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30.10.14

Mis Amorosos

No creo que crean en el amor como en una lámpara de inagotable aceite (Sabines dixit). Creo que han creído en él como un proyecto a largo plazo donde muchas cosas podrán ir mal, o bien, o regular - pero irán si ambos quieren que vayan. Pero siempre han encontrado la manera de tomar la vida de forma en las que todos los involucrados salgamos lo mejor parados. Me encanta cuando se aman. Me ponen de nervios cuando se discuten. Me ilusionan cuando, en conjunto, se ilusionan con algo. Me sorprenden cuando cambian. Me maravillan con la manera que tienen de amarnos.
Ella me contó que cuando recién había conocido al ingeniero se fue de vacaciones con una amiga. En algún lugar, le ofrecieron leerle la suerte con su cigarro. Guardó la ceniza y la mujer le dijo que se casaría ese año, con alguien que trabajaba en comunicación, que ella no esperaba. Como respuesta, ella soltó una carcajada. Casarse. Ese año. Y después tener una hija.
Resulta que las artes adivinatorias eran ciertas. Y en el penúltimo día del mes de octubre de hace 38 años, dos muchachitosimberbes que se gastaron todos sus ahorros en hacer una fiesta - "para eso se casa uno, para tener una fiesta" - se prometieron que estarían juntos siempre. Y siguen.
Me fascina, me encanta, me enamora verlos sonreír. No creo que todo haya sido fácil - ni que lo sea ahora, ni que lo será en el futuro. Pero existen esos momentos, como estos de la fotografía, que me recuerdan o me hacen imaginar cómo pudo haber sido ese primer momento. Y saber que se siguen riendo juntos, aunque sea de vez en cuando, me da fé. Fé que estar juntos siempre es una cosa que pasa y a veces incluso está escrito en las estrellas.

29.10.14

De cómo los Pitufos quieren a sus jefes (un cumpleaños)

Entré por primera vez en mi vida a una redacción en un lluviosísimo agosto de 1997. Yo sabía que era una redacción, pero el sitio parecía una zona de guerra porque el diario estaba al borde del cierre. Algunos de mis compañeros de la preparatoria - habíamos terminado unos meses atrás - corrían de un lado para otro intentando resolver problemas técnicos de una serie de ordenadores mientras algunos pocos reporteros de toda la vida trabajaban, intensivamente, para sacar el diario del día siguiente. Yo me debatía entre la sorpresa y la felicidad de estar en una redacción y el desconcierto de sentir esa redacción en peligro. Un par de minutos después, alguien me dejó enfrente de un escritorio donde dos hombres fumaban intensivamente. Muy intensivamente. Mientras hablaba con ellos, me di cuenta que encendían un cigarro con el otro. Yo pregunté qué podía hacer... ellos removían papeles y me preguntaron que cuánto tiempo tenía. "Bueno... se supone que tengo clase ahora y necesito ir al Teatro Experimental para ver el montaje que ganó el Premio Nacional". A uno de ellos, entre el cigarro, los papeles y la pantalla, se le iluminó la cara. "¡Muy bien! ¿Sabes hacer una entrevista?".
Yo acababa de salir de la preparatoria. De hecho, ese lunes (era jueves) había comenzado la elegante licenciatura en ciencias de la comunicación. Sabía hacer una entrevista, sí. Pero no tenía grabadora ni mucho menos. Como un mago, David produjo de entre su montón de papeles una libreta y una pluma. "Vete a ver a la obra de teatro y, al terminar, hazle una entrevista al director y a los actores. Si te preguntan, diles que eres reportera de cultura de este diario".
Salí con las rodillas de gelatina. Afuera, comenzaba a caer una de esas tormentas que suelen cerrar del todo las tardes del final del verano en Guadalajara. Una entrevista. Llegué al teatro y busqué toda la información: los programas de mano, leí las entrevistas que estaban por ahí sobre el premio. En una página de mi libreta, comencé a anotarme las preguntas que me parecían que podrían ser inteligentes. Conforme bajaron las luces y comenzó la función, otra función también iniciaba en mi cabeza: si me dejarían entrar tras bambalinas o no, si podría hacerlo, si tendría el valor.
Para mi ventaja, estábamos en un teatro donde yo había hecho de "actriz" años atrás, así que conocía bien el ambiente. No me sentí rara cuando, finalmente, pude pasar tras bambalinas. Casi era como volver a casa. Mientras los actores y el director hablaban, yo tomaba nota medio en palabras claves y medio en taquigrafía. Volví a la redacción del diario con la libreta junto a mi estómago, para proteger las palabras.
Me senté y escribí la entrevista. Mi ahora Señor Editor la miró y sonrío - quizá dándose cuenta de que no había - por lo menos - demasiadas faltas ortográficas. Hizo unas correcciones y me las explicó, sobre la pantalla. "Listo. Aparece mañana. ¿Tienes más tiempo? ¿Puedes capturar una columna que llega de México?".
Enfrente de la Mac Classic, mientras mis dedos seguían tecleando, sentí un poco de vértigo. Quería decir que al día siguiente, por primera vez, iba a ver algo publicado con mi nombre en un diario de verdad. Gracias a ese Señor Editor que había creído en mi y, sin demasiadas dudas - luego entendería que no había tiempo para la duda -, me había puesto a trabajar.
A partir de ese día me llamé la Pitufa. E iba de un lado a otro de la redacción haciendo cualquier cantidad de cosas. El sueño de aquel diario nos duró poco más de año y medio pero ahí aprendí a escribir, a editar, a planificar, a pelearme. Y sabía que siempre, siempre, en el fondo de la redacción - con o sin cigarro - estaría David para explicarme qué estaba haciendo bien o qué estaba haciendo mal. Todavía a veces, cuando siento que no puedo escribir más, me encuentro con un comentario, una nota, un tweet... porque el Jefe Pitufo todavía me lee y pienso que si mis crónicas aún le gustan - a pesar de no necesitarlas desesperadamente para un cierre - es que quizá algo estoy haciendo bien.

