quizá una de las películas más divertidas que he visto, una versión sensacional de Austen. Stillman, nerviosísimo, contó al final de la película que estaba feliz con la recepción a la película y confesó que durante la proyección de la última peli presentada en el IFFR (The Last Days of Disco) estaba tan angustiado porque mucha gente se salía del teatro que se rompió un dedo de la mano. Y sobre la película y las mujeres - Austen: siempre logrando que el amor triunfe, por sobre todos (o bien gracias a todos) los idiotas.

Fin del día - supuestamente. Fui hacia casa a comer algo que no fueran nueces y agua de botella pero, en el camino, descubrí que había una película gratis más tarde y otra que también me interesaba y tenía su última función. Abrí sesión nocturna con Waiting for B. (Abigail Spindel, Paulo Cesar Toledo, Brasil, 2015), una preciosidad de documental sobre los chicos y chicas que acamparon durante dos meses afuera del Morumbí en Sao Paulo para ver a Beyoncé actuar en primera fila. Creo que sin quererlo - o por lo menos el director no fue muy agraciado para describir su trabajo - es un alegato casi impecable en honor a la importancia de la música y los íconos pop en la creación de la identidad y la lucha contra las convenciones sociales.

Un poco de Q&A más tarde, cruzar la plaza principal - a pesar del viento, gracias a la luz - para ver otra peli en exactamente la misma sala que comencé hoy. Arianna (Italia, 2015), de Carlo Lavagna, que trata un tema que a mi siempre me ha fascinado: la intersexualidad. Una chica romana descubre en un verano que en realidad no siempre ha sido chica. Es una mezcla fantástica de película estival y coming of age que podría ubicarse en cualquier lugar y cualquier momento... con las ventajas de unas vistas espectaculares de la Toscana y un exótico guiño a la música mexicana (17 años de los Ángeles Azules). Hablé con el director para comentarle eso y me dijo que estará en el FICG de Guadalajara con todo y Arianna.

Aunque no me encantó la escena final, me gusta el final abierto que Lavagna le dio a su personaje: la posibilidad de entender y quedarse con un poco de todo. No sé si mañana la cosecha de cine dé para todo lo que dio hoy - pero hoy me dio para algo muy importante: volver a escribir aunque sea un poquito. Y eso, en si mismo, se siente como una coming of age movie.

Todo en el confort de una sala de cine.

* La primera vez que vine al IFFR compramos boletos sin fijarnos en el idioma... y vi un montón de películas subtituladas al holandés habladas en idiomas que comprendo aún menos. Es un buen ejercicio, pero no para esta vez.

14.9.15

Dos arcoiris (68)

Otra vez en el aeropuerto - y en las dos horas de espera antes de esta sala hicimos como si no pasara nada. En realidad, nos divertimos en escribir y trabajar en la mesa del comedor como si fuera un lunes cualquiera y estuviéramos cocinando la cena. Pero yo me iba. Y lo mejor para disminuir los temores de las despedidas (incluso de las temporales) es hacer como si no estuvieran ahí.

Se le acaban los días a septiembre. Hoy me preguntan cuántas horas reales necesito para terminar la tesis. Creo que menos de las que me imagino. Creo que menos de las que he necesitado nunca.

Me voy a terminar y me despiden, del otro lado de la ventana, dos arcoiris. Uno tan grande y tan completo que no lo alcanzo a tomar con la cámara del teléfono. Me encanta verlos: me maravilla la luz contra ese cielo, con sus nubes tan de libro animado. Y me acuerdo de una cosa que se le ha olvidado a este recuento: que es para dar gracias, no sólo para quejarse. Para dar gracias de las idas y las vueltas, de las lluvias y sus posteriores arcoiris, del miedo que da acabar la tesis porque lo que viene después será algo que ni siquiera me atrevo a imaginar.

La tesis: estoy trabajando en las correcciones de la primera parte para cerrar la segunda y terminar las conclusiones. Hoy abrí los tres archivos, con ese nerviosismo de quien casi quiere comérselo todo de golpe.

13.9.15

A mitad del domingo (69)

Cuando se han roto las rutinas, hay que crear nuevas. Tradiciones pequeñitas. Cosas que te regresen a la naturalidad. Y ahora que no hay posibilidad de irme a tomar un vermut, tengo que prepararlo. Y ponerle sus hielos, y tomármelo con el lunch.

