Había un error en el planteamiento: quedarse en casa porque en la tarde tienes que ver a alguien cerca de casa. El problema de haber vivido tantos años en el centro de la ciudad es que cuando te sales un poco de él todo te parece lejísimos... Así que hoy decidí trabajar desde casa, como había hecho desde antes de irme.
Lo que está bien: que como aquí, que salgo a tomar el café y conozco a los vecinos, que efectivamente pruebo que sirve la placa de inducción y puedo comer algo de la comida preparada que acumulo para tiempos de guerra (como estos). Que aprovecho estos días en esta casa mía tan mía y a la que todavía no conozco del todo - sigo en el momento en el que tiene uno que prender la luz para dejar las cosas en su sitio.
Lo que está mal: que no me concentro, que me acomodo. Que está mi cama. Que me acuerdo que Internet está yendo de videos de gatitos. Que tengo una nevera con cosas y ni siquiera tengo que bajar por una cerveza... falso. Tengo que bajar por una cerveza cuando ha caído el sol y me doy cuenta de lo fácil que es tirar casi por la borda un día. Casi porque ya no la llamo "la casa", sino que se empieza a sentir más "mi casa".
La tesis: otra vez, ese capítulo de experimentación demasiado largo, demasiado complejo, con demasiadas imágenes, que vuelve tonto al Word. Otra vez la duda. Y los archivos de la bibliografía y las conclusiones mirándome con cara de: "¿qué? ¿volvemos mañana a la biblioteca mejor?".
17.9.15
16.9.15
Familia (66)
Todo el día esperando para ir a sentarnos alrededor de una mesa y contar cómo fueron las últimas semanas. Todo el día haciendo las cosas de los días normales - trabajando, escribiendo, atendiendo a los demás... para llegar y acariciar al perro, reírse, abrazarse. Todo el día para tomarse un selfie tan feo que no se lo mostrarías a nadie pero que guardas en tu móvil porque te acordarás de este día. El día de la vuelta. El día de verse después de más de un mes. Y que parece que uno se hubiera visto el día anterior.
Y salir, tomar el metro y volver a casa con sensación de que estuviste en casa porque la casa son ellos: no las cuatro paredes que te rodean.
La tesis: sigo con horas largas en la biblioteca. Es maravillosa. Me hace tener vergüenza de estar viendo gatitos y trabajo más. Es lo que sucede.
Y salir, tomar el metro y volver a casa con sensación de que estuviste en casa porque la casa son ellos: no las cuatro paredes que te rodean.
La tesis: sigo con horas largas en la biblioteca. Es maravillosa. Me hace tener vergüenza de estar viendo gatitos y trabajo más. Es lo que sucede.
15.9.15
Los nacionalismos a medida (67)
Una de las cosas más sabrosas de ser un nerd y hacer un doctorado y sufrir con ello, es que en el camino te toca hablar sobre cosas apasionantes. No sólo los que hacemos un doctorado somos clavados en nuestro tema, pero tenemos una cierta tendencia a reunirnos con otros académicos de vez en cuando y asomarnos a su pequeñísimo ámbito de especialidad, a esa pregunta de investigación que les carcome. Hace meses, cuando Eric llegó a Barcelona, pasamos un ratito de una tarde hablando sobre la mexicanidad. Él está investigando sobre ese constructo social imaginario que nos hace sentirnos parte de algo que a nivel masivo se traduce en poner banderas verdeblancoyrojoconáguila fuera de nuestras casas cada septiembre y salir a dar el grito. Sobre ese mito que nos hemos contado según el cual, y parafraseando a Chavela Vargas, los mexicanos somos tan nuestros que hasta nacemos donde nos da la regalada gana.
