Una de las razones por las que no soy muy afecta a ver el fútbol, honestamente, son los gritos de los comentaristas. Siempre parece que tienen toda la razón, y a veces cambian completamente el sentido del partido. Si uno es como yo, no un experto, es difícil seguir el juego sin sentirse medio estafado por algunos gritos. Ahora, en Bulgaria, donde no entiendo nada - ni los letreros en las calles, que están en cirílico - estoy en mi salsa. Puedo ver el fútbol sin demasiadas exquisiteces técnicas pero tampoco con excesos líricos.
Aunque, reconozco, hay un momento donde es divertido escuchar a los comentaristas: ayer, por ejemplo, fue portentoso escuchar a los comentaristas de la televisión española de ser "los mejores del mundo", a "esto es horrible", pasando por "es que hace mucho calor", para terminar en "es un desastre de proporciones épicas".
Supongo que casi a todo le viene bien un poco de drama.
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14.6.14
30.3.14
Cosas que regresan con la lluvia
La primavera en Barcelona siempre pasa por los mismos trámites. Es la más feliz, la más grande, la más seductora de las estaciones. Y se le pone a un lado a un invierno taciturno que, no puede evitarlo, se rebela. Se resiste a irse. Y por lo menos un fin de semana cuando todos estamos listos para salir al sol, a la playa, al campo, a la vida, el invierno regresa por sus fueros. Bufa con lluvia y vientos imposibles. Se instala. Hace como si esta fuera su casa.
La primavera - que sabe que el invierno tendrá que irse, le guste o no - se hace un lado. Deja al invierno que tenga su arrebato, su pataleta profunda.
Los miro enfrentarse desde casa. Escucho mis ventanas que se azotan con el viento. Me hundo en las cobijas. Encuentro que la única norma de etiqueta que se puede seguir estos días es vagar por la casa con un libro, una taza de té y esos comodísimos pantalones de pijama de invierno. Repantingada entre mis mantas, no pienso. Asumo - como la primavera - que esta tormenta que por alguna razón me llueve por dentro pasará. Siempre pasa.
Pero con la lluvia, de pronto, me llega el antojo de una sopa. De oler a verdura recién cocida, a cilantro, a cebolla. Me antojo de mole dulce, de tinga, de tortas ahogadas, de ponche de fruta, de frijoles con queso... Un poco de todo. Y a regañadientes, salgo de los pantalones de pijama y arrastro mis pies por las calles de mi barrio. El humor me cambia frente a los escaparates de fruta y verdura, al saludo amable del carnicero. Llueve fino. Llevo un paraguas, pero debajo del brazo. Compro el diario y las revistas que vienen con el diario. Pan. Un poco de fruta.
Al llegar a casa, no regreso al pantalón de pijama. Pongo manos a la obra y llenan la olla zanahorias, patatas, tomate, calabacín, el pollo, un poco de arroz, cilantro, cebolla. Llueve afuera. Sigo lloviendo, pero no de adentro - ahora lluevo/lloro porque las cebollas tenían tanto tiempo en casa que están más fuertes de lo común. La cocina hace su alquimia. La casa se llena de olores. Limpio la alacena y encuentro aquel sobre de chocolate, aquel cubo de sabor que había olvidado.
La primavera, que me conoce, regresó con la lluvia - y entró a mi casa por la ventana de la cocina.
La primavera - que sabe que el invierno tendrá que irse, le guste o no - se hace un lado. Deja al invierno que tenga su arrebato, su pataleta profunda.
Los miro enfrentarse desde casa. Escucho mis ventanas que se azotan con el viento. Me hundo en las cobijas. Encuentro que la única norma de etiqueta que se puede seguir estos días es vagar por la casa con un libro, una taza de té y esos comodísimos pantalones de pijama de invierno. Repantingada entre mis mantas, no pienso. Asumo - como la primavera - que esta tormenta que por alguna razón me llueve por dentro pasará. Siempre pasa.
Pero con la lluvia, de pronto, me llega el antojo de una sopa. De oler a verdura recién cocida, a cilantro, a cebolla. Me antojo de mole dulce, de tinga, de tortas ahogadas, de ponche de fruta, de frijoles con queso... Un poco de todo. Y a regañadientes, salgo de los pantalones de pijama y arrastro mis pies por las calles de mi barrio. El humor me cambia frente a los escaparates de fruta y verdura, al saludo amable del carnicero. Llueve fino. Llevo un paraguas, pero debajo del brazo. Compro el diario y las revistas que vienen con el diario. Pan. Un poco de fruta.
Al llegar a casa, no regreso al pantalón de pijama. Pongo manos a la obra y llenan la olla zanahorias, patatas, tomate, calabacín, el pollo, un poco de arroz, cilantro, cebolla. Llueve afuera. Sigo lloviendo, pero no de adentro - ahora lluevo/lloro porque las cebollas tenían tanto tiempo en casa que están más fuertes de lo común. La cocina hace su alquimia. La casa se llena de olores. Limpio la alacena y encuentro aquel sobre de chocolate, aquel cubo de sabor que había olvidado.
La primavera, que me conoce, regresó con la lluvia - y entró a mi casa por la ventana de la cocina.
15.9.13
Abrazos
Hoy conocí a N. Me lo presentaron en el cruce de Elisabets y Ramallers, donde me encontré con otros amigos. N, en lugar de darme los dos besos de rigor, me dió un beso y me abrazó. Pasó su brazo por detrás de mis hombros y acercó mi cuerpo hacia el suyo. Yo, perdí el rigor y me dejé abrazar. Esos tres segundos de que mi cuerpo supo de su cuerpo fueron buenos. Fueron algo que esperaba.
Usualmente no lo pido, pero lo necesito. Si bien me identifico profundamente con el Monstruo Comegalletas, mi actividad favorita no es devorar cookies con chispas de chocolate. Yo añoro abrazos. El contacto con el otro. El dejarte ir en sus brazos por un par de segundos y descansar en él ese pequeño dolor, esa pequeña ausencia. El abrazo como el acto de amor, de nostalgia, de piedad generalizada en donde dejas al otro, no importa quién sea, un pequeñísimo hueco de paz.
No hablo de los dos, tres, cuatro besos europeos, tan modernos, tan al aire. Hablo del aprovechar la cercanía de alguien en el primer beso para, como N, rodear los hombros del otro y sostenerlo por un momento, sentir su respiración, hacerle sentir que alguien que está por él.
A veces pido un abrazo y miro cómo la gente reacciona, divertida, espantada, emocionada o desconcertada. A veces, como hoy, tengo tanta suerte que me encuentro por la calle a aquellos que saben quien soy y me sostienen, soportan mis manos que pasean por su espalda y los palmotean con gusto. Y sonríen.
Y es cierto, el abrazo que buscas no es el de cualquiera. Hay alguno que añoras más que otro, o algún otro que no quieres. Pero ese segundo de abandono es el segundo del reinicio, de la vuelta a comenzar.
Después del abrazo, el mundo es diferente. Lo sabes y sonríes, como quien ha descifrado un secreto.
Usualmente no lo pido, pero lo necesito. Si bien me identifico profundamente con el Monstruo Comegalletas, mi actividad favorita no es devorar cookies con chispas de chocolate. Yo añoro abrazos. El contacto con el otro. El dejarte ir en sus brazos por un par de segundos y descansar en él ese pequeño dolor, esa pequeña ausencia. El abrazo como el acto de amor, de nostalgia, de piedad generalizada en donde dejas al otro, no importa quién sea, un pequeñísimo hueco de paz.
No hablo de los dos, tres, cuatro besos europeos, tan modernos, tan al aire. Hablo del aprovechar la cercanía de alguien en el primer beso para, como N, rodear los hombros del otro y sostenerlo por un momento, sentir su respiración, hacerle sentir que alguien que está por él.
A veces pido un abrazo y miro cómo la gente reacciona, divertida, espantada, emocionada o desconcertada. A veces, como hoy, tengo tanta suerte que me encuentro por la calle a aquellos que saben quien soy y me sostienen, soportan mis manos que pasean por su espalda y los palmotean con gusto. Y sonríen.
Y es cierto, el abrazo que buscas no es el de cualquiera. Hay alguno que añoras más que otro, o algún otro que no quieres. Pero ese segundo de abandono es el segundo del reinicio, de la vuelta a comenzar.
Después del abrazo, el mundo es diferente. Lo sabes y sonríes, como quien ha descifrado un secreto.
14.9.13
Nits d'estiu - geografía personal
En verano, si caminas por el casco antiguo de Barcelona y levantas la cabeza, con frecuencia te sorprendes de los tonos rojizos que toma el cielo después de la medianoche. Supongo que es la luminosidad de la ciudad, pero también es como si fuera una especie de eterna despedida, de aviso, de que este verano también se acaba.
- Cómo me gustaría tener la cámara para tomar una foto ahora.
- Tómala con tu mente. Te acordarás.
- Con mi mente... no creo. Tengo memoria de pez.
Después de nueve, diez años en una ciudad, casi en un mismo barrio, puedes narrar tu paso por ciertas esquinas como cicatrices. "En esa tienda trabaja el primer chico que conocí aquí". "Ahí me vi con mi ex la noche que nos dimos el primer beso". "En este restaurante venía siempre a cenar con mi papá". "La primera noche que pasé en esta ciudad cené pizza en este lugar".
