6.4.20

De Monstruos y Privilegios

La nuestra es una cuarentena de privilegio. Serán más de cuarenta días, pero no parece que en ninguno de ellos tendremos hambre, o frío, o sufriremos de pobreza. Somos de esos, de los privilegiados. Y a veces, cuando uno se mira así mismo, sólo puede imaginar lo que pasa en otros sitios.
Estamos todo el tiempo los tres juntos, en el bigbrother que se supone que las familias tenían que ser - con algunos invitados que nos permite el laxo encierro holandés. Pero la verdad de las cosas es que en la vida “normal”, pasamos muchas horas separados, cada uno con su vida “privada”, con sus cosas “propias”. No sólo G y yo en nuestras oficinas, con nuestros colegas y proyectos que no se parecen nada entre sí, sino también X con sus amigos, sus maestras, su escuela. Y sé que, además de la felicidad de estar juntos, extrañamos a veces la libertad de no estarlo. Los otros momentos en los que somos y vivimos como otros.
El que lo expresa más fácil es X. No tiene ningún empacho en llorar en la mañana cuando le digo que hoy tampoco vamos a ir a la escuela. O en encerrarse en el baño - éxito uno de la cuarentena: eliminación del pañal - y gritarme con todos sus pulmones: “¡No he acabado, mamá! ¡Cierra la puerta! ¡Espera tantito! ¡To-da-ví-a-no!”. Traduzco al español su miguelito, que es nuestro caso es una mezcla bastante balanceada de holandés y tapatío. Pero tiene las palabras que necesita para decir que está cansado, que está enfadado de vernos las caras, que se quiere ir ver a sus maestras, que por-fa-vor lo deje estar en paz, aunque sea mientras está sentado en el trono.
Lo entiendo. Yo también lo hago. Confieso que a veces cuando digo necesito trabajar, en realidad necesito trabajar pero me subo, encuentro un escritorio, y no trabajo. Pienso. Leo. Escribo esto en lugar de corregir, porque para corregir necesitaría un poco más de atención que la que me queda.
Y comenzamos a estar más difíciles. Vivo rodeada de holandeses, tan aparentemente civilizados, y aún ellos tienen la cara crispada muchas veces. No gritan, casi no. No en esta casa. Pero los puedo imaginar gritando.
Yo sí que grito. Descubrí que puedo matar de risa a X jugando con él a ser un monstruo: el se ríe, y grita de susto/placer mientras yo lo correteo por la casa, y yo hago sonidos guturales que me ayudan a estirar esos músculos que están medio cerrados, a dejar salir un poco de la presión que se acumula. El se ríe. Yo me alivio.
Pero hoy me volví un poco loca temporal. En la sobremesa, mientras recogíamos los platos, se abrió la discusión de si era necesario/conveniente/atractivo salir a comprar helado o no - porque alguien en la mesa quería helado. Yo, que me había comido un helado ayer, dije que para mi no, que muchas gracias, que yo quería acostar al niño, pero que la heladería estaba abierta y es buena idea consumirles con todo y la sana distancia. A eso le siguió un intercambio tenso de quién va a la heladería, por qué, cuándo, qué va a traer, vamos ahora, más tarde, cuando se duerma el niño, si o no. “Bueno, vamos todos”. “No”, repetí, “yo no voy. El niño tiene que dormir y no podemos salir todos a comprar un helado”. Y entonces otra vez discusiones y un bufido y yo no aguanté el bufido y grité. “¡Ya está! ¡Váyanse por el estúpido helado y dejen de discutir tonterías!”.

Creo que sólo grito tan fuerte cuando soy el monstruo con X, pero X ni se enteró porque estaba viendo un poco de televisión. Me di cuenta que durante la “discusión-debate” contuve la respiración. Y cuando grité, grité con toda la angustia de mis pulmones con poco oxígeno, con todas las ganas que tengo de salir, y sentarme en mi oficina, y hablar con alguien más, y ser lo que me imagino es ser yo.