28.10.14

Pequeñísimas victorias

Imagino que ella también me vio. Al llegar a la plaza donde había quedado de verme hoy con una amiga para intentar ponernos al día de todo lo que ha pasado en los últimos meses (su panza de embarazo ya es grande y clara, como un pequeño planeta), comencé a recorrer los rincones con la vista. Como siempre, pensé, quizá se me haya hecho tarde. Pero no: mi amiga aún no estaba ahí y yo comencé a mandar mensajes en el teléfono mientras buscaba donde sentarme. Mientras doblaba mis rodillas para dejar el resto de mi cuerpo caer en un banco al rayo de sol, la vi. Sentada del otro lado de la plaza, aquella jefa hijadeputa a la que pude temer tanto, tantísimo.

Me quedé de piedra. Incluso, creo que mi cuerpo estuvo un poco en suspensión - la instructora de danza estaría tan orgullosa de mi, con mi centro tan apretado y mi culo y mi pecho conteniendo la respiración. Supongo que abrí mucho los ojos y ese momento en el que todo parecía parar era sólo una impresión. Así que dejé mi cuerpo caer y la miré. Me estaba mirando. O por lo menos eso creí. Bajé la mirada hacia dentro de mi bolsa y calculé mis opciones: podía levantarme e irme de ahí, hacia otro banco. O podría cambiar el sitio de la cita y llamar desde ahí a mi amiga contando alguna excusa. O podría no hacer nada. O podría levantarme, caminar con paso firme la distancia que me separaba de ella y saludarla muy cordialmente.

Levantarme. Sacudirme el susto que todavía llevaba en el cuerpo. Dar la orden a la pierna derecha para que se estirara y recibiera el peso de mi cuerpo y lo sostuviera balanceando mientras la pierna izquierda se estiraba por enfrente de ella, acomodándose para recibir el peso de nuevo. Una pierna tras otra. Con el sol lagañoso en la cara. Quizá me cruzaría con una de las palomas de la plaza y la asustaría con mis pasos. O podía ser que comenzara de pronto, sin aviso, a caer una lluvia fina que la hiciera correr a ella de su terraza y a mi de mi cámara lenta. O que simplemente pudiese cruzar sin interrupciones, sin que nadie viese en mí el pánico y llegara ahí, sonriendo.

Todo eso pensé desde mi trinchera: la banca. No fui a ningún sitio. La miré desayunar con sus amigos en un día laboral, cerca del mediodía, con la calma. La vi fruncir la boca, la frente, agitar las manos, sacudir el cabello y el gesto perenne de desprecio. Me di la opción del niño que ve a la bruja y, en lugar de gritar, huir o correr hacia ella la mira, como quien mira a una figura de cera.

Mi amiga llegó y me levanté a abrazarla. Nos sentamos en otra terraza, al otro lado de la plaza, desde donde también la veía pero, en cuanto llegó el caféconleche, me olvidé de su presencia y me concentré en la cadencia de la voz querida enfrente de mi. Cuando menos acordé, había desaparecido. Ni siquiera me había quedado una nube con olor azufre para darme cuenta de su salida - se fue y punto.

Y me pareció una victoria cuando mis hombros comenzaron a alejarse de mis orejas y mi postura física comenzó a parecer la de una persona normal. Y cuando me di cuenta que, a pesar del miedo, no me había ido: porque esa plaza, como todas, también es un poco mía.

26.4.14

Qué se siente (Motivos I)

es como intentar describir porqué amaneciste con antojo irrefrenable de un huevo frito con pan tostado y salsa de tomate. o ese momento en el que decides que la única manera de rematar la tarde de una forma digna es tomándote un gintonic. o el hueco literal en el estómago que te suplica que te comas unas patatas calientes. el granito en la punta de la lengua que sólo se cura con un helado de doble chocolate. las ganas constantes de rascarte el grano que te dejó (cabrón) aquel mosquito que ahora duerme gordísimo de sangre junto a ti en la cama. la manera en que salivas cuando ves la fotografía que alguien tomó de los fogones de la casa de la abuela. el incómodo placer con el que te revuelves en la silla cuando el chico que está tomando café enfrente de ti - ese, el que es casi desagradablemente guapo, con esos labios que parece que están hechos para moderlos - te sonríe. la manera que te sonríes por dentro y sales a la calle después de haber pasado la noche con alguien con quien no deberías pasar la noche. meter las manos en la masa para hacer pan y sentir cómo va cediendo a la presión de tus dedos. pensar en la sensación de una ducha caliente de buena presión mientras terminas el trabajo en un día con frío. levantarte en medio de un programa de televisión estúpido y guiado por una mano invisible, tomar de la estantería ese libro que - lo sabes - siempre te ha hecho reir.

más o menos una mezcla de todo eso se siente cuando de pronto te sientas frente al teclado o la hoja en blanco con ganas de escribir.
incluso cuando no sabes qué quieres escribir.
sobre todo cuando no sabes qué quieres escribir.
sólo entiendes que hay algo en tu cuerpo que necesita, con urgencia, convertirse en palabras y quedarse ahí, frente a tus ojos.

más o menos algo de eso.

