9.1.24

A una semana

Hay mucha gente que tiene crisis al final de año - con las uvas vienen también las notas de lo que uno hizo y dejó de hacer. A mi no me llega el 31 de diciembre porque muy pronto - un par de semanas después - cumplo años. Y entonces comienza mi crisis.

No siempre me doy cuenta - a veces estoy un poco distraida en mi drama cuando descubro que he hecho un drama de que no me caben ciertos pantalones o de que - otra vez - no terminé de escribir la novela. O el libro de cuentos. O la carta aquella. O los trámites que me pesan como piedra de ahogado.

Ayer, en sesiones consecutivas de yoga, me quedé dormida. Y mientras dormía, a ratitos, soñaba en las cosas que se quedaron sin terminar. Miraba los años que me vienen y me imaginaba que quizá lleguen con más remordimientos que felicidades. Quién sabe qué será, pero por hoy, será extraño.

El domingo, antes de entrar de regreso de la vacaciones de invierno, la criatura hizo una pataleta de esas que sólo nos permitimos en público (específicamente con nuestros padres geriátricos) a los seis años. Llanto, rabia, desesperación. Esa criatura que aprendió a leer en tres meses argumentó que a él ya no le gusta la escuela. "No quiero ir, no quiero levantarme temprano, no quiero hacer nada. ¡Yo lo quiero es ser libre!".

Me parece a mi que los días que me quedan en enero entre las fiestas y mi cumpleaños son como el domingo antes de volver a clases. Y me pregunto porqué estoy haciendo este trabajo, en este lugar, porqué estoy criando de esta forma, y preocupada por estos temas. Todo sobre mí - en lugar de estar pensando en las crisis interminables que corren como ríos por el mundo. 

El drama es un acto de egoísmo y de re-centrarse, de encontrarse otra vez en aquello que ver-da-de-ra-men-te habíamos querido ser. Y aquí estoy, en este blog que es como una historia olvidada, haciendo la pataleta cerca de los cuarentaycinco y pensando que había muchas cosas que hubiese querido - o que creo que hubiese querido.

Los cumpleaños son en realidad un trago amargo de suero de la verdad.

17.3.23

Primer día sin Nora

Mucha gente conocía a mi madrina Nora. Era médica, dio clases en la Universidad durante años, estaba activa en movimientos sociales con sus padres, tenía una capacidad enorme para crear comunidad a su alrededor. No me acuerdo plenamente de mi existencia sin que ella, mi padrino Alfonso y sus hijos estuvieran ahí. Ella y sus hombres fueron mi primera familia elegida, donde siempre me sentía bienvenida. 

Nora hizo por mí algo que no tengo forma de agradecer: me acompañó a ser mujer, me enseñó a ser sorora. Aunque no nos veíamos con frecuencia, ni nos hablábamos muchísimo, yo sabía que ella estaba por ahí y no me juzgaba nunca. Lo supe desde que me acuerdo y hasta hoy. Hablé con ella de salud sexual, de política, de amistad, de noviazgo, matrimonio y divorcio, de pérdidas y recuperaciones… Si cierro los ojos e invoco su voz, la recuerdo con esa calidad apaciguante que siempre tuvo en mí. La capacidad de darme tierra, camino firme, confianza para seguir.

Hace poco más de un mes que nos vimos para desayunar y yo sentí que ella había hecho un esfuerzo que estaba más allá de lo que le permitía su cuerpo. Nos miramos varias veces a los ojos como sabiendo que era necesario recordarnos así, mirándonos fijamente, sabiendo quiénes éramos y quienes habíamos sido. Pudimos sostenernos un segundo y decirnos en ese abrazo, y de viva voz, que nos queríamos mucho. Nora nunca tuvo miedo decir que me quería mucho y se lo agradeceré siempre. Al salir del café donde desayunamos, vi la única flor de jacaranda que se me presentó esos días en Guadalajara – mi flor favorita que, como en un milagro, se adelantaba para que yo la viera. O para que la viéramos juntas. 

No sabíamos – o quizá sí, pero no queríamos decírnoslo – que también nos estábamos despidiendo en este plano. Que esa era la última vez que podría rodearla con mis brazos y decirle lo mucho que la quiero y lo mucho que siempre agradecí que estuviera para decirme que el camino correcto era el que yo eligiera.

Comienzo esta mañana sabiendo que anoche dejó su cuerpo: ese cuerpo menudito y luchón, que siempre se ponía de frente para defender lo que pensaba justo y necesario. Me gustaría decir que tengo miles de fotos con ella, pero no: lo que me queda es la memoria de su cuerpo, su voz y su presencia. Me faltan brazos para llegar a sus hombres y decirles que también a ellos los quiero como la quería a ella, y que nunca se me irá del corazón, del cuerpo y de la forma de vivir. Gracias, madrina. Cómo te vamos a extrañar.  

23.11.22

Motivos (para volver)

Programé el viaje a Venecia en el último minuto, no dispuesta a perderme una Biennale. Léase esta frase como declaración absoluta de privilegio: desde 2007, cuando una de mis más queridas amigas me llevó a ver la exposición de arte contemporáneo, no me la he perdido una vez. Sin quererlo, se convirtió también en un símbolo de las cosas que puedo, y necesito, hacer sola para encontrarme. Sea símbolo de lo que Venecia hace conmigo el hecho de que a menos de 24 horas de haber llegado a la ciudad me dí cuenta que había perdido mi reloj. En lugar de entrar en pánico, decidí usarlo como salvoconducto para retrazar mis pasos de la noche anterior, caminar por las mismas calles, cruzar los mismos puentes, hacer la mímica de la noche en el día.

La Biennale es una exposición con una historia complicada. Demasiados autoritarismos han pasado por ahí. Los Giardini de la Biennale son en si mismos un ejercicio de memoria geopolítica - uno no puede dejar de preguntarse por qué algunos países sí tienen pabellón y otros no, qué otras historias cuentan las cercanías y las ausencias: Francia/Gran Bretaña/Alemania en la esquina más visitada, Estados Unidos e Israel tan vecinos que casi hasta los muros se tocan, un sólo pabellón para los países nórdicos, el pabellón "hechizo" que Alvar Aalto diseñó para Finlandia el siglo pasado y que aún pervive, la "toma" del pabellón de Países Bajos por Estonia, la cara impasible de los guardias italianos apostados afuera del pabellón de Rusia. Como todos restos de exposiciones universales, cuentan la historia de un tiempo y también de este tiempo. Y cuentan, también, las cosas que le pasan a los que visitamos el día de hoy.

Nunca había visto una Biennale tan concurrida. Imagino que podría ser el postcovid (como si eso existiera) pero también que decidí ilusamente ir al penúltimo fin de semana, con agenda de esas de loco. Llegar a mediodía del sábado para salir el sábado al atardecer de las cuatroymedia de la tarde. Es poco, quizá, pero también es mucho. Es una eternidad en una ciudad que dobla como historia de Lewis Carroll y, si te dejas, te permite abandonarte en el espejo que forma el acqua alta.

Como lugar para observadores, amantes, fetichistas del arte, Venezia es un jardín del edén en esteroides. Hay tanto que ver, que yo sospecho que ni estando un mes podría verse todo a un ritmo razonable. Y lo del ritmo razonable también depende de qué es lo que puedas ver. En mi cabeza de agotamiento, sobrecalentada y requemada, no sabía muy bien qué tanto podría ver, o entender. Pero esa es la cosa de ir a la Biennale (o a Venezia, para el caso) a sentir. A tener otra vez contacto con los cinco sentidos que en el día a día a veces dejamos un poco olvidado.

Llegué entonces tempranísimo al aeropuerto temiendo un caos (que no sucedió), un avión repleto (que lo estaba, pero no mi fila) y un vuelo caótico. En lugar de eso, fue un vuelo con unos cielos tan despejados que el piloto avisó cuando comenzábamos a cruzar los Alpes que esto valía la pena verlo. Me quedé un rato en las acumulaciones de nieve, la imposibilidad de un blanco tan blanco.

Viajar lowcost también implica sólo cargarse una mochila. Y en una ciudad en la que todo el mundo, o casi todo el mundo es turista, que más da pasearse por ahí con diez kilos a la espalda. Llegar a un  hostal, aventar la mochila por ahí y seguir caminando, perdiéndose, confiando más que en el mapa del teléfono, en la propia memoria del espacio o el sentido de orientación de paloma. (La primera vez que fui a Venecia llegué ahí por cuatro horas. Solamente. Nos perdimos y estuvimos a punto de perder el tren hasta que, en contra de la lógica, yo comencé a caminar como si siguiera mi nariz. Y llegamos a tiempo).

