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7.5.18

Adiós, Beatriz

Sin miedo a la tecnología: siempre ahí
Pocas cosas en el mundo la ponían más de malas como que la llamaras abuela. A ella le gustaba el diminutivo. Y siempre fue mi abuelita Bety. Mi papá la llamaba mami - todos sus hijos. Incluso algunas de sus nueras. Mi mamá siempre la llamó Doña Bety. Y justo me contó que hace apenas un par de semanas, cuando volvieron de visitarme, fue a verla y, para sorpresa de todos, habló. Preguntó que dónde andaban. Preguntó por mi. Por mi.

De niña (y a veces también de grande) me sentía un poco menos que los otros, siempre. Menos hábil, menos bonita, menos simpática, menos importante. Pero no a los ojos de mi abuela. Nunca. Y aún de mayor me llenaba un orgullo infantil cuando ella contaba las anécdotas que nos unían a los dos. Ser una de treinta y tantos nietos y ocupar un lugar de su disco duro era importante. La cosa es que sé que todos teníamos esos momentos. Que a todos, de una u otra forma, nos hacía sentir únicos, amados, protegidos. No soy la única a la que salvó de la quiebra sentimental... o incluso económica. Como si supiera, en algún momento, te escurría su manita en el bolsillo del pantalón o la chamarra y dejaba ahí un billetito (como ella decía), envuelto en una servilleta o un pedazo de papel. "Es por tu cumpleaños, es por tu cumpleaños", insistía. Generosa pues, con todo, con todos.

De nosotros, le gustaba contar la historia de un día en que mi mamá le pidió que me cuidara cuando yo tenía como tres años y vivíamos en una casa debajo de la suya. Mi mamá salió temprano al mercado mientras yo dormía. Cuando mi abuelita bajó a verme, un poco después, me encontró con un sartén en la mano, haciendo equilibrios con un huevo entero que tenía encima. "Hijita, ¡pero qué haces!". "Me voy a hacer un huevito, abuelita, porque tengo hambre". Demás está decir que yo no me acuerdo, pero tengo grabado su recuerdo de mi, su manera de narrarme. De esa pícara-sabionda-tragona que al parecer he sido siempre. Y sé - porque me lo contó, porque tengo la certeza - que me llevó con ella a su casa y me dió un desayuno opíparo - de esos que a los que me encantaba auto-invitarme aún dejando en mal a mi mamá enfrente de sus suegros. Por ahí de las diez de la mañana, yo pedía permiso para subir con los abuelos. Y al llegar a la casa de mis abuelos el diálogo "hijita, ¿quieres un taquito?"/"Sí, abuelita"/"¿Pues que no has desayunado?"/"no, abuelita" se repetía sin falta.

A veces me han dicho que yo quiero a través de la comida (cuánto estereotipo a la Como Agua para Chocolate). Es cierto. Y eso, además de mi madre, lo heredé de ella. No siempre lo entendí como tal, pero ahora me queda claro cómo todo era un acto de amor. Tener Quick de chocolate y de fresa para los nietos en el fondo de la alacena. Perseguirte por los pasillos para que te tomaras un licuadito (de leche, fruta, miel y nueces) incluso antes de que te metieras bajo la ducha. Las inagotables sartenes de los mejores frijoles fritos del mundo. Las eternas y divertidas sesiones de torteo para hacer gorditas con los nietos. El agua fresca que había siempre en el refrigerador. El tequilita o el ponche de granada como aperitivo, con cacahuates. La noción clara, irremediable, de que al cruzar la puerta de su casa (en mi mente siempre la veo dándome la bienvenida a través de los cristales ahumados que habían en mi infancia) te iba a ofrecer algo de comer o de beber. Y había que aceptar... pronto. Porque sino ella iba a continuar haciendo ofertas cada vez más complicadas hasta lograr que el vaso de agua inicial se convirtiera en la sugerencia de descongelar pozole o de plano hacerte una cena completa.

Ir a verla era ir a refugiarse en su buen humor, en su voluntad de que hubiera una cierta paz. De vez en cuando, acicateada por insistentes comentarios a su alrededor, también comenzaba a criticar algunas elecciones de vida o, válgame, de ropa o de corte de pelo. Y sin embargo, en lo importante, escuchaba con el corazón. Más aún: preservo con especial cuidado en mi memoria sus abrazos sanadores después de esas pérdidas importantes en mi vida (mis rupturas sentimentales, mis abortos, mi divorcio) y su mirada firme, certera, diciéndome que todo estaría bien. Que mis decisiones eran buenas si me servían a mi.

