21.11.08

Friend Request

Todavía me acuerdo cuando el drama era pedir (o dar) el teléfono móvil. Sueno como una viejecita, pero no hace tanto que lo curioso era tener amigos en común. No facebook en común.

Todavía me acuerdo cuando era válido que no le contestaras el teléfono a alguien o se lo dieras mal. Cuando decidías que a ese chavo al que te habían presentado en la fiesta y era un muermo no le hablarías nunca más y no tendrías por qué encontrártelo nunca.

Ah, pero entonces no había Facebook.

Hace unas semanas una de mis amigas recibió un correo entristecido de alguien que le había pedido ser su amigo en Facebook y que ella había dejado pacientemente en el cajón de los "para después". Pero eso ya no se puede hacer.

A veces me da miedo ser de esas. Y pienso varias veces antes de pedir "amistad" con cualquiera - sobre todo cuando yo recibo peticiones de gente a la que hace dos millones de años no veo y, la verdad, ni me caía tan bien. El problema es cuando te llega la petición de alguien que conoces, tan bien, que no quieres que sea tu amigo.

He aquí el jarabe de palo postmoderno a los que salimos de nuestras sociedades cerradas para hacer una vida diferente - en Facebook, otra vez, estás a la vista de todos.

Bonus - bonito artículo de Microsoft sobre los pros y los contras de las redes sociales aquí.

Falsos antojos

Seguimos hablando sobre la comida, sobre el peso, sobre lo nutritivo y no. Yo soy una adicta irredenta a las hamburguesas. Depende de qué momento del año, puedo comer hasta una vez por semana en un sitio de esos de comida rápida. No temo a las vacas mutantes ni a las lechugas con ojos que me acechan ahí. Si respiré en la ciudad más contaminada del mundo, no sé qué pueda haber de peor.

Él me cuenta que una vez cada cierto tiempo se le antoja una hamburguesa. Y la anticipa. La piensa. Se le antoja muchísimo. Y finalmente cede y se la compra. Y al primer mordisco se da cuenta que realmente no le gusta, que nunca le ha gustado, pero a pesar de ello tenía un antojo brutal que debía ser satisfecho.

A mí me pasa lo mismo con el pollo kentucky. Y cada vez me acuerdo que malo, pero que malísimo es.

20.11.08

Lo que me separa de mi anorexia

Digamos la pura verdad: a mí me gustaría ser ultra flaca. De esas de las que parecen que se rompen. De las que usan tallas uno, dos y hasta cero. Sí, de esas. De las que salen en las revistas. De las que se pueden comprar modelitos en cualquier tienda y que salen a la playa con mini bikinis sin parecer focas. Yo quisiera ser ultra flaca.

Y sé que hay muchas personas - creo que sobre todo en el sexo masculino - que se inclinan hacia una Cin más "sana". Que aquello de tener culo y tetas como buena latinoamericana no está mal. Ya lo sé. Pero es que me gustaría ser flaca. Seguramente es en parte respuesta a todas las revistas de moda que he visto a lo largo de mi vida. Y a la frustración que me provoca cuando entro en Zara y me doy cuenta que estoy "culona" y no me quedan bien los jeans. Eso.

En realidad, lo que me separa de mi anorexia son mis amigas. Mis amigas que, al igual que yo, disfrutan como nadie una buena cena, con un par de copas de vino, con café. Quienes, al igual que yo, no toman azúcar con el café o el té, pero sí toman pastel de chocolate (o crêpes de plátano con nutella, como fue hoy el caso). Mis amigas con las que, después de dos horas de tratar de arreglar el mundo, me recuerdan que pancita llena y penas compartidas son igual a corazón contento. Y que si estuviera anoréxica y me negara a comer tampoco me la pasaría tan bien haciendo scouting por los restaurantes de Barcelona.

No hay que tomárselo mal, sé que la anorexia es una cosa muy seria. Pero también sé que si por algo no he caído en ella - o en otros desórdenes peores - es porque tengo esa red de seguridad bien trazada y firme, que no se preocupa de los años si no de las experiencias, de los kilos si no de las sonrisas, del costo de la cuenta si no de que podamos compartirlas.