Caminar y caminar y caminar (28.000 pasos en un día), ver exposiciones hasta dejar de verlas, hasta sólo poder cómo la gente interactúa con ellas y a veces las toca, a veces las desprecia, a veces les hace llorar. Yo soy de esas que sale de pronto profundamente conmovida, o que se siente abrazada cuando encuentra un nombre conocido en un habitación, un gato de Remedios Varo, o un cuento de Leonora  Carrington en otra. Comer una foccacia y un vaso enorme de spritz. Salir de los Giardini no porque se haya visto todo sino porque los ojos están desbordados, y afuera, a la orilla del canal, está la luz. Esa luz que hace de Venecia la ciudad más hermosa del mundo. Y que te da tantos motivos para volver.

(Para la tarde del primer día no había hecho el check-in en mi hostal, ni había cenado frituras, ni había tomado negroni, ni había dormido entre ronquidos de otros, ni había perdido el reloj prodigo que me mira desde mi muñeca derecha. Ni siquiera había perdido la nostalgia de volver a esta esquina del mundo que, en mi privilegio, siento que se me ha regalado. Y entre otras cosas que volvieron ahí están las ganas de escribir aquí. Veamos qué más).

17.9.21

Lo que hay que pagar

 Hoy fue uno de esos días que parece más difícil que nunca despertarse. El hijo se escabulló en nuestra cama a las cuatro de la mañana buscando compañía. Yo todavía sentía los restos de dos semanas dando clases en aula y el reberberar de unos tres años trabajando sin cesar en consejos con una sensación de sindescanso. Y esta mañana, me lo veía todo en la cara cuando salí de la ducha. Me pusé un poco de crema  - no queriendo tapar las orejas, sino intentando cuidarlas para que no se hicieran más profundas, más eternas.

Llegué a mi curso. Lo estoy tomando porque, bueno, es una manera de garantizarme que no me digan: “no te podemos ascender porque no sabes nada de X”, aunque tenga mil años trabajando en eso. Pero tampoco me van a ascender. Me hacen falta estar más de acuerdo con el papel: dedicar más horas a lo que, en teoría, crea impacto. Y tampoco es tan importante, eso de ascender. Aunque cale.

Es interestante estar en curso de liderazgo con gente tan diferente a ti. Es interesante cuando, en la mitad de lo que debería ser una discusión elegante y formal de un curso en el que nadie espera que nadie discuta temas sentimentales, eres tú la que se sale de tono. La que cambia la cordialidad y básicamente, llamas a la mierda por su nombre. Y confrontas a ese tipo al que tienes semanas intentado encontrar por un pasillo y decirle: “no. La vida no es así. La realidad no se sujeta a tus percepciones”.

“Bueno… pero no es necesario que te enojes”. Y no salió de la boca de él. Salió de la boca de una chica, mucho más joven que yo, sentada a su lado. Quien vio innecesario que yo me alterara cuando él seguía hablando de sandeces. Quien consideró excesivo que yo le dijera que no, que no era verdad que todo el mundo estaba de su lado.

A la hora de la comida me senté junto a él como un ejercicio de cortesía. Y, en uno de esos movimientos excelsos e increíbles de la realidad, me dio la espalda. Literalmente volteó su silla para no tener que verme de frente.

Después, no estuvimos en el misma habitación. Me quedé en otra donde aprendí algo y conecté con alguien que, como yo, no tiene paciencia para esperar que “las cosas caigan por su propio peso”. Estoy a punto de dormirme. Y me voy a la cama con la certidumbre de que pagué mis deudas con la ortodoxia hoy. Y también con la claridad de que nosotros, les incómodes, seguiremos ahí. Y nos encontraremos aunque sea en las orillas.

29.8.21

(Casi) primer día

 Él sabe que mañana es su primer día de escuela. Lo sabe con todo su cuerpo y hoy estuvo en casa, colgándose de nuestras piernas, de lo conocido, lo seguro y lo firme. “Mamá - ¿te puedes quedar conmigo toda la noche?”, me dijo mientras le acariciaba el pelo y le contaba un cuento. Mientras olía su cabello recién lavado y me imaginaba lo rápido que pasaran estos años también, acordamos que me quedaría con él hasta que se quedara dormido. Imaginamos un cuento de un dragón que va a su primer día de escuela - emocionado, porque lo enseñaran a echar fuego por la nariz (su idea). Le canté la única canción de cuna con la que aún puedo escuchar en mi cabeza a mi abuela. Y me quedé ahí, oliéndolo, sintiéndolo respirar, pensando en los días de entre semana que ya no iremos a la biblioteca o al zoológico, en los cambios, en lo rápido que se han pasado tres años.

Intenté imaginarme de qué se acordará. Yo me acuerdo de mis manos sudorosas agarrando las de Jaime, mi primo, apoyándonos y diciéndonos que no había nada que temer (aunque a nuestro alrededor dos docenas de niñes lloraran sin parar). Me acuerdo que saber que mis primas grandes estaban en la escuela no era un consuelo pero sí una certeza. Imagino ahora que añoraría mis desayunos de media mañana en casa de mis abuelos.

Yo tenía quizá la edad del hijo cuando me iba a desayunar con mi abuela y mi abuelo paternos, que vivían arriba de nosotros. Mentía, decía que mi mamá no me había dado nada - vaya manera de dejarla bien con la suegra - y me zampaba sendos platos de fruta, y huevos con frijoles y dulce de fruta con leche.

A los cuatro años, yo ya era yo. Él es muy él. Lo sabe. Y se sabe tan grande que ahora se me acurruca a ratos, como si fuera aún más pequeño: “dame un abrazo fuerte mamá, calientito, muy calientito”.

No sé de qué se acordará él. Yo quiero acordarme de sus carcajadas, sus abrazos calientitos, sus ganas de estar. Y mañana… pues mañana será otro día.

9.11.20

Sobre Florida, Trump, y ese tío que todos tenemos

 


Escribo bajo una cierta tranquilidad de que Donald Trump no seguirá gobernando los próximos años Estados Unidos. Reconozco la victoria de Biden en este humilde blog porque a diferencia de AMLO a mi no me lee casi nadie y tampoco tengo restos de angustia ancladas a el qué tal si sí las instituciones democráticas se van a la mierda y luego regresa el otro. A mi todo me dice que no será así. Y con eso también puedo ver con el ojo más abierto lo que pasó en Florida.

 PAUL HENNESSY / ZUMA PRESS

Desde hace cuatro años, cuando vi por primera vez los resultados del voto latino por Trump sentí una especie de sorpresa mezclada con dolor de panza. Una cierta estupefacción. No me lo podía creer porque de alguna manera para mi era muy transparente que Trump era bastante anti latino – no lo sé, quizá por sus discursos en los que llamó a los mexicanos migrantes de violadores y asesinos como quien llama a sus primos Pollito y la Tití. Yo digamos que al señor le tenía antipatía y desde mi islita pensé que otros también se la tenían. Pero anda que no. Que ganó. Y no sólo ganó – ganó con una buena parte del voto latino.

Uno de los escenarios distópicos para mi este 2020 (como si hubiese pocos) era que el voto en Florida se quedara parado como cuando Bush-Gore. Que pasáramos otra vez 36 días esperando a que los floridanos contaran voto por voto (casilla por casilla) para llevarse al final un fiasco. Pero no hubo por dónde. No hubo ni lucha. Luego leo por ahí que Biden, igual que la Clinton hace cuatro años, hizo confianza en ciertos lugares, estados, y un poco en Florida entre la población latina. Porque uno pensaría que un candidato que es claramente xenófobo, antiinmigrante y hasta un poco anti latino sería suficiente para que los latinos no votaran por él. Pero no, no… ese es el síndrome del tío que todos tenemos.

Me explico: yo sé que esto que estoy por escribir es muy simplificador de la realidad y todo, pero algo de verdad tendrá. Que yo sepa, en toda familia latina que se respete, hay por lo menos uno de esos tíos. Puede ser uno o muchos, pero tienen una serie de características ineludibles e intercambiables. Son como cartitas de la lotería que les salen a unos pocos y a otros todas: el emprendedor exitosísimo y visionario al que todos los negocios por alguna u otra razón siempre le salen mal y deja endeudada a media familia. El baboso toqueteador que se toma confiancitas con sobrinas y cuñadas por igual ante la mirada socarrona de sus hermanos: “ay, este, siempre tan manolarga”. El mentiroso compulsivo que va a negar todo, siempre, mientras le convenga. El teórico de la conspiración que incluso antes del internet ya sabía todo lo necesario sobre cómo hay alguien en este mundo que quiere controlarlo todo y cambiar el orden mundial. El maltratador. El gritón. El que no sabe bailar ni está guapo, pero se adueña de la pista de baile y se contonea como una ballena moribunda para la hilaridad general. Y así agreguen el suyo...