Y sin embargo, no podíamos haber sido más diferentes. Siempre me reclamó que hubiese dejado Guadalajara sin fecha de vuelta (bajita la mano, que dicen). Y nunca entendió lo de mis títulos académicos ("pero hijita... yo no creo que tú necesites estudiar tanto, ¿o sí?). Con todo y todo, nunca me hizo sentir incómoda en mi piel. Era el reclamo amoroso de la mujer que era más feliz cuando estaba en su casa, rodeada de todos sus pollitos. De la que no quería ir a estudiar a Colima porque estaba más feliz ayudando en casa, lavando la ropa de sus hermanos. De la que, ya enferma y cansada, instauró los viernes como open house permanente y preparaba comida, botana y cena para que pasaran por ahí todos, cuando pudieran, todas las veces que quisieran.

Me quedo con las ganas de preguntarle las cosas que siempre me parecieron demasiado íntimas: qué había sentido al casarse tan joven (18) con un hombre 15 años mayor. Cómo había logrado sobrevivir a perder a su primera hija, Lupita, antes de que cumpliera un año. Cómo había superado la tristeza de la partida de mi abuelo, después de vivir con él por más de 60 años. Me quedo con las ganas de escucharla contar, otra vez, las travesuras de mi padre y sus hermanos, las historias de la guerra cristera, la receta de la cuachala, las pacholas y las tortitas de camarón con nopales, que ahora yo hago con ingredientes traidos de Surinam en una ciudad del sur de Holanda. Me parece imposible que ya no esté aquí para abrazarla, para oírla darme su bendición. Se me rompe un pedazo de mi historia.

Desde ayer que me enteré que se fue, tengo un hueco que se hace cada vez más grande en el fondo del pecho. Late, al ritmo de mi corazón. Y hoy durante la cena, G me dijo: "tienes que hablar con tus padres. Necesitas contar los recuerdos que más te gustan de ella". No acabaría, pensé. Pero por algún lado hay que empezar.

9.5.16

#Vinader: las cosas que perdimos

Hace quince días, Casa América Catalunya y el Colegio de Periodistas de Catalunya organizaron un homenaje-recuerdo para Xavi Vinader a un año de su muerte. Fue un momento muy emocionante para mi porque me tocó estar en la mesa, hablando no sólo del Xavi periodista y maestro sino del Xavi humano, familiar, que influyó en las vidas de muchas personas (incluida la mía). En el acto, de forma sorpresiva, Casa América Catalunya además otorgó a Xavi el premio póstumo a la Libertad de Expresión en Iberoamérica 2016. Sé que Xavi, con sus muros llenos de libros sobre América Latina y sus comidas internacionales, estaría ancho de la emoción.
La foto es de Isaac Meier / Nació Digital

El día del homenaje (que se puede ver completa en video aquí) me tocó honrar entonces la vida familiar. Y, citando a Voltaire, desde que se fue le debemos ya no respeto, sino la verdad. La verdad es que nos falta cada día y es difícil explicarnos que no esté. La mejor explicación sin duda la tiene uno de sus nieto y además ahijado, David, que una noche semanas después de la muerte de Xavi declaró: "¡Mamá! ¡Ya sé por qué Xavi no puede venir! Se fue con la silla de ruedas a las estrellas y las estrellas esas no tienen rampa... por eso se quedó allá".

Y es que Xavi estaba con nosotros en la vida cotidiana. Nos falta su risa, su silla, todo él. Malena, otra nieta, me envió horas antes del homenaje este poema (la traducción es mía) que explica cómo se siente.

Xavier quan tu vas morir                            Xavier cuando moriste
no va a ser el millor moment per mi.          no fue el mejor momento para mi.

Sé que em vas a estimar                             Sé que tú me quisiste
però el teu cor me'l vaig quedar.                 y tu corazón me lo he quedado yo.

El teu cotxe vermell                                   Tu coche rojo
jo sempre el tindré.                                     siempre lo tendré.

I a tu, el Xavier Vinader                             Y a ti, Xavier Vinader
sempre et recordaré.                                   siempre te recordaré.

Quizá con esas dos imágenes, dadas por los niños, quedaba claro lo que estábamos sintiendo los adultos. Pero yo me había preparado también algo que reproduzco aquí - y se queda aquí, como Xavi se quedará igual.

