29.4.09

Nota intermedia sobre la influenza

¿Saben cuánta gente se va a quedar sin trabajo por que no hay restaurantes abiertos? ¿Saben cuánto turismo también se parara por lo mismo? ¿Lo que costará recuperar la imagen internacional de México (ya no sólo se matan los narcos, también los engripados) ¿Saben lo que sufren las madres encerradas con sus hijos, vigilando cualquier respiro, temiendo lo peor? ¿Saben lo ridículo que es que haya un mercado negro de tapabocas y antivirales (tapabocas que la gente reutiliza una y otra vez, por cierto, haciéndolos completamente inútiles)? ¿Saben lo triste que es no poder creer ni a los medios (que se concentran en lo que más vende, no en lo que más informa), ni a los gobiernos (que están, para variar, pasmados), ni a los vecinos (que resulta que conocen a un primo tercero de un amigo de un socio que quizá tenga influenza), ni a los médicos malinformados (que aún lejos del sistema de salud afirman que hay miles de muertos), ni a nadie? ¿Lo saben?

Pobre México. Como siempre. Pobre.

Bonus: interesante esta nota de El País. Digo, nada más por un poquito de perspectiva. Uf.

México - Día 4

Amanecí tarde. J ya estaba leyendo en la sala. Queríamos ir a Teotihuacán, pero decidí que preguntáramos primero. Y sí, nos dijo la Secretaría de Turismo que todo – pero todo – estaba cerrado. Incluyendo los restaurantes. Así las cosas, nos cocinamos opíparo desayuno y lo comimos con calma. Al terminar yo decidí enfrentar una de las cosas que más odio de mis visitas a México: ir al banco.

Salí armada de paciencia. La única ventaja de la influenza es que había poca gente esperando. Así que sólo 15 minutos después me recibió una enmascarada señorita que no pudo resolver ni una sola de mis solicitudes: resulta que todo tenía que hacerse por teléfono y luego, con una clave de reporte, regresar al banco. Casi la mato. Regresé a casa, me tardé (de verdad) 45 minutos en el teléfono y decidí que ya era hora de salir. Caminamos hasta la farmacia homeopática más cercana para buscar refuerzos contra la influenza y luego J me convenció de ir al banco para terminar con el trámite. 20 minutos después terminó mi tortura. Tomamos el casi vacío Metrobus de nuevo para ir al centro y conocer a la hermosísima Julieta.

Compramos un par de enormes girasoles en el camino. Al llegar al destino, encontramos a una de mis mejores amigas convertida en mamá de la niña más sonriente y linda de la ciudad. Hicimos de comer vegetariano (champiñones y espárragos salteados, ensalada de tomate, humus, queso fresco y quesadillas) y nos sentamos las tres mientras Julieta hacía una siesta. Encontré a su madre bellísima y tranquila, encerrada en casa por prevención pero no apanicada --- convertida en una madraza como de libro. Me contó los detalles del parto de mi sobrinita postiza (que nació en su casa, en la bañera) y las novedades generales de su vida de mamá.

Tomamos café. Nos reímos. Discutimos las teorías de la conspiración. Jugamos con Julieta y le tomamos dos millones de fotos. Y luego salimos a cumplir con mi otro trámite engorroso: recoger unas actas de nueva soltería.

Me había citado con mi abogada en un Vips. Resultó que tampoco eso está abierto y, cortesía del gobierno del DF, sólo venden comida para llevar. Un desastre. Me dio los documentos y caminamos hasta su casa para tomar el café y hablar un poco de la vida. También ella tenía una teoría de la conspiración. Pero estaba más preocupada por otras cosas.

La dejamos y tomamos un taxi a casa. Estuve esperando durante un rato a que alguien me llamara para tomar algo (aquí o en su casa), pero nada. Los amigos están ocupados y preocupados. Yo, por lo tanto, me tomo una cocacola y como porquerías. Ví las noticias hace rato y resulta que nada es demasiado grave, al parecer; que se han aprobado dos leyes sospechosas y que todo sigue teniendo este tufo incómodo a conspiración. Mientras tanto, la gente sigue encerrada y yo no puedo comer todo lo que pensaba comer. Quizá es mejor y mi silueta de bikini (como si la tuviera) lo agradecerá este verano. Esto es lo que hay. Mañana dejaré la Ciudad de las Calamidades. En realidad, creo que incluso me estaba divirtiendo.

