14.3.13

Sol de invierno (29)

Si la primavera hizo un ensayo general hace unos días, ahora ha vuelto por sus fueros el invierno. El invierno en uno de sus trajes más espectaculares: los días fríos, con viento y con un sol brillante. Es el invierno más caprichoso, que no te deja: si llevas abrigo y estás en el sol, tendrás calor. Si dejaste el abrigo en casa, tendrás frío en cualquier rincón que no esté plenamente soleado. Necesitas zapatos gruesos - porque el frío se queda en el suelo y sube, fácilmente, por los pies.

Es como encontrarte una carta de amor antigua - la carta o el amor. Da un poco de miedo: te calienta el sol/la carta y podrías descubrirte pero sabes que tres pasos más allá está la sombra, lo de hoy. Y no consigues decidir.

Por eso quizá te envuelves en una manta y te sientas lo más cerca posible de un ventanal. A robar el calor del sol sin salir de la seguridad térmica de tu encierro... con aquel disco que te hace acordarte de eso de lo que hoy es mejor no hablar...

13.3.13

Francisco (28)

Estaba en la cafetería de la Facultad cuando comencé a ver la fumata blanca en la pantalla de la televisión. No hay audio y por un momento, parecía que nadie se daba cuenta. Estuve esperando un rato y después me fui caminando a casa, con las ganas de estar enfrente del televisor cuando el nuevo Obispo de Roma saliera por el balcón.
Alcancé a llegar a casa, preparar la cena y ponerme enfrente de la televisión. Mientras veía las imágenes de toda la gente en la Plaza, pensé que realmente ha pasado poco tiempo desde el último cónclave. Yo, parte principal de una generación visual, recuerdo haberme sentido un poco decepcionada con la última elección: me hacía falta alguien con cara de "bueno".
Ya sé que esa es una opción ridícula. Y ahora ya me comienzan a llegar todas las noticias de todo lo que este "Sucesor de Pedro" ha hecho en su vida. También digo - quien ahora le pone el dedo, se lo hubiese puesto a quien fuera. Extrañamente, en los últimos años me encuentro con que los ateos son los más beligerantes contra Dios y contra cualquiera que elija creer.
En lo que a mi respecta, Francisco I y yo tenemos ideas muy, muy distintas en muchas cosas. Opciones de vida que yo considero normales y deseables él las ha calificado de "tentación del demonio". Y hay datos para decir que estuvo de alguna manera involucrado muy de cerca con Videla. Si alguien quiere saber cómo se siente que saquen todo tu pasado un día, este es un buen ejemplo.
Yo me quedo hoy con la forma - y el fondo - de su primera aparición pública. Primero, en silencio, durante un par de minutos que parecía eternos, como miraba la plaza casi con pánico. La verdad es que se sacó una lotería difícil de gestionar. Me quedo también con su italiano tembloroso que quería ir a castellano cada minuto. Me quedo, sobre todo, con el reconocimiento a su predecesor y con el hecho de que pidiera primero que la gente pidiera por él, que le dieran su bendición antes de ofrecerla.
Sí, soy de lágrima fácil. Y me quedé mirando frente al televisor a un hombre que acaba de tomar el trabajo de dirigir una de las instituciones más complejas, anquilosadas, poderosas y decadentes de la tierra. Vaya que es un trabajo difícil. Vaya que me merece buenos deseos.
Para algunos cualquiera sería bueno. Para otros, cualquiera iba a ser igual de malo.
Este que llegó, con todos sus errores, tomó como nombre uno común - tan común que hay varios santos que se llaman así. Y uno de esos santos escribió una de mis oraciones favoritas que comienza: "Señor - hazme instrumento de tu paz".
Lo único que puedo desearle hoy es que ojalá que lo sea.

12.3.13

Reconquista (27)

