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23.11.22

Motivos (para volver)

Programé el viaje a Venecia en el último minuto, no dispuesta a perderme una Biennale. Léase esta frase como declaración absoluta de privilegio: desde 2007, cuando una de mis más queridas amigas me llevó a ver la exposición de arte contemporáneo, no me la he perdido una vez. Sin quererlo, se convirtió también en un símbolo de las cosas que puedo, y necesito, hacer sola para encontrarme. Sea símbolo de lo que Venecia hace conmigo el hecho de que a menos de 24 horas de haber llegado a la ciudad me dí cuenta que había perdido mi reloj. En lugar de entrar en pánico, decidí usarlo como salvoconducto para retrazar mis pasos de la noche anterior, caminar por las mismas calles, cruzar los mismos puentes, hacer la mímica de la noche en el día.

La Biennale es una exposición con una historia complicada. Demasiados autoritarismos han pasado por ahí. Los Giardini de la Biennale son en si mismos un ejercicio de memoria geopolítica - uno no puede dejar de preguntarse por qué algunos países sí tienen pabellón y otros no, qué otras historias cuentan las cercanías y las ausencias: Francia/Gran Bretaña/Alemania en la esquina más visitada, Estados Unidos e Israel tan vecinos que casi hasta los muros se tocan, un sólo pabellón para los países nórdicos, el pabellón "hechizo" que Alvar Aalto diseñó para Finlandia el siglo pasado y que aún pervive, la "toma" del pabellón de Países Bajos por Estonia, la cara impasible de los guardias italianos apostados afuera del pabellón de Rusia. Como todos restos de exposiciones universales, cuentan la historia de un tiempo y también de este tiempo. Y cuentan, también, las cosas que le pasan a los que visitamos el día de hoy.

Nunca había visto una Biennale tan concurrida. Imagino que podría ser el postcovid (como si eso existiera) pero también que decidí ilusamente ir al penúltimo fin de semana, con agenda de esas de loco. Llegar a mediodía del sábado para salir el sábado al atardecer de las cuatroymedia de la tarde. Es poco, quizá, pero también es mucho. Es una eternidad en una ciudad que dobla como historia de Lewis Carroll y, si te dejas, te permite abandonarte en el espejo que forma el acqua alta.

Como lugar para observadores, amantes, fetichistas del arte, Venezia es un jardín del edén en esteroides. Hay tanto que ver, que yo sospecho que ni estando un mes podría verse todo a un ritmo razonable. Y lo del ritmo razonable también depende de qué es lo que puedas ver. En mi cabeza de agotamiento, sobrecalentada y requemada, no sabía muy bien qué tanto podría ver, o entender. Pero esa es la cosa de ir a la Biennale (o a Venezia, para el caso) a sentir. A tener otra vez contacto con los cinco sentidos que en el día a día a veces dejamos un poco olvidado.

Llegué entonces tempranísimo al aeropuerto temiendo un caos (que no sucedió), un avión repleto (que lo estaba, pero no mi fila) y un vuelo caótico. En lugar de eso, fue un vuelo con unos cielos tan despejados que el piloto avisó cuando comenzábamos a cruzar los Alpes que esto valía la pena verlo. Me quedé un rato en las acumulaciones de nieve, la imposibilidad de un blanco tan blanco.

Viajar lowcost también implica sólo cargarse una mochila. Y en una ciudad en la que todo el mundo, o casi todo el mundo es turista, que más da pasearse por ahí con diez kilos a la espalda. Llegar a un  hostal, aventar la mochila por ahí y seguir caminando, perdiéndose, confiando más que en el mapa del teléfono, en la propia memoria del espacio o el sentido de orientación de paloma. (La primera vez que fui a Venecia llegué ahí por cuatro horas. Solamente. Nos perdimos y estuvimos a punto de perder el tren hasta que, en contra de la lógica, yo comencé a caminar como si siguiera mi nariz. Y llegamos a tiempo).

Caminar y caminar y caminar (28.000 pasos en un día), ver exposiciones hasta dejar de verlas, hasta sólo poder cómo la gente interactúa con ellas y a veces las toca, a veces las desprecia, a veces les hace llorar. Yo soy de esas que sale de pronto profundamente conmovida, o que se siente abrazada cuando encuentra un nombre conocido en un habitación, un gato de Remedios Varo, o un cuento de Leonora  Carrington en otra. Comer una foccacia y un vaso enorme de spritz. Salir de los Giardini no porque se haya visto todo sino porque los ojos están desbordados, y afuera, a la orilla del canal, está la luz. Esa luz que hace de Venecia la ciudad más hermosa del mundo. Y que te da tantos motivos para volver.

(Para la tarde del primer día no había hecho el check-in en mi hostal, ni había cenado frituras, ni había tomado negroni, ni había dormido entre ronquidos de otros, ni había perdido el reloj prodigo que me mira desde mi muñeca derecha. Ni siquiera había perdido la nostalgia de volver a esta esquina del mundo que, en mi privilegio, siento que se me ha regalado. Y entre otras cosas que volvieron ahí están las ganas de escribir aquí. Veamos qué más).

6.4.16

La paradoja del tiempo y las ofertas de vuelo

Nunca había tenido tanto tiempo libre en mi vida adulta. Las dos están en itálicas porque me encuentro justamente en uno de esos momentos en los que mi tiempo libre no lo parece y me da la impresión que soy menos adulta que nunca. Terminé la tesis y ahora lo siguiente es establecerme en u nuevo país lo cual me está tomando más tiempo de lo esperado - por lo menos en lo que respecta al asunto del trabajo. Y con mucho tiempo libre y casi ningún ingreso, llego a la paradoja del tiempo.
Como todos los humanos contemporáneos, mi correo electrónico me ayuda a tener la sensación de que estoy ocupada. De una manera que aún no consigo entender, mi inbox está constantemente lleno de mensajes que debería atender lo más pronto posible. Y aquí es donde toco la paradoja: nunca antes en mi vida me había dado cuenta que hubiera tantos vuelos tan baratos a tantos sitios maravillosos del mundo. Y cada día en mi correo hay por lo menos un par de ofertas de cosas que me encantaría hacer si tuviera... dinero. Porque tiempo - tiempo tengo.
La paradoja del tiempo y el dinero dice que hay cosas que uno haría si tuviera cualquiera de las dos, pero por lo general se trata de bienes escasos y mutuamente excluyentes. Es decir: si tienes dinero, no tienes tiempo. Y si tienes tiempo - ejemplo presente -, el dinero no es un recurso del que puedas disponer sin pensar tres veces sobre cómo vas a gestionarlo.
Y no se trata de creer o no creer que  puedes obtener un trabajo - o de encontrarlo. Se trata después del temor de que en cuanto encuentres un trabajo o proyecto nuevo y por lo tanto, tengas dinero, el tiempo se habrá esfumado. Y comienza la búsqueda, pero hacia otro extremo.
No cuento nada que sea desconocido para los autónomos ni para los que dependen de una nómina: parece que siempre estamos todos en el débil equilibrio de cuánto y cuándo...
Por el momento, ya borré por hoy todas las ofertas de vuelo (incluso aquellas ridículamente baratas a Japón). Ahora regreso a seguir escribiendo fuera del blog. Y a hacer uso, pues, de las cosas maravillosas que puede uno hacer cuando, aún sin dinero, tiene tiempo.