México - Día 3

Desayunamos cualquier cosa en casa, de prisa y corriendo. La primera labor de lunes fue confirmar que mis citas realmente seguían en pie y que nadie había decidido dejarme sin trabajo cortesía de la “epidemia”. Yo recibí varias llamadas desde Guadalajara preguntando que si queríamos salir huyendo ya del DF. No es el caso: yo insisto en que no me parece que todo sea tan grave. Hay que tomar precauciones, sí, pero no sufrir hasta la muerte en el proceso.

Para aprovechar mejor el día, decidimos que J y yo nos dividiríamos la ciudad: yo me iba a trabajar y ella a intentar conocer lo más posible del Centro Histórico. Primer paso, entonces, comprar otro móvil para poder estar comunicadas. Lo hicimos a dos calles de casa, con un chico muy simpático que, en su distracción de lunes por la mañana, nos dio el doble de cambio. Salimos, reflexionamos, y se lo regresamos. Por que era una barbaridad de dinero, la verdad.

Nos despedimos y salimos en direcciones contrarias. Yo me monté en el metrobus, que iba extrañamente vacío. Al entrar me dieron un tapabocas junto con una hoja de recomendaciones (en dónde no estaba usar un tapabocas). Me lo puse hasta que me empecé a morir de calor. Me senté en un asiento individual con ventana. Y miré por la calle.

De pronto ví cómo cientos de personas salían de sus oficinas, muchos con sus tapabocas. Mi mente de paranoica dijo muchas cosas demasiado rápido – y la última que escuché fue “¡qué gente más loca! De por sí todo mundo ya está tan nervioso y ahora hacerles participar en simulacros masivos…”. Esto lo único que confirma es que soy una pésima escritora de ciencia ficción. Bajé en Cuicuilco, entré a la plaza, miré a los animales que están en el mini-zoo de las oficinas de Inbursa (ventajas de ir a pie) y luego tomé un taxi hacia mi reunión. En ese momento comencé mi investigación de los taxis - ¿qué le parece a usted esto de la influenza?. “Pues nada, señorita… no se preocupe… yo creo que la gente está más nerviosa de lo necesario. ¿Sabe que creo yo? Que es una cosa inventada por el gobierno para que nadie se dé cuenta de lo duro de la crisis: la gente de todas maneras no tiene dinero, así que no iba a comprar. Si no están abiertas las tiendas parece que el bajón en el consumo es culpa de la influenza y no de la crisis. Eso es lo que creo yo”. Teoría de la conspiración número tresmildoscientosveinticinco.

Llegué a las oficinas - me recibieron sin problema a pesar de mi falta de tapabocas. La secretaria de mi entrevistado me saludó de lejos y me ofreció una botella de agua, antes de desgranarme todo los casos horribles y las posibilidades de más pánico que se nos venían encima. También ella me explicó que mi “simulacro masivo” había sido en realidad un temblor de 5,7 grados. Lo que nos faltaba. Hablé casi una hora con mi entrevistado, quien tampoco me dio la mano ni para saludarme ni al irme. Me despedí con una reverencia (mentira, esto último es una exageración) y subí a otro taxi.

Buscando la siguiente teoría de la conspiración, volví a preguntarle qué pensaba. Él tampoco tenía un tapabocas puesto. “Pues no sé, oiga… un poco exagerado sí qué es… quién sabe qué querrán hacer… hoy se subió aquí un muchacho que me dijo que dizque trabajaba en Gobernación. Según él, lo que pasa es que quieren distraer la atención porque el gobierno va a hacer pruebas nucleares”. Lo que no me supo decir mi jovencísimo taxista – padre de una niña de año y medio cuya foto colgaba del retrovisor – fue en dónde serían las famosas pruebas.