19.4.14

La Pasión según un Niño de Poble Sec

Viernes Santo y la ciudad había sido tomada por los turistas. Sin embargo, al bajar por las calles menos conocidas, al pasear por los barrios menos de moda, parecía una especie de domingo extendido. En Poble Sec, algunas terrazas se recogían temprano, desanimadas por un viento que no terminaba de calmarse.
Él iba corriendo un poco desbocado. Las calles sin autos caminando es a lo que invitan - a correr desbocado, lejos de la mano de la mama y del abuelo que van vociferándose entre ellos. Y entonces, en su carrera loca, cruzó una calle sin fijarse.
Cuando estaba en la mitad de la calle comenzó a caerle el aluvión de gritos e insultos. "¡Pero qué haces! ¿A dónde coño vas?". Se quedó petrificado, escondiéndose detrás de un poste en una esquina. Los tres adultos, ya menos ocupados en su propia discusión, ahora hacían una competencia a ver quién le gritaba más fuerte. "¿Estás tonto o qué? ¿Has visto aquel carro que pasaba? ¡Te pudo haber atropellado? ¡Y te hubieses quedado ahí, muerto, muerto!". La voz muy aguda de su madre era avasalladora, pero se podía ver desde lejos que a quién de verdad había que temerle era al abuelo. Y era verdad: su voz tronó, como cuentan por ahí que tronaba la voz de aquel inmisericorde diosdelosjudíos.
"¡Te hubieses quedado ahí muerto, ya verías! ¿Y crees que nos íbamos a quedar tristes? ¡Por supuesto que no! ¡Tristes estaríamos por todo el dinero que nos cobrarían por tu entierro! ¡Por eso estaríamos tristes!".
V y yo aceleramos el paso, mirando cómo el pequeño se hacía cada vez más pequeño en medio de la catarata de insultos, como si fuera nazareno camino al Gólgota. No lo sacudían, no lo tocaban... no en el cuerpo, pero si en el alma y la cabeza.
"Señor, si puede pasar de mi este caliz", pensaba yo, empeñada en encontrar sentido a la gritiza en plenos días de vacación.
"Ese pobre", dijo V, mucho más cerca de la realidad. "Ya se quedó traumado para el resto de la vida".

31.12.13

Los números y las apariencias

2013 me engañó. O, mejor dicho, me engañé yo con respecto a 2013. Desde sus primeros días creí o imaginé que era un número primo. Uno de esos que sólo se dividen entre uno y entre si mismos. De los que viven para sí. Con eso en la cabeza, fui leyendo muchas cosas que estaban pasando a mi alrededor. Así traducí las despedidas, las rupturas, los parones, las graduaciones, los reencuentros, las páginas en blanco, los divorcios, las reconciliaciones, los viajes, cada una de las estaciones, los días de sol y de lluvia. Como algo sólo dividido por uno y por el mismo.

A veces, al ver un número, crees que sabes qué hay detrás de él. Por un momento intuyes que es la combinación perfecta que solventará todos tus problemas económicos en una lotería. Imaginas que es el autobús que te llevará más rápido a tu destino. Conjeturas si es ese el número en que por fin todo lo que deseabas, todos esos proyectos, todos esos deseos, cristalizarían.

En unas horas se va 2013. Si me lo pudiera mirar a la cara tendría que decirle que siento haberlo confundido. Que una búsqueda sencilla en Internet me hubiese confirmado hace meses que tiene muchos otros factores, que se divide entre muchos más. Que simplemente había leído incorrectamente su comportamiento - y que es el que es porque es el que le tocaba haber sido.

Gracias, pues. Y no, a pesar de todo, no me gustaría que hubiese durado ni un día menos. Ni un día más. La cercanía de 2014 me emociona. Sigue el que sigue. Y este año me toca no juzgar a 2014 por sus números sino dejarlo ser y ver qué sorpresas trae para mi.

18.12.13

Un pedacito de uno

Ella anunciaba ayer su minuto cero. Yo creí que este año ya había cubierto mi cuota de despedir gente pero resulta que el destino - o lo que sea - pensaba que todavía podía despedir un par más. Y así fue como ayer, entre clase y clase, un poco corriendo llegué a su casa. Las paredes estaban blancas. Los armarios vacíos. Las plantas medias muertas. De pronto, de golpe, me ví llorando en ese sillón, la vi llorando en ese sillón, nos vi reir, compartir sopa de letras, cuchichear, hacer planes, imaginar el futuro... pero ahora el futuro es a diez mil kilómetros de aquí.
No nos dijimos mucho - había poco que decirse. Sabíamos de la otra. Yo intuyo en mi corazón que la veré pronto y sé, como esas cosas se saben, que esa felicidad que está buscando y se había perdido, se asomará. Que regresará a su camino.
Se me estaba haciendo un hueco a la mitad del pecho mientras nos despedíamos cuando ella de pronto se acordó de algo. Subió sin zapatos al sofá y tomó de unas estanterías cuatro libros. "Toma", me dijo. "Son los libros que más quiero pero ya no me caben en las maletas".
Eso recuperó mi ánimo. Le dije que no era un regalo - que me los quedaba en préstamo, es custodia. Los libros que uno más quiere son un pedacito de patria, un trozo de uno mismo.
La abracé una vez más y salí de su casa. Quizá tenía los ojos llorosos, pero no lloraba. Ahí, conmigo, se quedaba un pedazo de ella que me da la certeza de que estamos la una al lado de la otra.

31.10.13

Calor de hogar

Con frecuencia, mi querida Do me recuerda que uno debería de hacer en la vida eso que se pone a hacer en lugar de hacer lo que tiene que hacer. Mi problema es que yo me pongo a hacer muchas cosas: usualmente a leer, a escribir... y a cocinar.

Finalmente, con un poco de retraso, llegó el otoño. Todavía está un poco tímido, así que me puedo dar el lujo de salir sin calcetines. Pero sé que no hay que darle demasiadas confianzas. En cualquier momento sopla un viento increíblemente frío y sabes que tenías que haber sacado una chaqueta un poco más gruesa. Se puede vivir sin problemas: finalmente, es entrenamiento.

Y sin embargo, cuando empieza este frío, me doy cuenta que a mi casa le falta algo. Que con tantas idas y venidas y a pesar de las flores que ya compré la semana pasada, hay algo vacío. La nevera, por ejemplo. He estado comiendo de supervivencia, de recetas de cinco minutos. Cuando uno cocina para uno mismo, a veces (pocas), se esmera. A veces lo que gana es la practicidad.

