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14.3.17

Aquí, mañana se vota

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Pic. Dreamstime.doc

Entro tarde a casa la última noche de la campaña electoral. De camino, encontré en los autos estacionados en mi calle, propaganda del Partido Pirata - uno entre las más de dos docenas (¡dos docenas!) que se presentan a las elecciones parlamentarias que se celebran en Holanda mañana. Otra vez, inmigrante perpetua, no puedo votar por la gente que decidirá las políticas económicas y sociales que regirán mi vida en los próximos años. Y con temor, me asomo a las encuestas para saber qué me espera.


Mientras me quito el abrigo - la primavera se presume cercana, pero no instalada aquí aún -, Mr. G. me dice desde el sofá: "paciencia, chica. Es la última noche". Paciencia me pide, porque las últimas tres semanas la televisión de la noche en el país es casi exclusivamente política. Debates, programas de análisis, confrontaciones amables o no tanto entre los cabezas de lista de los partidos con posibilidades de representación. Apenas ayer por la tarde, los dos contrincantes encabezando las encuestas, (Mark Rutte, ministro presidente actual, del Partido Popular para la Democracia y la Libertad/VVD, y Geert Wilders, del Partido de la Libertad/PVV) se enfrentaron en el debate más esperado justamente en el Aula Magna de mi universidad. No entré en parte porque sabía que no iba a entender más allá del 40%, en parte porque había que pedir los boletos en un proceso del que nunca logré aclararme.

Pero el no estar adentro no me lo ahorró (lo vimos en la noche en casa, en diferido), ni me permitió ignorarlo. El Campus estuvo todo el día lleno de medios y de policía. De policía entre otras cosas porque el debate se celebraba el lunes después de una crisis diplomática histórica que tuvo a Róterdam en vilo todo el fin de semana. Erdogan, presidente de Turquía, molesto porque los holandeses no permitieron la entrada de sus ministros para hacer campaña por un referéndum para ampliar sus poderes, ha estado llamando al gobierno del país "facista" y "nazi". El sábado por la noche, en pleno conflicto, comencé a sentirme un poco asustada.

Los medios internacionales se han dado vuelo presentando a Geert Wilders, cabeza de lista del Partido de la Libertad (PVV), como el Trump Holandés.  No es sorprendente entre otras cosas porque el señor Wilders incluso llegó a hacer campaña para Trump el año pasado, porque los dos tienen una curiosa percepción de estética (por lo menos en lo que a grandes cabelleras rubiosas se refiere), ambos prefieren Twitter a cualquier otro media (también compartiendo cosas que no son reales), y porque una parte muy importante de su programa, de su discusión se centra en detestar al otro. Y para hacerlo más específicamente aún, identificando al otro como todo aquello que sea musulmán.

Temí desde el fin de semana especialmente durante el conflicto con Turquía porque, si bien no todos los turcos son musulmanes, hay una referencia mental a ellos más o menos directa aquí. Y porque además el argumento principal del señor Wilders es que una de las cosas que hace peligrosos a los turcos/musulmanes no sólo es su afiliación a una creencia religiosa, sino que la aparente relación directa entre esa religión, el terrorismo y una postura en general negativa a lo que sea la cultura occidental - o, en su versión local, la cultura holandesa. La crítica es que los turcos no se integran totalmente y eso es lo que los hace peligrosos para el país. Y el que estuvieran en las calles de Róterdam exigiendo que les permitieran celebrar un rally para un referéndum en Turquía, parecía estarle haciendo la campaña al señor Wilders.

Y mucha gente, desde mi punto de vista, se la ha hecho en esta carrera electoral. Hace un par de meses, muy al inicio de la campaña y queriendo justamente confrontar o ganarle votos, el presidente Rutte y su equipo de campaña decidieron publicar un desplegado que tomaba como leif motiv una frase muy holandesa: "Doe Normaal"- "Pórtate Normal". Básicamente, hacían un llamamiento a que todos los holandeses (sobre todo aquellos con doble nacionalidad, a los que vienen de fuera) se plegaran a la "normalidad" holandesa, a las cosas que son típicas de aquí. Esto era una respuesta directa a la discusión de Wilders de que la gente con doble nacionalidad, los musulmanes que viven en el país, no se comportan como los holandeses.

