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9.1.24

A una semana

Hay mucha gente que tiene crisis al final de año - con las uvas vienen también las notas de lo que uno hizo y dejó de hacer. A mi no me llega el 31 de diciembre porque muy pronto - un par de semanas después - cumplo años. Y entonces comienza mi crisis.

No siempre me doy cuenta - a veces estoy un poco distraida en mi drama cuando descubro que he hecho un drama de que no me caben ciertos pantalones o de que - otra vez - no terminé de escribir la novela. O el libro de cuentos. O la carta aquella. O los trámites que me pesan como piedra de ahogado.

Ayer, en sesiones consecutivas de yoga, me quedé dormida. Y mientras dormía, a ratitos, soñaba en las cosas que se quedaron sin terminar. Miraba los años que me vienen y me imaginaba que quizá lleguen con más remordimientos que felicidades. Quién sabe qué será, pero por hoy, será extraño.

El domingo, antes de entrar de regreso de la vacaciones de invierno, la criatura hizo una pataleta de esas que sólo nos permitimos en público (específicamente con nuestros padres geriátricos) a los seis años. Llanto, rabia, desesperación. Esa criatura que aprendió a leer en tres meses argumentó que a él ya no le gusta la escuela. "No quiero ir, no quiero levantarme temprano, no quiero hacer nada. ¡Yo lo quiero es ser libre!".

Me parece a mi que los días que me quedan en enero entre las fiestas y mi cumpleaños son como el domingo antes de volver a clases. Y me pregunto porqué estoy haciendo este trabajo, en este lugar, porqué estoy criando de esta forma, y preocupada por estos temas. Todo sobre mí - en lugar de estar pensando en las crisis interminables que corren como ríos por el mundo. 

El drama es un acto de egoísmo y de re-centrarse, de encontrarse otra vez en aquello que ver-da-de-ra-men-te habíamos querido ser. Y aquí estoy, en este blog que es como una historia olvidada, haciendo la pataleta cerca de los cuarentaycinco y pensando que había muchas cosas que hubiese querido - o que creo que hubiese querido.

Los cumpleaños son en realidad un trago amargo de suero de la verdad.

19.11.19

Duelos

Hace un par de días que al acordarme de ellas se me detiene un poquito la respiración. Es la distancia, igual, que no me permite tirarles los brazos alrededor del cuerpo y apretarlas fuerte, estrujarlas, con las esperanza de sacarles un poquito la tristeza. Porque a veces es tanta que uno quisiera exprimirla y mancharse con ella y llevarla por ahí en homenaje al dolor de los otros.

En medio de los grandes dolores colectivos vienen los pequeños y absolutos dolores individuales. Y a la distancia vivo la pérdida de una madre, de un amigo querido, de une hije esperade. De un pedacito del cuerpo. De la mitad y media del alma. Imagino sólo el andar por ahí medio cojo de dolor, medio doblado de angustia, medio ciego, sordo y mudo porque cómo se hace para tener todos los sentidos cuando ninguno le queda al otro. Cómo, si lo único que te queda son los recuerdos, los que tienes o los que habías adelantado.

Poco se habla de la muerte, de los duelos. De la manera en que nos enfrentamos a las pérdidas que tememos tanto. Yo las temo cada vez más cada día que pasa, porque entiendo que lo que tengo (tenemos) es una cuenta atrás de un total desconocido. Y al no hablar de los duelos los hacemos más incomprendidos, más insoportables, más rápidamente silenciados. Pase a la siguiente cosa, a la otra, que la rueda de la fortuna de la realidad contemporánea no para, no da tregua, ni respiro.

Escribo aquí por les hijes que no han llegado a nosotres, por las madres y padres que nos han dejado un poco más huérfanos, por los amigues que se han apagado dejando encendida la luz. Por la promesa de su vida que ahora tenemos que re-escribir, re-enmarcar. No es cierto que dejan de doler. No es cierto que se van. Y es no hay por qué deberían de irse. También somos las cicatrices, las rupturas, las imposibilidades, los silencios. Los duelos. Los abrazos que damos en los duelos y que nos pegan, aunque sea momentáneamente, los pedazos de cielo que vamos dejando tirados alrededor.

15.8.18

Uno (y antes)

Se publica esto con retraso... como tantas cosas desde hace casi catorce meses. Con retraso y felicidad de que todo esté en donde está. Y más felicidad de volver a escribir, como después de la lluvia. Y se publica aquí y no en el blog de la mamá porque esto también es de la otra, la de antes.

* * *

Lobito mío:

El primer regalo que le dí a tu papá, seis meses después de conocernos, fue un CD que había comprado para mi. Estoy segura que ya has jugado con él en tus incursiones a las cosas que están en mi estudio. Era un disco de Jorge Drexler - hacía muy poco que lo había descubierto gracias a tu tía Ju. Escuchamos ese disco muchas, muchas veces, en los viajes que hicimos por carretera. Y cuando supe que venías también lo escuché constantemente. Tanto, que quizá tu recuerdas haber dormido conmigo meciéndote por la sala.

Hoy cumples tu primer año. Desde ayer estoy pensando en todas las cosas que nos pasaron antes de que llegaras - en quien era yo cuando estabas en camino. En cómo hemos crecido juntos. Y la primera noche que salimos tu papá y yo después de que llegaras fue, justamente, a un concierto de Jorge Drexler (y con tu tía Ju). Muy pronto en el concierto cantó una canción que dijo que era antigua, pero yo no la conocía. Se llama Antes. Cada vez que la escucho, desde entonces, pienso en nosotros (en tí y en mí). Te la presento, y te cuento por qué.

Antes de mí tu no eras tu
Antes de tí yo no era yo
Antes de ser nosotros dos
No había ninguno de los dos


Antes de ser parte de mí
Antes de darte a conocer
Tú no eras tú y yo no era yo
Parece que fuera antes de ayer
Te cuento que, la verdad, la yo que soy ahora es diferente que la que era cuando no habías llegado.
Con pastel y todo
Ayer me llamaste “mamá”... creo que gracias a la repetición de la palabra por tus abuelos, que están aquí de visita para verte. Y esa persona, la que se llama “mamá”, se estrenó en el mundo contigo, al mismo tiempo. Cuando yo respiré para pujar la última vez y te escuché llorar, apareció. Y es divertido verme/verla a la distancia: ver lo que ha modificado y lo que sigue siendo. Ver que parece que siempre he sido esta cuando en realidad he sido más tiempo la otra. Y aún así el tiempo que tienes aquí parece, al mismo tiempo, tan corto y tan largo.

