La nuestra es una cuarentena de privilegio. Serán más de cuarenta días, pero no parece que en ninguno de ellos tendremos hambre, o frío, o sufriremos de pobreza. Somos de esos, de los privilegiados. Y a veces, cuando uno se mira así mismo, sólo puede imaginar lo que pasa en otros sitios.
Estamos todo el tiempo los tres juntos, en el bigbrother que se supone que las familias tenían que ser - con algunos invitados que nos permite el laxo encierro holandés. Pero la verdad de las cosas es que en la vida “normal”, pasamos muchas horas separados, cada uno con su vida “privada”, con sus cosas “propias”. No sólo G y yo en nuestras oficinas, con nuestros colegas y proyectos que no se parecen nada entre sí, sino también X con sus amigos, sus maestras, su escuela. Y sé que, además de la felicidad de estar juntos, extrañamos a veces la libertad de no estarlo. Los otros momentos en los que somos y vivimos como otros.
El que lo expresa más fácil es X. No tiene ningún empacho en llorar en la mañana cuando le digo que hoy tampoco vamos a ir a la escuela. O en encerrarse en el baño - éxito uno de la cuarentena: eliminación del pañal - y gritarme con todos sus pulmones: “¡No he acabado, mamá! ¡Cierra la puerta! ¡Espera tantito! ¡To-da-ví-a-no!”. Traduzco al español su miguelito, que es nuestro caso es una mezcla bastante balanceada de holandés y tapatío. Pero tiene las palabras que necesita para decir que está cansado, que está enfadado de vernos las caras, que se quiere ir ver a sus maestras, que por-fa-vor lo deje estar en paz, aunque sea mientras está sentado en el trono.
Lo entiendo. Yo también lo hago. Confieso que a veces cuando digo necesito trabajar, en realidad necesito trabajar pero me subo, encuentro un escritorio, y no trabajo. Pienso. Leo. Escribo esto en lugar de corregir, porque para corregir necesitaría un poco más de atención que la que me queda.
Y comenzamos a estar más difíciles. Vivo rodeada de holandeses, tan aparentemente civilizados, y aún ellos tienen la cara crispada muchas veces. No gritan, casi no. No en esta casa. Pero los puedo imaginar gritando.
Yo sí que grito. Descubrí que puedo matar de risa a X jugando con él a ser un monstruo: el se ríe, y grita de susto/placer mientras yo lo correteo por la casa, y yo hago sonidos guturales que me ayudan a estirar esos músculos que están medio cerrados, a dejar salir un poco de la presión que se acumula. El se ríe. Yo me alivio.
Pero hoy me volví un poco loca temporal. En la sobremesa, mientras recogíamos los platos, se abrió la discusión de si era necesario/conveniente/atractivo salir a comprar helado o no - porque alguien en la mesa quería helado. Yo, que me había comido un helado ayer, dije que para mi no, que muchas gracias, que yo quería acostar al niño, pero que la heladería estaba abierta y es buena idea consumirles con todo y la sana distancia. A eso le siguió un intercambio tenso de quién va a la heladería, por qué, cuándo, qué va a traer, vamos ahora, más tarde, cuando se duerma el niño, si o no. “Bueno, vamos todos”. “No”, repetí, “yo no voy. El niño tiene que dormir y no podemos salir todos a comprar un helado”. Y entonces otra vez discusiones y un bufido y yo no aguanté el bufido y grité. “¡Ya está! ¡Váyanse por el estúpido helado y dejen de discutir tonterías!”.
Creo que sólo grito tan fuerte cuando soy el monstruo con X, pero X ni se enteró porque estaba viendo un poco de televisión. Me di cuenta que durante la “discusión-debate” contuve la respiración. Y cuando grité, grité con toda la angustia de mis pulmones con poco oxígeno, con todas las ganas que tengo de salir, y sentarme en mi oficina, y hablar con alguien más, y ser lo que me imagino es ser yo.
Los adultos de la mesa me miraron con ojos de plato. “Pero, ¿qué pasó?”. Yo no respondí porque estaba respirando otra vez, con dificultad, evitando soltarme a llorar. Sentí un hueco en mi pecho y pedí perdón casi de forma inaudible. G me dió un beso ligerísimo y me abrazó, casi con miedo. No me moví. Sólo seguí respirando.