11.12.15

De un vuelo hacia un continente que no has visto nunca

El vuelo aterrizó en el aeropuerto de Addis Abeba (Addis, como dicen incluso los capitanes de Ethiopian) poco después de las seis de la mañana. No fue tan largo - seis horas desde Frankfurt - pero se sintió largo. Media docena de bebés se estuvieron turnando durante la noche para llorar y a veces, con suerte, lo hacían a coro para mortificación de los padres y desespero de los otros viajeros.

A mi lado viajaba A, un etíope que me dio su tarjeta de presentación. Me contó su vida entera en los diez minutos que me quité los auriculares para hablar sobre mi cena con la azafata. Había sido técnico de telecomunicaciones cuando joven y lo habían mandado a estudiar a Alemania, donde se quedó trabajando durante un par de décadas. Y hace un par de años decidió hacer su propio negocio y ahora viaja cada dos meses a Etiopía, a ver a su gente, y a vender coches usados y piezas automotrices. "Tuve que aprender un poco más... pero bueno, finalmente era otra cuestión técnica". Insistía en brindar conmigo y con el chico que tenía al otro lado - en la ventana, cada vez que se servía un vaso nuevo de agua. Y después, se quedó dormido - lo que hace viajar frecuentemente.

Yo desperté de una siesta con la sensación del descenso. El viaje había sido relativamente tranquilo, sin tomar en cuenta los bebés. Acomodé mi asiento, mi cinturón y volví a cerrar los ojos cuando la luz de cabina disminuyó. Con esa luz, era más claro lo que hacía el pasajero frente a mi, al otro lado del pasillo. Era un chico que hablaba italiano, vestido con traje, que había hecho también cosas "de viajero frecuente": no tomar la cena, ponerse calcetines y un cubre-ojos, encaramarse de una forma extraña y dormir, casi de inmediato. Cuando despertó, durante el descenso, estuvo jugando con su teléfono. Y mis ojos se quedaron en su pantalla - y vi cómo borraba varias fotos de mujeres desnudas, pantallazos de whatsapp y demás... Entonces entendí: estaba mirando a alguien en la sala de su casa, sin razón alguna.

"Disfruta de mi país, de mi gente...", me dijo A. antes de bajarnos y desaparecer entre la gente del aeropuerto. Hice rápido la fila para mi visa a la llegada y después del pago correspondiente, y de encontrar mi pasaporte - me mostraban la foto para ver si era la mía - salí a comprar moneda (tengo miles de birrs en mi cartera ahora) y a buscar mi transporte. La cosa es así: al aeropuerto sólo pueden entrar, por tema de seguridad, viajeros y proveedores certificados. Uno identifica su hotel, ahí lo buscan en la lista de check-ins, firma un papelito y espera a que haya suficientes personas para que lo lleven en transporte.

Cuando llegó nuestro auto (una camioneta azul un poco destartalada) tres alemanes, un holandés-palestino, un islandés y yo - suena a chiste y podría serlo - salimos siguiendo al encargado de transporte del hotel. Pasamos dos calles desiertas y dos puestos de inspección con encargados jovencísimos, vestidos en camuflaje azul, con el dedo casi listo en los disparadores de sus armas de alto poder. Afuera, gente esperando a su familia, camionetas de otros hoteles, de la ONU... Y el camino hacia el hotel en una carrera entre autos y peatones que se cruzaban sin hacer caso de las señales de tráfico.

Llegamos al hotel a las siete de la mañana: pasamos un control con arco de seguridad antes de la recepción la señorita me trató con una amabilidad extrema. "Tengo una habitación en el jardín, pero es demasiado lejos para que vayas sola en la noche. Así que te voy a poner en la torre principal, en una habitación de no fumar, aunque está un poco lejos del ascensor".  Llegué a mi habitación, en el piso seis, una especie de corner office que me permite ver más allá de los jardines perfectos del hotel, que tiene el estilo setentero-africano que de alguna manera estaba en mi cerebro: alfombras estampadas, muebles oscuros y de piel. Y lo que puedo ver más allá de las flores frescas de mi habitación son cientos de casas con techos de lámina y antenas parabólicas, caminos de tierra y construcciones con andamios de algo que parece bambú. Hay una desigualdad enorme y unas ganas imposibles de seguir, de avanzar, de mejorar. Aquí, desde mi atalaya, pienso cómo la inseguridad a veces se siente cuando lo que quieren es hacerte sentir seguro - y cómo esa sensación se repite en muchos lugares del mundo.

21.8.15

Sobre el cambio incesante... (93)

Pocas palabras molestan tanto como el "debería". Y desde ayer, mis debería me traen frita. Ni siquiera me atrevía a mirar la tesis - estaba en plena angustia pre-viaje porque tocaba regresar al Mediterráneo. Maletas que preparar, las llaves, las tarjetas, las cuentas del banco, la cámara, dónde está el cargador, otro traje de baño y recordar traerme las sandalias porque la última vez... Todo ahí. Pensar qué hay que llevar y que hay que traer de allá. A quién quiero ver. Qué quiero hacer. Acordarme que no puedo ver a toda la gente que quisiera ni puedo hacer todo lo que me gustaría. La tesis. Debería. La tesis. 

Y en medio de todo esto, la ciudad. El sol. La posibilidad de ir al cine de mediodía. De salir a comprar café o postales o flores frescas o un acondicionador o todo junto. La calle como posibilidad. La ventana. El ruido. Debería. Debería. Debería.

Entonces, con y a pesar de todos esos debería en la espalda, picándome, salí de la casa y me fui al cine, a las dos de la tarde, con los niños que apuran sus vacaciones. Y luego recorrí la ciudad haciendo las compras: queso, galletas, regalos... Y conforme pasaba la tarde, sentía que se me hacía más grande el hueco en la mitad del estómago: quedaban menos de 24 horas para irme a allá, a los múltiples proyectos, a toda esas cosas por hacer.