Antes que nada
Yo quiero aclarar
Que no es que estuviera tampoco pasándolo mal antes

Cuando supimos que venías, estuvimos muy contentos... pero también habíamos pasado una temporada feliz. Después de años de búsqueda, de aventuras por separado, de angustias por separado, tu papá y yo pensamos que igual tendríamos que intentar estar juntos...porque quizá estar juntos nos haría más felices. Y acertamos. Con una paz no esperada, con una tranquilidad no prevista. Pasamos un par de años compartiendo cosas, imaginándonos el futuro con el otro. Yo había encontrado un trabajo. Vivíamos bien en esta ciudad. Viajábamos a ver amigos a diferentes lugares, solos y por separado. Habíamos terminado una casa de adultos - con un sofá blanco y llena de cactus y de cosas que se rompen. Pero nosotros estábamos bien. Así que el que vinieras en camino llegó como una sorpresa dulce y maravillosa en unas vidas que estaban cómodas y acomodadas. 
Pero algo de mí, yo no supe ver
Hasta que no me lo mostró
Algo de tí, que quiero creer
Que no vio nadie antes que yo
Que nadie vio antes que yo
Hay tantas cosas de mi que descubrí cuando estaba esperándote y descubro cada día contigo que no puedes ni imaginarte. Son los regalos que trajiste para mí. Me descubriste que soy mucho más de lo que jamás creí - que mi cuerpo es un mecanismo maravilloso, creador de milagros. Me has vuelto más serena, más sonriente, más paciente en algunas cosas y también más rabiosa en otras. Creo que nunca había dormido tan poco en mi vida, y aprecio mucho más los pequeños placeres como tomar café caliente, el silencio de la mañana durante tu siesta... y eso también me hace más feliz.
Después de todo
Lo que quiero es decir
Que no entiendo como podía vivir antes
No entiendo como podía vivir antes
Y mira, aquí resulta que no estoy de acuerdo. Entiendo y sé cómo podía vivir antes. Pero mira tu por donde, también me gusta, me fascina, me asombra, vivir como vivimos ahora. Felicidades, querido mío, por este año. Y un millón de gracias.

16.4.17

Resurrección

Hay milagros tan grandes que pasan casi desapercibidos. Durante años, meses, días, segundos, piensas en tu vida, en lo que te rodea, sin verlos en realidad. Sin verte. Y parece milagroso ese instante en lo que algo te hace mirar una vez más en ese reflejo, en el espejo, en el fondo del armario. Y es un milagro descubrir que sí que tienes un par de zapatos que vayan con ese vestido, que sí que tenías un argumento para ese artículo, que sí que anotaste el dato, que guardaste el boleto de entrada al cine, que reconoces los colores que te trae la primavera. Que lo que te esta pasando, aunque sea la primera vez que te sucede, es reconocible para ti porque es un milagro.

Me pasa con la Pascua. Me pasa que me hace recordar todos esos pequeños milagros de mi infancia que se encadenaban en la semana santa: cuando descubrí la verdadera voz de mi abuelo, cuando comencé a pensar cómo atrapar la luna en un pañuelo, cuando me deshice de mi miedo de leer en público, a conducir sola, a buscar un amor, a abandonar un amor. Algo pasa conmigo que hay ciclos que se abren y se cierran alrededor de la semana santa, de la vigilia pascual.

Quizá sólo sea la necesidad de un rito. O la comodidad de tener uno que es a la vez inamovible y rico en significado. Llega la pascua y es para mi tiempo de encender velas como en la iglesia de mi infancia, cocer huevos como me enseñaron mis hermanos de vida, disfrutar del sol y la compañía como aprendí en casa. Esas cosas son las que hacen la resurrección.

Y hoy, queda citar las escrituras. Las que conocemos como santas y las que se hacen santas a lo largo de la vida. Y acordarse de las palabras registradas por el Evangelio de Mateo, al intentar explicar la manera en cómo se viven los milagros ("Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas"). Y las de Juan, que cuentan la angustia del que ha perdido algo
("Mujer, ¿por qué lloras, a quién buscas?"). Y las de Derek Walcott en Love After Love, que narran la felicidad de encontrar en uno esa cosa que necesitaba resurrección (la traducción, con todos sus tropiezos, es mía):

The time will come /Llegará el tiempo
when, with elation /en que, jubiloso
you will greet yourself arriving /te saludarás al llegar
at your own door, in your own mirror /a tu propia puerta, en tu espejo
and each will smile at the other's welcome, /y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro and say, sit here. Eat. /y dirás siéntate aquí. Come.
You will love again the stranger who was your self./Volverás a amar al extraño que eras tu mismo.
Give wine. Give bread. Give back your heart /Sirve el vino. Sirve el pan. Regresa tu corazón
to itself, to the stranger who has loved you/a si mismo, al extraño, que te ha amado all your life, whom you ignored   / toda tu vida, al que ignoraste
for another, who knows you by heart. / por otro, al que te conoce de corazón.
Take down the love letters from the bookshelf, /Saca las cartas de amor de la biblioteca, the photographs, the desperate notes, / las fotografías, las notas desesperadas,
peel your own image from the mirror. / arranca tu imagen del espejo. Sit. Feast on your life.  / Siéntate. Homenajea tu vida.

22.3.17

Esa cosa que tiene que ser robada

No son cerezos... son narcisos 
que veo todos los días
Hace años, en la sala de una casa en el sur de la ciudad en la que nací, me estaban enseñando a leer el tarot. Y aprendí, entre otras cosas, que el tarot que uno lee no puede ser comprado - debe ser regalado, casi como una ofrenda, casi para asegurar que sea una suerte el que las manos y los ojos de uno se topen con los arcanos y puedan ponerlos en un orden que haga sentido.

Hay otras cosas en la vida que, para que cuenten, tienen que ser regaladas. O robadas. Ayer, por ejemplo, buscando qué postear el día Mundial de la Poesía, me encontré de boca con una cita de Pablo Neruda, de su poema XVI, puesto por mi querida Chinos en su página de Facebook. Y lo robé. Y lo paseé en mi propio estatus de Facebook y de Twitter como si yo me hubiera acordado solita de que existía. Era un hurto bien intencionado: uno que sólo tiene sentido porque al leer la frase encontré la manera para explicar el día. Ese "quiero hacer contigo / lo que la primavera hace con los cerezos". Ese ardiente deseo de cambiarlo todo, de florecerlo todo, de imaginarlo de nuevo. De insuflarle vida. Y aquí estamos, vestidos de primavera, de cerezo. Todo gracias a haber robado con alevosía y nocturnidad.

Confieso también que no fue  la primera vez en la vida que he robado poesía. Dos de mis libros favoritos - ajadas ya las páginas por los años, las mudanzas, las angustias, los estrujones, los paseos en bolsas, mochilas y maletas -, eran originalmente de alguien más. El de Jaime Sabines, esa poesía completa que está firmada para mi, era de Juan. Y me lo había prestado ese día que vi a Sabines y, sin saber cómo, me pareció que necesitaba usarlo, que necesitaba esgrimirlo como mío, para argumentar cómo entendía y deseaba quedarme junto a esa Tarumba ("¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo y no tengo ganas sino de mirar y mirar?".)y esos Amorosos ("El amor es la prórroga perpetua,siempre el paso siguiente, el otro, el otro."). Juan, querido Juan, nunca me lo reclamó. Entendió en mi angustia a posteriori que necesitaba quedarme con la poesía que venía con el hecho de tomar las manos casi temblorosas del poeta, entonces tan cerca de irse sin saberlo.

Mi otro libro favorito, de José Carlos Becerra, no tuvo tanta suerte. Después de años, meses de estar juntos, cuando B y yo nos desencontramos, el libro se quedó de mi lado, en esa suerte ridícula de ir separando las cosas como si al deshacernos de ellas pudiéramos desatar los lazos, tan claros, que habíamos tejido. Los amigos no se dividen, las vidas no se dividen, los libros no se dividen. Y ese libro me acompañó durante años y con él su Bella Durmiente donde se guardaban las claves de todas las distancias ("Tal vez sólo fue esa costumbre de acariciarnos así, /de imaginarnos así,/ en secreto,/ en aire no compartido,/en respiración por separado,/pasando lentamente la mano por la sospecha de una caricia, como/alguien que mira hacia el mar/viendo desde su cama la pared de su cuarto") que entonces no sabía que tendría que dejar pasar.