¿Y que pasa con el tío que todos tenemos que es una colección de monerías? Nada. Porque es el tío. Porque al final, como mafia italiana (dije latinos, eh), familia es familia. La familia entera lo deja que maltrate, grite, abuse, se desmadre… “ay, hombre, si ya sabes cómo es… pero es de la familia”. De alguna forma que no logro explicarme del todo, don Trump se convirtió en ese personaje imposible al que uno “tolera” porque no le queda de otra y luego acaba defendiendo… porque se parece a lo que somos.

Me rompió el corazón escuchar los reportes en radio y leer las noticias de cómo los latinos confiaban en que Trump iba a tener la mano dura que los Estados Unidos necesita. Cómo le creyeron que es un buen hombre de negocios, y hasta le aplauden su “hombría” por haber tenido no sé cuántas mujeres oficiales y muchas otras tantas no oficiales, incluidas incontables que lo acusan de cosas terribles. Y al final de cuentas, lo que le rompe a uno el corazón no es que Trump sea así si no que otros le crean: el problema no está en él, él es el síntoma.

Igual es un buen momento, ya envalentonados con la salida del señor Trump, de no permitir ni un solo abuso dentro de nuestras comunidades, de nuestras familias. Que estos cuatro años de circo nos ayuden de alguna forma a ver y actuar en contra de los monstruos que creamos con nuestro silencio y nuestro respeto a las omertás de la tradición.

4.5.20

Cuenta atrás

En una semana, dice el gobierno local, podríamos regresar a una “cierta normalidad”... mucha para esta casa. El lunes de la próxima semana abren de nuevo las escuelas infantiles, donde todos los niños menores de cuatro años pasan los días que sus padres trabajan.
Eso significa, para mi, que mi multitasking bajaría de forma importante. Que podría trabajar (o escribir) en silencio a horas un poco más ortodoxas que a las que lo hago ahora. De nuevo, yo desde el privilegio. Desde la pareja, la casa con jardín, los vecinos con niños y la comuna. La posibilidad de tener más de tres horas de trabajo en silencio sin interrupciones me seduce... y me llena de desasosiego.
Hoy vi varios artículos en los diarios en los que la gente sale del clóset y dice que, en realidad, igual no tienen tantas ganas de volver a la “normalidad”. Creo que yo tampoco. Creo que hay una parte de mi que se muere por tener más tiempo y no sentir que voy infinitamente atrasada con todo... pero que también reconoce que antes del lockdown también vivía angustiada y corriendo. Esa parte de mi que se dio cuenta al parar que estaba a punto de pararme de otra forma. Y el poder volver de pronto a la “normalidad” me seduce, pero con sus puntos intermedios de duda.
Creo que lo que más temo a la normalidad es que sea igual a la de antes. Que en pocas semanas me vea sobrepasada, lejana, desconectada de las pequeñas cosas de las que conecté estos días: los abrazos, los cariños, para mi y para otros. Temo a que las pequeñas victorias se vayan. Y también sé que la única que puede evitar llegar a lo de antes, estar como antes de esto, soy yo.
Me quedarán estas semanas intensas de una locura pacífica, de bendiciones desordenadas. Quiero que no se me olvide el recuerdo de la soledad en compañía, y de la paz que da la comunidad. Espero que no torturarme por lo que no he escrito sino, antes bien, agradecer estos momentos robados al torbellino para saber que siempre hay tiempo... que lo que necesito, son las ganas. El deseo. El ansía de que esto (la vida, la escritura, la sorpresa), no paren.

28.4.20

Bálsamos

Paso más tiempo del que me gustaría en redes sociales. Por salud mental, obvio el mensaje de mi teléfono que me reporta cuántas horas más he pasado mirando la pantalla cada semana. Muchas horas más. No sólo yo, sino todos en esta casa. Tenemos muchas pantallas - las miramos constantemente. Y encontramos no sólo textos, sino también vida.

Quien fuera mi novio en la preparatoria se grabó a si mismo tocando un vals en el piano eléctrico de su casa. Estaba compartiendo un momento de intimidad, una rebanada pequeña de su cotidiano, que se ha vuelto más luminoso con la música. Mientras lo miraba tocar y escuchaba a veces (muy pocas veces) sus titubeos, de pronto fui a otro lugar en el tiempo. Y me recordé a mi misma acostada en el suelo de salones con piano, mientras él practicaba. Las pulsaciones sobre el piano, las vibraciones de las cuerdas dentro de la madera, luego hacían de bálsamo también para mis ojos cerrados. Hacíamos eso cuando éramos amigos, luego de novios, y recuerdo el dolor de la pérdida de ese sonido cuando terminamos en un drama digno de bueno, la preparatoria. Y ayer, de pronto, recuperé de golpe de todo: la memoria de la vida, de la sensación de paz, de la posibilidad de todo lo nuevo. Todo en la música.

Ayer, en el Día del Cumpleaños del Rey más soleado que recuerdo en Holanda, no se podía salir a la calle a festejar vestidos de naranja. Y con todo, mis vecinitos montaron un concierto desde sus patios y ventanas. Escuchamos piezas de piano, flauta transversa y guitarra, guiados por la mamá que conocía su repertorio - que se repitió varias veces. Y ver la certidumbre de la mejora en sus notas también era confiar en la posibilidad de que todo puede mejorar, con paciencia, con práctica. No rápido, pero mejorará. Todo en la música.

Hace unos días, buscando una actividad de interiores con X, de alto movimiento, pensé en la música de los ochenta. En Michael Jackson. En todo lo que sabemos ahora, en todo lo que significaba entonces. En las discusiones con mi abuelo tan tintadas de racismo alrededor de mis gustos musicales. En Captain EO. En la certeza de que una vez visto Thriller, nada nunca sería igual en la historia de la música (esto decía la historiadora de los medios en mi cabeza). No puse Thriller - estamos pasando por unos días con sensibilidad alta a los monstruos. Pero sí Beat it... con el resultado de que, hasta el día de hoy, de pronto deja sus otras actividades y comienza a bailar, tarareando. Impactado por la imagen (intenta el moonwalking y todo), pero sobre todo por el ritmo. Por la posibilidad de su cuerpo de repetir el ritmo. Todo en la música.

La semana pasada desperté un día con una necesidad imperiosa de escuchar música de mariachi. Son las cosas que suceden de pronto, que te sorprenden y te recuerdas que estás lejos. Si estuviera en México, seguro la escucharía con más frecuencia - aunque sea cortesía de los vecinos de mis padres que no escatiman en contratar mariachis para fiestas y reuniones. Pero aquí no. Y de pronto, en una tarde cualquiera, con las puertas y las ventanas cerradas para evitar el frío, sonaron las notas de mariachi en casa. X y yo comenzamos a bailar. Y a reír. Y a vivir otra vez, a pesar de todo. Como un bálsamo... todo en la música.

16.4.20

Evidencias

Compartimos un jardín interior con varias familias. Desde hace cinco semanas que estamos encerrados, los niños de las familias - todos menores de 12 años - juegan juntos. Para fines prácticos, vivimos en una especie de comuna. Intento hablar y postear poco de ello porque, un día que lo hice con una amiga de Barcelona, levanté ampollas. “¿Y estás segura que pueden hacer eso?”. Yo me lo había preguntado. Vivo en una esquizofrenia de saber las normativas y los límites de los tres países en donde mi corazón tiene residencia - más los que escucho de mis amigos en el resto del mundo.
Sí. La normativa holandesa dice que podemos hacer eso. Que los niños pueden jugar, correr, salir. Tener una vida un poquito normal. Los padres no - los padres tenemos que mantener nuestro metro y medio de distancia. Aunque a veces se nos olvida: como hoy que sin pensar la otra vecina latina y yo nos dimos casi un abrazo.

Pensar en los niños españoles me angustia. En los niños y en sus papás. En la locura de cinco, seis semanas en el encierro. En la realidad de que muy pocos tienen una terraza o aunque sea un balconcito para que les dé el sol, para asomarse al mundo. Me parece una locura que los perros puedan salir pero no los pequeños.

Peor me parece pensar que muchos están encerrados en sus casas, y sus padres además de mantenerlos cuerdos tienen que ponerlos detrás de una pantalla a que hagan tarea y luego mandar evidencia de que han trabajado a les profes... porque no se vayan a atrasar. No vayan a perder el año...

¿Cómo explicarles que tienen que seguir como si nada? ¿Cómo, si aun en los países en los que podemos sacarlos a que les dé el aire y el sol están ansiosos?

Sí, pueden ser asintomáticos y convertirse en un riesgo para los iaios que tantas veces los cuidan. Pero es que no se trata de que se vayan a ver a los abuelos (tristemente). Se trata de que puedan salir a respirar en medio de tanta locura, a ser niños. La única evidencia que deberían de presentar en estos días es la de su sonrisa.