Terminé mis vueltas y me senté a escribir unas tarjetas, a mano, para enviar por correo postal. Me llené los dedos de tinta porque la pluma se tapó. Me limpié y volví al ejercicio de sentarme y pensar en cómo te sientes, qué es lo que quieres, cuándo. Y la claridad: "No necesitaba escribir en inglés y lo hice. Ahora quiero escribir en español y lo hago, pagando el precio. No necesito irme mañana, pero si quiero cambiar el vuelo me costará algo... habrá que pagar el precio. No necesito seguir en un proyecto que me encanta pero que no me paga: si lo hago, tendré que postponer más la tesis - y ya no puedo. Ese precio no."

Y así fue. Y aunque en este momento debería estar volando y este post debería estar publicado antes de las doce del día, no es el caso. He escrito en la tesis, sobre todo esta mañana, que por alguna razón amanecí con Tocqueville y Rawles en mi cabeza. Y aquí estoy. Y si es necesario volver a cambiar, pues se cambiará de nuevo.

La tesis: ¿será que acabo el primer capítulo? Stay tuned.

2.2.15

Alarma

Allá, la lluvia -
y las alarmas y la promesa del sol
La primera vez que lo escuché, me asustó tanto que estuve a punto de salir corriendo de la casa. Y, cómo muchas otras personas me han contado, mi reacción fue asomarme a la calle, a ver si alguien estaba en pánico. Doce del día del primer lunes del mes y una especie de alarma general recorre las calles de Rotterdam, sonora, potente, inexorable. Aquella vez, la verdadera primera vez, sentí que el alma se me iba a los pies. Creí que quizá había hecho alguna cosa incorrecta: que había abierto alguna puerta, dejado alguna cosa en el fuego, que mi edificio se estaba quemando, algo... Pero no. La alerta no era como de algo pequeño que tú hayas podido hacer: la alerta era de algo que estaba fuera de tu alcance.

Encendí la televisión - imaginé que si algo grave estuviese pasando, podría ver por ahí. Pero no había noticias de alerta. Eran las doce del día y la programación infantil y de cocina continuaba con absoluta tranquilidad. La programación infantil y me acordé de aquella foto de Bush leyendo un libro infantil de cabeza en pena crisis del 11-S.

Pero hoy no era nada de eso: era la alarma. La que ya me habían explicado que se ha quedado como parte de la educación holandesa pero que hace 50-60 años era la antesala de la destrucción absoluta en esta ciudad que tercamente, insistentemente, se fue quedando viva. Fue reconstruyéndose de sus cenizas, cimentándose de nuevo - cada vez que caía una bomba, alguien parecía decir: no nos vamos. Ni hoy ni nunca. No dejaremos nunca de ser lo fuertes que somos.

Aquí estoy. Mirando a través de la ventana - otra ventana diferente de la primera vez, otra vida diferente después de aquel primer acercamiento a las alarmas. Porque de los destrozos que hubo, de aquellos bombardeos, de la negativa a rendirnos, han surgido nuevas cosas. Y observamos, entre la intermitencia del sol y de la lluvia, lo que puede ser, lo que llega cuando nos atrevemos a construir entre/para/contra/con las ruinas de lo que hubo antes. Y reconocer las alarmas sirven - aunque no sea tiempo de guerra - para recordarnos que hubo y podría haber destrucción y renacimiento de esas cenizas.

6.11.14

Amsterdam y el sol de noviembre

Hacía sol. Era un poco insólito que un primero de noviembre en Amsterdam fuese tan soleado, pero estábamos por ahí, caminando, sin necesidad ni siquiera de un abrigo y con sendos lentes de sol. No teníamos ninguna intención de simular que no éramos turistas: lo éramos y lucíamos con orgullo nuestros mapas, nuestras cámaras, nuestra sonrisa. Pasaba que también el resto de la ciudad era turista en su ciudad. Era todo tan poco usual, tan de primavera, que todas - absolutamente todas - las terrazas estaban tomadas por los locales. Lo sabíamos por la incesante cantidad de diálogos en holandés y porque la ruta que tomamos había sido diseñada por un local con la intención que nos perdiéramos en la ciudad verdadera, sin perdernos del todo la de cartón piedra.

Casi me atropellan por tomar la foto (una bici, por supuesto)
Mientras caminábamos, varias veces nos encontramos mirando las cosas a través de los lentes de nuestra cámara. En más de una ocasión yo paré en seco para fotografiar aquella pareja enfrente de un canal, la luz que caía entre los árboles, el abuelo que paseaba de la mano de su nieto que lo que quería era salir corriendo. Mis nuevos amigos me esperaban, con paciencia. Sabían que después de mi sería uno de ellos el que se quedaría atrás. Éramos turistas - lo sabíamos. Lo gozábamos.

Cerca del Dam pasamos por una tienda que se anunciaba como "la única tienda de souvenires rusos en la ciudad". Nos miramos con desconcierto... pero luego nos dimos cuenta que, por más que fuéramos vestidos de turistas, no podíamos seguirlo todo igual. Sí, veíamos la ciudad a través del lente, pero estábamos buscando la manera en cómo caían las hojas, cómo el otoño se instalaba en la ciudad a pesar del sol... queríamos conocer un poco más de esos amigos que habíamos hecho así, sin esperarlo, tan pronto. Eramos turistas... o más bien viajeros, disfrazados con la parafernalia de un halloween trasnochado.

Mientras caminaba de regreso al hotel-barco, envuelta en la bruma de una migraña, sufrí una transformación. Metí mi cámara en mi mochila, me ajusté la chaqueta y los lentes de sol, y comencé a actuar como local. Dejé de utilizar mi holandés rudimentario para intentar enterarme de las pláticas y más bien me concentré en el murmullo dentro de mi cabeza que me hablaba de cómo tengo tantos pedazos del corazón escondidos entre las calles de este país. Me olvidé de ver Amsterdam como turista y, justo pasando la Estación Central, me acordé que aquí también sé cómo sentirme en casa. A pesar (y gracias) al sol de noviembre.

11.10.14

Excursión

Anoche, a las dos y pico de la mañana, sabiendo que se me venía encima una especie de gran resaca moral, le mandé un mensaje a la Cómplice. "¿Me acompañas mañana a Sitges?". En pleno festival de cine fantástico, pasaban una versión remasterizada de los Gremlins. Hacía poco más de una semana que me había enterado y, en un arranque de optimismo, compré dos entradas de esas que uno compra esperanzado, ilusionado. Hace un par de días había hablado con la cómplice del plan y le pareció una idea magnífica... Pero yo, que luego hago las cosas demasiado de último momento, no le dije nada hasta anoche. Lo bueno es que la Cómplice es como yo - en tantas y tantas cosas - y no dudó un minuto.

Nos vimos temprano para tomar el tren - la ciudad todavía no estaba inundada de gente mientras caminábamos a la estación. Y fue en la estación donde comenzaron los recuerdos: todos esos meses yendo a Sitges, todos los días, a trabajar. Los años que han pasado desde entonces. La otra persona que iba y venía y que ahora no sé si reconozco aún cuando me miro al espejo.