Y también está esa poesía que no robé, que me regalaron. En mis ojos todavía suenan las "mareas inmóviles de polvo" que llegaron un día en un librito autoeditado para decirme cosas que no sabíamos aún nombrar...

Confieso mis hurtos de poesía no en busca de perdón, ni de misericordia. Este texto no es ni siquiera un acto de contrición. Es - tan por el contrario - una súplica a la parte de mi que sigue deseando escribir  poesía. Una petición de rodillas para que me robe toda la que vivo en el cotidiano.

3.10.16

Domingo de negativas

Han dicho que no. Que no se olvida. En las calles, en las manifestaciones, en los diarios. Han hablado los que se acuerdan de qué y cómo aquel dos de octubre en Tlatelolco. También los que no saben, los que no se acuerdan, a los que poco les importa. Igual han dicho que no porque en Tlatelolco el dos de octubre un poco huele a pólvora en la memoria y un mucho quizá a desesperanza. Porque a veces sirve recordar la indignación, sólo por hacer uso de un músculo que ha perdido por completo su entereza. Sólo por acordarse que todavía en mi país eso de hablar en voz alta a veces atrae, como un imán, a la violencia.

Han dicho que no. Bastantes colombianos han dicho que no querían el acuerdo de paz y otros tantos, muchos más, han dicho que no salían a votar. O no lo han dicho pero se han quedado en casa, asustados del huracán que llegaba, o del miedo que tiene muchos años - quizá demasiados - descansando en una esquina de un sofá. Junto con la rabia. Junto con muchas otras cosas que no conozco y no sé nombrar. Junto a lo mejor, otra vez, la indignación esa que me parece que es un animal gelatinoso también en lugar de hacernos mover nos hace quedarnos, y señalar con dedos flamígeros, y tirar la primera piedra como si nunca hubiéramos querido que nos preguntaran nada.

Han dicho que no. Eran menos del 40% de los húngaros llamados a las urnas pero han llegado en masa a decir que no quieren la cuota de refugiados que acordó la Unión Europea. Que no entre ninguno de esos, que no sabemos qué quieren, que no podemos y no nos da la gana abrirles las puertas de nuestro país, ni a los adultos, ni a los niños, ni a los que lloran, ni a los que pudiesen ayudar. Y dice el presidente húngaro que qué importa que el referéndum no sea válido: que a él ese no ya le vale, ya le es victoria política, ya le legitima para actuar en consecuencia.

Ha dicho que no. Luis González de Alba no lo dijo, pero lo pensó y lo hizo: no quería despertar un día más. Preparó todo, escribió hace más de un mes una columna críptica pero llena de sus verdades que se publicaría el domingo a Milenio, hizo un tweet de madrugada para aquel amor de su vida, y apagó el switch de su vida con "el último acto de su salvaje libertad", como lo describió Aguilar Camín.

Y con tanta negativa yo amanecí este lunes un poco escaldada, fría, desconcertada. Con la sensación de metal en la boca que deja masticar tantos dolores acumulados. Pero era lunes y hacia sol y había que seguir. Porque para todos los demás esto sigue y con recuerdos, dolores o temores, a veces hay que decir que sí.

21.6.16

Equinoccio, sentido por sentido


En Guadalajara, los veranos también tienen un poco sensación de monzón. Uno sale de la escuela en medio del calor para encontrarse envuelto en pocos días en tormentas que duran todo el día, toda la tarde, toda la noche. Y es una cosa que se asume como normal, como natural: los niños tapatíos nos volvemos expertos en juegos de mesa, en juegos de interior… a veces, uno podía escaparse de la mano vigilante, del ojo protector de nuestras madres y acabar bailando bajo la lluvia: con el temor al regaño o al resfrió, pero la certeza del gozo del agua corriendo sobre los brazos y las piernas desnudas.

Y ahora en Rotterdam, sin saber que iba a ser así, había pasado demasiados días de monzón. Salgo a caminar sí, pero cuando se va la lluvia. Y cuando llueve ahora prefiero mirar el agua desde el interior, con un libro. Prefiero, como cuando era niña aburrirme: quedarme mirando a un punto en la pared hasta que de la nada brota una historia, un recuerdo, un cuento.

Y esta tarde después de la comida, después de la siesta, después de leer, después de aburrirme… tenía que salir a algo. Al aire. Al verano ese que no se termina de definir como tal. Es el día más largo del año y hay que aprovecharlo.

Salí con un suéter y un abrigo de entretiempo para descubrir que, como en Guadalajara, nublado no significa frío. Pronto mi cuerpo exigió que me quitara el abrigo y siguiera caminando sólo con el suéter de algodón, que era suficiente para cubrirme. Y entonces descubrí que quizá tenía muchas horas en el interior de mi casa – tantas, que mis sentidos estaban medio dormidos.

Estaba despierto el oído, a fuerzas, con los audífonos en un podcast extraordinario sobre el derecho a salir del armario como gordo. Camino sonriendo y la gente, me parece, me sonríe. Hay una cosa en la luz de las tardes lluviosas: es como si tuvieran un filtro de suavidad que hacen todos los colores más nítidos. Y al pasar por el parque, mi nariz, por primera vez en el día, se despierta violentamente. Debe ser el agua, debo ser yo, pero casi siento que podría distinguir el olor del agua sobre cada una de las flores, de los diferentes tipos de césped, del suelo, de la tierra. Y el olor es tan intenso que casi, a ratos, lo puedo probar en la punta de la lengua. Las nubes pasan, rápido, y de pronto la lluvia comienza de nuevo: tan fina como una cortina, la siento en las partes de mi cuerpo que “sobresalen”: mi nariz, las puntas de mis dedos que se mueven, mis pies y mi frente… Intento seguir, ir al mercado, y mientras explico que quiero dos kilos de tomates no dos tomates, se suelta el diluvio universal. Como en un monzón. Y camino con un paraguas hasta un punto de refugio.

Estoy sentada en un café, con mis pantalones un poco mojados, mis zapatos y mis pies también. Las puertas están abiertas pero no entra viento, entra fresco. Hay una canción con una percusión estable y dulce que parece hacer contrapunto a la lluvia. La página blanco parece mucho menos terrorífica: a mi alrededor la gente, a pesar de la lluvia, sonríe. Tengo un café con leche a la mitad (la taza manchada con mi pintalabios) y en mi boca todavía permanece un poco la textura de una galleta de chocolate que me dieron para acompañarla. Sentido por sentido, el día más largo del año está completo en este minuto.