Siguiente pregunta, entonces: ¿qué es la holandesidad? ¿Cómo hace uno para portarse normal? Y lo pregunto mientras veo a Wilders agitarse en televisión en vivo en contra de la gente que tiene dos nacionalidades y no elige ser sólo holandés. ¿Cómo elegir, me pregunto yo? ¿Y elegir por qué? ¿No era una cosa muy holandesa lo de ser tolerante? ¿O se trata sólo de un discurso político para ganar votos, lo de la tolerancia?

Como ha pasado en Estados Unidos y podría pasar en otros países, el temor al otro, al vecino, al que viene de fuera, está al orden del día. El temor a lo que cambia, siempre. Porque este mundo cambia mucho, muy intensivamente. Y no todos los holandeses son tan progres como la imagen de Ámsterdam rodeada en una nube de cannabis hace creer. Hay gente que se siente olvidada, en peligro, debilitada frente a nuevas poblaciones. ¿Por qué? No me atrevo a dar un diagnóstico único - quizá la idea de que el cambio no siempre es bueno, que mejor siempre es lo malo por conocido, que lo bueno o aún más malo por conocer.

Sigo viendo el debate mientras escribo esto. Muchos, muchos, muchos hombres blancos de mediana edad como candidatos. Nada de diversidad aquí. Una sola mujer, Marianne Thieme, del Partido para los Animales. Un sólo joven, Jesse Klaver, de Groenlinks (literalmente "Izquierda Verde"), que además es marroquí-holandés, y ha sido relacionado ideológicamente con Bernie Sanders... aunque físicamente con Justin Trudeau. Y faltan tantos. Porque, como empecé diciendo, hay muchas opciones. Tantas, que los holandeses no conocen muchas de las que tienen.

Y eso, en realidad - la noción de un país con una democracia multi-partidista - es lo que me calma en el momento que entro en pequeños pánicos. Porque aunque el señor Wilders ganara mañana la elección (tuviera el mayor número de votos), tiene poquísimas posibilidades de poder conseguir una coalición para gobernar. Y el señor Rutte ayer, en el debate, usó una frase que aún en mi holandés macarrónico pude entender: al preguntarle si haría algún acuerdo de gobierno con Wilders, dijo que "Niet, nooit, niet" ("No, nunca, no").

Entonces: no me preocupo ahora por un inminente gobierno holandés que vaya a comenzar a echar a los inmigrantes - como yo, como otros - fuera del país. No me preocupo porque un rubio con un terrible gusto para peinarse esté como jefe del gobierno. Me preocupo, sin embargo, de que los holandeses que pueden ir a votar mañana no lo hagan y dejen pasar la oportunidad de crear gobiernos y oposiciones más fuertes. De que los holandeses pierdan la fe en que la democracia sirve para algo más que sólo instrumentalizar el odio y o el miedo. De que los holandeses, mis vecinos, se olviden que toda Europa (y el mundo) los mira con un poco de temor a un deja vú, a un Netherlands First (o Second, para reírse), que confirme un giro hacia un mundo en el que preferiríamos no vivir... por lo menos los que hemos decidido que las fronteras son poco justas para lo que pasa en nuestro corazón.

Hoy terminé mi clase con una arenga electoral y mañana haré lo mismo. Con un "vota por mí" como los que promoví en su momento en Cataluña y en España en general. Porque bueno, cosas de académicos o idealistas quizá, yo todavía creo en que el diálogo democrático tiene capacidad de arreglar cosas... aunque justo ahora parece que Rutte y Klaver tampoco pueden hablar de forma tranquila... por lo menos no en este debate.

para Juan Larrosa, que me jaló las orejas y me recordó lo que me gusta escribir de estas cosas. para el que viene, que se enfrentará a lo que nos dejen los votantes mañana.

3.6.15

Por qué creo que #hayquevotar

Por andar trabajando en asuntos de la democracia, este domingo me perderé por segunda vez la oportunidad de votar este año. No estuve en Barcelona para las municipales y no estaré en Guadalajara para las intermedias. Lo del trabajo no es excusa: es una confesión de algo que me da vergüenza y una cierta tristeza. Sobre todo porque mis dos países, mis dos ciudades, están sufriendo lo que en inglés se llama growing pains - los dolores del crecimiento - y yo me até de manos y no puedo hacer nada para participar.