Recorrimos las calles empedradas con calma, para deshacernos un poco de la cena excesiva que habíamos hecho. Nos íbamos compartiendo los hitos de nuestra geografía personal, los lugares y los momentos que nos han hecho las que somos.
- A veces me he preguntado qué hubiese pasado si yo hubiera vivido en este barrio, si algo hubiera cambiado.
- ¿En general, dices?
- Quizá tuviera una pareja, dinero... y no me estaría yendo a otro sitio.
A ratos los ojos se nos hacen agua: de risa, de llanto. No preguntamos el "¿te acuerdas cuando...?" porque no es así. La ciudad nos adoptó por separado. Años después nos juntamos, felizmente, para no separarnos. O eso creíamos. Un año atrás una estrenaba casa con una nueva pareja y otra se preparaba para seguir aquí años y años más allá. Se nos acabó a las dos el amor. Pero nos quedan los brazos: y nos colgamos la una de la otra para pasear por esos lugares. "Este era mi restaurante favorito". "En este bar me gustan los gintónics". "Ven, vamos a la Plaça Real a ver qué pasa...".
Nos sentamos en la fuente, junto a unos chicos que resultan ser policías de paisano. Los vemos detener a unos turistas que, al parecer, tienen droga. Subimos la Rambla, brazo en brazo, hablando con la claridad que da media botella de vino. Nos dejamos en la boca del metro más cercano a su casa: nos quedan días, sí. Pero ninguno como este. Como esta noche de nosotros.
Llego a casa y, sobre mi cama, abierto un libro de Rosario Castellanos. A la mitad de la hoja, la "Apelación al solitario", me dice:
Y yo sé que ella está, leyendo. Sé que ella está leyendo. Sé que ella está.
Y seguirá. Como una marca más en la geografía de los lugares que amo.
- Cómo me gustaría tener la cámara para tomar una foto ahora.
- Tómala con tu mente. Te acordarás.
- Con mi mente... no creo. Tengo memoria de pez.
Después de nueve, diez años en una ciudad, casi en un mismo barrio, puedes narrar tu paso por ciertas esquinas como cicatrices. "En esa tienda trabaja el primer chico que conocí aquí". "Ahí me vi con mi ex la noche que nos dimos el primer beso". "En este restaurante venía siempre a cenar con mi papá". "La primera noche que pasé en esta ciudad cené pizza en este lugar".
Recorrimos las calles empedradas con calma, para deshacernos un poco de la cena excesiva que habíamos hecho. Nos íbamos compartiendo los hitos de nuestra geografía personal, los lugares y los momentos que nos han hecho las que somos.
- A veces me he preguntado qué hubiese pasado si yo hubiera vivido en este barrio, si algo hubiera cambiado.
- ¿En general, dices?
- Quizá tuviera una pareja, dinero... y no me estaría yendo a otro sitio.
A ratos los ojos se nos hacen agua: de risa, de llanto. No preguntamos el "¿te acuerdas cuando...?" porque no es así. La ciudad nos adoptó por separado. Años después nos juntamos, felizmente, para no separarnos. O eso creíamos. Un año atrás una estrenaba casa con una nueva pareja y otra se preparaba para seguir aquí años y años más allá. Se nos acabó a las dos el amor. Pero nos quedan los brazos: y nos colgamos la una de la otra para pasear por esos lugares. "Este era mi restaurante favorito". "En este bar me gustan los gintónics". "Ven, vamos a la Plaça Real a ver qué pasa...".
Nos sentamos en la fuente, junto a unos chicos que resultan ser policías de paisano. Los vemos detener a unos turistas que, al parecer, tienen droga. Subimos la Rambla, brazo en brazo, hablando con la claridad que da media botella de vino. Nos dejamos en la boca del metro más cercano a su casa: nos quedan días, sí. Pero ninguno como este. Como esta noche de nosotros.
Llego a casa y, sobre mi cama, abierto un libro de Rosario Castellanos. A la mitad de la hoja, la "Apelación al solitario", me dice:
Es necesario, a veces, encontrar compañía.
Amigo, no es posible ni nacer ni morir
sino con otro. Es bueno
que la amistad le quite
al trabajo esa cara de castigo
y a la alegría ese aire ilícito de robo.
¿Cómo podrías estar solo a la hora
completa, en que las cosas y tú hablan y hablan,
hasta el amanecer?
Y yo sé que ella está, leyendo. Sé que ella está leyendo. Sé que ella está.
Y seguirá. Como una marca más en la geografía de los lugares que amo.
15.8.13
Tiempo complementario
Llegar al aeropuerto corriendo - como siempre - y descubrir que tu vuelo está retrasado por seis horas. Te parece un poco enloquecido y haces la fila sólo para confirmar que, si todo sigue como programado, saldrías de ahí alrededor de las tres de la mañana. Los pies te duelen: has estado todo el día caminando de un lado para otro. Quedarte en el aeropuerto o buscar un refugio entre los queridos. Tomas la opción dos.
En medio del caos, casi te parece que el encargado de boletos agradece que alguien quiera cambiar el suyo en lugar de reclamarle amargamente. Bajas, tomas tu maleta, vas al tren. En el tren avisas que sí, increíblemente, te quedas un día más. Al llegar a la ciudad, hay alguien esperándote en la estación. Te carga la maleta, te pregunta si quieres hacer algo más y luego te hace el comentario de que te ves... bueno, cansada.
Llegas a casa. Está el gato. Tu cena está servida. Cenas y hablas de cosas de todos los días y de los días en los que no estuviste. Ya no lloras, por una vez. Durante horas, imaginas, recuerdas, en conjunto miras. Y agradeces. Hasta que te estás quedando dormida. Te arremolinas entre las sábanas. Despiertas al día siguiente sin saber muy bien en dónde estás... pero sonríes ante el frío ligero que se escapa de una ventana. Ahí te acuerdas. Ducha. Desayuno. Café. Otro museo, por qué no. Otro almuerzo al sol calmo del norte. Y luego carretera. Una despedida rápida en el aeropuerto. Pase de abordar, seguridad, dutyfree, espera, avión, vuelo, llegada, espera por maleta, autobús, casa.
No sabes dónde estaba ese día extra, qué designio extraño decidió regalarte ese tiempo complementario que ha sido lo más parecido a un bálsamo para tus ojos, para tus manos, para tu corazón. No lo sabes. Sólo sabes que lo necesitabas.
En medio del caos, casi te parece que el encargado de boletos agradece que alguien quiera cambiar el suyo en lugar de reclamarle amargamente. Bajas, tomas tu maleta, vas al tren. En el tren avisas que sí, increíblemente, te quedas un día más. Al llegar a la ciudad, hay alguien esperándote en la estación. Te carga la maleta, te pregunta si quieres hacer algo más y luego te hace el comentario de que te ves... bueno, cansada.
Llegas a casa. Está el gato. Tu cena está servida. Cenas y hablas de cosas de todos los días y de los días en los que no estuviste. Ya no lloras, por una vez. Durante horas, imaginas, recuerdas, en conjunto miras. Y agradeces. Hasta que te estás quedando dormida. Te arremolinas entre las sábanas. Despiertas al día siguiente sin saber muy bien en dónde estás... pero sonríes ante el frío ligero que se escapa de una ventana. Ahí te acuerdas. Ducha. Desayuno. Café. Otro museo, por qué no. Otro almuerzo al sol calmo del norte. Y luego carretera. Una despedida rápida en el aeropuerto. Pase de abordar, seguridad, dutyfree, espera, avión, vuelo, llegada, espera por maleta, autobús, casa.
No sabes dónde estaba ese día extra, qué designio extraño decidió regalarte ese tiempo complementario que ha sido lo más parecido a un bálsamo para tus ojos, para tus manos, para tu corazón. No lo sabes. Sólo sabes que lo necesitabas.
9.8.13
Tránsitos
Combinar los viajes de trabajo con los de placer tiene la ventaja de regresarte a la tierra de vez en cuando. Por que si de trabajo te pueden pagar un boleto de avión y una habitación con terraza al jardín, de placer vas en tren de segunda clase y una habitación que tiene ventana, sí, pero no vistas. Pero disfrutas, igual o más. Disfrutas y agradeces quién eres y dónde estás.
Extiendes el tiempo. Atesoras los momentos especiales, y guardas energía para lo que viene. Sabes que estás de vacaciones cuando, por una vez, lo que te despierta es el hambre. Ahí, en el escritorio, te espera el ordenador y los textos por escribir. Pero en lugar de comenzar otra vez con una discusión teórica, eliges contar que estas aquí, entera. Que desayunaste una rebanada de queso con comino, un huevo frito, un poco de roastbeef, tomate, pepino, dos trozos de pan, un jugo de toronja y un café. Que anoche estuviste en una terraza escuchando jazz hasta que la ordenanza municipal hizo calmar el jazz y la terraza, a las 11 de la noche. Que te quedaste en la calle hasta que te tocó el frío. Que llegaste a tu cama, prestada, de sólo un día, y abriste la ventana para dormir cubierta con la manta pero abrazada por el viento. Que anoche pensaste en escribir. Sólo pensaste.
