Según una de las guías que Gaby y yo hemos estado leyendo en los últimos días, hubo una época durante la construcción de la primera fase de la Gran Muralla China en la que miles de chinos murieron de inanición porque los campesinos fueron obligados a trabajar en la construcción, dejando de lado la búsqueda del alimento. Esta noche, justo debajo de la plaza Tianamen, hemos visto a más de una decena de personas dormir sobre cartones, con sus pertenencias recogidas en bolsas de basura. Y no pudimos dejar de preguntarnos si eran ellos los damnificados locales. Si como aquellos que se murieron de hambre por culpa de la Muralla, no ellos están durmiendo sin techo en respuesta a otro proyecto de Estado como las Olimpiadas.
Salimos temprano. Era nuestro último día en Beijing y queríamos aprovecharlo al máximo. Junto a la plaza - ahora cerrada porque la están preparando para la clausura de los Paralímpicos mañana - está la estación de autobuses para tours. De donde salen todos los tours a la Gran Muralla. Todos los tours en Chino.
Como estamos hechas unas aventureras, envalentonadas porque nos cuidamos las espaldas, nos fuimos al tour. Elegimos uno que iba a las Tumbas Ming y a la parte "más turística" de la Muralla. Con todo y comida, el asunto eran 160 yuanes, o sea, poco menos de 16 euros. Y bueno, nos subimos al autobús - con otros cuatro rubísimos occidentales y 40 y tantos chinos.
Nada más arrancar, la chica que dirigía la expedición comenzó a hablar. Y a hablar. Y a hablar. Yo había logrado borrar ya su voz de mi mente cuando Gaby llamó a mi atención que la mujer tenía 35 minutos hablando sin parar, sin grandes variaciones en la voz, sin gesticular. No en balde varios de los oyentes se quedaron dormidos. La primera parada, cerca de las 11, fue a comer. Otra vez mi yo poco aventurero miró algunos platos y se puso a comer arroz y verduritas. En el sitio vendían toda clase de jade y medicina natural del estilo placenta de venado. No, no compramos nada.
La siguiente parada fueron las Tumbas - sin explicación en inglés. Nuestra "guía" sólo sabía decirnos a qué hora teníamos que estar de regreso en el autobús. Caminamos por el Mausoleo y lo encontramos mono, aunque un poco soso. Veredicto: todas las ruinas importantes en Beijing fueron repintadas hace no más de un mes. Estas no.
Tercera y última parada: la Gran Muralla. Por más que me esfuerce en explicar cómo me duelen las pantorillas y los metatarsos, no puedo contar con exactitud la frescura del viento en esa cosa que serpentea por las montañas. Mis ojos se llenaron de piedras, de niebla, de carritos que suben con ruidos extraños como el trenecito del Parque Alcalde, de atletas paralímpicos bajándose de su silla de ruedas para subir (o bajar) a manos pelonas alguna de las cuestas. Y toda esta gente con sus cámaras, tomándose fotos. Riéndose tanto. Detiendo a los occidentales para fotografiarlos. Porque sí, aquí uno es el rarito. Por una vez.
De regreso, dormimos. Entramos a Beijing cuando estaba devorada por un intenso tráfico. A lo lejos, entre decenas de nuevos edificios de departamentos, ví las enormes pantallas que trasmiten las noticias y los juegos. Pensé que podría ser conveniente vivir cerca de una si no puedes comprarte un televisor. Me arrepentí al momento.
Cuando llegamos a la estación, aún llovía mucho. Tomamos un café refugiadas en un sitio cualquiera y después, en cuanto amainó, fuimos a visitar la calle Qianmen. La estaban renovando para las Olímpiadas, pero se tardaron un poco demasiado. Ubicada del lado contrario del Palacio Prohibido de la Plaza Tiananmen, es una antigua zona comercial. Pero la borraron. Construyeron una callecita que puede estar en cualquier parque temático del sur de California. Tan es así que las calles laterales están cerradas con candados y puertas de madera, como una escenografía perfecta. Encontramos una calle por la cual salirnos del set y llegamos a un sitio donde se venden zapatos baratísimos, y blusas de seda y gorras verde militar con estrellas. Y seguimos caminando. Y nos metimos en un Hutong, esos barriecitos-callejuelas que el gobierno recomienda visitar de día. Y eso era lo que había atrás del decorado: gente que vive en habitaciones, con baños comunitarios, con sonrisitas apenadas detrás de las cortinas.
