Hay cosas que están cantadas en la historia - pero uno no se gana los títulos que tiene de a gratis. Tiene que pasar por experiencias verdaderas que lo conviertan en lo que dicen los demás.
Doñatesis me tiene nerviosa. Por eso, mis semanas se extienden hasta el sábado - ese día, puedo trabajar en la biblioteca con bastante calma. No hay nadie, estoy tranquila, puedo pensar. No digo que avance mucho: pero hay algo que me tranquiliza en estar rodeada de libros y de mis cientos de hojas con notitas y apuntes.
Llego a la biblioteca el sábado, saludo al guardia si está por ahí y me subo a mi oficina en el tercer piso. Me siento enfrente del ordenador y, usualmente, no me muevo más. Me quedo ahí hasta que llega la hora de irme ya sea porque se cierra la biblioteca o porque alguien me ha invitado a comer. La gente que trabaja ahí ya me conoce: por lo general van a buscarme, porque me distraigo. Me quedo leyendo, escribiendo o transcribiendo algo y se me va el tiempo.
Ayer finalmente, pasó lo que estaba cantado. No tenía planes para comer con nadie y seguí trabajando sin parar sobre un texto que debía entregar originalmente el viernes. Escribí, escribí, escribí - miraba el reloj, pero no recordaba la hora de cierre. Seguramente las cuatro, pensé, cuando a las tres nadie había subido a buscarme.
A las tres y veinte terminé el texto que estaba trabajando, lo envíe a alguien más para correcciones y me dió hambre. Apagué el ordenador, me levanté de la silla, me estiré como gato que va a hacer su ronda. Cuando tome mi bolso y salí del despacho, escuché que se desataba la alarma contra robos/incendios. Pensé que quizá estarían haciendo una prueba. Bajé las escaleras entre el escándalo y, cuando llegué a la puerta, me dí cuenta que quien desataba la alarma era yo. Regresé hasta donde no me lastimaba los oídos la alarma y pensé quién podría ayudarme. Un par de llamadas telefónicas y me senté en las escaleras. Si no me movía, se apagaba la alarma. Si me movía, comenzaba a sonar de nuevo. Si no me movía, no me lastimaba los oídos. Si me movía, alguien sabría que estaba ahí encerrada.
Esperé. Dudaba. Y entonces escuché que alguien abría la puerta. Salí mientras el encargado de seguridad (que era nuevo) apagaba la alarma y me miraba con ojos de plato. "¿Pero tú... en dónde estabas?". "Pues en el despacho del tercer piso... me distraje y se me olvidó la hora de salida". El hombre me miró de frente como si fuese un marciano y luego, finalmente, se sonrío. "Anda, vámonos... que no siempre me toca salvar a una dama en problemas".
Salí a la calle y me fuí caminando mientras reía. Alguien en mi Facebook me llamaba "ratón" - ya había avisado a las redes sociales, por supuesto - y otro alguien me ofrecía queso.
Y así fue como gané mi título oficial de Ratón de Biblioteca.
21.4.13
20.4.13
Sábado
Detrás de la puerta está, como siempre, la tesis. Esto sin contar los dos artículos en los que tienes que participar, las transcripciones que te faltan, las tareas de tus setentaalumnos que están por calificar. Afuera, lo ves, está el sol. Adentro, en tu cabeza, una angustia que no se atreve a salir del todo.
Sentada en el despacho, en sábado, no es que estés traicionando el fin de semana. Es que quizá estás justificando todas las horas de la semana en la que no podías sino pensar en otras cosas, en eso que también tienes que escribir pero no debes de escribir, en las personas que ya no puedes nombrar, en los contratos que se acaban, en los viajes imposibles...por ejemplo.
Es sábado. Es sábado. Es sábado. Hay sol.
Frente a tí, demasiadas cosas que leer. En este momento en lo que todo suena a tesis o todo suena a exilio o todo suena a desastre.
"Es una guerra. Estamos en una guerra, pero nadie lo ha dicho aún. Le llaman crisis mientras tanto". Lo escuchaste ayer y te retumba en los oídos. Tú no te sientes en guerra. Estás en parálisis. Estás en transición. Estás en primavera.
Te preguntas qué sentirá la oruga mientras se convierte en mariposa. Te preguntas si podría haber metamorfosis inversas. Te preguntas en qué momento perdiste el rumbo, el reloj y no te diste cuenta que ya es hora de salir y hacer del sábado un sabbath y dejar de hacer, de pensar.
Sentada en el despacho, en sábado, no es que estés traicionando el fin de semana. Es que quizá estás justificando todas las horas de la semana en la que no podías sino pensar en otras cosas, en eso que también tienes que escribir pero no debes de escribir, en las personas que ya no puedes nombrar, en los contratos que se acaban, en los viajes imposibles...por ejemplo.
Es sábado. Es sábado. Es sábado. Hay sol.
Frente a tí, demasiadas cosas que leer. En este momento en lo que todo suena a tesis o todo suena a exilio o todo suena a desastre.