Ayer pensabas que lo mejor de irse es volver. Quizá necesitabas volver bajo tus pasos. Siempre te va bien volver a los abrazos de la gente que te ha querido, que aún te quiere. A la que no necesitas adivinar. Llegar a este sitio donde mi alma, diría mi querida Doris, se siente en calma. Porque algunos somos así: tenemos varias casas, varios sitios donde descansamos.
Cambias el soundtrack en tu cabeza. Cambias la jerarquía de los colores. Cambias las ganas de ser por la consciencia de estar. Cambias. Vuelves, pero no vuelves a un sitio: vuelves a un estado de gracia donde crees que puedes todo. Quizá eso es lo que hacen las vacaciones: son un tránsito, un momento para parar y volver a esa persona que eras. Cambiarás de habitación de cualquier momento, antes del mediodía. Antes de eso, miras lo verde del parque, escuchas los pájaros que lo sobrevuelan. Aquí empieza el otro camino - el que tú eliges para ti. Y sabes que también será bueno.
Extiendes el tiempo. Atesoras los momentos especiales, y guardas energía para lo que viene. Sabes que estás de vacaciones cuando, por una vez, lo que te despierta es el hambre. Ahí, en el escritorio, te espera el ordenador y los textos por escribir. Pero en lugar de comenzar otra vez con una discusión teórica, eliges contar que estas aquí, entera. Que desayunaste una rebanada de queso con comino, un huevo frito, un poco de roastbeef, tomate, pepino, dos trozos de pan, un jugo de toronja y un café. Que anoche estuviste en una terraza escuchando jazz hasta que la ordenanza municipal hizo calmar el jazz y la terraza, a las 11 de la noche. Que te quedaste en la calle hasta que te tocó el frío. Que llegaste a tu cama, prestada, de sólo un día, y abriste la ventana para dormir cubierta con la manta pero abrazada por el viento. Que anoche pensaste en escribir. Sólo pensaste.
Ayer pensabas que lo mejor de irse es volver. Quizá necesitabas volver bajo tus pasos. Siempre te va bien volver a los abrazos de la gente que te ha querido, que aún te quiere. A la que no necesitas adivinar. Llegar a este sitio donde mi alma, diría mi querida Doris, se siente en calma. Porque algunos somos así: tenemos varias casas, varios sitios donde descansamos.
Cambias el soundtrack en tu cabeza. Cambias la jerarquía de los colores. Cambias las ganas de ser por la consciencia de estar. Cambias. Vuelves, pero no vuelves a un sitio: vuelves a un estado de gracia donde crees que puedes todo. Quizá eso es lo que hacen las vacaciones: son un tránsito, un momento para parar y volver a esa persona que eras. Cambiarás de habitación de cualquier momento, antes del mediodía. Antes de eso, miras lo verde del parque, escuchas los pájaros que lo sobrevuelan. Aquí empieza el otro camino - el que tú eliges para ti. Y sabes que también será bueno.
8.8.13
Terug
Pones el despertador a las 4:35 de la mañana. Duermes mal, poco, pero cuando tomas un vuelo a primera hora de la mañana a veces no hay más opciones. Ducha rápida, cierre de maletas, taxi con música que te recuerda a algo o a todo. De camino al aeropuerto, viendo la ciudad despertar, tan dormida que no terminas de saber si lo que sucedió la noche anterior sí sucedió o fue resultado de tus sueños alterados de verano. Pero sonríes. Sonríes de estar. Sonríes de irte.
Una hora de purgatorio en el aeropuerto entre maletas, viajeros mal encarados y las dos horas de sueño que traes encima que, estás segura, se ven en la cara. Cero, cero glamour. Pasas seguridad, por fin. Te toca la última puerta del último pasillo. Últimas compras. Tu estómago todavía no está listo para desayunar, ni despertar, ni nada. Subes finalmente al avión, te recuestas contra la ventana. Te duermes.
Cuando despiertas, tus oídos sienten el descenso del avión. Abajo, las parcelas perfectamente pintadas de verdes distintos, las casitas como de muñecas, las nubes... las hermosísisimas nubes. Bajas y en el aeropuerto estás de nuevo en la última puerta del último pasillo. Los vuelos de bajo costo, piensas. Y sonríes. Porque reconoces los pasillos, reconoces la megafonía, reconoces un poco el sonido de ese idioma que intentaste algún día y en el que sabes pedir té con menta fresca y pastel de manzana.
Subes al tren. Por la ventana, el verde y las casitas. Y las nubes. A lo lejos, en medio del campo, ves un par de vacas pintas que parece que se den besos. No sabes aún si sigues dormida o has despertado. Bajas del tren y, sin preguntar, te acuerdas del número de tranvía. Subes. Reconoces las esquinas, las tiendas, el olor del café.
Obra y gracia del destino, llegas esta vez a aquel hotel con una escalera como de Escher, como de cuento. El chico de la recepción te pide que esperes un poco - es temprano, dice, pero entiende que llevas un día largo. Te dejas caer en una silla y, mientras esperas, él llega con un café doble. Miras el cielo, la calle empedrada. Llega la llave de tu habitación y de pronto estás en el tercer piso, mirando a través de la terraza, con vista a los jardines, llenos de sonidos de verano (pájaros, niños, iglesias).
Es mucho más silencioso de lo que recordabas. Mucho más pacífico. Y te acuerdas que pueden haber pasado muchas cosas pero aquí, aquí te sientes en calma. Sonríes. Y piensas que necesitas contarle a alguien que has vuelto.
Una hora de purgatorio en el aeropuerto entre maletas, viajeros mal encarados y las dos horas de sueño que traes encima que, estás segura, se ven en la cara. Cero, cero glamour. Pasas seguridad, por fin. Te toca la última puerta del último pasillo. Últimas compras. Tu estómago todavía no está listo para desayunar, ni despertar, ni nada. Subes finalmente al avión, te recuestas contra la ventana. Te duermes.
Cuando despiertas, tus oídos sienten el descenso del avión. Abajo, las parcelas perfectamente pintadas de verdes distintos, las casitas como de muñecas, las nubes... las hermosísisimas nubes. Bajas y en el aeropuerto estás de nuevo en la última puerta del último pasillo. Los vuelos de bajo costo, piensas. Y sonríes. Porque reconoces los pasillos, reconoces la megafonía, reconoces un poco el sonido de ese idioma que intentaste algún día y en el que sabes pedir té con menta fresca y pastel de manzana.
Subes al tren. Por la ventana, el verde y las casitas. Y las nubes. A lo lejos, en medio del campo, ves un par de vacas pintas que parece que se den besos. No sabes aún si sigues dormida o has despertado. Bajas del tren y, sin preguntar, te acuerdas del número de tranvía. Subes. Reconoces las esquinas, las tiendas, el olor del café.
Obra y gracia del destino, llegas esta vez a aquel hotel con una escalera como de Escher, como de cuento. El chico de la recepción te pide que esperes un poco - es temprano, dice, pero entiende que llevas un día largo. Te dejas caer en una silla y, mientras esperas, él llega con un café doble. Miras el cielo, la calle empedrada. Llega la llave de tu habitación y de pronto estás en el tercer piso, mirando a través de la terraza, con vista a los jardines, llenos de sonidos de verano (pájaros, niños, iglesias).
Es mucho más silencioso de lo que recordabas. Mucho más pacífico. Y te acuerdas que pueden haber pasado muchas cosas pero aquí, aquí te sientes en calma. Sonríes. Y piensas que necesitas contarle a alguien que has vuelto.
3.8.13
Transfigurado
Esta tarde, S fue un millón de cosas diferentes. Nos las contaba, pero a medio camino entre el catalán, el holandés y el castellano, a veces me cuesta entenderlo. Viene, corre, va, regresa. Nos hace señas a su madre y a mi para que guardemos silencio (ab-so-lu-to) al entrar a un museo. Luego, da la vuelta en una esquina, y comienza a gritar él, feliz. Pide perdón... pero cuando no toca pedir perdón. Se muere de risa él solo. Nos abraza y nos besa. Cuando se van (esto pasó ayer), le dice a su mamá: "Mama... Cinthya leuk (Cinthya es divertida o guay o algo así...)".
Como ha aprendido a imitar a muchos animales, en las últimas semanas uno de los entretenimientos principales es ir por ahí, haciendo como vaca/león/elefante/gato/perro. Esta tarde, que nos internamos en el bosque de Montjuic para ir a cenar mientras veíamos el puerto y los aviones que se acercan, el personaje que asumió fue el de león. Entonces, mientras su madre y yo platicábamos a más velocidad que los pericos verdes que viven en las palmeras de Parque Guell, él se acercaba por atrás y nos sorprendía con un rugido. Cuando nos volvimos difíciles de "asustar", comenzó a elegir otras víctimas: el barman que le sonreía mientras hacía mojitos, algún vecino de mesa, los transeúntes que pasaban por ahí y miraban nuestra mesa con un poco de envidia.
Hizo dos amigos - primero un niño pequeño que, curiosamente, se parecía mucho a él. Y el niño también se convirtió en león y se persiguieron durante muchos minutos, rugiendo a cual más de fuerte. Más tarde, se acercó a ellos una niña francesa, con su madre. Ella era más precavida... pero cuando se fue el más pequeño (que parecía un poco más revoltoso) se acercó. No sé en qué hablaban. En niñ@, supongo. Se reían, corrían, daban vueltas.