Él está encantado con mi insistencia de que a medio día del domingo hay que comer cositas diferentes, buenas, sabrosas. Y hoy, cuando no puedo concentrarme ni en escribir el blog (antes de este) parecía una buena idea.

Creo que tanto ver videos de gatitos esta semana me convirtió un poco en uno. Y cuando vi que el sol aparecía por la ventana lo único que se me ocurría era hacerme ovillo en el centro de la cama y dejar que mi pelaje y mis bigotes se calentaran. Transfigurarme para mover las orejas, y la cola, y lamerme el abrigo...

Pero soy un gatito que escribe tesis y hace sopa con todo lo verde que encuentra en la nevera (domingo: día del aprovechamiento de lo que estaba a punto de irse a la basura). Y si puedo volver a comenzar con el blog, también con las cien páginas de experimentación que tienen que hacer sentido a alguien más, no sólo a mi.

La tesis: espera. Pero está en mi cabeza. Trabajo, como diría mi terapeuta, cuando incluso no me doy cuenta de que lo hago.

Productividad (70)

Además del trabajo de él, mi tesis, los artículos que tengo que escribir, además de todo eso... hay que terminar con las pequeñas decisiones de la casa nueva: buscar grifos, suelo para el baño de la primera planta y una pica mínima que quepa en ese espacio, un regalo para los vecinos que ya se mudan esta semana. Así que era un sábado con una lista larga de "cosas por hacer".

No salimos pronto, pero pasamos por la lista haciendo un slalom extraordinariamente efectivo. No se trataba - y esto tengo la sensación de haberlo escrito antes - de encontrar la cosa "perfecta", sino la más adecuada con todos los parámetros, de lo que había disponible. Cuando regresamos a la casa, temprano en la tarde, la lista de cosas pendientes estaba completada: no habíamos comprado nada demás - ni siquiera una planta - e incluso teníamos listo el menú para el resto del fin de semana. El cielo era gris - gris panzadeburro, como dirían los limeños y no había más que hacer que leer, descansar, reposar.

Y eso hicimos: el sábado para descansar, el momento de leer un libro de cocina, de evaluar las posibilidades de vacaciones posibles, de las visitas que llegarían. Durante el silencio, a veces, llegan las cosas que uno teme: los recuerdos más malos del pasado, las cosas que cuestan más poner en su lugar. Pero es sábado: llegan y se van.

La tesis: acomodé hoy todas mis cosas tecnológicas para el viaje del lunes. Otra vez, comienza la angustia previaje - las ganas de irme, la noción de que cuando vuelva la tesis ya no podrá venir conmigo como una cosa en proceso, sino como algo terminado. La miro ahí y creo que es verdad que me da miedo terminarla. Pero esta tarde, mientras hablábamos del futuro, le conté sobre una historia que tengo ganas de escribir desde hace años. "Piensa en eso para terminarla: en todas las nuevas oportunidades que vienen". 

12.9.15

Estando aquí... (71)

Sonó el despertador y lo apagué y volví a dormir. Mis horas fuera de horas hoy no funcionarían. "¿Estás bien? ¿Qué pasa?". Nada, contesté sobre el café de la mañana. Simplemente hoy no me podía levantar. Sobre la mesa, el ordenador. Estoy tan peleada con todo lo que está ahí dentro que ni siquiera he comenzado a escribir el blog, que reviso los correos en el teléfono. Pasan los días y, en mi cabeza, queda muy claro que estoy haciendo algo que no debería: poniéndome a perder tiempo cuando no lo tengo.

Armada con otra taza de café me siento. Hoy necesito terminar de traducir porque el fin de semana debería trabajar en papel, acomodando esto que no hace ningún sentido. Y me pongo pequeñas metas en el texto: no te puedes parar por otro vaso de agua hasta que no llegues al próximo subtítulo. No pares hasta el siguiente punto en seguido. No trates de corregir la redacción ahora: traduce solo.