Mi siguiente reunión era en un edificio del gobierno local. Ahí el portero simplemente no me dejó entrar hasta que no me puse correctamente un cubrebocas que me dio. Esperé un rato muriéndome de calor, tuve mi reunión y después salí caminando por las calles del centro con una amiga que trabaja y vive ahí. Nos moríamos de calor. Veíamos a todos lados y éramos del 20 por ciento de la población con la cara cubierta. Discutimos un poco las teorías de la conspiración antes de llegar, comimos algo hecho en casa y esperamos a J. Las tres nos reimos de las ocpiones más extrañas que ya habíamos escuchado.

Salimos después de comer a seguir caminando por el centro de la ciudad. Entramos a varias tiendas con enormes descuentos. Nos morimos de calor – está prohibido prender los aires acondicionados . Después de comprar algunas cosas tomamos un taxi para venir a casa. Ese taxista fue aburrido – no tenía ganas de charlar.

Estuve un rato en casa descansando y después salí con B a tomar un café. Nos encontramos con que casi todo estaba cerrado, pero al final logramos llegar a un sitio abierto. Pedimos y nos sentamos. A la mitad de la cerveza, cerraron la puerta y pusieron un letrero que decía que “por disposición oficial, permaneceremos cerrados hasta nuevo aviso”. Nos terminamos la cerveza con terapia bilateral de por medio. Él se fue a cenar a casa y yo comí un plato de papas con chile, mientras veía la tele con J. Me duché y me quedé dormida frente a la televisión hasta que me llegó una llamada con diferencia horaria. Después me dormí de verdad… hasta las 8 de la mañana, sin sobresaltos.

27.4.09

México - Día 2

Abrí los ojos a las 4 de la mañana, pero pude convencer a mi cuerpo de que era conveniente esperarme hasta las 6 y poco más. Entonces comencé a deambular por la casa, se despertó Judith, hablamos del viaje, mandamos mensajes, tranquilizamos (o intentamos) tranquilizar a la gente que está del otro lado del mundo.

Yo iba un poco zombi así que me costaba hacer las tareas normales de una mañana en velocidad rápida. Comencé de pronto a toser y a estornudar: lo normal en una mañana mía en la Ciudad de México. Viví aquí casi tres años y todas las mañanas, todas, tosí y estornudé. Nos bañamos, nos arreglamos para salir y por ahí de las nueve cerramos la puerta.

Hay cosas que cuando va a una ciudad hace o intenta hacer siempre. Algunas son excursiones culinarias. Yo intento siempre en el DF ir a desayunar por lo menos una vez al Saks de San Ángel. En medio del viejo pueblo, en una calle empedrada, es un restaurante excelente con un muy buen servicio y unos desayunos magníficos. Llegamos a las 9 y media, que de cualquier forma es temprano para un desayuno de domingo. El sitio estaba casi vacío. Un 20 por ciento de la gente tenía los famosos tapabocas. De la gente trabajando en el restaurante, ninguno.

Desayunamos como princesas y luego seguimos caminando por San Ángel hasta llegar a la avenida Altavista. Ahí buscamos la casa museo de Diego Rivera. En cualquier otra circunstancia, hubiéramos visitado el museo pero estaba cerrado cortesía de la "epidemia". Tomamos fotos desde afuera. Volvimos sobre nuestros pasos y visitamos un pequeño centro comercial de muy "alto standing" donde la gente estaba bebiendo café de Starbucks en una terracita. Algunos, otra vez un 20 por ciento aproximado, tenían el tapabocas, pero en el cuello. ¿Sería debido a alguna lesión de la tráquea?

Los famosos tapabocas, por cierto, están agotados en la capital. No hay en ninguna farmacia. Antier encarcelaron a seis tipos porque los estaban vendiendo mucho más caros en una especie de mercado negro que se aprovecha de la angustia de la gente. Seis detenidos. 50 pesos cada tapabocas. Que creo que inicialmente costaban 2.

Eso no es lo único increíble.