Escucho a mi niño dormir en la planta de arriba. En la mañana, mientras yo contestaba un correo, él se fue a jugar con los vecinos y regresó, emocionadísimo, a mostrarme que alguien le había prestado un disfraz de Spiderman. Sabe que algo está “mal”. Extraña a sus maestras, a sus amigos. Pregunta todo el día si podrá ir a la escuela el día siguiente. Sus maestras nos mandan videos y canciones y mensajes para saber que estamos bien. Es todo muy dulce y muy triste y muy patético. Y me enoja pensar qué hay niños que están encerrados que encima tienen que mandar evidencia de que están trabajando.

Aplausos de pie a todes, madres y padres y profesores, que intentan mantenerse y mantenerlos cuerdos. Mi admiración a mis amigues y a los que no lo son que están intentando que sus hijes simplemente salgan de la cuarentena cuerdos. Qué más da si necesitan hacer un poco más de mates el año próximo. Alguien, sin embargo, debería darse cuenta que el costo de tenerlos encerrados puede ser mucho mayor a largo plazo de lo que se espera. Como un volcán por estallar. Y eso dejará muchas, muchas evidencias.

Terapias

Como en cuento de Cortázar, hay cosas que me duelen. De noche duermo poco y de día como mucho. Compro flores. No rosas - como las que recomienda el cronopio-médico de la calle Santiago del Estero. Compro, desde comenzada la encerrona, tulipanes, para que no terminen en la basura.
Mi madre se acuerda que cuando celebramos mis quince años (sí, hay fotos. No, no las tengo aquí. Sí, me veía como de 25 en lugar de 15) yo tuve un momento de clarividencia (o malcriadez) en el que decidí que quería tulipanes. Y encuentre usted tulipanes para la princesa en enero, en México. Fue difícil pero con estos padres consentidores que me tocaron, se lograron los tulipanes. Pasaron a ser mi flor favorita, pero eran un lujo sólo para los cumpleaños. Supongo que me gusta esta delicada fuerza, ese tesón de subir la cabeza aunque las ramas estén un poco dobladas. Su textura de seda. Su color.
Siguieron gustándome al pasar de los años. G me llevó al Keukenhof (una especie de parque temático de los tulipanes que abre un mes al año en temporada alta) bajo protesta, como parte de una estrategia firme y calladita de seducción que, visto está, tuvo buenos resultados. Ahí descubrí que el polen que sueltan es mortal para mis alergias primaverales, pero aún con nariz tapada y ojos pequeños, me seguían pareciendo increíbles.
No sólo son el símbolo del país, son un producto bastante exitoso de venta local pero sobre todo de exportación... cuando pueden exportarse. Cientos de productores de flores se han quedado este año con campos a punto de florecer, con millones de flores que no pueden ir a ningún lado. Y en algunos lugares se han comenzado campañas para que las flores no se tiren a la basura. Los médicos y enfermeras del país, las casas de ancianos, reciben cargas inmensas de donaciones de flores cada día. Pero no hay número de floreros que aguante: este país produce flores para llenar las casas de muchos otros países.
Entonces, además de regalar las flores, algunos productores han intentado vender lo más posible a los holandeses encerrados, a precio de costo o incluso por debajo. Y por segunda vez, ayer llegaron a mi casa 200 tulipanes frescos que he tenido que repartir con los vecinos - siguiendo las normativas de salubridad, por supuesto.
Escribo con una docena de tulipanes morados frente a mi. Y allá, en la cocina, hay rojos, blancos, amarillos. Se me llena un poco la casa y el corazón y me hacen ver y sentir (con estornudos y todo) que la primavera, y la vida, siguen su curso.
Y de forma retorcida, replico las terapias de los cronopios porteños. Compro los ramos de flores y de día duermo y de noche como. Algo tenían que tener de brujería.

11.4.20

Antes del turno nocturno

Escribo en el turno de la noche. Me costó mucho levantarme de la cama, pero me empujó al final la necesidad de ir al lavabo y a cepillarme los dientes. Además, el señor marido me dejó las luces prendidas porque dije que tenía que trabajar. Y lo haré, probablemente entre las 12 y las 3 de la mañana aproximadamente. Me está pasando con frecuencia estos días de locura, de extraña calma. Nos quedamos dormidos con el niño, porque el agotamiento nos puede a todos.  Nos metemos los tres en la cama para leer el último cuento de la noche pasadas las ocho y media-  escandalosamente tarde para un niño holandés en primavera, un poco más normal para un dutxican encuarentenado. Desde el cambio de horario ha sido un poco más difícil, porque le parece extrañísimo que queramos dormir cuando aún hay sol. Pero conoce la rutina: baño, dientes, pijama, cuento. Y después dormir.

He de decir, sin embargo, que la lectura rara vez resulta relajante - por lo menos para el oyente principal. G lee en holandés las historias de Pluk van de Pettleflet, cuentos clásicos locales del siglo 20 de la escritora Annie M. G. Schmidt - las historias de un chico huérfano que vive en un subsótano con una cucaracha que se llama Zaza. Y les pasan muchas cosas divertidas, increíbles. Lo entiendo a medias. Escucho con ojos cerrados y tomo la lectura como mi clase de holandés. Es una mentira que haya tiempo de estudiar.

A los pocos meses que nació X, cuando comenzamos a leerle por la noche, G se quejaba de que lo de leerle a los niños para que se duerman es un mito: que él lo había intentado durante años con su hija mayor y que lo único que lograba era cansarse mientras ella despertaba del todo. Y ahora lo entiendo: no lee cuentos para dormir, lee cuentos para emocionar. No sé si lo sabe, pero tiene una voz grave que llena la habitación de colores. Los animales suben y bajan, los personajes corren a trompicones entre las hojas del libro y se quedan dando vueltas y jugando aventuras imposibles sobre la cama.

Después de terminado el cuento, nos quedamos casi siempre en cama en el proceso de dormir. Intentamos respirar muy profundo y sonoro, ya con las luces apagadas, para hacer un poco de ruido blanco. Quizá lo rompemos todo también con esa respiración de océano, que llena la habitación de olas y pelícanos y viajes imposibles al otro lado del río. Poco a poco caemos, primero X, luego nosotros, o quizás al revés.

Empieza el turno de la noche. Arrastro mis manos sobre las teclas gastadas de mi teclado para contar que a veces el amor es otra cosa y se narra así: con cuentos, besos y respiraciones antes de dormirse, a pesar de los días largo y los turnos nocturnos.

6.4.20

De Monstruos y Privilegios

La nuestra es una cuarentena de privilegio. Serán más de cuarenta días, pero no parece que en ninguno de ellos tendremos hambre, o frío, o sufriremos de pobreza. Somos de esos, de los privilegiados. Y a veces, cuando uno se mira así mismo, sólo puede imaginar lo que pasa en otros sitios.
Estamos todo el tiempo los tres juntos, en el bigbrother que se supone que las familias tenían que ser - con algunos invitados que nos permite el laxo encierro holandés. Pero la verdad de las cosas es que en la vida “normal”, pasamos muchas horas separados, cada uno con su vida “privada”, con sus cosas “propias”. No sólo G y yo en nuestras oficinas, con nuestros colegas y proyectos que no se parecen nada entre sí, sino también X con sus amigos, sus maestras, su escuela. Y sé que, además de la felicidad de estar juntos, extrañamos a veces la libertad de no estarlo. Los otros momentos en los que somos y vivimos como otros.
El que lo expresa más fácil es X. No tiene ningún empacho en llorar en la mañana cuando le digo que hoy tampoco vamos a ir a la escuela. O en encerrarse en el baño - éxito uno de la cuarentena: eliminación del pañal - y gritarme con todos sus pulmones: “¡No he acabado, mamá! ¡Cierra la puerta! ¡Espera tantito! ¡To-da-ví-a-no!”. Traduzco al español su miguelito, que es nuestro caso es una mezcla bastante balanceada de holandés y tapatío. Pero tiene las palabras que necesita para decir que está cansado, que está enfadado de vernos las caras, que se quiere ir ver a sus maestras, que por-fa-vor lo deje estar en paz, aunque sea mientras está sentado en el trono.
Lo entiendo. Yo también lo hago. Confieso que a veces cuando digo necesito trabajar, en realidad necesito trabajar pero me subo, encuentro un escritorio, y no trabajo. Pienso. Leo. Escribo esto en lugar de corregir, porque para corregir necesitaría un poco más de atención que la que me queda.
Y comenzamos a estar más difíciles. Vivo rodeada de holandeses, tan aparentemente civilizados, y aún ellos tienen la cara crispada muchas veces. No gritan, casi no. No en esta casa. Pero los puedo imaginar gritando.
Yo sí que grito. Descubrí que puedo matar de risa a X jugando con él a ser un monstruo: el se ríe, y grita de susto/placer mientras yo lo correteo por la casa, y yo hago sonidos guturales que me ayudan a estirar esos músculos que están medio cerrados, a dejar salir un poco de la presión que se acumula. El se ríe. Yo me alivio.
Pero hoy me volví un poco loca temporal. En la sobremesa, mientras recogíamos los platos, se abrió la discusión de si era necesario/conveniente/atractivo salir a comprar helado o no - porque alguien en la mesa quería helado. Yo, que me había comido un helado ayer, dije que para mi no, que muchas gracias, que yo quería acostar al niño, pero que la heladería estaba abierta y es buena idea consumirles con todo y la sana distancia. A eso le siguió un intercambio tenso de quién va a la heladería, por qué, cuándo, qué va a traer, vamos ahora, más tarde, cuando se duerma el niño, si o no. “Bueno, vamos todos”. “No”, repetí, “yo no voy. El niño tiene que dormir y no podemos salir todos a comprar un helado”. Y entonces otra vez discusiones y un bufido y yo no aguanté el bufido y grité. “¡Ya está! ¡Váyanse por el estúpido helado y dejen de discutir tonterías!”.