* * *

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Entre las muchas cosas que perdimos el día que Xavi se fue está nuestra casa. Y digo nuestra casa porque ese piso de Plaça Tetúan era suyo, pero también lo más cercano a un hogar común para muchos de nosotros. Hace apenas un par de semanas, leyendo la columna de Francesc Viadel que marcaba un año de ausencia, me di cuenta una vez más cómo somos muchos los que tenemos un recuerdo compartido y no sólo una pérdida común. Al leer sus palabras imaginaba que muchos, al hacer un esfuerzo y cerrar los ojos, podríamos ver con claridad de nuevo la última imagen que tenemos de este lugar: franquear la pesada puerta de la entrada, contar el número de escaleras hasta el tercer piso o escuchar el lento quejido del ascensor, trazar los pasos que hay de la puerta de entrada a la puerta de la biblioteca, observar la sombra que dibujaba el ficus sobre el salón o la galería, saludar a los héroes de guerra de papel de chocolatina que colgaban de las paredes del comedor, escuchar la tetera crepitar sobre el fuego o sentir el olor de la menta mezclada con el té… Entrar a esa casa era como traspasar las fronteras hacia una especie de tierra de todos (nunca tierra de nadie) donde todo era posible: un espacio donde igual se resolvían conflictos internacionales; entraban ladrones y policías; se fraguaban planes para banquetes pantagruélicos o se planificaba con cuidado y alto sigilo la ruta que tendrían que seguir Papa Noel o los Reyes la próxima navidad.

Ahí, entre todos esos libros, cartas, archivadores y discos compactos también estábamos todos: clasificados en medio de ese caos aparente del que nadie tenía ni idea, nadie más que él. Porque además de papeles y objetos varios, Xavi se había rodeado de un banco de referencia viva, cambiante, intensa. Algunos visitantes eran documentos de referencia de uso puntual y otros, por voluntad o por sorpresa, nos quedamos ahí, como una especie de inventario fijo. Y así como los libros de Xavi o sus archivos tienen sentido como una colección, como un todo, así nosotros tenemos sentido reunidos entorno a él y a su memoria. No es que sin él no podamos existir, es que sin él no nos hubiésemos encontrado. Sin sus oficios, sin su interés por casi todo y en todos sitios, no se hubieran creado alianzas imposibles que podían tanto delinear una exclusiva periodística como resolver un caso policial o sanar un corazón roto. Porque en esa casa, detrás de esas puertas, podía pasar cualquier cosa.

Y entrar a la vida de Xavi era un poco como entrar a su casa, por estancias. Primero en los espacios del trabajo, después en las cenas, en el Xampu Xampany, en las tertulias con los amigos compartidos. Nos une en torno a él el asombro compartido ante un hombre que tenía una mirada y unas preguntas más efectivas que cualquier suero de la verdad. Nos une en torno a él su capacidad de encontrar gente que supiera contar una historia, o tener una historia o ser una historia: humanos que ejercieran de humanos, con contradicciones, miedos, logros, esperanzas. Con secretos por descubrir.

A Xavi le encantaban los secretos – las balas en la recámara, que decía. Su casa era un paraíso de escondites y sorpresas: lo saben mis sobrinos que encontraron algún día debajo de su escritorio los chocolates buenos, lo sé yo que encontré ahí la familia que me faltaba. Lo saben los muros, que deben de haber escuchado más historias de viva voz que las que esconden los libros que se recargan sobre ellos.

Me invitaron hoy a participar en este homenaje como parte de la familia extendida, elegida que tenía Xavi. Cuando me escribió Toni Travería para que le explicara mi vinculación con él, me quedé un poco muda. Y me dio por reír porque me gustaría preguntarle a Vinader. En sus palabras, yo he sido su exalumna, la encargada de telefonía, audiovisuales y nuevas tecnologías, la delegada de cocina mexicana, una zascandila que debería dejar de hacerse la loca con la vida académica y la crónica de vida cotidiana para comenzar a hacer periodismo del de verdad; e incluso su hija, en una broma que luego se convirtió en leyenda urbana. Y me gusta pensar que era un poco su hija – la que llegó crecida del otro lado del mar para discutir con él, enseñarle slang y cocina mexicana y buscarle libros y películas del Santo. Y me siento un poco su hija porque tuve la fortuna de que las estancias de la vida de Xavier, como la casa de Bailén, se me abrieran una tras otra. Tuve la extraordinaria suerte de que le hiciera gracia adoptar a una mexicana autoexiliada a la que le hacían falta rituales familiares. No sólo me dio un lugar donde pasar los domingos y festivos, sino una familia completa: madre, dos hermanas, sobrinos, una cantidad extraordinaria de amigos y conocidos y una sensación de segunda patria a la que volver. Porque, él lo sabía, si Barcelona era mi casa mucho tenía que ver con la posibilidad de dejarme caer frente a él en el sillón cuando sentía que me faltaban las fuerzas, o debatir hasta resolver algún asunto que no parecía tener final.