Los adultos de la mesa me miraron con ojos de plato. “Pero, ¿qué pasó?”. Yo no respondí porque estaba respirando otra vez, con dificultad, evitando soltarme a llorar. Sentí un hueco en mi pecho y pedí perdón casi de forma inaudible. G me dió un beso ligerísimo y me abrazó, casi con miedo. No me moví. Sólo seguí respirando.
No me puedo imaginar lo que es vivir en una casa donde los espacios son pequeñísimos, donde la violencia es cotidiana. Mi privilegio no está sólo en tener comida, sino en tener espacio, en tener gente dispuesta a abrazarte después de que te vuelvas un poco monstruo: sea un niño de dos años o un hombre de dos metros. Y lo agradezco.

31.3.20

La (Sana) Distancia

Hace más de dos semanas que salimos a la calle lo estrictamente necesario. Si nos escapamos del encierro, es rápido, en solitario, como entre sombras, como escondiéndonos. Con la gente que encontramos en el camino compartimos miradas de comprensión y también de cierta conmiseración. Vivimos sin saber exactamente esto cuándo se acaba, o a dónde lleva, o en que momento saldremos al hueco central del laberinto: ese sitio donde hay aire, sol, libertad. Y se habla de la “sana distancia”. Del distanciamiento social. De entre uno y dos metros de lejanía que tenemos que tener con el otro para evitar contagios de cualquier lado. O suspicacias. O para domar el miedo.

Sin embargo, dentro de esta casa, hay otro universo sucediendo. Hay un niño de doscasitres años que se vive los días abrazado a nosotros, quizá leyendo lo que hay afuera sin entenderlo. Quiere sentarse en nuestras piernas para comer, abrazarnos mientras duerme, que le tomemos de la mano para subir y bajar las escaleras, que nos sentemos con él y contemos cuentos. Y así, de pronto, la distancia que tenemos cotidiana, se ha ido borrando. Nosotros que - privilegiados - tenemos trabajos, oficinas, agendas llenas, guardería para el pequeño, horas y horas de transporte a la semana, y altos niveles de estrés, estamos de pronto todos en casa. Nos dividimos las estancias, las tareas, las pantallas. Dejamos que las voces de los otros a veces entren en las teleconferencias de los unos. Contaminamos nuestra vida con una presencia penetrable, perceptible, cierta.

Y quizá un poco en reacción de lo que está afuera (lo que no vemos pero intuimos), nos abrazamos. O quizá lo que nos pasa es que simplemente estamos desquitando tanto tiempo perdido. Recuerdo haber leído alguna vez que cuando uno no duerme lo que necesita, el cuerpo le abre una cuenta de “debe” que sólo se salda durmiendo esas horas que uno dejó de lado. Algo así, me parece, pasa con los abrazos, con el toque, con la compañía.

Así que, agradecida, dejo que mi pequeño se encarame en mis piernas y hundo mi nariz en sus rizos olorosos a queso, chocolate o lo que fuera parte de su última comida. Esa es mi manera de conjurar a las otras distancias que me mantienen lejos de los otros abrazos que quisiera dar.

19.11.19

Duelos

Hace un par de días que al acordarme de ellas se me detiene un poquito la respiración. Es la distancia, igual, que no me permite tirarles los brazos alrededor del cuerpo y apretarlas fuerte, estrujarlas, con las esperanza de sacarles un poquito la tristeza. Porque a veces es tanta que uno quisiera exprimirla y mancharse con ella y llevarla por ahí en homenaje al dolor de los otros.

En medio de los grandes dolores colectivos vienen los pequeños y absolutos dolores individuales. Y a la distancia vivo la pérdida de una madre, de un amigo querido, de une hije esperade. De un pedacito del cuerpo. De la mitad y media del alma. Imagino sólo el andar por ahí medio cojo de dolor, medio doblado de angustia, medio ciego, sordo y mudo porque cómo se hace para tener todos los sentidos cuando ninguno le queda al otro. Cómo, si lo único que te queda son los recuerdos, los que tienes o los que habías adelantado.

Poco se habla de la muerte, de los duelos. De la manera en que nos enfrentamos a las pérdidas que tememos tanto. Yo las temo cada vez más cada día que pasa, porque entiendo que lo que tengo (tenemos) es una cuenta atrás de un total desconocido. Y al no hablar de los duelos los hacemos más incomprendidos, más insoportables, más rápidamente silenciados. Pase a la siguiente cosa, a la otra, que la rueda de la fortuna de la realidad contemporánea no para, no da tregua, ni respiro.

