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20.5.11

Estuve, sin estar

A veces, cuando salgo con la cámara colgada al cuello, me sorprendo un poco al darme cuenta que no estoy viviendo lo veo. Percibo una realidad mediada, a través de una pantalla, algo que me aleja de lo que en realidad está pasando. Es estar ahí sin estar.

Lo veo en los turistas: no es que quieran estar en Barcelona. Quieren tener un registro digital y minucioso de lo que ahí pasa, de lo que ahí está. De lo que casi vieron... casi, porque estaban detrás del objetivo de la cámara.

Ayer fuí a la acampada en Plaza Catalunya. No lo había planeado. El génesis de este blog cuenta cómo sufrí incontables retrasos y aventuras kafkianas por trabajar en un edificio en ese manifestódromo nacional que es Paseo de la Reforma en México. Entonces no soy lo que se dice "fan" de salir a manifestarme - sobre todo porque a veces lo veo un poco, bueno, sobreactuado. Soy de aquellas que creen que no es necesario decir a gritos que uno es bueno - sólo hay que serlo.

Entonces llegué: y me encontré con abuelitos que discutían con chicos con rastas sobre las mejores opciones de gobierno. Con mamás y papás y sus respectivos hijos tirados de panza sobre el centro de Plaza Cataluña, dibujando en hojas que les daban los organizadores. Instalaciones, áreas de intercambio de bienes, de información. Era festivo. De alguna manera.

Yo había sacado la cámara antes de entrar a la Plaza. Tome fotos, busqué ángulos varios - percibí que habíamos por lo menos un fotógrafo por cada cinco acampadores. Pensé que estábamos ahí para guardar memoria, para intentar entender. Pero quizá no para estar. Sólo para percibir.

Me pregunté qué hubiera pasado si la sentada no hubiera sido tan cerca de las elecciones, tan fácil de secuestrar por ideas y teorías de la conspiración. Me pregunté qué pasará después del domingo.

A las dos de la mañana volví, animada por un par de copas de vino. Había un poco más de gente que en la tarde, menos fotógrafos. Ya no entré: justo cuando íbamos subiendo las escaleras, nos topamos con una chica que trabaja en una gran multinacional. Había dejado su traje de trabajo en casa y estaba, bueno, vestida con el estereotipo del altermundista.

Le pregunté que si iba votar el domingo. Me dijo que no, que para qué si todos son iguales. Miré hacia la plaza y me sentí un poco más desesperanzada. Quizá, de nuevo, la indignación estaba siendo secuestrada por la apatía y la creencia de que no se puede hacer nada, más que quejarse. Estar, pero sin estar.

9.6.09

Voto Nulo I

Tengo semanas tratando de reflexionar sobre mi posición al respecto del voto nulo. Es un movimiento muy fuerte ahora en México, respaldado por intelectuales varios y de manera intensa por muchas personas que han sido cercanas en diversos momentos de mi vida y en las cuales, por lo general, confiaría.

Hay que poner en contexto aquí que yo estoy haciendo justo ahora una tesis doctoral en donde busco destripar un mecanismo de educación para la ciudadanía y la participación. Por lo tanto, mi primera opinión al respecto - la más visceral - es de rechazarlo. Pero he oído argumentos que me han hecho pensar muy seriamente.

Según dicen, anular la boleta no es huir de la responsabilidad y el derecho del voto, sino dejarle claro a la clase política que no estamos de acuerdo con el tipo de representantes que tenemos. El resto de la reflexión, hasta donde yo lo he entendido, es que con cada vez más votos nulos tanto los organismos electorales como los partidos y otros ciudadanos entenderán esta falta de satisfacción y algo se modificará.

Ese último "algo" tiene rintintín. ¿Qué exactamente esperan que se modifique? ¿Que las leyes electorales cambien para que si hay un porcentaje X de votos nulos las elecciones sean declaradas en si mismas nulas o poco representativas y, por lo tanto, convoquen a nuevas selecciones y así ad infinitum? Yo veo un problema esencial aquí: en el mejor de los casos, eso generaría bastante caos y una cantidad enorme de gobiernos interinos que permanecerían y no en el poder hasta que se encuentre - por fin - al candidato "elegible". Entre una cosa y otra, podrían pasar años en la completa inmovilidad dentro de los marcos legales... algo que, en un país como el nuestro, sería más que debastador.