"Es una guerra. Estamos en una guerra, pero nadie lo ha dicho aún. Le llaman crisis mientras tanto". Lo escuchaste ayer y te retumba en los oídos. Tú no te sientes en guerra. Estás en parálisis. Estás en transición. Estás en primavera.
Te preguntas qué sentirá la oruga mientras se convierte en mariposa. Te preguntas si podría haber metamorfosis inversas. Te preguntas en qué momento perdiste el rumbo, el reloj y no te diste cuenta que ya es hora de salir y hacer del sábado un sabbath y dejar de hacer, de pensar.
14.4.13
Toloache
En México, cuando se dice que alguien te ha dado toloache, es que te ha dado algún bebedizo para garantizar que te quedarás enamorado.
Barcelona tiene un toloache muy especial: la primavera.
El verano y el invierno se pegan, te persiguen, te hacen creer que estás agobiado. Pero la primavera es un simulacro perfecto de optimismo. Es levantarte una mañana y ver, a través de tu ventana, ese sol que se había estado escondiendo. Es ir a la playa y encontrarte de nuevo el sol, acompañado de un viento que lo besa... y tú, que no puedes dejar de mirarlos, de esperar que ese romance continue por siempre...
Hay domingos como este que uno camina arriba y abajo la Rambla del Poblenou, la orilla del mar, la Diagonal, y entiendes cómo es que sigues aquí, a pesar de los pesares. Cómo es que te declaras de aquí. Porque, no te engañes, tienes aquí más tiempo del que te quieres explicar a ti mismo. Y Barcelona es esa amante a la que no puedes dejar, aunque tenga mal humor, aunque te haga pasar malos ratos. Porque en días como hoy todavía tienes mariposas en el estómago cuando pisas sobre sus adoquines. Es esa, la ciudad de la que te enamoraste sin saber ni cómo.
Y sigue seduciéndote. Sabe vestirse de quien amas. Sabe ser la ciudad que amas. Sabe recordarte lo mucho que la quieres y lo mucho que has querido aquí... Te recuestas en una de las tumbonas de la playa, en las que alguna vez te acurrucaste en los brazos de alguien. Y parece como si siguieras ahí, en esos brazos desde donde podías hacer cualquier cosa. Ser cualquier cosa. Pero él no está. Es la ciudad la que te abraza. La que te embruja. La que te pide que te quedes.
Y siempre, siempre, siempre... siempre la miras a los ojos. Y siempre descubres que siempre quieres quedarte siempre.
Barcelona tiene un toloache muy especial: la primavera.
El verano y el invierno se pegan, te persiguen, te hacen creer que estás agobiado. Pero la primavera es un simulacro perfecto de optimismo. Es levantarte una mañana y ver, a través de tu ventana, ese sol que se había estado escondiendo. Es ir a la playa y encontrarte de nuevo el sol, acompañado de un viento que lo besa... y tú, que no puedes dejar de mirarlos, de esperar que ese romance continue por siempre...
Hay domingos como este que uno camina arriba y abajo la Rambla del Poblenou, la orilla del mar, la Diagonal, y entiendes cómo es que sigues aquí, a pesar de los pesares. Cómo es que te declaras de aquí. Porque, no te engañes, tienes aquí más tiempo del que te quieres explicar a ti mismo. Y Barcelona es esa amante a la que no puedes dejar, aunque tenga mal humor, aunque te haga pasar malos ratos. Porque en días como hoy todavía tienes mariposas en el estómago cuando pisas sobre sus adoquines. Es esa, la ciudad de la que te enamoraste sin saber ni cómo.
Y sigue seduciéndote. Sabe vestirse de quien amas. Sabe ser la ciudad que amas. Sabe recordarte lo mucho que la quieres y lo mucho que has querido aquí... Te recuestas en una de las tumbonas de la playa, en las que alguna vez te acurrucaste en los brazos de alguien. Y parece como si siguieras ahí, en esos brazos desde donde podías hacer cualquier cosa. Ser cualquier cosa. Pero él no está. Es la ciudad la que te abraza. La que te embruja. La que te pide que te quedes.
Y siempre, siempre, siempre... siempre la miras a los ojos. Y siempre descubres que siempre quieres quedarte siempre.
5.4.13
Treinta.
Por primera vez, suenan a pocos. Treinta y de pronto, no me sorprende. Porque él tiene más - es un padre responsable, un hombre amable, una persona comprometida. Y también tiene menos - el que se ríe y se burla, que se esconde, que pellizca por debajo de las costillas. Treinta. Me parecen un mundo. Y tan poquitos. Y me emociona. Y me entristece. Porque yo - él ya lo sabe - soy de las que cantaría todo el día el felizcumpleaños y le presentaría miles de pasteles para hacerlo feliz. La cosa es que los mejores pasteles del mundo los hace él. Y las mejores cuñadas del mundo. Y las mejores sobrinas del mundo. Y los mejores abrazos del mundo.
Treinta. Y hace treinta años del día que descubrí que ya no era sola, sino acompañada. Que era bueno compartir el helado de chocolate. Que era deseable ser un par. Que podía hablar en plural. Y que la primera persona del plural es hermosa: Nosotros. Los herman@s. Los hij@s de esa casa.