Escribo aquí por les hijes que no han llegado a nosotres, por las madres y padres que nos han dejado un poco más huérfanos, por los amigues que se han apagado dejando encendida la luz. Por la promesa de su vida que ahora tenemos que re-escribir, re-enmarcar. No es cierto que dejan de doler. No es cierto que se van. Y es no hay por qué deberían de irse. También somos las cicatrices, las rupturas, las imposibilidades, los silencios. Los duelos. Los abrazos que damos en los duelos y que nos pegan, aunque sea momentáneamente, los pedazos de cielo que vamos dejando tirados alrededor.

22.9.19

V, de nuevo

Escribo casi a media noche, con las puertas de la sala abiertas, pasando medio septiembre. Hay un verano indio en Róterdam. Mis hombres duermen. Yo tengo un par de horas azotando las teclas de mi computadora como antes, como entonces, como siempre.
Me trajo de regreso a la escritura la rabia. La indecencia. El saber cosas que no se dicen. La angustia de pensar que las cosas no cambian si no hay diálogo. La tentación de imaginar que si dices algo, si escribes algo, a lo mejor mueves una consciencia. A lo mejor cambia algo. Algo de tanta tontería.
Y casi te siento, V. Casi te escucho reír al final de la mesa. Reír y joderme porque escribo la mayoría del tiempo sobre hamburguesas, sobre el niño, sobre viajes... sobre cosas que a ti te parecían un poco demasiado ridículas. ¿Y cómo explicarte que hoy es como si estuvieras a mi lado susurrándome que las cosas pueden cambiar, siempre pueden, siempre y cuando uno dé un golpe de efecto en el sitio indicado?
Escribo casi a media noche, con las puertas de la sala abierta, pasando medio septiembre, con un bourbon en la mesa y unos lagrimones recorriendo mis mejillas. Y yo, tan malamadre, tan malamaestra, me siento por un momento yo. Me siento de nuevo esa persona que necesita contar las cosas que están pasando a su alrededor. Que necesita dejar constancia de que esto lo vivió alguien, que no es ficción, que es solamente la mierda que pasa cuando los humanos son humanos y crueles con los unos y los otros.
No pretendo tener la razón. Pero, ¡carajo!, qué bien se siente escribir con rabia. Que descanso del alma cuando uno pretende menos y es más. ¿Que qué tiene uno que perder? Todo. Todo. Te imagino tanto en el exilio. Y es una imaginación tan tremenda, tan injusta. Mis batallitas no se miden con tus guerras. Y bueno, sin embargo, aquí estoy. Tirando de tu recuerdo, de tu inspiración, de tu risa que no se me va a pesar de que pasen los años para decidir que basta, que no me quedo más callada. Que si aprendí a escribir y a narrar es para que no se queden las cosas dentro. Porque dentro lastiman, hieren, pudren.
En dos semanas me ha cambiado completamente el panorama. Quién me iba a decir que estaba tan harta. Quién me iba a decir que estaba tan lista. Quién me iba a decir que seguías tan cerca de mi.
Gracias, querido. Que tu nombre no se olvida aunque lo pronuncie incontables veces en el día. Bueno que estás y que te veo en lo que todavía escribo.

15.8.18

Uno (y antes)

Se publica esto con retraso... como tantas cosas desde hace casi catorce meses. Con retraso y felicidad de que todo esté en donde está. Y más felicidad de volver a escribir, como después de la lluvia. Y se publica aquí y no en el blog de la mamá porque esto también es de la otra, la de antes.

* * *

Lobito mío:

El primer regalo que le dí a tu papá, seis meses después de conocernos, fue un CD que había comprado para mi. Estoy segura que ya has jugado con él en tus incursiones a las cosas que están en mi estudio. Era un disco de Jorge Drexler - hacía muy poco que lo había descubierto gracias a tu tía Ju. Escuchamos ese disco muchas, muchas veces, en los viajes que hicimos por carretera. Y cuando supe que venías también lo escuché constantemente. Tanto, que quizá tu recuerdas haber dormido conmigo meciéndote por la sala.

Hoy cumples tu primer año. Desde ayer estoy pensando en todas las cosas que nos pasaron antes de que llegaras - en quien era yo cuando estabas en camino. En cómo hemos crecido juntos. Y la primera noche que salimos tu papá y yo después de que llegaras fue, justamente, a un concierto de Jorge Drexler (y con tu tía Ju). Muy pronto en el concierto cantó una canción que dijo que era antigua, pero yo no la conocía. Se llama Antes. Cada vez que la escucho, desde entonces, pienso en nosotros (en tí y en mí). Te la presento, y te cuento por qué.