Este domingo todo México vota. El otro día leí un recuento en un artículo de José Blanco en La Jornada: en un solo día, el país - 83.5 millones de potenciales votantes - va a elegir "500 diputados federales, nueve gobernadores, 639 diputados locales, 903 presidentes municipales y 16 jefes de las delegaciones del Distrito Federal". Eso es mucha gente pagada por el estado. Mucha gente que, en teoría, quiere trabajar por un país mejor.

Se acerca el día y aunque por fin se callaron un poco las campañas (y las guerras sucias), en la red sigue hirviendo. Y en los próximos días las voces más fuertes llamaran a la anulación, a la abstención, al olvido. Y a mi me pesa, tremendamente, pensar que en mi ciudad natal un payaso - y no en el sentido figurado) - tenga la elección tomada por rehén. Y saber que cientos de personas están convencidas de que su voto no vale, que no tiene sentido, y que piensan que no decidir es la mejor decisión.

Un lustro después de dedicarme a diseñar y gestionar herramientas para el voto consciente e informado - como el recién estrenado Voto Radar en Nuevo León con patrocinio de El Toque/RNW - cada vez que se acerca la elección me encuentro igual de nerviosa e irascible. Porque me parece increíble que aún sabiendo que la democracia es un sistema imperfecto, el menos peor como dirían Churchill y mi compadre, decidamos tirar la toalla. Hay mucha gente que vota sin reflexionar en su voto: vota efectivamente por una mochila, una despensa, una botella de tequila. Y los otros, aquella gente que entiende el potencial valor efectivo de su voto, a veces está convencida de que usarlo como arma arrojadiza (u objeto de berrinche) es más efectivo.

Lo que cambia, pienso yo, no es anular ni dejar de votar. Es confiar en aquellos independientes que llegan a las candidaturas. No todos los independientes, no todas las candidaturas ciudadanas: aquellos que tienen visos de hacer que algo se mueva. Como Podemos en su momento y Ada Colau en el suyo que, por lo menos, han hecho rabiar al establishment local y salirse un poco de su discurso oficial. Como Pedro Kumamoto en Zapopan, que con un montón de estudiantes y una página web y muchas, muchas kumacalcas están haciendo pensar a una ciudad conservadora y temerosa que puede haber una salida...

Pero no todas las independencias y los independientes por si mismos valen. Alguien me preguntó si el Bronco quería la "independencia" de Nuevo León como se ha luchado - por lo menos en el discurso - por la Independepencia en Catalunya. No, Nuevo León no quiere ser un estado separado de México. En teoría, quiere ser un estado diferente de México: con menos corrupción y menos políticos. Cómo se va a hacer eso todavía no queda del todo claro. "Con huevos", dice el candidato. Me recuerda mucho al discurso de que "cualquier cosa sería mejor que ser parte de España".

No creo en que las independencias o los independientes sean por si mismos mejor que cualquier otra opción. Creo que tienen que pasar por la "prueba del añejo" y ver qué tal va: y creo que es justo que los ciudadanos que en consciencia crean que vale la pena dar la oportunidad, la den. Me parece más justo dar una oportunidad y luego hacer seguimiento que hacer una pataleta: "no voto porque nadie me convence", "anulo porque todos son unos payasos", es desde mi perspectiva la actitud de sentarse en una esquina y ladrarle a la pared para ver si cambia.

Necesidad de cambio hay. Y a veces, a través de las triquiñuelas y las luchas electorales, parecería que también hay posibilidad de cambio. No he ido a votar, pero miro por las ventanas de mi nuevo barrio en Barcelona - Nou Barris, donde la Colau ganó por goleada - y espero que las expectativas de mis vecinos que sí ejercieron su deber cívico se vean por lo menos medio satisfechas. Y miro por las ventanas virtuales a mi país natal y cruzo los dedos - y el corazón - para que aquellos que pueden hacer un voto consciente lo hagan y le den al país, a la confianza, otra oportunidad.

7.6.12

Rumbo a las elecciones: hablemos de miedo

Ahora que tenemos todos los días muchas horas de vida digital, podemos caer en el engaño de imaginar que realmente lo que pasa allá afuera es reflejo de lo que pasa en nuestro muro del caralibro. La verdad de las cosas es que sólo 40 millones de mexicanos están conectados a Internet y hay una parte muy importante de la población que no pasa por las acciones - buenas y malas - que se han visto en las redes sociales en los últimos días.

