17.9.21

Lo que hay que pagar

 Hoy fue uno de esos días que parece más difícil que nunca despertarse. El hijo se escabulló en nuestra cama a las cuatro de la mañana buscando compañía. Yo todavía sentía los restos de dos semanas dando clases en aula y el reberberar de unos tres años trabajando sin cesar en consejos con una sensación de sindescanso. Y esta mañana, me lo veía todo en la cara cuando salí de la ducha. Me pusé un poco de crema  - no queriendo tapar las orejas, sino intentando cuidarlas para que no se hicieran más profundas, más eternas.

Llegué a mi curso. Lo estoy tomando porque, bueno, es una manera de garantizarme que no me digan: “no te podemos ascender porque no sabes nada de X”, aunque tenga mil años trabajando en eso. Pero tampoco me van a ascender. Me hacen falta estar más de acuerdo con el papel: dedicar más horas a lo que, en teoría, crea impacto. Y tampoco es tan importante, eso de ascender. Aunque cale.

Es interestante estar en curso de liderazgo con gente tan diferente a ti. Es interesante cuando, en la mitad de lo que debería ser una discusión elegante y formal de un curso en el que nadie espera que nadie discuta temas sentimentales, eres tú la que se sale de tono. La que cambia la cordialidad y básicamente, llamas a la mierda por su nombre. Y confrontas a ese tipo al que tienes semanas intentado encontrar por un pasillo y decirle: “no. La vida no es así. La realidad no se sujeta a tus percepciones”.

“Bueno… pero no es necesario que te enojes”. Y no salió de la boca de él. Salió de la boca de una chica, mucho más joven que yo, sentada a su lado. Quien vio innecesario que yo me alterara cuando él seguía hablando de sandeces. Quien consideró excesivo que yo le dijera que no, que no era verdad que todo el mundo estaba de su lado.

A la hora de la comida me senté junto a él como un ejercicio de cortesía. Y, en uno de esos movimientos excelsos e increíbles de la realidad, me dio la espalda. Literalmente volteó su silla para no tener que verme de frente.

Después, no estuvimos en el misma habitación. Me quedé en otra donde aprendí algo y conecté con alguien que, como yo, no tiene paciencia para esperar que “las cosas caigan por su propio peso”. Estoy a punto de dormirme. Y me voy a la cama con la certidumbre de que pagué mis deudas con la ortodoxia hoy. Y también con la claridad de que nosotros, les incómodes, seguiremos ahí. Y nos encontraremos aunque sea en las orillas.

29.8.21

(Casi) primer día

 Él sabe que mañana es su primer día de escuela. Lo sabe con todo su cuerpo y hoy estuvo en casa, colgándose de nuestras piernas, de lo conocido, lo seguro y lo firme. “Mamá - ¿te puedes quedar conmigo toda la noche?”, me dijo mientras le acariciaba el pelo y le contaba un cuento. Mientras olía su cabello recién lavado y me imaginaba lo rápido que pasaran estos años también, acordamos que me quedaría con él hasta que se quedara dormido. Imaginamos un cuento de un dragón que va a su primer día de escuela - emocionado, porque lo enseñaran a echar fuego por la nariz (su idea). Le canté la única canción de cuna con la que aún puedo escuchar en mi cabeza a mi abuela. Y me quedé ahí, oliéndolo, sintiéndolo respirar, pensando en los días de entre semana que ya no iremos a la biblioteca o al zoológico, en los cambios, en lo rápido que se han pasado tres años.

Intenté imaginarme de qué se acordará. Yo me acuerdo de mis manos sudorosas agarrando las de Jaime, mi primo, apoyándonos y diciéndonos que no había nada que temer (aunque a nuestro alrededor dos docenas de niñes lloraran sin parar). Me acuerdo que saber que mis primas grandes estaban en la escuela no era un consuelo pero sí una certeza. Imagino ahora que añoraría mis desayunos de media mañana en casa de mis abuelos.

Yo tenía quizá la edad del hijo cuando me iba a desayunar con mi abuela y mi abuelo paternos, que vivían arriba de nosotros. Mentía, decía que mi mamá no me había dado nada - vaya manera de dejarla bien con la suegra - y me zampaba sendos platos de fruta, y huevos con frijoles y dulce de fruta con leche.