Volvimos a la escenografía y luego hacia la Plaza. Caminamos hacia el hotel y cenamos en un modernísimo restaurante chino-japonés (nada parecido a los de Barcelona, por cierto - como comida rápida, pero versión local). Mientras seguía saboreándome la malteada de té verde que me tomé al final, no pude quitarme de la cabeza a los que murieron de hambre cuando la muralla, a los que duermen bajo la plaza con las olimpiadas y a los especuladores que quizá mueran de miedo esperando que la calle Qianmen no se quede por siempre convertida en un falso set que sólo atrae a los mirones y a los policías.
16.9.08
15.9.08
Parecería que estas puertas nunca estuvieron cerradas
Pero sí lo estaban. Y ahora miles de chinos y de extranjeros las cruzan todos los días, y se divierten en los patios que antes estaban cerrados sólo para los emperadores y sus más cercanos amigos. Quizá lo más romántico, lo más dulce, es ver a los ancianos que seguramente sabían de la Ciudad Prohibida como algo lejano entrar de la mano de sus hijos o nietos y llenarse los ojos de los techos con esmalte amarillo o de las extravagantes colecciones de palacio – los relojes, las teteras de jade, los jardines con cascadas falsas. Hay una sensación de Disneylandia trasnochada tras los muros y las enormes filas para comprar los boletos de entrada a los museos, en las tiendas de recuerdos y los sanitarios con “calidad cuatro estrella”. Hay un montón de sonrisas, y millones de fotos que se toman en cada esquina, en cada lugar bonito. Hay algo profundamente dulce en la Mirada del Mao Tse Tung que cuelga de la entrada de la Ciudad Prohibida. Algo que seguramente Warhol ya había visto. Algo que los guardias de palacio no entienden, porque no dejan a los turistas tomar fotos.
Parecería que en esta plaza nunca pasó nada, con sus enormes y coloridos adornos florales celebrando los paralímpicos. Con su museo con estatuas en favor de Mao. Pero entonces uno mira a la bandera – pequeña – que ondea en su orgullo colorado. Entonces uno ve a las decenas de guardias jovencísimos, vestidos de verde, que miran a los paseantes casi sin moverse, bajo el inclemente sol. Y entonces uno se acuerda que en esa Plaza – esa, que, de nuevo, se parece tanto al Zócalo y de pronto a Tlatelolco – un montón de jóvenes se quedaron, mirando hacia adelante, hacia un sitio diferente.
(“Sé crítica”, me dijo alguien antes de salir de Barcelona. Y soy crítica. Pero también sé que los pekineses – me pregunto si aún se dice así – merecían estas olimpiadas. Con sus sonrisas y sus intentos por entenderte (y hacerse entender), con sus super-pobladas líneas del metro, con sus parques donde la gente hace uso real del espacio público bailando, cantando opera, haciendo ejercicio, volando papalotes… quizá mi mirada sea demasiado dulcificada y mis palabras resuenen tras una cortina de vaselina que hace que todo parezca más romántico. Pero aquí la gente trabaja. Mucho. Y está contenta de tener unas Olimpiadas. Y estoy segura de que las merecían).
Menús: mi espirítu aventurero, resulta, es menos de lo que uno podría creer. Fui con G al mercado de “snacks” cerca de nuestro hotel y se nos revolvió el estómago de tanto olor a fritura… también es cierto que la vista de brochetas de serpiente no ayudaba mucho. Al final, cené pato Beijing. Bue-ní-si-mo. Y descubrí que para tomarse un café relativamente decente hay que ir, sorpresa-sorpresa, a un McDo. Y que las cervezas “normales” son de 800 mililitros. Vaya pues con este extraño país de la relativa abundancia
Parecería que en esta plaza nunca pasó nada, con sus enormes y coloridos adornos florales celebrando los paralímpicos. Con su museo con estatuas en favor de Mao. Pero entonces uno mira a la bandera – pequeña – que ondea en su orgullo colorado. Entonces uno ve a las decenas de guardias jovencísimos, vestidos de verde, que miran a los paseantes casi sin moverse, bajo el inclemente sol. Y entonces uno se acuerda que en esa Plaza – esa, que, de nuevo, se parece tanto al Zócalo y de pronto a Tlatelolco – un montón de jóvenes se quedaron, mirando hacia adelante, hacia un sitio diferente.