Hoy en mi país de origen sería fiesta nacional, pero veo cada vez más voces que piden que no se salga, que no se celebre un país que pasa por una crisis de seguridad y de gobierno tan grave que ya hasta mis padres me admiten que existe en los teléfonos. Hemos pasado del "no te preocupes" a "bueno... ya sabes... se ha puesto muy feo". Hemos pasado de las portadas de Time en plan superhéroe a la gente que me mira con horror cuando les cuento que me hace ilusión ir a mi país a visitar a mi abuela. Cada vez el mexicano deja de ser sólo el fiestero y flojo de turno en el imaginario colectivo para convertirse también en el que vive en el sitio más peligroso del mundo.
Somos particulares, los mexicanos. Y aunque creamos que el país se esté cayendo a pedazos y no vayamos a salir a dar gritos oficiales, creo que seguimos dándolos en privado. Por que ese nacionalismo - esa palabra que viviendo entre México y Catalunya entiendo tan bien - es principalmente festivo, y lleno de orgullo. Es, en el caso mexicano, incluyente y abierto, esperanzado, gritón, festivo. Es un constructo, sí, pero que nos hace tejer hilos para unirnos aunque no haya ninguno.
El domingo, en una fiesta de bienvenida en Rotterdam, un chica italiana se acercó a conocerme con emoción porque yo era messicana. "Ahí han sido las mejores vacaciones de mi vida". Esas cosas, que nuestra comida sea considerada patrimonio inmaterial, que el país sea una colección tan increíble de maravillas naturales y humanas, son las que me hacen sentirme identificada con él: aunque ser mexicano sea un invento particular que cada uno lee como más le conviene. Tanto así que celebramos el día 15 cuando en realidad la Independencia se supone que comenzó el día 16 - pero don Porfirio prefirió juntar las celebraciones con las de su cumpleaños. Nacionalismos a medida.
La tesis: en eso estoy. Sentada en mi magnífica biblioteca de la Plaça Terrenci Moix (amo que se llame así), corrigiendo una bibliografía que está hecha por un monstruo harto de escribir y bucear en los artículos que he leído durante los últimos seis años. Es uno de esos días positivos - no pude estar en la reunión del #survivephd15 pero ya la revisaré. Creo que a veces lo que necesitas para sobrevivir es concentrarte: hacer.
14.9.15
Dos arcoiris (68)
Otra vez en el aeropuerto - y en las dos horas de espera antes de esta sala hicimos como si no pasara nada. En realidad, nos divertimos en escribir y trabajar en la mesa del comedor como si fuera un lunes cualquiera y estuviéramos cocinando la cena. Pero yo me iba. Y lo mejor para disminuir los temores de las despedidas (incluso de las temporales) es hacer como si no estuvieran ahí.
Se le acaban los días a septiembre. Hoy me preguntan cuántas horas reales necesito para terminar la tesis. Creo que menos de las que me imagino. Creo que menos de las que he necesitado nunca.
Me voy a terminar y me despiden, del otro lado de la ventana, dos arcoiris. Uno tan grande y tan completo que no lo alcanzo a tomar con la cámara del teléfono. Me encanta verlos: me maravilla la luz contra ese cielo, con sus nubes tan de libro animado. Y me acuerdo de una cosa que se le ha olvidado a este recuento: que es para dar gracias, no sólo para quejarse. Para dar gracias de las idas y las vueltas, de las lluvias y sus posteriores arcoiris, del miedo que da acabar la tesis porque lo que viene después será algo que ni siquiera me atrevo a imaginar.
La tesis: estoy trabajando en las correcciones de la primera parte para cerrar la segunda y terminar las conclusiones. Hoy abrí los tres archivos, con ese nerviosismo de quien casi quiere comérselo todo de golpe.
Se le acaban los días a septiembre. Hoy me preguntan cuántas horas reales necesito para terminar la tesis. Creo que menos de las que me imagino. Creo que menos de las que he necesitado nunca.
