14.2.09

Tematización

Ahora que de motu propio he vuelto a la academia, me encuentro entre otras cosas con las teorías del "agenda setting" - aquella visión americana de que los medios establecen completamente la agenda de los ciudadanos al marcarles las fechas y los momentos para cada ocasión. Hay también una teoría europea digamos correlativa sobre la tematización que dice que los medios lo que hacen es establecer temas entre ellos y luego ser autoreferenciales.

En este contexto, es fácil imaginarse el Día de San Valentín como una celebración hecha a medida – cuál no lo es – para reactivar el mercado en un mes especialmente malo como es febrero. Todo está puesto, todo te recuerda, que habría que regalar o ser regalado una flor, un chocolate, un oso de peluche.

Yo soy fanática de las fechas. Me gustan los rituales, los momentos de paso. Por más idiotas que sean. Esto tiene como consecuencia que yo sufra gratuitamente si alguien se le olvida mi cumpleaños, o no le da la importancia que yo quiero que tenga a aniversarios, fechas o fiestas.

Y así entré a la preparatoria. Iba de cínica, de dura. Como mis amigos. Como ese amigo que era el más cínico y el más duro de todos. Que observó en silencio cómo pasó el primer día de San Valentín en esa preparatoria, donde se vendían flores, chocolates y globos y se llevaban “a domicilio” – es decir, a los salones del objeto de tu afecto. Ese, mi amigo, vio cómo mi cabeza se iba hundiendo más entre mis hombros mientras veía como las chicas populares recibían decenas de flores y chocolates y yo, como otras tantas, no recibíamos nada. Me vio burlarme para no llorar – porque hubo quien lloró y después directamente no iba a la escuela el Día de San Valentín.

Al final del día, a la última hora de clases, entró otro chico con flores. Y, sorpresa, una era para mí. No me acuerdo exactamente lo que decía la nota, pero seguro era algo así como “para que dejes de quejarte de que nadie te manda nada”. De ahí en adelante y mientras estuvimos en la misma escuela, cada día de San Valentín, a primera hora, me envíaba una rosa. Y más que un gesto de coquetería, era una manera de cuidar mi corazón, mi autoestima. Y por eso lo quiero tanto.

De eso hace ya más de una década. Hoy, en la mesa de mi sala hay un ramo enorme de flores que llegó ayer de tarde, cuando no esperaba nada. La tarjeta era un código descifrable sólo por el remitente y por mí. Pero las miré y me acordé de todos esos amigos que llenan mis días, mis tardes, mis noches. De todos los habitantes del multifamiliar que tengo por corazón. Me sentí tan suertuda de ser tan, pero tan cursi.

Como no puedo compartir mis flores, comparto la ilusión que me hace sentirme protegida por un cálido manto de cariño de todos mis amigos. Y también este descubrimiento de Chet Baker que, junto con las flores, me han hecho sentir que tengo un secreto agradable y suave al tacto como la ropa de algodón. Especialmente por aquello de

“Are you smart
don't change a hair for me
not if you care for me
stay little valentine stay
each day is valentine's day”

12.2.09

Esa arma secreta

Me gustaría caminar por las calles de Barcelona una noche de 1984 - pero hoy, así, quien soy ahora, no la niña de 5 años que entonces aprendía los sonidos en un colegio de monjas de Guadalajara. Me gustaría cerrar los ojos, regresar y de pronto, en una esquina, ver a ese hombre alto, altísimo, con su cabello bien peinado, con sus ojos profundos. Y me gustaría tener en la mano un pedazo de pastel y ofrecérsela, como hizo alguien. Y, ante su agradecimiento, decirle que no es nada en contraste con todo lo que él me ha dado a mí, lo que me sigue dando.

Hoy hace 25 años que murió Julio Cortázar. Y yo me lo sigo encontrando. No sólo en mi biblioteca mutilada y transocéanica, o en los otros nombres que tengo yo y otros para nombrarme. Me lo encuentro en la boca de un argentinito que toca la guitarra en un bar del Raval y me habla de cuan importante es para él Rayuela. Me lo encuentro en la explicación que le doy a la vida cada lunes cuando voy a comprar grandes ramos de flores para curarme la ansiedad. Me lo encuentro en ese París desdoblado que es Barcelona, Rotterdam, la Ciudad de México y Guadalajara de vuelta.

Sigo, como adolescente, como iluminado en trance, musitando el Capítulo 7 de Rayuela para imaginarme un mundo más dulce, más cercano. Continuo pensando que el hombre perfecto es el ingeniero de la Autopista del Sur. Estoy convencida, al fin, que El Perseguidor y yo escuchamos la misma música en sueños.

Aquí, el artículo de Juan Cruz que me recordó la historia del pastel. Gracias. A Juan, y a Julio, por supuesto.