El otoño es el momento para abrazar (que no abrasar) los muros de mi casa con el calor de los fogones. Utilizo siempre a mis abuelos como excusa y al Día de Muertos como inicio, pero hoy ya no puedo más. Mientras algunos niños corretean por el barrio disfrazados, yo salí y compré provisiones para un regimiento. He estado dándole vueltas a mi recetario toda la tarde y ya está elegido el menú: un par de valores seguros y un par de estrenos que espero sean del agrado no solo de esta cocinera, sino también de los comensales.

En mi corazón, en mi casa, estoy preparando esa fiesta para agradecer el cariño que hace calientitos los otoños y los inviernos, que convierte las cuatro paredes en un hogar. Hoy es uno de esos días en que quieres que tu casa huela a pan de muerto, a chocolate, a molito, a tortillas recién hechas, a gente, a fiesta... a casa, pues...

Dejo de escribir. Me pongo a los fogones, a ese amor, a ese hogar.

11.10.13

Menú de día nublado

Hoy llueve. El otoño está haciendo un ensayo general y cayó de golpe sobre las calles de Barcelona. Salí de casa a firmar papeles, a preparar clase... Con frío. Después de un rato, me di cuenta que lo que necesitaba era una sopa. De pollo. Vietnamita.
Ahí los encontré. Me senté a su lado sin reparar - por lo menos inicialmente - en su lenguaje no-verbal que decía: "qué nervios".
Se conocen imagino por amigos comunes. Pero perfectamente podría ser su primera cita después de haber hablado mucho por Internet. Ella está a punto de quedarse sin trabajo. Él sí tiene, pero en precario, mientras escribe la tesis doctoral. Comen de menú. Hablan de su infancia. De las cosas que les gustan. Él cuenta que en Portugal tiene una casa de campo que era de su abuelo, que quiere remozar. "Pensé que a estas alturas de la vida ya podría hacerlo... pero ya ves". Hay un punto, pequeño, de amargura, pero más bien suena a complicidad. Ella le cuenta, con su acento argentino, que sus padres se regresaron a un pueblecito de Madrid donde había crecido su abuelo. "Imagínate - hay tan poca gente que sólo hay un policía y sólo trabaja las mañanas. A veces lo ves ayudando al cartero porque está aburrido de no tener nada que hacer".
Comí exageradamente lento. No quería irme. Fingía atender al teléfono o a la novela que tenía sobre la mesa - tendré que volver a leer esas páginas. Quería verlos, encerrar un poquito esas risas tímidas, esa voz un poco más baja de lo habitual, ese ambiente de intimidad en público al que me estaba inmiscuyendo.
Sé que a los dos les gusta el karaoke, aunque les da un poco de pena. Que él casi nunca come postre porque prefiere la comida salada y por lo general come mucho: "no tengo más hambre al llegar al postre". Pero, a pesar de todo, ella pidió helado de chocolate y él pastel de coco. Y, en un arranque de confianza, él le dijo: "¿quieres probar?".
Enterraron la cuchara en el postre del otro y era como haber roto uno de esos muros que construimos para protegernos, para separarnos. Entonces sentí verguenza de husmear en su intimidad y salí de ahí, los dejé terminar.
"¿Estuvo todo bien?", me dijo la chica de la barra mientras pagaba. "Todo perfecto. Mil gracias".

Pho-ga y esperanza son un buen menú de mediodía para un día nublado.

9.10.13

Nueve meses, tres años, un día

Ayer celebramos su cumpleaños. A deshoras, después de mi clase de la noche, en una anónima habitación de hotel. La mudanza había sido 24 horas antes y ya no tenían casa, pero sí una terraza que dominaba Barcelona. Allá, afuera, estaba la ciudad. Pero él tenía fiebre, su madre y yo estábamos cansadas; no hacia frío pero sí ese clima destemplado que anticipan las despedidas. Mientras él chapoteaba en la tina ("es un baño graaaande, mamá"), ella y yo tomábamos prosecco rosado de un vaso de plástico y hablábamos. Como si hoy (entonces mañana) no existiera.
Hablábamos de los viajes recientes, de los pasados, de los mensajes en el teléfono y en las redes sociales. De nuestro café favorito. De las manchas en la ropa. De los antiguos amores. No hablamos de las despedidas.

No llegamos juntas aquí. No nos iremos juntas. Pero justo a él yo lo conocí desde el principio - quiso la vida que su madre y yo nos conociéramos cuando le habían confirmado su embarazo. Lo ví crecer en ella, nacer, y convertirse en esa especie de emperador que habla sin parar y que, cuando me ve, corre a abrazarme. Me da besos. Se queda conmigo a leer o a ver la televisión.

Vivir en una ciudad como esta, de paso, nos hace acostumbrarnos a despedirnos. Gente va y viene. Pero en esta ciudad decidimos crecer, elegir, llorar, enamorarnos, parir, construir. Un día, sin embargo, parece que sale nuestro número y toca irse. Elegir - no lo que sigue, sino lo que realmente importa.

Hoy llegó ese día.

Él, con su cumpleaños tan fresquecito, me dijo adiós desde el arco de seguridad de la estación de tren. Los adultos éramos los que nos enjugábamos las lágrimas. Él iba emocionado de subirse en el tren, de viajar, de ver a su abuelo.

Lo entiendo. A mi también me emociona viajar.

Y en la estación de tren, en cuclillas, sintiendo su cuerpecito pequeño contra el mio y sus bracitos rodeando mi cuello me acordé - una vez más - que soy afortunada. Que él y su madre entraron en mi vida para regalarme calma, fé, amor. Que las despedidas, a fin de cuentas, son parte del amor. Y que cuando cuente mis bendiciones ellos estarán, a pesar de que haya trenes o aviones que nos separen.