Al final, poco después del mediodía terminé y mandé el texto para que se imprimiera. Comí, me metí a la ducha, vi un poco de televisión sabiendo que tenía que salir de casa. A algo. A salir. Al sol ese que en unos días ya no estará. A que me dé el aire. A salir. Finalmente salgo acicateada por la necesidad de tener algo para la cena, que será temprano. Y en el súper mercado, en el pequeño super mercado de mi barrio, me pierdo. No puedo decidir qué comprar, no se me ocurre qué poner para la cena, no sé en dónde estoy. Tengo la necesidad imperiosa de volverme hacia alguien y contarle que no sé qué estoy haciendo, que me sorprende lo malo que era el texto que estaba traduciendo hoy, que me ha vuelto a atacar el síndrome del impostor.

Pero ni yo entiendo lo que la gente a mi alrededor dice ni probablemente ellos entenderán lo que digo yo. Regreso a casa y recuerdo que la música alivia: y pongo música de cuando tenía nueve años, y salto un poquito alrededor, para sacudirme esa sensación de mudanza y de incapacidad que me tiene desbordada.

Tesis: no más traducciones. Este fin de semana toca acomodar esa segunda parte y definir un esquema claro de conclusiones. Y cerrar esto, que ahora, de verdad, me está ahogando.

11.9.15

Lo que descubres fuera (72)

Me levanto temprano a escribir un poco porque sé que hoy el día no dará mucho para concentrarme. Hay que volver a la casa porque viene un proveedor que hizo el trabajo mal y hay que mostrarle los errores. Después quedé de ir a comer y a cenar fuera. Todo el mismo día. Una parte de mí, la responsable, dice que es mejor que nos quedemos dentro y trabajemos. Otra ve que el día será soleado y que necesitamos hablar con gente: así que salgo.

En la casa me subo de nuevo a las escaleras de obra, pero sólo hasta la mitad. No me parece que debería ir hasta arriba. Cómo me costó vestirme hoy para gustarme, para ver a alguien que no he visto en mucho tiempo. Y sigo en la casa hasta que toca irme, y encontrar los trenes retrasados, los mensajes que no se contestan y luego caminar hacia la que fuera mi oficina. Hay cosas que no cambian: y la luz que incide en esos escritorios parece la misma. Yo, sin embargo, igual veo la vida un poco distinta.

La comida gira alrededor de mi mudanza: mis ex-compañeras de trabajo no se lo pueden creer. "Así que por fin vas a venir. ¡Qué bueno!" Y hablamos de sus compañeros y sus hijos y sus jefes y el caos perpetuo que reina en las organizaciones no gubernamentales. Y pensamos cómo serán los próximos meses y cómo podré invitarlas a casa. Caminé por la ciudad y regresé a la que ahora es un poco mía a hablar con mi madre y mi hermano, con video de por medio.

Los dejé porque había sol y eso hay que aprovecharlo - un verano indio, que le llaman. Hicimos cita para comer junto al río y luego ir al cine. Mientras cenábamos y hablábamos, había tantas cosas a nuestro alrededor que no podía concentrarme en una sola. Además de los colores del atardecer, absolutamente descarados, me distrajo también una pareja sentada atrás de nosotros: él esperó casi mediahora y ella llegó después, toda botas vaqueras y cabellera rubia al viento. Después de saludarse con un beso medio a escondidas y cuando había llegado copa de vino espumoso, él sacó algo de su saco, apretándolo. Extendió el puño lleno hacia ella quien hizo un cuenco con sus manos y recibió un brazalete y algo negro. Se puso de inmediato el brazalete y después miró con sorpresa el pedazo de tela negra: era encaje. Lo extendió lo suficiente para reírse y para que antes de apresurarlo dentro de su bolso yo pudiera adivinar una tanga.

Y pensé que nada de lo que viera en el cine podría hacerme sonreír más.

La tesis: fuimos a ver While we're young, de Noah Baumbach. Atención: siguen un par de spoilers. Me dolió, a diferentes niveles. Me acordé de demasiados que no somos tan jóvenes. El personaje de Ben Stiller, haciendo durante diez años su documental perfecto, me dolió como cuando los que somos sensibles al frío mordemos directamente un helado. Con el estómago tocado por el reflejo, llegamos a casa. Y me dije que esto de la tesis, imperfecta o no, ya tiene que acabarse.

7.9.15

Acumulación (75)

Hoy leí un ensayo en Medium que decía que el mito de que uno tiene que acumular 10.000 horas haciendo cualquier cosa para considerarse un experto es solamente eso, un mito. Si acumulas 10.000 horas o te pones la meta de escribir 10.000 palabras cada día lo único que aseguras es que harás cantidad, pero no necesariamente calidad: vamos, que no se trata de hacer las cosas durante todo ese tiempo sino de hacerlas bien.