Me voy a terminar y me despiden, del otro lado de la ventana, dos arcoiris. Uno tan grande y tan completo que no lo alcanzo a tomar con la cámara del teléfono. Me encanta verlos: me maravilla la luz contra ese cielo, con sus nubes tan de libro animado. Y me acuerdo de una cosa que se le ha olvidado a este recuento: que es para dar gracias, no sólo para quejarse. Para dar gracias de las idas y las vueltas, de las lluvias y sus posteriores arcoiris, del miedo que da acabar la tesis porque lo que viene después será algo que ni siquiera me atrevo a imaginar.
La tesis: estoy trabajando en las correcciones de la primera parte para cerrar la segunda y terminar las conclusiones. Hoy abrí los tres archivos, con ese nerviosismo de quien casi quiere comérselo todo de golpe.
13.9.15
A mitad del domingo (69)
Cuando se han roto las rutinas, hay que crear nuevas. Tradiciones pequeñitas. Cosas que te regresen a la naturalidad. Y ahora que no hay posibilidad de irme a tomar un vermut, tengo que prepararlo. Y ponerle sus hielos, y tomármelo con el lunch.
Él está encantado con mi insistencia de que a medio día del domingo hay que comer cositas diferentes, buenas, sabrosas. Y hoy, cuando no puedo concentrarme ni en escribir el blog (antes de este) parecía una buena idea.
Creo que tanto ver videos de gatitos esta semana me convirtió un poco en uno. Y cuando vi que el sol aparecía por la ventana lo único que se me ocurría era hacerme ovillo en el centro de la cama y dejar que mi pelaje y mis bigotes se calentaran. Transfigurarme para mover las orejas, y la cola, y lamerme el abrigo...
Pero soy un gatito que escribe tesis y hace sopa con todo lo verde que encuentra en la nevera (domingo: día del aprovechamiento de lo que estaba a punto de irse a la basura). Y si puedo volver a comenzar con el blog, también con las cien páginas de experimentación que tienen que hacer sentido a alguien más, no sólo a mi.
La tesis: espera. Pero está en mi cabeza. Trabajo, como diría mi terapeuta, cuando incluso no me doy cuenta de que lo hago.
Productividad (70)
Además del trabajo de él, mi tesis, los artículos que tengo que escribir, además de todo eso... hay que terminar con las pequeñas decisiones de la casa nueva: buscar grifos, suelo para el baño de la primera planta y una pica mínima que quepa en ese espacio, un regalo para los vecinos que ya se mudan esta semana. Así que era un sábado con una lista larga de "cosas por hacer".
No salimos pronto, pero pasamos por la lista haciendo un slalom extraordinariamente efectivo. No se trataba - y esto tengo la sensación de haberlo escrito antes - de encontrar la cosa "perfecta", sino la más adecuada con todos los parámetros, de lo que había disponible. Cuando regresamos a la casa, temprano en la tarde, la lista de cosas pendientes estaba completada: no habíamos comprado nada demás - ni siquiera una planta - e incluso teníamos listo el menú para el resto del fin de semana. El cielo era gris - gris panzadeburro, como dirían los limeños y no había más que hacer que leer, descansar, reposar.
Y eso hicimos: el sábado para descansar, el momento de leer un libro de cocina, de evaluar las posibilidades de vacaciones posibles, de las visitas que llegarían. Durante el silencio, a veces, llegan las cosas que uno teme: los recuerdos más malos del pasado, las cosas que cuestan más poner en su lugar. Pero es sábado: llegan y se van.
La tesis: acomodé hoy todas mis cosas tecnológicas para el viaje del lunes. Otra vez, comienza la angustia previaje - las ganas de irme, la noción de que cuando vuelva la tesis ya no podrá venir conmigo como una cosa en proceso, sino como algo terminado. La miro ahí y creo que es verdad que me da miedo terminarla. Pero esta tarde, mientras hablábamos del futuro, le conté sobre una historia que tengo ganas de escribir desde hace años. "Piensa en eso para terminarla: en todas las nuevas oportunidades que vienen".