Creo que sólo grito tan fuerte cuando soy el monstruo con X, pero X ni se enteró porque estaba viendo un poco de televisión. Me di cuenta que durante la “discusión-debate” contuve la respiración. Y cuando grité, grité con toda la angustia de mis pulmones con poco oxígeno, con todas las ganas que tengo de salir, y sentarme en mi oficina, y hablar con alguien más, y ser lo que me imagino es ser yo.

Los adultos de la mesa me miraron con ojos de plato. “Pero, ¿qué pasó?”. Yo no respondí porque estaba respirando otra vez, con dificultad, evitando soltarme a llorar. Sentí un hueco en mi pecho y pedí perdón casi de forma inaudible. G me dió un beso ligerísimo y me abrazó, casi con miedo. No me moví. Sólo seguí respirando.
No me puedo imaginar lo que es vivir en una casa donde los espacios son pequeñísimos, donde la violencia es cotidiana. Mi privilegio no está sólo en tener comida, sino en tener espacio, en tener gente dispuesta a abrazarte después de que te vuelvas un poco monstruo: sea un niño de dos años o un hombre de dos metros. Y lo agradezco.

31.3.20

La (Sana) Distancia

Hace más de dos semanas que salimos a la calle lo estrictamente necesario. Si nos escapamos del encierro, es rápido, en solitario, como entre sombras, como escondiéndonos. Con la gente que encontramos en el camino compartimos miradas de comprensión y también de cierta conmiseración. Vivimos sin saber exactamente esto cuándo se acaba, o a dónde lleva, o en que momento saldremos al hueco central del laberinto: ese sitio donde hay aire, sol, libertad. Y se habla de la “sana distancia”. Del distanciamiento social. De entre uno y dos metros de lejanía que tenemos que tener con el otro para evitar contagios de cualquier lado. O suspicacias. O para domar el miedo.

Sin embargo, dentro de esta casa, hay otro universo sucediendo. Hay un niño de doscasitres años que se vive los días abrazado a nosotros, quizá leyendo lo que hay afuera sin entenderlo. Quiere sentarse en nuestras piernas para comer, abrazarnos mientras duerme, que le tomemos de la mano para subir y bajar las escaleras, que nos sentemos con él y contemos cuentos. Y así, de pronto, la distancia que tenemos cotidiana, se ha ido borrando. Nosotros que - privilegiados - tenemos trabajos, oficinas, agendas llenas, guardería para el pequeño, horas y horas de transporte a la semana, y altos niveles de estrés, estamos de pronto todos en casa. Nos dividimos las estancias, las tareas, las pantallas. Dejamos que las voces de los otros a veces entren en las teleconferencias de los unos. Contaminamos nuestra vida con una presencia penetrable, perceptible, cierta.

Y quizá un poco en reacción de lo que está afuera (lo que no vemos pero intuimos), nos abrazamos. O quizá lo que nos pasa es que simplemente estamos desquitando tanto tiempo perdido. Recuerdo haber leído alguna vez que cuando uno no duerme lo que necesita, el cuerpo le abre una cuenta de “debe” que sólo se salda durmiendo esas horas que uno dejó de lado. Algo así, me parece, pasa con los abrazos, con el toque, con la compañía.

Así que, agradecida, dejo que mi pequeño se encarame en mis piernas y hundo mi nariz en sus rizos olorosos a queso, chocolate o lo que fuera parte de su última comida. Esa es mi manera de conjurar a las otras distancias que me mantienen lejos de los otros abrazos que quisiera dar.

19.11.19

Duelos

Hace un par de días que al acordarme de ellas se me detiene un poquito la respiración. Es la distancia, igual, que no me permite tirarles los brazos alrededor del cuerpo y apretarlas fuerte, estrujarlas, con las esperanza de sacarles un poquito la tristeza. Porque a veces es tanta que uno quisiera exprimirla y mancharse con ella y llevarla por ahí en homenaje al dolor de los otros.

En medio de los grandes dolores colectivos vienen los pequeños y absolutos dolores individuales. Y a la distancia vivo la pérdida de una madre, de un amigo querido, de une hije esperade. De un pedacito del cuerpo. De la mitad y media del alma. Imagino sólo el andar por ahí medio cojo de dolor, medio doblado de angustia, medio ciego, sordo y mudo porque cómo se hace para tener todos los sentidos cuando ninguno le queda al otro. Cómo, si lo único que te queda son los recuerdos, los que tienes o los que habías adelantado.

Poco se habla de la muerte, de los duelos. De la manera en que nos enfrentamos a las pérdidas que tememos tanto. Yo las temo cada vez más cada día que pasa, porque entiendo que lo que tengo (tenemos) es una cuenta atrás de un total desconocido. Y al no hablar de los duelos los hacemos más incomprendidos, más insoportables, más rápidamente silenciados. Pase a la siguiente cosa, a la otra, que la rueda de la fortuna de la realidad contemporánea no para, no da tregua, ni respiro.

Escribo aquí por les hijes que no han llegado a nosotres, por las madres y padres que nos han dejado un poco más huérfanos, por los amigues que se han apagado dejando encendida la luz. Por la promesa de su vida que ahora tenemos que re-escribir, re-enmarcar. No es cierto que dejan de doler. No es cierto que se van. Y es no hay por qué deberían de irse. También somos las cicatrices, las rupturas, las imposibilidades, los silencios. Los duelos. Los abrazos que damos en los duelos y que nos pegan, aunque sea momentáneamente, los pedazos de cielo que vamos dejando tirados alrededor.

22.9.19

V, de nuevo

Escribo casi a media noche, con las puertas de la sala abiertas, pasando medio septiembre. Hay un verano indio en Róterdam. Mis hombres duermen. Yo tengo un par de horas azotando las teclas de mi computadora como antes, como entonces, como siempre.
Me trajo de regreso a la escritura la rabia. La indecencia. El saber cosas que no se dicen. La angustia de pensar que las cosas no cambian si no hay diálogo. La tentación de imaginar que si dices algo, si escribes algo, a lo mejor mueves una consciencia. A lo mejor cambia algo. Algo de tanta tontería.
Y casi te siento, V. Casi te escucho reír al final de la mesa. Reír y joderme porque escribo la mayoría del tiempo sobre hamburguesas, sobre el niño, sobre viajes... sobre cosas que a ti te parecían un poco demasiado ridículas. ¿Y cómo explicarte que hoy es como si estuvieras a mi lado susurrándome que las cosas pueden cambiar, siempre pueden, siempre y cuando uno dé un golpe de efecto en el sitio indicado?
Escribo casi a media noche, con las puertas de la sala abierta, pasando medio septiembre, con un bourbon en la mesa y unos lagrimones recorriendo mis mejillas. Y yo, tan malamadre, tan malamaestra, me siento por un momento yo. Me siento de nuevo esa persona que necesita contar las cosas que están pasando a su alrededor. Que necesita dejar constancia de que esto lo vivió alguien, que no es ficción, que es solamente la mierda que pasa cuando los humanos son humanos y crueles con los unos y los otros.
No pretendo tener la razón. Pero, ¡carajo!, qué bien se siente escribir con rabia. Que descanso del alma cuando uno pretende menos y es más. ¿Que qué tiene uno que perder? Todo. Todo. Te imagino tanto en el exilio. Y es una imaginación tan tremenda, tan injusta. Mis batallitas no se miden con tus guerras. Y bueno, sin embargo, aquí estoy. Tirando de tu recuerdo, de tu inspiración, de tu risa que no se me va a pesar de que pasen los años para decidir que basta, que no me quedo más callada. Que si aprendí a escribir y a narrar es para que no se queden las cosas dentro. Porque dentro lastiman, hieren, pudren.
En dos semanas me ha cambiado completamente el panorama. Quién me iba a decir que estaba tan harta. Quién me iba a decir que estaba tan lista. Quién me iba a decir que seguías tan cerca de mi.
Gracias, querido. Que tu nombre no se olvida aunque lo pronuncie incontables veces en el día. Bueno que estás y que te veo en lo que todavía escribo.