A los cuatro años, yo ya era yo. Él es muy él. Lo sabe. Y se sabe tan grande que ahora se me acurruca a ratos, como si fuera aún más pequeño: “dame un abrazo fuerte mamá, calientito, muy calientito”.

No sé de qué se acordará él. Yo quiero acordarme de sus carcajadas, sus abrazos calientitos, sus ganas de estar. Y mañana… pues mañana será otro día.

9.11.20

Sobre Florida, Trump, y ese tío que todos tenemos

 


Escribo bajo una cierta tranquilidad de que Donald Trump no seguirá gobernando los próximos años Estados Unidos. Reconozco la victoria de Biden en este humilde blog porque a diferencia de AMLO a mi no me lee casi nadie y tampoco tengo restos de angustia ancladas a el qué tal si sí las instituciones democráticas se van a la mierda y luego regresa el otro. A mi todo me dice que no será así. Y con eso también puedo ver con el ojo más abierto lo que pasó en Florida.

 PAUL HENNESSY / ZUMA PRESS

Desde hace cuatro años, cuando vi por primera vez los resultados del voto latino por Trump sentí una especie de sorpresa mezclada con dolor de panza. Una cierta estupefacción. No me lo podía creer porque de alguna manera para mi era muy transparente que Trump era bastante anti latino – no lo sé, quizá por sus discursos en los que llamó a los mexicanos migrantes de violadores y asesinos como quien llama a sus primos Pollito y la Tití. Yo digamos que al señor le tenía antipatía y desde mi islita pensé que otros también se la tenían. Pero anda que no. Que ganó. Y no sólo ganó – ganó con una buena parte del voto latino.

Uno de los escenarios distópicos para mi este 2020 (como si hubiese pocos) era que el voto en Florida se quedara parado como cuando Bush-Gore. Que pasáramos otra vez 36 días esperando a que los floridanos contaran voto por voto (casilla por casilla) para llevarse al final un fiasco. Pero no hubo por dónde. No hubo ni lucha. Luego leo por ahí que Biden, igual que la Clinton hace cuatro años, hizo confianza en ciertos lugares, estados, y un poco en Florida entre la población latina. Porque uno pensaría que un candidato que es claramente xenófobo, antiinmigrante y hasta un poco anti latino sería suficiente para que los latinos no votaran por él. Pero no, no… ese es el síndrome del tío que todos tenemos.

Me explico: yo sé que esto que estoy por escribir es muy simplificador de la realidad y todo, pero algo de verdad tendrá. Que yo sepa, en toda familia latina que se respete, hay por lo menos uno de esos tíos. Puede ser uno o muchos, pero tienen una serie de características ineludibles e intercambiables. Son como cartitas de la lotería que les salen a unos pocos y a otros todas: el emprendedor exitosísimo y visionario al que todos los negocios por alguna u otra razón siempre le salen mal y deja endeudada a media familia. El baboso toqueteador que se toma confiancitas con sobrinas y cuñadas por igual ante la mirada socarrona de sus hermanos: “ay, este, siempre tan manolarga”. El mentiroso compulsivo que va a negar todo, siempre, mientras le convenga. El teórico de la conspiración que incluso antes del internet ya sabía todo lo necesario sobre cómo hay alguien en este mundo que quiere controlarlo todo y cambiar el orden mundial. El maltratador. El gritón. El que no sabe bailar ni está guapo, pero se adueña de la pista de baile y se contonea como una ballena moribunda para la hilaridad general. Y así agreguen el suyo...

¿Y que pasa con el tío que todos tenemos que es una colección de monerías? Nada. Porque es el tío. Porque al final, como mafia italiana (dije latinos, eh), familia es familia. La familia entera lo deja que maltrate, grite, abuse, se desmadre… “ay, hombre, si ya sabes cómo es… pero es de la familia”. De alguna forma que no logro explicarme del todo, don Trump se convirtió en ese personaje imposible al que uno “tolera” porque no le queda de otra y luego acaba defendiendo… porque se parece a lo que somos.