Realismos varios

Suena a cuento o a novela latinoamericana, pero en mi sala hay una puerta que no da a ningún lado. Es una puerta blanca, de madera con vidrio, con una manija dorada, que estaba en un sitio por demás absurdo en mi casa. Durante la renovación, en noviembre, la saqué de su lugar con ayuda de mi papá y la recargué en el muro del estudio. Y sigue ahí, a un costado del mueble donde están los licores, mis libros y la televisión. Se puede ver desde el comedor y, por supuesto, desde el sofá cama en donde estoy sentada justo ahora.

Los miércoles en mi barrio se puede sacar la basura de grandes dimensiones o muebles en desuso a la calle y el municipio hace un servicio especial de recogida. Ayer era uno de esos días míos de locura en los que quiero terminar todo lo que está sin hacer desde hace meses - todo menos la tesis, por cierto. Así que saqué dos lámparas, una persiana rota, un pedazo de madera, una mesa y pretendí sacar la puerta.

La dejé al final, porque es grande y está pesada. No esperé a que llegara Marco porque bueno, soy así, quiero hacerlo todo de inmediato, cuando se me ocurre. Comencé entonces a arrastrar la puerta por toda la casa. Y mientras me miraba en el espejo o la veía sobre las paredes, me imaginaba a los sitios que podría ir si pudiera empotrarla: si además de voluntad tuviera un poco de artes mágicas para hacerle de pronto fundirse con los muros. Al final resultó que no pude bajar la puerta porque es más grande que el ascensor y ha regresado a su sitio original, pero me quedaron las dudas a donde ir...

Si pudiera fundirse en el muro del estudio, sería una puerta para ir a todos los sitios que muestra la televisión. Sería entonces cosa de alquilar películas de época para que mi casa se convirtiera en una verdadera máquina del tiempo. Entonces sí que tendría sentido la colección de películas que tengo: no sólo por volver a ver los sitios que me gustan, si no para poder estar ahí.

Si pudiera fundirse en alguno de los muros del comedor, se iría a donde estén todos los amigos que se extrañan aquí cuando hay alguna fiesta. Entonces, por ejemplo, al final de mes podríamos reunirnos aquí y salir en Río, en casa de Ángela. O estar hoy en Costa Rica, para el cumpleaños de Vero. O el viernes en casa, para el de mi padre.

Si pudiera fundirse en el pequeño pasillo de la entrada, cerca de donde estaba originalmente, sería para ir a donde se quisiera ir sin perder tiempo. Entonces no llegaría tarde porque me daría cuenta que faltan cinco para las dos pero aún así alcanzaría a entrar al Banco, para la desesperación de las cajeras, o estaría en el cine rápidamente, sin frío y sin tener que tomar un bus.

Y así, iríamos a cocinas del mundo desde la cocina, a los sitios que uno sueña o añora desde la habitación; a lugares intermedios desde el pasillo; y a miradores panorámicos desde la terraza. Mira... quién me iba a decir. Imaginar que porque la famosa puerta no cabe en el ascensor ahora puedo ir al Rockefeller Center desde un huequito a un lado del ficus que vive en la terraza.

11.2.09

Descubrimientos

- Yo no Odio Barcelona. Y el libro que lleva dicho título, a pesar de haberme hecho reír en algunos momentos, en otros tantos me pareció un plomo. Sobre todo, porque se dedica única y exclusivamente a esta bonita cultura de la descalificación como nueva forma de pontificación. Son como anti-fans pero fans, pues. Y me parece tan poco balanceado como quien me dice que el Parque de la Ciudadela son los Nuevos Jardines de Babilonia.

- Clint Eastwood estará viejito pero - quizá justo por eso - sabe cómo hacer una película redonda, casi perfecta. Me gustó mucho Changeling, a pesar de lo mucho que sufrí con la Jolie a lo largo de su travesía. O quizá justo por eso.

- "I saw a whole other future. I can't stop seeing it". Ver Revolutionary Road fue poner en evidencia muchas cosas que muchos esperamos. Pero también creo que el futuro es brillante. Aunque no pienso pasar por traumáticos procedimientos para encontrarlos. Sam Mendes, Kate Winslet y hasta don DiCaprio están muy, pero que muy bien.

- Leer papers en los journals de mi tema que están en la biblioteca de mi universidad es un trabajo de tiempo completo para gente muy inteligente y concentrada. O por lo menos, más inteligente y concentrada que yo.

Pero avanzaremos. Sí, señor. Algún día.

5.2.09

La chica del videoclub

Me encanta su cabello negro, negro azabache. Usualmente va vestida con ropa de deporte, pero de la que no es para hacer deporte, sino para verse cool, tan increíblemente a tono con los tiempos de sútil movimiento que corren.

Ella lo sabe todo. Sabe las películas que son, las que están. No es que las haya visto todas, pero tiene reseñas de múltiples espectadores "creíbles". Es lo que tiene trabajar en un barrio hype - hay muchos "profesionales liberales" inclinados hacia las "artes visuales". Esto es, gente a la que le gusta el cine, en todos sentidos de la palabra.

