11.12.15

De un vuelo hacia un continente que no has visto nunca

El vuelo aterrizó en el aeropuerto de Addis Abeba (Addis, como dicen incluso los capitanes de Ethiopian) poco después de las seis de la mañana. No fue tan largo - seis horas desde Frankfurt - pero se sintió largo. Media docena de bebés se estuvieron turnando durante la noche para llorar y a veces, con suerte, lo hacían a coro para mortificación de los padres y desespero de los otros viajeros.

A mi lado viajaba A, un etíope que me dio su tarjeta de presentación. Me contó su vida entera en los diez minutos que me quité los auriculares para hablar sobre mi cena con la azafata. Había sido técnico de telecomunicaciones cuando joven y lo habían mandado a estudiar a Alemania, donde se quedó trabajando durante un par de décadas. Y hace un par de años decidió hacer su propio negocio y ahora viaja cada dos meses a Etiopía, a ver a su gente, y a vender coches usados y piezas automotrices. "Tuve que aprender un poco más... pero bueno, finalmente era otra cuestión técnica". Insistía en brindar conmigo y con el chico que tenía al otro lado - en la ventana, cada vez que se servía un vaso nuevo de agua. Y después, se quedó dormido - lo que hace viajar frecuentemente.

Yo desperté de una siesta con la sensación del descenso. El viaje había sido relativamente tranquilo, sin tomar en cuenta los bebés. Acomodé mi asiento, mi cinturón y volví a cerrar los ojos cuando la luz de cabina disminuyó. Con esa luz, era más claro lo que hacía el pasajero frente a mi, al otro lado del pasillo. Era un chico que hablaba italiano, vestido con traje, que había hecho también cosas "de viajero frecuente": no tomar la cena, ponerse calcetines y un cubre-ojos, encaramarse de una forma extraña y dormir, casi de inmediato. Cuando despertó, durante el descenso, estuvo jugando con su teléfono. Y mis ojos se quedaron en su pantalla - y vi cómo borraba varias fotos de mujeres desnudas, pantallazos de whatsapp y demás... Entonces entendí: estaba mirando a alguien en la sala de su casa, sin razón alguna.

"Disfruta de mi país, de mi gente...", me dijo A. antes de bajarnos y desaparecer entre la gente del aeropuerto. Hice rápido la fila para mi visa a la llegada y después del pago correspondiente, y de encontrar mi pasaporte - me mostraban la foto para ver si era la mía - salí a comprar moneda (tengo miles de birrs en mi cartera ahora) y a buscar mi transporte. La cosa es así: al aeropuerto sólo pueden entrar, por tema de seguridad, viajeros y proveedores certificados. Uno identifica su hotel, ahí lo buscan en la lista de check-ins, firma un papelito y espera a que haya suficientes personas para que lo lleven en transporte.

Cuando llegó nuestro auto (una camioneta azul un poco destartalada) tres alemanes, un holandés-palestino, un islandés y yo - suena a chiste y podría serlo - salimos siguiendo al encargado de transporte del hotel. Pasamos dos calles desiertas y dos puestos de inspección con encargados jovencísimos, vestidos en camuflaje azul, con el dedo casi listo en los disparadores de sus armas de alto poder. Afuera, gente esperando a su familia, camionetas de otros hoteles, de la ONU... Y el camino hacia el hotel en una carrera entre autos y peatones que se cruzaban sin hacer caso de las señales de tráfico.

Llegamos al hotel a las siete de la mañana: pasamos un control con arco de seguridad antes de la recepción la señorita me trató con una amabilidad extrema. "Tengo una habitación en el jardín, pero es demasiado lejos para que vayas sola en la noche. Así que te voy a poner en la torre principal, en una habitación de no fumar, aunque está un poco lejos del ascensor".  Llegué a mi habitación, en el piso seis, una especie de corner office que me permite ver más allá de los jardines perfectos del hotel, que tiene el estilo setentero-africano que de alguna manera estaba en mi cerebro: alfombras estampadas, muebles oscuros y de piel. Y lo que puedo ver más allá de las flores frescas de mi habitación son cientos de casas con techos de lámina y antenas parabólicas, caminos de tierra y construcciones con andamios de algo que parece bambú. Hay una desigualdad enorme y unas ganas imposibles de seguir, de avanzar, de mejorar. Aquí, desde mi atalaya, pienso cómo la inseguridad a veces se siente cuando lo que quieren es hacerte sentir seguro - y cómo esa sensación se repite en muchos lugares del mundo.