Y hablando de cosas que parecen no tener final, acabo - sólo me falta reclamarle a Vinader haberme ganado hasta la última discusión: hace años, para hacerme rabiar, apostó a que él no vería que yo terminara la tesis doctoral, y que nunca me iría de Barcelona. La tesis doctoral la defendí en enero y me hizo mucha falta, como nunca antes. Y, aunque ahora no vivo en Barcelona, le concedo esto: cuando miro a los balcones del piso de Bailén o los recuerdo en la distancia, estoy convencida de que esta ciudad siempre será parte de mi historia. Que esa casa, la suya, siempre será la mía: aunque la conserve solamente en mi memoria.

1.4.15

El hombre que me regaló un caballo

Florencio con Beatriz, cuando cumplió 100 años (Foto: Josie Tavares)
Me parece que no tenía ningunas ganas de irse. Y es que a él no le gustaba irse, nunca, a ningún lado. Visto esta que este domingo de resurrección hubiese cumplido, cosa de nada, 101 años. Como una catedral, como una ciudad moderna, como un recuerdo infinito.
Me acuerdo que se iba a dormir por la premura de que al día siguiente había que hacer cosas... pero más bien se quedaba ahí, rodeado de gente, de risas, como siempre le gustaban. Mis recuerdos de entrar a su casa son entrar a un reino donde los animales, el sol, las plantas, las tortillas de maíz azul, la leche recién ordeñada y las carcajadas no se acababan nunca. A una casa con un portal abierto, con bancas para esperar y ver pasar el tiempo y la gente en la calle, una casa en la que recuerdo haberme sentido feliz.
Se parece mucho a su hermana, mi abuela, y algo me queda después de las mezclas de los dos. Me acuerdo también de él que cuando llegábamos en tropel a su casa todos los niños - los primos del "rancho" con los primos de "la ciudad" - se nos quedaba viendo con azoro. Y luego a mi me decía: "pues los demás de todos no sé... pero tú seguro eres la grande de Javi", dejando de manifiesto el parecido que tengo con mi padre.
Ir al rancho era la seguridad de que, por unos días, podía pasar todo. En parte porque mi tío Florencio a muy pocas cosas decía que no. Uno ahí no era un niño: era una personita que podía aprender y hacer cosas, como los demás. Y, a pesar de las nociones del machismo campirano, lo recuerdo contento de saber que yo quería ir a las vacas aunque fueran las siete de la mañana, y a enseñándome a ordeñar a los siete u ocho años. Recuerdo también que era el primero que nos regañaba si hacíamos alguna barbaridad - como tirar a propósito un nido de avispas a pedradas - pero también que su voz dulcificaba otras voces adultas. Siempre lo recuerdo con su cabello blanco, su sonrisa francota, su abrazo amplio. Así era el tío Florencio.
Hoy que se fue, amanecí acá (al otro lado del mundo, en un sitio al que él nunca hubiese venido porque "a él no se le había perdido nada acá") con la noticia de que el Volcán de Colima - su escenario perpetuo, el de toda su vida - está descocado estos días. Respira humo, fuego... algo me hace creer que era un poco Florencio mismo, desde su cama, sin poder comunicarse, el que respiraba humo, fuego, que quería seguir libre.
Me quedo con muchas cosas suyas, pero con tres postales especiales: Florencio de ocho años, corriendo tres horas a través del monte con una canasta preparada por mi bisabuela, para alimentar a mi bisabuelo secuestrado y a sus secuestradores ("el hambre da malas ideas, decía mi mamá"). Florencio de unos 90 años, después de quedarse viudo, pidiendo que alguien le presentara una novia ("ya me cansé de estar aquí solo"). Y Florencio, de unos 70 años, un abuelito poderoso y resultón, que se le ponía de tú a tú a mi propio abuelo (mucho más serio, mucho más de ciudad) y nos llevaba a todos los niños urbanos a caminar. A lo lejos, estaban los caballos. "Esos caballos... son de mi hijo Héctor... pero yo se los regalo mientras están de vacaciones. ¿Cuál quieren?". Y cómo nos peleábamos por saber quién se quedaba con el azabache y quién con el gris... Por lo que para mi, Florencio siempre será el hombre que un día me regaló un caballo.

Buen viaje.