10.5.16

Ma-ma-mayo

En España, el día de la madre se celebró este año el 1 de mayo - sí, el día del trabajo. Nada extraño porque, según la mayoría de las madres que conozco, es el trabajo más intenso al que se puede acceder. Entonces he tenido diez días - hasta el 10 de mayo que es el día de las madres en México - para reflexionar sobre el hecho de la maternidad, los instintos maternales y todos los colaterales.
Al ser una mujer de treintaymuchos recibo con bastante frecuencia la pregunta de cuándo y cómo voy a ser mamá. Si quiero ser mamá. Si me lo planteo. Desde mi ginecólogo hasta mi familia, pasando por gente a la que es la primera vez que veo en mi vida y, sospechosamente, siente que tiene tanto derecho a preguntarme si quiero o voy a ser madre como si tomo agua con o sin gas.
Últimamente mi respuesta estándar es no lo sé. Y a partir de entonces cierro las orejas porque sé que una buena parte de la población comenzará con el pero tienes que apurarte porque ya tienes una edad o es una cosa que tienes que saber pronto. No lo sé.
Me pasa la pregunta por la cabeza todos los días cuando miro a través de la ventana y veo a mis vecinos jugando con sus familias en el jardín. También cada vez que veo a mis hermanos con sus hijos, a mis primos, a mis amigos del alma. Cuando tomo en brazos a alguno de los bebés cercanos a mi. Cuando leo algún artículo elegido para mi por Facebook o veo a los personajes de la televisión o la literatura preguntándose si quieren o no hijos. No lo sé.
Quizá es una cuestión de prudencia. Conforme va pasando el tiempo soy más consciente - si se puede - de la responsabilidad tan grande que implica ser mamá. Y cómo es una cosa para toda la vida, todo el tiempo, siempre-siempre. Quizá entonces no es prudencia. Es simple y sencillo miedo o cobardía.
Mis mamacitas: mi madre y la suya, posando
Me gusta ver a las familias de las que me he rodeado, tan dedicadas a su maternidad/paternidad moderna, comprometida, preocupada. Me gusta ver a través de sus ojos las alegrías que representan los pequeños avances, grandes logros. Tengo una fortuna: tener muchas madres a mi alrededor que están encantadas, felices, realizadas con su opción de tener hijos.
Pero no es a lo que les pasa a todas: también he visto, veo, madres amigas que aunque aman con locura a sus vástagos están cada vez más cansadas, más fastidiadas, menos ellas, más tristes. Las veo diluirse con todo y angustias en las agendas de los niños, de las múltiples obligaciones educativas, formativas, lúdicas. La vida nunca será la misma una vez que tengas un hijo: me dicen una y otra vez... y no sé si es una promesa o una amenaza.
El camino de las madres pues, no es fácil. Las no-madres lo sabemos y quizá por eso preferimos mirar desde la lejanía. No temo a la ausencia de instinto materno sino quizá la sobresaturación de mi instinto filial: para ser hija me he estado entrenando toda la vida, encima, con una mamá protectora y un poco bruja que sabe llamarme exactamente cuando algo no va del todo bien. Así las cosas, es difícil ponerse a pensar en lo de ser madre: sobre todo cuando estás rodeada de tantas que lo hacen tan bien. Felicidades pues a todas las que saben, han sabido, han elegido ser madres. Las abrazo con todo mi corazón y admiración, aún sin saber si voy a unirme o no a ese club .

22.4.16

Elegancia casual

Lo de volver al gimnasio es un reto completo: no sólo por el cuerpo, que se ha desacostumbrado a sudar, sino también por entender nuevamente las dinámicas sociales que se dan ahí, lo que puedes y debes hacer y a que hora. A mí, que lo del ir a hacer ejercicio no es necesariamente algo que esté en mi agenda desde siempre, me tocan las horas de la mañana - cuando estoy lo suficientemente dormida para que no me importe mi cara de papa, el sudor y el esfuerzo sobre la máquina.
Pero hace unos días se me hizo tarde. Me quedé en casa escribiendo y sólo salí por la tarde, cerca de las cuatro. Y resulta que mi gimnasio - que tiene unas vistas magníficas a la calle, al cielo, a la lluvia - se convierte en un lugar diferente. Si en la mañana hay algunos atletas dedicados y otros cuantos que estamos intentando mejorar nuestra situación física a cómo de lugar, en la tarde hay una población que se dedica a ser guapa en el gimnasio.
Ya lo había visto alguna vez, en un viaje a la tierra de guapos y los hermosos: cómo el deporte, los entrenamientos se convierten más bien en un pre-ritual de acercamiento. Y ese día, casi no pude concentrarme en mi esfuerzo por ver lo que se gestaba a mi alrededor: las chicas que en el vestidor se maquillaban y se peinaban expresamente para la sala de ejercicios, los chicos que continuamente están frente a un espejo para ver si su musculatura está en el mejor ángulo, las imposibles selfies durante clase de spinning que entran a un concurso que tiene el gimnasio de las mejores fotos en redes sociales.
Estaba tan divertida que, al principio, no me di cuenta de mi misma. Pero al terminar, mientras recogía mis cosas, fui consciente de cómo mis zapatos no combinaban con mi camiseta, cómo mi panza abultada resaltaba en esos fínismos y entallados pantalones, y mi cara era roja, más roja que cualquier tomate.
Y decidí acordarme de esto y continuar yendo en la mañana. Porque creo que me siento más cómoda entre los que, de cualquier manera, encontramos lo de sudar a ritmo constante un asunto más íntimo que atractivo.

17.4.16

Caras familiares

Hay una línea muy delgada entre estar solo y sentirse solo - sobre todo cuando hace relativamente poco que cambiaste de ciudad. Todavía están muy cercanos los rituales de la otra urbe, en la que ya no estás, y si un domingo te encuentras inesperadamente distraída y acompañada sólo por el gato (al que además le caes un poco mal porque la comida que compraste no es la buena) y hace sol... es una buena idea salir. Sacudirte el domingo y salir, caminar, ver, ponerte las gafas, entrar a un mercadillo, no comprar nada, pero curiosear y pensar...

Y seguir caminando y decidirte a entrar al museo como quien entra en la casa de un viejo amigo: mirar por las ventanas, visitar las exposiciones temporales y dar una vuelta a una sala y encontrarte con esa cara familiar y sentir que ella te conoce como la conoces tú. Y mirarla de reojo. Sentarte un poco. Regresar. Volverla a ver. Respirar frente a ella. Descubrir que no te da miedo como te dio la primera vez que la viste: más bien, al encontrarla, recuerdas un poco quien fuiste, quién eres, quién te gustaría ser.

Y así, salir del museo a las calles de la ciudad y hacerla otra vez un poquito más tuya. Con la fortaleza que da tener una cara familiar por ahí.

(El museo es el maravilloso Boijmans Van Beuningen de la ilustre Rotterdam. Mi amiga, la mujer que vive en De schiettent [La Galería de Tiro], pintada en 1931 por Pyke Koch y retratada por mi en su casa.).