Antes de mí tu no eras tu
Antes de tí yo no era yo
Antes de ser nosotros dos
No había ninguno de los dos


Antes de ser parte de mí
Antes de darte a conocer
Tú no eras tú y yo no era yo
Parece que fuera antes de ayer
Te cuento que, la verdad, la yo que soy ahora es diferente que la que era cuando no habías llegado.
Con pastel y todo
Ayer me llamaste “mamá”... creo que gracias a la repetición de la palabra por tus abuelos, que están aquí de visita para verte. Y esa persona, la que se llama “mamá”, se estrenó en el mundo contigo, al mismo tiempo. Cuando yo respiré para pujar la última vez y te escuché llorar, apareció. Y es divertido verme/verla a la distancia: ver lo que ha modificado y lo que sigue siendo. Ver que parece que siempre he sido esta cuando en realidad he sido más tiempo la otra. Y aún así el tiempo que tienes aquí parece, al mismo tiempo, tan corto y tan largo.

Antes que nada
Yo quiero aclarar
Que no es que estuviera tampoco pasándolo mal antes

Cuando supimos que venías, estuvimos muy contentos... pero también habíamos pasado una temporada feliz. Después de años de búsqueda, de aventuras por separado, de angustias por separado, tu papá y yo pensamos que igual tendríamos que intentar estar juntos...porque quizá estar juntos nos haría más felices. Y acertamos. Con una paz no esperada, con una tranquilidad no prevista. Pasamos un par de años compartiendo cosas, imaginándonos el futuro con el otro. Yo había encontrado un trabajo. Vivíamos bien en esta ciudad. Viajábamos a ver amigos a diferentes lugares, solos y por separado. Habíamos terminado una casa de adultos - con un sofá blanco y llena de cactus y de cosas que se rompen. Pero nosotros estábamos bien. Así que el que vinieras en camino llegó como una sorpresa dulce y maravillosa en unas vidas que estaban cómodas y acomodadas. 
Pero algo de mí, yo no supe ver
Hasta que no me lo mostró
Algo de tí, que quiero creer
Que no vio nadie antes que yo
Que nadie vio antes que yo
Hay tantas cosas de mi que descubrí cuando estaba esperándote y descubro cada día contigo que no puedes ni imaginarte. Son los regalos que trajiste para mí. Me descubriste que soy mucho más de lo que jamás creí - que mi cuerpo es un mecanismo maravilloso, creador de milagros. Me has vuelto más serena, más sonriente, más paciente en algunas cosas y también más rabiosa en otras. Creo que nunca había dormido tan poco en mi vida, y aprecio mucho más los pequeños placeres como tomar café caliente, el silencio de la mañana durante tu siesta... y eso también me hace más feliz.
Después de todo
Lo que quiero es decir
Que no entiendo como podía vivir antes
No entiendo como podía vivir antes
Y mira, aquí resulta que no estoy de acuerdo. Entiendo y sé cómo podía vivir antes. Pero mira tu por donde, también me gusta, me fascina, me asombra, vivir como vivimos ahora. Felicidades, querido mío, por este año. Y un millón de gracias.

7.5.18

Adiós, Beatriz

Sin miedo a la tecnología: siempre ahí
Pocas cosas en el mundo la ponían más de malas como que la llamaras abuela. A ella le gustaba el diminutivo. Y siempre fue mi abuelita Bety. Mi papá la llamaba mami - todos sus hijos. Incluso algunas de sus nueras. Mi mamá siempre la llamó Doña Bety. Y justo me contó que hace apenas un par de semanas, cuando volvieron de visitarme, fue a verla y, para sorpresa de todos, habló. Preguntó que dónde andaban. Preguntó por mi. Por mi.