Cayó un poco más la noche. La nena se fue a su mesa a comer y S se acercó a compartir con nosotras (a regañadientes) una crêpe de chocolate. Se debatía entre el sueño, el calor, el hambre y las ganas de seguir corriendo. Al final, decidió liberarse del abrazo materno y volvió a correr entre las mesas a encontrar a la niña. Ahí, hizo de león de nuevo y asustó a todos y cada uno de los comensales.
Decidimos irnos, por aquello del cansancio y la distancia. A nuestra salida, la niña corrió para alcanzarnos. "Dale un besito o un abrazo, dile adiós", dijo su madre. S, conquistador, la abrazó como quien abraza a un árbol y le plantó tremendos besos en las mejillas. Ella no quería separarse del abrazo. Quería bailar. Él no sabía bailar pero, a forma de premio de consolación, le dio otro beso. En un momento teníamos a todas las mesas mirando a los dos, abrazados en un cariño de esos verdaderos y efímeros que sólo se dan en el verano.
Mientras S agitaba su manita diciendo adiós, la nena se puso a llorar. No podíamos quedarnos más. Ella quería bailar. Él tenía que irse. Se me encogió un poco el corazón. Él, quizá sabiéndolo, tomó más fuerte la mano de su mamá, se metió el chupón a la boca y me extendió la otra mano para que bajáramos juntos. Mas tarde, aceptó que fuera yo un rato y no siempre su madre quien lo abrazara en el descenso de la montaña.
Quizá deberé despedirme de esta ciudad en algún momento. Quizá aquella gente de la que me he despedido con lágrimas, con abrazos, con besos ya no se acuerde de mí. Pero yo pido en mis oraciones de verano nunca olvidarme de la noche que un león transfigurado hizo reír a medio restaurante y se quedó un poco adormilado entre mis brazos.
Como ha aprendido a imitar a muchos animales, en las últimas semanas uno de los entretenimientos principales es ir por ahí, haciendo como vaca/león/elefante/gato/perro. Esta tarde, que nos internamos en el bosque de Montjuic para ir a cenar mientras veíamos el puerto y los aviones que se acercan, el personaje que asumió fue el de león. Entonces, mientras su madre y yo platicábamos a más velocidad que los pericos verdes que viven en las palmeras de Parque Guell, él se acercaba por atrás y nos sorprendía con un rugido. Cuando nos volvimos difíciles de "asustar", comenzó a elegir otras víctimas: el barman que le sonreía mientras hacía mojitos, algún vecino de mesa, los transeúntes que pasaban por ahí y miraban nuestra mesa con un poco de envidia.
Hizo dos amigos - primero un niño pequeño que, curiosamente, se parecía mucho a él. Y el niño también se convirtió en león y se persiguieron durante muchos minutos, rugiendo a cual más de fuerte. Más tarde, se acercó a ellos una niña francesa, con su madre. Ella era más precavida... pero cuando se fue el más pequeño (que parecía un poco más revoltoso) se acercó. No sé en qué hablaban. En niñ@, supongo. Se reían, corrían, daban vueltas.
Cayó un poco más la noche. La nena se fue a su mesa a comer y S se acercó a compartir con nosotras (a regañadientes) una crêpe de chocolate. Se debatía entre el sueño, el calor, el hambre y las ganas de seguir corriendo. Al final, decidió liberarse del abrazo materno y volvió a correr entre las mesas a encontrar a la niña. Ahí, hizo de león de nuevo y asustó a todos y cada uno de los comensales.
Decidimos irnos, por aquello del cansancio y la distancia. A nuestra salida, la niña corrió para alcanzarnos. "Dale un besito o un abrazo, dile adiós", dijo su madre. S, conquistador, la abrazó como quien abraza a un árbol y le plantó tremendos besos en las mejillas. Ella no quería separarse del abrazo. Quería bailar. Él no sabía bailar pero, a forma de premio de consolación, le dio otro beso. En un momento teníamos a todas las mesas mirando a los dos, abrazados en un cariño de esos verdaderos y efímeros que sólo se dan en el verano.
Mientras S agitaba su manita diciendo adiós, la nena se puso a llorar. No podíamos quedarnos más. Ella quería bailar. Él tenía que irse. Se me encogió un poco el corazón. Él, quizá sabiéndolo, tomó más fuerte la mano de su mamá, se metió el chupón a la boca y me extendió la otra mano para que bajáramos juntos. Mas tarde, aceptó que fuera yo un rato y no siempre su madre quien lo abrazara en el descenso de la montaña.
Quizá deberé despedirme de esta ciudad en algún momento. Quizá aquella gente de la que me he despedido con lágrimas, con abrazos, con besos ya no se acuerde de mí. Pero yo pido en mis oraciones de verano nunca olvidarme de la noche que un león transfigurado hizo reír a medio restaurante y se quedó un poco adormilado entre mis brazos.
20.6.13
Cocina Internacional
Afortunada, me toca viajar cada par de meses a una ciudad europea diferente para discutir un proyecto común que - con suerte - verá la luz en 2014. Soy algo así como la adoptada del equipo, así que me invitan de una ciudad a otra, a donde llego sin muchas expectativas de turismo (viaje relámpago), pero sí de conocer algo de la cultura local... por lo menos la cerveza o la gastronomía. Pero eso, sin embargo, es lo que de alguna manera improbable siempre evitamos. O por lo menos la noción clásica de gastronomía local.
Todo comenzó con la primera reunión, en Berlín. No sé por qué pensé que terminaríamos comiendo chucrut, salchichas o algo así, pero la organizadora nos llevo a un muy cool restaurante vietnamita. Siendo absolutamente sinceros, en esa ciudad tan hip la comida oriental era de rabiosa actualidad y muy, muy de ahí. El resultado de aquella primera noche fue que acabamos tomando cervezas en el bar de hotel, porque nos quedamos con la curiosidad de la cerveza local (en el restaurante, sólo tailandesas o chinas).
Meses después, en Londres, la elección fue aún más curiosa. La cena de trabajo fue en un restaurante italiano justo enfrente a una estación de tren. A medio camino entre el restaurante, la estación y el sitio donde nos reuníamos, hace años yo había comido en un restaurante etíope. O sea que, en realidad, también todo era muy londoner. Pero en el italiano sólo había cerveza italiana. Por lo tanto, ese día las últimas cervezas cayeron en un pub al lado del hotel, de donde nos sacaron con la habitual campanita.
Hoy, en Varsovia, al parecer la comida sí se sirvió en un restaurante típicamente polaco. La cuestión es que mi conexión de vuelos se retrasó y yo no llegué para comer. Pero la cena oficial fue en un restaurante turco. Los alemanes hicieron la broma obligada y alguien preguntó que si había mucha inmigración turca en Polonia. La respuesta de nuestro anfitrión polaco fue que no, pero que el sitio cumplía con las 3b's de bueno, bonito y barato que también habían cumplido en Berlín y en Londres los otros restaurantes. Así que gracias a una carta en inglés, comimos berenjena y cordero en un restaurante turco en Polonia. Era, de alguna manera, una buena forma de hacer honor a lo que pasaba en Taksim.
Dos cosas diferentes esta vez, sin embargo: una, que la cerveza polaca cayó directamente en el restaurant, así que nada de afterhours en un bar local. Y la segunda, que no tiene nada que ver, pero tiene todo que ver: el dueño del restaurante turco era, probablemente, uno de los hombres más guapos que he visto en mi vida a distancia razonable.
No, no tomé fotos. Me conformo con pensar que su imagen no se irá de mi memoria.
Todo comenzó con la primera reunión, en Berlín. No sé por qué pensé que terminaríamos comiendo chucrut, salchichas o algo así, pero la organizadora nos llevo a un muy cool restaurante vietnamita. Siendo absolutamente sinceros, en esa ciudad tan hip la comida oriental era de rabiosa actualidad y muy, muy de ahí. El resultado de aquella primera noche fue que acabamos tomando cervezas en el bar de hotel, porque nos quedamos con la curiosidad de la cerveza local (en el restaurante, sólo tailandesas o chinas).
Meses después, en Londres, la elección fue aún más curiosa. La cena de trabajo fue en un restaurante italiano justo enfrente a una estación de tren. A medio camino entre el restaurante, la estación y el sitio donde nos reuníamos, hace años yo había comido en un restaurante etíope. O sea que, en realidad, también todo era muy londoner. Pero en el italiano sólo había cerveza italiana. Por lo tanto, ese día las últimas cervezas cayeron en un pub al lado del hotel, de donde nos sacaron con la habitual campanita.
Hoy, en Varsovia, al parecer la comida sí se sirvió en un restaurante típicamente polaco. La cuestión es que mi conexión de vuelos se retrasó y yo no llegué para comer. Pero la cena oficial fue en un restaurante turco. Los alemanes hicieron la broma obligada y alguien preguntó que si había mucha inmigración turca en Polonia. La respuesta de nuestro anfitrión polaco fue que no, pero que el sitio cumplía con las 3b's de bueno, bonito y barato que también habían cumplido en Berlín y en Londres los otros restaurantes. Así que gracias a una carta en inglés, comimos berenjena y cordero en un restaurante turco en Polonia. Era, de alguna manera, una buena forma de hacer honor a lo que pasaba en Taksim.