17.2.15

Con B

De Búho. De Blues, Banda, Bajo, Bongo y Bandoneón. De Brisa, Bruma y Bullicio. De Barcelona, Bogotá, Brasil, Berlín y Belén. De Blanco, Brazo, Borrego, Buñuelo, Boniato. De Brillante. De Brújula. De Barco, Bravo, Bosque, Bello. De Borbotón, Bólido, Bus, Bulldog, Bollo. De Barrio, Basta, Biombo, Boreal, Barro, Barba, Brazo. De Buceo, Brasa, Beso, Bahía, Bucle, Bambú, Bañera. De Biblia, Bigote, Bocanada, Bejuco, Boleto, Buzo, Brahmán, Bruñido, Barriga, Beligerante, Bicho, Batallón. De Bueno, Bienaventurado, Bendito, Buscado, Bonito, Bebé.

De Bienvenido.

De Bruno.

(Gracias, compadres, por compartir la luz de sus ojitos puros).

30.10.14

Mis Amorosos

No creo que crean en el amor como en una lámpara de inagotable aceite (Sabines dixit). Creo que han creído en él como un proyecto a largo plazo donde muchas cosas podrán ir mal, o bien, o regular - pero irán si ambos quieren que vayan. Pero siempre han encontrado la manera de tomar la vida de forma en las que todos los involucrados salgamos lo mejor parados. Me encanta cuando se aman. Me ponen de nervios cuando se discuten. Me ilusionan cuando, en conjunto, se ilusionan con algo. Me sorprenden cuando cambian. Me maravillan con la manera que tienen de amarnos.
Ella me contó que cuando recién había conocido al ingeniero se fue de vacaciones con una amiga. En algún lugar, le ofrecieron leerle la suerte con su cigarro. Guardó la ceniza y la mujer le dijo que se casaría ese año, con alguien que trabajaba en comunicación, que ella no esperaba. Como respuesta, ella soltó una carcajada. Casarse. Ese año. Y después tener una hija.
Resulta que las artes adivinatorias eran ciertas. Y en el penúltimo día del mes de octubre de hace 38 años, dos muchachitosimberbes que se gastaron todos sus ahorros en hacer una fiesta - "para eso se casa uno, para tener una fiesta" - se prometieron que estarían juntos siempre. Y siguen.
Me fascina, me encanta, me enamora verlos sonreír. No creo que todo haya sido fácil - ni que lo sea ahora, ni que lo será en el futuro. Pero existen esos momentos, como estos de la fotografía, que me recuerdan o me hacen imaginar cómo pudo haber sido ese primer momento. Y saber que se siguen riendo juntos, aunque sea de vez en cuando, me da fé. Fé que estar juntos siempre es una cosa que pasa y a veces incluso está escrito en las estrellas.

16.6.14

A mi padre

Hoy yo también, todo el día, estuve acordándome de mi padre: mientras veía los cables de teléfono que sobresalen por todas las casas de Sofia, recorría museos imposibles o me petrificaba delante de los imponentes edificios en decadencia. Y me acordé de él cuando casi me perdí - otra vez, en una ciudad en la que esta vez ni siquiera sé leer el alfabeto. Me acordé porque supe que iba a llegar a mi destino: "tienes una brújula integrada", siempre dice de mi. "Aunque no sepas leer los mapas".

Recordé con claridad una vez que me llevó con él a lavar el coche. Cuando me dejó ir con el grupo de los niños al rancho y aprender a ordeñar. Las veces que me pidió que leyera en voz alta en la cocina, mientras sostenía un lápiz entre los dientes. Y una vez en Florida, cuando me dio unas monedas y me dejó llamar con mi inglés titubeante a pedir una pizza. Cuando salíamos a carretera y me dejaba mirar el mapa y darle vueltas y vueltas y vueltas... y me hacía responsable de dar las indicaciones. O de bajarme del coche a mitad de la noche a preguntar si había habitaciones en tal o cual hotel en pleno sureste mexicano. O cuando estuvo conmigo hora tras hora afuera de la casa enseñándome a estacionar el coche.

Recordé alguna vez que me mandó citar en su oficina, para decirle a la adolescente que era un par de verdades. Su cara de confusión cuando se dio cuenta que me había matriculado en una licenciatura en comunicaciones, no en una ingeniería. Su orgullo al verme con mi título en las manos. Su manera de conducir, sereno y orgulloso y guapo en su traje de lino, llevándome vestida de novia por las calles de Puerto Vallarta. Su abrazo sereno y comprensivo cuando le dije que se me acababa el matrimonio. Su emoción contenida en los aeropuertos cuando llego, cuando me voy. La absoluta certeza, la absoluta confianza con la que me dijo: "sí, es el momento, hazlo", cuando le conté de una aventura por comenzar.