Desde el tren, vimos los campos de verduras cercanos al Prat, los bañistas en la playa, el mar que todavía sigue vestido de verano a ratos. Hablábamos sin tregua de las sorpresas, de la necesidad de movimiento, de la inminencia de los retornos. A veces me sorprende con la Cómplice que, cuando le digo las cosas - cuando las acomodo en mi cabeza para explicárselas - es cuando las entiendo. Y entonces se me llenan los ojos un poquito de agua, y desbordan. Ella entiende porque también le pasa. Y no paramos, no logramos, parar de hablar.

Le conté cómo me servían esas horas de tren hace años para encontrarme - el tránsito diario, que acabó agotándome, también fue lo que me ayudó a entender quién era, en dónde estaba. Tantos meses yendo y viniendo que me dejé un pedazo del cuerpo ahí... y al llegar al pueblo descubrí que ahí estaba, esperándome. Recorrimos las calles que había visto tantas veces, vimos los bares aquellos, la orilla de aquel mar. Pedimos un café en una terraza llena de modernos, con sus hijos modernitos. Y nos quedamos nosotros también, moderneando. Vimos la película con cientos de personas que también la habían visto en casa, en un video. Nos horrorizamos un poco con las escenas que recordábamos y otro tanto con las que no.

Salimos después al pueblo y seguía siendo aquel sitio donde estuve - aunque hubiese cambiado en la forma, permanecía el fondo. Después de dos bares de tapas y una larga plática con mi gran amigo local, regresamos. Y otra vez, mientras mirábamos el mar, no podíamos dejar de hablar - de arreglar, futurear, esperar. Fuimos y volvimos de sol, del verano que se resiste a irse, del futuro que nos mira, aburrido, mientras nosotros decidimos cuándo entrar a él.

(Esta crónica es para la Cómplice, que le gusta ser cronicada. Y para el futuro, que necesita alguien que lo cuente, y hoy me parece un poco más cercano de lo que parecía esta mañana.)

8.8.13

Terug

Pones el despertador a las 4:35 de la mañana. Duermes mal, poco, pero cuando tomas un vuelo a primera hora de la mañana a veces no hay más opciones. Ducha rápida, cierre de maletas, taxi con música que te recuerda a algo o a todo. De camino al aeropuerto, viendo la ciudad despertar, tan dormida que no terminas de saber si lo que sucedió la noche anterior sí sucedió o fue resultado de tus sueños alterados de verano. Pero sonríes. Sonríes de estar. Sonríes de irte.

Una hora de purgatorio en el aeropuerto entre maletas, viajeros mal encarados y las dos horas de sueño que traes encima que, estás segura, se ven en la cara. Cero, cero glamour. Pasas seguridad, por fin. Te toca la última puerta del último pasillo. Últimas compras. Tu estómago todavía no está listo para desayunar, ni despertar, ni nada. Subes finalmente al avión, te recuestas contra la ventana. Te duermes.

Cuando despiertas, tus oídos sienten el descenso del avión. Abajo, las parcelas perfectamente pintadas de verdes distintos, las casitas como de muñecas, las nubes... las hermosísisimas nubes. Bajas y en el aeropuerto estás de nuevo en la última puerta del último pasillo. Los vuelos de bajo costo, piensas. Y sonríes. Porque reconoces los pasillos, reconoces la megafonía, reconoces un poco el sonido de ese idioma que intentaste algún día y en el que sabes pedir té con menta fresca y pastel de manzana.

Subes al tren. Por la ventana, el verde y las casitas. Y las nubes. A lo lejos, en medio del campo, ves un par de vacas pintas que parece que se den besos. No sabes aún si sigues dormida o has despertado. Bajas del tren y, sin preguntar, te acuerdas del número de tranvía. Subes. Reconoces las esquinas, las tiendas, el olor del café.

Obra y gracia del destino, llegas esta vez a aquel hotel con una escalera como de Escher, como de cuento. El chico de la recepción te pide que esperes un poco - es temprano, dice, pero entiende que llevas un día largo. Te dejas caer en una silla y, mientras esperas, él llega con un café doble. Miras el cielo, la calle empedrada. Llega la llave de tu habitación y de pronto estás en el tercer piso, mirando a través de la terraza, con vista a los jardines, llenos de sonidos de verano (pájaros, niños, iglesias).

Es mucho más silencioso de lo que recordabas. Mucho más pacífico. Y te acuerdas que pueden haber pasado muchas cosas pero aquí, aquí te sientes en calma. Sonríes. Y piensas que necesitas contarle a alguien que has vuelto.

7.12.11

Piel de gamba


Tenía que suceder. Mi tío me advirtió que tuviera cuidado, además de con los cocodrilos del manglar, con el sol. "Réntate una sombrilla para que puedas estar tranquila, leyendo, sin quemarte". Cuando llegué, hacia sol pero estaba envuelto en las nubes del caribe y el viento de diciembre. Caminé durante una hora, cambiándome de lado de cuando en cuando la bolsa en donde llevaba un libro de Paul Auster, el móvil, un bañador seco, la toalla, algo de dinero. No hacía calor. Sabía, intuía el sol de caribe reflejado en la arena de caribe, pero decidí obviarlo.

Después de mi caminata, encontré un lugar donde se veía bien el mar y extendí una toalla inmensa que me dio mi mamá con, por supuesto, un elefante estampado. Me tiré y hundí la nariz en el libro de Auster. Antes, sin embargo, saqué el bloqueador, me puse en la cara, en los hombros, en los muslos  y en lo que alcancé de espalda. Y al libro. Si por algo me gusta leer es porque me quedo sumergida en otro sitio en donde originalmente no estoy - en esa ficción, ahí. Cuando me dí cuenta, había dado ya catorce vueltas, me había movido un poco de sitio, había dicho que no quería ir a snorkelear ni un masaje como 800 veces y ya era la una de la tarde. Había terminado el libro. No tenía forma de verlo, pero estaba segura que a pesar de que el sol no me había molestado, algo tendría de consecuencia mi falta de cuidado. Me dí un baño rápido en el mar - temperatura perfecta, ni frío ni calor - y salí a tomar el autobús para cruzar del otro lado de la carretera - evitando el manglar y los cocodrilos.

Detrás de mí, se subieron unos 20 alumnos de la secundaria técnica local, que estaban saliendo de clases. Los miré a todos, tan morenos de sol, sin excepción. Me acordé de que mis hermanos se había vuelto mucho más morenos que yo cuando vivían en la playa. Durante los 15 minutos de trayecto hacia la colonia todo fueron hormonas, empujones, carcajadas y miradas cómplices del chofer que intentaba ir con más cuidado para que ninguno de los danzantes se le estrellara en el parabrisas. Alguien intentó sentarse junto a mí, un chico y comenzaron a cuchichear. Se movió. Justo cuando me bajé del autobús, los escuché comenzar a burlarse más fuerte.