15.8.18

Uno (y antes)

Se publica esto con retraso... como tantas cosas desde hace casi catorce meses. Con retraso y felicidad de que todo esté en donde está. Y más felicidad de volver a escribir, como después de la lluvia. Y se publica aquí y no en el blog de la mamá porque esto también es de la otra, la de antes.

* * *

Lobito mío:

El primer regalo que le dí a tu papá, seis meses después de conocernos, fue un CD que había comprado para mi. Estoy segura que ya has jugado con él en tus incursiones a las cosas que están en mi estudio. Era un disco de Jorge Drexler - hacía muy poco que lo había descubierto gracias a tu tía Ju. Escuchamos ese disco muchas, muchas veces, en los viajes que hicimos por carretera. Y cuando supe que venías también lo escuché constantemente. Tanto, que quizá tu recuerdas haber dormido conmigo meciéndote por la sala.

Hoy cumples tu primer año. Desde ayer estoy pensando en todas las cosas que nos pasaron antes de que llegaras - en quien era yo cuando estabas en camino. En cómo hemos crecido juntos. Y la primera noche que salimos tu papá y yo después de que llegaras fue, justamente, a un concierto de Jorge Drexler (y con tu tía Ju). Muy pronto en el concierto cantó una canción que dijo que era antigua, pero yo no la conocía. Se llama Antes. Cada vez que la escucho, desde entonces, pienso en nosotros (en tí y en mí). Te la presento, y te cuento por qué.

Antes de mí tu no eras tu
Antes de tí yo no era yo
Antes de ser nosotros dos
No había ninguno de los dos


Antes de ser parte de mí
Antes de darte a conocer
Tú no eras tú y yo no era yo
Parece que fuera antes de ayer
Te cuento que, la verdad, la yo que soy ahora es diferente que la que era cuando no habías llegado.
Con pastel y todo
Ayer me llamaste “mamá”... creo que gracias a la repetición de la palabra por tus abuelos, que están aquí de visita para verte. Y esa persona, la que se llama “mamá”, se estrenó en el mundo contigo, al mismo tiempo. Cuando yo respiré para pujar la última vez y te escuché llorar, apareció. Y es divertido verme/verla a la distancia: ver lo que ha modificado y lo que sigue siendo. Ver que parece que siempre he sido esta cuando en realidad he sido más tiempo la otra. Y aún así el tiempo que tienes aquí parece, al mismo tiempo, tan corto y tan largo.

Antes que nada
Yo quiero aclarar
Que no es que estuviera tampoco pasándolo mal antes

Cuando supimos que venías, estuvimos muy contentos... pero también habíamos pasado una temporada feliz. Después de años de búsqueda, de aventuras por separado, de angustias por separado, tu papá y yo pensamos que igual tendríamos que intentar estar juntos...porque quizá estar juntos nos haría más felices. Y acertamos. Con una paz no esperada, con una tranquilidad no prevista. Pasamos un par de años compartiendo cosas, imaginándonos el futuro con el otro. Yo había encontrado un trabajo. Vivíamos bien en esta ciudad. Viajábamos a ver amigos a diferentes lugares, solos y por separado. Habíamos terminado una casa de adultos - con un sofá blanco y llena de cactus y de cosas que se rompen. Pero nosotros estábamos bien. Así que el que vinieras en camino llegó como una sorpresa dulce y maravillosa en unas vidas que estaban cómodas y acomodadas. 
Pero algo de mí, yo no supe ver
Hasta que no me lo mostró
Algo de tí, que quiero creer
Que no vio nadie antes que yo
Que nadie vio antes que yo
Hay tantas cosas de mi que descubrí cuando estaba esperándote y descubro cada día contigo que no puedes ni imaginarte. Son los regalos que trajiste para mí. Me descubriste que soy mucho más de lo que jamás creí - que mi cuerpo es un mecanismo maravilloso, creador de milagros. Me has vuelto más serena, más sonriente, más paciente en algunas cosas y también más rabiosa en otras. Creo que nunca había dormido tan poco en mi vida, y aprecio mucho más los pequeños placeres como tomar café caliente, el silencio de la mañana durante tu siesta... y eso también me hace más feliz.
Después de todo
Lo que quiero es decir
Que no entiendo como podía vivir antes
No entiendo como podía vivir antes
Y mira, aquí resulta que no estoy de acuerdo. Entiendo y sé cómo podía vivir antes. Pero mira tu por donde, también me gusta, me fascina, me asombra, vivir como vivimos ahora. Felicidades, querido mío, por este año. Y un millón de gracias.

7.5.18

Adiós, Beatriz

Sin miedo a la tecnología: siempre ahí
Pocas cosas en el mundo la ponían más de malas como que la llamaras abuela. A ella le gustaba el diminutivo. Y siempre fue mi abuelita Bety. Mi papá la llamaba mami - todos sus hijos. Incluso algunas de sus nueras. Mi mamá siempre la llamó Doña Bety. Y justo me contó que hace apenas un par de semanas, cuando volvieron de visitarme, fue a verla y, para sorpresa de todos, habló. Preguntó que dónde andaban. Preguntó por mi. Por mi.

De niña (y a veces también de grande) me sentía un poco menos que los otros, siempre. Menos hábil, menos bonita, menos simpática, menos importante. Pero no a los ojos de mi abuela. Nunca. Y aún de mayor me llenaba un orgullo infantil cuando ella contaba las anécdotas que nos unían a los dos. Ser una de treinta y tantos nietos y ocupar un lugar de su disco duro era importante. La cosa es que sé que todos teníamos esos momentos. Que a todos, de una u otra forma, nos hacía sentir únicos, amados, protegidos. No soy la única a la que salvó de la quiebra sentimental... o incluso económica. Como si supiera, en algún momento, te escurría su manita en el bolsillo del pantalón o la chamarra y dejaba ahí un billetito (como ella decía), envuelto en una servilleta o un pedazo de papel. "Es por tu cumpleaños, es por tu cumpleaños", insistía. Generosa pues, con todo, con todos.

De nosotros, le gustaba contar la historia de un día en que mi mamá le pidió que me cuidara cuando yo tenía como tres años y vivíamos en una casa debajo de la suya. Mi mamá salió temprano al mercado mientras yo dormía. Cuando mi abuelita bajó a verme, un poco después, me encontró con un sartén en la mano, haciendo equilibrios con un huevo entero que tenía encima. "Hijita, ¡pero qué haces!". "Me voy a hacer un huevito, abuelita, porque tengo hambre". Demás está decir que yo no me acuerdo, pero tengo grabado su recuerdo de mi, su manera de narrarme. De esa pícara-sabionda-tragona que al parecer he sido siempre. Y sé - porque me lo contó, porque tengo la certeza - que me llevó con ella a su casa y me dió un desayuno opíparo - de esos que a los que me encantaba auto-invitarme aún dejando en mal a mi mamá enfrente de sus suegros. Por ahí de las diez de la mañana, yo pedía permiso para subir con los abuelos. Y al llegar a la casa de mis abuelos el diálogo "hijita, ¿quieres un taquito?"/"Sí, abuelita"/"¿Pues que no has desayunado?"/"no, abuelita" se repetía sin falta.

A veces me han dicho que yo quiero a través de la comida (cuánto estereotipo a la Como Agua para Chocolate). Es cierto. Y eso, además de mi madre, lo heredé de ella. No siempre lo entendí como tal, pero ahora me queda claro cómo todo era un acto de amor. Tener Quick de chocolate y de fresa para los nietos en el fondo de la alacena. Perseguirte por los pasillos para que te tomaras un licuadito (de leche, fruta, miel y nueces) incluso antes de que te metieras bajo la ducha. Las inagotables sartenes de los mejores frijoles fritos del mundo. Las eternas y divertidas sesiones de torteo para hacer gorditas con los nietos. El agua fresca que había siempre en el refrigerador. El tequilita o el ponche de granada como aperitivo, con cacahuates. La noción clara, irremediable, de que al cruzar la puerta de su casa (en mi mente siempre la veo dándome la bienvenida a través de los cristales ahumados que habían en mi infancia) te iba a ofrecer algo de comer o de beber. Y había que aceptar... pronto. Porque sino ella iba a continuar haciendo ofertas cada vez más complicadas hasta lograr que el vaso de agua inicial se convirtiera en la sugerencia de descongelar pozole o de plano hacerte una cena completa.