11.9.13

Revoluciones

El 11 de septiembre, cuando era niña, no significaba nada para mi. Quizá que hacía una semana habían comenzado las clases, que mis zapatos todavía estaban nuevos y mis libros seguían oliendo a papel recién abierto. Pero conforme fui haciéndome mayor, ese día específico en el calendario comenzó a llenarse de marcas. Primero, el cumpleaños de una amiga querida. Después, la perdida de la inocencia con un par de aviones incrustándose en las Torres Gemelas que nunca conocí más que por televisión y cine. Más tarde, la Fiesta Nacional de un sitio que me ha adoptado. Ahora, el 40 aniversario de un golpe militar que no termino de entender del todo, pero me llena de dudas y me fascina.

Este 11 de septiembre, viajando de vuelta a mi casa de adopción, mientras miro los aviones en un aeropuerto helvético y hermético, pienso en las revoluciones. En aquello que decía Allende sobre que la revolución es un estado natural de la juventud. Y pienso también en la idea de la juventud. Y cómo ambas ideas pueden extenderse y distorsionarse. Cómo la revolución es la modificación de lo establecido y quizá la juventud sea las ganas de estar vivo. Otra vez.

Finalmente, quizá hoy es un buen día para celebrar el paso del tiempo: el que nos ve crecer, nos acompaña de gente querida, nos rompe los esquemas, nos hace sufrir derrotas y traiciones. Pero continúa, siempre. Y en ese tiempo, también continúa la esencia básica de la libertad y la revolución - la posibilidad de algo. Siempre. Ahí.

7.9.13

Lluvia de Santa Rosa

Habías dicho que no lo harías más: que tus decisiones a partir de ahora estarían marcadas por eso que querías hacer, que estaba en tu corazón. Y una vez que tenías el siguiente mes arreglado, listo, llega la tentación. La oferta como canto de sirenas. La posibilidad de una isla. La lluvia en medio de las vacaciones. La certeza de un pequeño rescate. La burbuja de oxígeno que, aunque no te salvaría de ahogarte, te haría pensar que hiciste mejor.

Te miras al espejo. Le preguntas a las seis personas que se reflejan ante ti qué habría que hacer. Conferencian entre ellas. No lo tienes claro. Y tú te plantas y les dices que habían decidido que tendrían unos meses de calma, de tesis, de viajes, de incertidumbre para aprendizaje. Que es lo que hay. Que tienen que asumirlo. Ellas y los otros.

Afuera, escuchas los truenos. Esta noche viste la tormenta eléctrica. Esta tarde, mientras te bamboleaba una balsa, pensabas en los peligros de tomar una decisión que no es política ni lógicamente correcta.

Pero ahora se te dibuja una sonrisa en la cara. Piensas en las posibilidades que se te abren una vez que has decidido que tus decisiones estarán marcadas por lo que quieres hacer, por lo que está en tu corazón. La sonrisa tímida se queda.

Tienes miedo. Lo sientes en el fondo del estómago. Pero estás orgullosa, también, de que el universo conspire a tu favor y te regale, entre otras cosas, un poquito de paz. La certeza de que puedes caminar dándole pocas miradas al mapa. De que lo que sientes, lo que dices, lo que vives, es para ti y en este momento, lo más correcto. Recuerdas la carta escrita, no mandada, pero contada a trozos. Crees que es así de simple y de complejo: que la vida vuelve a ti para que tú vuelvas a ella.

Afuera ya llueve. Quizá es la tormenta de Santa Rosa, de la que te habló esta tarde una chica en el autobús 130. Quizá es solo la confirmación de que necesitas descansar. Quizá es la magia de estar en el lugar adecuado en el momento correcto.

Y, llena de esperanza, te vas a dormir.

24.8.13

Gracias por el mar

Hay un día que algo debajo de la piel te dice que necesitas ir al mar. Es un picor ligero entre las pequeñísimas montañas que se levantan en tus brazos con el aire acondicionado. Los ojos que traes llenos de carretera. El miedo, que a veces se acumula y crece mientras tomas un café con hielo en cualquier ciudad pequeña.

Son esas ganas de correr las que te hacen llegar a casa y, sin haber pasado ahí ni cinco minutos, decidir que cambias de bolsa y te vas a algún sitio en donde la arena sea un poco más gruesa y en lugar de escuchar el rumor y los gritos de la calle escuches, firme, seguro, intenso, al mar. El que no se va. El que sólo se aleja un poco para regresar con más fuerza. El que se muestra en todos los tonos de azul. El que respira al cielo y pareciera sonrojarse cuando lo toca el sol.

Subes al tren, carcomida por la anticipación. Tienes la sensación de que es el mar quien tiene que decirte algo, no tú la que tienes que confesarle que te pasa algo, alguna cosa que no sabes qué es pero que te tiene inquieta.

Te sientas frente a él. Lo miras. Lo escudriñas buscando en su superficie alguna señal de bienvenida. Pero el mar, como los humanos, no se lee: se respira, se intuye, se espera. Siempre, siempre, hay que entrar en él con precaución. No miedo, precaución. Y una vez adentro, soltarte.

Dejas la bolsa en la orilla, con todas esas cosas que te atan a la realidad. Corres a su abrazo. Te fundes en sus olas. Clavas tu cabeza dentro de él y lo dejas llenarte hasta las fosas nasales. Estás. Juegas. Eres. Ahí. Entre el agua. Al salir, te das cuenta que te despojó de aquello que traías cargando. No necesitabas decirle nada. Él lo sabía. Y, mientras revolvía tu cabello y acariciaba tu espalda, se lo llevó.

Gracias. Gracias por el mar.