Cuando llegué a casa, busqué una toalla limpia y justo antes de meterme a la ducha pasé por un espejo: descubrí que en mi espalda están perfectamente marcados mis dedos con bloqueador. El resto es rojo. Color gamba. Como los guiris que bajan por la Rambla. Lo mismo le pasa a la parte interior de mis piernas, a mi panza y al área de mis codos. Mi nariz y mis hombros, perfectamente protegidos y blancos (no como usualmente, pero blancos). El resto de mí, rojo turista, piel de gamba, que grita que no, en serio, yo no soy de aquí.

Ya me había pasado hoy que todo me lo ofrecían más caro cuando llegaba, hasta que esgrimía mi nacionalidad como razón de descuento. Me temo que con estas pintas tendré que pagar más mañana por rentar esa sombrilla o convencer de alguna manera de que yo no soy gringa, sólo distraida.

6.12.11

Intensivo de familia

Hace casi diez años que dejé Guadalajara y cada vez que vuelvo, recibo un curso intensivo de familia. Tengo la fortuna - no me quejo - de venir de una familia grande y relativamente unida. Resultado: tenemos complejo de muégano (un dulce muy pegajoso), pareciera que hay que estar juntos todo el tiempo. Yo, al parecer, tengo un buen timing para llegar para todas las grandes ocasiones y esta vez no fue la excepción.

El sábado, post viaje, nos levantamos temprano para recorrer los cien kilómetros que separan Guadalajara de Tepatitlán. Ahí una de las hermanas de mi padre, monja, es directora de un colegio. Es, por supuesto, de las mismas monjas con las que me eduqué yo. El asunto es que mi tía, de 65 años, cumplía 50 de haber hecho sus votos e ingresado definitivamente al convento. Una especie de celebración de bodas de oro. Vamos a Tepa cubiertos como esquimales (había una supuesta ola de frío) y nos encontramos con un sol esplendoroso y mi tía y otra monja esperando al sacerdote en la parroquia principal de pueblo. Tres compromisos, les recordó: castidad, pobreza, obediencia. Yo me subí y bajé por toda la parroquia tomando fotos. Después, a la hora de la comida, me tocó (pago por que me alquilen) darles el brindis. Después de todo, monjas como ellas fueron las que se cuidaron de que yo aprendiera a leer.

De regreso a Guadalajara, más sábado social: un baby shower de unos amigos felices por recibir a su primer hijo (mis padrinos, padres de él, con una sonrisa permanente por irse a convertir en abuelos) y luego una boda de la hija de una amiga de mi mamá. Encontrarse con que una amiga de uno ¡de la primaria! está comprometida para casarse con un primo segundo de uno al que uno nunca ve le recuerda que esta ciudad funciona en círculos concéntricos y, aunque tenga 7 millones de habitantes, a veces es como un rancho.

Al día siguiente, fiesta de la familia de mi madre porque mi abuela había cumplido 87 años y tocaba fiesta grande con música en vivo y tacos y todo. Otra vez, yo con la cámara. Otra vez, yo con mis primos. Otra vez, siendo la novedad y disfrutando de todo (quizá porque sólo estoy a ratitos, pero disfrutar).

El lunes tomé un avión y ahora estoy en medio de la selva de Quintana Roo, en casa de mi tía y mi prima que no están. Comparto entonces con los dos perros y los múltiples bichos provenientes de la selva ("sí hay serpientes, pero no te preocupes... corren rápido", me dijo ayer mi tío para tranquilizarme). A unos tres kilómetros, tengo una de las playas más bonitas del Caribe mexicano. Aprovechando que mi reloj interno no sabe que son vacaciones y se despierta a las seis de la mañana, estoy por tomar mis libros e irme a tomar el sol. Siguiendo, sin embargo, las indicaciones de mi tío: "no está muy lejos, pero mejor tómate un taxi o el camión. Tienes que cruzar por un manglar. Aquí no es que haya ladrones, pero me preocupa que te salga por ahí un cocodrilo hambriento".

4.12.11

Dejà vu

Hoy es el último de la Feria Internacional de Libro de Guadalajara de este año. Me he despertado pensando en que a diferencia de ayer que me pasee por mis múltiples compromisos familiares en tacones, ya me vendría bien hoy ponerme unos zapatos más cómodos. Me toca hacer otra vez el recorrido de los pasillos.
El viernes, recién llegada, pedí ir en la noche. Pasaba una cosa que siempre me había hecho ilusión: en uno de los stands de las editoriales independientes, vendían un libro donde había dos textos míos. Había, pues, algo mío en la FIL.
Me sorprendió lo poco que cambian las cosas: quizá el decorado, quizá la piel de la Expo Guadalajara. Pero dentro, otra vez, un enjambre de personas recorriendo los pasillos, algunos con las manos llenas de bolsas con libros, otros tomados de la mano, otros gesticulando o con las manos en los bolsillos. Se arremolinaban las masas alrededor de los pocos autores que aún firmaban y eran mediáticamente conocidos (era tarde, era viernes, era último fin de semana de la FIL). Pero los pasillos eran los mismos - los mismos los programas inabarcables, los cientos y cientos de libros a mi alrededor. Eso y no otra cosa, me hizo sentir en casa.
Reconocí el espacio: me acordé de mi misma transmitiendo para Saltaperico desde la cabina de Radio Universidad hace quizá 20 años, de la misma caminando de un lado para otro intentando la mejor cobertura posible para el diario hace 12 años. Respiré con claridad que hacía por lo menos 10 años que no me pasaba por aquí y, sin embargo, no estaba extrañada.
Me sorprendió la cotidianidad con la que tomé la feria, lo bienvenida que me sigo sintiendo, los hábitos que nunca mueren (robar libros, dormir a los niños en la zona de descanso, acumular papeles de todas las editoriales). Por un momento, intenté imaginarme qué pasará el día que el libro electrónico tome la ventaja.
No pude. Estaba encerrada en los efluvios estremecedores de la FIL. Ese sitio donde parece que los libros siempre serán más importantes que cualquier otra cosa - aunque sea durante diez días al año.

38 años en vuelo

Aunque me hacía ilusión subirme un avión que me llevaría de un tirón a la ciudad de México, debo confesar que me fue descorazonando poco a poco el proceso: las discusiones en el check-in, la fila enorme e interminable para abordar el avión, la cobertura pobre en el aeropuerto de Barcelona que me dio despedidas con estática, el mismo avión quizá un poco demasiado descuidado, los sobrecargos quizá un poco demasiado orgullosos de si mismos, poco colaborativos, poco comprensivos.

