23.1.11

De los años, como flores de invierno...

Esta vez me costó un poco más de lo usual - una semana y un día. Dos nacimientos. Una sorpresa avasalladora. Tres bolsas llenas de papel directas al reciclaje. El cuento de la pérdida y la recuperación del título profesional. Cuatro horas de gimnasio. Una tarde de películas en televisión. Un día encerrada en casa, en pijama, limpiando. La lenta aceptación de la pérdida de una amiga querida. Eso me cuesta pasar un cumpleaños.

Tengo un año más. Y, a pesar de la "ruptura", más amigos de los que aparecen en el conteo de 1979 para acá. Me enorgullezco. Me alivio - yo, que necesito atención y compañía, consejo, abrazos y llamadas telefónicas; me alivio de que mis inversiones en amigos sean más estables (mucho más) que mi cuenta bancaria.

Algunos se asoman a este blog. Algunos de mis amigos, y otros de mis amigos-familia... y otros amigos que ni siquiera conozco, pero que me leen y me piensan. Y por eso, porque algunos se asoman, me doy permiso de ser cursi. Y darles las gracias.

Nada sería lo que es sin ustedes. Especialmente sin tí, je weet wie.

13.1.11

Pancita llena, corazón contento



Hay una razón superior a mí por la que no me pongo a dieta: me pongo de pésimo humor. El saber que no puedo comer lo que me da la gana comer me frustra, me entristece, me agobia. Desde este "conflicto" tan profundamente oligarca y clasemediero, me atrevo a abordar otro: el de la gente que de verdad no tiene que comer.

Ir a México es enfrentarte con ciertas realidades que a veces quisieras olvidar: un montón de niños en la calle, trabajando o pidiéndote dinero para algo, para lo que sea. En el fondo, lo que más te duele es que pasen hambre y frío. Porque nadie debería de hacerlo.

La pregunta es cómo lo evitas: ¿dándoles un sandwich y una cobija? ¿Un trabajo? Quizá, pero un trabajo para ellos, o para sus padres, que estén bien pagado, que sea digno. He vivido de cerca los esfuerzos para llevar trabajo a zonas rurales - no sólo es intentarlo, es además una labor de coordinación y compromiso de cerca. Un verdadero compromiso.

Hay muchas maneras de mejorar México - muchas, además de contar los muertos y avisarles a los que no lo saben que se están muriendo. Una, quizá, es ponernos a pensar en cómo se puede dar un buen trabajo, una mejor alimentación, un futuro más promisorio. Y creo que, por lo menos, pasa por que los que tienen personal doméstico les den un sueldo digno, seguro social, una sensación de avance.

En todos mis deseos para 2011, me uno a estos expresados en el video hecho por Santiago Pando. Que nos imaginemos cómo quitarle el hambre a México. Algo me dice que así también dejaríamos de contar los muertos.

12.1.11

Misterios texanos

En mi viaje de fin de año a México, tuve dos breves paréntesis texanos. En el primero sólo "disfruté" del aeropuerto Intercontinental de Houston durante cuatro horas y en el segundo estuve 23 horas en Houston. Algunas postales.

1.
En la fila para pasar migración, unas veinte personas antes que yo, estaban unos chicos de rasgos medio-orientales. Bueno, él, porque ella llevaba niqab: la cabeza y la cara completamente cubierta. Él la trataba bien y, aunque no demostraban muy obviamente su afecto, había una especie de comunicación no verbal que decía que se llevaban bien.

Pero había una pregunta en el ambiente: ¿qué pasaría al llegar al puesto de revisión? Obviamente le harían descubrirse la cara. Pero... ¿podría pedir que la revisara una chica? ¿la llevarían a un sitio aparte? Después de discutir decidimos que no, porque no sería "justo" ni tan "random" como se supone que este tipo de revisiones tienen que ser.

No me quedé con la duda - me pusieron en la línea final justo a su lado. Pudimos observarla durante los últimos quince minutos y ver de cerca cómo respondía su esposo a todas las preguntas del oficial de inmigración, le entregaba pasaportes y más información que traía en su portafolio, hablaba con él, se quitaba los lentes para que le tomaran la foto reglamentaria... Yo quería mirar y no - supongo que como todos los que estábamos ahí. Todos mirábamos. Y ella sabía que la mirábamos.