Sin embargo, conforme se acercan las elecciones, voy viendo más claramente como una vez más, nos gana el discurso del miedo. Miedo a que el candidato 1 vaya a terminar por corromper al país. A que el candidato 2 lo convierta en terreno de la desesperanza y el comunismo. Miedo a que continúe la violencia porque la candidata 3 continuará con los mismos métodos de su antecesor. Miedo a que quien quede presidente, como si fuera una entidad todo poderosa, arrase con el país.

Criticamos mucho las campañas "basura" que los candidatos han hecho en todo el país, como siempre pintando bardas, regalando despensas, gorras, camisetas y hasta maquillaje. Entre los que tenemos esas necesidades cubiertas, que no necesitamos que nos regalen una despensa porque - vaya suerte - podemos pagarla, el negociar con el miedo es más o menos la misma cosa. Vamos a la pirámide de necesidades de Maslow y picamos ahí en donde el futuro o la autorrealización. No es un picoteo formal: es la noción, la creación del miedo. 

Yo, como todo el mundo, tengo mis motivos para votar por uno o por otro. Pero no me parece válido hacer proselitismo a partir de la intimidación y la creación de dudas sobre el bienestar futuro. No creo que sea justo ni inteligente (mucho menos maduro) que a lo más que pueda llegar nuestro discurso sea a amenazar, como si habláramos del "roba chicos" o "el coco". Al final, creo que los partidos están logrando lo que les conviene: que la vida democrática y el concepto de participación se resuma a concentrarnos en la elección de una sola persona - sin que después hagamos un seguimiento de lo que hacen "los demás".

He aquí el matiz: ningún presidente bajo las leyes de México es todopoderoso. Todo lo que pasa durante el sexenio de una persona no es única y exclusivamente su culpa. ¿No se supone que vivimos en un país con tres poderes separados? ¿Entonces?

Exigirle o imputarle a los presidentes - incluso peor, a los candidatos a la presidencia - responsabilidad absoluta sobre lo que pasa en su mandato es muy poco razonable. Sería como si efectivamente se erigieran dictadores, pasaran olímpicamente de las Cámaras, del Senado y tomaran todas las decisiones por si mismos.

Yo tengo la triste impresión de que, fuera de la guerra contra las drogas famosa, tenemos un país absolutamente paralizado. Entre otras cosas, paralizado porque el Congreso ni presenta leyes que sean relevantes y cambien la vida de los ciudadanos ni crea un entorno para que cualquier legislación realmente relevante se aplique. No es el presidente al final - son todos los niveles de política que no se ponen de acuerdo en tra-ba-jar al servicio del ciudadano.

Mi última de hoy: no somos nadie. Y no somos nadie tampoco para establecer los principios morales de todos los mexicanos ni de todo el mundo. No estoy diciendo que abramos la veda para que nos podamos matar los unos a los otros, pero hay asuntos de salud pública (drogas, aborto, prevención), sociedad (matrimonio gay, divorcio exprés, escuelas laicas) y legalidad en general en las que no tenemos que estar necesariamente de acuerdo y que no generan efectos avalancha. Si las puertas están abiertas, no es para que salgamos todos corriendo - es para quien quiera salir, no se estampe en el camino. Está bien dejar las puertas abiertas, es el justo respeto al otro. Ahí soy fan de Voltaire: "Pensad por cuenta propia y dejad que los demás disfruten del derecho a hacer lo mismo."

28.5.12

Rumbo a las elecciones: los dueños de la primavera

Desde hace unas semanas, mi casa está llena de flores. Algunas fuí a comprarlas a posta, pero otras son el anturio, la orquídea y la cuna de moisés que - a pesar de mis malos oficios que a veces las dejan sin agua durante días - sobreviven en casa y cuando comienza a salir el sol con más fuerza deciden que también ellas quieren florecer.

Me encanta que florezcan y que, por estar en mi casa sean mías: sería incapaz de colgarme la medalla de que yo hice surgir la primavera.

México vive una primavera inusitada. Miles de personas en las calles, demandando responsabilidades, firmeza, continuidad, claridad. Un movimiento que me emociona porque quienes están ahí tienen nombre y apellidos: son jóvenes, algunos universitarios, todos dispuestos a identificarse y a dejar de lado la comodidad del anonimato que ha hecho perder la fuerza a tantos movimientos y manifestaciones en México.