12.9.15
Estando aquí... (71)
Sonó el despertador y lo apagué y volví a dormir. Mis horas fuera de horas hoy no funcionarían. "¿Estás bien? ¿Qué pasa?". Nada, contesté sobre el café de la mañana. Simplemente hoy no me podía levantar. Sobre la mesa, el ordenador. Estoy tan peleada con todo lo que está ahí dentro que ni siquiera he comenzado a escribir el blog, que reviso los correos en el teléfono. Pasan los días y, en mi cabeza, queda muy claro que estoy haciendo algo que no debería: poniéndome a perder tiempo cuando no lo tengo.
Armada con otra taza de café me siento. Hoy necesito terminar de traducir porque el fin de semana debería trabajar en papel, acomodando esto que no hace ningún sentido. Y me pongo pequeñas metas en el texto: no te puedes parar por otro vaso de agua hasta que no llegues al próximo subtítulo. No pares hasta el siguiente punto en seguido. No trates de corregir la redacción ahora: traduce solo.
Al final, poco después del mediodía terminé y mandé el texto para que se imprimiera. Comí, me metí a la ducha, vi un poco de televisión sabiendo que tenía que salir de casa. A algo. A salir. Al sol ese que en unos días ya no estará. A que me dé el aire. A salir. Finalmente salgo acicateada por la necesidad de tener algo para la cena, que será temprano. Y en el súper mercado, en el pequeño super mercado de mi barrio, me pierdo. No puedo decidir qué comprar, no se me ocurre qué poner para la cena, no sé en dónde estoy. Tengo la necesidad imperiosa de volverme hacia alguien y contarle que no sé qué estoy haciendo, que me sorprende lo malo que era el texto que estaba traduciendo hoy, que me ha vuelto a atacar el síndrome del impostor.
Pero ni yo entiendo lo que la gente a mi alrededor dice ni probablemente ellos entenderán lo que digo yo. Regreso a casa y recuerdo que la música alivia: y pongo música de cuando tenía nueve años, y salto un poquito alrededor, para sacudirme esa sensación de mudanza y de incapacidad que me tiene desbordada.
Tesis: no más traducciones. Este fin de semana toca acomodar esa segunda parte y definir un esquema claro de conclusiones. Y cerrar esto, que ahora, de verdad, me está ahogando.
Armada con otra taza de café me siento. Hoy necesito terminar de traducir porque el fin de semana debería trabajar en papel, acomodando esto que no hace ningún sentido. Y me pongo pequeñas metas en el texto: no te puedes parar por otro vaso de agua hasta que no llegues al próximo subtítulo. No pares hasta el siguiente punto en seguido. No trates de corregir la redacción ahora: traduce solo.
Al final, poco después del mediodía terminé y mandé el texto para que se imprimiera. Comí, me metí a la ducha, vi un poco de televisión sabiendo que tenía que salir de casa. A algo. A salir. Al sol ese que en unos días ya no estará. A que me dé el aire. A salir. Finalmente salgo acicateada por la necesidad de tener algo para la cena, que será temprano. Y en el súper mercado, en el pequeño super mercado de mi barrio, me pierdo. No puedo decidir qué comprar, no se me ocurre qué poner para la cena, no sé en dónde estoy. Tengo la necesidad imperiosa de volverme hacia alguien y contarle que no sé qué estoy haciendo, que me sorprende lo malo que era el texto que estaba traduciendo hoy, que me ha vuelto a atacar el síndrome del impostor.
Pero ni yo entiendo lo que la gente a mi alrededor dice ni probablemente ellos entenderán lo que digo yo. Regreso a casa y recuerdo que la música alivia: y pongo música de cuando tenía nueve años, y salto un poquito alrededor, para sacudirme esa sensación de mudanza y de incapacidad que me tiene desbordada.
Tesis: no más traducciones. Este fin de semana toca acomodar esa segunda parte y definir un esquema claro de conclusiones. Y cerrar esto, que ahora, de verdad, me está ahogando.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