De niña (y a veces también de grande) me sentía un poco menos que los otros, siempre. Menos hábil, menos bonita, menos simpática, menos importante. Pero no a los ojos de mi abuela. Nunca. Y aún de mayor me llenaba un orgullo infantil cuando ella contaba las anécdotas que nos unían a los dos. Ser una de treinta y tantos nietos y ocupar un lugar de su disco duro era importante. La cosa es que sé que todos teníamos esos momentos. Que a todos, de una u otra forma, nos hacía sentir únicos, amados, protegidos. No soy la única a la que salvó de la quiebra sentimental... o incluso económica. Como si supiera, en algún momento, te escurría su manita en el bolsillo del pantalón o la chamarra y dejaba ahí un billetito (como ella decía), envuelto en una servilleta o un pedazo de papel. "Es por tu cumpleaños, es por tu cumpleaños", insistía. Generosa pues, con todo, con todos.

De nosotros, le gustaba contar la historia de un día en que mi mamá le pidió que me cuidara cuando yo tenía como tres años y vivíamos en una casa debajo de la suya. Mi mamá salió temprano al mercado mientras yo dormía. Cuando mi abuelita bajó a verme, un poco después, me encontró con un sartén en la mano, haciendo equilibrios con un huevo entero que tenía encima. "Hijita, ¡pero qué haces!". "Me voy a hacer un huevito, abuelita, porque tengo hambre". Demás está decir que yo no me acuerdo, pero tengo grabado su recuerdo de mi, su manera de narrarme. De esa pícara-sabionda-tragona que al parecer he sido siempre. Y sé - porque me lo contó, porque tengo la certeza - que me llevó con ella a su casa y me dió un desayuno opíparo - de esos que a los que me encantaba auto-invitarme aún dejando en mal a mi mamá enfrente de sus suegros. Por ahí de las diez de la mañana, yo pedía permiso para subir con los abuelos. Y al llegar a la casa de mis abuelos el diálogo "hijita, ¿quieres un taquito?"/"Sí, abuelita"/"¿Pues que no has desayunado?"/"no, abuelita" se repetía sin falta.

A veces me han dicho que yo quiero a través de la comida (cuánto estereotipo a la Como Agua para Chocolate). Es cierto. Y eso, además de mi madre, lo heredé de ella. No siempre lo entendí como tal, pero ahora me queda claro cómo todo era un acto de amor. Tener Quick de chocolate y de fresa para los nietos en el fondo de la alacena. Perseguirte por los pasillos para que te tomaras un licuadito (de leche, fruta, miel y nueces) incluso antes de que te metieras bajo la ducha. Las inagotables sartenes de los mejores frijoles fritos del mundo. Las eternas y divertidas sesiones de torteo para hacer gorditas con los nietos. El agua fresca que había siempre en el refrigerador. El tequilita o el ponche de granada como aperitivo, con cacahuates. La noción clara, irremediable, de que al cruzar la puerta de su casa (en mi mente siempre la veo dándome la bienvenida a través de los cristales ahumados que habían en mi infancia) te iba a ofrecer algo de comer o de beber. Y había que aceptar... pronto. Porque sino ella iba a continuar haciendo ofertas cada vez más complicadas hasta lograr que el vaso de agua inicial se convirtiera en la sugerencia de descongelar pozole o de plano hacerte una cena completa.

Ir a verla era ir a refugiarse en su buen humor, en su voluntad de que hubiera una cierta paz. De vez en cuando, acicateada por insistentes comentarios a su alrededor, también comenzaba a criticar algunas elecciones de vida o, válgame, de ropa o de corte de pelo. Y sin embargo, en lo importante, escuchaba con el corazón. Más aún: preservo con especial cuidado en mi memoria sus abrazos sanadores después de esas pérdidas importantes en mi vida (mis rupturas sentimentales, mis abortos, mi divorcio) y su mirada firme, certera, diciéndome que todo estaría bien. Que mis decisiones eran buenas si me servían a mi.

Y sin embargo, no podíamos haber sido más diferentes. Siempre me reclamó que hubiese dejado Guadalajara sin fecha de vuelta (bajita la mano, que dicen). Y nunca entendió lo de mis títulos académicos ("pero hijita... yo no creo que tú necesites estudiar tanto, ¿o sí?). Con todo y todo, nunca me hizo sentir incómoda en mi piel. Era el reclamo amoroso de la mujer que era más feliz cuando estaba en su casa, rodeada de todos sus pollitos. De la que no quería ir a estudiar a Colima porque estaba más feliz ayudando en casa, lavando la ropa de sus hermanos. De la que, ya enferma y cansada, instauró los viernes como open house permanente y preparaba comida, botana y cena para que pasaran por ahí todos, cuando pudieran, todas las veces que quisieran.