8.4.16

Sobre lo flexible del tiempo

Todo era una locura hace un año, exactamente. Afuera del hospital, todo parecía un poco irreal - pero estaban ahí las cosas, había que resolverlas. Llamar a la gente, contestar las preguntas, ir a casa a buscar ropa (¿y zapatos? ¿Necesitamos zapatos?), lidiar con los asuntos de un entierro. Porque la muerte es una cosa tremendamente normal, en el fondo. Vamos, es anormal pero no puedes detenerte - la vida sigue. Es normal para quien la ve todos los días y te guía por ella como por una carrera en la ciudad en la que has vivido por años, pero que recorres con los ojos cerrados por razones lejanas a ti. El mundo sigue: se multiplican los mensajes, las llamadas, los abrazos, las preocupaciones, y además hay que recoger las cosas que quedan en el hospital, buscar una manera de hacer que todo eso tenga sentido. Incluso lo que no lo tenía.
Hace un año, y es como si hiciera unas horas, un día, un sueño, un suspiro. Desde hace unas semanas en esta casa nueva, en este país nuevo, tengo enfrente de mi escritorio una fotografía en la que aparezco con él y estamos contentos. Era una Navidad. La primera que pasé en su casa. Y estamos tan felices, tan ahí, tan mirando la cámara de Alex que nos retrataba como nadie antes. Tan eternos y tan impermanentes.
Imagino que, como yo, todos los que nos quedamos cuando alguien se muere nos sorprendemos al ver los calendarios. Me acuerdo del desasociego cuando había pasado una semana, un mes, y ahora un año. Sin oírlo. Cómo me falta oírlo. Cómo rasco en lo que todavía se queda en mi memoria de su risa.
Supongo que si me viera llorando por los rincones haría lo que siempre hacía cuando lloraba yo por los rincones: bajaría su cabeza para que no lo viera  preocupado. Me extendería la mano y tocaría mis dedos, para calmarme. Me contaría una historia tonta o me pediría té o un diario o algo para distraerme. Me gusta pensar eso: que si pudiera venir a abrazarme lo haría.
Hoy más que nunca me parece que el tiempo es flexible. Que el que haya pasado un año no significa nada. Quizá como me dijo otro de mis guías el día de la lectura de mi tesis, la gente no se muere mientras los recordemos. Y mientras miro esa fotografía, en la que somos tan felices, sé que si bien extraño su risa, su abrazo, sus locuras y sus desplantes, en el fondo no se ha ido. Me quedan los correos que nos mandamos durante años, los recuerdos que cuelgan de las paredes y las ciudades, y la sospecha - todos los domingos que me levanto tarde - de que en cualquier momento podría sonar el teléfono para despertarme con una carcajada... en ese tiempo flexible en el que él todavía está.

19.2.16

Insomnio

No importa con qué frecuencia suceda, una vez que está ahí, instalado junto a ti en la cama, parece que es la peor de todas. Te despiertas y crees que, seguramente, podrás dormirte de nuevo. Porque es lo que usualmente sucede - lo que debería suceder. Pero hay días que no es así. No se puede. Porque en el momento en el que cierras los ojos de nuevo, aparecen frente a ti un millón de posibilidades. De cosas. Y no precisamente los borregos que deberías estar contando para quedarte dormida.

Hay pocas soluciones. Intentar calmar tu mente - pero cuando empiezas con eso, recuerdas que tus intentos con la meditación (y para el caso con el yoga, el jogging, o casi cualquier otra rutina) no han sido muy alentadores. Y escuchas en algún rincón de tu cerebro aquella técnica maravillosa que no falla nunca. Y recuerdas cómo te quedabas frita (o casi) rezando el rosario cuando eras niña. O aquello de que las notas de la clase de biología eran como el más potente somnífero, sobre todo cuando tenías un examen al día siguiente.

Por tu cabeza pasan, sin orden ni concierto, todas esas cosas que te preocupan: todoaquí, que diría Quino en una tira de Mafalda. Viajes, bancos, dietas, carreras, trabajo, falta de trabajo, artículos pendientes, la novela que nunca se escribió, el blog...

Y estás así dos horas en la cama, sin dar vueltas tampoco porque no quieres despertar a quien duerme junto a ti. Hasta que te escurres de la cama y sales de la habitación con una manta y una almohada a cuestas. Y comienzas a escribir. Como si fuera remedio para cualquier cosa.

4.10.15

Domingo, después de todo

¿Se acuerda, señor lector, que esta blogger inconstante estaba haciendo un conteo? Ella también. El problema es que ya no recuerda en qué día estaba. O qué día debería seguir. Sé que hoy es el día cinco después de entregar la tesis - y, por primera vez en meses, he estado llorando por los rincones por todo lo que pasó en este año y los anteriores.

No soy la primera ni la última: he hablado con el serbio y Miss M. hoy que están los dos en los últimos momentos antes de entregar la famosa tesis doctoral. Estamos viviendo las mismas angustias con una semana de diferencia, más o menos. Y el domingo pasado yo estaba, en el más perfecto mexicano, que me llevaba la chingada mientras veía los resultados electorales. Aunque empezaba a ver la luz todavía no me quedaba claro si llegaría o no, si se podía entregar o no, si valía la pena entregar o no. Pero la luz, en realidad, era una voz que me decía: corre, corre, entrega ya, lo que sea. Porque si te tardas más quizá no querrás entregarlo nunca.

Mientras escribo, sentada en la soledad de mi departamento, agradezco infinitamente que hoy se haya roto el mando de mi televisor y que no pueda estar cambiando incesantemente los canales, viendo las tertulias políticas, los resúmenes deportivos... Vi una película, sí. Y quizá, como era un poco agridulce (Me, Earl and the Dying Girl), fue lo que me hizo llorar. Pero en realidad era como si abriera las compuertas a todo lo que me ha hecho falta llorar estos meses.

Al otro lado del océano, están mis padres. Y me encantaría abrazarlos hoy, muy fuerte. No les llamo porque estoy llorando, y se van a preocupar, y tampoco puedo explicarles qué me pasa. Pero si quisiera explicarles a ellos que leerán esto - porque son mis lectores más fieles, a pesar de todo - qué es lo que me pasa, les podría decir que es como si se me hubiese abierto una compuerta. Como si hoy, por primera vez en meses, hubiera salido de esa coraza que me había puesto para no estar, para no sentir, lo doloroso que es esto de irse.

Porque ya me fui, me estoy yendo. Y no es que me vaya de Barcelona, sino que me voy de esa que fui aquí. Me voy más rica, llena de cosas, de experiencia, de esperanza, pero no con todo lo que quisiera irme. Hoy, sin mis padres de allá (aunque sé que siempre están aquí) y rodeada por mis hermanas y mi madre de aquí, me ha dado por contar las cosas que ya no tengo. Lo que me falta.

Me falta la tesis: me falta esa cosa en la parte de atrás de la cabeza a la que siempre podía volver cuando no quería pensar en otra cosa. Ese pretexto académicamente correcto para mandar todo lo demás al carajo.

Me falta la duda de que la persona con la que estoy, mi pareja, esté verdaderamente conmigo y se preocupa por mi. Está porque me quiere y me dirá si algo va mal, para resolverlo. Está, y no jugando un rompecabezas, ni una adivinanza. Está, está y estará, y hace un esfuerzo infinito para demostrármelo aunque yo vaya y venga, infinitamente, como una nube de esas que se ven sobre la que ahora es nuestra casa. Un botón, para muestra: esta tarde, cosa extraña, le escribí un correo de una línea: "I love u" (A mí, que no me cuesta decir cosas, a veces me cuesta decírselas a él). Y él (a quien le cuesta decir cosas, pero siempre las hace patentes) respondió: "May I save this and quote u whenever?".