Hace doce años que me tocó por primera vez a mi votar para presidente había también un cierto tipo de emoción similar: la que te recorre el cuerpo porque parece que vas a lograr un cambio de gobierno - el que sea. Hoy sabemos que no se trata de "cualquier" cambio - se trata de un cambio razonado y firme. Y lo más importante, lo que más pesa: es que esa gente en las calles lo que quiere no es sólo quejarse, sino dejar claro que la ciudadanía está observando. Que nos hemos dado cuenta. Que no somos tontos ni nunca lo hemos sido. Y que va siendo hora de que los "poderosos" también sepan que hay quienes pueden cuestionar su poder.

Me emociona, desde Barcelona, que el movimiento se declare apartidista pero no apolítico. Parece que algo han aprendido de las otras primaveras - que no sólo se trata de quejarse, sino de quejarse y colaborar. El año pasado, en pleno incendio del 15-M en Barcelona, comenzó a asaltarme una duda y una gran preocupación: tenía la sensación de que muchos de esos "indignados" mostrarían su "indignación" no presentándose a las urnas. "No estoy de acuerdo con eso, no va conmigo, no voto". Resultado: no una "ola azul" como se llamaba a veces a la que llevó al poder al PP, sino una participación tan baja que otorgó a Rajoy una victoria aparentemente rotunda pero no en número absoluto de votos. Pero victoria al fin.

Me da por reir ahora que veo en algunos foros virtuales: "que no te engañen - #yosoy132 no es un movimiento de López Obrador". No, no es un movimiento de López Obrador - es algo que va más allá de un partido. Es un movimiento de aquellos que están razonando su voto, que están argumentando con hechos reales en el pasado, que no quieren más un discurso puramente mercadológico: que esperan un compromiso con el país.

Quedan por darme la razón los índices de participación, pero lo que me emociona de esta primavera mexicana es que creo que veremos un resultado claro de ella: un alud de participación juvenil, que dará a estas elecciones legitimidad y que puede, incluso, cambiar lo que parece un resultado "cantado". Y más allá de eso, una generación con mayor consciencia ciudadana que está haciendo despertar a las anteriores, acompañándolas no sólo a las urnas, sino a un sistema de mayor gobernanza, para bien del país.

Sí: puede que esté pecando de optimista. Pero creo que hay cosas que cambiarán, no por la fuerza de los partidos, sino por la de la gente pensante. Las flores que hoy adornan mi casa me llenan también de esperanza y me demuestran una cosa: no hay nada más poderoso que la naturaleza revolucionaria de la primavera.

7.5.12

Rumbo a las elecciones: prometer no empobrece

Confieso que no he visto aún - problemas del diferido - el primer debate de los candidatos a la Presidencia de México. Confieso también que con las micro-crónicas y votantes-mutantes que estoy viendo en las redes sociales, tampoco me genera mucha emoción hacerlo.
Al parecer, no hubo sorpresas: todos instalados en el ataque, en el auto-bombo (que dicen acá) y tirando de las características de personalidad que los caricaturizan - el galán, la sosa, el populista. Y uno que "se salió del guión": el señor de los Cuadritos. El galán intelectual. El nuevo de la barrio.
En las últimas semanas he estado pensando mucho qué voy a hacer con ese sobrecito que el IFE hizo llegar a mi casa al parecer hoy (si lo quiere dejar la mensajera con mi compañero de piso - sino tendré que ir a buscarlo a una oficina para afirmar que sí soy yo la que quiere votar). Mucho además porque yo trabajo con este tema: con lo de la participación, la información, el compromiso ciudadano, el compromiso de los partidos...
Después de un montón de años escribiendo una tesis al respecto, me reservo un buen cargamento de escepticismo. Afortunadamente tengo muy cerca de mi a un anarquista que de vez en cuando me da una sacudida ideológica y aunque no defiendo la democracia directa para todo (ya hablaremos), sí me parece importante la participación en las elecciones.
Entonces: no siendo ni anulista, ni abstencionista, ni blanquista... ¿qué hago?
Se me ocurren un montón de cosas - la primera en la que quiero reflexionar hoy es aquella frase tan bonita de los abuelos de que "prometer no empobrece". Veo a algunos de mis "amigos" de redes sociales entusiasmados con el discurso propositivo del señor de los Cuadritos. Sí, seguro. Yo estoy convencida de que es el que tiene el programa más coherente y mejor escrito. Con una salvedad: no tiene NINGUNA posibilidad de ganar.
Lo más curioso es que este señor es el jugador frontal de un partido cuyos fundadores no se han distinguido por seguir la opción del diálogo, apostar por la calidad o por las decisiones más buenas para la mayoría. ¿Pero saben qué? Pues está bonito poner a alguien que hable bien y prometa el cielo, la luna y las estrellas. Y que levante la mano el que nunca se haya enamorado (aunque sea fugazmente) de alguien con quien "nada podía ser..."
El señor de los Cuadritos puede proponer y hablar muy bonito... logrando con eso una interesante atomización del voto. Vamos a llevarnos unos indecisos más de este lado, porque no... Pero de nuevo, no hay que olvidarse que a las elecciones no se presenta una persona: se presenta una maquinaria de partido, una fuerza ideológica y una serie de acciones claras.
Quizá el señor de los Cuadritos sí hizo una cosa muy importante ayer, sin embargo: en contraste, puso en evidencia a unos partidos "consolidados" pero incapaces de contarle al ciudadano sin gritar-correr-ni-empujar cómo se puede mejorar al país. Un plan.
Él tenía un plan. Los otros, muchos nervios. Uno puede tener un plan cuando no tiene nada que perder.