Me quedo con las ganas de preguntarle las cosas que siempre me parecieron demasiado íntimas: qué había sentido al casarse tan joven (18) con un hombre 15 años mayor. Cómo había logrado sobrevivir a perder a su primera hija, Lupita, antes de que cumpliera un año. Cómo había superado la tristeza de la partida de mi abuelo, después de vivir con él por más de 60 años. Me quedo con las ganas de escucharla contar, otra vez, las travesuras de mi padre y sus hermanos, las historias de la guerra cristera, la receta de la cuachala, las pacholas y las tortitas de camarón con nopales, que ahora yo hago con ingredientes traidos de Surinam en una ciudad del sur de Holanda. Me parece imposible que ya no esté aquí para abrazarla, para oírla darme su bendición. Se me rompe un pedazo de mi historia.

Desde ayer que me enteré que se fue, tengo un hueco que se hace cada vez más grande en el fondo del pecho. Late, al ritmo de mi corazón. Y hoy durante la cena, G me dijo: "tienes que hablar con tus padres. Necesitas contar los recuerdos que más te gustan de ella". No acabaría, pensé. Pero por algún lado hay que empezar.

16.4.17

Resurrección

Hay milagros tan grandes que pasan casi desapercibidos. Durante años, meses, días, segundos, piensas en tu vida, en lo que te rodea, sin verlos en realidad. Sin verte. Y parece milagroso ese instante en lo que algo te hace mirar una vez más en ese reflejo, en el espejo, en el fondo del armario. Y es un milagro descubrir que sí que tienes un par de zapatos que vayan con ese vestido, que sí que tenías un argumento para ese artículo, que sí que anotaste el dato, que guardaste el boleto de entrada al cine, que reconoces los colores que te trae la primavera. Que lo que te esta pasando, aunque sea la primera vez que te sucede, es reconocible para ti porque es un milagro.

Me pasa con la Pascua. Me pasa que me hace recordar todos esos pequeños milagros de mi infancia que se encadenaban en la semana santa: cuando descubrí la verdadera voz de mi abuelo, cuando comencé a pensar cómo atrapar la luna en un pañuelo, cuando me deshice de mi miedo de leer en público, a conducir sola, a buscar un amor, a abandonar un amor. Algo pasa conmigo que hay ciclos que se abren y se cierran alrededor de la semana santa, de la vigilia pascual.

Quizá sólo sea la necesidad de un rito. O la comodidad de tener uno que es a la vez inamovible y rico en significado. Llega la pascua y es para mi tiempo de encender velas como en la iglesia de mi infancia, cocer huevos como me enseñaron mis hermanos de vida, disfrutar del sol y la compañía como aprendí en casa. Esas cosas son las que hacen la resurrección.

Y hoy, queda citar las escrituras. Las que conocemos como santas y las que se hacen santas a lo largo de la vida. Y acordarse de las palabras registradas por el Evangelio de Mateo, al intentar explicar la manera en cómo se viven los milagros ("Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas"). Y las de Juan, que cuentan la angustia del que ha perdido algo
("Mujer, ¿por qué lloras, a quién buscas?"). Y las de Derek Walcott en Love After Love, que narran la felicidad de encontrar en uno esa cosa que necesitaba resurrección (la traducción, con todos sus tropiezos, es mía):

The time will come /Llegará el tiempo
when, with elation /en que, jubiloso
you will greet yourself arriving /te saludarás al llegar
at your own door, in your own mirror /a tu propia puerta, en tu espejo
and each will smile at the other's welcome, /y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro and say, sit here. Eat. /y dirás siéntate aquí. Come.
You will love again the stranger who was your self./Volverás a amar al extraño que eras tu mismo.
Give wine. Give bread. Give back your heart /Sirve el vino. Sirve el pan. Regresa tu corazón
to itself, to the stranger who has loved you/a si mismo, al extraño, que te ha amado all your life, whom you ignored   / toda tu vida, al que ignoraste
for another, who knows you by heart. / por otro, al que te conoce de corazón.
Take down the love letters from the bookshelf, /Saca las cartas de amor de la biblioteca, the photographs, the desperate notes, / las fotografías, las notas desesperadas,
peel your own image from the mirror. / arranca tu imagen del espejo. Sit. Feast on your life.  / Siéntate. Homenajea tu vida.