Yo, que siempre digo que quiero a la gente, a él no se lo digo. Y debería decírselo. Y debería decir muchas otras cosas porque luego el tiempo se pasa, la vida se corre, la gente se muere. Mierda. La gente se muere. Y estoy triste porque me falta la tesis, me faltan mis dudas existenciales, y más porque me falta el señor V. Para pelearme con él, para no entenderlo, para cabrearme, para hacerle un antojo, para que me rete, para que no entienda mis decisiones, para que no sepa cómo comportarse cuando estoy sentada en su sala por-e-né-si-ma-vez-llo-ran-do-co-mo-mag-da-le-na porque las cosas no salen como a mi me gustaría, como yo quiero.

Cuántas tazas de té, vasos de whisky, de vino, pedazos de chocolate. Cuántos emails rabiosos de un lado y de otro. Cuántos silencios. Cuánto desconocimiento de un lado a otro. Cuánta falta me hace el sol que pasaba por entre las cortinas perpetuamente cerradas de aquella casa enfrente a donde murió atropellado Gaudí. Y así nos quedamos todos: atropellados, perdidos, olvidados, peleándonos con lo que se queda ante la ausencia de lo que realmente nos falta.

Allá, al otro lado del mar, están mis padres. Y más que nunca me da miedo que estén lejos y me da tanta alegría sentirlos tan cerca. Y rabia porque me guste estar lejos y viajar y ver y porque sé que no sé si querría volver allá - no por ellos, sino por mi y por quien soy ahora.

Somos contradictorios, pues. Y estos días, los de la Cinthya DT (después de la tesis) encuentro literalmente decenas de libretas con cosas inacabadas, de ideas, de cosas por escribir, de proyectos por hacer. Pero hasta ahora, hasta este segundo, no había podido más que escribir pequeños "estatus" en Facebook. No había podido más que comunicarme de lo justo, más que discutir sobre los procesos electorales de esta patria mía por elección porque era la manera de hablar y enrabietarse sin discutir sobre lo que realmente había adentro.

Pero adentro hay mucho. Hay como una cascada que no se calla y que, si miro a los paredes blancas de mi casa con sus 80 escalones y sus vecinos murmurantes, se proyecta ahí, como en un cine. Y quiero acordarme de tus ojos cuando estaban abiertos y cuando sonreían. Y quiero volver a que me discutas, a que me piques para que me ponga a terminar. Y hablo en segunda persona porque me niego a creer que se haya ido y a veces es la única manera de traerlo de vuelta.

Hay cosas que te hacen crecer. Perder un hijo - aunque luego esté la posibilidad de tener otros -, perder un padre - aunque haya sido uno que te había llegado sin esperarlo de adulta, de bonus, porque tienes esa suerte. De pronto, seis meses después, te sientas con un vaso con whisky y lo único que puedes hacer es llorar. Llorar de añoranza, de rabia por los desórdenes que se generan cuando la gente se muere, de desconcierto y miedo porque te estás yendo y aunque importa, ya no importa tanto, porque no eres la que eras ni él tampoco. Él ya no es más que lo que es en tu memoria.

Me considero inmensamente afortunada. De muchas fuentes. Y si a veces necesito ir algún domingo a la iglesia es porque me parece indecente no dar gracias a alguien que tiene que estar, a algo que tiene que ser más fuerte que lo que entiendo. 
Respira... profundo... y mira al fondo....
. Y parte del agradecimiento es reconocer que es uno pequeño, frágil, que se pierde. Y que lo que pierdes (o te pierde) te hace mucho más fuerte.

Estoy en casa, pero tengo muchas otras casas. He terminado la tesis pero me queda mucho más por decir al respecto. Ahora, en este momento, más que nunca, tengo ganas de seguir escribiendo. Y si escribo en este blog, sin conteo, sin orden, es porque es lo que me sirve para estar en contacto conmigo y con aquellos que me leen y a los que no puedo contarles todo esto con el orden y la claridad que quisiera (ni que pretenda que esto sea claro y ordenado... pero a fin de cuentas es una cascada...).

Aún es domingo. El primer domingo del mes en el que recuerdo el aniversario de bodas de mi padres, el cumpleaños de mi primer novio, mi primer (y trunco) matrimonio, mi primer (y trunco) embarazo, mi primer y segundo master, mi inicio de doctorado... mes en el que llegué a la ciudad que me dio un motivo para tatuármela y el mes que la dejo. Aún es domingo. Y escribo para que en años, cuando quiera ver quien era hoy, casi pueda tocarme. Para que mis padres - esos lectores inesperados y fieles - sepan que no estoy rota: estoy creciendo. Y como cuando era niña, cuando crezco, me da fiebre, lloro, me rebelo contra mi cuerpo. Pero es para bien, para mejor. Y al final, siempre seguiré siendo la misma a la que le gusta leer (o escribir) hasta dormirse.

13.8.15

100 días de gratitud: el doctor, la tesis, la postal

Un recuerdo: Con mi memoria infantil, todo se amplifica. Su casa era más bonita del mundo, era el doctor más sabio del mundo, tenía la mejor colección de máscaras del mundo, y tenía el perro más calientito del mundo (un xolozcuintle que se llamaba Flans y tenía un mechón de pelo anaranjado y se sentaba a veces en mis pies). Lo recuerdo riéndose con mi papá y sus hijos; leyendo el periódico y hablando apasionadamente de política; en la clínica 2 del Seguro Social, con su bata muy blanca, como luego fuera su cabello. Me acuerdo que se puso al teléfono para explicarle a la dramática niña de nueve años que era yo que no, que en los años 80 uno ya no se moría de fiebre escarlatina y que iba a estar bien, aunque Beth la de Mujercitas se hubiese muerto de eso.
Al darme cuenta que ya no está, lo extrañé y extrañé a toda su familia, que ha sido siempre la mía. Y por eso doy gracias.

Una yuca en White Sands, New Mexico.
Una explicación: estoy en un proceso de escritura que se ha extendido mucho más de lo conveniente y me cuesta mucho escribir todos los días. Por primera vez en mucho tiempo, no es que le tema a la página en blanco: le temo infinitamente a las correcciones, y las teorías y todo lo que implica terminar esa tesis. Calculo 100 días de proceso para cerrar del todo  - así que me obligaré a, durante cien días, escribir de nuevo en este blog que es una especie de repositorio de lo que me pasa, estas crónicas en primera persona. Antes de que termine el año, habrá que saber un poco más.

Estado de la cuestión tesis: todavía atorada en la nueva versión de la introducción, ahora en español. Estoy regresando al momento que siento que me falta más carnita, que no hay suficiente - quizá en parte por algunos comentarios de mi director de tesis - pero luego me doy cuenta que con lo que tengo no soy capaz de terminar. Esto, por el momento, hay que cerrarlo, no abrirlo más.

Una imagen: hoy me llegó la primera carta personal a mi nueva dirección holandesa. Es una postal desde Texas, de un sitio que visité con el remitente hace un año. Amo que mis amigos y yo tengamos las mismas fijaciones con el correo tradicional. Y con las plumas fuente (lo sé por la forma en cómo se diluyen algunas de sus letras en la postal)
.


5.8.15

Síndrome del impostor

Sale de algún sitio a la mitad de la noche. Se sienta con cuidado a tu lado en la cama y te da algo que parece un beso. Una caricia helada que se presiona contra tu frente, o tus mejillas, o la parte baja de tu espalda. Te despierta. Y entonces lo ves, claramente: no puedes. Eso que se supone que tienes que hacer es casi imposible - es tan claro que es imposible que nadie, más que tú, se ha dado cuenta.