18.7.13

Regalos

Desde un par de calles abajo, se escuchaba la fiesta. Las risas. El rumor de los pies bailando. De pronto, en aquella esquina, fuera del bar, la gente se apretujaba enfrente del pequeño escenario. Nada como un concierto en vivo que es para los doscientos mortales que alcanzan a rodear el escenario, que se comparten amablemente un pedacito de suelo para bailar, con vueltas y todo.
"Ella... ella es un regalo que me dejó X...". Así fui presentada. En realidad, ella - quien me presentaba a mí - es un regalo que me dejó alguien más. Cuestiones extrañas - el tener parejas con idiomas que me eran extraños me ha llevado a las escuelas de idiomas y a encontrar en mis profesoras amigas entrañables.
Este año, las dos se despiden de la ciudad. Me dejan un poco huérfana. Pero no era día de pensar en eso sino de reirse, de bailar un poco con la fiesta. Es verano: la gente vamos guapa de verano. Sudamos, llevamos la peor ropa del mundo, el maquillaje (si hubiera) se correría... pero no importa. Lo que nos hace guapos son las ganas de bailar, de reirnos, de conocer gente, de palmear y gritar frente a los acordes de unos músicos quienes - también muertos de calor - se suman a la fiesta y la incitan, como dueños del lugar.
Mientras bailábamos, nos reíamos, viví aquello de los primeros tiempos. De ser considerada de pronto amiga en un grupo grande. "Si vienes con ella, vienes con nosotros". Verme de pronto con un vaso de cerveza fría en la mano que pasa, de mano en mano, porque lo suyo es que no se caliente ni se derrame. Y otro. Y en algún momento salir yo por la ronda, por las que me caben en la mano. Regresar a seguir bailando.
De pronto, en el escenario, alguien conocido. En esta ciudad, Manu Chao es una institución. La última vez que lo ví fue justo con ella, en este bar, pero se había terminado el concierto cuando llegué. Antes de eso una vez, en un concierto masivo, donde alcanzaba a verlo a duras penas entre miles de personas. Y así, como regalo del verano, se subió y estuvo 40 minutos tocando con toda su banda.
Era como si fuera mi cumpleaños - la vi y entendí de nuevo que a veces somos cortos en evaluar las herencias de lo que se acaba. Ella era también mi regalo. Y sus amigos con los que bailé y me reí y me sentí en casa. Y el calor, el sudor que bajaba con mi espalda y me hacía sentir viva.  Las risas. Las miradas que se cruzaban. La caminata en calma hasta casa. La lluvia que cayó incesantemente hasta dormirme...
Esta mañana me sentía agradecida. Y por eso, por todo, lo cuento.

15.7.13

Cosorristas

Durante los meses de verano, uno comienza a protegerse de cosas diferentes de lo que se protege usualmente. Son preocupación el sol, las altas concentraciones de mercurio en ciertos pescados, la celulitis, la barriga que es inconfundible en bañador, las resacas a mitad de semana, las olas demasiado altas o los comportamientos de "riesgo" dentro del mar que puedan ahogarte...

Era sábado, inicios de julio, en Sant Pol de Mar. En la playa junto al parque, a las seis de la tarde, una familia se bañaba y tomaba el sol. Madre, padre, hija de siete/ocho, hijo de cuatro/cinco. Yo intentaba concentrarme en la lectura de un cuento bajo el sol de la tarde y el viento fresco. Los niños hablaban fuerte. Primero ella: "¡Anda, mamá!... Tú nunca quieres meterte al agua... ¿Alguna vez te metías al agua? ¿Cuando eras niña? ¿Y no querías que tu mamá se metiera contigo, ¿ver?". Escuché el chantaje, pero no la respuesta. Los decibeles de la madre eran mucho más bajos que los de la hija, que después de un rato se cansó y se fue a nadar en el agua transparente.

A veinte metros detrás, los socorristas de la Cruz Roja recogían los bártulos después del día de trabajo. Se escuchaban carcajadas mezcladas con el agua que lavaba el suelo de su chiringuito. El cuento del hombre que pensó que estaba en una playa naturista y fue invitado, correctamente, a ponerse los calzoncillos o a regresarse a su casa. Más risas. Más trajín.

El niño los estuvo mirando. Volvía a su juego de arena y luego los miraba. Se fue a bañar con su hermana y después, cuando los de la Cruz Roja se habían ido, preguntó a su papá - a voz en cuello: "Papá... y ahora que se han ido los cosorristas, ¿qué pasará si a alguien le pasa algo?".

Había duda genuina, pero no preocupación. Al final y al cabo, él estaba con su papá, que todo lo sabe. El hombre contestó, pero tampoco oí la respuesta. Seguí sintiendo el sol de tarde en mi espalda y reímos, pensando en los "cosorristas". En verano, en la vida, a veces, los cosorristas desaparecen. O uno se esconde de ellos: ya sea la ciudad, el móvil, el equipaje que puedes traer a los treintaitantos años. Y es a veces en ese escape cuando te acuerdas de quien eras. Cuando dejas de protegerte, te toca el sol, la brisa, llegan las lágrimas, las risas, el deseo, el olvido. Todo llega, como las olas. Y se va, como las olas.

Y sonríes en lugar de tener miedo.

9.7.13

Nostalgias (Verano, bis)

Al despertar, en el teléfono, ve la fecha. Y se imagina hace un año, corriendo por los pasillos de su casa recién alquilada, con las cosas aún en cajas, nada bien acomodado. Todavía no era su casa. No había tenido tiempo de hacerla suya - ni falta que hacía. Ya regresarían y la harían de los dos.
Caminando después por las calles casi ahogadas de calor, pero aún era muy temprano. Con dos maletas llenas de cosas, de esperanzas. Y las esperanzas - resulta, y lo sabe ahora - pesan. Más de lo que parece.
Y aeropuerto, y avión, y noodles y películas con sonido malo. Y otro océano, aunque parezca el mismo. Y otro hemisferio. Y llegar y verlo, con su sonrisa media torcida, sus flores acaloradas en la mano. Y acomodar la cabeza en ese hueco de su abrazo.
Fue un verano de esos de los que no se puede contar mucho: se acaba diciendo que estaba feliz. Que leía, dormía, reía, comía, abrazaba, miraba las estrellas. Con esperanzas, de esas que enrarecen el ambiente sin que nadie, aparentemente, se dé cuenta.
Pero ha pasado un año. Y está en otra casa, que tampoco es suya, pero no tiene necesidad de hacer suya. Es un préstamo, un sitio en donde nada molesta, nada recuerda. Sólo el calendario. Pero hoy no le espera un vuelo: le espera una página ya no en blanco, pero aún muy vacía de cosas por escribir. Un sillón para acomodarse. Un día completo para llenar de cifras, de estadísticas, de otra cosa que no sea la nostalgia.
Y se sonríe, a medias. La nostalgia nos dice que ya hemos pasado cosas buenas. Intuimos que podremos leer, dormir, reir, comer, abrazar, mirar las estrellas. Disfrutar de todas esas cosas que pasarán, otra vez, como el tiempo y los veranos.