Después de volver a caminar por San Ángel, compramos un móvil y regresamos hacia la Condesa en el Metrobus - que por una vez venía vacío y era disfrutable. Recorrimos Insurgentes y vimos un accidente horrible: una ambulancia que llevaba un herido de otro accidente chocó con una camioneta. Un tsuru se paró a ayudar pero había gasolina y surgió una chispa que, casi instantáneamente, calcinó a los tres autos. Esto en plena Insurgentes y Xola. La gente se amontonaba alrededor del accidente. Cabe señalar que ninguno de los mirones llevaba tapabocas.

Al llegar a casa, prendimos la televisión. El presidente Calderón estaba dando un mensaje a la nación en tono tranquilizador. Que sí que es grave, pero que está controlado y es curable. Yo, la verdad, es que le creo. Aunque a los dos minutos recibamos la llamada de un familiar que jura y perjura que van mil muertos, otra de alguien que conoce a uno de los "primeros muertos": "dicen que fue neumonía... pero qué van a saber ellos...".

Por cierto: los números oficiales son los siguientes. Se habían detectado hasta ayer 1300 casos que PODRÍAN ser influenza (cuadros respiratorios altos graves). De esos 900 fueron dados de alta o confirmados como no infectados con influenza. Casi 400 están confirmados de influeza y se dice que van 81 muertos. Sólo quiero hacer una aclaración: en esta ciudad viven 22 millones de personas. 81 muertos es una muestra muy chiquita.

Total - fuimos a comprar la comida al súper, junto con un montón de habitantes de la Condesa que hacían un poco de compras de pánico. ¿Porcentaje de tapabocas? Quizá ahora un 30, pero con un 15 llevándolos sobre el cuello. Comimos en casa y luego comenzamos las visitas a mis amigos. Tengo tres parejas muy queridas que son padres de niños pequeños y decidieron atrincherarse en sus casas. Me parece lo normal. A la que visitamos ayer, la niña lloraba y lloraba porque le dolía la pancita - primer día de papilla. Nadie teníamos tapabocas - pero tampoco toqué a la chiqui para que sus papás no se pusieran más nerviosos. Escuchamos todas las posibles teorías. La que me gusta más es que Obama traía el virus y que la persona que lo recibió en el Museo de Antropología ya murió. En cualquier momento empezarán a decir que Obama no es más que su sustituto. También comentamos sobre la posibilidad de que fuera una cepa militar escapada de un centro de investigación en la frontera. Entre otras múltiples ideas...

El día terminaba con una cena en un coreano después de jugar un poco con una videoconsola. Imposible. La ciudad está muerta. Los restaurantes cierran - en mi teoría - no por miedo sino por simple y sencillo hastío. No es rentable. Regresamos todos a casa y comimos quesadillas. Quedamos de vernos con más amigos hoy. Estamos haciendo el tour de la ciudad de México sin museos ni espacios públicos. Yo sólo espero que me confirmen mi entrevista de más al rato. Porque no me puedo creer que todo el mundo vaya a dejar de trabajar.

Mi mayor pregunta es con respecto al tráfico: ¿qué tal estará hoy? ¿seguirá el pánico dejando las calles libres a los peatones y los paseantes? Ya se resolverá la duda mañana.

26.4.09

México - Día 1

Lo primero que hice al aterrizar en Ciudad de México fue asomarme por la ventana para ver cuánta gente del personal de tierra en pistas tenía tapabocas. Judith se reía de mí y nos reíamos juntas de la súper borde azafata de Iberia que nos había atendido y que estaba acojonadísima. Casi diría que me antojaba que le dé un resfrío y que fuera influenza, por lo mal que se portó en el vuelo.

Habíamos durado más de 14 horas de viaje. Llegamos enteras, un poco cansadas y comenzamos el periplo de inmigración, equipajes, aduanas. Nadie del personal "de las fuerzas del orden" tenía tapabocas. Sí, por el otro lado, algunos de los dependientes de las tiendas libres de impuestos (¡yo no sabía que ahora también puedes comprar de llegada!). En aduanas, nos revisaron a conciencia una maleta. Al salir, nos encontramos a mis queridos amigos con tapabocas y nos tronchamos de risa. Pero ellos, muy amables, nos habían traido tapabocas también a nosotros.