Luego llegó mi compañero de asiento - un hombre con buena cara... pero cara de hablar. Yo necesitaba dormir, con urgencia. Él necesitaba hablar, con urgencia. Como sus necesidades eran tan importantes como las mías (y viceversa) pasaron ambas cosas. Cuando por fin estábamos a punto de despegar, sucedió un pequeño milagro: por el sistema de altavoces, el copiloto explicó que era el último vuelo del piloto encargado - que había volado durante 38 años para la compañía. Su familia entera iba en el avión para acompañarlo y, en colaboración con el aeropuerto de Barcelona y los Bombers de Barcelona, le habían preparado una despedida.

Antes de despegar, ví por la ventana del asiento 25J como 767-200 en el que volábamos era "bautizado" por una columna de agua tirada por un camión de Bombers de Barcelona. Era la manera de desear un buen futuro al piloto que ese día hacía su último viaje transatlántico - su última travesía comercial antes de entrar en el viaje particular de la jubilación.

No hay mucho más que contar del vuelo: mientras yo intentaba dormir y mi compañero intentaba ver las películas con el pésimo sistema de sonido a bordo, el piloto mantuvo un viaje sin mayores complicaciones que un par de turbulencias ligeras. Aterrizó en medio de la peregrinación continua de luces de la ciudad de México a las cinco de la mañana, de manera impecable. Aplaudimos.

Al salir, le dí dos besos. Por aquello de que es bueno compartir (y que te compartan) las cosas buenas.

1.9.11

El fin de agosto, Boijmans y el Futuro

Privilegio que tenemos los que nos hemos convertido en viajeros constantes, regresamos a algunas ciudades que no son propiamente "nuestras" pero las consideramos parcialmente de nuestra propiedad. A pesar de no entender todo lo que se habla en las calles sabemos, por ejemplo, cómo leer un menú, qué estación del metro es la más cercana al mercado y qué día de la semana el museo más bonito de la ciudad no cobra entrada.

En Rotterdam, el Museo Boijmans Van Beuningen es gratuito los miércoles - mejor que cualquier dos por uno. Y yo me siento incluso culpable de estar aquí un miércoles y no ir, aunque sea a visitar a esos Magrittes que ya se que me encantan, a asomarme a sus jardines, a ver la colección de diseño industrial que incluye un walkman sony de aquellos amarillos. Es, digamos, mi cita con la ciudad.

Ayer fuí al Boijmans y entre otras cosas maravillosas que me encontré, fuí al Futuro. El Futuro es una pieza de plástico hecha en 1968 por el arquitecto finlandés Matti Suuronen. En los sesenta, había esta corriente de construir espacios para vivir que pudieran llevarse e instalarse por todos lados, que fueran muy baratos - el plástico era barato entonces - y solucionaran el problema de la vivienda mundial. Tan fácil como construirla y llevarla ahí donde fuera necesaria. Futuro era una casa con forma de OVNI que ya se entregaba amueblada y donde podían caber ocho personas - bajitas, he de decir.

Ni para qué explicar que el proyecto fue un poco una ruina. Sin embargo, se construyeron 96 casas que dan vueltas por el mundo y recuerdan ese momento de diseño y de ilusión. El Boijmans compró una de las casas y le dió un súper salón en donde se puede entrar a verla - siempre y cuando esté uno dispuesto a no tocar, ponerse unos patucos como quirúrgicos y aguantar el olor a plástico viejo. A mí esas cosas no me amilanan así que pude entrar a verlo por dentro: y fuí muy feliz.

Una chica dentro de Futuro. Yo la fotografío desde afuera.


Un hombre saliendo de Futuro. Nos estuvimos siguiendo por el Museo y salimos al mismo tiempo porque estaban por cerrar. Caminamos lado a lado por como cinco minutos hasta que él se quedó en su hotel (o se escondió en el lobby de un hotel). No sé cuál de los dos estaba más asustado. Creo que él - al final, yo le había tomado fotos.


La sala del Futuro. Con ventanas y vistas al exterior.


Vista desde el baño a un guardia del Museo cansado y que miraba su reloj para que dieran las cinco. 

 Yo misma, feliz, posando delante de Futuro.


Tengo que decir también que, además de ver el futuro, ví otras cosas muy lindas en el Boijmans. Las que ya se que me gustan, como el edificio mismo, la colección permanente que hace dar mucha envidia a mucha gente, los guardias que se estaban riendo y picándose las costillas y otras cosas maravillosas y sorprendentes como:


La "Wombhouse" del Atelier Van Lieshout. Ellos ya no pretenden que la gente de facto viva en sus trabajos, pero tienen muchos artistas trabajando para ellos. En caso de que no se entienda, a aquellos que dicen que les gustaría volver a la calma del seno materno, pues esto es una "casa" diseñada como un útero. La cama en el centro, en uno de los ovarios una cava y múltiples cosas entretenidas.


Este Magritte que yo no conocía (Le modèle rouge III, 1937). Me gustó. No tanto como me gusta "La Reproduction Interdite", pero me gustó.


La calma de esos ejecutivos sentados en los jardines del Museo, disfrutando de los rarísimos rayos de sol que bañaron la ciudad la tarde de ayer.

Cerré agosto como había que cerrarlo - visitando el Futuro y disfrutando de la calle.

12.1.11

Misterios texanos

En mi viaje de fin de año a México, tuve dos breves paréntesis texanos. En el primero sólo "disfruté" del aeropuerto Intercontinental de Houston durante cuatro horas y en el segundo estuve 23 horas en Houston. Algunas postales.

1.
En la fila para pasar migración, unas veinte personas antes que yo, estaban unos chicos de rasgos medio-orientales. Bueno, él, porque ella llevaba niqab: la cabeza y la cara completamente cubierta. Él la trataba bien y, aunque no demostraban muy obviamente su afecto, había una especie de comunicación no verbal que decía que se llevaban bien.

Pero había una pregunta en el ambiente: ¿qué pasaría al llegar al puesto de revisión? Obviamente le harían descubrirse la cara. Pero... ¿podría pedir que la revisara una chica? ¿la llevarían a un sitio aparte? Después de discutir decidimos que no, porque no sería "justo" ni tan "random" como se supone que este tipo de revisiones tienen que ser.

No me quedé con la duda - me pusieron en la línea final justo a su lado. Pudimos observarla durante los últimos quince minutos y ver de cerca cómo respondía su esposo a todas las preguntas del oficial de inmigración, le entregaba pasaportes y más información que traía en su portafolio, hablaba con él, se quitaba los lentes para que le tomaran la foto reglamentaria... Yo quería mirar y no - supongo que como todos los que estábamos ahí. Todos mirábamos. Y ella sabía que la mirábamos.