Y me sentí muy, muy, muy, muy afortunada. Como me siento siempre. Pero a veces, como nos suele pasar, se nos olvida decirlo. Y hoy (ayer, mañana) toca.

Gracias, ingeniero. Lo quiero como ir a la luna, dar mil vueltas y regresar.

10.7.13

Beatriz

"Mamá... pero si yo me quiero quedar en mi casa...". Y Beatriz iba y venía, subida en un tren, desde un pueblo del interior de Jalisco hasta Colima, a estudiar. Porque su madre no iba a dejarla en su casa, sin aprender, sin crecer, sin mejorar. La quería en movimiento. Y así la enviaba a estudiar, a recorrer los campos en compañía de sus hermanos y subida a un caballo - cosa que a Beatriz no le gustaba nada.
Pero ella iba. Por obediente, porque le tocaba. Porque sabía de los momentos del tiempo, de las obligaciones, de lo que cambia. Poco a poco se le fueron acabando sus años de niñez. Se casó a los 19 y comenzó a criar hijos. Y de esos hijos, salieron algunos nietos que, a diferencia de ella, no quisimos quedarnos en casa.
Ahora, cada que voy a su casa, me rodea con su abrazo de árbol. Un abrazo que protege contra los vientos. Con el paso de los años, me parece, me mira con otros ojos - que cada vez yo también entiendo más. Y está ahí, siempre, siempre. Diciéndome que tenga fé, que tenga paciencia, que me esfuerce. Que no me olvide de dónde vengo. Que no deje mi tierra (la de los pies, la de mis padres). Que busque aquí, pero regrese a allá, siempre. A ese lugar donde nunca, nunca dejarán de abrazarme.
Cumple 93 años y son un regalo. Siempre es un regalo tenerla, con su sonrisa tímida, con su amor que se demuestra en una cascada de oraciones sobre tu cabeza y un millón de cosas que comer. De ahí aprendí que el amor surge en los fogones: que no hay mejor manera de calentar un corazón aletargado que un té de canela o de limón con miel... y quizá un chorrito de tequila.
Me duele no estar para abrazarla pero llevo su abrazo tatuado. Y sus ojos, vigilantes, que confían en mis pasos. Y que entienden que, aunque físicamente no me haya querido quedar en casa, sigo ahí, siempre, junto a ella.

5.4.13

Treinta.

Por primera vez, suenan a pocos. Treinta y de pronto, no me sorprende. Porque él tiene más - es un padre responsable, un hombre amable, una persona comprometida. Y también tiene menos - el que se ríe y se burla, que se esconde, que pellizca por debajo de las costillas. Treinta. Me parecen un mundo. Y tan poquitos. Y me emociona. Y me entristece. Porque yo - él ya lo sabe - soy de las que cantaría todo el día el felizcumpleaños y le presentaría miles de pasteles para hacerlo feliz. La cosa es que los mejores pasteles del mundo los hace él. Y las mejores cuñadas del mundo. Y las mejores sobrinas del mundo. Y los mejores abrazos del mundo.

Treinta. Y hace treinta años del día que descubrí que ya no era sola, sino acompañada. Que era bueno compartir el helado de chocolate. Que era deseable ser un par. Que podía hablar en plural. Y que la primera persona del plural es hermosa: Nosotros. Los herman@s. Los hij@s de esa casa.

Treinta. Qué bonito suena. Cuánto los agradezco. Cuánto querría estar ahí para abrazarte, Javi. Espero que sepas hoy (y siempre) lo que te quiero, hermano.

19.3.13

Acentos (34)

Según lo que cuenta mi abuela, mi papá era un niño con unas ideas... un poco sui generis, por decir lo mínimo. Criado en una casa muy católica, rápido - por ahí de los seis años - comenzó a pensar que es importante el manejo de la política (algo que hemos visto claramente en los últimos bailes en el Vaticano).
Total que, cuando iba a hacer su primera comunión a los cinco años, una monja le preguntó quién quería que fuera su padrino. El niño se quedó pensando y le dijo: "Mire, madre... le digo mañana. Es que tengo que  pensar quién hace las mejores fiestas del pueblo". Y se fue, dejando a la religiosa con el Jesús en la boca (quizá literalmente).
Nacido en Ciudad Guzmán, Jalisco, que comparte con Valencia tener como patrono a San José, mi mini-padre regresó al otro día con la monja a decirle: "madre, ya sé. Mi padrino va a ser San José... cuando es su santo, se hacen las mejores fiestas del pueblo".
El niño hizo su primera comunión con un reclinatorio vacío a su lado, con su padrino San José. Ese mismo niño contestó, sin pestañar, a la pregunta de qué quería ser de mayor: "¿Yo? Yo voy a ser Papa".
Obviamente le faltó el acento en la última sílaba... para mi ventaja. Por eso, aunque hoy no sea el Día del Padre en México, es más que nunca el día de mi Padre: con su padrino San José y sus propósitos de ser Papa (o papá).