13.11.15

Una fotografía para volver

La agenda de los días que estaría allá se veía complicada, pero en cuanto me enteré que Dani tenía un proyecto de tomar fotos de amigos en Barcelona le mandé un mensaje. No era en lo absoluto una acción altruista: aunque me pone muy nerviosa que me tomen fotos (casi tanto como que me saquen sangre), desde el día hace casi un año que comencé a pensar en mudarme de la ciudad que es mi segunda casa pensé que no tengo ninguna (o casi ninguna) fotografía con la ciudad de fondo.
Yo... en casa...

En Barcelona fui turista lo justo: 48 horas en marzo de 2004, con fiebre y compañía extraña para recorrer la ciudad que me hizo decidir, en ese momento, que no era una ciudad que me gustara. Así y entonces sin saber que apenas un semestre después estaría aterrizando con una tremenda maleta para quedarme "nueve meses, en lo que termina el máster" y no a ser turista sino a enamorarme y ver cómo se me metía la ciudad en la piel sin darme cuenta.

Los nueve meses se me convirtieron en once años. El máster se me convirtió en dos másters, un postgrado y un doctorado. Y muchas otras cosas. Y esa ciudad, la que no me gustó, la que recorrí la primera vez bajo la bruma de una fiebre de 38 grados se convirtió en parte literalmente de mi piel.

Dani accedió a tomarme la foto en mi ex barrio. Y, de la misma manera que me pasa con las inyecciones, siempre me doy cuenta es más la manía que les tengo. Se me olvidó el miedo, bajé los hombros y sonreí y en dos clicks - literalmente - la foto estaba hecha. Nos fuimos a tomar un vino y a hablar de los fotos, de los viajes, de ir y volver. Hablamos de su proyecto y me dijo una verdad como una catedral: su reto es terminarlo - es tomar esas 100 fotografías. No quedarse a la mitad - como uno se queda a la mitad con tantos proyectos.

Vuelvo pues a mi ciudad nueva, a mi sala nueva, a mi idioma nuevo, a mi vida nueva. Y la fotografía que me regaló Dani me muestra quién soy aún, ahí: no una visitante, ni una turista - alguien que pertenece a ese paisaje. Y que lo que necesita, también, es volver a acordarse quién era y, por ejemplo, regresar a escribir.

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Para ver más fotos y saber el proyecto de Dani hay que visitar su blog:

4.10.15

Domingo, después de todo

¿Se acuerda, señor lector, que esta blogger inconstante estaba haciendo un conteo? Ella también. El problema es que ya no recuerda en qué día estaba. O qué día debería seguir. Sé que hoy es el día cinco después de entregar la tesis - y, por primera vez en meses, he estado llorando por los rincones por todo lo que pasó en este año y los anteriores.

No soy la primera ni la última: he hablado con el serbio y Miss M. hoy que están los dos en los últimos momentos antes de entregar la famosa tesis doctoral. Estamos viviendo las mismas angustias con una semana de diferencia, más o menos. Y el domingo pasado yo estaba, en el más perfecto mexicano, que me llevaba la chingada mientras veía los resultados electorales. Aunque empezaba a ver la luz todavía no me quedaba claro si llegaría o no, si se podía entregar o no, si valía la pena entregar o no. Pero la luz, en realidad, era una voz que me decía: corre, corre, entrega ya, lo que sea. Porque si te tardas más quizá no querrás entregarlo nunca.

Mientras escribo, sentada en la soledad de mi departamento, agradezco infinitamente que hoy se haya roto el mando de mi televisor y que no pueda estar cambiando incesantemente los canales, viendo las tertulias políticas, los resúmenes deportivos... Vi una película, sí. Y quizá, como era un poco agridulce (Me, Earl and the Dying Girl), fue lo que me hizo llorar. Pero en realidad era como si abriera las compuertas a todo lo que me ha hecho falta llorar estos meses.

Al otro lado del océano, están mis padres. Y me encantaría abrazarlos hoy, muy fuerte. No les llamo porque estoy llorando, y se van a preocupar, y tampoco puedo explicarles qué me pasa. Pero si quisiera explicarles a ellos que leerán esto - porque son mis lectores más fieles, a pesar de todo - qué es lo que me pasa, les podría decir que es como si se me hubiese abierto una compuerta. Como si hoy, por primera vez en meses, hubiera salido de esa coraza que me había puesto para no estar, para no sentir, lo doloroso que es esto de irse.