4.11.11

Campaña, Día 1

Hoy me despertaron dos cosas: la lluvia, que caía con una especie de rabia sobre el pequeño techo de plástico que hay en el balcón de mi habitación y un profundo dolor de estómago. Me hizo acordarme de una cosa: de terminar (o casi terminar) los exámenes finales, o los exámenes de admisión a la universidad y que todo mi cuerpo me dijera que ya estaba, que había que parar.

Pero no siempre se puede parar. Mientras escuchaba la lluvia pensaba en la noche de ayer, cuando frente a un grupo de exalumnos de la escuela Science-Po de París presenté, por primera vez en el año, elecciones.es. ¿Que qué es eso? Pues en realidad una de las partes más importantes de mi vida: una muestra de las cosas en las que quiero.

Hoy comienza la campaña electoral para las elecciones del 20N en España. Desde que el año pasado sacamos por primera vez elecciones.es, mi manera de vivirlas siempre es diferente. Siempre tengo la esperanza de que por lo menos un desencantado decidirá ir a emitir su voto, que alguien que nunca habla de política hablará de ello en casa, que se iniciará un debate en algún aula que no tenga que ver con el peinado del candidato, sino con sus propuestas, o su falta de ella.

Me sigue doliendo un poco el estómago - creo que es la tensión de los días anteriores. Y la emoción de ver en Twitter, en Facebook, en la cuenta de correo, el goteo de mensajes. No importa si dicen que lo hacemos bien o que somos unos vendidos (no sabemos a quién, pero vendidos): lo importante es funcionamos como despertador. Como esa lluvia y ese dolor de estómago - que te dan a pensar.

21.5.11

Recursos limitados

Cara a las elecciones, de pronto pareciera que todos podemos decidir. Sobre todo en un entorno como el que hay ahora en España: con las manifestaciones múltiples, las acampadas, la reconquista ciudadana del espacio público.

Lo cierto es que habemos algunos que no podemos decidir - esos que, estando lejos de nuestro país de origen, no somos literalmente ni de aquí ni de allá. Porque allá ya no podemos votar (al menos no en la mayoría de las ocasiones) y aquí, aunque se nos cuenta para pagar los impuestos, no se nos cuenta para decidir quién y en qué se los gasta.

Quizá por eso miro con especial escepticismo las acampadas: hay una parte de mi corazón que tiene un miedo confirmado por mis muy personales y limitados sondeos de opinión al respecto de que muchas de esas personas que están ahí no van a hacer uso de un derecho, de un recurso limitado - su voto. Porque están convencidos que el sistema no funciona y por eso están ahí para denunciarlo. Y también para perpetuarlo.

En términos muy simples veo dos maneras de cambiar un sistema: o generando una crisis tremenda que lo haga caer (veamos las revoluciones jazmín) o dándole un golpe de efecto desde adentro. Sí, el golpe de efecto puede ser más tardado pero tiene una ventaja: no incluye derramamiento de sangre. Hay una parte importante de la población que no tiene ningún interés en que el sistema actual cambie de raíz e incluso está dispuesto a pelear para que se quede así, para que se le conserven ciertos privilegios y ciertas seguridades - algunos pocos van y se querellan directamente con los manifestantes y otros están en sus casas, en sus sillones, en sus terrazas, hablando mal de ellos.

