Mostrando las entradas con la etiqueta cocinar. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta cocinar. Mostrar todas las entradas

20.9.15

El placer de lo cálido (63)

Entrar a la iglesia a la que hace meses no has entrado y escuchar, a través del dolor de cabeza, una voz familiar en un idioma que te es familiar. Acercarte y recibir un abrazo y un poco de ánimos y felicidad y sensación de casa. Eso es cálido.

Caminar hasta la playa y encontrarte de frente con un millón de personas y el sol presumido plantándole cara a un otoño cercano. Subirte lo que puedes subirte unos pantalones de pitillo y acercarte a la orilla para meter los pies en el agua. Que los pantalones se mojen, regresar por la arena y caminar sobre el paseo marítimo. Sobre todo espalda, por debajo de tu camisa negra, el sol pidiéndote que no te vayas. Eso es cálido.

Llegar al barrio y entrar a una bodega. Pedir un vermut, un segundo vermut, una copa de cava - todo eso a pesar de una migraña insistente, de cansancio, por atrás. Cuando explota el debate electoral que está en el aire, echarte para atrás y guardar tus opiniones en la garganta por pereza, básicamente. Eso es cálido.

Regresar a casa y hacer la siesta. Despertar con la música de los vecinos y comenzar a contestar los correos que están pendientes desde hace dos semanas mientras afuera se hace de noche. Ver desde la ventana los fuegos artificiales del barrio. Descubrir que lo que tienes es hambre: levantarte, hacer pasta con aceite de oliva, ajo, sal, picante y atún. Buscar qué beber y darte cuenta que sólo quedan aquellos vinos que habías comprado para una ocasión especial. Terminar de cocinar y abrir una botella de vino búlgaro, guardado para algo importante. Darte cuenta que esto ES importante. Eso... eso es cálido.

La tesis: hoy la mandé a las cuatro valientes que dicen que la van a leer para asegurarse de que no haya ningún error terrible de ortografía o así. Parece que no termina o terminó antes de lo que esperaba. Y la pasta y el vino están sí, muy bien.

30.3.14

Cosas que regresan con la lluvia

La primavera en Barcelona siempre pasa por los mismos trámites. Es la más feliz, la más grande, la más seductora de las estaciones. Y se le pone a un lado a un invierno taciturno que, no puede evitarlo, se rebela. Se resiste a irse. Y por lo menos un fin de semana cuando todos estamos listos para salir al sol, a la playa, al campo, a la vida, el invierno regresa por sus fueros. Bufa con lluvia y vientos imposibles. Se instala. Hace como si esta fuera su casa.

La primavera - que sabe que el invierno tendrá que irse, le guste o no - se hace un lado. Deja al invierno que tenga su arrebato, su pataleta profunda.

Los miro enfrentarse desde casa. Escucho mis ventanas que se azotan con el viento. Me hundo en las cobijas. Encuentro que la única norma de etiqueta que se puede seguir estos días es vagar por la casa con un libro, una taza de té y esos comodísimos pantalones de pijama de invierno. Repantingada entre mis mantas, no pienso. Asumo - como la primavera - que esta tormenta que por alguna razón me llueve por dentro pasará. Siempre pasa.

Pero con la lluvia, de pronto, me llega el antojo de una sopa. De oler a verdura recién cocida, a cilantro, a cebolla. Me antojo de mole dulce, de tinga, de tortas ahogadas, de ponche de fruta, de frijoles con queso... Un poco de todo. Y a regañadientes, salgo de los pantalones de pijama y arrastro mis pies por las calles de mi barrio. El humor me cambia frente a los escaparates de fruta y verdura, al saludo amable del carnicero. Llueve fino. Llevo un paraguas, pero debajo del brazo. Compro el diario y las revistas que vienen con el diario. Pan. Un poco de fruta.

Al llegar a casa, no regreso al pantalón de pijama. Pongo manos a la obra y llenan la olla zanahorias, patatas, tomate, calabacín, el pollo, un poco de arroz, cilantro, cebolla. Llueve afuera. Sigo lloviendo, pero no de adentro - ahora lluevo/lloro porque las cebollas tenían tanto tiempo en casa que están más fuertes de lo común. La cocina hace su alquimia. La casa se llena de olores. Limpio la alacena y encuentro aquel sobre de chocolate, aquel cubo de sabor que había olvidado.

La primavera, que me conoce, regresó con la lluvia - y entró a mi casa por la ventana de la cocina.