Treinta. Qué bonito suena. Cuánto los agradezco. Cuánto querría estar ahí para abrazarte, Javi. Espero que sepas hoy (y siempre) lo que te quiero, hermano.
Treinta. Y hace treinta años del día que descubrí que ya no era sola, sino acompañada. Que era bueno compartir el helado de chocolate. Que era deseable ser un par. Que podía hablar en plural. Y que la primera persona del plural es hermosa: Nosotros. Los herman@s. Los hij@s de esa casa.
Treinta. Qué bonito suena. Cuánto los agradezco. Cuánto querría estar ahí para abrazarte, Javi. Espero que sepas hoy (y siempre) lo que te quiero, hermano.
3.4.13
Comportamientos de la nostalgia
Algunas mañanas, cuando despiertas, sabes que está por ahí: la intuyes, casi la hueles, pero no sabes muy bien dónde se esconde. Quizá en aquel rincón de la casa, en el balcón, entre tu ropa. Está, pero se escurre.
Otras mañanas, la nostalgia se sube a tu cama mientras duermes. Te mira, te hace cosquillas en la nariz... luego te sacude, te despierta y te deja mirando al techo, mientras se acurruca a tu lado y ella se vuelve a dormir.
Otras mañanas, la nostalgia se sube a tu cama mientras duermes. Te mira, te hace cosquillas en la nariz... luego te sacude, te despierta y te deja mirando al techo, mientras se acurruca a tu lado y ella se vuelve a dormir.
27.3.13
Nombres (de los que hacen destino)
Me afano en buscar si en este blog ya he escrito la historia del amigo de un padre de un amigo (pluf), médico oncólogo, que tiene el dudoso honor de apellidarse "Malo". Y ahí va el doctor Malo, de aquí para allá, quitándole el cáncer a la gente. O no.
Me acordaba porque hoy R contó su inquietud al escuchar al piloto del avión en el que volaban presentarse como "Jorge Mata". Claro, si uno estuviese escribiendo ficción, no podríamos poner esos nombres. Existen sólo en esa broma infinita llamada realidad.
Como colofón, esta mañana, releyendo las páginas económicas del domingo pasado, reparé en una cosa: el gobernador del Banco Central Chipriota se llama Panicos Dimitriadis. Vale que le falta el acento, pero... bueno, ya dicen por ahí que nombre es destino.
Me acordaba porque hoy R contó su inquietud al escuchar al piloto del avión en el que volaban presentarse como "Jorge Mata". Claro, si uno estuviese escribiendo ficción, no podríamos poner esos nombres. Existen sólo en esa broma infinita llamada realidad.
Como colofón, esta mañana, releyendo las páginas económicas del domingo pasado, reparé en una cosa: el gobernador del Banco Central Chipriota se llama Panicos Dimitriadis. Vale que le falta el acento, pero... bueno, ya dicen por ahí que nombre es destino.
26.3.13
Ocupación: Camarera
Me fui a comer a un restaurante donde no había ido nunca, pero quería hacerlo... aunque la verdad llegué hasta ahí porque mis dos primeras opciones estaban cerradas por semana santa. Mi conciencia dietética se limitó a no funcionar y pedí primero y segundo. No había mucha gente pero me da a mi que los camareros (meseros, que se dicen) estaban cansados. En la primera sala, en donde estaba sentada yo, había cuatro mesas para dos personas y estábamos sólo dos, cada uno solo en nuestra mesa, mirando al frente. A la calle. A la gente que se asomaba a ver el sitio. A los que se detenían a ver el menú. Los que no paraban. Los que nos miraban como si quisiéramos decirnos algo.
Quiso la suerte que los dos termináramos el segundo al mismo tiempo. Yo estaba atenta a mi libro y no ví cuando la chica se acercó a recoger los platos. "¿Qué te apetece, postre o café?", le preguntó a él. "¿Qué tienes de postre?", respondió el chico. Mis oídos que no estaban concentrados en leer, azuzados por mi gula, seguramente hicieron moverse a mis orejas. "Vale, se los digo... pero vale para los dos eh, también para tí..." dijo, llamándome la atención.
Al final elegí lo mismo que el otro comensal - básicamente porque no puse atención a la lista. Me había quedado mirándola, viéndola cómo recitaba los postres como un soneto cervantino. Algo me hizo pensar que, cuando no es camarera, quizá es actriz.
Quiso la suerte que los dos termináramos el segundo al mismo tiempo. Yo estaba atenta a mi libro y no ví cuando la chica se acercó a recoger los platos. "¿Qué te apetece, postre o café?", le preguntó a él. "¿Qué tienes de postre?", respondió el chico. Mis oídos que no estaban concentrados en leer, azuzados por mi gula, seguramente hicieron moverse a mis orejas. "Vale, se los digo... pero vale para los dos eh, también para tí..." dijo, llamándome la atención.
Al final elegí lo mismo que el otro comensal - básicamente porque no puse atención a la lista. Me había quedado mirándola, viéndola cómo recitaba los postres como un soneto cervantino. Algo me hizo pensar que, cuando no es camarera, quizá es actriz.
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