2.1.13

Mejor/peor inicio

Después del brindis, la cena, las palabras de mi abuelita, los abrazos; algo en la parte interna de mis rodillas comenzó a quejarse. Y el dolor se extendió después a la espalda baja y al centro de mi frente, También al respirar comencé a sentir el aire frío que alimentaba de alguna forma una especie de bosque interno en medio de mi pecho.
Era un resfriado.
No podía sorprenderme: entre la lluvia, el cambio de clima y los incontables abrazos a primos, amigos, sobrinos y tal que tenían la nariz como una llave que gotea, era normal. Desperté el 1 de enero de 2013 con la boca seca y una tos constante - una nariz, yo también, como llave.
Afuera, a través de la ventana, la lluvia. Guadalajara lloviendo en invierno, las cabañuelas, que las llamaba mi abuelo. Estrictamente, son una buena señal. Si llueve los primeros días del año quiere decir que también lloverá correctamente en junio, julio y agosto (cuando aquí se cae todos los días el cielo).
Me arremolino entre las cobijas. A intervalos regulares, viene mi mamá a revisar que la fiebre no esté muy alta, que no tenga una pierna fuera de la manta, que no me haya puesto a hacer demasiadas cosas. Tengo permitido leer, escribir, bajar a la cocina a comer... aunque ella quisiera traérmelo y convertir la habitación en un centro completo de cuidados.
A decir verdad, me siento mal. Me gustaría salir a tocar las hojas del guayabo, perladas por horas y horas de lluvia, a ver los pájaros que cantan y el cielo plomizo. Me gustaría ir con mi mamá a comprar las tortillas y la fruta siguiendo el mismo camino que cuando era la niña. Me gustaría tener energía para hacer cosas que necesito hacer.
Pero, también a decir verdad, me siento privilegiada. No todos los años puedo comenzar en una cama escuchando a mi sobrina cantar, a mi mamá trajinando por la casa, a mi padre hablar con mis hermanos. Es un buen lugar. Aunque toque quedarse un poco en cama.

15.9.12

Deseos de felicidad a distancia

Lo saben prácticamente todos mis amigos porque es una historia que, por muchos motivos, me gusta contar. De pequeña, por un problema de dirección de las piernas (ya ellas pintaban que me gustaría dar pasitos en falso), durante algunos años tuve unos aparatos que se parecían a los de la película de Forrest Gump. Cuando iba a entrar a la escuela, al kinder, mi mamá habló muy seriamente con J, mi primo que iba a entrar al mismo tiempo que yo, y le dijo que tenía que cuidarme. Que yo no podía sola, que no podía correr y que no podía dejar que los otros niños se burlaran de mi o me hicieran daño.
También me acuerdo claramente que ni él y yo comprendíamos del todo por qué los otros niños, nuestros compañeritos, lloraban sin parar el primer día. Lo hablábamos en calma, sentados juntos... muy juntos y sin soltar la mano el uno del otro.
Recuerdo que, en su papel de guardián (perro guardián, porque él en aquella temporada estaba convencido de que su destino era haber nacido perro y lo de ser niño era un desafortunado error de la naturaleza), mordió a más de algún compañerito que se quiso pasar de simpático y me quitaba algún lápiz o me hacia llorar. En consecuencia, terminábamos los dos en la dirección - no iba dejar yo que me dejaran sin mi protector. Si había que aguantar bronca, la aguantaríamos juntos.

* * *

Mi queridísimo J se casó ayer en la ciudad donde nacimos, vivimos a cuatro calles de distancia, fuimos al colegio juntos, nos divertimos juntos, crecimos juntos. Sabe que lo extraño. Sabe que lo quiero. Sabe (espero que sepa) que pocas cosas me hicieron más feliz como cuando me presentó a A y no podía dejar de tomarle la mano, de sonreír. Yo, cuando algo me hace rabiar, sé que tengo a un defensor metafísico que estará siempre de mi lado, que me recuerda que estoy protegida. Espero que él sepa que, aunque no estoy, siempre agradeceré que haya estado y espero que sea muy, pero muy feliz.