6.7.13

Interruptor

Entró a consulta con los hombros casi rozándole las orejas. El pecho hacia delante. Arrastraba un poco los pies. Si la hubiesen puesto contra una pared, ella hubiera notado cómo su cuerpo estaba chueco, lastimado; su espalda con los músculos enmarañados. "¿Qué tal, cómo va todo?", dijo la terapeuta. "Bien. Todo bien... sólo el dolor de espalda y cuello".
Conforme continuaron las preguntas, intentando responderlas con sinceridad, se dió cuenta que no, que las cosas no iban bien. Que no era sólo el dolor de espalda y cuello. El estómago, la boca, el sueño, la vigilia, la comida, el ayuno... todo acumulaba. Su lengua estaba erizada y sucia. Los ojos ahí, en el confort de la oficina del terapeuta, se arrasaban de agua de vez en cuando.
Después del diagnóstico, se subió a la camilla. Sintió las manos de la terapeuta como algo extraño a su cuerpo, que la tocaba, que le transmitía calor. La falta de contacto humano, podía ser. Poco a poco los músculos de su espalda y sus hombros comenzaron a ceder, a regañadientes.
"Date la vuelta".
Con los ojos cerrados, sintió las manos de la terapeuta encontrando puntos en su cabeza. Escuchó el tintineo de las agujas. Un sudor frío recorrío una parte de su espalda. Otra vez el miedo. No pensar en las agujas. No pensar.
Y de pronto el pequeñísimo pulso en el centro de la cabeza. Luego, otros más a los lados. Otro pincho en pecho, abajo del cuello. En el vientre, tres. En los costados. Entre el índice y el pulgar de cada mano. A los lados de las rodillas. En el pie, después del dedo gordo. Auch. Ese siempre, siempre duele. Sobre los pinchos - que no se sienten, pero se sabe que existen - en calor y el olor de moxa. La habitación entera oliendo a incienso. "¿Te duele alguno? Respira y vengo en un momento".
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez, y el cuerpo estaba, aún, demasiado en tensión. Y de pronto, de la aguja de la cabeza, una sensación de apertura: un torrente de agua escurriéndole por los ojos cerrados, por las mejillas... Hasta que una de las gotas cae en la oreja, se desliza. Con temor, se mueve para que el agua no entre del todo a sus oídos - teme al dolor. A ese dolor. Nada pasa: gira y la lágrima sale del conducto auditivo, se queda por ahi, secándose.
No duerme. No abre los ojos. Está. Escucha los sonidos del pasillo, otros pacientes llegando y saliendo. El murmullo de la ciudad detrás de las puertas. La música en el altavoz, tranquilizadora. Respira una vez. Todo el aire adentro del cuerpo, hacia las costillas, a llegar al plexo. Y afuera. Otra vez adentro: como una luz que llena el pecho, baja los hombros, libera las costillas. Fuera.
No sabe en dónde localizarlo exactamente, pero en su costado derecho, se cambia de lugar un interruptor. La sensación es similar a si ella fuera una muñeca de baterías, de cuerda. El interruptor cambia el modo de su cuerpo. De apagado a encendido. De dormido a despierto. De ahí a acá.
Intenta dormir pero no lo consigue. Cuando regresa la terapeuta, tiene los ojos abiertos, aunque no ve ninguna de las agujas. Vuelve a cerrarlos y escucha el tintineo de las agujas al caer en un vaso de cristal. "Lista. Tómate tu tiempo".
Sale de ahí con el cuerpo, el cabello oliendo a incienso. Se mira - tiene este hábito - en el aparador de una tienda. Es la misma. Pareciera que no hay nada diferente.
Y aún así, ella sabe que alguien cambió el interruptor. Y se pregunta qué querrá decir.

26.6.13

La chica que bailaba

Estaba vestida como alguien que viene o va del gimnasio. Llevaba una coleta alta y un fleco que le cubría un poco por debajo de las cejas. Movía la cabeza, constantemente. Pero no por el fleco. Se estaba mirando en el reflejo de una tienda de colchones en algún punto de Avenida Meridiana. De cuando en cuando se llevaba las manos a los auriculares, para escuchar más la música, para enfatizar un movimiento. Intentaba ser discreta, pero quien la mirara con cuidado encontraría los signos de su cuerpo delatándola:  estaba ensayando algo, un baile. No ponía toda la intención, sino que simplemente marcaba en corto cada desplazamiento, cada levantamiento de rodilla, punta, talón.. parecía como que diera pequeñísimos saltos de un sitio a otro. Movimientos diminutos que esperaran agua, espacio, tiempo para crecer.

A veces miraba hacia la avenida, hacia el parabús desde donde yo la observaba. Ella también estaba esperando. Pero aprovechaba el tiempo para mirarse en el reflejo e imaginarse, seguramente, en otro sitio. Bajo el primer sol inclemente de un verano tímido, ella se transportaba a un teatro, un escenario, enfrente a un público.

Y bailaba. Bailaba sin parar.

Entonces llegó su autobús. Y yo decidí irme en el metro - viéndola bailar en mi cabeza.

18.6.13

El día que fui Lola

No sé si me tomaron el pelo, pero me dijeron que se llamaban Lía y Laia. No eran hermanas, pero sí del mismo tamaño y con un look muy parecido: camiseta color pastel, falda amplia y converse claritos. De esos converse que yo siempre he envidiado porque son botas y tienen cremallera. Cosa magnífica.