No se trata de criticar a quienes están en la acampada - creo que en el fondo la idea es buena, la demostración de poder de convocatoria ciudadana es magnífica y esperanzadora. Pero el poder real del ciudadano está también en ese recurso limitado que es el voto - en esa posibilidad de hacer que un partido pequeño gane otro escaño u otro partido más pequeño aún logre subirse de puntitas a la representación en los gobiernos. En la posibilidad de la alternancia incluso entre los partidos mayores que rivalizan. Quizá no cambiarán nada pero por lo menos garantizarán un poco más de diálogo y movimiento - la inclusión de otras caras, como reclaman los acampantes.

Es verdad, España está cansada y asustada frente a la crisis. Todos esos parados, todas esas subidas de precio, todos estos pisos vacíos, todo ese desconsuelo. Pero a veces me parece que en este país - y en tantos otros, sobre todo latinos - nos conformamos con quejarnos. Mientras más alto, mejor. Ponerle a otros el letrero inmenso de CULPABLE. Y quedarnos tan anchos. Y con eso ya nos parece que hemos pasado de la indignación a la acción.

Creo que uno de los primeros pasos a la acción es el voto, responsable, razonado. No en blanco porque favorece a los grupos que ya están representados. No abstención porque implica derrochar ese recurso limitado que algunos otros quisieran tener. Me acuerdo ahora de mi mamá regañandome cuando miraba aburrida un plato de judías verdes: "¿sabes cuántos niños no tienen para comer y tú no quieres comerte esto porque no te gusta?".

Me permito usar ese símil un poco simplista y sensiblón: si tú no quieres usar tu voto, acuérdate que es un recurso limitado. De que habemos algunos a los que sí nos gustaría ver entrar a otro partido al Parlamento, que haya movimiento. Que nos gustaría votar.

Si estás en España este domingo y no quieres votar por pereza o porque no crees que cambie nada, por favor, piensa en mí. Vota en mi nombre. Ese recurso limitado yo quiero aprovecharlo. Es la única manera que las consignas de las acampadas perduren y cambien el curso de nuestras realidades. Las palabras, los videos y las fotografías, por más que sean hermosas y significativas, se quedarán en el universo de Internet y se perderán eventualmente. Un voto no. Un voto va a los gobiernos municipales o autonómicos - va a hacer acción.

Date la oportunidad, dale la oportunidad a otros. A mí, por ejemplo.

11.5.11

Mi asunto con los políticos

No es que "no me caigan bien": hay algo que me molesta fundamentalmente de verlos empapelar las ciudades en las que he vivido con sus caras orondas y sonrientes, como si fueran estrellas de rock. Últimamente, además, me molesta - profundamente - que sus campañas no son propositivas: que se convierten en una gimcana (preciosa palabra en catalán que quiere decir juego con obstáculos o rally) a ver quién le saca más trapitos sucios al otro o quién lo insulta mejor.

Eso me molesta.

¿Cuándo has elegido un médico porque es el que mejor sabe lo que falla en sus competidores y te lo dice? ¿Cuándo un dentista porque te cuenta secretos de cama desde más allá? ¿Cuándo un mecánico porque te dice que a él su abuelito sí que lo quería y no a los otros?

No. Me niego. Los políticos son profesionales, gente a la que otorgamos a través del voto la capacidad para tomar decisiones en nuestro nombre y, se supone, en nuestro bien. Por eso y sólo por eso no puedo votar por alguien porque "sea guapo" o porque "parezca bueno". Me gustaría votarlo sabiendo más o menos qué es lo que propone, de qué cosas está a favor y con qué otras está en contra.

Tengo un montón de años ahora (como cuatro) debatiéndome con una tesis doctoral al respecto, que desde el año pasado tiene cara y ojos: www.elecciones.es. No he entregado la tesis, pero gracias a ciertos ángeles de la guarda mi investigación se ha convertido en algo útil que (espero) puede ayudar a la gente a reflexionar un poquito detrás de los tupés, los ladridos y el mundanal tiradero de fondos públicos y privados que son las campañas.

No me des un globo - dame una respuesta. Eso me gustaría decirle a cada político. Y a los amables lectores que se pasan por este casi abandonado blog (nos metimos en hacer ¡17! plataformas para este año) avisarles que casi estoy de regreso - y que ahora les pido que se pasen a ver nuestra página.

También la política es cosa nuestra. Siempre lo ha sido. Es mi asunto, cómo no.