(“Sé crítica”, me dijo alguien antes de salir de Barcelona. Y soy crítica. Pero también sé que los pekineses – me pregunto si aún se dice así – merecían estas olimpiadas. Con sus sonrisas y sus intentos por entenderte (y hacerse entender), con sus super-pobladas líneas del metro, con sus parques donde la gente hace uso real del espacio público bailando, cantando opera, haciendo ejercicio, volando papalotes… quizá mi mirada sea demasiado dulcificada y mis palabras resuenen tras una cortina de vaselina que hace que todo parezca más romántico. Pero aquí la gente trabaja. Mucho. Y está contenta de tener unas Olimpiadas. Y estoy segura de que las merecían).
Menús: mi espirítu aventurero, resulta, es menos de lo que uno podría creer. Fui con G al mercado de “snacks” cerca de nuestro hotel y se nos revolvió el estómago de tanto olor a fritura… también es cierto que la vista de brochetas de serpiente no ayudaba mucho. Al final, cené pato Beijing. Bue-ní-si-mo. Y descubrí que para tomarse un café relativamente decente hay que ir, sorpresa-sorpresa, a un McDo. Y que las cervezas “normales” son de 800 mililitros. Vaya pues con este extraño país de la relativa abundancia
14.9.08
Sauces llorones, budas inmensos, sol lagañoso
Cuando abrí la ventana esta mañana-madrugada, desde el avión podía ver un montón de edificios altos de departamentos, de cuando menos 15 pisos cada uno. Pero los percibía a través de una densa neblina, como nata. Y me acordé de mi mamá que dice que cuando vivíamos en el DF me sacaba a que viera "el sol lagañoso".
Beijing está cubierto por una nata grisácea que hace que los atardeceres sean espectacularmente rojizos. Específicamente hoy, fiesta de la mitad del otoño, de la luna, cuando una inmensa luna llena se asomaba entre los barrios obreros que mi compañera de viaje y yo tuvimos a bien visitar. Es cierto: estábamos semi-perdidas. Pero bajo la excusa de que todo es nuevo y nos genera un entusiasmo fuera de lo normal, caminamos entre callecitas estrechas pobladas por cientos de vecindades y vecinos que nos miraban casi como si fuéramos extraterretres. Supongo que es la misma mirada de extrañeza: con la diferencia de que, por una vez, nosotras con nuestros rasgos occidentales somos minoría.
Tengo el cuerpo entrecortado de dos noches sin dormir (más un inicio de fin de semana épico), pero necesito escribir para acordarme: escribir que esta noche en el parque Benhai, cenamos a la orilla del lago donde decenas de personas viajaban en barquitas, remando, todo iluminado en colores rojizos. Comí unas verduras muy picantes, arroz, un par de cervezas Tsingao. Los farolillos rojos están por todos sitios. Y las flores. Y la gente bailando en el jardín hasta antes que comenzara a caer una tormenta de verano. Alrededor del lago hay muchos sauces llorones que, justamente como se veía en las caricaturas de mi infancia, bailan con una elegancia particular ante los embates del viento.
Antes de llegar al parque, mi compañera de viaje y yo habíamos ido primero al Estadio Olímpico y luego al Templo Lama. Muchos budas se suceden en una conglomeración de pequeños templos donde la gente ofrece manojos (literalmente) de incienso. Me hubiera gustado poder tomar una foto a ese olor a sándalo que me colaba entre las coyunturas de la rodillas y en las manos. Al fondo, ya casi para cerrar, descubrimos un buda de 23 metros, hecho con la madera de un solo árbol de sándalo. No pude evitar pensar en el árbol en Tula e imaginarlo - entre terribles escalofríos - convertido en un Juan Dieguito o en un Marcos de veintitantos metros de alzada.
No es todo lo que se queda en mis ojos el día de hoy. Quizá lo más extraordinario, el parecido a la caótica Ciudad de México que encuentro en Beijing, lo lindos que son los niños cuando sonríen y la luna llena que iluminaba nuestros pasos (aún mientras andabamos un poco perdidas), también llevándose recuerdos para quienes tengo en la mente hoy y que pronto, en unas horas, verán anochecer.
Beijing está cubierto por una nata grisácea que hace que los atardeceres sean espectacularmente rojizos. Específicamente hoy, fiesta de la mitad del otoño, de la luna, cuando una inmensa luna llena se asomaba entre los barrios obreros que mi compañera de viaje y yo tuvimos a bien visitar. Es cierto: estábamos semi-perdidas. Pero bajo la excusa de que todo es nuevo y nos genera un entusiasmo fuera de lo normal, caminamos entre callecitas estrechas pobladas por cientos de vecindades y vecinos que nos miraban casi como si fuéramos extraterretres. Supongo que es la misma mirada de extrañeza: con la diferencia de que, por una vez, nosotras con nuestros rasgos occidentales somos minoría.