Hace una semana que no publico en el blog cuando prometí que haría 100 días de ejercicio de escribir todos los días. ¿Resultado? Tengo siete posts a medio terminar por los que tengo que pasar en algún momento. Porque, en el fondo, este es un ejercicio no de saber que escribo mejor o que podría escribir una columna diaria, sino de cumplir con unos mínimos establecidos. Entonces hay que volver a ese blog por día, aunque toque un día de no hacer otra cosa más que escribir blogs... como cuando uno no estudia y le toca todo al último minuto.

La primera cosa que hice esta mañana fue enviarle un email a mi director y decirle que no llegaría con la entrega que tenía para hoy. Que quizá sería para mañana, martes. A las 20:30 de la noche del lunes, creo que tampoco estaré para mañana. Pero algo estará. Algo habré avanzado.

Hoy trabajé, pero en otras cosas: saqué la cabeza de mi hoyo de avestruz que es la tesis para resolver asuntos pendientes de la universidad, de mis ex-clases, mandar cartas de presentación y currícula e incluso para asistir a una reunión de trabajo que me dejó un poco tocada... pero que me demuestra que la vida sigue y que habrá que hacer después del doctorado.

También importante, hoy me puse al día con mi curso "How to Survive your PhD". No, no es broma - es un MOOC de la Australian National University que tiene buenísima pinta... y en el que me reconozco en cada línea. Así que entre el blog, la tesis, la búsqueda de trabajo y el curso, lo que más he disfrutado es una caminata de casi 5 kilómetros (me desvíe de la ruta) donde pude escuchar la radio y pensar que no todo es tan ordenado como debería.

La tesis: en plena segunda parte, traduciendo, encontrando los hilos perdidos. Supongo que es más lento de lo que me gustaría, pero supongo también que en algún momento terminaré. Constaté lo que ya sabía - necesito acostarme tarde y levantarme temprano para trabajar. Soy más efectiva de noche, con siestas intermedias.

Orden (76)

"¿Avanzaste?", me dijo al llegar y plantarme un beso en la frente. Se había salido un par de horas antes al gimnasio y cuando me sugirió que lo acompañara yo miré el ordenador... la tesis... la bendita tesis que será un excusa que tendré que tirar muy pronto. Después de que él se fue yo me iba a poner a escribir... pero entonces me tocó acomodar la maleta del último viaje, y poner una lavadora, y cambiar de sitio las cosas en la nevera, y leer el diario, y ducharme muy largamente... esas cosas que se hacen en domingo.

El Jefe se reía de mi y decía que sabía con claridad que estaba que no cabía en mi de nervios cuando me ponía a arreglar mi casa. En los momentos más críticos, movía todos los muebles de lugar y desmontaba cosas, tiraba bolsas cosas que me parecían basura en ese momento. Y este domingo era como una versión mínima de eso: necesitaba acomodar cosas físicas para acomodar las cosas en la cabeza.

Cada vez que leo los capítulos en los que estoy trabajando me doy cuenta lo mal estructurados que están y cómo en realidad forman parte de una sola cosa. También me doy cuenta del tiempo que ha pasado y de lo diferente que soy a 2010 cuando comencé esta investigación. Quizá es cierto que uno tiene que pasar mucho tiempo haciendo su doctorado: es la única manera de asegurarse que las cosas caen por su peso.

La tesis: poco he hecho. Mal porque tengo que entregarle algo a mi director el lunes y más pronto que nunca será 30 de septiembre. Pff.

6.9.15

Feliz cumpleaños por él (77)

Lo increíble de vivir en un país nuevo es que hay muchas, muchas cosas por aprender casi cada día. Todos los rituales que para ti son transparentes en tus espacios aquí son un descubrimiento: como casarse, cumplir años. Hoy él cumpleaños y a la que me felicitan es a mí. Llaman desde ayer sus hermanas y me dicen: "¡felicidades por su cumpleaños!". A él no le gustan, a mi me encantan - y me gusta que soy felicitada porque es como entender que el que él cumpla años y esté feliz también para mi es una fiesta.