Por fin el oficial le pidió que se descubriera la cara. Y se la descubrió. Yo la ví durante esos pocos segudos, a lo lejos. Intenté buscar algo en su cara que me diera una clave, que me dijera algo sobre ella. No ví, no recuerdo haber visto nada. Sólo una nariz y unos labios delgados, unos ojos negros, una cara sin maquillaje. Unos ojos negros que se perdían más que cuando el resto de la cara estaba cubierto.

2.
"En realidad, nunca nos hemos ido de México", me dijo él mientras íbamos en el autobús 65 que conectaba el Sam Parkway Houston (donde estaba nuestro hotel de aeropuerto) con el centro de la ciudad. Durante 40 minutos vimos letreros de tortillerías, panaderías, washaterías, centros de negocios llamados "Arandas", taquerías en camionetas en el camino. Y vimos subir y bajar personas que se sentían más cómodas hablando en español con acento mexicano que en cualquier clase de inglés.

Ví chicas de apenas 20 años subirse con su madre, su carrito de última generación y su hijo. Hombres que trabajan en construcción - lo dicen sus manos, la postura de su cuerpo - subir de dos en dos, con las bolsas de la compra para la semana. "Menos mal que había panela y todo. Ahora llegamos a la casa y nos hacemos un lonche de verdad, con aguacate y todo". No podía evitar mirar su ropa, sus zapatos llenos de tierra, escuchar sus palabras llenas de añoranza - como a veces suenan las mías.

"¿Tú crees que de verdad vivan mejor aquí que en México?", pregunté, mientras caminábamos por el desierto centro de Houston, sin atractivo, sin movimiento - lleno de estacionamientos y sitios de comida rápida. "Supongo que ahora no... pero deben de estar pensando en una vida mejor en los próximos veinte años".

Regresamos hacia el hotel. Un espectacular de Tequila Herradura competía desde la ventana con los rascacielos de los bancos. Me sentí más lejos de México que nunca.

18.8.10

Cuentos de trasatlántico: regreso

Reconozco que lo mío es puro masoquismo. O masoquetismo, como decía alguien por ahí. Corriendo alcancé la conexión del avión a Madrid y, como no sirve (aún) el sistema de entretenimiento, me puse a revisar las fotos de la última semana. De los últimos 10 días. De la familia, básicamente. Mi prima que se casó, mi abuelita que cumplió 90 años, mis novísimos primos gemelos. Todo regado por abundante tequila de ese otorgado por la aerolínea. Y chin. Casi me dan ganas de ponerme a llorar.

Voy en el último asiento del avión. Se mueve todo. Válgame con las turbulencias. Y la única que se puede tomar la mano y decirse que todo va a estar bien soy yo con yo misma. Qué farem. Es lo que hay.

Mi abuelita, la que está enferma, se quedó de buen humor. Prometimos vernos pronto, sin hospitales de por medio, con un mariachi y una fiesta general. Ojalá. Ojalá. Que los meses corran pero sean benévolos y nos permitan encontrarme. Mi otra abuelita, también se quedó de buen humor. Y me dijo que me quería. Con lo raro que es que los mayores digan que lo quieran a uno.

Y sigo con el tequila. Y con las fotos. Veo a mi prima, la novia, feliz. Al novio, orgulloso. A los padres de los novios, aliviados. Al resto de los primos, mayores, pero felices. Mis sobrinos. Mis papás, que ya quieren nietos, pero que mejor miran a mi hermano el del enmedio porque yo no soy muy confiable en esos menesteres. Que me ven con complicidad, con amor. Eso es lo que quizá más extraño. Las risas cómplices con mis padres. Las lágrimas cómplices, como las del aeropuerto. Las promesas nunca dichas.

Curiosamente – o no – siento que voy a casa. Me gusta Barcelona, me gusta mi vida. Y también me gusta y disfruto profundamente estar con mi familia. Con ese ejército de primos, tíos, abuelos, tíos abuelos, sobrinos, conocidos, vecinos, amigos, padrinos... Pero, como decían los anuncios de alcohol en México hace años (no sé si aún): nada con exceso, todo con medida.

Me voy a casa. Me voy a ver a mi nueva familia, la que me he creado en los últimos años. Me voy, con la maleta llena no de ropa, sino de botellas de tequila, dulces (pinole, damys, banderitas de coco, ate de guayaba...), libros para mi tesis doctoral y para mi calma linguística. Con la computadora y la cámara llena de fotos. Con el corazón calientito de besos. Con la sensación de tener dos patrias, dos vidas... y quererlas a los dos.

Ahora a dormir.

(Rescatado del vuelo de regreso, hace casi un mes. Estoy otra vez en un aeropuerto, esperando mi avión, para por fin llegar a Barcelona. Y esta sensación de lejanía, de nuevo. Dejando mi tercer destino frecuente, como si se pudiera dejarlo. Eso son las vacaciones - una larga sucesión de despedidas.)

17.8.10

Las orillas

Lo sabe quien se haya metido a una playa con una corriente fuerte: lo difícil es llegar a la orilla. Ese último tramo en el que tienes que dejarte ir o nadar como un loco para alcanzarla, para sentirte en paz. No es que dentro del agua no se esté bien: en realidad, puedes estar increíblemente bien pero sentirte un poco extraño, fuera de lugar - tener simplemente la sensación de que es pasajero y lo que necesitas es regresar a tierra firme.

También da miedo al revés. Cuando es la primera vez que te vas a meter al mar en el año y de pronto te parece que está demasiado frío, oscuro o agitado. Lo difícil es sobrellevar el miedo, pasar de las rodillas, sumergir la cabeza. Es la orilla, siempre la orilla.

Así cuando estás fuera de casa - cuando dejaste el lugar de donde eras y te fuiste al otro, cuando dejaste tu nueva casa y te aventuraste en otra vida. Lo más difícil son los últimos días (cerrar maletas, despedirte, comprar regalos, imaginarte qué es lo que te espera). Y luego llegar. Reconocer otra vez las almohadas, las llaves de la ducha para no quemarte o escaldarte de frío, recordar las líneas de metro o los cambios del auto, las expresiones linguísticas, esas cosas que puedes comer o no.

El intermedio es lo más fácil. Cuando estás ahí, cuando se te olvidó que llegaste y te tienes que ir. Cuando haces un esfuerzo para vivir al día y no atender al calendario que dice, implacable, que otra vez te tendrás que ir.

Las orillas, siempre, esas despedidas. Como si estuvieras dejando un pedazo de tí cada vez que te vas de un sitio y lo miraras despedirse de tí, agitando un pañuelo, sabiendo que nunca, nunca volverá el mismo que se fue.