Me rompió el corazón escuchar los reportes en radio y leer las noticias de cómo los latinos confiaban en que Trump iba a tener la mano dura que los Estados Unidos necesita. Cómo le creyeron que es un buen hombre de negocios, y hasta le aplauden su “hombría” por haber tenido no sé cuántas mujeres oficiales y muchas otras tantas no oficiales, incluidas incontables que lo acusan de cosas terribles. Y al final de cuentas, lo que le rompe a uno el corazón no es que Trump sea así si no que otros le crean: el problema no está en él, él es el síntoma.

Igual es un buen momento, ya envalentonados con la salida del señor Trump, de no permitir ni un solo abuso dentro de nuestras comunidades, de nuestras familias. Que estos cuatro años de circo nos ayuden de alguna forma a ver y actuar en contra de los monstruos que creamos con nuestro silencio y nuestro respeto a las omertás de la tradición.

4.5.20

Cuenta atrás

En una semana, dice el gobierno local, podríamos regresar a una “cierta normalidad”... mucha para esta casa. El lunes de la próxima semana abren de nuevo las escuelas infantiles, donde todos los niños menores de cuatro años pasan los días que sus padres trabajan.
Eso significa, para mi, que mi multitasking bajaría de forma importante. Que podría trabajar (o escribir) en silencio a horas un poco más ortodoxas que a las que lo hago ahora. De nuevo, yo desde el privilegio. Desde la pareja, la casa con jardín, los vecinos con niños y la comuna. La posibilidad de tener más de tres horas de trabajo en silencio sin interrupciones me seduce... y me llena de desasosiego.
Hoy vi varios artículos en los diarios en los que la gente sale del clóset y dice que, en realidad, igual no tienen tantas ganas de volver a la “normalidad”. Creo que yo tampoco. Creo que hay una parte de mi que se muere por tener más tiempo y no sentir que voy infinitamente atrasada con todo... pero que también reconoce que antes del lockdown también vivía angustiada y corriendo. Esa parte de mi que se dio cuenta al parar que estaba a punto de pararme de otra forma. Y el poder volver de pronto a la “normalidad” me seduce, pero con sus puntos intermedios de duda.
Creo que lo que más temo a la normalidad es que sea igual a la de antes. Que en pocas semanas me vea sobrepasada, lejana, desconectada de las pequeñas cosas de las que conecté estos días: los abrazos, los cariños, para mi y para otros. Temo a que las pequeñas victorias se vayan. Y también sé que la única que puede evitar llegar a lo de antes, estar como antes de esto, soy yo.
Me quedarán estas semanas intensas de una locura pacífica, de bendiciones desordenadas. Quiero que no se me olvide el recuerdo de la soledad en compañía, y de la paz que da la comunidad. Espero que no torturarme por lo que no he escrito sino, antes bien, agradecer estos momentos robados al torbellino para saber que siempre hay tiempo... que lo que necesito, son las ganas. El deseo. El ansía de que esto (la vida, la escritura, la sorpresa), no paren.

28.4.20

Bálsamos

Paso más tiempo del que me gustaría en redes sociales. Por salud mental, obvio el mensaje de mi teléfono que me reporta cuántas horas más he pasado mirando la pantalla cada semana. Muchas horas más. No sólo yo, sino todos en esta casa. Tenemos muchas pantallas - las miramos constantemente. Y encontramos no sólo textos, sino también vida.

Quien fuera mi novio en la preparatoria se grabó a si mismo tocando un vals en el piano eléctrico de su casa. Estaba compartiendo un momento de intimidad, una rebanada pequeña de su cotidiano, que se ha vuelto más luminoso con la música. Mientras lo miraba tocar y escuchaba a veces (muy pocas veces) sus titubeos, de pronto fui a otro lugar en el tiempo. Y me recordé a mi misma acostada en el suelo de salones con piano, mientras él practicaba. Las pulsaciones sobre el piano, las vibraciones de las cuerdas dentro de la madera, luego hacían de bálsamo también para mis ojos cerrados. Hacíamos eso cuando éramos amigos, luego de novios, y recuerdo el dolor de la pérdida de ese sonido cuando terminamos en un drama digno de bueno, la preparatoria. Y ayer, de pronto, recuperé de golpe de todo: la memoria de la vida, de la sensación de paz, de la posibilidad de todo lo nuevo. Todo en la música.