Tengo el cuerpo entrecortado de dos noches sin dormir (más un inicio de fin de semana épico), pero necesito escribir para acordarme: escribir que esta noche en el parque Benhai, cenamos a la orilla del lago donde decenas de personas viajaban en barquitas, remando, todo iluminado en colores rojizos. Comí unas verduras muy picantes, arroz, un par de cervezas Tsingao. Los farolillos rojos están por todos sitios. Y las flores. Y la gente bailando en el jardín hasta antes que comenzara a caer una tormenta de verano. Alrededor del lago hay muchos sauces llorones que, justamente como se veía en las caricaturas de mi infancia, bailan con una elegancia particular ante los embates del viento.
Antes de llegar al parque, mi compañera de viaje y yo habíamos ido primero al Estadio Olímpico y luego al Templo Lama. Muchos budas se suceden en una conglomeración de pequeños templos donde la gente ofrece manojos (literalmente) de incienso. Me hubiera gustado poder tomar una foto a ese olor a sándalo que me colaba entre las coyunturas de la rodillas y en las manos. Al fondo, ya casi para cerrar, descubrimos un buda de 23 metros, hecho con la madera de un solo árbol de sándalo. No pude evitar pensar en el árbol en Tula e imaginarlo - entre terribles escalofríos - convertido en un Juan Dieguito o en un Marcos de veintitantos metros de alzada.
No es todo lo que se queda en mis ojos el día de hoy. Quizá lo más extraordinario, el parecido a la caótica Ciudad de México que encuentro en Beijing, lo lindos que son los niños cuando sonríen y la luna llena que iluminaba nuestros pasos (aún mientras andabamos un poco perdidas), también llevándose recuerdos para quienes tengo en la mente hoy y que pronto, en unas horas, verán anochecer.
8.9.08
Soundtrack de lunes raro
Que me estoy durmiendo, es cierto. Que los lunes no son días para tener ataques de buena onda, también. Que esta canción me persigue desde que me levanté, tampoco hay duda. Aquí, la Merchant, aún con los 10.000 Maniacs, con These Are The Days.
These are the days you might fill
With laughter until you break
These days you might feel
A shaft of light
Make its way across your face
And when you do
Then you’ll know how it was meant to be
See the signs and know their meaning
It's true
Then you’ll know how it was meant to be
Hear the signs and know they’re speaking
To you, to you.
7.9.08
Pequeños actos de fé
Aquello de aprender a mantener mi equilibrio en una bicicleta hace meses fue una revelación: sobre todo la sensación del viento en la cara y en mis manos. Y digo aprender a mantener el equilibrio porque después de pasar una semana en Holanda me doy cuenta que no tengo ni idea. Paso de ciudad en ciudad y me asombro y me aterro de la manera en cómo pasan de un sitio a otro, cargan la compra, a los niños... vamos, hasta a las visitas.
El viernes tomé un tren hacia Rotterdam. Tenía el cumpleaños de alguien querido allá. Al llegar, lo encontré afuera de la estación, muy sonriente, con alguien más. Ambos con sendas bicicletas. Ya me lo había anunciado pero le dije que yo pensaba caminar de la estación a nuestro destino, tomar un tranvía o en el peor de los casos un taxi. Llevaba una falda amplia y tacones. Pero, como me tardé y tomé el tren demasiado tarde, no había muchas opciones: o me subía en la parte de atrás de su bicicleta y cruzábamos no sé cuántas calles de la ciudad, o perdíamos la reservación.
Ya durante la semana mi jefa - que es tozuda como ella sola - me había hecho subirme en la parte de atrás de su bicicleta para ir de la oficina a su casa. Casi morimos de un ataque de risa. Además, yo temía que mi peso la sacara de balance. Pero no fue así. Ahora, en Rotterdam, dado que él es como 30 centímetros más alto que yo, realmente no me preocupaba ser pesada: me preocupaba caerme y romperme todo.
Pero respiré profundo. Y me senté en la bicicleta, me agarré del sillín y no cerré los ojos. Me fui dando mi primer paseo por la ciudad. Él pedaleaba y me explicaba dónde había estado la línea de fuego, la zona de los más nuevos rascacielos, los museos, los restaurantes asiáticos...
Al final de la noche, después de un par de copas de vino, me fue más fácil subirme. Y de pronto, a mitad del camino, me dí cuenta de que se trataba de un enorme acto de fé. Que no tenía miedo y que estaba disfrutando el paseo. Que confiaba no solamente como uno confia en alguien que conduce un automóvil - finalmente el automóvil es una coraza de metal. Esta vez confiaba en alguien que me llevaba literalmente cargando y quien se cuidó un par de veces de que mis rodillas no dieran contra algún muro de contención.