16.8.10

Cuentos de trasatlántico: ida

La miro dormir. Junto a mi brazo, está su mano. De dedos larguísimos, como de pianista. Tiene las uñas largas, largas... pintadas de un rojo muy intenso. En la mano derecha lleva dos pulseras de perlas y tres de algún metal plateado. En la muñeca izquierda, un reloj color plata, clásico. Sobre su regazo, hay un toro de peluche que seguramente compró en el aeropuerto de Madrid. En realidad, creo que debe pensar que soy una antipática. Recién subimos al avión, una de sus amigas que está al otro lado del pasillo me pidió que le cambiara el puesto para irse juntas y yo no accedí. Me gusta estar junto a la ventana, sobre todo cuando sólo son dos asientos. Se enfurruñaron un rato, pero después se les quitó – cuando las intenté tranquilizar por la turbulencia tremenda que había sobre Madrid.

Vuelvo a mirarla. Siempre me he preguntado cómo lo logran las chicas como ella. Sospecho que quizá acaba de cumplir los 18 años, pero no necesariamente. Tiene el pelo perfecto, lacio, le cae hasta con cierto arte sobre la cara mientras duerme. Está mirando la pantalla y yo muevo un poco la computadora. Creo que la molesta mi tecleo.

(Y me doy cuenta que debería de volver al paper que me dí estas horas de avión para escribir en lugar de narrarla).

Se estira. Se cubre la cabeza y los hombros con la cobija azul de la aerolínea. Está amodorrada y parpadea. Tiene pestañas como de Minnie-Mouse y gestos como de femme-fatale. Como suele suceder con algunas chicas de su edad. Zapatillas de deporte y calcetas blancas. Jeans de tubo, azul claro. Una camiseta tank-top rosa, con el logotipo de alguna tienda de esas no muy caras en Europa, exclusivas en América.

Me odia. Está pidiendo un cambio de asiento a sus compañeros. No sé si es el hecho de que yo estoy trabajando y ella quiere dormir. O que quería a su amiga aquí. O qué.

(Toda mi capacidad de concentración está ahí, en sentirme menos. Pero ahora está siendo grosera. Se me está acabando el miedo. Lo que es es una adolescente malcriada. Y yo puedo ir hacer lo que me venga en gana).

* * *

Cerré la página de mi crónica y me puse a escribir mi paper para el congreso del mes próximo. Se durmió. Se despertó. Se quejó. Se acabaron las 11 horas de viaje.

Hubiera sido peor en autobús.

5.4.10

Hitos de un fin de semana largo en Paris*

* Mientras limpiaba mi exceso de papeles, me encontré dos postales - una de un Vivendum afro y otra de un jovencísimo Truman Capote en un jardín - que compré en un viaje a París en marzo de 2008. Ahí, estaban escritos los siguientes hitos, que creo que sólo harán sentido para mí y mi compañera de viaje - o incluso ya ni siquiera a nostros.

Hitos de un fin de semana largo en París, según los recordamos la noche del domingo 16 de marzo, tomando kir y cacahuates en el Café Lèa de la rue Pascal

- El desollamiento y la capita de la rana (?)
- El José Luis del vietnamita en Rue Galande
- El Rocky Horror Picture Show
- El primo malencarado de José Ramón
- La mesa de chicos que tenían su noche de solteros, escuchaban J-A-Z-Z desde un móvil y tenían entre ellos a una copia del cantante de The Police
- El Enrique Iglesias-Clark Kent que me recordó al cura más guapo del mundo, que iba caminando por Blvd. Saint Germain
- Los descalabrados
- El sobreviviente supermercado vietnamita
- Descubrir que uno puede transbordar gratuitamente del metro al autobús
- El shopping de último momento, con las dependientas tras de nosotros para cerrar las tiendas
- El milhojas de chocolate de Paul, en las Tullerías
- El coqueto vendedor de espárragos

(segunda postal extraviada. Quizá la tiré a la basura con el papel para reciclar. Puaj).

22.2.10

Medalla de oro al gobierno de coalición

Hace apenas una semana, el panorama noticioso holandés era tan - digamos - nulo que los programas de noticias y debates en la televisión versaban sobre la calidad del hielo en las pistas de Vancouver. No había que tomarlo a la ligera: es un asunto grave. Para un país donde las esperanzas de medallero estaban en la velocidad de sus patinadores, una pista "aguadita" era una cosa absolutamente imposible... casi les toca a los ministros una parte de la culpa cuando alguna patinadora fue a dar por el suelo...

Y así de fácil como los atletas se deslizan sobre el hielo de Vancouver, así cambió el panorama noticioso. De un día a otro, el gobierno de coalición que tendría que haber estado en el poder hasta el próximo 2011, comenzó a hacer aguas. Me explicaban - necesito que me lo expliquen todo: sólo puedo leer palabras sueltas en el periódico y entiendo sólo el lenguaje corporal de los comentaristas de la tele - que la crisis no era rara: que este gobierno de coalición ha pasado de una a otra alternativamente.

La diferencia es que la próxima semana hay elecciones locales. Entonces, en la lucha por la mayor participación, uno de los partidos en coalición se puso loco a exigir la retirada de las tropas de Afghanistán. Y después de tres días (y parte de sus noches) de estar discutiendo (muy civilizadamente, eso sí) en el Parlamento, decidieron que al cuerno la coalición y que mejor tienen nuevas elecciones en mayo, porque ya no se llevan bien.

Una vez decidido esto, los ojos volvieron a las pistas de Vancouver y el medallero de las olimpiadas. Y tan campantes.

Definitivo, es otro planeta.

19.2.10

Viernes, temprano

Hay un silencio respetuoso en el tren. La gente escucha música, trabaja, come sándwiches de queso, repasa mentalmente si no se le olvidó nada para el viaje. Llegamos a la estación del aeropuerto. Salen los que llevan maletas. Y entra una avalancha de ingleses vestidos en la ropa más increíble: algunos de ellos sobre todo, uno que es una emfermera con enormes labios rojos y otro como no sé, una especie de prostituta.

Ríen a carcajadas. Se quejan de que no se puede fumar en el tren. De que los holandeses sólo venden mariguana en los coffee shops. Se burlan de los amigos que no están. Inventan rumores al respecto de ellos. Hablan mal de los homosexuales. Se burlan de todo y de todos...

A veces no sé si no les importa o si no se dan cuenta que el hecho de que estén en el extranjero no les permite gritar como guacamayas de cualquier tema, como si la gente a su alrededor no los entendieran. Porque, además de ser groseros con el volumen, sí les entendemos. El hecho de que una gran parte del mundo tengamos como segunda lengua el inglés (por haberlo estudiado toda la vida, en búsqueda de un esperanto lejano) les impide la relativa intimidad que da hablar otra lengua.

En fin, que llegamos al centro de Ámsterdam sin mayores incidentes. Pero con ellos hablando a gritos sobre el súper fin de semana que les esperaba.

La verdad es que los odié un poquito.