Había una vez una niña que estaba convencida que el mejor perfume del mundo era ese de la tinta impregnada en los libros. Podían ser nuevos o antiguos - ella sabía detectar en cada uno de ellos ese olor, esas letras, esas palabras atómicas que al unirse le contaban las cosas que quería saber.
Había una vez una niña que le gustaba ir a la escuela - que pensaba que lo más interesante de la vida era la posiblidad de enfrentarse a todo aquello que había por aprender. Y sabía que nunca se acabaría. Y se imaginaba, sin duda, quedarse estudiando siempre, para aprenderlo todo.
* * *
Malala y yo nos parecemos en que, por alguna razón, descubrimos en los libros y en la escuela una vía de crecimiento, de explosión y quizá también de escape. Sabíamos que en cada una de esas aulas a las que entrábamos encontraríamos más de los otros y también más de nosotros.
A mí, lo más malo que me ha pasado es que me consideren un ratón de biblioteca, aburrida, sabelotodo, o que alguna de mis abuelas pida por favor que deje de estudiar y me ponga a tener una "vida normal". Malala, sin embargo, quizá no pueda enfrentarse a nada de esto.
Malala está, hasta donde sé, en un hospital de Pakistán, moribunda. Es una niña de 14 años que desde que los Talibanes prohibieron la educación a las niñas (obligando incluso al padre de Malala a cerrar la escuela que él tenía para educar a las mujeres) se había dedicado a ser portavoz del derecho a la educación. Escribió un blog para la BBC en urdú, protagonizó varios documentales para la misma BBC y para el New York Times y se negó a dejar de estudiar. Ella quería ser médico.
Ayer un comando armado atacó el autobús escolar en el que iba. Una vez detenido el autobús, los asesinos entraron y le dieron dos tiros de gracia: uno en la cabeza y otro en el cuello. Para que no quedara duda, un portavoz talibán, Ehsanullah Ehsan, confirmó por entrevista telefónica al New York Times que Malala Yousafzai era el objetivo del ataque. Su lucha por el derecho a educarse, según los talibanes, es una "obscenidad".
"Ella se convirtió en un símbolo de la cultura occidental en el área; la estaba propagando abiertamente. Que esto sea una lección", confirmó el portavoz, antes de aclarar que, si Malala sobrevive, seguramente será el blanco de otro ataque.
* * *
Había una vez una niña que amaba los libros que creció y que hoy trabaja sentada en una biblioteca con mucha luz, dando clases, intentando hacer que otros se apasionen... y que no deja de pensar en Malala y sus ganas de aprender. Que cree que las lágrimas derramadas por Malala se tienen que convertir en letras, en tinta, en cartones y declaraciones internacionales que defiendan de todos los extremismos a las niñas como ella. Por eso escribe. Para curarse un poquito el dolor y la rabia y para evitar que la sombra de Malala se borre.
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10.10.12
15.8.11
Mentalidad de la masa
Son vacaciones y a veces quisiera alejarme de las noticias pero me pasan dos cosas: para mí, la actualidad es una especie de droga y, además, tengo una deformación profesional que me obliga a saber en qué lugar del mundo, en qué momento vivo.
La semana pasada vi en televisión, en diarios, el asunto de los disturbios en Londres. Trataba de imaginármelo sin éxito - esa ciudad, en donde a veces me parece que la gente va encorsetada, en llamas, en caos. Podía pensarlo en función de lo que pasó hace un par de años en las banlieus de París, pero igualmente me sorprendía... me llegaba la pregunta esa de quién, cuándo y por qué.
Escuché las dos partes de las discusiones: en una comida, alguien con una manicura perfecta y buenas referencias crediticias, defendió a los "manifestantes" como parte de un momento de decepción social, de rabia contra la policía represora, contra un sistema imposible. Sin embargo, algo me sonaba raro. Algo no terminaba de cuajarme.
Ayer leí un artículo del New York Times que se preguntaba lo mismo: por qué. Y a través de varias entrevistas y casos de personas que, literalmente, no sabían qué les había pasado, hacen una reflexión sobre la mentalidad de la masa.
Eso me regresa a España y sus fiestas típicas, sobre todo en verano. Fiestas en donde, por ejemplo, todo un pueblo borracho hasta las cachas recorre por las calles a un toro - a pesar de que sea peligroso. Pueblos en donde se azotan unos a otros con tomates - sin importar que manchen, que sean alimento precioso para otros, que puedan quedar muy bien en la sopa. Pueblos y ciudades en los que la gente salimos a la calle, bebemos hasta la perdición y gritamos en las plazas, bailamos olvidándonos de cualquier verguenza.
Eso también es la mentalidad de masa - la que se desata en las celebraciones de las copas de futbol, en las fiestas de cumpleaños y en los lapidamientos.
Quizá no seamos tan "civilizados" ni "políticamente conscientes" como queremos creer. Quizá no es que estemos "indignados" - lo que estamos en arrastrados por un estado de molestia o de furor.
Mucho menos emocionante y esperanzador, sí. Pero quizá mucho más humano.
La semana pasada vi en televisión, en diarios, el asunto de los disturbios en Londres. Trataba de imaginármelo sin éxito - esa ciudad, en donde a veces me parece que la gente va encorsetada, en llamas, en caos. Podía pensarlo en función de lo que pasó hace un par de años en las banlieus de París, pero igualmente me sorprendía... me llegaba la pregunta esa de quién, cuándo y por qué.
Escuché las dos partes de las discusiones: en una comida, alguien con una manicura perfecta y buenas referencias crediticias, defendió a los "manifestantes" como parte de un momento de decepción social, de rabia contra la policía represora, contra un sistema imposible. Sin embargo, algo me sonaba raro. Algo no terminaba de cuajarme.