Mi única conclusión fue que es muy bueno poder confiar así. Y me acordé también que en alguno de mis cuadernos de notas había escrito resultado de una conversación o una película (esta memoria mía de corta duración): "son los pequeños actos de fé los que nos dan esperanza".
El viernes tomé un tren hacia Rotterdam. Tenía el cumpleaños de alguien querido allá. Al llegar, lo encontré afuera de la estación, muy sonriente, con alguien más. Ambos con sendas bicicletas. Ya me lo había anunciado pero le dije que yo pensaba caminar de la estación a nuestro destino, tomar un tranvía o en el peor de los casos un taxi. Llevaba una falda amplia y tacones. Pero, como me tardé y tomé el tren demasiado tarde, no había muchas opciones: o me subía en la parte de atrás de su bicicleta y cruzábamos no sé cuántas calles de la ciudad, o perdíamos la reservación.
Ya durante la semana mi jefa - que es tozuda como ella sola - me había hecho subirme en la parte de atrás de su bicicleta para ir de la oficina a su casa. Casi morimos de un ataque de risa. Además, yo temía que mi peso la sacara de balance. Pero no fue así. Ahora, en Rotterdam, dado que él es como 30 centímetros más alto que yo, realmente no me preocupaba ser pesada: me preocupaba caerme y romperme todo.
Pero respiré profundo. Y me senté en la bicicleta, me agarré del sillín y no cerré los ojos. Me fui dando mi primer paseo por la ciudad. Él pedaleaba y me explicaba dónde había estado la línea de fuego, la zona de los más nuevos rascacielos, los museos, los restaurantes asiáticos...
Al final de la noche, después de un par de copas de vino, me fue más fácil subirme. Y de pronto, a mitad del camino, me dí cuenta de que se trataba de un enorme acto de fé. Que no tenía miedo y que estaba disfrutando el paseo. Que confiaba no solamente como uno confia en alguien que conduce un automóvil - finalmente el automóvil es una coraza de metal. Esta vez confiaba en alguien que me llevaba literalmente cargando y quien se cuidó un par de veces de que mis rodillas no dieran contra algún muro de contención.
Mi única conclusión fue que es muy bueno poder confiar así. Y me acordé también que en alguno de mis cuadernos de notas había escrito resultado de una conversación o una película (esta memoria mía de corta duración): "son los pequeños actos de fé los que nos dan esperanza".
Tan cerca y tan lejos
El NYT publica hoy uno de los mejores articulos que he leido en mucho tiempo sobre las redes sociales y el uso publico-privado de Internet - estas cosas que a mi me encantan. Caiga esta perla, dicha por una twitterer y blogger "famosa": ‘You’re being very nice and trying to help me, but though you feel like you know me, you don’t.’ ” Boyd sighed. “They can observe you, but it’s not the same as knowing you.”
4.9.08
Inmovilidad
Según cuenta La Vanguardia de hoy, el Instituto de Estudios Catalanes ha llegado a la conclusión de que la población de Catalunya está "perpleja" ante tanto cambio tan rápido y por eso no sabe cómo adaptarse a él.
La perplejidad me parece una bonita excusa para vivir la vida desde la sala de la casa, mirando lo que sucede allá abajo como si sucediera en la televisión. Y no lo digo por los catalanes. Lo digo por todos los que, de un tiempo para acá, nos escudamos en que las cosas cambian y el miedo que nos dan para no hacer nada, para no decidir, no caminar, no arriesgar. Y entonces me acuerdo de aquel anuncio de Audi que decía: "now that we know that the greatest risk is not to risk".
Pues eso. Ya sé que sueno a las campañas estas de "únete a los optimistas", pero toca arriesgar. Un poco. Salir a la calle y mojarse. Literalmente.
La perplejidad me parece una bonita excusa para vivir la vida desde la sala de la casa, mirando lo que sucede allá abajo como si sucediera en la televisión. Y no lo digo por los catalanes. Lo digo por todos los que, de un tiempo para acá, nos escudamos en que las cosas cambian y el miedo que nos dan para no hacer nada, para no decidir, no caminar, no arriesgar. Y entonces me acuerdo de aquel anuncio de Audi que decía: "now that we know that the greatest risk is not to risk".
Pues eso. Ya sé que sueno a las campañas estas de "únete a los optimistas", pero toca arriesgar. Un poco. Salir a la calle y mojarse. Literalmente.
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