Ir a verla era ir a refugiarse en su buen humor, en su voluntad de que hubiera una cierta paz. De vez en cuando, acicateada por insistentes comentarios a su alrededor, también comenzaba a criticar algunas elecciones de vida o, válgame, de ropa o de corte de pelo. Y sin embargo, en lo importante, escuchaba con el corazón. Más aún: preservo con especial cuidado en mi memoria sus abrazos sanadores después de esas pérdidas importantes en mi vida (mis rupturas sentimentales, mis abortos, mi divorcio) y su mirada firme, certera, diciéndome que todo estaría bien. Que mis decisiones eran buenas si me servían a mi.

Y sin embargo, no podíamos haber sido más diferentes. Siempre me reclamó que hubiese dejado Guadalajara sin fecha de vuelta (bajita la mano, que dicen). Y nunca entendió lo de mis títulos académicos ("pero hijita... yo no creo que tú necesites estudiar tanto, ¿o sí?). Con todo y todo, nunca me hizo sentir incómoda en mi piel. Era el reclamo amoroso de la mujer que era más feliz cuando estaba en su casa, rodeada de todos sus pollitos. De la que no quería ir a estudiar a Colima porque estaba más feliz ayudando en casa, lavando la ropa de sus hermanos. De la que, ya enferma y cansada, instauró los viernes como open house permanente y preparaba comida, botana y cena para que pasaran por ahí todos, cuando pudieran, todas las veces que quisieran.

Me quedo con las ganas de preguntarle las cosas que siempre me parecieron demasiado íntimas: qué había sentido al casarse tan joven (18) con un hombre 15 años mayor. Cómo había logrado sobrevivir a perder a su primera hija, Lupita, antes de que cumpliera un año. Cómo había superado la tristeza de la partida de mi abuelo, después de vivir con él por más de 60 años. Me quedo con las ganas de escucharla contar, otra vez, las travesuras de mi padre y sus hermanos, las historias de la guerra cristera, la receta de la cuachala, las pacholas y las tortitas de camarón con nopales, que ahora yo hago con ingredientes traidos de Surinam en una ciudad del sur de Holanda. Me parece imposible que ya no esté aquí para abrazarla, para oírla darme su bendición. Se me rompe un pedazo de mi historia.

Desde ayer que me enteré que se fue, tengo un hueco que se hace cada vez más grande en el fondo del pecho. Late, al ritmo de mi corazón. Y hoy durante la cena, G me dijo: "tienes que hablar con tus padres. Necesitas contar los recuerdos que más te gustan de ella". No acabaría, pensé. Pero por algún lado hay que empezar.

16.4.17

Resurrección

Hay milagros tan grandes que pasan casi desapercibidos. Durante años, meses, días, segundos, piensas en tu vida, en lo que te rodea, sin verlos en realidad. Sin verte. Y parece milagroso ese instante en lo que algo te hace mirar una vez más en ese reflejo, en el espejo, en el fondo del armario. Y es un milagro descubrir que sí que tienes un par de zapatos que vayan con ese vestido, que sí que tenías un argumento para ese artículo, que sí que anotaste el dato, que guardaste el boleto de entrada al cine, que reconoces los colores que te trae la primavera. Que lo que te esta pasando, aunque sea la primera vez que te sucede, es reconocible para ti porque es un milagro.

Me pasa con la Pascua. Me pasa que me hace recordar todos esos pequeños milagros de mi infancia que se encadenaban en la semana santa: cuando descubrí la verdadera voz de mi abuelo, cuando comencé a pensar cómo atrapar la luna en un pañuelo, cuando me deshice de mi miedo de leer en público, a conducir sola, a buscar un amor, a abandonar un amor. Algo pasa conmigo que hay ciclos que se abren y se cierran alrededor de la semana santa, de la vigilia pascual.

Quizá sólo sea la necesidad de un rito. O la comodidad de tener uno que es a la vez inamovible y rico en significado. Llega la pascua y es para mi tiempo de encender velas como en la iglesia de mi infancia, cocer huevos como me enseñaron mis hermanos de vida, disfrutar del sol y la compañía como aprendí en casa. Esas cosas son las que hacen la resurrección.

Y hoy, queda citar las escrituras. Las que conocemos como santas y las que se hacen santas a lo largo de la vida. Y acordarse de las palabras registradas por el Evangelio de Mateo, al intentar explicar la manera en cómo se viven los milagros ("Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas"). Y las de Juan, que cuentan la angustia del que ha perdido algo
("Mujer, ¿por qué lloras, a quién buscas?"). Y las de Derek Walcott en Love After Love, que narran la felicidad de encontrar en uno esa cosa que necesitaba resurrección (la traducción, con todos sus tropiezos, es mía):

The time will come /Llegará el tiempo
when, with elation /en que, jubiloso
you will greet yourself arriving /te saludarás al llegar
at your own door, in your own mirror /a tu propia puerta, en tu espejo
and each will smile at the other's welcome, /y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro and say, sit here. Eat. /y dirás siéntate aquí. Come.
You will love again the stranger who was your self./Volverás a amar al extraño que eras tu mismo.
Give wine. Give bread. Give back your heart /Sirve el vino. Sirve el pan. Regresa tu corazón
to itself, to the stranger who has loved you/a si mismo, al extraño, que te ha amado all your life, whom you ignored   / toda tu vida, al que ignoraste
for another, who knows you by heart. / por otro, al que te conoce de corazón.
Take down the love letters from the bookshelf, /Saca las cartas de amor de la biblioteca, the photographs, the desperate notes, / las fotografías, las notas desesperadas,
peel your own image from the mirror. / arranca tu imagen del espejo. Sit. Feast on your life.  / Siéntate. Homenajea tu vida.

22.3.17

Esa cosa que tiene que ser robada

No son cerezos... son narcisos 
que veo todos los días
Hace años, en la sala de una casa en el sur de la ciudad en la que nací, me estaban enseñando a leer el tarot. Y aprendí, entre otras cosas, que el tarot que uno lee no puede ser comprado - debe ser regalado, casi como una ofrenda, casi para asegurar que sea una suerte el que las manos y los ojos de uno se topen con los arcanos y puedan ponerlos en un orden que haga sentido.

Hay otras cosas en la vida que, para que cuenten, tienen que ser regaladas. O robadas. Ayer, por ejemplo, buscando qué postear el día Mundial de la Poesía, me encontré de boca con una cita de Pablo Neruda, de su poema XVI, puesto por mi querida Chinos en su página de Facebook. Y lo robé. Y lo paseé en mi propio estatus de Facebook y de Twitter como si yo me hubiera acordado solita de que existía. Era un hurto bien intencionado: uno que sólo tiene sentido porque al leer la frase encontré la manera para explicar el día. Ese "quiero hacer contigo / lo que la primavera hace con los cerezos". Ese ardiente deseo de cambiarlo todo, de florecerlo todo, de imaginarlo de nuevo. De insuflarle vida. Y aquí estamos, vestidos de primavera, de cerezo. Todo gracias a haber robado con alevosía y nocturnidad.

Confieso también que no fue  la primera vez en la vida que he robado poesía. Dos de mis libros favoritos - ajadas ya las páginas por los años, las mudanzas, las angustias, los estrujones, los paseos en bolsas, mochilas y maletas -, eran originalmente de alguien más. El de Jaime Sabines, esa poesía completa que está firmada para mi, era de Juan. Y me lo había prestado ese día que vi a Sabines y, sin saber cómo, me pareció que necesitaba usarlo, que necesitaba esgrimirlo como mío, para argumentar cómo entendía y deseaba quedarme junto a esa Tarumba ("¿Qué puedo hacer si puedo hacerlo todo y no tengo ganas sino de mirar y mirar?".)y esos Amorosos ("El amor es la prórroga perpetua,siempre el paso siguiente, el otro, el otro."). Juan, querido Juan, nunca me lo reclamó. Entendió en mi angustia a posteriori que necesitaba quedarme con la poesía que venía con el hecho de tomar las manos casi temblorosas del poeta, entonces tan cerca de irse sin saberlo.

Mi otro libro favorito, de José Carlos Becerra, no tuvo tanta suerte. Después de años, meses de estar juntos, cuando B y yo nos desencontramos, el libro se quedó de mi lado, en esa suerte ridícula de ir separando las cosas como si al deshacernos de ellas pudiéramos desatar los lazos, tan claros, que habíamos tejido. Los amigos no se dividen, las vidas no se dividen, los libros no se dividen. Y ese libro me acompañó durante años y con él su Bella Durmiente donde se guardaban las claves de todas las distancias ("Tal vez sólo fue esa costumbre de acariciarnos así, /de imaginarnos así,/ en secreto,/ en aire no compartido,/en respiración por separado,/pasando lentamente la mano por la sospecha de una caricia, como/alguien que mira hacia el mar/viendo desde su cama la pared de su cuarto") que entonces no sabía que tendría que dejar pasar.