Ayer leí un artículo del New York Times que se preguntaba lo mismo: por qué. Y a través de varias entrevistas y casos de personas que, literalmente, no sabían qué les había pasado, hacen una reflexión sobre la mentalidad de la masa.
Eso me regresa a España y sus fiestas típicas, sobre todo en verano. Fiestas en donde, por ejemplo, todo un pueblo borracho hasta las cachas recorre por las calles a un toro - a pesar de que sea peligroso. Pueblos en donde se azotan unos a otros con tomates - sin importar que manchen, que sean alimento precioso para otros, que puedan quedar muy bien en la sopa. Pueblos y ciudades en los que la gente salimos a la calle, bebemos hasta la perdición y gritamos en las plazas, bailamos olvidándonos de cualquier verguenza.
Eso también es la mentalidad de masa - la que se desata en las celebraciones de las copas de futbol, en las fiestas de cumpleaños y en los lapidamientos.
Quizá no seamos tan "civilizados" ni "políticamente conscientes" como queremos creer. Quizá no es que estemos "indignados" - lo que estamos en arrastrados por un estado de molestia o de furor.
Mucho menos emocionante y esperanzador, sí. Pero quizá mucho más humano.
19.4.07
Virginia under siege
Hay un chiste muy malo que dice que cuando un europeo o un oriental se deprimen, cierran la ventana, toman una pistola y se vuelan la cabeza. En cambio, cuando un estadounidense se deprime, abre la ventana, saca la pistola y matan a todos los que vayan pasando por ahí. Malísimo. Todavía más malo a la luz de los acontecimientos.
Sigo leyendo los periódicos y la CNN. Me parece surrealista. Y encuentro lógico lo que dice el New York Times que las universidades no pueden ni expulsar a alguien por escribir cosas violentas - pobre Bret Easton Ellis, no podría ni dar clases -ni avisar a sus padres de todo lo que hace. El señor que mató a 32 personas - yo no lo incluyo a él, es un verbo distinto asesinar que suicidar - era una persona adulta: tenía 23 años. Ya podía votar y beber legalmente. Ya era responsable de sí mismo.
Encuentro por otro lado cuestionable dos cosas: lo mucho que se tardó Virginia Tech en avisar y lo mal que lo hicieron y que se siga publicando la cara del chico en revistas y diarios en todo el mundo. Eso es lo que él quería. Llamar la atención. Y lo está consiguiendo. No se trata de ninguna búsqueda y captura. Está muerto. Simplemente se pone su cara. Satisfacemos nuestra curiosidad y nuestro morbo, sí, pero también los delirios de grandeza del tipo que mató a tres decenas de personas para ser alguien. Yo no creo que se merezca una portada. Hay muchas fotos del Campus, si lo que se necesita es ilustrar la noticia.
Y en fin. Cosas como ésta hacen pensar en muchas cosas. A mí, en particular, en los milagros. Tengo una amiga que trabaja en Virgina Tech. Una amiga muy querida. Su esposo también trabaja ahí, como profesor, y da clases justamente en el edificio donde fue la matanza más grave. Pero ese día se enfermó. Y enfermó grave. Y como nunca, ella decidió quedarse a cuidarlo. Recibieron la noticia en sus casas. Ni él ni sus alumnos estaban en clase, en el edificio, cuando todo pasó. No puedo evitar pensar en los milagros. Y doy gracias por que los dos estén bien.
Actualización: En La Vanguardia, Andy Robinson cuenta cómo tampoco los estudiantes de Virginia Tech quieren saber más de los medios. Señores, por favor... silencio.
Sigo leyendo los periódicos y la CNN. Me parece surrealista. Y encuentro lógico lo que dice el New York Times que las universidades no pueden ni expulsar a alguien por escribir cosas violentas - pobre Bret Easton Ellis, no podría ni dar clases -ni avisar a sus padres de todo lo que hace. El señor que mató a 32 personas - yo no lo incluyo a él, es un verbo distinto asesinar que suicidar - era una persona adulta: tenía 23 años. Ya podía votar y beber legalmente. Ya era responsable de sí mismo.
Encuentro por otro lado cuestionable dos cosas: lo mucho que se tardó Virginia Tech en avisar y lo mal que lo hicieron y que se siga publicando la cara del chico en revistas y diarios en todo el mundo. Eso es lo que él quería. Llamar la atención. Y lo está consiguiendo. No se trata de ninguna búsqueda y captura. Está muerto. Simplemente se pone su cara. Satisfacemos nuestra curiosidad y nuestro morbo, sí, pero también los delirios de grandeza del tipo que mató a tres decenas de personas para ser alguien. Yo no creo que se merezca una portada. Hay muchas fotos del Campus, si lo que se necesita es ilustrar la noticia.
Y en fin. Cosas como ésta hacen pensar en muchas cosas. A mí, en particular, en los milagros. Tengo una amiga que trabaja en Virgina Tech. Una amiga muy querida. Su esposo también trabaja ahí, como profesor, y da clases justamente en el edificio donde fue la matanza más grave. Pero ese día se enfermó. Y enfermó grave. Y como nunca, ella decidió quedarse a cuidarlo. Recibieron la noticia en sus casas. Ni él ni sus alumnos estaban en clase, en el edificio, cuando todo pasó. No puedo evitar pensar en los milagros. Y doy gracias por que los dos estén bien.
Actualización: En La Vanguardia, Andy Robinson cuenta cómo tampoco los estudiantes de Virginia Tech quieren saber más de los medios. Señores, por favor... silencio.
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