16.4.20

Terapias

Como en cuento de Cortázar, hay cosas que me duelen. De noche duermo poco y de día como mucho. Compro flores. No rosas - como las que recomienda el cronopio-médico de la calle Santiago del Estero. Compro, desde comenzada la encerrona, tulipanes, para que no terminen en la basura.
Mi madre se acuerda que cuando celebramos mis quince años (sí, hay fotos. No, no las tengo aquí. Sí, me veía como de 25 en lugar de 15) yo tuve un momento de clarividencia (o malcriadez) en el que decidí que quería tulipanes. Y encuentre usted tulipanes para la princesa en enero, en México. Fue difícil pero con estos padres consentidores que me tocaron, se lograron los tulipanes. Pasaron a ser mi flor favorita, pero eran un lujo sólo para los cumpleaños. Supongo que me gusta esta delicada fuerza, ese tesón de subir la cabeza aunque las ramas estén un poco dobladas. Su textura de seda. Su color.
Siguieron gustándome al pasar de los años. G me llevó al Keukenhof (una especie de parque temático de los tulipanes que abre un mes al año en temporada alta) bajo protesta, como parte de una estrategia firme y calladita de seducción que, visto está, tuvo buenos resultados. Ahí descubrí que el polen que sueltan es mortal para mis alergias primaverales, pero aún con nariz tapada y ojos pequeños, me seguían pareciendo increíbles.
No sólo son el símbolo del país, son un producto bastante exitoso de venta local pero sobre todo de exportación... cuando pueden exportarse. Cientos de productores de flores se han quedado este año con campos a punto de florecer, con millones de flores que no pueden ir a ningún lado. Y en algunos lugares se han comenzado campañas para que las flores no se tiren a la basura. Los médicos y enfermeras del país, las casas de ancianos, reciben cargas inmensas de donaciones de flores cada día. Pero no hay número de floreros que aguante: este país produce flores para llenar las casas de muchos otros países.
Entonces, además de regalar las flores, algunos productores han intentado vender lo más posible a los holandeses encerrados, a precio de costo o incluso por debajo. Y por segunda vez, ayer llegaron a mi casa 200 tulipanes frescos que he tenido que repartir con los vecinos - siguiendo las normativas de salubridad, por supuesto.
Escribo con una docena de tulipanes morados frente a mi. Y allá, en la cocina, hay rojos, blancos, amarillos. Se me llena un poco la casa y el corazón y me hacen ver y sentir (con estornudos y todo) que la primavera, y la vida, siguen su curso.
Y de forma retorcida, replico las terapias de los cronopios porteños. Compro los ramos de flores y de día duermo y de noche como. Algo tenían que tener de brujería.

2 comentarios:

Unknown dijo...

Síguelos disfrutando. Niña bonita privilegiada. Un beso y abrazo a distancia.

Astrid dijo...

Como quisiera ser tu vecina y estar tan cerquita de esas joyas de flores ��