De celebración (o anti-celebración) fuimos una boda: en una iglesia, todo muy dulce, muy católico, muy tradicional. Puedo seguir la celebración aún en holandés por todos los años que fui a misa los domingos. Me gustó ver a los novios felices. Me gustó el olor a flores, y velas e incienso. Me gustó - y me sorprendió - volver a ver una cosa que pensé que era inédita: durante la comunión, los sacerdotes piden a los no-católicos que quieran acercarse que lo hagan para recibir una bendición. Como abrir la mesa para todos.

La tesis: hoy no toca. Eso de los sábados que ya habíamos hablado. Pero eso no evita que siga teniendo pesadillas con el deadline por las noches.

5.9.15

Viajes y mentiras (78)

Me levanté a las seis de la mañana para cerrar los pendientes en casa y estar a tiempo en el aeropuerto. Se trataba un poco de hacerlo todo sin pensar, sin saber de qué casa a qué casa iba, sin darle más vueltas a esto de la vida en la maleta. Entonces: ducha, vestirse con ropa de cambio de clima, cerrar pendientes, sacar la basura, bajar los cuatropisosdeescalonesenanosconunamaletade15k, y hacer el viaje en el transporte público, con los demás que comienzan la vida temprano.

Me acordé de Esther que decía que uno de los sonidos que extrañaba de Barcelona era el tuctuctuctuc de las ruedas de las maletas de los turistas en los adoquines. Pero yo aún no soy una turista: soy una trashumante, que es diferente.
Así el cielo, que sí tranquiliza

En el aeropuerto, solo olvidé comprar el diario. Lo de no trabajar no fue un olvido: fue elegido. Me quedé ahí, estando. A mí, como a algunos cuantos en el mundo, me da por deslizarme por los pasillos aeroportuarios como si fueran los de la casa de un pariente que conoces tan bien como la tuya. Y subir al avión para sentarme en mi asiento de ventanilla... a menos de que alguien se haya sentado ahí y te mire con ojos de pistola cuando le pides que te cambie el asiento.

No sé por qué en un momento dado tuve la necesidad de voltear y decirle a la parejita que me miraba con odio que necesitaba la ventana porque, cuando me daba miedo, tenía que mirar hacia afuera e imaginarme los espacios abiertos. Ahora sé que no sólo estaba mintiendo horriblemente: también estaba plagiando una novela más bien malita que leí hace poco.

El viaje pasó y yo llegué a cambiar no sólo de indumentaria sino también de tarjeta de transporte, llaves, y orientación. El mundo parece diferente con diez grados menos. Pero también aquí se está bien - sin mentiras.

La tesis: ¿que si me acordé de todo lo que dije de que el vuelo entero iba a trabajar? Claro que me acordé. Pero no lo hice.

4.9.15

Pequeños premios (79)

En algún momento leí que mientras estabas en el proceso de la tesis, tenías que hacer pequeñas celebraciones por cada hito. En un momento de histeria, con la fecha de entrega convertida en la más certera espada de Damocles, quizá sea un poco irresponsable. Pero esta mañana cuando por fin casi todo estaba en su sitio - incluso tenía Internet en casa - recibí un mensaje de mi director. "Buen día... ya me leí la primera parte y tengo un diagnóstico y un pronóstico". No exagero si digo que sentí un poco de sudor frío... este temor casi (pero no del todo) irracional al error, al fallo. Y había que llamarle. Y saber de qué se trataba.

El sonido de su voz más o menos me hizo bajar la guarda: sí, está en camino, mucho mejor que lo que había antes. Con esto seguramente saldremos. Hay muchas correcciones que hacer, sería bueno que alguien más lo leyera para tener más perspectiva y corrección de estilo, pero en términos generales va de camino. Y sería bueno que alguien más lo leyera.

Mi respuesta a la llamada fue cerrar el ordenador y bajar a hacer compras, ver a alguien para comer, cortarme el cabello, prepararme para el viaje. Como si fuera a llegar un nuevo momento. Como si esto finalmente tuviera visos de un final.

La tesis: la traducción sigue. Pero parece que la primera parte está semiaprobada.