Te giras en la cama, con cuidado de no despertar a quien duerme junto a ti. Pero el otro, el recién llegado, se mete entre tus brazos plegados y la almohada. Te respira encima y te recuerda que hace días que no escribes ni una línea,  que seguramente eso que escribiste antes no le importa a nadie, que lo que estás diciendo no tiene relevancia alguna, que no se entiende, que no sirve. No, no, no, nunca.

Piensas que son las ganas de ir al baño o de tomar agua. Sales de la cama, te pones la bata, sales al salón. El ruido de la calle es mínimo: a veces un auto, un borracho, una posible sirena lejos. Y este que se susurra, incansablemente, que eres un fracaso. Que no puedes. Que no tiene ni pies ni cabeza.

Te sientas enfrente de la pantalla del ordenador. Son las cuatro de la mañana pero lo conoces y te tiene harta, otra vez. Mientras tu abres tus archivos él se para sobre tus dedos y los hace más pesados, te esconde los papeles, te hace que te olvides del nombre de aquel artículo en el que habías pensado apenas antes de meterte a la cama.

Lo miras con cuidado y comienzas a reconocer sus rasgos: es de la misma familia del que te empuja a subirte a la báscula día sí y día no y recriminarte por lo que comes, por lo lenta que corres, por lo poco que te cuidas. Es de los mismos del que te susurra cosas al oído mientras te vistes y  no encuentras nada que te siente bien. De esos que te hacen revisar constantemente si no hueles mal, si no tienes halitosis, si tu cabello no es un desastre. Es de la misma calaña que el que te recrimina que seas feliz - como si lo merecieras, como si fuera una cosa para ti. Y se ríe de tu felicidad como si tuviera que acabarse pronto.

Esa risa, que se parece al odio, es lo que te despierta. Y te hace escribir. Algo.

No tienes porque fallar. No tienes porque creerle. Simplemente está ahí porque tú lo dejaste entrar a tu cabeza, a tu habitación, a tu cama, a tu vida.

Él es el impostor. Y tienes que decírselo. O simplemente, dejar de escucharlo.

Algo así pasa en tus noches de insomnio.

15.7.15

Abandonos

Los aniversarios me pesan como si fueran una loza: hoy hace un año estaba saliendo en un avión hacia Toronto para reinventarme. Y sí, me reinventé... pero no con el plan que estaba programado para la reinvención. Estoy sentada, mirándome la punta de los tenis y desconcertada - porque no, no puedo hacer mucho. Entre mis archivos, me espera la tesis. Salí a buscar dónde hacer ejercicio pero la lluvia me regresó a casa. Y aquí, que estoy bien, que tengo libros, netflix y otras maravillas del mundo moderno, parece que no pasa nada.

Pero sí que pasa. Pasa que este blog desde hace semanas o meses no habla en lo absoluto. Ayer escribí un texto y lo mandé a un concurso por disciplina. Corrí 5 kilómetros por disciplina. Hice tres comidas por disciplina. Y sin embargo, hoy la disciplina me abandonó. Se sentó conmigo mientras corregíamos una hora de la bibliografía y buscábamos una información y luego - la vi, claramente, salió a jugar bajo la lluvia de verano. Es igual de tupida que la de otros meses del año pero, como hace menos frío, casi parece disfrutarse.

Ahora me dedico desde mi sillón a mirar el sol. A ver si ponerme una nueva metodología, un nuevo método, llega a la reinvención. Muchas de las cosas que estoy intentando hacer no son nuevas y quizá lo que me pasa a mi es que estoy enferma de novedad. Quiero siempre que haya un elemento sorpresa en todo - por lo menos en la teoría. Pero quizá la reinvención que estoy pasando ahora es darme cuenta que la calma también me gusta, que adentro también hay cosas, que no tengo muchas ganas de salir a la calle.

Y cuando la disciplina me abandona y se sale a correr, tampoco es que vaya muy lejos. La estoy mirando desde la venta. Sé que pronto volverá.

18.3.15

Piel de elefante

No todo le duele igual a todo el mundo. Hay quienes son más sensibles a un pellizco, a un olor, a un sonido. No todo se siente igual sobre la piel. Algunos han desarrollado una piel de bebé, que se vuelve más sensible conforme pasan los años. Como en cuento de Scott Fitzgerald, cada día que pasa, cada segundo, encuentran el mundo más agresivo en contra de ellos. Quizá no se han dado cuenta que son ellos los que van haciendo su piel más fina. Quizá no tienen la capacidad de ver cómo han cambiado (ellos, no nadie más) la forma en que otros los hieren.

Otros, como los elefantes, engrosan día a día su epidermis. Incluso las agresiones más claras, las más directas, las más malintencionadas, les hacen menos daño. A veces hace falta un viaje, un par de años de psicoterapia, una muerte, una canción, un plato roto...  pero todas esas cosas trabajan en favor de un callo, una costra, una manera evitar que los aguijones de otros caigan, certeramente, sobre uno.

Y sin embargo hay un margen de error para estos elefantes - un segundo en donde todo lo anterior cambia. Porque la piel se engrosa contra los que van contra uno: llámense críticos, malvados o locos. No es que no duela - sí que duele, pero se pasa. Sí que duele, pero se perdona. Sí que duele, pero se olvida. Y hasta parece que se pudieran borrar, de facto, todas esas cosas. Que se pudiera cada uno quedar sólo con los buenos recuerdos, olvidándose del dolor....

Pero hay una excepción: hasta el más duro de los elefantes mira con ojos de furia a aquel que pone su dedo, su uña, su aguijón, su cuchillo, contra alguien a quien ama. Al elefante puede no dolerle a él, en su piel, en su respiración. Pero lo que no le duele en esa cáscara, sí que se siente en todo lo demás, en cada rincón.

Es entonces cuando incluso el elefante recupera la piel de bebé, la sensibilidad de la medusa, la claridad de una aurora bóreal: nadie que haya lastimado a alguien a quien amas es perdonado. Perdonas por ti. No por otros.

El elefante, en momentos como esos, recuerda otra de sus características: cambia entonces el no sentir por el no olvidar.

25.2.15

Teoría (y práctica) de la cocina (y el amor)

Y en un lugar de Gràcia...
Los publicistas lo saben: los mensajes que ponen en las esquinas de las ciudades están hechos para sentir que son para ti, que los has escuchado antes, que te los has dicho a ti mismo. Grandes o pequeños (publicistas, mensajes) - lo importante es que parezca, que el lector crea, que los ha visto en su sueño. McLuhanamente algunos leemos los mensajes, los pasamos por la tela del medio, regresamos al mensaje y a veces queremos verlos en el mismo espejo. A veces.

Camino por las calles de una ciudad tan mía que ahora a veces siento que necesito salirme de ella para verla mejor. Y me pongo los ojos del turista, del viajero, del que vive en las afueras, del que se ha ido y ha vuelto, para encontrar la maravilla en cada esquina, en la luz que toca las puntas de la catedral apenas rozándola, en los mensajes que se han puesto en las puertas para que alguien como yo los lea.

