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21.9.15

La sala de espera (61)

Hablaba con la psicoterapeuta sobre todas las decisiones que de pronto tomas y te cambias la vida. Hacía meses que no nos veíamos porque, como diría una amiga mía, he estado en mi mejor versión de Willy Fog. Y en este momento, en esta locura, ha cambiado tanto, demasiado, mucho.

Y conversando-conversando salió la cosa de las decisiones. De cómo uno está a veces en una especie de sala de espera y alrededor hay muchas puertas que puedes elegir. No hay una puerta correcta. Simplemente cada puerta, cada decisión, te llevará a un sitio completamente diferente. Puedes abrir las puertas: mirar que hay dentro y no decidir. Estar en la sala de espera. A veces incluso te compras un sofá muy cómodo y vas dando vueltas con tu sillón, para ver todas las puertas... sin entrar en ninguna. Esa es  - diría Rush - una decisión también: no tomar ninguna.

Cuando, finalmente, decides entrar en una puerta - dejar atrás la comodidad de tu sillón de la sala de espera - da miedo, pero también da gusto... aunque a veces vuelvas la vista atrás y pienses en las otras opciones... e incluso te plantees volver al sillón... a ratitos.

En los últimos días, desde mi sillón, miro mis puertas abiertas... e incluso algunas cerradas. Y me gusta a ver cruzado sus marcos en su momento. Y espero que, por más cómodo que sean los sillones que me encuentre en el futuro, sea capaz de siempre decidirme por alguna.

La tesis: es la espera. Mi director de tesis no está muy seguro cuando podrá decirme algo. Yo tampoco sé si estaremos a tiempo así que busco formas de solucionar. Porque se puede solucionar. Es una cuestión de diseño, al final.

2.10.14

Una cita

La primera vez que lo hicimos, yo no sabía muy bien qué esperar pero estaba confusa casi por todo y agradecía de buen grado cualquier guía. Ella me había ofrecido hacer eso por mi después de una reunión de trabajo a la que, creo, llegué con los ojos hinchados de llorar. Días después, sentadas en el café de un hotel, M. sacó una serie de papeles y comenzó a leerme mi carta astral. Sol en Capricornio, luna en Leo y luego un montón de cosas más que no dejaban de sorprenderme y de las que, la verdad, no puedo acordarme. Guiada por una serie de trazos, me explicó mi relación conmigo misma, con mis padres, con mis parejas, con mis trabajos, la situación en la que estaba, lo que me deparaban los siguientes años. Entonces comenzamos un diálogo - ella me preguntaba cosas y yo encajaba los detalles. Yo preguntaba algo y ella me daba la explicación. A partir de ahí hablamos de un millón de cosas más... y la consulta se extendió toda la tarde y me hizo creer, de otra manera, en el universo.

Durante muchos años antes de ese día yo le tuve miedo a los horóscopos y a la astrología en general porque eso de adivinar el futuro es pecado. Pero conforme fui creciendo y descubriendo que muchas de las cosas que son pecado también son muy divertidas, aflojé mi postura (mi luna en Leo, seguramente, obrando en mi favor). No se trataba de ser necia ni desobediente: descubrí que lo de mirar las estrellas así era otra manera de buscar preguntas... y por supuesto respuestas. Me divertía, pero sabía poco. Me dediqué a leer sobre ello. En algún momento de crisis en la redacción de un periódico, armada de un almanaque lunar, escribí los horóscopos un par de semanas hasta que contratamos a un astrólogo de verdad. Luego recibimos cartas pidiendo los míos: parece que mis "predicciones" eran tremendamente optimistas y eso, bueno, gustaba. Pero lo mío era totalmente amateur: M. sabe, de verdad, con seriedad. Y es magnífico ver en sus ojos lo que descubre.