Además de saber cuáles son las películas que más se alquilan, las nuevas que más se piden, las que están por llegar; ella sabe lo que veo yo. Al musitar un número frente a su computadora, ella tiene una lista con todo lo que he visto en los últimos tres años - qué he repetido y qué no.

Honestamente, no creo que me ponga mucha atención. Soy una chica que va sola y se pasa literalmente horas frente a los muros con múltiples portadas de películas. Un par de veces se ha acercado a recomendarme algo. Sabe algo de mis gustos. Se lo dice su base de datos.

Lo que quizá no sabe es que a veces me paseo durante horas en la tienda porque hay tantas cosas que decidir, tantas películas que ver. Sobre todo, tantas películas que yo DEBERÍA ver. La licenciadaencienciasdelacomunicación debería estar más interesada quizá en Fassbinder que en las películas de Linklater o las comedias románticas. Pero no, me es difícil.

Voy al videoclub y muchas veces salgo de ahí con esa sensación de culpa, de error, sabiendo que aún no he visto otra vez Drácula o que me faltan tantas de las películas de Passolini por mirar.

Es una verguenza. Pero cuando estoy sumida en mi sillón, envuelta en una cobija y con un enorme plato de palomitas entre mis piernas, se me olvida. Se me olvida la angustia de no saber qué elegir, el pelo negro azabache de la chica del videoclub y hasta las cosas que debería hacer o saber. Se me olvida y entonces me acuerdo para qué voy al videoclub: para una dosis barata y efectiva de lagunas mentales.

2.2.09

Crisis

Según la RAE, crisis (tanto del latín como del griego), puede significar (entre otros):
1. Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente.
2. Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales.
3. Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese.
4. Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes.
5. Juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente.

Según el mito, yo tendría que estar sumida en dos crisis: la económica actual (que según un casi exjefe mío es 3,7 veces más mala en España que en México) y la de los famosos treinta. Y uno, sumido en crisis, tiende a tomar decisiones y acciones.

Anuncio: a partir de este lunes, esta escribiente es sólo empleada de si misma y se concentra en su tesina y sus textos. Se acabaron los trabajos glamourosos pero jodidones. He dicho.

(Sí... la verdad es que sí estoy brincando de felicidad).

Sobre la inutilidad de los poemas de amor

En esta casa, en esta recámara, se cambian las sábanas todos los lunes. Es una cosa de esas que se quedan desde la infancia. Me recuerdo media dormida, con el uniforme oliendo a sol - a limpio, a recién planchado - sacando las sábanas y metiéndolas en la funda de la almohada, en el bote de la ropa sucia, antes de irme a la escuela. Es algo así como una especie de ritual que, al contrario de la misa dominical, no ha ido espaciándose con los años. Hay que reconciliarse consigo mismo de vez en cuando - y uno lo hace cuando deja limpio y nuevo el sitio donde quiere dormir.

Desde hace años pertenezco a una especie de lista de correspondencia entre antiguas "promesas" de la literatura mexicana. Una lista más bien flaquita y sin chiste. De hecho, el que pertenecer a ella sea un honor o un desencanto todavía está por definir por la historia. Pero la lista sigue. Hemos conocido incontables historias de amores y desamores, conflictos académicos, mudanzas trasatlánticas y demás. Desde hace meses rara vez respondo. Me limito a ver el ir y venir de pequeños dramas cotidianos. Hace un par de semanas, sin embargo, una de las promesas que se han concretado en algo - vamos, que tiene libros publicados e incontables becas - comenzó a hablar de cuán orgullosa está de que está escribiendo "poesía de verdad". ¿Cómo? Sí, básicamente, según explica, está orgullosa de que ya no escribe poemas de amor sino de otras cosas - lo cual, afirma, la convierte en una verdadera poeta.

Yo, poeta de pacotilla, me quedé pensando en la vergüenza que debo ser para los que me consideraban, también, una especie de poeta en potencia. A mis 30 años sigo escribiendo poemas de amor de vez en cuando. Qué verguenza. Pero no sé, supongo que es esa estúpida manía mía de volver a leer de vez en cuando a Neruda, a Auden o hasta a Cioran y a Wolfs. La tontería esa de encontrar que los grandes superventas siguen escribiendo - sí, que verguenza - canciones de amor. Es que somos un verdadero lastre para las grandes letras. Pero qué se le va a hacer.

Es lunes. Y en esta casa, los lunes se cambian las sábanas. Se sacan a la terraza para que nada huela a nada más que a detergente. Uno se baña antes de meterse a dormir para que el cabello no huela a cigarro ni el cuello tenga sensación de besos de alguien que no está. Se cambian las sábanas, se lavan los recuerdos, se duerme con un par de libros de AM Homes y algunas canciones de Fiona Apple, a ver si el cinismo y la rabia hacen desaparecer una cierta tristeza y la sensación de que la cama es enorme, como un océano o un larguísimo trayecto en carretera.