No me puedo imaginar lo que es vivir en una casa donde los espacios son pequeñísimos, donde la violencia es cotidiana. Mi privilegio no está sólo en tener comida, sino en tener espacio, en tener gente dispuesta a abrazarte después de que te vuelvas un poco monstruo: sea un niño de dos años o un hombre de dos metros. Y lo agradezco.
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6.4.20
31.3.20
La (Sana) Distancia
Hace más de dos semanas que salimos a la calle lo estrictamente necesario. Si nos escapamos del encierro, es rápido, en solitario, como entre sombras, como escondiéndonos. Con la gente que encontramos en el camino compartimos miradas de comprensión y también de cierta conmiseración. Vivimos sin saber exactamente esto cuándo se acaba, o a dónde lleva, o en que momento saldremos al hueco central del laberinto: ese sitio donde hay aire, sol, libertad. Y se habla de la “sana distancia”. Del distanciamiento social. De entre uno y dos metros de lejanía que tenemos que tener con el otro para evitar contagios de cualquier lado. O suspicacias. O para domar el miedo.
Sin embargo, dentro de esta casa, hay otro universo sucediendo. Hay un niño de doscasitres años que se vive los días abrazado a nosotros, quizá leyendo lo que hay afuera sin entenderlo. Quiere sentarse en nuestras piernas para comer, abrazarnos mientras duerme, que le tomemos de la mano para subir y bajar las escaleras, que nos sentemos con él y contemos cuentos. Y así, de pronto, la distancia que tenemos cotidiana, se ha ido borrando. Nosotros que - privilegiados - tenemos trabajos, oficinas, agendas llenas, guardería para el pequeño, horas y horas de transporte a la semana, y altos niveles de estrés, estamos de pronto todos en casa. Nos dividimos las estancias, las tareas, las pantallas. Dejamos que las voces de los otros a veces entren en las teleconferencias de los unos. Contaminamos nuestra vida con una presencia penetrable, perceptible, cierta.
Y quizá un poco en reacción de lo que está afuera (lo que no vemos pero intuimos), nos abrazamos. O quizá lo que nos pasa es que simplemente estamos desquitando tanto tiempo perdido. Recuerdo haber leído alguna vez que cuando uno no duerme lo que necesita, el cuerpo le abre una cuenta de “debe” que sólo se salda durmiendo esas horas que uno dejó de lado. Algo así, me parece, pasa con los abrazos, con el toque, con la compañía.
Así que, agradecida, dejo que mi pequeño se encarame en mis piernas y hundo mi nariz en sus rizos olorosos a queso, chocolate o lo que fuera parte de su última comida. Esa es mi manera de conjurar a las otras distancias que me mantienen lejos de los otros abrazos que quisiera dar.
Sin embargo, dentro de esta casa, hay otro universo sucediendo. Hay un niño de doscasitres años que se vive los días abrazado a nosotros, quizá leyendo lo que hay afuera sin entenderlo. Quiere sentarse en nuestras piernas para comer, abrazarnos mientras duerme, que le tomemos de la mano para subir y bajar las escaleras, que nos sentemos con él y contemos cuentos. Y así, de pronto, la distancia que tenemos cotidiana, se ha ido borrando. Nosotros que - privilegiados - tenemos trabajos, oficinas, agendas llenas, guardería para el pequeño, horas y horas de transporte a la semana, y altos niveles de estrés, estamos de pronto todos en casa. Nos dividimos las estancias, las tareas, las pantallas. Dejamos que las voces de los otros a veces entren en las teleconferencias de los unos. Contaminamos nuestra vida con una presencia penetrable, perceptible, cierta.
Y quizá un poco en reacción de lo que está afuera (lo que no vemos pero intuimos), nos abrazamos. O quizá lo que nos pasa es que simplemente estamos desquitando tanto tiempo perdido. Recuerdo haber leído alguna vez que cuando uno no duerme lo que necesita, el cuerpo le abre una cuenta de “debe” que sólo se salda durmiendo esas horas que uno dejó de lado. Algo así, me parece, pasa con los abrazos, con el toque, con la compañía.
Así que, agradecida, dejo que mi pequeño se encarame en mis piernas y hundo mi nariz en sus rizos olorosos a queso, chocolate o lo que fuera parte de su última comida. Esa es mi manera de conjurar a las otras distancias que me mantienen lejos de los otros abrazos que quisiera dar.
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