Porque ya me fui, me estoy yendo. Y no es que me vaya de Barcelona, sino que me voy de esa que fui aquí. Me voy más rica, llena de cosas, de experiencia, de esperanza, pero no con todo lo que quisiera irme. Hoy, sin mis padres de allá (aunque sé que siempre están aquí) y rodeada por mis hermanas y mi madre de aquí, me ha dado por contar las cosas que ya no tengo. Lo que me falta.

Me falta la tesis: me falta esa cosa en la parte de atrás de la cabeza a la que siempre podía volver cuando no quería pensar en otra cosa. Ese pretexto académicamente correcto para mandar todo lo demás al carajo.

Me falta la duda de que la persona con la que estoy, mi pareja, esté verdaderamente conmigo y se preocupa por mi. Está porque me quiere y me dirá si algo va mal, para resolverlo. Está, y no jugando un rompecabezas, ni una adivinanza. Está, está y estará, y hace un esfuerzo infinito para demostrármelo aunque yo vaya y venga, infinitamente, como una nube de esas que se ven sobre la que ahora es nuestra casa. Un botón, para muestra: esta tarde, cosa extraña, le escribí un correo de una línea: "I love u" (A mí, que no me cuesta decir cosas, a veces me cuesta decírselas a él). Y él (a quien le cuesta decir cosas, pero siempre las hace patentes) respondió: "May I save this and quote u whenever?".

Yo, que siempre digo que quiero a la gente, a él no se lo digo. Y debería decírselo. Y debería decir muchas otras cosas porque luego el tiempo se pasa, la vida se corre, la gente se muere. Mierda. La gente se muere. Y estoy triste porque me falta la tesis, me faltan mis dudas existenciales, y más porque me falta el señor V. Para pelearme con él, para no entenderlo, para cabrearme, para hacerle un antojo, para que me rete, para que no entienda mis decisiones, para que no sepa cómo comportarse cuando estoy sentada en su sala por-e-né-si-ma-vez-llo-ran-do-co-mo-mag-da-le-na porque las cosas no salen como a mi me gustaría, como yo quiero.

Cuántas tazas de té, vasos de whisky, de vino, pedazos de chocolate. Cuántos emails rabiosos de un lado y de otro. Cuántos silencios. Cuánto desconocimiento de un lado a otro. Cuánta falta me hace el sol que pasaba por entre las cortinas perpetuamente cerradas de aquella casa enfrente a donde murió atropellado Gaudí. Y así nos quedamos todos: atropellados, perdidos, olvidados, peleándonos con lo que se queda ante la ausencia de lo que realmente nos falta.

Allá, al otro lado del mar, están mis padres. Y más que nunca me da miedo que estén lejos y me da tanta alegría sentirlos tan cerca. Y rabia porque me guste estar lejos y viajar y ver y porque sé que no sé si querría volver allá - no por ellos, sino por mi y por quien soy ahora.

Somos contradictorios, pues. Y estos días, los de la Cinthya DT (después de la tesis) encuentro literalmente decenas de libretas con cosas inacabadas, de ideas, de cosas por escribir, de proyectos por hacer. Pero hasta ahora, hasta este segundo, no había podido más que escribir pequeños "estatus" en Facebook. No había podido más que comunicarme de lo justo, más que discutir sobre los procesos electorales de esta patria mía por elección porque era la manera de hablar y enrabietarse sin discutir sobre lo que realmente había adentro.

Pero adentro hay mucho. Hay como una cascada que no se calla y que, si miro a los paredes blancas de mi casa con sus 80 escalones y sus vecinos murmurantes, se proyecta ahí, como en un cine. Y quiero acordarme de tus ojos cuando estaban abiertos y cuando sonreían. Y quiero volver a que me discutas, a que me piques para que me ponga a terminar. Y hablo en segunda persona porque me niego a creer que se haya ido y a veces es la única manera de traerlo de vuelta.

Hay cosas que te hacen crecer. Perder un hijo - aunque luego esté la posibilidad de tener otros -, perder un padre - aunque haya sido uno que te había llegado sin esperarlo de adulta, de bonus, porque tienes esa suerte. De pronto, seis meses después, te sientas con un vaso con whisky y lo único que puedes hacer es llorar. Llorar de añoranza, de rabia por los desórdenes que se generan cuando la gente se muere, de desconcierto y miedo porque te estás yendo y aunque importa, ya no importa tanto, porque no eres la que eras ni él tampoco. Él ya no es más que lo que es en tu memoria.