Ayer, en el Día del Cumpleaños del Rey más soleado que recuerdo en Holanda, no se podía salir a la calle a festejar vestidos de naranja. Y con todo, mis vecinitos montaron un concierto desde sus patios y ventanas. Escuchamos piezas de piano, flauta transversa y guitarra, guiados por la mamá que conocía su repertorio - que se repitió varias veces. Y ver la certidumbre de la mejora en sus notas también era confiar en la posibilidad de que todo puede mejorar, con paciencia, con práctica. No rápido, pero mejorará. Todo en la música.

Hace unos días, buscando una actividad de interiores con X, de alto movimiento, pensé en la música de los ochenta. En Michael Jackson. En todo lo que sabemos ahora, en todo lo que significaba entonces. En las discusiones con mi abuelo tan tintadas de racismo alrededor de mis gustos musicales. En Captain EO. En la certeza de que una vez visto Thriller, nada nunca sería igual en la historia de la música (esto decía la historiadora de los medios en mi cabeza). No puse Thriller - estamos pasando por unos días con sensibilidad alta a los monstruos. Pero sí Beat it... con el resultado de que, hasta el día de hoy, de pronto deja sus otras actividades y comienza a bailar, tarareando. Impactado por la imagen (intenta el moonwalking y todo), pero sobre todo por el ritmo. Por la posibilidad de su cuerpo de repetir el ritmo. Todo en la música.

La semana pasada desperté un día con una necesidad imperiosa de escuchar música de mariachi. Son las cosas que suceden de pronto, que te sorprenden y te recuerdas que estás lejos. Si estuviera en México, seguro la escucharía con más frecuencia - aunque sea cortesía de los vecinos de mis padres que no escatiman en contratar mariachis para fiestas y reuniones. Pero aquí no. Y de pronto, en una tarde cualquiera, con las puertas y las ventanas cerradas para evitar el frío, sonaron las notas de mariachi en casa. X y yo comenzamos a bailar. Y a reír. Y a vivir otra vez, a pesar de todo. Como un bálsamo... todo en la música.

16.4.20

Evidencias

Compartimos un jardín interior con varias familias. Desde hace cinco semanas que estamos encerrados, los niños de las familias - todos menores de 12 años - juegan juntos. Para fines prácticos, vivimos en una especie de comuna. Intento hablar y postear poco de ello porque, un día que lo hice con una amiga de Barcelona, levanté ampollas. “¿Y estás segura que pueden hacer eso?”. Yo me lo había preguntado. Vivo en una esquizofrenia de saber las normativas y los límites de los tres países en donde mi corazón tiene residencia - más los que escucho de mis amigos en el resto del mundo.
Sí. La normativa holandesa dice que podemos hacer eso. Que los niños pueden jugar, correr, salir. Tener una vida un poquito normal. Los padres no - los padres tenemos que mantener nuestro metro y medio de distancia. Aunque a veces se nos olvida: como hoy que sin pensar la otra vecina latina y yo nos dimos casi un abrazo.

Pensar en los niños españoles me angustia. En los niños y en sus papás. En la locura de cinco, seis semanas en el encierro. En la realidad de que muy pocos tienen una terraza o aunque sea un balconcito para que les dé el sol, para asomarse al mundo. Me parece una locura que los perros puedan salir pero no los pequeños.

Peor me parece pensar que muchos están encerrados en sus casas, y sus padres además de mantenerlos cuerdos tienen que ponerlos detrás de una pantalla a que hagan tarea y luego mandar evidencia de que han trabajado a les profes... porque no se vayan a atrasar. No vayan a perder el año...

¿Cómo explicarles que tienen que seguir como si nada? ¿Cómo, si aun en los países en los que podemos sacarlos a que les dé el aire y el sol están ansiosos?

