1. Descubrirás que, no importa lo bien que suenes en la ducha, cantas horrible. Y siempre hay alguien que canta aún peor que tú.
2. Será difícil entrar, aunque haya poca gente: de alguna forma hay que darle caché al asunto.
3. Serenidad y paciencia: Nunca faltará el hijo/amigo/sobrino del dueño que canta unas seis canciones en una noche a pesar de que las demás mesas estén a punto de amotinarse junto a él.
4. Por favor, por favor... no pidas una canción en un idioma que no conozcas.
5. Nunca pidas "La Vida en Rosa" ni "New York, New York". No sólo son canciones cuestionables: la versión puede ser aún más cuestionable que la canción en si.
6. Intenta por todos los medios caerle simpática a la chica que lleva el orden de las mesas o te pasarás dos horas sin cantar ni media canción.
7. Los tragos siempre serán caros. Si confiabas en el alcohol para superar tu pánico escénico, emborráchate antes de entrar.
8. No reclames que te suban el volumen de los micrófonos a menos de que REALMENTE cantes muy bien.
9. Elige canciones "famosillas": caerás simpático y, si estás desafinado, alguien en el público te ayudará. Pero no te subas a cantar con TODA tu banda. No caben, ni modo.
10. Da las gracias cuanto te aplaudan. Hay que ser amable aunque te hayas convertido en una estrella.
14.11.07
Para el álbum...
... de los mejores eufemismo de las historia: llamar a la separación de la Infanta Elena - qué miedo con la monarquía - "cese temporal de la convivencia matrimonial". Esos especialistas de comunicación de la Casa Real son magos, maguísimos.
Cursi
A veces le hace falta a uno un poco de esperanza... aunque nada diga que hay porqué tenerla. Uf, qué terrible. Mejor hubiera seguido sin escribir.
8.11.07
Palabras mullidas
Desde que uno es pequeño, detecta esas cosas, esas sensaciones que le gustan, le hacen sentir bien. Una gota de rocío en la punta de la nariz. Cera tibia en las manos. Acostarse en una habitación oscura a mediatarde de un día soleado, con las sábanas frescas. La textura del mousse de chocolate. El abrazo de tu papá.
Así también hay palabras mulliditas, que dichas con intención de serlo o no, te cambian el día. Ayer alguien nos llevó a cenar a mí y a L, porque nos encontramos los tres en la calle y nos dió gusto. Al terminar, mientras esperábamos el taxi, nos dijo con una ternura que apenas cabe en sus dos metros de estatura: "¿Cenaron bien mis princesas?". No lo dijo de broma, no. Lo dijo de verdad. Y fue como revolcarme en el pasto de mi casa.
Hoy ha continuado la infantilización - misma que no me molesta en lo absoluto. Esta mañana me levanté tarde y aunque corrí y todo, se me fue mi autobús. Me vió un conductor de la misma compañía y me explicaba cómo podía llegar más rápido - sin esperarme otra hora a que pasara el otro autobús - cuando paró otro autobús que venía para mi pueblo... pero sin pasaje. "¿Vas para Sitges?" - le preguntó el hombre mayor. "Sí, pero no me llevo a nadie". "Llévate a esta chavalita que se quedó aquí". El chico me miró y dijo entre risas: "Pero nada más porque me lo pide el Pedro, eh?".
Comí en un restaurante de pizza uruguaya, corriendo para terminar el montaje de la exposición. La mujer que atiende, latinoamericana, tiene esa manera de hablar y de tratar a la gente que es como ponerse un pijama de franela después de un día de mucho frío y trabajo. A la mujer que estaba junto a mí, entrada en los 60, la trataba y se refería a ella como "la señorita". Cuando llegó a mi dice: "A la nena, le pones sus porciones para comer aquí".
Hoy no me molesta que me llamen con nombres cariñosos. Creo que hasta me ayuda. Como ponerse unos converse después de haber caminado con tacones.
Así también hay palabras mulliditas, que dichas con intención de serlo o no, te cambian el día. Ayer alguien nos llevó a cenar a mí y a L, porque nos encontramos los tres en la calle y nos dió gusto. Al terminar, mientras esperábamos el taxi, nos dijo con una ternura que apenas cabe en sus dos metros de estatura: "¿Cenaron bien mis princesas?". No lo dijo de broma, no. Lo dijo de verdad. Y fue como revolcarme en el pasto de mi casa.
Hoy ha continuado la infantilización - misma que no me molesta en lo absoluto. Esta mañana me levanté tarde y aunque corrí y todo, se me fue mi autobús. Me vió un conductor de la misma compañía y me explicaba cómo podía llegar más rápido - sin esperarme otra hora a que pasara el otro autobús - cuando paró otro autobús que venía para mi pueblo... pero sin pasaje. "¿Vas para Sitges?" - le preguntó el hombre mayor. "Sí, pero no me llevo a nadie". "Llévate a esta chavalita que se quedó aquí". El chico me miró y dijo entre risas: "Pero nada más porque me lo pide el Pedro, eh?".
Comí en un restaurante de pizza uruguaya, corriendo para terminar el montaje de la exposición. La mujer que atiende, latinoamericana, tiene esa manera de hablar y de tratar a la gente que es como ponerse un pijama de franela después de un día de mucho frío y trabajo. A la mujer que estaba junto a mí, entrada en los 60, la trataba y se refería a ella como "la señorita". Cuando llegó a mi dice: "A la nena, le pones sus porciones para comer aquí".
Hoy no me molesta que me llamen con nombres cariñosos. Creo que hasta me ayuda. Como ponerse unos converse después de haber caminado con tacones.
2.11.07
Pura nostalgia
Como chorro-mil años atrás.
"Y se nubla la vista, María
porque duele recordar
que los besos negados, María
nunca más regresarán".
Por andar de azotada

L. siempre se burla de mí porque pido perdón todo el tiempo. Pero esas son cosas que se tienen que tratar en la terapia. Ayer, caminábamos por Barcelona y nos encontramos una publicidad de un banco que la hizo reir a carcajadas. Según ella misma, esta es mi foto única y original. Lo peor de todo es que yo hago eco de su burla. En fin.
El huerto
Siguen mal los trenes de cercanías y mi trayecto de casa al trabajo se ha duplicado, por lo menos. Como no puedo hacerme a la idea - sobre todo en las mañanas - de ir cambiando de medio de transporte en medio de transporte, he tomado la decisión de subirme a un autobús que hace como hora y media pero me deja relativamente cerca de casa y de la oficina. En el trayecto, complicado como el que más, visitamos todos los días el aeropuerto, pero sus entrañas. El autobús entra por el mismo sitio donde entran los taxis: un enorme patio donde están esperando que los llamen. Los taxistas están haciendo veintemil cosas para quemar el tiempo: juegan póker o ajedrez, leen, escuchan el radio, platican... y hay algunos cuantos que decidieron tomar un pedazo de la "zona verde" y reconvertirlo en huerto. Junto a los cientos de taxis, las hortalizas crecen a paso firme.
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