Ya, de vez en cuando me da el cursi. Y este es uno de estos días. Pero me siento privilegiada de poder comer con tranquilidad (aunque luego me queje) mis tres o cinco comidas del día. Y también de tener a alguien con quien compartirlas, la mayor parte del tiempo.

Tardaré en ser escritora de éxito...

... porque escribo con toda la mano. ¿En qué película que se respete se ha visto que el escritor/guionista de éxito escriba con toda la mano y con un buen número de golpes por minuto? No, todos escriben rápido, sí, pero con los índices y el resto de los dedos retraidos, mirando desde su altura los golpes que se lleva la barra espaciadora...

esto es lo que me pasa por tener título de secretaria ejecutiva, caray...

19.11.08

Podría ser el nuevo antihistamínico…

- o el doctor simpático que ayer por la mañana me felicitó por estarme cuidando encerrada en mi casa – el mismo que me dio el nuevo antihistamínico para que respire mejor y se destapen mis oídos
- o todos mis amigos que me han llamado o pasado a casa con cualquier pretexto para ver que sigo viva y que es el resfriado (y no ninguna otra sombría razón) lo que me tiene encerrada entre las paredes de mi casa
- o la decision de perder el boleto que me llevaba de vacaciones este fin de semana, pero a unas vacaciones que me ponían nerviosa. Y mejor perderlo que cansarme más.
- o tener más de tres días comiendo a mis horas y tomando té, muchísimo té, de todos los sabores
- o la película chistosita y sin profundidad que ví anoche con Alejo, mientras nos comiamos un bowl enorme de palomitas
- o la llamada telefónica en la distancia que me hace carcajearme entre las diferencias linguísticas y los diferentes métodos posibles para acabar con el dolor de muelas
- o el saber que puedo seguir trabajando desde aquí, desde este sofa, sin que nadie venga a decirme nada
- o enterarme de que mi oficina no tiene aire acondicionado y que, por lo tanto, no iré, se acabó, no iré

No sé qué sera, de verdad. Pero todo combinado con la posibilidad de encontrar de nuevo sabor a la comida, de recuperar el timbre agudo de mi voz y la claridad de mi cabeza griposa me tienen de muy, muy buen humor.

15.11.08

Libre de culpa

Era algo así como mi vigésima llamada de teléfono del día. Aviso a la gente que estoy viva, que mis padres están en Atlanta, que el virus de la gripa que me perseguía desde hace meses decidió salir. Un poco de fiebre, toso poco, estoy tomando litros y litros de té. Mi mamá me dejó comida. Marco pasea por aquí y se asegura de que estoy bien. Extraño a los papás, sí. Y en esa vigésima llamada del día él me dice: "casi creo que estás disfrutando estar enferma". Pues yo casi creo también. He paseado todo el día en mi pijama nuevo por casa, con una caja de pañuelos y preparando múltiples sabores de té. Y tengo un ramo de jacintos lilas que me compré a mi misma ayer. Y la vida no es mala, sino libre de culpa, por estar enfermito.

1.11.08

Epifanías

No es la primera vez que me pasa. Y es una de esas cosas que no sé si me gustan o me horrorizan de mí. De pronto, de repente, sucede algo. Cualquier burrada. Literalmente, vuela una mosca. O algo así. O alguien grita. O alguien no aparece. O no llama. Cosa tal. Y entonces, de inmediato, siento que algo dentro de mí (sí, justo detrás de las costillas, como al lado izquierdo del corazón) truena. Casi puedo escucharlo crujir.

Y sé que se acabó. Que no va más.

Si la cuenta no me falla, han sido tres relaciones importantes y por lo menos dos trabajos. Por lo menos. Pero la cuenta sigue. Y ayer, bajo la lluvia de octubre, mientras veía el oleaje azotar el malecón en Sitges, lo tuve claro. Crujió.

Y no va más.