Me acuerdo bien que era sábado de gloria - me acuerdo porque era la razón por la que, finalmente, me atreví a conducir yo sola. La monja que se ocupaba de organizar los eventos en la parroquia cercana a mi casa ya me tenía fichada, desde hacia varias pascuas, para que leyera la primera lectura de la misa de fuego nuevo. Pasaba que las horas que había pasado yo leyendo en voz alta el seleccionesdelreadersdigest con un lápiz entre los dientes habían servido de algo: tenía voz fuerte y clara para leer, no muy desagradable - lo ideal para leerse toda la creación del Génesis.
Y yo había quedado muy formal con la monja a que iría ese sábado también - claro, no contaba con que las horas de cierre del diario se nos iban a retrasar y miconductor/novio/profesordemanejo no podría salir conmigo a tiempo. Me empecé a poner nerviosa hasta que pensé que quizá todo era una llamada metafísica y lo que tocaba era hacer mi esfuerzo.
Tuve que pasar por casa a cambiarme y a bañarme: llegué a casa cubierta en sudor. Casi me puedo recordar en la vuelta a la izquierda adelante del Experimental y en los múltiples altos de Federalismo. Cuando me encontré a mi padre afuera de la casa y me pidió ver cómo me estacionaba (examen de conducción reloaded). Y listo, se acabó el miedo.
De esto tendré que acordarme la próxima vez que me hagan el examen de conducir acá - que lo que necesito es paciencia y tranquilidad. Y contar hasta tres antes de pasar un signo de stop.
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