Me pasó cuando recibí el pasaporte - era un sabor agridulce, casi como de broma. Hay cosas que te identifican a tí - identifican un esfuerzo, un viacrucis, un largo pasaje.
Hoy, como algunas veces en la vida, he tenido esa certeza de que ya está - que esto, lo que hay, no lo quiero más. Me basta. Me sobra. Ni una sola discusión más, ni un solo argumento sobre - por qué no - cómo carambas se repercute el iva. Por lo que a mí respecta, se acabó: ningunas ganas de seguir discutiendo. Cedo el territorio ganado. Si es que había algún territorio ganado.
Y sin embargo, lo decía bien el compadre: hay días que necesitas ir recorriendo, conscientemente, esos sitios en donde fuiste feliz. Y necesitas hacerlo no por nostalgia, sino por supervivencia. Porque cada uno de esos sitios donde fuiste feliz tiene la capacidad, la potencialidad, de ser un sitio donde seas feliz de nuevo. Feliz sin condicionamientos, sin esta o aquella compañía.
Y así comienzo mi recorrido por Barcelona y todos esos sitios donde he sido feliz. Porque esta ciudad, que es mi ciudad, también es la ciudad de otros. Porque lo feliz que fui, cuando lo fui, ha sido maravilloso. Porque esta felicidad - de un 4-0 Barça-Milán, de un camarero parlanchín en calle Parlament, de un amigo perdidamente enamorado, de un personaje que mañana no, no me hará enojar más - es certera. Tan cierta, tan palpable como aquella que tuve.
Lo que me hace pensar que siempre es momento de reconquistar nuevas y antiguas fronteras.

11.3.13

Cambio (26)

Por primera vez en semanas, al salir de casa, sentí que el abrigo me sobraba. Ya había bastante con las primeras capas. Y no necesitaba un paraguas, ni unos zapatos más cubridores, ni siquiera el té calientito que llevaba en mi termo. Los rayos de luz lavaban la calle con más energía que cualquiera de los dedicados conserjes de la ciudad.

Ya la luz se había pasado antes por casa para despertarme, para evitarme continuar hundida entre mi fuerte de almohadas. Esa sacudida no agresiva pero que dice: "sal de entre las sábanas. deja el sueño. deja a quien sea que estés abrazando en el sueño. es hora de irse".

Y salí a casa, esperanzada sin saber por qué. Con miedo a la esperanza (los cortazarianos sabrán por qué - por esas esperanzas que nos paralizan y nos hacen quedarnos, atentos, viendo si llegará aquello que sabemos que no podemos esperar), pero igualmente contenta de sentirla correr por mis manos, por mi nariz, como los rayos de luz.

Es ahora la luz que aún se refleja en el edificio de enfrente que dice que quizá debería de irme. Hoy no es temprano. Es la hora en la que, normalmente, naturalmente, se va el sol. Por lo menos a mitad de marzo.

"Afortunadamente llega la primavera... con su sol y espíritu de renovación... eso te ayudará". Ese mensaje en mi móvil ayuda. Eso que se respira en la calle, lo que trae el sol, también.

Here comes the sun...

10.3.13

Olores (25)

Cuando era niña, aprendí a no tenerle miedo al Diablo y a la Medusa (los rottweilers de mi tío) porque mi mamá decía que los perros olían el miedo. Poco a poco comencé a acercármeles, para que vieran que no había desafío en mi cercanía. Llegamos a tal nivel de confianza que me prestaban a sus crías para que las viera y yo me paseaba por la huerta cabalgando sobre el lomo del majestuoso Diablo.

Pero a ellos les falló su olfato en un momento clave: alguien los envenenó, aventando un pedazo de carne por sobre el muro. Se lo comió Diablo, se murió, y a los meses se murió la Medusa, de tristeza. Todavía cuando cuento la historia me pongo triste yo.

Creo que además del miedo, también se huelen otras cosas (además de las obvias como la falta de higiene, el exceso de ejercicio o el sexo). Se huele, por ejemplo, la tristeza. La añoranza. La pérdida. La soledad. Y los perros y los niños son buenos para detectarlo.

Esta tarde en la playa, mientras leía, tuve varios compañeros poco comunes. No los conocía, pero quizá se sorprendían de ver a alguien solo en una tarde de sol, con tantos grupos, tanta gente alrededor. El primero fue Pablo. Sé cómo se llama porque su mamá lo reñía a gritos mientras él se acercaba a mi con paso vacilante. En la mano, traia una pala de arena. Y de vez en cuando, la hundía en la playa y lanzaba hacia mi dirección un montón de arena que se diluía en el viento. La madre no hablaba conmigo, hablaba con él. "Pablo, deja de hacer eso, ¡ven aquí!". Y Pablo seguía, pianpiano, caminando hacia mí. Sin soltar la pala. Sin dejar de mirarme. Hasta que vinieron y se lo llevaron, sin más contemplaciones.

Más tarde, caminando Paseo Marítimo arriba, tuve la sensación de que se me acercaban demasiados perros. Quizá estaba caminando de una forma muy érratica o efectivamente tengo una cosa en la cara o en el cuerpo que no he descubierto, pero me parecía que los hocicazos que me daban no eran más que un apretón de mano, una patita sobre mi para decirme: "tranquila. También nosotros estamos aquí".