Me considero inmensamente afortunada. De muchas fuentes. Y si a veces necesito ir algún domingo a la iglesia es porque me parece indecente no dar gracias a alguien que tiene que estar, a algo que tiene que ser más fuerte que lo que entiendo. 
Respira... profundo... y mira al fondo....
. Y parte del agradecimiento es reconocer que es uno pequeño, frágil, que se pierde. Y que lo que pierdes (o te pierde) te hace mucho más fuerte.

Estoy en casa, pero tengo muchas otras casas. He terminado la tesis pero me queda mucho más por decir al respecto. Ahora, en este momento, más que nunca, tengo ganas de seguir escribiendo. Y si escribo en este blog, sin conteo, sin orden, es porque es lo que me sirve para estar en contacto conmigo y con aquellos que me leen y a los que no puedo contarles todo esto con el orden y la claridad que quisiera (ni que pretenda que esto sea claro y ordenado... pero a fin de cuentas es una cascada...).

Aún es domingo. El primer domingo del mes en el que recuerdo el aniversario de bodas de mi padres, el cumpleaños de mi primer novio, mi primer (y trunco) matrimonio, mi primer (y trunco) embarazo, mi primer y segundo master, mi inicio de doctorado... mes en el que llegué a la ciudad que me dio un motivo para tatuármela y el mes que la dejo. Aún es domingo. Y escribo para que en años, cuando quiera ver quien era hoy, casi pueda tocarme. Para que mis padres - esos lectores inesperados y fieles - sepan que no estoy rota: estoy creciendo. Y como cuando era niña, cuando crezco, me da fiebre, lloro, me rebelo contra mi cuerpo. Pero es para bien, para mejor. Y al final, siempre seguiré siendo la misma a la que le gusta leer (o escribir) hasta dormirse.

23.9.15

Yo sólo quiero bailar (59)

Las redes sociales ahora te recuerdan lo que tienes que recordar: te muestra tus fotos de hace años, las cosas que estabas haciendo, cómo y cuándo, qué pensabas, dónde estabas. Y resulta que al parecer el 23 de septiembre es un día muy movido en mis recuerdos digitales: a través de las redes sociales de pronto me vi en un congreso en Amberes, terminando otro en China, cocinando, visitando Venecia, enamorándome y no...

Este 23 de septiembre volvíamos a estar en casa. En Barcelona como la casa de todos, de la familia internacional, como la llama Vladimir. Todos juntos, celebrando que ahora tenemos casas y responsabilidades y tenemos que terminar las tesis y trabajamos en otros lugares del mundo... pero nos seguimos queriendo igual.

Corrió el cava. Sin límite. Y después decidimos bajar a bailar: bailar como hacía literalmente años que no lo hacíamos. Y me acordé de cómo vamos a bailar nosotros, cómo nos hicimos amigos: bailamos como si nadie nos estuviera viendo, ni nosotros mismos. Como si mañana no existiera. No es una cuestión de alcohol, ni de drogas. Son ganas puras de reirse, de tocarse, de moverse, bailar, estar.

Llegué a casa a las 4:30 de la mañana cansada, con hambre, con la noción de que quizá hoy me dolería el cuerpo y hasta la cabeza. Pero feliz - en la casa, en nuestra casa, con la recuperación de mi vida... no a través de las fotos en las redes sociales, sino a través de reirme y estar con la gente que hace de esta ciudad mi casa.

La tesis: hoy casi me entró la angustia verdadera de querer volver a leerlo todo. Y también pude preveer cómo tendremos una fiesta el día la entrega final. Que llegue por favor, que llegue.

22.9.15

Encuentros en el metro (60)

Cuando comencé a dar clases, el segundo año, tuve un grupo ingobernable. No creo que se imaginen si quiera las veces que llegué a mi casa a llorar, desesperada, por no saber cómo explicarles, cómo lograr algo de atención. Como en todos los grupos, siempre había unos pocos alumnos que tenían interés... o lo fingían. Terminamos el año y seguí viéndolos en la universidad.

El año pasado, sin saber que era mi último curso, regresé al mismo grupo. Era su último año de universidad y me tocaba explicarles métodos de investigación y ayudarles a guiar su trabajo final de grado. Eran más grandes, casi-casi adultos, pero igual ingobernables. Yo, un poco más dura, ya no lo viví tan mal... en realidad, hasta lo disfruté. Disfruté mucho ese último semestre de clases: hice cosas que nunca antes, los llevé a la calle, fuimos a un museo, discutimos de investigación, de noticias, de lo que querían hacer en el futuro... Con algunos, los acompañé en el proceso del trabajo final y vi incluso sus últimas versiones.