Y también está esa poesía que no robé, que me regalaron. En mis ojos todavía suenan las "mareas inmóviles de polvo" que llegaron un día en un librito autoeditado para decirme cosas que no sabíamos aún nombrar...

Confieso mis hurtos de poesía no en busca de perdón, ni de misericordia. Este texto no es ni siquiera un acto de contrición. Es - tan por el contrario - una súplica a la parte de mi que sigue deseando escribir  poesía. Una petición de rodillas para que me robe toda la que vivo en el cotidiano.

14.3.17

Aquí, mañana se vota

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Pic. Dreamstime.doc

Entro tarde a casa la última noche de la campaña electoral. De camino, encontré en los autos estacionados en mi calle, propaganda del Partido Pirata - uno entre las más de dos docenas (¡dos docenas!) que se presentan a las elecciones parlamentarias que se celebran en Holanda mañana. Otra vez, inmigrante perpetua, no puedo votar por la gente que decidirá las políticas económicas y sociales que regirán mi vida en los próximos años. Y con temor, me asomo a las encuestas para saber qué me espera.


Mientras me quito el abrigo - la primavera se presume cercana, pero no instalada aquí aún -, Mr. G. me dice desde el sofá: "paciencia, chica. Es la última noche". Paciencia me pide, porque las últimas tres semanas la televisión de la noche en el país es casi exclusivamente política. Debates, programas de análisis, confrontaciones amables o no tanto entre los cabezas de lista de los partidos con posibilidades de representación. Apenas ayer por la tarde, los dos contrincantes encabezando las encuestas, (Mark Rutte, ministro presidente actual, del Partido Popular para la Democracia y la Libertad/VVD, y Geert Wilders, del Partido de la Libertad/PVV) se enfrentaron en el debate más esperado justamente en el Aula Magna de mi universidad. No entré en parte porque sabía que no iba a entender más allá del 40%, en parte porque había que pedir los boletos en un proceso del que nunca logré aclararme.

Pero el no estar adentro no me lo ahorró (lo vimos en la noche en casa, en diferido), ni me permitió ignorarlo. El Campus estuvo todo el día lleno de medios y de policía. De policía entre otras cosas porque el debate se celebraba el lunes después de una crisis diplomática histórica que tuvo a Róterdam en vilo todo el fin de semana. Erdogan, presidente de Turquía, molesto porque los holandeses no permitieron la entrada de sus ministros para hacer campaña por un referéndum para ampliar sus poderes, ha estado llamando al gobierno del país "facista" y "nazi". El sábado por la noche, en pleno conflicto, comencé a sentirme un poco asustada.

Los medios internacionales se han dado vuelo presentando a Geert Wilders, cabeza de lista del Partido de la Libertad (PVV), como el Trump Holandés.  No es sorprendente entre otras cosas porque el señor Wilders incluso llegó a hacer campaña para Trump el año pasado, porque los dos tienen una curiosa percepción de estética (por lo menos en lo que a grandes cabelleras rubiosas se refiere), ambos prefieren Twitter a cualquier otro media (también compartiendo cosas que no son reales), y porque una parte muy importante de su programa, de su discusión se centra en detestar al otro. Y para hacerlo más específicamente aún, identificando al otro como todo aquello que sea musulmán.

Temí desde el fin de semana especialmente durante el conflicto con Turquía porque, si bien no todos los turcos son musulmanes, hay una referencia mental a ellos más o menos directa aquí. Y porque además el argumento principal del señor Wilders es que una de las cosas que hace peligrosos a los turcos/musulmanes no sólo es su afiliación a una creencia religiosa, sino que la aparente relación directa entre esa religión, el terrorismo y una postura en general negativa a lo que sea la cultura occidental - o, en su versión local, la cultura holandesa. La crítica es que los turcos no se integran totalmente y eso es lo que los hace peligrosos para el país. Y el que estuvieran en las calles de Róterdam exigiendo que les permitieran celebrar un rally para un referéndum en Turquía, parecía estarle haciendo la campaña al señor Wilders.

Y mucha gente, desde mi punto de vista, se la ha hecho en esta carrera electoral. Hace un par de meses, muy al inicio de la campaña y queriendo justamente confrontar o ganarle votos, el presidente Rutte y su equipo de campaña decidieron publicar un desplegado que tomaba como leif motiv una frase muy holandesa: "Doe Normaal"- "Pórtate Normal". Básicamente, hacían un llamamiento a que todos los holandeses (sobre todo aquellos con doble nacionalidad, a los que vienen de fuera) se plegaran a la "normalidad" holandesa, a las cosas que son típicas de aquí. Esto era una respuesta directa a la discusión de Wilders de que la gente con doble nacionalidad, los musulmanes que viven en el país, no se comportan como los holandeses.

Siguiente pregunta, entonces: ¿qué es la holandesidad? ¿Cómo hace uno para portarse normal? Y lo pregunto mientras veo a Wilders agitarse en televisión en vivo en contra de la gente que tiene dos nacionalidades y no elige ser sólo holandés. ¿Cómo elegir, me pregunto yo? ¿Y elegir por qué? ¿No era una cosa muy holandesa lo de ser tolerante? ¿O se trata sólo de un discurso político para ganar votos, lo de la tolerancia?

Como ha pasado en Estados Unidos y podría pasar en otros países, el temor al otro, al vecino, al que viene de fuera, está al orden del día. El temor a lo que cambia, siempre. Porque este mundo cambia mucho, muy intensivamente. Y no todos los holandeses son tan progres como la imagen de Ámsterdam rodeada en una nube de cannabis hace creer. Hay gente que se siente olvidada, en peligro, debilitada frente a nuevas poblaciones. ¿Por qué? No me atrevo a dar un diagnóstico único - quizá la idea de que el cambio no siempre es bueno, que mejor siempre es lo malo por conocido, que lo bueno o aún más malo por conocer.

Sigo viendo el debate mientras escribo esto. Muchos, muchos, muchos hombres blancos de mediana edad como candidatos. Nada de diversidad aquí. Una sola mujer, Marianne Thieme, del Partido para los Animales. Un sólo joven, Jesse Klaver, de Groenlinks (literalmente "Izquierda Verde"), que además es marroquí-holandés, y ha sido relacionado ideológicamente con Bernie Sanders... aunque físicamente con Justin Trudeau. Y faltan tantos. Porque, como empecé diciendo, hay muchas opciones. Tantas, que los holandeses no conocen muchas de las que tienen.

Y eso, en realidad - la noción de un país con una democracia multi-partidista - es lo que me calma en el momento que entro en pequeños pánicos. Porque aunque el señor Wilders ganara mañana la elección (tuviera el mayor número de votos), tiene poquísimas posibilidades de poder conseguir una coalición para gobernar. Y el señor Rutte ayer, en el debate, usó una frase que aún en mi holandés macarrónico pude entender: al preguntarle si haría algún acuerdo de gobierno con Wilders, dijo que "Niet, nooit, niet" ("No, nunca, no").

Entonces: no me preocupo ahora por un inminente gobierno holandés que vaya a comenzar a echar a los inmigrantes - como yo, como otros - fuera del país. No me preocupo porque un rubio con un terrible gusto para peinarse esté como jefe del gobierno. Me preocupo, sin embargo, de que los holandeses que pueden ir a votar mañana no lo hagan y dejen pasar la oportunidad de crear gobiernos y oposiciones más fuertes. De que los holandeses pierdan la fe en que la democracia sirve para algo más que sólo instrumentalizar el odio y o el miedo. De que los holandeses, mis vecinos, se olviden que toda Europa (y el mundo) los mira con un poco de temor a un deja vú, a un Netherlands First (o Second, para reírse), que confirme un giro hacia un mundo en el que preferiríamos no vivir... por lo menos los que hemos decidido que las fronteras son poco justas para lo que pasa en nuestro corazón.

Hoy terminé mi clase con una arenga electoral y mañana haré lo mismo. Con un "vota por mí" como los que promoví en su momento en Cataluña y en España en general. Porque bueno, cosas de académicos o idealistas quizá, yo todavía creo en que el diálogo democrático tiene capacidad de arreglar cosas... aunque justo ahora parece que Rutte y Klaver tampoco pueden hablar de forma tranquila... por lo menos no en este debate.

para Juan Larrosa, que me jaló las orejas y me recordó lo que me gusta escribir de estas cosas. para el que viene, que se enfrentará a lo que nos dejen los votantes mañana.