22.1.12

Pañuelo blanco

Me faltaron los pañuelos de tela blancos. Siempre se me olvidan. Y me quedo en el aeropuerto un poco desconcertada porque necesito encontrar algo que me haga las cosas más sencillas. Afortunadamente hoy, iba con alguien que decidió ponerse a saltar como pelota de basketball mientras agitaba las manos. Yo me sumé con energía, casi con entusiasmo. Pero no realmente.
Existe - lo sabemos quienes vivimos lejos - esa sensación agridulce de reencontrarse con la familia. Por una parte estás feliz y por otra preocupado. Y cuando se van estás tristísimo, pero también agotado, queriendo recuperar la "normalidad" de tu espacio.
Existe - lo sabemos quienes tenemos hermanos - una dualidad infinita entre querer matar a alguien y quererlo tener siempre a tu lado. En el fondo, amas incluso poder pelearte con él. Caminar durante horas viendo escaparates, edificios o exposiciones. Quejarte de las películas que has visto en el último año. Intercambiar listas de música. Confesar con un par de tragos más cosas inconfesables que no te habías dicho ni a tí mismo.
Supongo que justo ahora el avión que se lleva a Diego de Barcelona debe estar preparándose para despegar. Hoy ya no me preocupo si hay algo en la nevera que él pueda cenar y sea medianamente nutritivo. Mañana cuando me vaya a la oficina no le llamaré a ver si se ha levantado ni me sentiré culpable de no estar en casa para comer con él. Y, al mismo tiempo que esas dos cosas me alivian, también lo extraño. Como extraña uno las largas sombras del otoño, o el sabor de ciertas frutas de estación.
Me voy a dormir con un pañuelo de tela blanco. Para despedirlo mientras duermo, para usarlo para pedir una tregua cuando - hasta en sueños - peleamos. Para agradecer - todo esto.

20.11.10

Los lujos de la herencia


Me mandó mi padre esta foto hace tres días y no me canso de verla. De ver sus ojitos profundos y firmes, que miran al fotógrafo casi desafiándolo. O desafiándolo de una manera silenciosa, aún dentro de su pose firme, clara, obediente.

Me la imagino todo menos muy obediente. Sé, sin embargo, que siguió ciertas órdenes. Que dejó de lado ciertos sueños. Que sabe muy bien a quién quiere y a quién no. Que esos ojos siguen mirando así, firmemente, y hablan aún a través de las gafas de sol que usa desde una cirugía ocular que no fue muy bien.

Creo que, entre otras muchas cosas, heredé de ella el bicho del nomadismo. Aunque es de las que más preguntan cuándo voy a volver, también sé que sabe por qué me fui: y que si ella hubiera sido yo, si hubiese vivido en mi tiempo y accedido a las oportunidades que yo tuve, también se hubiera ido lejos, a buscar esa cosa que no sabemos qué es.

Es verdad: la extraño cuando se reía más, cuando viajaba, cuando me contaba historias de sitios a los que yo nunca había ido. Pero la quiero igual o más. Y no me olvido de cuando me quedaba con ella y era pequeñita, de ciertas cosas que sólo ella sabe cocinar, de que cuando me fuí a vivir con ella no me despertaba para que me fuera a la escuela porque creía que estaba demasiado cansada, de las blusas y suéteres que me ha tejido, de que ella sabía que me iba el día que me fuí... porque me sigue recordando sentada en la escalera de su casa, pidiéndole cariños a un perro.

La adoro - y especialmente esa parte de mí que a veces se parece a ella y mira al fotógrafo (o al mundo) con esos ojos de insolencia que sólo dan los cinco años. Feliz cumpleaños número 86, Bili. Gracias por estar.

25.12.09

Los ausentes

Anoche hubo cena de navidad en casa de mi abuela. Cumplimos el ritual de tener suficiente comida como para alimentar un batallón, de sentarnos alrededor de una mesa a escuchar villancicos y hasta de rezar - ateos confesos incluidos - para acostar al Niño Dios.

La pasé bien. Me gustó ver a mi familia. Me hicieron falta los ausentes: mi hermano haciendo una guardia, mis tíos que viven fuera de la ciudad. Pero me hizo más falta la ausencia de naturalidad al hablar de los otros ausentes: los exmaridos/exesposas, la pareja de mi tío gay, mi abuelo muerto. Supongo que uno no habla de lo que duele. O intenta no hacerlo.

La noche es de paz pero sólo con los que quieres que lo sea. Qué hacerle.