Por otro lado, me llama la atención la visión de todas estas personas al respecto de que el anular el voto es el más radical acto de participación en la democracia. Crean plataformas en Internet, personajes, manifiestos. Sin embargo, en ninguna de éstas veo la intención de realmente cambiar las cosas - involucrarse. Dice la sabiduría popular (muchas veces en boca de Vargas Llosa) que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Esto me queda claro cada vez que escucho hablar de "la clase política". "Es que la clase política es una porquería". "Es que no hay ningún político que represente mis ideas". Es que son ELLOS (esa entidad borrosa) contra NOSOTROS. Supongo que ese NOSOTROS se refiere a los pobres y sufridos ciudadanos que no tienen tiempo para nada más que para trabajar y hacer política de escritorio.

Porque claro, participan en los foros de Internet. Y leen los periódicos, encantados cuando un "líder de opinión" está de su lado en la afirmación que es mejor anular el voto que votar por cualquiera de los partidos actuales. Lo que me llama la atención es que no se sientan parte de la "clase política". Si nadie los representa, ¿no sería entonces lo más lógico que intentaran representarse a si mismos? ¿que salieran con una formación política dentro del marco de la ley para poner en la agenda nacional los temas que les interesan?.

Los últimos días he estado siguiendo las elecciones europeas. Vemos cuáles son los votos para cada partido, pero no vemos cuántos ni cuáles son los votos nulos. ¿Por qué? Porque no son relevantes. Porque quizá, aunque los hayan emitido sus dueños con la plena consciencia de que están en contra de cómo se están llevando las cosas hasta ahora, no cambian nada. No son noticia. Y aunque lo fueran, están dentro de un marco normativo que simple y afortunadamente los van a convertir en una anécdota. No en una modificación o en un momento de inmovilidad.

No hay que olvidar, además, que la gran mayoría de los votos que se van a emitir - los que no están afectados por oleadas de abstencionismo o nulismo - son de personas que tienen una clara identificación por los partidos con representación mayoritaria. Así entonces, el índice de abstencionistas no será capaz de tapar los métodos clientelistas con los que muchos de los partidos actuales mantienen sus puestos en el gobierno o sus registros, en el caso de los pequeños.

Entiendo que quizá es demasiado tarde para actuar de otra manera. Que lo único que aparentemente queda es alzarse desesperados en pos del voto nulo para demostrar que no estamos de acuerdo. Pero lo que hacemos en realidad es perder la oportunidad de diversificar el voto, de dejar más diversificados los cotos del poder actual.

La solución que yo veo es que cuando no nos sentimos representados y estamos convencidos de que todo está mal hecho y no tiene solución, es que tenemos que comprometernos directamente con la opción política. Hacer política en la acción, en la responsabilidad ciudadana de tomar la decisión de ser un candidato o un partido y ofrecer una nueva opción. No hablo de cosas intangibles y lejanas. Entre mi revisión de noticias europeas, descubro que en Suecia el Partido Pirata - cuya plataforma de campaña incluye deshacerse de las leyes de derechos de autor, del sistema de patentes y la vigilancia en Internet - no sólo sigue vivo sino que logró un escaño en el Parlamento Europeo. Quizá no puedan hacer muchas cosas, pero serán una especie de mosquito que revoloteará de un sitio a otro recordando que hay ciudadanos que tienen estas cosas en mente, que quieren una legalidad y un gobierno diferente.

No creo que se valga hacer "vida política" desde el sillón de la casa o desde el café donde nos tomamos una cerveza. El votar nulo para demostrar nuestra superioridad moral contra los partidos actuales tampoco representa una propuesta clara para el cambio. Si la "clase política" no es la que queremos, invadámosla. Hagamos que lo sepan con cartas, reclamos, diálogos - con la creación de nuevos partidos. Seamos propositivos con la creación de nuevas opciones y nuevos instrumentos ciudadanos de presión. El problema del condenado a muerte nunca ha sido que lo suban al cadalso y lo humillen frente a la gente del pueblo. Su problema es que lo maten, que lo saquen de la jugada. Y para eso se necesitan acciones, más que palabras.