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5.5.13

Monstruos No

Sé que en la puerta de la habitación de una niña de cuatro años que vive en esta ciudad hay un letrero que dice: "Monstruos no". Después de semanas de luchar porque la nena no podía dormir, no quería ni ir a la cama, la solución fue avisarles claramente y por escrito que a esa habitación no podían entrar. Y listo.

Alguien me lo contó hace días cuando yo a mi vez le conté cómo LPTDLC (nombre en clave de la innombrable tesis) me está ocasionando algo así como ataques de desasosiego combinados con síndrome de la página en blanco. Dado que el blog sirve parcialmente de descargo y psicoanálisis, cuento aquí entonces cómo mi habitación está llena de papelitos pegados en las paredes y amontonados en diferentes puntos: aquí teoría política, aquí internet, aquí índices externos, aquí datos de la experimentación... Enfrente de mí, justo ahora, me mira el índice. El índice que he modificado 500 veces. El índice que hoy me levanté y descubrí erroneo... le sobra un capítulo al pobre. No hay que extirpárselo, sólo convencerlo de que va en otro sitio.

Lo supe esta mañana al despertar. Porque a veces al despertar es cuando tengo la cabeza más clara. Cuando los monstruos piensa-tesis-odia-tesis-miedo-tesis se han ido. Estoy a punto de poner un post-it que diga "Monstruos No" en la tapa de mi portátil. Así, cada vez que tenga la intención de escribir tesis, escribiré tesis. Y no habrá ningún monstruo verde mirándome hacer otra cosa, por miedo - como el que está sentado justo ahora enfrente de mi limpiándose los dientes con los índices de democracia de la Unión Europea.

22.4.13

Silencio

El sábado y el domingo, guardé dos minutos de silencio por los atentados de Boston y el terremoto en Sichuan. El primero, en el Camp Nou. El segundo, en la línea de salida de carrera de Bombers en Barcelona. Había algo, sobre todo el domingo, que se parecía mucho al miedo - si a alguien más le había pasado mientras corría, por qué no a tí.

Pero así como a la gente de Sichuan su casa se le cayó encima sin esperarlo, hace 21 años a cientos de familias en Guadalajara se les abrió el suelo bajo los pies sin esperarlo, pero temiéndolo. Desde horas antes, el sector Reforma de mi ciudad natal olía a gasolina. Lo constató Alejandra Xanic, entonces reportera del diario Siglo 21 - ahora flamante ganadora del premio Pullitzer por su investigación sobre WalMart de México. Xanic fue de las pocas personas que se preocupó por hacer su trabajo cuando la gente reclamaba que olía demasiado a gasolina. Ella fue y reportó en el diario, lo reportó a las autoridades. Nadie hizo nada. Bueno, sí - le dijeron a la gente que abrieran las ventanas, que ya pasaría el olor.

Archivo de El Informador
Horas después, la ciudad se sacudió con una explosión - con una docena explosiones. Sin redes sociales, ni Twitter, ni nada, poco a poco comenzamos a escuchar la noticia de que una parte completa de nuestra ciudad había desaparecido. Ahí - donde olía a gasolina. Xanic y otros periodistas fueron a la línea de fuego, a contar lo que estaba pasando, para los que estábamos ahí y fuera. Pero las noticias llegaban lentas, con cuentagotas.

Mis recuerdos: humo - mucho humo en medio del calor sofocante de abril. Que tardamos en saber dónde estaban mi papá y mi abuelo - que no estaban en su oficina - y pasamos miedo. Que no entraban las llamadas telefónicas y por ahí de las diez de la noche hablamos con la familia en Tijuana que lloraba: los medios allá habían afirmado que había volado toda la ciudad. Que días después un médico amigo de la familia nos decía que no era posible que sólo se reportaran 150 muertos - él había visto calles abiertas con autobuses enteros adentro. Como en la foto.

La imagen gore de lo que sucedió entonces pareciera palidecer frente a los enfrentamientos del narco que últimamente protagonizan las portadas de los diarios de mi país. Pero no - porque los enfrentamientos del narco no siempre son parte de una absoluta falta de responsabilidad de los políticos que tenían que cuidar a la gente, darse cuenta que había una fuga de gasolina, que estábamos sentados sobre un polvorín.

Esos señores que se han tomado 21 años de silencio. No por respeto. Si no porque pueden no decir nada.

Los ciudadanos seguimos en silencio por los muertos. Y por la indignación. Parece que nadie siente que deba dar explicaciones. Ojalá que algún día nos acordemos de pedirlas... también en las urnas. Porque, como en la carrera de Bombers, hay algo que se parece mucho al miedo cada vez que eres consciente que estás en la misma situación - que no confías, en realidad, en lo que dicen las autoridades de tu país, de tu ciudad. Y eso también da miedo.

Más información: nota de El País de 1992, al día siguiente de las explosiones.