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18.4.16

Lunes, increíblemente, al sol


Este post casi comparte título con la película Los lunes al sol de Fernando León de Aranoa, que hablaba (entre muchas otras cosas) de aquellos que, al quedarse sin trabajo, pueden dedicarse el primer día de la semana a sentir cómo el calorcito y la luz les tocan la piel, mientras se preocupan, mientras buscan.

Yo busco y me preocupo - sí - también estoy a la búsqueda de la próxima oportunidad, de una vida nueva donde sobre todo escribo y me concentro y sigo eso que digo que es mi voluntad. Y parece que esas angustias llegan con más fuerza al inicio de la semana. El domingo era para descansar pero los lunes son para pensar, para ocuparse, para hacer. Hoy es lunes e, inesperadamente, de este lado del mundo también hay sol. Cada vez que le digo a alguien que vine aquí me preguntan por qué, se preocupan porque me hará falta el sol. Y yo también me preocupo por el sol, porque es una de las formas que toma la añoranza. 

Porque la falta de sol también me recuerda las otras cosas que me faltan, la gente que me falta, lo que quería hacer allá y ahora se quedó en intermedio. Pero sólo es un intermedio. No es el final de nada. Y abrir las ventanas y despertarse al sol es despertarse a las posibilidades... que están incluso donde crees que no las encontrarías.

Yo continúo con las posibilidades y las realidades del lunes - ya menos soleado pero igualmente prometedor. Y dejo por aquí una foto del socio, que también está disfrutando.



26.2.16

Lo tenemos escrito en toda la cara...

Se nos nota. Somos esos. Y la gente, a lo lejos, nos mira con una mezcla de dulzura, fastidio y envidia. Envidia porque somos esos, los que descubrimos lo que ellos ya no pueden ver. Los que en lugar de refugiarnos debajo del paraguas, del gorro, de la puerta más cercana, nos quedamos ahí, en la esquina, en la mitad de la calle. Y vemos con asombro cómo el cielo se convierte en agua se convierte en hielo se convierte en una cosa esponjosa, que no hemos visto nunca - o que si habíamos visto, hemos olvidado a voluntad para redescubrirla. Y es como una pluma, pero más bien es como un susurro o un haz de luz o ese momento donde más bien retienes la respiración porque hay algo en la vida que se te está escapando y quisieras que por un par de segundos más se te quede entre pecho y espalda.

Sabemos, imaginamos, que no durará. En otras latitudes, en otros momentos, el temor podría ser a que esto continúe durante horas. Para nosotros el temor es que los copos que se caen al suelo y se desparecen terminen, de pronto, se acaben.

Los que nos acabamos de mudar a los países del norte llevamos en la cara, todavía, la sorpresa. Sacamos el móvil y tomamos fotografías inútiles. Queremos quedarnos afuera, mirar como por un segundo parece que la ciudad se volverá blanca. Tenemos el asombro escrito en toda la cara: nosotros y los niños, los perros, los que se emocionan fácilmente con las cosas sencillas...

(Al entrar a casa, como era de esperarse, dejó de nevar. Y yo, sin embargo, siento todavía la caricia tan efímera de los copos en mis pestañas y espero que siempre, siempre, me siga sorprendiendo).