Me encuentro aquel que dice: "cocinar es como amar: hay que hacerlo sin miedo". Tomo la fotografía y me la guardo en el bolsillo, como quien se guardaba antes una piedra muy redonda, un caramelo robado, unas gotitas de mar. Y recuerdo quién me ha enseñado a mi a cocinar: los olores en la cocina de casa de mis padres, de mis abuelos, de mis amigos, de mis amores. Cómo los mejores días han sido aquellos en los que cocinas para hacer feliz a alguien. Cómo, a veces, cuando cocinas, te dejas una parte de la vida entre los fogones y los huecos de la nevera. 

Cierro los ojos y me veo cocinando con una lista y luego, también, cierro los ojos y veo a la persona que es capaz de cocinar como un alquimista, ese experto en el Método Lavoisier ("la materia - y los contenidos de una nevera - no se pierden, sólo se transforman") que con una sonrisa y unas gotas de aceite picante sabe cómo hacerme sonreír.

Siempre me he considerado afortunada. Y los mensajes, hoy, me hablan a mi. Cuando cocinas (o amas) sin miedo, aprendes que cada cosa necesita su tiempo. Sus comienzos, sus finales, sus despedidas, sus continuaciones, sus decisiones, sus mudanzas, sus procesos a fuego en bajo o en una olla exprés. Aprender se trata de arruinar y arruinarte un poco en el proceso: pero la mejor olla, el mejor plato, es el que alguna vez se te ha quemado. Que esto que hacemos se trata no de enunciar los ingredientes perfectos, ni de conocer de memoria los procesos y mucho menos de escribir una línea adecuada: se trata de aprender, de intentar saber qué pasa por la cabeza, el estómago, los deseos. Cuando cocinas (o amas o escribes) sin miedo, cuando aprendes la cadencia del fuego es entonces - y sólo entonces - cuando sabes que en realidad, nunca vas o vienes de ningún sitio: casa es el sitio en donde eres alimentado (y amado a conciencia).

2.2.15

Alarma

Allá, la lluvia -
y las alarmas y la promesa del sol
La primera vez que lo escuché, me asustó tanto que estuve a punto de salir corriendo de la casa. Y, cómo muchas otras personas me han contado, mi reacción fue asomarme a la calle, a ver si alguien estaba en pánico. Doce del día del primer lunes del mes y una especie de alarma general recorre las calles de Rotterdam, sonora, potente, inexorable. Aquella vez, la verdadera primera vez, sentí que el alma se me iba a los pies. Creí que quizá había hecho alguna cosa incorrecta: que había abierto alguna puerta, dejado alguna cosa en el fuego, que mi edificio se estaba quemando, algo... Pero no. La alerta no era como de algo pequeño que tú hayas podido hacer: la alerta era de algo que estaba fuera de tu alcance.

Encendí la televisión - imaginé que si algo grave estuviese pasando, podría ver por ahí. Pero no había noticias de alerta. Eran las doce del día y la programación infantil y de cocina continuaba con absoluta tranquilidad. La programación infantil y me acordé de aquella foto de Bush leyendo un libro infantil de cabeza en pena crisis del 11-S.

Pero hoy no era nada de eso: era la alarma. La que ya me habían explicado que se ha quedado como parte de la educación holandesa pero que hace 50-60 años era la antesala de la destrucción absoluta en esta ciudad que tercamente, insistentemente, se fue quedando viva. Fue reconstruyéndose de sus cenizas, cimentándose de nuevo - cada vez que caía una bomba, alguien parecía decir: no nos vamos. Ni hoy ni nunca. No dejaremos nunca de ser lo fuertes que somos.

Aquí estoy. Mirando a través de la ventana - otra ventana diferente de la primera vez, otra vida diferente después de aquel primer acercamiento a las alarmas. Porque de los destrozos que hubo, de aquellos bombardeos, de la negativa a rendirnos, han surgido nuevas cosas. Y observamos, entre la intermitencia del sol y de la lluvia, lo que puede ser, lo que llega cuando nos atrevemos a construir entre/para/contra/con las ruinas de lo que hubo antes. Y reconocer las alarmas sirven - aunque no sea tiempo de guerra - para recordarnos que hubo y podría haber destrucción y renacimiento de esas cenizas.

31.12.14

Carta a mi misma hace 365 días

Esta es la luna desde nuestra ventana el último día de 2014
Querida mía:

Esto será corto. Muy corto. Lo sorprendente es lo rápido que llegaremos a 31 de diciembre otra vez.
No te asustes. Ante todo, no te asustes. Necesito de ti que estés serena y que enfrentes el año con la mirada alta... pero acuérdate de mirar por dónde caminas. Te van a tocar un par de tropezones que te pondrán en tu sitio.

Este resfriado que tienes hoy no durará. Pero vendrán otros. Muchos otros. Volverás a entender qué se siente enfermarse de estrés. Volverás a hacer muchas cosas: a trabajar de ocho a cinco en una oficina, a dar clases, a subirte a un avión... a subirte a muchos aviones. Los aviones - y los trenes y los autobuses y los barcos - son maravillosos pero no son lo que realmente te hará viajar. Tu viaje, este año, será contigo. Será con esas cosas que hasta ahora no has querido ver.

Entonces el destino que te plantees, cualquier destino, será bueno. Cada viaje, cada avión, cada tren, cada retraso, cada café, te parecerá que te abre una puerta. Este año más que nunca está hecho para que aprendas a escuchar. Con cuidado. A escuchar a los otros. Y más importante que nunca - a escucharte a ti (estoy hablando de los resfriados, sí. Y también de las contracturas de la espalda. Y de esas ganas locas de ir a ver a quien sabes que necesitas ver).

Este año cumples diez años en Barcelona. Estarás feliz, estarás contenta, estarás llena de dudas. Y en el camino, en las dudas y en las lágrimas, te darás cuenta que esto es rápido. Que la gente que amas se va, se muere, se pierde en el camino. Pero que otra se queda, llega, te hace sentir más viva. Que necesitas tomar decisiones para que tu vida avance. Que no le pasará nada a tu cuerpo si lo tatúas ni a la cuenta de banco si la vacías. Que las cosas te van a pasar a ti cuando decidas que te pasen - cuando abras los ojos y el corazón a todo lo que amas y deseas.

Ahora, este año - el más corto de todos tus años hasta ahora - te llenará de cosas que habías olvidado. De amigos maravillosos que se te habían quedado en el camino. De dolores pasados que necesitas abrir, limpiar, para que cierren. De deseos, de ansiedades, de seguridades. De ese amor por escribir que a veces escondes entre tus preocupaciones financieras.

No quiero decirte más, no puedo decírtelo todo: baila, escribe, canta, ríete, viaja, ama, sé feliz. Nada de lo que imaginas estará a la altura de lo que sentirás. No se trata de ser estúpidamente romántica: se trata de entender que esto que viene es - te lo digo - maravilloso. Aunque de miedo.

Un par de cosas más: levántate temprano siempre que puedas para ver la salida del sol y acompáñalo a su puesta (en esta que te mando se ve la última luna del año desde tu ventana. Ahora esta es tu ventana. Y tiene luz). Habla con teléfono con más frecuencia con tus padres y tus amigos lejanos (o mejor por videollamada). Toma más fotos con el corazón que con la cámara. Da constantemente las gracias a la gente que te regala el mundo, al mundo que te regala tu gente. Cómprate un traje de baño cómodo, zapatos de correr rosas, unas botas para nieve y un abrigo calientito pero ligero. Extiende tus brazos todo lo que puedas: necesitas prepararlos para todos los abrazos que vendrán.