Dos cosas diferentes esta vez, sin embargo: una, que la cerveza polaca cayó directamente en el restaurant, así que nada de afterhours en un bar local. Y la segunda, que no tiene nada que ver, pero tiene todo que ver: el dueño del restaurante turco era, probablemente, uno de los hombres más guapos que he visto en mi vida a distancia razonable.
No, no tomé fotos. Me conformo con pensar que su imagen no se irá de mi memoria.
18.5.13
Meteorología
El estado del tiempo pronosticaba lluvia pero, como suele suceder a estas alturas, ya no soportas un día más los calcetines ni los zapatos cerrados. Ni los abrigos. Ni las capas. Quieres salir a la calle vestida, razonablemente, de verano. O por lo menos de certera primavera.
Y lo haces, pensando a los cinco minutos que te has equivocado. Dudas. Metes en el bolso las gafas de sol y un paraguas. Asunto del todo terreno. No, la crema solar, no. Tampoco es para tanto.
Sales y el día, como tú, comienza a despertarse. Se despeja poco a poco con cada acción: el primer café, las primeras risas, el primer abrazo, el primer autobús, la primera caminata, el primer trámite, el segundo café. Lo ves desde el despacho: las nubes levantan. La concentración se va con ellas. Pero las nubes levantan.
Y entonces suena el teléfono y alguien te pregunta que si quieres ir a comer a la playa. Y terminas un correo, cierras el ordenador, la oficina, la biblioteca, entras al metro, cambias de línea, sales del metro, caminas unas calles y ahí, de pronto, está el mar. Y el sol. Y las nubes iluminadas por el sol.
Comes a la orilla de la arena: con gafas porque hace sol, con chaqueta porque hace viento. Sonríes. Agradeces. Respiras. Sonríes de nuevo y piensas que la meteorología es - como casi todas las cosas - un capricho que a veces juega a tu favor.
Y lo haces, pensando a los cinco minutos que te has equivocado. Dudas. Metes en el bolso las gafas de sol y un paraguas. Asunto del todo terreno. No, la crema solar, no. Tampoco es para tanto.
Sales y el día, como tú, comienza a despertarse. Se despeja poco a poco con cada acción: el primer café, las primeras risas, el primer abrazo, el primer autobús, la primera caminata, el primer trámite, el segundo café. Lo ves desde el despacho: las nubes levantan. La concentración se va con ellas. Pero las nubes levantan.
Y entonces suena el teléfono y alguien te pregunta que si quieres ir a comer a la playa. Y terminas un correo, cierras el ordenador, la oficina, la biblioteca, entras al metro, cambias de línea, sales del metro, caminas unas calles y ahí, de pronto, está el mar. Y el sol. Y las nubes iluminadas por el sol.
Comes a la orilla de la arena: con gafas porque hace sol, con chaqueta porque hace viento. Sonríes. Agradeces. Respiras. Sonríes de nuevo y piensas que la meteorología es - como casi todas las cosas - un capricho que a veces juega a tu favor.
26.3.13
Ocupación: Camarera
Me fui a comer a un restaurante donde no había ido nunca, pero quería hacerlo... aunque la verdad llegué hasta ahí porque mis dos primeras opciones estaban cerradas por semana santa. Mi conciencia dietética se limitó a no funcionar y pedí primero y segundo. No había mucha gente pero me da a mi que los camareros (meseros, que se dicen) estaban cansados. En la primera sala, en donde estaba sentada yo, había cuatro mesas para dos personas y estábamos sólo dos, cada uno solo en nuestra mesa, mirando al frente. A la calle. A la gente que se asomaba a ver el sitio. A los que se detenían a ver el menú. Los que no paraban. Los que nos miraban como si quisiéramos decirnos algo.
Quiso la suerte que los dos termináramos el segundo al mismo tiempo. Yo estaba atenta a mi libro y no ví cuando la chica se acercó a recoger los platos. "¿Qué te apetece, postre o café?", le preguntó a él. "¿Qué tienes de postre?", respondió el chico. Mis oídos que no estaban concentrados en leer, azuzados por mi gula, seguramente hicieron moverse a mis orejas. "Vale, se los digo... pero vale para los dos eh, también para tí..." dijo, llamándome la atención.
Al final elegí lo mismo que el otro comensal - básicamente porque no puse atención a la lista. Me había quedado mirándola, viéndola cómo recitaba los postres como un soneto cervantino. Algo me hizo pensar que, cuando no es camarera, quizá es actriz.
Quiso la suerte que los dos termináramos el segundo al mismo tiempo. Yo estaba atenta a mi libro y no ví cuando la chica se acercó a recoger los platos. "¿Qué te apetece, postre o café?", le preguntó a él. "¿Qué tienes de postre?", respondió el chico. Mis oídos que no estaban concentrados en leer, azuzados por mi gula, seguramente hicieron moverse a mis orejas. "Vale, se los digo... pero vale para los dos eh, también para tí..." dijo, llamándome la atención.
Al final elegí lo mismo que el otro comensal - básicamente porque no puse atención a la lista. Me había quedado mirándola, viéndola cómo recitaba los postres como un soneto cervantino. Algo me hizo pensar que, cuando no es camarera, quizá es actriz.
18.2.13
Hábitos de tráfico (6)
Me gusta ver en las esquinas del Londres el "look right/look left" alertando a los turistas - intrusos - que en este país no se conduce como en los suyos. Vamos, que hay que poner atención si no quieren acabar bajo las llantas de un bonito black cab.
Y en las calles, en las aceras, te das cuenta que no es sólo una forma de conducir. La gente también camina de forma diferente, como conduce. Es quizá por eso que los turistas chocamos constantemente con los londinenses - porque no conducimos como ellos, porque no pensamos como ellos, porque no terminamos de estar AQUÍ. Estamos en otro sitio - tal vez en aquella ciudad ya reconocida de la que hablaba antes.
Quizá unas camisetas de "look right / look left", "mind the gap" o "stay on the right" ayudarían a la comprensión intercultural...
Quizá no. ¿Qué pondríamos en el resto del mundo - o en Barcelona - para ponernos a salvo de turistas despistados?.
(Dos confesiones al aire)
1. Me llaman para decirme que quedé finalista en un concurso de crónica. Que la publicarán y habrá una premiación y diplomas. No premio económico pero sí diplomas y publicación en papel y en línea. Suspiro al colgar. Me tardo en emocionarme y al final lo logro: un recuerdo de las veces que, cuando universitaria, no ganaba ni los concursos internos y luego alguna vez llegó un Nacional. Quizá es cuestión de paciencia.
2. En plena reunión alguien me pregunta de un asunto del pasado y me doy cuenta que tengo CUATRO AÑOS investigando el tema de mi tesis. A alguna gente le pasa rápido el tiempo al ver a los niños - a mí, al darme cuenta de mi embarazo mental de elefante prehistórico. Todo parece tener un tiempo, por fin.
Y en las calles, en las aceras, te das cuenta que no es sólo una forma de conducir. La gente también camina de forma diferente, como conduce. Es quizá por eso que los turistas chocamos constantemente con los londinenses - porque no conducimos como ellos, porque no pensamos como ellos, porque no terminamos de estar AQUÍ. Estamos en otro sitio - tal vez en aquella ciudad ya reconocida de la que hablaba antes.
Quizá unas camisetas de "look right / look left", "mind the gap" o "stay on the right" ayudarían a la comprensión intercultural...
Quizá no. ¿Qué pondríamos en el resto del mundo - o en Barcelona - para ponernos a salvo de turistas despistados?.
(Dos confesiones al aire)
1. Me llaman para decirme que quedé finalista en un concurso de crónica. Que la publicarán y habrá una premiación y diplomas. No premio económico pero sí diplomas y publicación en papel y en línea. Suspiro al colgar. Me tardo en emocionarme y al final lo logro: un recuerdo de las veces que, cuando universitaria, no ganaba ni los concursos internos y luego alguna vez llegó un Nacional. Quizá es cuestión de paciencia.
2. En plena reunión alguien me pregunta de un asunto del pasado y me doy cuenta que tengo CUATRO AÑOS investigando el tema de mi tesis. A alguna gente le pasa rápido el tiempo al ver a los niños - a mí, al darme cuenta de mi embarazo mental de elefante prehistórico. Todo parece tener un tiempo, por fin.
27.1.13
Despertar con música para planchar
Saben los que han vivido conmigo que hay una manera infalible de asegurarse que esté de mal humor todo el tiempo: que me despierten con música a todo volumen y, aún peor, que esta música sea de violines. Hoy, después del trajín de maletas una vez más (todavía no se acaba el periplo) desperté con una grabación en vivo de un croonerwannabe llamado Mijares que se escuchaba mucho en México al inicio de los noventas. Abrí los ojos lentamente - mientras me ubicaba en la ciudad de México, en casa de L, escuché no sólo sus grandeséxitos sino también otros grandeséxitosdelosnoventa en su voz y pensé que, quizá, esta es la peor grabación de la historia. Pero en lugar de estar de mal humor me hizo despertarme pensando en mi casa.
Imaginé que el responsable de tal volumen musical en un domingo a las nueve de la mañana era el señor que cuida y lava los coches en el edificio donde vive L pero no. De pronto, hubo cambio de música, y comenzó a sonar Luz Casal. Con ella, como segunda voz, una de las vecinas del edificio comenzó a gritar casi a gritos, imagino que restregando el sentimiento contra alguna labor casera.