Hace unos días nos volvimos a ver, corriendo. Habíamos dejado pasar un par de años entre la última consulta y esta vez, por primera vez, no llegué hasta ahí con una angustia. Iba en realidad a verla, a darle un abrazo, a pedirle un contacto de trabajo, a tomarme una taza de café, a hablar de todo lo que ha cambiado desde la última vez que salí de esta ciudad con un plan de viaje de dos meses y pico, a buscar algo que (ahora empiezo a verlo) en realidad llevaba en los bolsillos del pantalón. "Vas a buscar preguntas", dijo mi terapeuta. Y volví con las preguntas, con algunas respuestas, y con unas ganas locas de buscar más preguntas - because that's the name of the game, baby. Según hablábamos, M. me contaba de las cosas que están bien aspectadas y no en los próximos meses: de cómo mi personalidad dual se va a encontrar discutiendo cosas básicas. De cómo ahí mismo también aparece que mi madre estará muy bien y en el futuro, habrá cambios. Muchos cambios. "Lo único que puedo decirte es que veo movimiento... nada fijo, nada estático. Más movimiento. Ya luego tendrás años de calma pero ahora te toca moverte... y reconciliar lo que necesitan tu sol y tu luna".

Como siempre, acabamos riéndonos. "Tú tienes un rollo o un noviete por ahí". "Que no". "Que sí, que aquí hay algo". "Pues es que no". "En tu viaje". "Ah... en el viaje...". Entonces le conté una cosa que fue divertida y probablemente lo menos pensado/reflexionado que he hecho en mi vida - con lo que me reí y disfruté como nunca. "Ves... tu luna en Leo. Eso tiene pinta de lo pasaste muy bien. Y con cosas como esa, con algo así, te lo vas a seguir pasando muy bien". Me sonreí y aún me sonrío al escribirlo. Esté escrita en las estrellas o no, una predicción como esa no puede más que emocionarme.

19.6.14

Ese animal moribundo

"Intenta imaginar la tesis. ¿Puedes ponerle un cara? ¿Puedes verla? ¿Qué es? ¿Cómo se ve?".

Mi primera impresión es que la tesis se ve como una especie de bloque de papel malencarado sentado en una silla, con brazos y piernas de palo. Mira con mala cara... con ojos de "me estoy riendo de ti". Pero no es eso: eso es sólo el disfraz de halloween de la tesis que es otra cosa muy distinta.

Todo parece indicar que, en mi subconsciente, hay un zoológico. Cada vez que hago ejercicios de visualización, me encuentro hablando con gatos, gorilas, pájaros de colores... y ahora un perro. Un perro que gruñe mucho.

"¿Por qué gruñe?"

Está asustado. Sabe que algo le va a pasar cuando se enfrente a un tribunal, a la gente, a las cosas. Y se esconde. Y gruñe. Y me hace pasarlo mal porque no puedo ayudarlo... porque me siento un poco atada de pies y manos. Temo que me muerda o que muerda a alguien más y lo dejo ahí, gruñendo, triste y adolorido.

De pronto me queda claro que es un animal moribundo - no nos queda demasiado tiempo, no iremos a ningún sitio juntos más allá de aquellos en donde ya hemos estado. Alguna vez estuvimos en un trance de dolor y se acuerda... y me lo reclama. Aún le quedan energías para gruñir, para darme batalla, para perseguirme en las noches que trato de dormir con él a mi lado. Y en lugar de enfrentarlo y llevarlo al médico, ponerle una inyección, cualquier cosa... lo dejo gruñir.

"¿Y qué puedes hacer por él? ¿Puedes dejarlo ahí? ¿Quieres dejarlo?".

La cosa es que quizá, en el supuesto, podría abandonarlo. Podría llamar a la perrera y pedir que pasen por él, que alguien más se haga cargo. Encerrarlo en el patio y dejarlo medio morir. No alimentarlo más. No hacerle caso. Pero no sería yo - continuaría escuchando, aún del otro lado del mundo, su gruñir incesante.

Toca llevarlo al médico, ponerme los guantes y sacarlo a la calle, darle algo para el dolor. Necesito hacerle entender que no quiero que le duela más - que me interesa más que a nadie que esté tranquilo.

Pero cómo. Cómo le dices eso a un perro que se alimenta de estadísticas, datos e interminables textos. Cómo le haces entender que lo quieres, por sobre toda las cosas, es que esté tranquilo. Para quedarte tranquila tú, de una buena vez.