Llegué a casa y aún siguen olores vivos por ahí que me causan añoro. Alguna camiseta entre la ropa sucia. El tabaco en la cocina. El té negro por la mañana... están y desconciertan, pero sirven. Todos los olores sirven. Lo importante es, a diferencia del Diablo, saber diferenciar aquel olor que, si no tienes cuidado, podría matarte.

9.3.13

Refugios (24)

No había nada más - ninguna otra frontera. La pared contra que la que debíamos estrellarnos estaba ahí, enfrente nuestro. Habíamos parado ya el transporte: sólo la mirábamos. Para qué estrellarse contra una pared si puede uno decorarlas con grafittis diversos.

Adentro, en el frío de casa, yo necesitaba algo. No sólo del bourbon que, trasnochado, me esperaba en la nevera (ahí, entre unas alcachofas y unos fresones cada día, cada minuto más tristes). Necesitaba algo más.

Del primer mueble de mi biblioteca, tercer anaquel, el primero, el tercero y el cuarto libros. Y con los ojos viajando de los cronopios a la poesía a las promesas a los cronopios a los hilos y los ramos de rosas, el bourbon hizo sentido.

No sé ni si quiera por qué me sorprendo: los libros siempre, siempre, han sido el mejor refugio, el mejor sitio en el que estar.

8.3.13

Pánico escénico (23)

S y yo tenemos una relación que data de toda su vida, literalmente. Cuando su madre descubrió que estaba embarazada me estaba enseñando a hablar holandés. Así que tengo el privilegio de que, cuando se refiere a él, sé más o menos todo de su vida.
En mi ordenador y mi teléfono hay decenas de fotos suyas y mías haciendo toda clase de trastadas. La última, tomada hace como una semana, nos muestra muertos de la risa en el camino, con S en un carrito de la compra porque no habíamos llevado su carreola.
Ayer su madre me encargó una cosa muy importante: me pidió que si podía ir por él a la guardería, llevarlo a casa y mantenerlo un poco ocupado en lo que ella regresaba de una escuela "de grandes" (S va a cumplir tres años este año... ya le toca ir a escuela de grandes). Entiendo que para quienes son mamás o han sido canguros, esto suena muy sencillo. Yo me estaba muriendo de miedo.
No era la primera vez que me pasaba esto: también con otros de mis "sobrinos", cuando he tenido que ir a recogerlos a la escuela, tengo temor de que no querran irse conmigo, o lloraran, o no querrán dármelos en la escuela (¿quién dice que yo parezco gente de bien?) o así. Pero bueno, valiente, salí y llegué a tiempo por él.
Sortee la entrada y a los otros padres. Caminé hasta encontrar su salón y lo ví ahí, jugando, flotando alrededor de su profesora. Al verme a través de la ventana, se sonrío. Conforme me vió entrar y me escuchó saludarlo, dejó el juguete con el que estaba en su sitio y fue a darle un beso a su maestra. Un beso de despedida. Se iba conmigo. Así, sin más.
Su maestra me ayudó a detectar dónde estaba su jersey y me dijo el sitio de la chaqueta. Siguiendo las indicaciones de su madre, fuimos a buscar la carreola... y yo me pasé cinco minutos dando vueltas porque él se reía y no me terminaba de señalar sólo una. Debe ser muy divertido burlarse del adulto a cargo, ja.
Cuando encontré finalmente el carro y una abuela a mi lado me explicó cómo abrirlo, él se sentó en silencio y con sus ojos grandes me esperó a que lo amarrara.
Salimos. El sol vespertino de invierno acompañó nuestro paseo. A veces me cruzaba con otras madres u otras personas en la calle y les descubrí haciendo eso que yo hago cuando veo a alguien pasear con un bebé: miras al carrito y después al que lo lleva y viceversa. No sé --- como si buscáramos un parecido.
Llegamos a casa y encontré sumamente complicado entrar con el carrito, subir las escaleras, meterme al ascensor, bajar, tal. Sólo me hizo tener más admiración por la mamá de S, que lo cuida tanto, que ha sido siempre una mamá tan maravillosa.
Ya en casa, jugamos a los rompecabezas, a los trenes, comimos compota de manzana (desafortunadamente yo no, en realidad) y palitos de pan. Poco después, llegó mamá. Y nos encontró a los dos sonrientes, orgullosos, de haber pasado con éxito - y sin pánico escénico - nuestra primera recogida en la guardería.