Hoy en el metro, levanté la vista y me encontré con uno de ellos. Curioso, inquieto y contestón, pero sobre todo muy clavado en sus cosas. Le llamé por su nombre y le dio gusto verme también. Y me contó todo lo que está haciendo, que gana poco, que quiere hacer un master, que le fue muy bien en su trabajo final y luego me dio un beso antes de irse.

Me quedé tan contenta, tan agradecida. Si algo de esa curiosidad, de esas ganas de ser mejor, creció un poquito en mi clase, sólo eso, vale la pena de haber dado esas clases.

La tesis: a la espera. La neurótica espera.

21.9.15

La sala de espera (61)

Hablaba con la psicoterapeuta sobre todas las decisiones que de pronto tomas y te cambias la vida. Hacía meses que no nos veíamos porque, como diría una amiga mía, he estado en mi mejor versión de Willy Fog. Y en este momento, en esta locura, ha cambiado tanto, demasiado, mucho.

Y conversando-conversando salió la cosa de las decisiones. De cómo uno está a veces en una especie de sala de espera y alrededor hay muchas puertas que puedes elegir. No hay una puerta correcta. Simplemente cada puerta, cada decisión, te llevará a un sitio completamente diferente. Puedes abrir las puertas: mirar que hay dentro y no decidir. Estar en la sala de espera. A veces incluso te compras un sofá muy cómodo y vas dando vueltas con tu sillón, para ver todas las puertas... sin entrar en ninguna. Esa es  - diría Rush - una decisión también: no tomar ninguna.

Cuando, finalmente, decides entrar en una puerta - dejar atrás la comodidad de tu sillón de la sala de espera - da miedo, pero también da gusto... aunque a veces vuelvas la vista atrás y pienses en las otras opciones... e incluso te plantees volver al sillón... a ratitos.

En los últimos días, desde mi sillón, miro mis puertas abiertas... e incluso algunas cerradas. Y me gusta a ver cruzado sus marcos en su momento. Y espero que, por más cómodo que sean los sillones que me encuentre en el futuro, sea capaz de siempre decidirme por alguna.

La tesis: es la espera. Mi director de tesis no está muy seguro cuando podrá decirme algo. Yo tampoco sé si estaremos a tiempo así que busco formas de solucionar. Porque se puede solucionar. Es una cuestión de diseño, al final.

20.9.15

Esto se acaba hoy (62)

Molesta por no haber podido avanzar nada el viernes, me fui para estar en la biblioteca temprano. Desayuné antes de entrar, bien, con la esperanza de quedarme hasta que cerraran que - para mi felicidad - era una hora más tarde de lo que esperaba.

No hay mucha gente los sábados en la biblioteca: los que estamos terminando la tesis, los que empiezan a dar clases... los extremos. Después de reirnos un rato con la encargada y el chico de seguridad sobre el día que me quedé encerrada en esa misma biblioteca, me senté. Me enchufé. Y comencé sobre el texto, sobre las notas. Hay una cosa de escribir que a veces es increíble: se parece a cocinar, se parece a la capacidad que puedes tener para transformar cosas. Cortar párrafos, reacomodarlos, reinventarlos. Como una labor de amor, para acercar entre ellas las ideas que están en la misma familia...

Y así, de pronto, ya está. Cerrado. Se acabó. Lo que sigue es convertir todos los archivos a PDF y ordenarlos. Pero lo de escribir, lo de reflexionar, por el día, por el texto, por la tesis, está. Ya vendrán las correcciones y las cosas, pero ya está.

En medio de eso, la biblioteca cerraba. Así que me fui a un bar y continué manipulando PDFs y camibiándolos hasta hacer un archivo de 15.4 Megas que es, de alguna forma, el resumen de mi vida los últimos seis años.

Casi tenía ganas de irme de fiesta: tenía un cumpleaños, fui a comprar dos regalos inspirados, fui al cumpleaños y tomé cerveza, fotos, pastel y me vine a casa. A dormir. A descansar. Porque mi cuerpo no puede moverse.

La tesis: se la mandé a mi director - pero mal a la primera. El primer archivo que se llamaba TODO no era TODO sino un error. Pero se corrigió. A lo que sigue.