Hicimos una pequeña escala en su casa y luego nos mudamos a nuestro castillo condechi, cortesía de la princesa Lety que anda en el norte, muy norte. Todo era perfecto. Fuimos a cenar tacos y regresamos sobreponiéndonos al sueño para evitar el jetlag.

A mí me llegó el famoso jetlag a las cuatro de la mañana. Pero lo espanté. Ahora estoy reportando a Europa que no tengo influenza, que no nos hemos muerto y que nos vamos a desayunar a San Ángel. A ver qué más pasa.

Y como dije ayer como ochenta veces en el vuelo: no me lo puedo creer que estoy en México.

17.4.09

Spam Interactivo: Your wrist will be shining with luxury

Algo me decía que había sido abducida. Los gelatinosos seres a mi alrededor sonreían con benevolencia y me pedían que extendiera la mano hacia la especie reptil en tonos dorados que estaba parado enfrente de mí. Hablaba en un idioma que no conocía, todos los hacían, pero la manera en la que utilizaban sus cabezas y sus manos parecía decirme que todo iba a estar bien. Yo, al no ver ningún objeto punzocortante alrededor, pensé que era seguro. Extendí mi brazo y ví cómo sobre mi muñeca derecha el reptil aseguró una tira de papel que, al parecer, no podría quitarme.

Después los seres gelatinosos me llevaron hacia el exterior. Todos estaban tirados alrededor de un hueco en el suelo, lleno de un líquido contaminado de diversos químicos. Pero no parecía preocuparles. El calor los agobiaba y se sumergían en él. Otros, al contrario, extendían sus cuerpos en unos muebles colocados alrededor del hueco, se ponían aceites sobre sus blandas carnes y agitaban violentamente las tiras de papel que tenían en sus muñecas - como las mías - ante otros reptiles, que les servían bebidas de colores misteriosos.

Yo me senté y comencé a beber lo que me servían los reptiles, mientras al fondo un gran aro se sumergía en el horizonte. El cambio en la luz hacia que el objeto en mi muñeca brillara y yo, que me sentía cada vez más lejana y tranquila cortesía de las bebidas, comencé a creer que era un pase a un mundo maravilloso. Al fondo, escuché la voz de otro como yo, que hablaba mi idioma a través de un aparato negro pegado a sus oídos: "pues mira... la verdad es que esto del todo incluido parece ser una buena idea...".

15.4.09

Últimas imágenes

Rotterdam amaneció soleado. Así como ayer había atardecido con un sol enorme cayendo sobre el puerto. Temprano, como para ir a trabajar, levantamos mis maletas, me despedí de los gatos y, casi en silencio, salimos hacia el aeropuerto. No había mucho que pensar: en quince minutos estábamos ahí.

Tiene un letrero enorme que dice "Rotterdam" en rojo, en mayúsculas. Justo debajo hay una especie de cubierta de madera con banquitos para hacer picnic y ver despegar y aterrizar a los aviones. Algo así como lo que había en Guadalajara cuando yo era niña.

Hay una sola zona de abordaje, una cafetería y una tienda. También, para los ociosos como yo, internet inalámbrico gratuito. Entre eso y el libro de 900 páginas que no puedo terminar, se me acabó la espera. Caminé hasta mi avión y desde la ventana del asiento 9A de un vuelo con destino a Girona ví a una clase entera de preescolar jugando en la cubierta: llevaban puestos chalecos fosforescentes y algunos tenían gorros de capitán, otros paletas como las que se usan para dar instrucciones a los aviones. Corrían moviendo los brazos como gaviotas detrás de un profesor que, en comparación con ellos, parecía altísimo.

Habían comenzado a comer el almuerzo cuando el vuelo con destino a Girona comenzó a rodar por la pista. Ví por última vez las enormes letras rojas y pensé que los aeropuertos así, pequeños y amables, son mucho más lindos. Me acordé de cuando en primero de primaria nos llevaron a Tlajomulco en tren, cuando estábamos estudiando los medios de transporte. Miré a la jovencísima azafata con su pulsera de perlas y su andar decidido por los pasillos, su sonrisa de anuncio de Colgate. Me quedé dormida poco después del despegue, sin buscar entre las nubes ningún otro mensaje.