En Barcelona conocí el concepto "música para planchar": básicamente, la música que se pone en casa mientras uno hace quehacer. En mi imaginario, en mi memoria, es muy sencillo definir qué es eso en una imagen: tengo tres años, estoy correteando al perro en casa de mi abuela y del sistema de sonido retumban las canciones en longplay de Juan Gabriel mezcladas con la voz de mi tía que canta, mientras todo se va llenando de un olor inconfundible a limpiador de pino.
No sé a qué huela la casa de la vecina. Sé que hemos pasado de Luz Casal a Chavela Vargas y ni en comparación con esta última la vecina está entonada. Pienso en mis vecinos de Barcelona y en mi costumbre de poner música de Juan Gabriel cuando limpio. Hago una nota mental de nunca empezar en un domingo antes de las diez y media de la mañana. Podría generar un odio irracional a la música para planchar. Sería una lástima.
Imaginé que el responsable de tal volumen musical en un domingo a las nueve de la mañana era el señor que cuida y lava los coches en el edificio donde vive L pero no. De pronto, hubo cambio de música, y comenzó a sonar Luz Casal. Con ella, como segunda voz, una de las vecinas del edificio comenzó a gritar casi a gritos, imagino que restregando el sentimiento contra alguna labor casera.
En Barcelona conocí el concepto "música para planchar": básicamente, la música que se pone en casa mientras uno hace quehacer. En mi imaginario, en mi memoria, es muy sencillo definir qué es eso en una imagen: tengo tres años, estoy correteando al perro en casa de mi abuela y del sistema de sonido retumban las canciones en longplay de Juan Gabriel mezcladas con la voz de mi tía que canta, mientras todo se va llenando de un olor inconfundible a limpiador de pino.
No sé a qué huela la casa de la vecina. Sé que hemos pasado de Luz Casal a Chavela Vargas y ni en comparación con esta última la vecina está entonada. Pienso en mis vecinos de Barcelona y en mi costumbre de poner música de Juan Gabriel cuando limpio. Hago una nota mental de nunca empezar en un domingo antes de las diez y media de la mañana. Podría generar un odio irracional a la música para planchar. Sería una lástima.
7.12.12
Sonidos
No la veo... la escucho a través de mi única ventana. Me quejo a veces de que la casa nueva es ruidosa pero ahora no. Sin verla, sé que sonríe. Por las variaciones de su voz, sé que corre de arriba a abajo de la calle. Por el tono de su carcajada, sé que está feliz. Y que su padre, que está con ella, también.
"Papa! Ja has arribat!"
Bienvenidos sean siempre esos sonidos.
"Papa! Ja has arribat!"
Bienvenidos sean siempre esos sonidos.
15.11.12
Huelga
Ayer me desperté arrullada por el incesante revoloteo de un helicóptero sobre mi cabeza. Es lo que tiene vivir en el centro: las huelgas, las manifestaciones, las concentraciones todas están a tu alrededor. Tendí la cama, hice el desayuno, abrí las ventanas y encendí el ordenador - en el supuesto de que trabajo para mi misma, tampoco hacia sentido hacerme huelga. Creo que intento tratarme lo mejor posible y darme los derechos laborales que me corresponden.
Hacia el medio día, salí de casa para comer con otros amigos autoempleados. Salí casi una hora antes y disfrute como muchas otras familias de un paseo. Imposible saber si era huelga o era domingo. Claro, un domingo a miércoles.
Mientras me iba alejando del centro, veía más tiendas abiertas. Poco movimiento, sí, pero un bar aquí y otro allá, una panadería, una carnicería. Empresas pequeñitas que, supongo, querían vender lo que pudieran vender.
Comimos y después volví a caminar un buen trecho de regreso a casa. Comenzaba a animarse la cosa - lo sabía porque el helicóptero pasaba con más frecuencia y porque, en algún momento cerca de las cinco de la tarde, uno de mis vecinos se puso a ensayar a voz en cuello sus consignas antes de salir a la manifestación.
A las seis salí de casa y me fui hacia donde un amigo, con quien tenía que hablar de la huelga y otras cosas menos socialmente trascendentes. Entré a su casa y desde ahí vimos a los mossos cerrar la Gran Vía, a algunos contingentes pequeños. De vez en cuando nos reíamos con las transmisiones del Cuní y las imágenes, las cinco imágenes, que parecían toda la jornada.
A las ocho salí de ahí, después de preguntarnos quién tendría razón con la asistencia - si los Sindicatos que reclamaban un millón o el conteo oficial de 110,000 personas. En la puerta me encontré con alguien conocido que me dijo: "ve con cuidado. Algo pasó y esto se puso violento".
Fui con cuidado. De pronto comencé a ver gente que corría. A una calle de casa, gente que corría muy rápido. Y ahí, a veinte metros de mi, los antidisturbios.
Supongo que todos sentimos miedo al ver a Robocop. Me repuse y crucé la calle. Me quedaba sólo una manzana por recorrer. Frente a mí, un padre llevaba a su hija dormida en brazos. Quise convencerme de que estábamos fuera de peligro, aunque la verdad es que cada vez iba más rápido.
Mientras recorría esa última calle, me di cuenta que mi callejón había sido lugar de batalla campal: contenedores volteados y tirados por toda la calle y, hacia el final, un vecino con una manguera extinguiendo el fuego que alguien le había prendido al contenedor de papel que está casi justo debajo de mi ventana.
El edificio olía a humo, pero no mi casa. Entré y encendí las noticias y el Twitter y todo, para enterarme. Seguía escuchando los helicópteros. Cerré todo y hablé con mi madre que había visto las noticias y estaba preocupada.
Todo estaba bien.
Esta mañana de camino al trabajo me encontré con varios aparadores rotos y muchos de los cristales del Palau de la Música. Toda la noche escuché cuadrillas de limpieza poniendo en orden mi calle. Había pasado algo. Pero no se sabía muy bien qué. Me dí cuenta que han puesto un cartel de "se alquila" en un negocio de helados en mi calle. Hice memoria: no recuerdo haber visto nunca que entrara un cliente.
Hacia el medio día, salí de casa para comer con otros amigos autoempleados. Salí casi una hora antes y disfrute como muchas otras familias de un paseo. Imposible saber si era huelga o era domingo. Claro, un domingo a miércoles.
Mientras me iba alejando del centro, veía más tiendas abiertas. Poco movimiento, sí, pero un bar aquí y otro allá, una panadería, una carnicería. Empresas pequeñitas que, supongo, querían vender lo que pudieran vender.
Comimos y después volví a caminar un buen trecho de regreso a casa. Comenzaba a animarse la cosa - lo sabía porque el helicóptero pasaba con más frecuencia y porque, en algún momento cerca de las cinco de la tarde, uno de mis vecinos se puso a ensayar a voz en cuello sus consignas antes de salir a la manifestación.
A las seis salí de casa y me fui hacia donde un amigo, con quien tenía que hablar de la huelga y otras cosas menos socialmente trascendentes. Entré a su casa y desde ahí vimos a los mossos cerrar la Gran Vía, a algunos contingentes pequeños. De vez en cuando nos reíamos con las transmisiones del Cuní y las imágenes, las cinco imágenes, que parecían toda la jornada.
A las ocho salí de ahí, después de preguntarnos quién tendría razón con la asistencia - si los Sindicatos que reclamaban un millón o el conteo oficial de 110,000 personas. En la puerta me encontré con alguien conocido que me dijo: "ve con cuidado. Algo pasó y esto se puso violento".
Fui con cuidado. De pronto comencé a ver gente que corría. A una calle de casa, gente que corría muy rápido. Y ahí, a veinte metros de mi, los antidisturbios.
Supongo que todos sentimos miedo al ver a Robocop. Me repuse y crucé la calle. Me quedaba sólo una manzana por recorrer. Frente a mí, un padre llevaba a su hija dormida en brazos. Quise convencerme de que estábamos fuera de peligro, aunque la verdad es que cada vez iba más rápido.
Mientras recorría esa última calle, me di cuenta que mi callejón había sido lugar de batalla campal: contenedores volteados y tirados por toda la calle y, hacia el final, un vecino con una manguera extinguiendo el fuego que alguien le había prendido al contenedor de papel que está casi justo debajo de mi ventana.
El edificio olía a humo, pero no mi casa. Entré y encendí las noticias y el Twitter y todo, para enterarme. Seguía escuchando los helicópteros. Cerré todo y hablé con mi madre que había visto las noticias y estaba preocupada.
Todo estaba bien.
Esta mañana de camino al trabajo me encontré con varios aparadores rotos y muchos de los cristales del Palau de la Música. Toda la noche escuché cuadrillas de limpieza poniendo en orden mi calle. Había pasado algo. Pero no se sabía muy bien qué. Me dí cuenta que han puesto un cartel de "se alquila" en un negocio de helados en mi calle. Hice memoria: no recuerdo haber visto nunca que entrara un cliente.