Por fin el oficial le pidió que se descubriera la cara. Y se la descubrió. Yo la ví durante esos pocos segudos, a lo lejos. Intenté buscar algo en su cara que me diera una clave, que me dijera algo sobre ella. No ví, no recuerdo haber visto nada. Sólo una nariz y unos labios delgados, unos ojos negros, una cara sin maquillaje. Unos ojos negros que se perdían más que cuando el resto de la cara estaba cubierto.

2.
"En realidad, nunca nos hemos ido de México", me dijo él mientras íbamos en el autobús 65 que conectaba el Sam Parkway Houston (donde estaba nuestro hotel de aeropuerto) con el centro de la ciudad. Durante 40 minutos vimos letreros de tortillerías, panaderías, washaterías, centros de negocios llamados "Arandas", taquerías en camionetas en el camino. Y vimos subir y bajar personas que se sentían más cómodas hablando en español con acento mexicano que en cualquier clase de inglés.

Ví chicas de apenas 20 años subirse con su madre, su carrito de última generación y su hijo. Hombres que trabajan en construcción - lo dicen sus manos, la postura de su cuerpo - subir de dos en dos, con las bolsas de la compra para la semana. "Menos mal que había panela y todo. Ahora llegamos a la casa y nos hacemos un lonche de verdad, con aguacate y todo". No podía evitar mirar su ropa, sus zapatos llenos de tierra, escuchar sus palabras llenas de añoranza - como a veces suenan las mías.

"¿Tú crees que de verdad vivan mejor aquí que en México?", pregunté, mientras caminábamos por el desierto centro de Houston, sin atractivo, sin movimiento - lleno de estacionamientos y sitios de comida rápida. "Supongo que ahora no... pero deben de estar pensando en una vida mejor en los próximos veinte años".

Regresamos hacia el hotel. Un espectacular de Tequila Herradura competía desde la ventana con los rascacielos de los bancos. Me sentí más lejos de México que nunca.

18.12.10

Can I trust you?

Me miras como si me estuvieras entregando tu última botella de vino, tu hija virgen adolescente, tu coche recién comprado, tu casa de madera sabiendo de mis hábitos pirómanos. Vamos caminando juntos sobre el hielo y quizá, sólo quizá, podríamos caer. Preguntas si puedes confiar en mi - yo elijo el silencio, colgarme de tu brazo y seguir cruzando el delgadísimo río.

(Recupero con esto aquel hábito de escribir mini-textos con el título de los correos de Spam que descubro sorprendentes o relacionados cobnugi. ¿Alguien se sube a la aventura?).

9.12.10

El derecho a olvidar

Con el asunto wikileaks escurriendo por todas partes, me imagino en estos días a un grupo más bien grande de diplomáticos y empleados gubernamentales llorando por los rincones, preguntándose por qué hicieron todo lo que hicieron y, peor, lo pusieron por escrito y, aún peor, lo mandaron por internet (en algunos casos).

Me imagino el susto de que alguien ahora reuniera todos los posibles archivos de las computadoras de mi vida y comenzara a rastrear algo que me incriminara. Claro, yo no manejo dinero público ni soy cargo de elección popular, pero hay cosas que he dicho y hecho que muy probablemente no me gustaría que salieran a la luz.

Y pienso entonces en el rastro digital tremendo que vamos dejando ahora en Facebook, en Twitter, en Blogger. En este blog hay una especie de cuaderno evolutivo de Cinthya que permite - por lo menos para mí misma - entender cómo y por qué se han hecho ciertas cosas, se han roto ciertos castillos y se han conquistado nuevos reinos. Supongo que - casi - no me avergüenzo de él, que he llegado a un punto de reconciliación conmigo misma.

Pero también reconozco que hay cosas que no existen en mi vida digital - que me doy el derecho a guardarme para mí misma: no sólo a borrarlas de mi vida. Como los que ya no son nuestros amigos (digitales), las fotos que borramos en un intento para hacer borrón y cuenta nueva...

Hablamos los que trabajamos en la investigación de las redes sobre el derecho a olvidar. ¿cuándo, dónde, cómo a quién? Pensemos en Wikileaks... y en los leaks que de pronto, en la vida real nos recuerdan que no todo estaba olvidado.

5.12.10

Querida Kitty

Pregúntese a sí mismo por qué quiere escribir. Pregúntese si debe escribir. Pregúntese si puede vivir sin escribir. Si su necesidad de escribir es imperiosa y surge de lo más profundo de su corazón, ¿qué le importa lo demás? Construya su vida en función de esa necesidad, aunque tenga que trabajar en otra cosa, y escriba en la más completa soledad.-Rainer Maria Rilke - Cartas a un joven poeta


En lo absoluto soy el joven poeta de 20 años al que escribe Rilke - que Gabriel Zaid muy bien apunta tenía 28 años cuando mandó estas cartas. Y aún así, en este letargo que da la sociedad del conocimiento y el bienestar, a veces todavía me pregunto qué es exactamente lo que quiero hacer. Cómo. Cuándo.