Sí, pueden ser asintomáticos y convertirse en un riesgo para los iaios que tantas veces los cuidan. Pero es que no se trata de que se vayan a ver a los abuelos (tristemente). Se trata de que puedan salir a respirar en medio de tanta locura, a ser niños. La única evidencia que deberían de presentar en estos días es la de su sonrisa.

Escucho a mi niño dormir en la planta de arriba. En la mañana, mientras yo contestaba un correo, él se fue a jugar con los vecinos y regresó, emocionadísimo, a mostrarme que alguien le había prestado un disfraz de Spiderman. Sabe que algo está “mal”. Extraña a sus maestras, a sus amigos. Pregunta todo el día si podrá ir a la escuela el día siguiente. Sus maestras nos mandan videos y canciones y mensajes para saber que estamos bien. Es todo muy dulce y muy triste y muy patético. Y me enoja pensar qué hay niños que están encerrados que encima tienen que mandar evidencia de que están trabajando.

Aplausos de pie a todes, madres y padres y profesores, que intentan mantenerse y mantenerlos cuerdos. Mi admiración a mis amigues y a los que no lo son que están intentando que sus hijes simplemente salgan de la cuarentena cuerdos. Qué más da si necesitan hacer un poco más de mates el año próximo. Alguien, sin embargo, debería darse cuenta que el costo de tenerlos encerrados puede ser mucho mayor a largo plazo de lo que se espera. Como un volcán por estallar. Y eso dejará muchas, muchas evidencias.

Terapias

Como en cuento de Cortázar, hay cosas que me duelen. De noche duermo poco y de día como mucho. Compro flores. No rosas - como las que recomienda el cronopio-médico de la calle Santiago del Estero. Compro, desde comenzada la encerrona, tulipanes, para que no terminen en la basura.
Mi madre se acuerda que cuando celebramos mis quince años (sí, hay fotos. No, no las tengo aquí. Sí, me veía como de 25 en lugar de 15) yo tuve un momento de clarividencia (o malcriadez) en el que decidí que quería tulipanes. Y encuentre usted tulipanes para la princesa en enero, en México. Fue difícil pero con estos padres consentidores que me tocaron, se lograron los tulipanes. Pasaron a ser mi flor favorita, pero eran un lujo sólo para los cumpleaños. Supongo que me gusta esta delicada fuerza, ese tesón de subir la cabeza aunque las ramas estén un poco dobladas. Su textura de seda. Su color.
Siguieron gustándome al pasar de los años. G me llevó al Keukenhof (una especie de parque temático de los tulipanes que abre un mes al año en temporada alta) bajo protesta, como parte de una estrategia firme y calladita de seducción que, visto está, tuvo buenos resultados. Ahí descubrí que el polen que sueltan es mortal para mis alergias primaverales, pero aún con nariz tapada y ojos pequeños, me seguían pareciendo increíbles.
No sólo son el símbolo del país, son un producto bastante exitoso de venta local pero sobre todo de exportación... cuando pueden exportarse. Cientos de productores de flores se han quedado este año con campos a punto de florecer, con millones de flores que no pueden ir a ningún lado. Y en algunos lugares se han comenzado campañas para que las flores no se tiren a la basura. Los médicos y enfermeras del país, las casas de ancianos, reciben cargas inmensas de donaciones de flores cada día. Pero no hay número de floreros que aguante: este país produce flores para llenar las casas de muchos otros países.
Entonces, además de regalar las flores, algunos productores han intentado vender lo más posible a los holandeses encerrados, a precio de costo o incluso por debajo. Y por segunda vez, ayer llegaron a mi casa 200 tulipanes frescos que he tenido que repartir con los vecinos - siguiendo las normativas de salubridad, por supuesto.
Escribo con una docena de tulipanes morados frente a mi. Y allá, en la cocina, hay rojos, blancos, amarillos. Se me llena un poco la casa y el corazón y me hacen ver y sentir (con estornudos y todo) que la primavera, y la vida, siguen su curso.
Y de forma retorcida, replico las terapias de los cronopios porteños. Compro los ramos de flores y de día duermo y de noche como. Algo tenían que tener de brujería.