13.8.12
El oro de México visto desde el país de futbol
Ayer, en el medio tiempo de partido entre Brasil y México, hice un guacamole en el piso 26 de un edificio que domina casi todo Sao Paulo. Mientras partía los ingredientes, me explicaron una cosa que nadie me había contado antes. En Brasil, durante la Copa del Mundo, los días que juega la selección nacional no trabaja ni estudia nadie. Las escuelas se abren temprano o se cierran temprano y si el juego es a mediodía, se transmite en las escuelas. Las tiendas cierran. Sólo quedan abiertas las emergencias de los hospitales.
Desde este país, ayer yo veía la primera final de fútbol olímpico en la que había participado la selección nacional mexicana. Jugaba en desventaja: yo era la mexicana invitada entre una familia brasileña completa. Antonio, que tiene cinco años, fue el que en realidad decía lo que pensaba de que estuviera yo ahí y, sobre todo, de que México fuera ganando. "¿Un gol a los 30 segundos? ¡Pero si apenas estamos empezando!".
Lo ví pasearse de un lado a otro de la casa, sentarse en el suelo, en el sillón, en las piernas de su madre, junto a su abuela, al lado de su madre. Nunca junto a mí. Yo en ese momento no hacía nada, pero nada de gracia.
De ver la angustia en los ojos de Antonio - y de escuchar los gritos de su abuela, sus tíos y sus padres - me dieron una ganas enormes de que ganara Brasil. En realidad, yo quería - necesitaba - por lo menos un gol para Brasil (que menos mal llegó). Pero la verdad es que tenía otra razón: algo en mí me decía que cientos, miles de personas en mi México convulso por una elección por decir lo menos extraña en lugar de celebrar el esfuerzo de un equipo de chicos al otro lado del mar, le encontraría otros significados. "Yo no tengo nada que celebrar". "Esto es solamente más circo". "El fútbol es solamente el opio del pueblo".
La visita a mis redes sociales me dijeron que no estaba equivocada. Mientras tanto, en este lado del mundo, Antonio lloró desconsolado desde el momento que sonó el final del partido - casi tan desconsolado como Lucas, el jugador brasileño de 19 años que acaba de ser contratado por el Paris Saint Germain por 45 millones de euros.
Lucas, pensamos, lloraba de rabia porque el entrenador lo metió al juego en el minuto 83 y se vió incapaz de remontar el juego. Frente al marcador final, yo no me sentí con ánimos de celebrar: mucho menos frente de Antonio.
Ahora escucho a mi alrededor la demanda generalizada de que el director técnico de la selección local sea removido de su puesto. También leo las desafortunadas declaraciones de Pelé. Y confieso que había una cosa más dulce que ver la victoria en Wembley - verla en Sao Paulo. No por Antonio, por supuesto. Más bien por aquel tipo de personas (en todos lados hay) que querían verme sentada en otra mesa a causa de la victoria.
Desde este país, ayer yo veía la primera final de fútbol olímpico en la que había participado la selección nacional mexicana. Jugaba en desventaja: yo era la mexicana invitada entre una familia brasileña completa. Antonio, que tiene cinco años, fue el que en realidad decía lo que pensaba de que estuviera yo ahí y, sobre todo, de que México fuera ganando. "¿Un gol a los 30 segundos? ¡Pero si apenas estamos empezando!".
Lo ví pasearse de un lado a otro de la casa, sentarse en el suelo, en el sillón, en las piernas de su madre, junto a su abuela, al lado de su madre. Nunca junto a mí. Yo en ese momento no hacía nada, pero nada de gracia.
De ver la angustia en los ojos de Antonio - y de escuchar los gritos de su abuela, sus tíos y sus padres - me dieron una ganas enormes de que ganara Brasil. En realidad, yo quería - necesitaba - por lo menos un gol para Brasil (que menos mal llegó). Pero la verdad es que tenía otra razón: algo en mí me decía que cientos, miles de personas en mi México convulso por una elección por decir lo menos extraña en lugar de celebrar el esfuerzo de un equipo de chicos al otro lado del mar, le encontraría otros significados. "Yo no tengo nada que celebrar". "Esto es solamente más circo". "El fútbol es solamente el opio del pueblo".
La visita a mis redes sociales me dijeron que no estaba equivocada. Mientras tanto, en este lado del mundo, Antonio lloró desconsolado desde el momento que sonó el final del partido - casi tan desconsolado como Lucas, el jugador brasileño de 19 años que acaba de ser contratado por el Paris Saint Germain por 45 millones de euros.
Lucas, pensamos, lloraba de rabia porque el entrenador lo metió al juego en el minuto 83 y se vió incapaz de remontar el juego. Frente al marcador final, yo no me sentí con ánimos de celebrar: mucho menos frente de Antonio.
Ahora escucho a mi alrededor la demanda generalizada de que el director técnico de la selección local sea removido de su puesto. También leo las desafortunadas declaraciones de Pelé. Y confieso que había una cosa más dulce que ver la victoria en Wembley - verla en Sao Paulo. No por Antonio, por supuesto. Más bien por aquel tipo de personas (en todos lados hay) que querían verme sentada en otra mesa a causa de la victoria.
19.1.12
Ojos cerrados
En algún lugar, en algún parque, alguien corre. Lleva puestos los auriculares - escucha una canción que no le recuerda a nada pero le recuerda a todo en particular. Cada golpe de sus plantas, de su pie derecho y de su pie izquierdo, es un pequeño avance en el camino. En la construcción de aquel puente. Del que cruza las distancias. Del que disminuye los olvidos. Del que imagina los futuros. Del que resume y recuerda lo que no fue, lo que pudo ser, lo que se quedó en algún sitio, en pausa.
No se detiene. Sigue corriendo. Y sigue la música. Y el universo, la distancia, todo es relativo.
(Leerse con el fondo de Sweet Disposition de The Temper Trap)
No se detiene. Sigue corriendo. Y sigue la música. Y el universo, la distancia, todo es relativo.
(Leerse con el fondo de Sweet Disposition de The Temper Trap)
1.9.11
El fin de agosto, Boijmans y el Futuro
Privilegio que tenemos los que nos hemos convertido en viajeros constantes, regresamos a algunas ciudades que no son propiamente "nuestras" pero las consideramos parcialmente de nuestra propiedad. A pesar de no entender todo lo que se habla en las calles sabemos, por ejemplo, cómo leer un menú, qué estación del metro es la más cercana al mercado y qué día de la semana el museo más bonito de la ciudad no cobra entrada.
En Rotterdam, el Museo Boijmans Van Beuningen es gratuito los miércoles - mejor que cualquier dos por uno. Y yo me siento incluso culpable de estar aquí un miércoles y no ir, aunque sea a visitar a esos Magrittes que ya se que me encantan, a asomarme a sus jardines, a ver la colección de diseño industrial que incluye un walkman sony de aquellos amarillos. Es, digamos, mi cita con la ciudad.
Ayer fuí al Boijmans y entre otras cosas maravillosas que me encontré, fuí al Futuro. El Futuro es una pieza de plástico hecha en 1968 por el arquitecto finlandés Matti Suuronen. En los sesenta, había esta corriente de construir espacios para vivir que pudieran llevarse e instalarse por todos lados, que fueran muy baratos - el plástico era barato entonces - y solucionaran el problema de la vivienda mundial. Tan fácil como construirla y llevarla ahí donde fuera necesaria. Futuro era una casa con forma de OVNI que ya se entregaba amueblada y donde podían caber ocho personas - bajitas, he de decir.
Ni para qué explicar que el proyecto fue un poco una ruina. Sin embargo, se construyeron 96 casas que dan vueltas por el mundo y recuerdan ese momento de diseño y de ilusión. El Boijmans compró una de las casas y le dió un súper salón en donde se puede entrar a verla - siempre y cuando esté uno dispuesto a no tocar, ponerse unos patucos como quirúrgicos y aguantar el olor a plástico viejo. A mí esas cosas no me amilanan así que pude entrar a verlo por dentro: y fuí muy feliz.
La "Wombhouse" del Atelier Van Lieshout. Ellos ya no pretenden que la gente de facto viva en sus trabajos, pero tienen muchos artistas trabajando para ellos. En caso de que no se entienda, a aquellos que dicen que les gustaría volver a la calma del seno materno, pues esto es una "casa" diseñada como un útero. La cama en el centro, en uno de los ovarios una cava y múltiples cosas entretenidas.
Este Magritte que yo no conocía (Le modèle rouge III, 1937). Me gustó. No tanto como me gusta "La Reproduction Interdite", pero me gustó.
La calma de esos ejecutivos sentados en los jardines del Museo, disfrutando de los rarísimos rayos de sol que bañaron la ciudad la tarde de ayer.
Cerré agosto como había que cerrarlo - visitando el Futuro y disfrutando de la calle.
En Rotterdam, el Museo Boijmans Van Beuningen es gratuito los miércoles - mejor que cualquier dos por uno. Y yo me siento incluso culpable de estar aquí un miércoles y no ir, aunque sea a visitar a esos Magrittes que ya se que me encantan, a asomarme a sus jardines, a ver la colección de diseño industrial que incluye un walkman sony de aquellos amarillos. Es, digamos, mi cita con la ciudad.