Eran parte de esa raza nueva que se ve cada vez con más frecuencia en los festivales: los hijos de los festivaleros, que pasean por ahí con o sin auriculares inmunizadores al ruido. Estas iban sin - y gritaban lo suficiente para desafiar al DJ de turno.

Las había visto un rato atrás, de la mano de algún adulto. Pero cuando se acercaron a mi, iban solas: "¡Looooolaaaaaaa!" gritaron y literalmente se me echaron encima. Una de ellas incluso me tacleó. Cálculo que pesaba unos 14 kilos, no más. "Hola, Lola", me dijo entre carcajadas. La otra dudó. "¿Eres Lola?". "No, no soy Lola". "Sí, sí eres", afirmaban dando saltitos a mi alrededor como duendecillos de la música electrónica.

De pronto la más tremenda - la que se me había abalanzado encima - miró a la otra y le señaló: "mira". Señalaban mi brazo. Y mi espalda. En un lugar donde la media de la gente lucía sendos tatuajes, descubrieron con sorpresa que yo tengo lunares. Muchos lunares. "¿Qué son?". "Lunares". Silencio. "¿Te los quito?", ofreció, solícita.

Se fue contra mi brazo derecho y dos lunares muy redondos. Mientras sus uñitas afiladas se encajaban en mi piel, yo comenzaba a preguntarme dónde estaban los papás de las modernitititas. Mireia le dijo que no me lastimara, que eso no saldría de ahí. Siguieron tocando mis pecas con franca desconfianza.

Entonces llegó una de las madres. A lo lejos, a unos veinte metros, les grito: "Niñas, vengan para acá. Digan adiós". No estaban muy convencidas, pero al segundo grito, claudicaron. "Adiós, Lola", dijeron mientras agitaban sus manitas y se iban brincando sobre el pasto artificial del Sónar, esquivando aquí una cerveza, allá a alguien que tomaba una siesta.

Pensé que quizá tenían ganas de hablar con un adulto. Y me quedé pensando quién será Lola. Quizá a mi también me caería bien.

14.6.13

Chafardero, chismoso

Adjetivo. Dícese de una persona/entidad que cuenta lo que sabe, lo más pronto y claramente posible.

El cuerpo lo sabe. Todo. Incluso lo que tú no quieres saber. O no te has preguntado. Y te lo dice: todos los días, a cada paso. Ese dolor, esa incomodidad, esa sensación de que falta algo. El cuerpo lo sabe. Todo. Y te lo dice.

Ella lo vió, en su cara. Usualmente es mala para escuchar a su cuerpo. Y ese día, poco antes de dar por primera vez una clase nueva, de tres horas, en un grupo distinto, todo parecía mal. No se sentía en su piel. Como si el aire, al entrar por su nariz, no oxigenara su cuerpo. Algo faltaba. Algo sobraba. Pánico. Comenzó a respirar profundo. A explicarse cómo no temer a la audiencia (cómo, si al público se le teme por default). Entonces, apareció la opción de ir a dormir y recuperar fuerzas - de decirle al cuerpo: "sí, te escucho, tranquilo, ya vamos".
Mientras caminaba hacia casa, a la mitad de la calle, enfrente de ella, un amigo de su ex. De ese ex, el que todavía duele. No le había visto desde que aquello terminó. Ella bajó la vista y rezó porque él pasara de largo sin notarla - que fuera solamente una mancha en el panorama. Pero no, sí que la vió. Y en cuanto sus ojos se encontraron  y se reconocieron, él comenzó a hablar sin detenerse:
"Ey, ¡hola! ¿cómo estás? ¿cómo va todo? ¿dónde está él? ¿estará en verano? ¿les apetece pasar unos días de vacaciones con nosotros? ¡hace tanto que no nos vemos! yo lo ví a él hace poco, pero no quedamos en nada. ¿cuándo lo veré?, ¿tú sabes?". 
Ella intentó pensar una respuesta rápida a todo, pero su cerebro iba lento ("Yo no sé nada... ¿que no íbamos ya a dormir un poco?"). Más que nunca, ella no estaba en su cuerpo. No había oxígeno. "No, no sé... pronto, ¿no? Quizá, sí..." "Bueno, me voy corriendo. ¡Hasta luego! ¡Nos vemos todos para comer!". Él desapareció calle abajo. Ella ordenó a un pie que se moviera y luego al otro. Uno, dos. No solo no estaba en su piel: algo pasaba que la hacía sentir que se ahogaba. Más. Se detiene en un cruce, frente a una luz roja. A un lado de ella, en una tienda de ropa, un espejo. Y no reconoció lo que vió: necesitó dar marcha atrás para mirar detenidamente lo que reflejaba el espejo. Una mancha roja, unos granitos incipientes, le salían por toda la cara. Todas esas cosas que había dejado de decir - "no, no sé dónde está. Ya casi no sé nada de él. No estamos juntos ya" - se pintaban, sílaba por sílaba, en su cara. En forma de sarpullido. De color casi púrpura, extendiéndose por las dos mejillas, por el cuello, por debajo de las orejas.

Los traseúntes cruzan. Ha pasado un ciclo de semáforo, pensó. Y también se dió cuenta que su cuerpo, ese que lo sabe todo, ese chafardero que todo lo cuenta, quería decirle algo. Quería decir algo.
Caminó hasta casa y, sin lavarse los dientes ni quitarse la ropa de trabajo, se tiró a la cama. Agotada, se durmió.

Al despertar de la siesta, su cara había vuelto a su color normal. Era, al parecer, tan sólo una advertencia, pero clara. "Dí lo que tengas que decir. O me enfermo". La clase - esa de tres horas, en otro idioma, con un grupo que no conocía - le pareció extrañamente sencilla. Y su cuerpo, es cierto, descansó.