Escucho las historias heroícas de quienes se han hecho escritores a costa de su salud (física o mental): escribiendo imposibles novelas en noches robadas al trabajo físico o en tardes escaqueadas al trabajo en agencia de publicidad. Tengo la tentación de decir que ya no escribo - pero en realidad sí que lo hago. Y hay una sola cosa que no me cuestiono: no podría vivir la vida sin contársela a otros.

Reconozco que me da culpa - si alguien me da pie me puedo pasar dos horas acumulando frases sobre casi cualquier tema. Vamos, que últimamente hablo hasta de política y de fútbol - lo de la religión me viene de familia, qué vamos a hacerle. Me da culpa, digo, ser esa vocecita que habla, habla, habla y escribe ... escribe... escribe.

Dirigo este post a Kitty que era la amiga imaginaria de Anne Frank, la del diario. Lo leí muy pequeña y recuerdo haber pensado entonces que me gustaría dedicarme a escribir - incluso pensé que sería bueno que me pasaran cosas, para poder escribir de cosas interesantes. Este, Yunuen querida, era uno de los libros que leía debajo de mi cama, imaginándome la sensación de ahogo, de aprisionamiento...

No idolatro la figura de Frank - me imagino que si viviera sería una viejita un poco insoportable, la pobre - pero le reconozco haberme contagiado del bicho de las frases largas y las descripciones caseras. Y es un buen bicho.

Mi deseo de último mes del año: no dejar de escribir.

3.12.10

Ubícate

Hay muchas cosas que alimentan mi insana curiosidad - por no decir mi voyeurismo - en el Facebook. Voy por ahí, viendo cómo amigos de toda la vida y otros de menos tiempo atrás deciden contar, fotografiar o explicar cosas. Yo también lo hago. Pero últimamente me sorprende del todo el uso del Foursquare y otras herramientas de geolocalización.

"Llegué a la gasolinera". "Entré al cine X". "Haciendo lunch con X en el restaurante tal". Todo con nombres y localización de sitios. ¡Hasta con mapas! Me hace pensar en la manera en cómo yo me imaginaba a Dios cuando era más pequeña: qué necesidad de televisión en el cielo si se podía sentar en una nube con un bowl inmenso de palomitas y unos binoculares súpersónicos y mirar hacia la tierra: "Ah... mira, Luis va de compras... otra vez doña Petra saliendo de la Iglesia... y Juan y sus secretaria entrando al motel... ¿creeran en serio que nadie en la oficina se entera?". Y Dios se mesaba las barbas y veía que ver a los humanos en acción era bueno. [Lo siento - siempre me ha parecido que es más un buen observador que un funcionario inquisidor haciendo cuentas: "dos pecados más, un día más de purgatorio... y este... ni revisar el expediente, directo al infierno. Aunque quizá si va a Roma en su próxima gira y se entrevista con el Papa..."].

Total, que me gusta - lo confieso - sentarme en mi nube y con mis binoculares digitales meterme a detalle en la vida de otros. Pero me causa escalofríos que otros sepan exactamente dónde estoy yo. Twitter me asusta cada vez que me pregunta si quiero poner desde dónde salen mis comentarios - que a veces por si mismo se geolocalizan. La diferencia es que YO decido CUANDO decir DÓNDE estoy (suena a anuncio de Bacardí) - no una cosita que está integrada en mi móvil.

Supongo que todo esto viene del placer que encuentro en perderme por ahí sin que nadie sepa dónde estoy - pasión que viene desde que me gustaba leer debajo de mi cama a los nueve años. Y me sorprende que a otros esta pasión no les sobrecoja... Me miro al ombligo, pues, y me maravillo en los otros. Y siento una cierta comodidad en que lo hagan, que me digan donde estoy. Porque así no tengo que recurrir a la madre aprensiva que vive dentro de mí y preguntar: ¿cómo y dónde estás?

Ya me lo dijo anoche la voz que me arulla en sueños: "Todo el tiempo estoy en el camino y no me pasan cosas - no te preocupes. No te puedo ir avisando de todo lo que hago". Tan fácil que sería prenderle el Foursquare en su móvil... y tan traidor.