Ayer fuí al Boijmans y entre otras cosas maravillosas que me encontré, fuí al Futuro. El Futuro es una pieza de plástico hecha en 1968 por el arquitecto finlandés Matti Suuronen. En los sesenta, había esta corriente de construir espacios para vivir que pudieran llevarse e instalarse por todos lados, que fueran muy baratos - el plástico era barato entonces - y solucionaran el problema de la vivienda mundial. Tan fácil como construirla y llevarla ahí donde fuera necesaria. Futuro era una casa con forma de OVNI que ya se entregaba amueblada y donde podían caber ocho personas - bajitas, he de decir.
Ni para qué explicar que el proyecto fue un poco una ruina. Sin embargo, se construyeron 96 casas que dan vueltas por el mundo y recuerdan ese momento de diseño y de ilusión. El Boijmans compró una de las casas y le dió un súper salón en donde se puede entrar a verla - siempre y cuando esté uno dispuesto a no tocar, ponerse unos patucos como quirúrgicos y aguantar el olor a plástico viejo. A mí esas cosas no me amilanan así que pude entrar a verlo por dentro: y fuí muy feliz.
Una chica dentro de Futuro. Yo la fotografío desde afuera.
Un hombre saliendo de Futuro. Nos estuvimos siguiendo por el Museo y salimos al mismo tiempo porque estaban por cerrar. Caminamos lado a lado por como cinco minutos hasta que él se quedó en su hotel (o se escondió en el lobby de un hotel). No sé cuál de los dos estaba más asustado. Creo que él - al final, yo le había tomado fotos.
La sala del Futuro. Con ventanas y vistas al exterior.
Vista desde el baño a un guardia del Museo cansado y que miraba su reloj para que dieran las cinco.
Yo misma, feliz, posando delante de Futuro.
Tengo que decir también que, además de ver el futuro, ví otras cosas muy lindas en el Boijmans. Las que ya se que me gustan, como el edificio mismo, la colección permanente que hace dar mucha envidia a mucha gente, los guardias que se estaban riendo y picándose las costillas y otras cosas maravillosas y sorprendentes como:
La "Wombhouse" del Atelier Van Lieshout. Ellos ya no pretenden que la gente de facto viva en sus trabajos, pero tienen muchos artistas trabajando para ellos. En caso de que no se entienda, a aquellos que dicen que les gustaría volver a la calma del seno materno, pues esto es una "casa" diseñada como un útero. La cama en el centro, en uno de los ovarios una cava y múltiples cosas entretenidas.
Este Magritte que yo no conocía (Le modèle rouge III, 1937). Me gustó. No tanto como me gusta "La Reproduction Interdite", pero me gustó.
La calma de esos ejecutivos sentados en los jardines del Museo, disfrutando de los rarísimos rayos de sol que bañaron la ciudad la tarde de ayer.
Cerré agosto como había que cerrarlo - visitando el Futuro y disfrutando de la calle.
29.8.11
Ventanas abiertas
A mí lo que más me gusta en la vida, es mirar. Si es posible, detrás del reflejo para que nadie se dé cuenta que estoy ahí. Por eso cuando paso unos días acá, en los Países Bajos, me encuentro con tentaciones a la vuelta de cada esquina. El clima de estos lugares no es el mejor del mundo - entonces, es muy importante que las casas tengan unas ventanas enormes para que entre toda la luz que se pueda. Y, además, con tradición calvinista, el uso y constumbre era no poner pesadas cortinas en esas ventanas a pie de calle: todo el mundo puede ver lo que sucede adentro que nunca, nunca es nada malo.
Y llegan las redes sociales - las redes sociales que son como grandes ventanales a nuestras vidas. Y a veces estoy en Facebook como voy caminando por estas calles: sólo mirando, viendo qué reconozco, qué me gusta, qué no. Observando cómo alguien pasa sus vacaciones, o alimenta a su gato, o lee la última novela del último sueco que escribe cuentos de miedo. Es una cuestión de mirar.
Podríamos decir que algunas de las personas que hemos entrado de lleno a las redes sociales tenemos una especie de ética calvinista al respecto de las mismas: aquí no está pasando nada que no puedas ver. Por lo tanto, puedes verlo todo. Las fotos, las narraciones de nuestra vida en nuestro blog, los sitios a los que llegamos y a los que nos vamos. Y somos señalados con dedos acusadores por otros usuarios de la red (con una ética más judeocristiana, más de la culpa y la modosidad): "¿pero qué haces? ¿no ves que te expones a los otros? ¿no ves que no está bien que muestres lo bien que te va? ¿no te da miedo ser castigado (secuestrado, criticado) al mostrarlo todo?".
Este enfrentamiento es, al final, un poco falso. Nosotros, los calvinistas-exhibicionistas de la red, en realidad, siempre fingimos un poco. Creamos una narración en la que parezca que aquí dentro (allí afuera) no sucede nada prohibido. Pero no nos engañemos: también nosotros tenemos miedos y secretos y exclusivas que quedan escondidos detrás de algunos otros passwords o quizá, en nuestra vida real.
Extra, extra: Este artículo de LaVanguardia, titulado espectacularmente (al más puro estilo del Alarma! en México) "Las redes sociales hacen perder el pudor" y este del NYT sobre las ventajas que tenía encontrarse con un compañero de casa al que no habías hecho un profundo casting digital antes de que entrara a vivir contigo y como quizá los roommates sean los mejores entrenadores para cosas como el matrimonio, por ejemplo.
Y llegan las redes sociales - las redes sociales que son como grandes ventanales a nuestras vidas. Y a veces estoy en Facebook como voy caminando por estas calles: sólo mirando, viendo qué reconozco, qué me gusta, qué no. Observando cómo alguien pasa sus vacaciones, o alimenta a su gato, o lee la última novela del último sueco que escribe cuentos de miedo. Es una cuestión de mirar.
Podríamos decir que algunas de las personas que hemos entrado de lleno a las redes sociales tenemos una especie de ética calvinista al respecto de las mismas: aquí no está pasando nada que no puedas ver. Por lo tanto, puedes verlo todo. Las fotos, las narraciones de nuestra vida en nuestro blog, los sitios a los que llegamos y a los que nos vamos. Y somos señalados con dedos acusadores por otros usuarios de la red (con una ética más judeocristiana, más de la culpa y la modosidad): "¿pero qué haces? ¿no ves que te expones a los otros? ¿no ves que no está bien que muestres lo bien que te va? ¿no te da miedo ser castigado (secuestrado, criticado) al mostrarlo todo?".
Este enfrentamiento es, al final, un poco falso. Nosotros, los calvinistas-exhibicionistas de la red, en realidad, siempre fingimos un poco. Creamos una narración en la que parezca que aquí dentro (allí afuera) no sucede nada prohibido. Pero no nos engañemos: también nosotros tenemos miedos y secretos y exclusivas que quedan escondidos detrás de algunos otros passwords o quizá, en nuestra vida real.
Extra, extra: Este artículo de LaVanguardia, titulado espectacularmente (al más puro estilo del Alarma! en México) "Las redes sociales hacen perder el pudor" y este del NYT sobre las ventajas que tenía encontrarse con un compañero de casa al que no habías hecho un profundo casting digital antes de que entrara a vivir contigo y como quizá los roommates sean los mejores entrenadores para cosas como el matrimonio, por ejemplo.
26.8.11
Un lugar que no existe
Me despertó la tormenta eléctrica. Hace apenas dos días que había dejado mi orilla mediterránea de calor asfixiante y sudor que se pega al cuerpo para salir corriendo hacia el aeropuerto y subirme a un avión lleno de turistas tosijosos y amigos del escándalo que regresaban de vacaciones. Ya en el avión mis pies - con sandalias - se congelaban. Al bajar, los 16 grados ambiente me parecieron lo más frío que existía.
Ayer deambulé por la casa con calcetines de lana, un suéter y una taza de té. Mi cuerpo estaba perdido. Mi cabeza también - miraba a la maleta tratando de imaginar por qué había empacado tres bikinis y dos faldas cortísimas y sólo unos zapatos cerrados.
Hoy los truenos me regresaron a los veranos en Guadalajara, de horas y horas de juego de interiores, de Monopoly, música y televisión. Busqué en internet, en esta computadora a la que le falta una letra que sólo existe en mi idioma materno, aquella canción.
Y con un soundtrack y la lluvia y un sandwich de crema de cacahuate, me mudé a este lugar que no existe: afuera de la ventana, la gente va a la escuela y al trabajo en bicicleta bajo la lluvia. Adentro, yo escribo y escribo y escribo mientras me bamboleo sobre la silla y el gato me mira, sospechando que en realidad no estoy aquí.
Ayer deambulé por la casa con calcetines de lana, un suéter y una taza de té. Mi cuerpo estaba perdido. Mi cabeza también - miraba a la maleta tratando de imaginar por qué había empacado tres bikinis y dos faldas cortísimas y sólo unos zapatos cerrados.
Hoy los truenos me regresaron a los veranos en Guadalajara, de horas y horas de juego de interiores, de Monopoly, música y televisión. Busqué en internet, en esta computadora a la que le falta una letra que sólo existe en mi idioma materno, aquella canción.
Y con un soundtrack y la lluvia y un sandwich de crema de cacahuate, me mudé a este lugar que no existe: afuera de la ventana, la gente va a la escuela y al trabajo en bicicleta bajo la lluvia. Adentro, yo escribo y escribo y escribo mientras me bamboleo sobre la silla y el gato me mira, sospechando que en realidad no estoy aquí.
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