23.8.15

Domingo de volver (91)

Despiertos con el sol, o las campanas de la iglesia, a veces el domingo se abre frente a uno como una posibilidad infinita: desde ir al gimnasio hasta quedarse en cama hasta que duela la espalda. Pero no siempre quedarse en cama es lo más apetecible: cuando hay cosas por hacer, cuando el sol brilla – cosas de vivir pendiente de la lluvia – siempre es una buena idea comenzar con los pendientes de la semana: el ejercicio, el jardín, un paseo.  Y los domingos también son para experimentar: para ponerle helado al batido de la mañana, para escuchar música que no se escucha siempre, para intentar hacer una maleta que tienes una semana evitando hacer.

¿Qué hay en Barcelona y por qué me da tanto miedo regresar? Esa es la pregunta que me he estado haciendo todo el día. Y ahora, en el aeropuerto, viendo el cielo caerse a pedacitos (comenzó a llover, finalmente) creo que me siento capaz de hacer una lista que me venía a la cabeza mientras metía cosas en la maleta. Empieza con decir que en Barcelona ya no hay ciertas cosas: este año hay alguien que se me ha ido para siempre y regresar es como invocarlo sin éxito. Además, después de mucho darle vueltas por fin dejé hace un par de meses el barrio en el que había vivido siempre: y entonces regresar a Barcelona es regresar a una cosa que aún no conozco, que no sé cómo será.

Cosas que sí hay: amigos, los sobrinos, la comida, el sol, el resto de mis cosas y mis libros (que tampoco sé dónde terminarán su recorrido). Está la universidad y mi director de tesis y todos los temores al respecto de lo que podría pasar. Ayer leí en una cosa en Internet que decía que el peor enemigo de los Capricornios somos nosotros mismos y nuestra auto-exigencia, nuestro miedo a fracasar. Yo, encima, tengo a la academia a la que le temo, en parte por mi, en parte por lo que escucho con frecuencia de otras fuentes oficiales.

Ya en el aeropuerto, viendo mi avión, me queda sólo respirar profundamente. Ir a redescubrir mi efímera casa nueva, a reencontrarme con mis cosas, a hacer más maletas. Saber que, como cuando voy a Guadalajara, es ir a un sitio que siempre será mi casa pero ya nunca será el mismo. Y concentrarme en lograr en dos semanas cerrar parte de esta tesis que es, sin lugar a dudas, una manera de no despedirse, una especie de ancla que debo levantar.


La tesis: Escribí exactamente tres párrafos. Me imprimieron la introducción y el primer capítulo, con tapas de plástico transparente y anillos de metal, para releerla y corregirla de la forma más cómoda posible. Sentí un pequeño espanto cuando me di cuenta lo poco que parecen 50 páginas impresas a dos caras. En fin.

22.8.15

La perspectiva (92)

No sé si decidí quedarme porque esta ansiosa o porque la previsión del tiempo decía que sería un fin de semana espectacular - por una razón o por otra, el viernes que en lugar de volar estuve acá fue un buen viernes. Aunque me desperté tarde, estuve concentrada trabajando y por un momento, vi una cierta luz de salida: me acordé de mi misma el año pasado, casi en las mismas fechas, trabajando a contra-reloj para terminado un borrador que ahora, por fin, está mutando en texto final. Y lo terminé, cuando necesité hacerlo. Ahora la perspectiva es que si se acaba esta vez, se acaba del todo.

Desayuno de campeones
No salí porque estaba trabajando pero el sol me llamaba. Cuando él llegó, con los 28 grados encima, nos fuimos a buscar el Biergarden: a sentarnos con todos los modernos de la ciudad y tomar cerveza. Estuvo bien salir, ver a la gente, imaginarnos sus conversaciones, imaginarnos el futuro. En el puente que llega ahí hay un montón de nombres de gente de la ciudad - proyectos colaborativos -, incluido el de él. Con medio litro de cerveza encima, buscamos, pero no lo encontramos: "ni hace falta, chica. Ahora es muy nuevo. Hará gracia a la distancia, ahora no tanto".

Me imaginé que la tesis también me hará gracia a la distancia: me acordaré de estos años que me he dedicado a usarla como escudo en momentos incómodos, como ancla en momentos de deriva. Y la miraré con un poco de cariño, espero.

La tesis: esta mañana de sábado, me desperté a las siete de la mañana y terminé la traducción del primer capítulo. Estoy convencida de que toca rearmarlo, pero lo haré en un par de días que tenga más distancia de
él. De premio, desayuné un capuccino y un cheesecake con dátiles. Lujos de doctoranda.